domingo, 31 de enero de 2016

El cura de Tours



Cuando el novelista es un microscopio, y un psicólogo, y un sociólogo, su mirada adquiere unas dimensiones que la vuelven sumamente interesante no sólo para su tiempo sino también para la posteridad, que la acoge como documento y como placa fotográfica. Es lo que ocurre con Honoré de Balzac, que en El cura de Tours nos entrega una narración prodigiosa.
Los personajes que palpitan en ella son pocos y claros: el abate Birotteau (un pobre infeliz que aspira a la plaza de canónigo en Saint-Gatien y que encuentra una felicidad suficiente cuando hereda la habitación y los muebles del abate Chapeloud), el abate Troubert (un intrigante que, de forma sibilina, extiende los tentáculos de su poder hacia las altas esferas) y la señorita Gamard (que actúa como hospedera de todos y que terminará tomando partido por Troubert, en perjuicio del ingenuo Birotteau). Y la trama es tan sencilla como diabólicamente envolvente: el modo en que Troubert irá ganándose la voluntad de la señorita Gamard para arrinconar y preterir a Birotteau, al que termina abocando hacia un pleito que no quiere y en el que terminará perdiendo las ilusiones, el cargo y hasta la salud.
Las dos reflexiones generales que el autor introduce en esta deliciosa novela atañen al mundo de la soltería y al mundo de la religión. Sobre las solteronas elabora Honoré de Balzac un cruel retrato, que no tiene desperdicio: “Se hacen ásperas y malhumoradas, porque un ser que ha errado su vocación es infeliz; sufre, y el sufrimiento engendra la malignidad. En efecto, antes de culparse a sí misma de su aislamiento, la solterona acusa durante mucho tiempo al mundo. De la acusación al deseo de venganza no hay más que un paso. Hasta su fealdad es un resultado necesario de su vida. Como nunca han sentido la necesidad de agradar, desconocen la elegancia y el buen gusto. No ven nada que no sean ellas mismas. Este sentimiento las lleva insensiblemente a escoger las cosas que les son cómodas, con detrimento de las que pueden ser agradables para los demás. Sin darse exacta cuenta de su desemejanza con las otras mujeres, por fin la notan y las hace sufrir. Los celos son un sentimiento indeleble en el corazón femenino. Las solteronas son, pues, celosas sin objeto, y no conocen sino las desventuras de la única pasión que los hombres perdonan al bello sexo, porque les halaga”.
Y sobre el influjo de la religión en este rancio mundo provinciano dan buena cuenta las claudicaciones y mezquindades que tienen que acometer los partidarios del abate Birotteau quienes, sabedores de que ha caído en desgracia ante el todopoderoso Troubert, se verán obligados a traicionarlo. En ese sentido (y al margen de la carga anticlerical que podría detectarse en algunos segmentos de la pieza) resulta impresionante la escena donde se entrevistan la baronesa de Listomère y el religioso Troubert, porque Balzac indica cada intervención de uno y otra… pero añade entre paréntesis y en cursiva lo que realmente están pensando. Una obra maestra de la modernidad narrativa.
En suma, una detallada y exacta investigación sobre el mundo de los pequeños pueblos de provincias, con sus ruindades, cicaterías, lugareños desoficiados que hacen de la murmuración el mantillo de sus existencias y un generalizado olor a hipocresía y naftalina.

Memorable.

