viernes, 29 de agosto de 2025

Misterio en la cueva

 


Cuando Antón organiza una caminata de senderismo por la sierra de la Pila con algunos adolescentes (entre ellos, su sobrina María, que necesita perder algunos kilos) no puede ni imaginarse el terremoto que van a sufrir. Al principio, todo transcurre con normalidad (bromas, sudor, algún chubasco leve, conversaciones intrascendentes); pero, de pronto, el panorama se enturbia cuando Pablo, uno de los chicos, desaparece. Como es revoltoso e inquieto como un rabo de lagartija, nadie se altera durante los primeros minutos, porque suponen que anda saltando por las peñas o recolectando hierbajos curiosos (su gran afición). Pero conforme transcurre el tiempo, la inquietud los va ganando. ¿Por qué no vuelve a reunirse con el grupo? ¿Por qué no responde a los gritos de reclamo? Finalmente, logran dar con él: está herido tras un resbalón y, con mucho esfuerzo, logran trasladarlo al hospital de Molina. Hasta ahí, como se puede observar, nada que escape a la relativa normalidad de una excursión adolescente. El problema surge cuando el chico, delirando, habla de la persona muerta que, según él, ha visto en una cueva de la montaña. Activadas las fuerzas de seguridad, se comprueba que en efecto hay un cadáver en la gruta, y todo conduce a deducir que se trata de Bernardo, un antiguo empleado de banca que lleva un tiempo viviendo como anacoreta en el monte.

A partir de ese instante, y gracias a los papeles que dejó escritos el anciano, vamos reconstruyendo su historia, que comienza en un seminario, continúa con su matrimonio y termina con sus trabajos: primero, en una oficina bancaria; más tarde, creando un colegio privado; por fin, eligiendo la vía ermitaña para intentar encontrarse a sí mismo, en un mundo triste, caótico e hipócrita, donde parecen haberse perdido los valores más importantes. Así, Bernardo se ve como “un viejo que abomina de la sociedad, que no tiene cabida en ella y que ha elegido, aunque un poco tarde, el retiro para encontrarse con la naturaleza en estado virginal” (p.61); y que, aficionado a formularse grandes preguntas, se juzga a sí mismo “un Unamuno contemporáneo, una mezcolanza de Camus y de Nietzsche” (p.100).

En este punto, cualquier lector se estará preguntando qué sentido tiene hablar en el título de “misterio”, cuando los hechos resultan tan cristalinos. Y la respuesta es contundente: pronto se descubrirá que el muerto no es Bernardo, porque este aparece vivo a las pocas semanas, quejándose de que le han robado sus papeles. ¿Quién es, entonces, la persona que ha sido enterrada, tras confundirla con él? Y, sobre todo, ¿quién tiene los escritos del anacoreta y por qué no los ha entregado a la policía o la familia?

Una novela que esconde muchas sorpresas argumentales y, también, muchas y valiosas reflexiones sobre el sentido de la vida.

jueves, 28 de agosto de 2025

Luces mal usadas

 


Leo, con lentitud admirativa, el poemario Luces mal usadas, de la argentina María Florencia Rua, y siento que sus páginas se comportan como fogonazos de luz por un pasillo oscuro. Tal vez ese pasillo sea la vida misma, que suele ser gris, larga e insustancial; y tal vez los destellos supongan un reflejo de la mirada poética sobre las cosas, las personas, los paisajes, las experiencias. “Todo fue para mí noche o relámpago”, escribía Neruda en uno de sus primeros libros.

Contemplamos así líneas de desamparo (“De chica jugabas / a que en la arena armabas casas / y amabas como venganza. / Pero esas casas fueron destruidas. / ¿Dónde vivirás ahora?”, p.9), líneas de supervivencia (“Como ese jueguito donde / hay que saltar adentro / del círculo de fuego. / Una lucha constante / el peligro que arde / alrededor del cuerpo”, p.14), líneas que suponen un auténtico programa de vida (“Tendremos que trepar / o caer”, p.20), líneas de zozobra (“Tengo miedo de que haya cámaras / percibiendo todos mis movimientos / la soledad no es real”, p.26), líneas donde se detalla un encuentro sexual casi furtivo (el poema Huracán) o, en fin, instrucciones que, bajo su apariencia irónica, esconden un latido negro que eriza la piel (“Algún día estarás muerto / es importante practicar”, p.35).

María Florencia Rua no nos facilita poemas complacientes, sino zarpazos que el corazón y el cerebro acusan desde el principio y que activan a ambos.

Un trabajo lírico sin duda fascinante.

miércoles, 27 de agosto de 2025

Hasta que empieza a brillar

 


Cuando cursaba mis estudios universitarios, hace cuarenta años, dos diccionarios adquirieron en mis oídos categoría mítica: el Corominas y el María Moliner. Los profesores aludían a ellos, los citaban y nos animaban a manejarlos. Y aunque lo hice con profusión (de hecho, me compré ambos), jamás se me ocurrió formularme preguntas sobre la identidad o las circunstancias personales de sus autores: Corominas era el hombre que había compuesto un gran diccionario etimológico y Moliner era la mujer que había confeccionado un gran diccionario de uso. Años después, descubrí algunos detalles biográficos sobre la zaragozana: la forma en que confeccionó en su casa las fichas del diccionario, las reticencias de la RAE para admitirla en su seno, etc. Ahora, gracias a la espléndida novela Hasta que empieza a brillar, de Andrés Neuman, he podido conocer más y mejor a la excepcional lexicógrafa.

Descubro que su padre, antes de embarcarse como médico rumbo a América y no volver nunca, insistió en que María pudiera estudiar en la Institución Libre de enseñanza, donde impartían clases Menéndez Pidal, Américo Castro o el propio Giner de los Ríos. Descubro que comenzó a ganar su primer sueldo impartiendo clases particulares y que, tras culminar sus estudios, aprobó unas oposiciones para Archivos, siendo destinada a Simancas (luego pidió traslado a Murcia, en cuya universidad dio clases). Descubro sus ideas de izquierdas y su angustia durante la guerra civil de 1936, en la que vio cómo se utilizaban libros para crear barricadas cerca de la Ciudad Universitaria (“Según las estimaciones de sus colegas bibliotecarios, las balas perforaban aproximadamente hasta la página 350”, p.114). Y descubro, sobre todo, la dedicación febril, apasionada, tenaz, sobrehumana, que dedicó a la confección de ese monumento que es el Diccionario de uso del español, que le valió tantas admiraciones… y también tantas reticencias (Camilo José Cela encajó con acrimonia la “inoportunidad” de que la magna obra fuese editada casi al mismo tiempo que su Diccionario secreto, y tal vez por esa circunstancia no apoyó su candidatura para convertirse en la primera mujer académica de la Lengua).

