jueves, 12 de abril de 2018

Órbita




Me zambullo en los relatos de Órbita, de Miguel Serrano Larraz, que llevaba un tiempo queriendo leer y que no me han defraudado, ni mucho menos. Curiosamente, siendo yo un lector tan cortazariano, los que menos interés me han producido son los dos donde más se advierte la influencia del argentino: “Shaman’s Blues” y “Estrategia del aplauso” (sobre todo este último, donde me parece que el pastiche resulta un poco excesivo). Ese detalle, en todo caso, no disminuye el valor de esta obra, que me parece notable. Miguel Serrano sabe controlar los mecanismos narrativos, el ritmo del relato y la alternancia de voces, que pone al servicio de unos argumentos muy llamativos: un adolescente con superdotación intelectual que está convencido de que cierto divulgador científico de gran renombre escribe solamente para comunicarse con él (“Órbita”); un estudiante que muere a los veintidós años por un comportamiento estúpido y que se reencarna en un elemento insospechado (“Perspectivas”); una curiosa colección de cartas que un chica va recibiendo de forma anónima en su buzón (“Y sólo del amor queda el veneno”); un excéntrico matemático que descubre la prueba de la existencia de Dios y que ve peligrar su vida a partir de entonces (“Y así sucesivamente”); etc.
Poderosos, solventes y bien desarrollados, los relatos de Órbita ofrecen a los lectores un prisma heptagonal al que difícilmente se aproximarán sin aplauso y del que guardarán un buen recuerdo. Lo distinto, cuando está impregnado de calidad, se transforma en memorable.

martes, 10 de abril de 2018

Del tiempo y la memoria




Me regalo por primavera la relectura del volumen Del tiempo y la memoria, cuyo autor es Francisco Sánchez Bautista (Academia Alfonso X el Sabio, Murcia, 1986). Es un libro típico de don Francisco; o sea, cuidado exquisitamente en su contenido y en sus formas. Yo creo que Sánchez Bautista es un genio de las letras, un meticuloso y dotadísimo orfebre cuya obra, si no ha trascendido más fuera de las fronteras regionales, es porque Murcia ha sido durante demasiado tiempo un cero a la izquierda en materia cultural. Se me ocurren los nombres de muchas medianías que, publicando en Madrid o Barcelona y no llegándole a las corvas a don Francisco, han sido galardonados con más adjetivos elogiosos que él. Una grave injusticia, sin duda.
Hay en este tomo (que me gusta entero) un grupo de poemas sencillamente magníficos: “Inútil búsqueda en el tiempo”, “El deshabitado”, “Lázaro calla”, etc. El homenaje que le dedica a Quevedo entre las páginas 127 y 129, en cambio, se me ha hecho un poco fatigoso. Es el único “desfallecimiento” que aprecio en un tomo admirable.
“¿Será el tiempo volver al sitio donde / uno fue niño y nadie le recuerda?”. “Al mundo (...) le falto casi yo”. “Hay un sabor a tierra en cuanto digo”. “Vivir ajeno al tiempo es lo que pido / y es el don que los dioses me han negado. / La memoria me tiene esclavizado / y el impasible tiempo sometido”. “Vivir es navegar un mar de daños”. “Me estimula la duda, ella me guía”. “Los que hoy somos aún supervivientes”. “En pulpa acaba lo que en flor empieza”.

domingo, 8 de abril de 2018

Los "paseados" con Lorca




Después de haber leído algunos trabajos de Ian Gibson (bastantes trabajos, en realidad) dedicados a la memoria de Federico García Lorca, sabía perfectamente que fue fusilado en agosto de 1936 junto a un maestro y dos banderilleros; y que con ellos fue enterrado en el barranco de Víznar, en medio de un secretismo cuyos detalles nunca han sido del todo aclarados. Forzando la memoria, acudían a mi mente el nombre del maestro (Dióscoro Galindo) y el apellido de uno de los dos anarquistas taurinos (Galadí), pero poco más. Así que descubrir el volumen Los “paseados” con Lorca, de Francisco Vigueras y leérmelo, todo ha sido uno.
Me he enterado en sus páginas de que don Dióscoro perdió una pierna cuando se le enredó la capa al bajar de un tranvía y éste le atrapó la extremidad contra los raíles, teniendo finalmente que amputársela para evitar la temida gangrena. Y que cambió varias veces de destino como maestro. Y que se preocupaba mucho por enseñar a leer y escribir a sus alumnos, casi todos provenientes de familias desfavorecidas. Y que varios años después de haber sido fusilado las autoridades franquistas continuaban la farsa de abrirle un expediente de depuración para apartarlo de la docencia.
Y he descubierto también que los dos banderilleros (Francisco Galadí y Joaquín Arcollas) era activos sindicalistas vinculados a la CNT, y que se dedicaron a vigilar al comandante José Valdés, quien luego sería máximo representante de la represión fascista en la provincia de Granada, para detectar en él movimientos golpistas previos al 18 de julio de 1936.
Un nutrido caudal de fotografías de descendientes y testigos de aquellos hechos completa un volumen lleno de interés, que se cierra con una exposición y un análisis muy amplios de la interminable polémica protagonizada por la familia Lorca, refractaria a que se busquen y exhumen los restos de Federico.