viernes, 29 de enero de 2016

En el lejero



Ocurre en ocasiones que un escritor genial monopoliza el nombre de su país de cara a los lectores, y se convierte en una especie de emblema que calcina la fama posible de sus compañeros. Así, es difícil que hablando de La India nos venga a la memoria alguien distinto de Rabindranath Tagore; o hablando de Noruega alguien que no sea Ibsen; o hablando de Irlanda alguien que nos brote antes que James Joyce. Con Colombia ocurre casi lo mismo. ¿Quién no asocia su nombre, literariamente, al de Gabriel García Márquez? Su esplendor internacional ha sido tan prolongado y notorio que ha eclipsado, sin pretenderlo, las luces de sus coterráneos.
Pero he aquí que, cuando nada hacía presagiar el advenimiento de la maravilla, surge la figura de Evelio Rosero y, con unos modos totalmente diferentes a los de su compatriota, nos entrega la novela En el lejero, una pieza magistral y asombrosa, que demuestra un poderío fabulador fuera de lo común. En ella vemos a Jeremías Andrade, un anciano septuagenario que llega un viernes por la noche a un pueblo nebuloso, instalado a los pies de un volcán. Su propósito es tan férreo como desconocido (“Tenía que empezar a buscar, en ese pueblo, tenía una sola pregunta que abarcaba todas las preguntas”), hasta que, por fin, en la página 56, extrae de su bolsillo una fotografía y pronuncia cuatro palabras que condensan un año de peregrinación, interrogaciones y angustias: “Busco a mi nieta”. Pero los personajes que rodean al anciano (la patrona del hotel, las extrañas monjas del convento, los niños fantasmales que gritan a su alrededor, el gordo Bonifacio, una enana lúbrica, los vecinos silenciosos) forman en torno a él un escenario de pesadilla, que se completa con detalles repulsivos (miles de ratones muertos por los suelos) o directamente surrealistas (ese cementerio de guitarras del que se habla en la página 44). Al final, Evelio Rosero terminará de producir desasosiego en sus lectores colocando a dos de los protagonistas en una situación altamente perturbadora, al borde de un abismo.
¿Relato metafórico? Sin duda alguna. Los simbolismos están debajo de cada línea, apuntalándolas. No en balde, la contraportada del tomo nos avisa de las deudas que esta novela contrae con Juan Rulfo y con Dante Alighieri. (Y podría haber añadido también el nombre egregio de Franz Kafka). Pero la gran proeza es que Evelio Rosero haya conseguido un lenguaje poderoso, musical y cuajado de imágenes, en el que la turbadora acumulación de símbolos no ahoga la exquisitez literaria del volumen.

Entre las páginas 64 y 69 de esta obra puede verse cómo el pueblo empuja a Jeremías Andrade para que busque a su nieta dentro del convento. Háganme caso y entren ustedes con él. Descubrirán una novela inquietantemente perfecta y cautivadora.

miércoles, 27 de enero de 2016

El misterio de la cripta embrujada



Yo no sé (no he sabido nunca) qué admirar más de Eduardo Mendoza: si sus libros más sesudos y elogiados (La verdad sobre el caso Savolta, La ciudad de los prodigios) o si sus producciones más risueñas y livianas. Hoy he decidido releer una de las novelas que más me gustaron allá por mi época de estudiante universitario: El misterio de la cripta embrujada. Torpedeado por ensayos de Umberto Eco, páginas profundísimas de Milan Kundera y otros dislates, aquel volumen me llevó en volandas y me hizo reconciliarme con la imagen más hermosa de la literatura: descubrir una historia y un lenguaje que te atrapen y te enamoren.
Descubrí en los primeros tramos de esta novela a un enfermo de un sanatorio mental, bebedor más que frecuente de pepsicolas y con una hermana dedicada al comercio carnal, al que encargaban una misión investigadora de una manera tan humorística como cínica: “Necesitamos, por ello, una persona conocedora de los ambientes menos gratos de nuestra sociedad, cuyo nombre pueda ensuciar­se sin perjuicio de nadie, capaz de realizar por nosotros el trabajo y de la que, llegado el momento, podamos desembarazarnos sin empacho”. Pronto, sus movimientos por Barcelona, sus juicios sobre la realidad que le rodeaba y su lenguaje (ampuloso, retórico y terriblemente zumbón) me convencieron de que Eduardo Mendoza iba a convertirse en uno de mis autores favoritos, como así ha sido en sus obras posteriores.
Personajes como el doctor Sugrañes, como el comisario Flores, como Peraplana o como Mercedes Negrer (que, aunque bastante joven aún, posee unas “oníricas sandías” –sic– que llevan loco al narrador) van llenando los capítulos de misterio, sonrisas, buen ritmo narrativo, crítica social y excelentes retratos de la España de la transición.

O sea, una fiesta de la literatura.