María Moliner “anhelaba inventar el diccionario que le hubiera hecho falta, ese que le habría encantado consultar como estudiante, investigadora, bibliotecaria, madre. Trabajaba con sus huecos. Escribía desde ahí” (p.169). Y el difícil camino que emprendió (tarea de Sísifo, porque incluso cuando estuvo publicado siguió añadiéndole enmiendas y ampliaciones) está dibujado primorosamente por Andrés Neuman, que ha conseguido humanizar, colorear y dar volumen a una figura que, desde el silencio y la timidez, se convirtió en leyenda. Hasta que empieza a brillar es una obra magnífica, que recomiendo con fervor.

martes, 26 de agosto de 2025

Nada, nadie

 


Hay un cuento muy hermoso de Julio Cortázar, que se titula “No se culpe a nadie”, en el que un hombre se está poniendo un jersey azul. Es una empresa trabajosa, porque la prenda no se lo pone nada fácil y se resiste bellacamente a ser doblegada. Al final, tras un buen número de forcejeos, bastantes sudores e incontables agobios, el protagonista consigue que una de sus manos aflore de la manga, y entonces descubre con horror que sus dedos tienen uñas afiladísimas, y que estas se vuelven contra él. Para salvarse de la imprevista agresión, se arroja por la ventana. ¿No es una magnífica metáfora para definir al poeta, al ser que busca en sus tinieblas interiores aquello que los demás no nos atrevemos a perseguir, y que lo saca a la luz tras una minería dolorosa e implacable?

Por eso, este libro de José Antonio Martínez Muñoz no es poesía moderna, ni postmoderna, ni poesía de la experiencia, ni novísima, ni vanguardista. Es una poesía muy antigua y muy vieja, porque no hay nada más viejo ni más antiguo que la ansiedad de buscarse, de circular por los caminos dando gritos de angustia. Diógenes, saliendo de su tonel y alumbrándose con un fanal, insistía en buscar a un hombre y provocaba la risa de sus contemporáneos. Todos lo creían loco o filósofo; y en realidad era ambas cosas: o sea, un poeta. Porque el hombre que buscaba era él mismo. Y es que un poeta habla siempre (si es auténtico y hondo) de sí, aunque nos hable de naufragios o de dioses, de cíclopes o de genistas, de lunas o de vientos. El creador se pone en claro escribiendo, escribiéndose. No hay mejor terapia, ni tampoco mayor desgarro, que el ejercicio insobornable de la poesía.

Martínez Muñoz, que es poeta de espeleologías convulsas, se planta frente a su entorno y formula inquisiciones terribles: ¿hay un cosmos bajo el caos que nos rodea? ¿Nos mienten las brújulas? Y, como Amundsen o el capitán Scott, avanza entre los hielos, las ventiscas polares y el cuchillo carnívoro del frío, porque se niega a dejarse arrullar por las hogueras cálidas y engañosas de nuestro mundo, que nos pretende anestesiados y que nos regala distracciones envueltas en seda, para que nos creamos felices y para que nos estemos callados. Y también para que nos conformemos con el pedacito de felicidad o de azar que nos ha tocado en suerte.

Quien lea este libro comprobará que el autor (ya lo anuncia desde el título) es Odiseo negándose a las sirenas. Y Odiseo, conviene recordarlo, es un héroe que lucha buscando un camino. Pero no un camino cualquiera, no un camino hacia la victoria, sino un camino hacia el ayer, un camino de regreso. Odiseo vuelve a la patria, vuelve al hogar, buscando la ardua reconstrucción de su ser. Todo su entorno (islas, olas, navegaciones, mujeres, naufragios, combates) son peldaños para subir o bajar hacia sí mismo, asideros ardientes a los que se agarra.

Ibn Arabi, en uno de sus escritos, afirma que hay oro en el cerebro humano. Y esta aberración fisiológica tal vez no lo sea tanto si leemos la frase en sentido existencial. Sí que hay oro dentro de nosotros, pero el trabajo que lleva a encontrarlo es durísimo. Y solamente los poetas de verdad se afanan con la suficiente energía: nadie les pide que canten, pero cantan; nadie les pide que busquen, pero sienten la necesidad de buscar; nadie les pide que se desgarren, pero se desgarran. Y ese martirio nos muestra la nota moral de sus vidas. Su voz es un código ético.

domingo, 24 de agosto de 2025

La estrategia del parásito

 


Lo de César Mallorquí es increíble. No solamente es el rey de la novela juvenil en España (la enumeración de sus premios resultaría abrumadora) sino que, libro tras libro, es capaz de actualizar sus temas y de situarse en la vanguardia, sin un solo desmayo, gracias no solamente a su excelente prosa y a su humor inteligente, sino también a su proteica capacidad para absorber los intereses de los adolescentes y convertirlos en magnífica literatura. César Mallorquí sigue pensando como un joven, y por eso sus obras encandilan a los jóvenes. Ahí radica su poder y su secreto. Frente al batallón de escribidores que todo lo cifran en temas trillados (amores de instituto, tensiones domésticas o situaciones de marginación), él abre el abanico y, al agitarlo, el aire a su alrededor se renueva: caligrafías secretas, tesoros escondidos en la selva, fraternidades nazis, catedrales malditas o, como ocurre en La estrategia del parásito, situaciones angustiosas relacionadas con el mundo de la informática y del control de nuestras vidas a través de Internet.

Nada más abrir el libro conocemos a Óscar, un estudiante de Periodismo de veintidós años. Acaba de enterarse de la muerte de su antiguo compañero de colegio Mario Rocafort y, sin tiempo para asimilar la noticia, recibe una carta suya que contiene, además, un misterioso pendrive. Por lo que cuenta, Mario ha realizado un descubrimiento que puede afectar al futuro de la humanidad, y le pide a Óscar que localice a cierto profesor universitario. A partir de ahí, el vértigo adquiere unas dimensiones que cortan la respiración del lector y que incluyen asesinatos, persecuciones, intervención de cuentas bancarias, accidentes muy sospechosos y un sinfín de anomalías que convencen a Óscar de que la situación es mucho peor de lo que pensaba: alguien está empeñado en matarlo para hacerse con el pendrive y carece de todo tipo de escrúpulos y de límites. Alguien (o “Algo”) que basa su poderío en el control invisible del mundo de Internet y que puede hacer cuanto se le antoje con un simple clic. Como se dice en una novela de Philippe Claudel, “estamos vigilados constantemente, vayamos a donde vayamos y hagamos lo que hagamos”. Pues bien, aquí César Mallorquí nos explica lo que hay (lo que sonríe de forma macabra) detrás de esa vigilancia. Resulta inevitable recordar aquella frase atribuida a Kurt Cobain (aunque ignoro si es suya): que seas un paranoico no quiere decir que no te persigan.