sábado, 7 de abril de 2018

Lisboa




Leo los relatos contenidos en el breve tomo Lisboa, que Javier Morales Ortiz vio publicados por la Editora Regional de Extremadura, y no me parece que sean excesivamente notables. En el ámbito del lenguaje anotaré que el autor ignora la diferencia entre “espirar” y “expirar” (y digo que ignora porque el error se comete dos o tres veces en el tomo, lo cual elimina la posibilidad del lapsus), y que tampoco parece tener muy claro el uso correcto de algunas preposiciones (nos habla de una persona “sentada en una de las mesas”, en la página 41). Este tipo de chirridos podrían quedar contrarrestados con adjetivaciones fulgurantes o con una sintaxis espectacular, pero no he logrado ejemplos para aducir.
¿Y qué ocurre con las historias que cuenta? Pues que al terminar la última línea te preguntas a dónde nos lleva, realmente, el autor. No hay “sorpresa final” al estilo Cortázar, pero tampoco hay “brillo durante” al estilo Chéjov. Son unas propuestas, según mi parecer, con mejor planteamiento que resolución; y en las que quizá se abusa del cliché de la mujer infiel (o al menos coqueteando con la infidelidad): Laura, en “Todo lo que sé de William Faulkner”; Sara, en “Reiki”; Ruth, en “Fecundación”; etc.
No obstante, si vuelvo a encontrarme con algún libro de Javier Morales estoy convencido de que me sumergiré en él. Algo en su textura narrativa me dice que por aquí hay madera, aunque en este volumen concreto no lo haya terminado de concretar.

viernes, 6 de abril de 2018

Un señor muy respetable




Me acerco hasta una novela del egipcio Naguib Mahfuz, del que todo lo que he leído me ha parecido interesante: se trata de Un señor muy respetable, que me traduce con amabilidad María Luisa Prieto (Plaza & Janés, Barcelona, 1994). Cuenta la historia de un pobre muchacho que se obsesiona con el escalafón burocrático y que convierte su existencia en un absurdo maratón extenuante, en el que renuncia a todo (amor, felicidad) con tal de ir subiendo en las gradas administrativas. Al final, con ironía bastante cruel, termina fracasando “vitalmente”, pero también “burocráticamente”.
Mahfuz se ha reído (quizá con ternura, quizá con conmiseración) de este pobre engañado, de este desnortado esencial. Me ha parecido una narración estupenda, dignísima, de estilo sobrio y exquisito, resuelta con innegable talento. Quizá me tendría que ocupar con más frecuencia de este narrador.
“Toda la vida puede resumirse en dos palabras: hola y adiós”. “Odiaba los sermones que incitaban a la indolencia, los consideraba una blasfemia contra Dios”. “Uno se siente relativamente seguro porque cree que la muerte es lógica, que opera sobre la base de premisas y conclusiones, pero muchas veces la muerte nos sorprende sin avisar, como un terremoto”. “La felicidad existe, pero el camino no siempre es llano”. “Hasta ahora había creído que las personas sabias eran felices”. “Uno comete errores tan a menudo como respira”.