lunes, 25 de enero de 2016

Ya no es como antes



El prestigioso ensayista italiano Massimo Recalcati (Milán, 1959), al que traduce Carlos Gumpert para el sello Anagrama, nos ofrece en este libro de reciente aparición un estudio muy interesante sobre el perdón en la vida amorosa. Y, contraviniendo mi costumbre, en lugar de diseccionar y comentar sus páginas voy a dejar que sean fundamentalmente algunas citas del propio volumen las que nos sitúen ante el problema, porque Recalcati ha sabido condensar en ellas de manera maravillosa el espíritu del tomo.
Nos dice en la página 12 de la Introducción que “este libro pretende ser un canto dedicado al amor que resiste, al que insiste en la reivindicación de sus vínculos con lo que no pasa, con lo que es capaz de perdurar en el tiempo, con lo que no se puede desgastar”; después, en la página 13, declara de forma mucho más explícita: “En este libro nos preguntamos qué ocurre en esa clase de relaciones cuando uno de los dos traiciona, falta a la promesa, vive otra experiencia afectiva en el secreto y en el perjurio. ¿Qué sucede con los amores embestidos por el trauma de la traición y del abandono? ¿Qué sucede después, si quien traiciona pide perdón? ¿Si pide, después de haber decretado que ya no era como antes, seguir siendo amado y quiere que todo vuelva a ser como antes? ¿Es realmente posible el perdón en estos casos?”; y por fin redondea su declaración de intenciones explicando en la página 14 que este ensayo “aborda el perdón como una de las pruebas más altas y más difíciles que pueden aguardar a los amantes”.
En este fascinante estudio se nos habla de cómo la libido disminuye con la convivencia doméstica; cómo la búsqueda de nuevas experiencias sexuales no constituye una liberación sino “una nueva esclavitud, el resultado de un mandato social e ideológico (¡Gozad!) al que el sujeto está drásticamente sometido” (p.32) —mandato que el autor identifica con el espíritu capitalista de perseguir más y más sin descanso—; cómo el trauma de la traición es “algo que no puede ser olvidado, que insiste en repetirse y zaherir al sujeto” (p.79), porque se ha manifestado “rompiendo la promesa del para siempre” (p.82);  cómo la tarea de perdonar quiere un tiempo dilatado (“El perdón no es un acto reactivo, sino un trabajo que exige tiempo y que tiene como premisa imprescindible el recogimiento del sujeto en sí mismo”, p.99); y, sobre todo, nos traslada la Gran Pregunta, eje fundamental del libro y que puede llegar a convertirse en una tortura para la persona enamorada y herida: “¿Cómo mantener la fe en el Otro si el Otro traiciona?” (p.61).

La única mancha que podría señalarse en este volumen es que, fruto de la dedicación profesional de su autor, utiliza en demasía un elevado número de términos, expresiones y conceptos provenientes del mundo de la psiquiatría (en especial la terminología lacaniana y freudiana), que los lectores profanos pueden llegar a recibir con cierto fastidio o asfixia, porque convierte un tema cercano y fácilmente comprensible en un territorio psicoanalítico abstruso. Por lo demás, un ensayo tan luminoso como crudo, que nos obliga a plantarnos ante una hipótesis durísima: ¿cómo actuaríamos nosotros si fuéramos objeto de una traición amorosa y se nos pidiera amnesia y comprensión? Un libro inquietante e incómodo. Conviene leerlo.

sábado, 23 de enero de 2016

Una muerte muy dulce



Deben existir pocas cosas más emotivas que realizar la crónica literaria de la muerte de un ser estrechamente ligado a ti (padre, madre, hijo, hija); y, aunque los ejemplos son innumerables, su grado de crudeza jamás deja de remover nuestro interior.
Simone de Beauvoir aborda esta difícil tarea en Una muerte muy dulce, donde nos relata el último mes de vida de su madre a quien, tras ser ingresada por un problema de huesos, se le diagnosticó (ella no lo supo, pero sí su familia) un terrible cáncer terminal. En los instantes iniciales, la escritora recibe la noticia con una especie de frialdad desasosegante (“Me conmoví poco. A pesar de su invalidez, mi madre era sólida. Y, al fin de cuentas, tenía edad de morir”). Pero cuando los médicos descubren la auténtica raíz de su mal todo cambia. Simone se pregunta con perplejidad por qué, sabiendo con certeza que la muerte es inminente, la siguen sometiendo a pruebas dolorosas. De pronto, ella que no lloró cuando se produjo la muerte del padre, se encuentra llorando junto a Jean-Paul Sartre.
Nos traslada entonces un retrato psicológico y social de su madre, en la que descubre y analiza sus virtudes y defectos (“Pensar en contra de sí es a menudo fecundo; pero lo de mi madre es otra cosa: vivió en contra de sí”). Odiaría que en ella se repitiese lo que ocurrió con un pariente cercano (“Cuando yo tenía quince años, mi tío Maurice murió de un cáncer de estómago. Me contaron que durante varios días había aullado: Terminen conmigo. Denme mi revólver. Tengan pie­dad de mí. ¿Mantendría el doctor P. su promesa de que ella no sufriría?”).
El modo en que la madre se aferra a la vida impresiona no solamente a Simone de Beauvoir sino a cualquiera que lea sobre sus últimas horas: “No te duermas; no me dejes ir. Si me duermo despiértame: no dejes que me vaya estando dormida. En un mo­mento, me contó mi hermana, mamá cerró los ojos ex­tenuada. Arañó con las manos las sábanas y articuló: ¡Vivir!, ¡vivir!”.