Quien se adentre en esta primera entrega (se trata de una trilogía, de la que iré dándoles cuenta) va a encontrar emociones, sorpresas y sustos casi en cada página, pero lo más importante es que la envoltura literaria es tan primorosa, tan sólida, tan convincente, que pueden ustedes dejar el libro con toda calma en las manos de cualquier joven lector: no solamente le estarán facilitando una obra trepidante y magnética, que le encantará (de hecho, yo he leído la novela por el consejo de mi hijo Álvaro), sino también un texto musculoso que lo convertirá en un lector adulto.

Lo dicho: el rey.

sábado, 23 de agosto de 2025

Peligro extremo de incendio

 


Recorro, con un estremecimiento de admiración que se va ampliando conforme avanzan las páginas, el volumen de relatos Peligro extremo de incendio, de la madrileña Juncal Baeza. Y encuentro en su interior siete historias sobre personas que acarician los límites y reciben su daño: la joven que, tras sufrir el desprecio de todos sus conciudadanos, siente el desgarro de ver cómo su hija de tres años está a punto de morir ahogada en el río del pueblo (“Lemna”); la parturienta primeriza que ve cómo matronas y enfermeras la tratan con frialdad y la abocan hacia una cesárea que en el fondo ella no desea (“Criatura hermosa”); la anciana rumana que, tras haber salido de su país y haber vivido mil humillaciones durante años, encuentra en unos perros su única compañía reconfortante (“Corre, Vior, corre”); la niña que vive una religiosidad confusa y que es liberada del temor por su única amiga, que le abre los ojos con una explicación artística (“El naufragio”); el adolescente que vive aturdido en una familia de apariencia perfecta, en la que no se siente cómodo ni integrado, y cuya válvula de escape es su tía Ted (“Holografía familiar”); la madrileña que, tras vivir una intensa experiencia vital en El Salvador, retorna a casa con otra forma de ver las cosas (“Los tristes más tristes del mundo”); y la hija que, tras cuidar durante un año el desmoronamiento de su madre por culpa del cáncer, es devorada por el incendio de la culpa (“Peligro extremo de incendio”).

Todas estas experiencias, llenas de acantilados emocionales, de vértigos silenciosos y de erosiones terribles, están narradas por Juncal Baeza con una impresionante solidez, tanto en el plano arquitectónico (el orden narrativo jamás presenta una fisura) como en el literario (les sugiero que se fijen de forma especial en los instantes en que adjetiva utilizando sustantivos: “El insulto alacrán de los compañeros” (p.95), “Le rebotaba el corazón antílope en el pecho” (p.149)  y otros ejemplos igualmente deliciosos).

Uno de esos libros que se disfrutan sin altibajos y que se terminan entre aplausos.

viernes, 22 de agosto de 2025

Florencio Cornejo

 


Francisco Umbral, valorando los méritos literarios del “aficionado” José Gutiérrez-Solana junto a los del “profesional” Pío Baroja, escribió del primero que “presenta mayor solidez, trabajo, precisión e imaginación para lo minutísimamente monstruoso […] Solana es un escritor duro y preciso, que hace con un cuchillo carnicero finísimas disecciones anatómicas y psicológicas” (Las palabras de la tribu, p.100). En esta novela suya encontramos confirmado ese juicio en cada una de sus páginas.

Sería muy discutible, en cambio, afirmar que Florencio Cornejo es una obra primorosamente escrita, según los cánones tradicionales de la belleza literaria. Solana, desentendiéndose de la callada música de la frase, incurre en notorias cacofonías, que alteran el equilibrio sonoro del texto. Así, no tiene empacho en afirmar que observa “sobre una mesa isabelina, una vitrina”, o que tiene ante sus ojos “una caja fabricada en trabajo de paja”. Y tampoco mostrará mayor esmero en la composición rítmica de algunos párrafos. Podríamos constatarlo incluso en el que comienza el libro, donde domina el vuelo torpe de la frase, carente de gracia, fluidez y brillo. Es un primer párrafo que, compositivamente, resulta más bien palmípedo, torpón, desgualdrajado y poco airoso. Pero es que, si nos desplazamos al terreno de las figuras literarias, observaremos idéntica pobreza plebeya, apenas alterada por esos “enjambres de truchas”, que iluminan la página 36 con la fulguración de su novedad.

¿Dónde reside, pues, el atractivo de esta novela de árido cañamazo y breve arquitectura, si tan crecido es el caudal de sus insuficiencias?

Yo considero que la virtud profunda de la prosa de Solana y, por tanto, de esta novela, reside en su capacidad casi mágica (muy típica del 98) para ver en los personajes una metáfora honda, negra, fiel, atroz, mostrenca y descarnada de su país y de su tiempo. Solana mira con ojos de pincel y escribe con pluma de bisturí. Y por eso esta novela es una creación tan peculiar, tan ilustrativa y tan paradigmática. El pintor Solana mira y escribe; el escritor Solana mira y dibuja, con los negros signos del idioma, su desgarro, su fotografía anímica de España, su acta notarial, triste y emocionada, del mundo que lo rodea.

En un país sin cultura, misérrimo y dejado de la mano de Dios, es lógico que la zafiedad se convierta en canon. Y Solana, consciente de este hecho sociológico, nos lo retrata en varias escenas impactantes. Lo hace, por ejemplo, en la página 39, en un aguafuerte vitriólico y soez, casi en la línea del esperpento de Valle, donde nos describe a la criada Gila en un párrafo demoledor: “Cuando se reía era inaguantable; eran unas carcajadas histéricas, interminables, hasta que concluía por caer al suelo, meándose en las sayas o haciéndolo de pie, como una mula”. Y lo vuelve a hacer en un retrato colectivo, tan tributario de Valle-Inclán como de Quevedo, cuando describe la cena en una fonda del camino con estas palabras: “Un eructo que soltó un hombre flaco que devoraba un plato de espinacas y relamía la pata negra de un pollo, al que contestó el espolique con un gran pedo, sirvió para establecer una mayor corriente de simpatía entre los concurrentes, y se empezó a hablar, con voz más fuerte y conversación animada, sobre las cosechas, la carestía de la vida y el encarecimiento de los fletes” (p.50).

Si tenemos en cuenta la débil línea argumental del libro (el anuncio de una agonía y su triste resolución), comprenderemos que ese era en verdad el interés del autor: no el de contarnos una historia, sino el de hilvanar una serie de retratos fidelísimos (y a la vez caricaturescos) sobre ciertos personajes representativos de “su” España negra, pobre y vestida de pana.