martes, 3 de abril de 2018

El Robinson urbano




Afirma una vieja sentencia popular que lo que se va a ser se va siendo, lo cual equivale a expresar con sencillez admirable algo que los genetistas y Aristóteles no ignoran: que la semilla ya contiene en potencia al árbol. Por ese motivo, viajar por las páginas de El Robinson urbano supone acceder a un territorio en el que ya podemos ir intuyendo algunos de los rasgos estilísticos que con el paso de los años se irían aquilatando y formarían la actual prosa de Antonio Muñoz Molina. Como es lógico, estos mecanismos aún no se encuentran del todo en su plenitud (estamos ante los textos periodísticos que el escritor de Úbeda escribió y publicó entre los veintiséis y los veintisiete años en la prensa granadina), y en ocasiones se aprecia en ellos alguna zona gris, un cambio de rasante demasiado brusco o un enfoque narrativo mejorable. Pero también están las metáforas espléndidas, los usos anonadantes de los adjetivos, el ritmo sintáctico. Percutiendo por todos los rincones de este libro nos encontramos a Robinson, y a Apolodoro, y a María Alaminos, y los libros, y el alcohol, y las noches que empapan la Alhambra, y el rumor de los paseos al amanecer, y el intrincado laberinto del Albayzín. Está el deambular sin rumbo por una ciudad pequeña, ambigua, que te envuelve “en un amor plural, una pasión de espejos y poligamias visuales”; está la pereza sublime que asalta al protagonista a las once de la mañana, “que es la mejor hora del día para no hacer nada”; están los seres que sufren “el asedio inhóspito de la realidad” y que practican “el minoritario placer de no ir a ninguna parte”; están los tristes borrachos que “acumulan trienios de taberna” y aquellos que con singular clarividencia “están arrepentidos de su porvenir”; y, sobre todo, están las criaturas erráticas que desgastan las calles y que “llevan escrita en la frente una señal de ceniza, y su sola presencia desgarra las normas de la realidad y de la luz del día, abriendo en las calles fosos de locura y túneles de soledad”…
El Robinson urbano constituye una de esas primeras obras que ya contienen insinuado el perfume de la plenitud, y eso las convierte en documentos de bella factura.

domingo, 1 de abril de 2018

Everest. Porque está ahí




La mítica expedición que George Mallory y Andrew Irvine protagonizaron en 1924 para intentar coronar la cima del monte Everest ha dado lugar a miles de interpretaciones, opiniones y anécdotas a lo largo de los últimos noventa años. Unas, más centradas en los aspectos técnicos o científicos; otras, en los aspectos deportivos; otras, en los misteriosos y aun esotéricos; y otras, en fin, en los puramente literarios. ¿Llegaron (o llegó al menos uno de los dos) a la cumbre, convirtiéndose así en el primer ser humano del que se tiene constancia que lo haya logrado?
Ion Berasategi (Legazpi, 1969) es el autor de la última experiencia novelística centrada en esos personajes, que se titula Everest. Porque está ahí y que obtuvo el premio Desnivel de literatura en 2017. Pero la novela, lejos de constreñirse a narrarnos aquella espectacular aventura, plantea una arquitectura mucho más sugerente, mostrándonos dos historias paralelas. Por un lado, los sucesos de 1924, en los cuales varía el nombre de los personajes e introduce tantos datos históricos como imaginativos; del otro lado, el proyecto que inician en 2013 dos escaladores de amplia experiencia para conseguir llegar también al techo del mundo. Elegantemente astuto, Ion Berasategi introduce en ambas un elemento curioso, que las dota de tanto exotismo como justicia: una mujer. En la expedición de 1924, y sin que los escrupulosos miembros del British Mountain Committee sean informados, se admite a Anne-Lise Edwards, hija del maestro de Darjeeling y dotada de tanta energía física como fuerza de voluntad: camina al ritmo de los varones, destripa animales sin aparente asco, soporta los rigores del frío como sus compañeros y no teme a las inclemencias meteorológicas. En la expedición de 2013 la sorpresa será Pema, de quien se nos explica en la página 43 que era “una preciosa mujer con unos rasgos tibetanos muy marcados: sus ojos, de párpados ocultos, eran negros como el basalto, igual que su largo cabello. Su nariz era redonda, simétrica, perfecta. Y sus mejillas, cuarteadas por el frío viento del norte, presentaban un color rojo muy seductor”. Como añadido tierno, a esta última expedición se une también un enorme perro vagabundo, bonachón y fiel, al que los escaladores Kurdo y Karpov bautizan con el nombre de Do-khy…
Con un estilo narrativo sólido, Berasategi nos va ofreciendo en esta fascinante novela multitud de paisajes, descripciones técnicas, detalles culturales y emociones, que te consiguen mantener atrapado hasta el final… incluso para saber cómo termina la partida de ajedrez que Karpov mantiene por teléfono con el cubano Boris Dimitri.