Una obra terriblemente dura, pero que nos ofrece el retrato fidedigno de una relación turbulenta entre una madre y una hija muy diferentes entre sí, que sólo en el trance de la separación llegaron a aproximarse.

jueves, 21 de enero de 2016

Doña Rosita la soltera



Qué triste destino el de doña Rosita, muchacha casadera que tiene que soportar con resignación el traslado de su novio y que, durante meses, y luego años, y por fin décadas, irá recibiendo cartas suyas en las que le habla de reencuentros, de votos de matrimonio renovados y de esperanza. Pero el tiempo, a despecho de sus ilusiones, irá transcurriendo implacable y la muchacha se convierte en una solterona, que sirve de hazmerreír a sus vecinas.
Penélope andaluza, atrincherada en una conformidad que el cartero alimenta, doña Rosita acabará por reconocer ante su tía y su ama que sabe la noticia que todos murmuran por las calles y que la da por veraz: su prometido lleva mucho tiempo casado con otra. Ella ha fingido ignorarlo para no desmoronarse, pero el dolor termina por aflorar a sus labios: “Hay cosas que no se pueden decir porque no hay palabras para decirlas, y si las hubiera, nadie entendería su significado. Me entendéis si pido pan y agua y hasta un beso, pero nunca me podríais ni entender ni quitar esta mano oscura que no se si me hiela o me abra­sa el corazón cada vez que me quedo sola”.
Abatida, la ajada virgen reconoce que “no hay cosa más viva que un recuerdo. Llegan a hacernos la vida imposible”. Y la situación alcanzará un punto máximo de tristeza cuando, por motivos económicos, la familia es desahuciada y debe abandonar la vivienda al atardecer, en medio de la lluvia.

Lirismo, soledad, vidas truncas, maledicencias, estoicismo lánguido y gracia compositiva se unen en esta pieza del granadino Federico García Lorca. Imborrable.

martes, 19 de enero de 2016

La escalera oscura



Acaba de pasar por mis manos y por mis ojos un libro de relatos de Alejandro Melero, que publica el sello madrileño Stonewall con el nombre de La escalera oscura. Sin duda, un volumen hermoso, donde el autor (que es además profesor, ensayista y dramaturgo) consigue edificar unas propuestas realmente firmes y seductoras, en las que el amor, la decepción, la pasión y la amargura se combinan de modo eficaz.
Situados en ambientaciones muy distintas (un pequeño pueblecito de mentalidad cerrada, una hospedería, un despacho profesional, el camerino de un viejo actor, un recinto hospitalario), los personajes que burbujean por estas páginas van desnudando sus tristezas y mostrándonos sus heridas para que comprendamos el aciago camino que han tenido que recorrer para llegar hasta donde están, y para que nos sintamos más próximos a su dolor, a la condición quebradiza de sus lágrimas, al valor enérgico de su entereza: el muchacho que tiene que sufrir que el amor de su vida esté preparando la boda con una chica (“Habla Miguel”); el niño que se muerde los labios para no reconocer en público que ama a un compañero de clase (“La escalera oscura”); el joven que comienza una relación epistolar con el madrileño Bruno, y que viaja hasta la capital para disfrutar un primer encuentro erótico con él (“La piedad”); la tensa entrevista de trabajo que mantienen dos antiguos amigos de infancia, separados ahora por un durísimo trance que se gestó en la niñez y que aún extiende sus tentáculos de acíbar (“La prueba”); la experiencia sexual que vive el joven e inseguro Rubén con el anciano Vicente, un actor  que comienza a tener problemas de memoria (“Espejo de luces tenues”); la penosa situación que vive una mujer, conectada a una máquina en un hospital y que depende de la voluntad de su marido (“Las decisiones difíciles”); o aventuras más sinuosas y arriesgadas desde el punto de vista tipográfico y emocional (“Último y penúltimo deseo de la niña Carmela”).

Dentro de los libros de temática homosexual hay, como en los libros de temática heterosexual, dos subgrupos: los buenos y los malos. Éste de Alejandro Melero es bueno. Inequívocamente bueno. Búsquenlo en su librería.