Umbral llamó a Solana, en otra de sus obras, “pintor de entierros” (Trilogía de Madrid). Y no sería muy extravagante suponer que Florencio Cornejo también es la pintura narrativa de un doble entierro: el de un hombre consumido por la fiebre y la enfermedad, y el de un país mortecino, gárrulo y demacrado, que se extingue enfangado en su propia ordinariez. Florencio Cornejo es, en este sentido, un cuadro más de José Gutiérrez-Solana, otro óleo compungido donde busca retratar el alma de su país. Como tal, me parece, ha de ser leído.

miércoles, 20 de agosto de 2025

El ocaso de la democracia

 


Recuerdo que, cuando terminé de leer el espléndido libro Todo lo que era sólido, de Antonio Muñoz Molina, el primer pensamiento que me vino a la cabeza fue que yo (espero que no suene a petulancia) lo hubiera titulado Todo lo que parecía sólido, porque ninguna construcción político-social es eterna o inmutable. Ahora descubro, en el libro El ocaso de la democracia, de Anne Applebaum, esa misma idea. Es verdad que en la mayor parte de los países occidentales vivimos bajo regímenes democráticos, pero esa situación (amable, aunque perfectible) puede verse subvertida en cualquier momento. “Dadas las condiciones adecuadas, cualquier sociedad puede dar la espalda a la democracia”, nos explica la autora. Y lo terrible es que, si observamos con atención, ese proceso parece haber comenzado en muchas partes del mundo, con la aparición de partidos o figuras de clara vocación totalitaria, que se sirven de las redes sociales y de la constante manipulación psicológica para crear atmósferas adecuadas a sus intereses. Anne Applebaum lo va analizando en los casos de Polonia, Hungría, Inglaterra, Estados Unidos, Italia o España.

Partiendo de las inseguridades, los miedos o las equivocaciones de los gobiernos democráticos, las termitas del autoritarismo comienzan su trabajo de forma lenta, eficaz e implacable, convenciendo a un número creciente de ciudadanos de la necesidad de dinamitar el Estado y construir otro modelo rector, basado en la Patria, la Raza, la Religión o cualquier otra mayúscula por el estilo. Esa operación se urde meticulosa y orgánicamente, a través de un conjunto de actuaciones muy bien sincronizadas (“Los autoritarios necesitan a gente que promueva los disturbios o desencadene el golpe de Estado. Pero también necesitan a personas que sepan utilizar un sofisticado lenguaje jurídico, que sepan argumentar que violar la Constitución o distorsionar la ley es lo correcto. Necesitan a gente que dé voz a sus quejas, manipule el descontento, canalice la ira y el miedo e imagine un futuro distinto”); y también a través de la repetición de amenazas conspiratorias o fantasmales, que sean capaces de convencer mediante la repetición a las mentes menos analíticas o menos informadas (“El atractivo emocional de una teoría conspiranoica reside en su simplicidad. Explica fenómenos complejos, da razón del azar y los accidentes, ofrece al creyente la satisfactoria sensación de tener un acceso especial y privilegiado a la verdad”). Basta con buscar a alguien a quien atribuir todos los males de la nación (Soros, los comunistas, los musulmanes, los ateos, los fascistas, los judíos) y proyectar sobre esas personas todos los odios, todos los rencores, todas las incapacidades propias. El cóctel no puede ser más eficaz ni más peligroso.

¿Se trata de un proceso irreversible? Posible y tristemente, sí. Primero, porque el grito resulta para la mayoría de la población más convincente que el análisis; y la pirotecnia es más llamativa que los trajes grises. Y segundo porque la unidad es “lo que constituye una anomalía: la polarización es normal. También el escepticismo con respecto a la democracia liberal es normal. Y el atractivo del autoritarismo es eterno”. Una larga y aburrida negociación no dispone del mismo fulgor que un puñetazo en la mesa; una sonrisa o un apretón de manos no puede competir “espectacularmente” con el mentón elevado de Mussolini, los ladridos histéricos de Hitler o el rictus soberbio de Trump.

De todos modos, Applebaum prefiere cerrar su ensayo con un párrafo donde deja abierta la puerta a la esperanza: “Siempre hemos sabido (o deberíamos saberlo) que la historia puede volver a irrumpir en nuestra vida privada y reorganizarla. Siempre hemos sabido (o deberíamos saberlo) que ciertas visiones alternativas de nuestras naciones intentarían arrastrarnos consigo. Pero puede que, al abrirnos camino a través de la oscuridad, descubramos que juntos podemos oponerles resistencia”. Es hora de elegir.

lunes, 18 de agosto de 2025

La nieta del señor Linh

 


Cantaba el maravilloso Joan Manuel Serrat que, de vez en cuando, la vida nos besa en la boca y a colores se despliega como un atlas. También sucede con el mundo de los libros. Algunos son como los días negros del calendario: normales. Otros están teñidos de rojo, y te provocan una gran alegría, convirtiéndote en devoto de ese autor o autora. Y un pequeñísimo porcentaje (los milagros no pueden ser tumultuosos) se convierten en hitos mágicos: te emocionan, te llenan el corazón y subrayan de lágrimas tus ojos (no por tristeza, sino por una enorme gratitud, por una inabarcable felicidad). Me acaba de ocurrir con esta novela de Philippe Claudel, que traduce José Antonio Soriano Marco y que publica el sello Salamandra bajo el título de La nieta del señor Linh. ¿Experimentará la misma embriaguez cualquier persona que se acerque a este libro? Indudablemente, no, porque el mundo de la lectura está sujeto a infinidad de variables subjetivas: lo que para una persona es prodigioso, para otra ingresa en el fastidio más insufrible. Creo que está bien que así sea.

Conocemos desde el principio al anciano señor Linh, quien tras haber sido testigo de la muerte de su esposa, su hijo y su nuera coge en brazos a su pequeña nieta Sang Diu y abandona para siempre su triste país destrozado por la guerra. Está aturdido. Está confuso. Pero sabe que tiene que seguir luchando por la pequeña. De ahí que, cuando desembarca en un país cuyo idioma no conoce y se le ubica en un centro de refugiados, sigue esforzándose por sacarla adelante. Apenas come, apenas le quedan fuerzas, pero “la lleva en brazos como se lleva un tesoro” (p.61). Un día, se sienta junto a él en un banco público un hombre gordo, que fuma muchísimo y que le habla con amabilidad, recordando sobre todo a su esposa. El señor Linh no lo entiende. El señor Bark tampoco lo entiende a él. Pero sus soledades se acompasan y van fraguando una deliciosa relación. Gracias a los gestos, a las fotos que se enseñan el uno al otro, al tono pausado en que se hablan, ambos sienten que se han convertido en amigos, hasta el punto de que el señor Linh, pensando en la esposa de Bark, se plantea una hermosa hipótesis: “Puede que haya muerto. Está en el país de los muertos, como la suya, y quizá, se dice, quizá en ese lejano país su mujer y la mujer del hombre gordo se han encontrado, como se han encontrado ellos. La idea lo emociona. Lo reconforta. Espera que haya ocurrido así”, pp.63-64). El señor Bark, agradecido por la forma amable en que el señor Linh escucha sus penas, le regala un pequeño vestido para su nieta. Pero esa felicidad se torcerá cuando las autoridades decidan recluir al señor Linh en otro sitio de la ciudad, sin que le dé tiempo a avisar (¿y cómo hacerlo, si no conoce su idioma?) a su amigo.

Lo dejo aquí. Busquen ustedes el libro y paseen por las páginas conmovedoras y entrañables de esta historia que a mí, honestamente, me ha tocado el corazón.

sábado, 16 de agosto de 2025

El crimen del conde Neville

 


Parece imposible que, en una novela de tan corto número de páginas, puedan cohabitar (e incluso ser llevadas al extremo) tantas emociones: la sensación de fracaso, el glamour, la dignidad, el ansia de morir, la superstición, el miedo… De la mano de Amélie Nothomb, El crimen del conde Neville (que traduce Sergi Pàmies y publica Anagrama) lo consigue de forma notable.

Imaginemos que estamos en el castillo de Pluvier (Bélgica), donde viven el conde Neville, su esposa y sus tres hijos. La ruina económica provoca que la familia deba desprenderse de esta ilustre posesión; y para abandonarla de un modo elegante y a la altura del prestigio que los Neville llevan décadas cultivando se va a celebrar una fiesta en los jardines, al que estarán invitados todos los notables del entorno. Hasta ahí, un cuadro de decadencia nobiliaria sin más aditamentos. Pero una noche, la hija pequeña del conde, Sérieuse, decide dormir a la intemperie y, tras ser rescatada al borde de la congelación por la vidente Rosalba Pontenduère, posibilita que su padre reciba una predicción macabra: matará a uno de sus invitados durante la fiesta. Incrédulo y hasta burlón, el conde acabará por sentir que esa profecía lo invade y comienza a plantearse a quién elegiría para cometer ese crimen. ¿Tal vez a Charles-Édouard van Yperstal, que cometió la grosería de decirle a su esposa que aún era bella? ¿Quizá a Cléophas de Tuynen, que nunca le ha caído bien? Viendo que ese ejercicio comienza a convertirse en obsesivo y que incluso le quita el sueño, su hija Sérieuse le propone una solución mucho más cercana: que la mate a ella. Aturdido, el conde escucha cómo su benjamina le confiesa que se encuentra harta de la vida y que, en el sentido trágico griego, qué mejor solución que sea su propio padre quien la libere de esa zozobra existencial.

A partir de ese momento, comenzará la lucha íntima, feroz y perturbadora, entre padre e hija, quienes esgrimen sus argumentos y se echan en cara sus defectos y sus virtudes en algunas páginas de inquietante densidad psicológica.

Convencida la hija de que quiere morir y convencido el padre de que quizá ella le esté pidiendo algo muy razonable llegaremos hasta la página final, donde Amélie Nothomb imprime a su relato un giro inaudito, que deberá descubrir quien lo lea.

viernes, 15 de agosto de 2025

El amante uruguayo

 


Consignaré su nombre (Enrique Amorim), aunque de inmediato reconoceré no haber leído nada suyo, además de no recordar ni siquiera las menciones que, sobre él, incluyeron libros que sí he leído (como, por ejemplo, de Jorge Luis Borges). Es curioso: parece que su apellido, siendo tan poco habitual, tendiese a diluirse en la memoria. Era uruguayo. Y fue autor de unos cuarenta libros, que no han conseguido convertirse en volúmenes demasiado populares. Pero su figura incorpora tantos disfraces, viajes, imposturas y zonas de sombra que el peruano Santiago Roncagliolo lo convierte en protagonista de su obra El amante uruguayo, deslizando la posibilidad de que fuese él la persona con la que Federico García Lorca vivió una breve experiencia amorosa durante su estancia en Argentina. De hecho, el núcleo más misterioso de estas páginas se encuentra en el monumento que Amorim erigió en la localidad de Salto en diciembre de 1953 (el primero que se dedicaba en el mundo a la figura del granadino), a cuyo lado enterró una extraña caja que “contenía” al poeta y cuyo interior jamás ha sido revelado: quizá cartas íntimas, quizá imágenes fotográficas… o quizá los huesos del propio Federico, que nunca han sido hallados.

No obstante, conviene declarar de inmediato que no estamos ante un libro que fomente el sensacionalismo o que busque la polémica formulando hipótesis descabelladas. De ninguna manera. Este novensayo (podría ser una etiqueta del libro, que mezcla narración novelesca y espíritu de biografía) brilla en realidad por muchos otros aspectos, que nada tienen que ver con ese detalle. De hecho, juzgo que la posible tumba lorquiana puede funcionar como “anzuelo” (eso sí) para atraer a ciertos lectores, pero que el valor central del volumen hay que buscarlo en las magníficas semblanzas de los personajes que se van cruzando en la vida de Amorim (o, mejor dicho, de los personajes a quienes se arrimó para rodearse de gente célebre): Pablo Picasso, Charles Chaplin, Louis Aragon, Rafael Alberti, Margarita Xirgu, Jorge Luis Borges, Oliverio Girondo, Lola Membrives, Pablo Neruda… El modo en que Roncagliolo ensambla todas esas piezas produce un relato brillante, dinámico, absorbente, donde el humor, el misterio, la política, la hipocresía, la amistad, la traición, el deseo o los rencores (más una dosis enorme, pero inteligentemente camuflada, de erudición) mantienen la atención lectora de forma insuperable.

El hombre que “nunca había considerado necesario ajustarse a los hechos” se sentiría muy orgulloso de haber inspirado esta maravilla narrativa. Léanla. Creo que puede gustarles.

miércoles, 13 de agosto de 2025

La víctima perfecta

 


Dicen que los grandes avances se consiguen aunando tradición y vanguardia. No seré yo quien lo discuta. Y es probable que esa afirmación pueda ser también aplicada al mundo de las letras, donde los libros demasiado “tradicionales” suelen incorporarse a la grisura del olvido y donde los libros demasiado “rupturistas” se condenan ellos solos a la estantería de las curiosidades. Trifón Abad, que es listo como los ratones coloraos, ha sabido conjugar ambas líneas en su última novela, que se titula La víctima perfecta y que publica Grijalbo.

Con excelente criterio y con certera intuición, el novelista explora los cánones que mejor funcionan en el género negro (trama que se va complicando sucesivamente, personajes que cierto detalle convierte en sospechosos y que posteriores sucesos liberan de esa condición, diálogos realistas y contundentes, policías con una carga psicológica de su pasado que los condiciona), pero tiene la inteligencia narrativa de moldear ese barro para conseguir con su talento que la escultura resultante siga provocando sorpresas y deparando emociones al lector. Además, Trifón Abad utiliza como pieza importante de la obra a un personaje que resultará familiar a quienes leyeron su anterior libro: el sabueso Juan Carlos Robles, “el de la hija que desapareció en una fiesta rave” (p.193) [esta aventura puede ser consultada en otra entrada de este blog: https://rubencastillo.blogspot.com/2024/06/la-noche-de-arena.html].

Por encima de las extravagancias que a veces pueden encontrarse en otras novelas negras (policías con nombres o actitudes extrañas, situaciones rocambolescas, diálogos alambicados o burdos), este volumen nos propone la normalidad. Y esa cuidadosa normalidad constituye uno de los principales atractivos de la obra, que permite a los lectores una inmersión rápida y eficaz en los vericuetos de la investigación, donde asistiremos al secuestro de un niño de once años con altas capacidades intelectuales y que pertenece a una familia llena de ricos matices (un padre que vive para las matemáticas y el ajedrez, y que imparte clases en la universidad; una madre empresaria con poco tiempo libre; una tía que eligió el camino hippie de vivir de forma alternativa; una hermana mayor que vive pegada a su móvil). Dos agentes de la ley se encargan de investigar: él, zarandeado por los acíbares de una separación matrimonial; ella, incómoda por el acoso sexual de un compañero. Añadan a esa fascinante ambientación casas abandonadas, yates amarrados en el puerto de Tomás Maestre, habitaciones claustrofóbicas, oscuridades inquietantes y viejos fantasmas del pasado… y obtendrán una novela que les regalará unas horas felicísimas de lectura. Así da gusto.

Lo dicho: que la busquen y que la lean. Se harán, como yo, abadistas.

martes, 12 de agosto de 2025

Tazas de caldo

 


Me acerco con curiosidad hasta Tazas de caldo, espacio narrativo donde Vicente Verdú recopila una serie de píldoras verbales en las que reflexiona de forma conceptista sobre la soledad, el amor, la muerte, el sexo, el sentido de la existencia, la amistad o la creación artística. Frente a ese conjunto, como frente a todos los de su especie, hay que elegir dos formas de lectura: la primera, que no me parece muy recomendable, consiste en recorrerlo de un tirón, como si nos faltase tiempo o quisiéramos absorber con demasiada avaricia sus enseñanzas; la segunda, quizá más sensata, se fundamenta en la paciencia sedimentaria: léanse unas páginas, ciérrese el libro y medítense sus aportaciones (lo ideal sería fijar una pausa tras cada aforismo). Como es lógico, se puede estar más o menos de acuerdo con esta o aquella afirmación; se podrá juzgar más o menos brillante esta o aquella línea; se podrá tildar de banalidad o de genialidad esta o aquella entrada. Pero del libro se sale con la sensación de haber asistido a un alto festival de la inteligencia, a un valioso vademécum de ideas, que nos hace felices haber recorrido.

Por si les sirve, anotaré aquí las palabras que yo he subrayado en mi ejemplar. No se trata de un “resumen” (este tipo de obras no lo admiten), sino de mi particular selección. Quizá les sirva.

“Por lo general, estamos tan distraídos con nosotros que nos perdemos el mismo mundo”. “La mnemotecnia ayuda a recordar, pero ¿cómo ayudarse para olvidar?”. “La gran ventaja de tener dinero consiste en olvidarse de él”. “La imperfección asumida se aproxima a la perfección”. “Cada pareja es un paraje”.  “Todos nos soportamos recíprocamente. De otro modo sería imposible vivir”. “Nos arrepentimos de haber hablado de más. Nos felicitamos por nuestro silencio”. “Contemplamos el amor y nos sentimos dioses. El mar nos mira, en cambio, despectivamente”. “Si un artista se estanca en su creación, en ese estanque se ahoga”. “Puesto que nadie sabe realmente quién es, resulta demasiado inútil preocuparse de uno mismo”. “La vida es tan rica que le es indiferente si estamos en ella o no”. “Despreciarse es una manera astuta de hacerse querer”.  “No esperar nada de nadie es la manera de alcanzar la calma”. “No se debe hablar cuando el otro relata sus penas. El silencio del que escucha conlleva hospedaje. El corazón donde hay una cama más”. “Aquellas cosas que se nos olvidan, ¿adónde van?”. “El día que despertemos sin esta fronda política habrá nacido otro mundo”. “Es fácil hacer el amor, lo difícil es condimentarlo”.

domingo, 10 de agosto de 2025

Viaje a Rusia

 


La historia menuda de este Viaje a Rusia, de Josep Pla, es bastante conocida: en 1925, los miembros del Ateneo de Barcelona, en colaboración con el periódico La Publicitat, realizaron el esfuerzo económico y logístico de enviar al escritor catalán (que en esos momentos se encontraba en Francia) hasta la recién creada URSS, para que durante seis semanas observara y describiera lo que estaba viendo. El resultado es un volumen estupendo, donde el ampurdanés quiso dar “un testimonio enormemente esquemático y sencillo de una época precisa, centrada en 1925”, partiendo del “candor de la ignorancia” y registrando todo lo que a su paso se fuese mostrando y apartándose, en la medida de lo posible, de las elucubraciones y los prejuicios (“Entre una construcción majestuosa e incierta del idealismo filosófico y una página de hechos concretos, mi temperamento se inclina hacia los hechos”), porque tenía muy clara cuál era la raíz profunda de su actividad: “Mi misión, al venir a este país, no es opinar. Sería ridículo que lo hiciera y desproporcionado para mis fuerzas. Mi misión es contar”.

Y a fe que lo hace: nos habla de las vestimentas coloridas de sus coetáneos, de los bailes que presencia, del precio que tiene el menú del tren, de lo que vale medio pollo asado, de la inmensidad de las distancias que se extienden ante sus ojos (“Para que las cuentas os salgan tenéis que poner siempre, aquí, un cero más”). Y todo ello salpimentado con la gracia natural y pintoresca con la que Pla suele deleitarnos e incluso hacernos sonreír: “En Moscú […] todo tiene un color saturado, de ensalada de pimientos y tomates”.

Cuando tiene que admirarse, se admira (“Debe de haber en Europa cinco ciudades indiscutibles: Roma, París, Londres, Constantinopla y Moscú. Moscú se tiene que poner en la lista sin dudar un momento, porque el Kremlin es de lo mejor que existe”). Cuando tiene que ser humilde, lo es (“Es un país, Rusia, de una complejidad extraordinaria, y del cual yo no sabría hablar más que tímidamente y dejando la puerta abierta a todas las rectificaciones posibles”. Cuando tiene que señalar defectos evidentes, los señala (“Sórmovo tiene más de ochenta mil personas, y el pueblo da ganas de llorar”). Y cuando tiene que anotar su reserva con respecto a las “perfectas” democracias occidentales, lo hace con la misma honestidad (“Y es que tenemos la cabeza llena de clichés, el de la democracia, por ejemplo. Este cliché es puramente verbal. Nadie puede negar que en la lista oficial de los países democráticos hay algunos que están gobernados por minorías insignificantes. Sin embargo, ¿quién borrará su nombre de la lista?”).

Añadan ustedes numerosas reflexiones sobre el estado de la educación, sobre las organizaciones sindicales, sobre la burocracia… o sobre las carreras de caballos, y obtendrán un libro encantador, luminoso y ecuánime, que se lee todavía con gran provecho merced al estilo inconfundible de Josep Pla.

viernes, 8 de agosto de 2025

Ropa de casa

 


El autor de Ropa de casa, en un instante de duda o de reflexión, inicia así el capítulo 7 del volumen: “Me pregunto ahora a quién, aparte de mí y de mis allegados, pueden interesar estas páginas, que cuentan una vida en la que no han pasado demasiadas cosas”. Y luego, para redondear esa vacilación, añade: “Un posible resumen del libro sería: niño en el Logroño de los años sesenta, muchacho en la Zaragoza de los setenta, aprendiz de novelista en la Barcelona de los ochenta. Un resumen aún más escueto diría que este es el retrato de la formación de un escritor”. Quien con tanta modestia se expresa es Ignacio Martínez de Pisón, uno de los narradores más sólidos y poliédricos de los últimos cuarenta años. Y conviene añadir de inmediato que Ropa de casa, a pesar de esa presentación humilde, es un texto que se lee con sonriente agrado. No porque los detalles que nos va suministrando resulten cruciales, dramáticos o espectaculares en sí mismos, sino porque nos facilitan una comprensión más amplia de la voz y la personalidad del novelista.

Nacido y criado en Logroño, en la época en que aún mandaba en España un fofo general “de voz atiplada y barriga de quinielista” (cap.4); desarrollado luego en Zaragoza, donde su prematuro amor por el surrealismo lo hizo devoto de Luis Buñuel; oyente involuntario que escuchó a Carlos Barral y sus compañeros de borrachera discutir a qué distancia podía mear un tigre (Barral se decantaba por los doce metros); alumno de José-Carlos Mainer en la universidad; aceptado por Jorge Herralde desde el inicio de su aventura literaria, Ignacio Martínez de Pisón nos va desgranando en estas páginas deliciosas (y en ciertos instantes también melancólicas) sus anécdotas con Álvaro Pombo, Enrique Vila-Matas o Monserrat Roig (“La simpatía en estado puro”); su amistad (y final distanciamiento) con Javier Marías; su afición por el billar o los palíndromos; su relación con Javier Tomeo, escritor que leía muy poco y que dio a la imprenta bastantes libros (“Algunos se los podría haber ahorrado”), que era más bien tacaño y poco dado a las conversaciones intelectuales… pero que le inspiraba cariño (“Bajo varias capas de insensibilidad y rudeza se escondía un hombre melancólico y sencillo, un niño grande necesitado de afecto”); su vínculo con Bernardo Atxaga (“Entre las personas que conozco, puede que sea la que tiene el carácter más afable”); la primera vez que hizo una quiniela en su vida… y acertó trece; o su entrañable vínculo con el malogrado Félix Romeo.

Pero quizá lo más sustancioso del tomo (al menos, para mí) son los retratos de índole familiar que el autor incorpora, y que nos permiten conocer, a través de las anécdotas que tienen como protagonistas a sus padres, su esposa, sus tíos o las viviendas donde residió, los perfiles de su alma. Ignacio Martínez de Pisón se dibuja de la forma más íntima y expresiva: retratando su entorno, regresando a la semilla, dibujando su nido. Y las dos páginas finales, por favor, no se las pierdan por nada del mundo.

Para mí, uno de los más grandes del panorama literario español.

jueves, 7 de agosto de 2025

Niebla

 


No descarto que se trate de culpa mía, pero qué insufrible se me ha hecho releer la obra Niebla, de Miguel de Unamuno. Qué estilo tan descacharrado, tan débil, tan de ir amontonando teorías de humo y eslabonando juicios paradójicos, de los cuales pretende obtener oro narrativo o intelectual mediante el procedimiento (al principio original, pero pronto machacón) de dar la vuelta a frases o sentencias, para ver qué sale del experimento (“¡Mañana es de Dios! ¿Y ayer, de quién es?” / “Conocer es perdonar, dicen. No, perdonar es conocer”). Desatado y febril, el vasco coge las frases, las retuerce, les busca las costuras, juega con ellas, se recrea en la condición calidoscópica del azar. Y lo que resulta, finalmente, es un artefacto de palabras que, como novela, para qué vamos a mentir diciendo otra cosa, no se sostiene; y que, como motivo de reflexión, tampoco funciona demasiado bien, porque se agota y vuelve pesado tras diez páginas de geminación de los mismos recursos.

Alguien escribió una vez que el problema de Unamuno era que escribía a vuelapluma y, después, sin permitirse la humildad de corregir, servía todas esas páginas encuadernadas al lector, como si fuera altísima filosofía o pensamiento celestial. No hay filtro. No hay criba. No hay boutade que se desdeñe por quebradiza o por banal. Todo se le antoja mena, siendo bastantes veces ganga. Y, claro, sorprende que alguien de su altura dé por bueno ese mecanismo una y otra vez: es como si leyésemos un libro de Schopenhauer y, en cada párrafo, se nos deslizara una pirueta de Pinito del Oro o un chiste de Arévalo.

Si se ofrece un resumen del argumento de la obra o se subraya la famosa escena del personaje Augusto Pérez peleándose con el autor, los aplausos son justos. Pero si se desciende al texto concreto, a la estilística, la obra hace más aguas que el Titanic. No la recordaba tan floja, ciertamente. Se ve que cuando la leí (creo que fue en 1981) era demasiado joven como para permitirme una crítica al gran santón del 98. Pero en 2025 ya no. Seguiré leyendo en los próximos años a don Miguel de Unamuno, como siempre, para seguirme peleando con él y para ver si obtengo Jugo (perdón por el chiste) de sus restantes libros.

miércoles, 6 de agosto de 2025

Hernani


 

Mucho tiempo (quizá demasiado) sin leer a Victor Hugo, así que abro las páginas de Hernani y vuelvo a él. La historia, romántica por demás, es sobradamente conocida: doña Sol debe elegir entre tres galanes que requieren su cariño. El primero es don Carlos, que ha quedado prendado de su hermosura nada más verla y que, a la hora de rendir su corazón, desvela su auténtica identidad: es el rey Carlos I de España, que pronto se convertirá en el emperador Carlos V. El segundo es el anciano duque de Pastrana, de la poderosa casa de Silva (durante buena parte de la obra, el personaje en mi opinión más digno y admirable de la obra). El tercero es el bandolero conocido como Hernani, por el cual doña Sol muestra clara predilección y que, al fin, también nos revela una identidad que ha permanecido escondida buena parte de la pieza: es don Juan de Aragón, cuya familia fue afrentada por el rey Carlos y que ahora ansía venganza contra él. De esa situación compleja brotarán citas a escondidas, parlamentos exaltados, disfraces, odios y amores extremos, perdones súbitos y algunas muertes más bien tremebundas, que tiñen de emociones drásticas esta historia de amor, celos y ambición.

Quienes no somos excesivamente amantes del radicalismo romántico sufrimos, eso sí, con sus arrebatos viscerales, que nos hacen torcer el gesto y nos privan de parte del encanto de la obra. Pondré un ejemplo único: cuando doña Sol está a punto de casarse con el duque de Pastrana, porque Hernani le ha dicho que se una a él y olvide su amor infausto, el bandolero la mira con desdén y, tras mirar las joyas que el duque le ha regalado como ofrenda nupcial, la tilda de mujer voluble… para dos líneas después pedirle perdón con las más desgarradas muestras de arrepentimiento. Ese pendulismo radical del amor romántico, tan arrebatado para amar y tan presto a odiar, me parece (puede que esté equivocado) que revela poca fe en la otra persona. Y crispa los nervios de quien está leyendo, porque para apreciar estos furibundos cambios de carácter, de la lágrima a la risa loca, del desdén al éxtasis, de la entrega incondicional a la renuncia, hay que hacer violencia del sentido común. El retrato que de sí mismo traza Hernani para apartar de su lado a doña Sol es (véase) tan arrebatado como histriónico, tan ampuloso como teatral: “Quizá me crees un hombre como los demás, un ser inteligente que va recto a conseguir el objeto de sus sueños; pues no, no lo soy. Soy una fuerza que impulsan, soy el agente ciego y sordo de los misterios fúnebres, soy el alma de la desgracia impregnada de tinieblas. ¿Dónde voy? No lo sé. Sólo sé que me impulsa con soplo impetuoso un destino insensato; sólo sé que desciendo más cada vez, sin detenerme nunca. Si algunas veces, jadeante, me atrevo a volver la cabeza, oigo una voz que me grita: ¡Adelante!, y el abismo es profundo, y veo su fondo rojo, o de llama o de sangre, y entretanto, a una y a otra parte de mi vertiginosa carrera, todo se destroza, todo se muere. ¡Ay del que me toca! ¡Huye de mí! Apártate de mi fatal camino”. Todo, en mi opinión, demasiado infernal y patético.

Pero no seré injusto: si se coloca entre paréntesis esa porción de exaltaciones la obra de Hugo se lee con auténtico agrado, casi doscientos años después de su estreno. Es más de lo que pueden decir el 90% de las obras literarias.

lunes, 4 de agosto de 2025

Señora de rojo sobre fondo gris

 


La muerte de la persona amada, de aquel ser con quien compartes tu vida. Es sin duda uno de los grandes traumas, uno de los grandes vértigos, una de las grandes angustias. ¿Quién no ha tenido pesadillas en las que se ha visto enfrentado con esa posibilidad? Miguel Delibes, el espléndido novelista vallisoletano, lo hace en Señora de rojo sobre fondo gris a través del exitoso pintor Nicolás, casado con Ana. Ella no solamente es la mujer con la que tiene hijos y nietos, sino también la persona que “con su sola presencia aligeraba la pesadumbre de vivir”: su musa, su sostén existencial, su contrapeso sonriente, su gran apoyo. Lo ha sido en su vida artística (encargándose de las exposiciones y de acompañarlo cuando ha impartido charlas en medio mundo), pero también en su vida doméstica (fue ella la que se encargó de telefonear y visitar a personas importantes cuando sus seres queridos fueron detenidos, en los meses finales del franquismo). Ana ha sido el vigor, la entereza, la columna que ha sostenido en pie todo su vivir.

Y, de pronto, irrumpieron los problemas que afectaban a su salud. Primero, ciertos signos de fatiga, que fueron diagnosticados de forma provisional como anemia ferropénica; después, otros más complicados, que afectaban al equilibrio, la audición, la expresión del rostro. Y entonces el dictamen de los médicos fue más riguroso: tenía un tumor craneal, que debía ser extirpado a toda costa.

¿Cómo se enfrenta Nicolás a ese desmoronamiento? ¿Cómo contempla los tintes más bien fúnebres que parecen abatirse sobre su vida? Con una prosa tan elegante como austera, Delibes nos sitúa ante los ojos un espejo terrible, porque nos plantea una reflexión que desazona, desde su misma entraña: ¿cómo actuaría yo si ese vendaval se abatiese sobre mí?

Novela tan dura como emotiva. Muy recomendable.

domingo, 3 de agosto de 2025

El castillo de Eppstein

 


Es muy fácil resumir lo que he sentido leyendo El castillo de Eppstein, de Alexandre Dumas: ha sido como permanecer en silencio, sentado en un sillón con una taza de café en la mano, mientras el conde Élim me contaba esta historia al amor de la lumbre. Así de sencillo, así de ancestral, así de hermoso. Gracias al encanto de su narrativa, el escritor francés logra que quien está leyendo se sienta integrado en el grupo de oyentes que escucha al conde mientras narra (primero) y lee (después) la historia del castillo a través de sus figuras más representativas.

Nos encontramos en la residencia de la princesa Galitzin, en Florencia, durante el invierno de 1841. Se han reunido allí una serie de personas ilustres, que discuten junto a la chimenea sobre la existencia de los fenómenos paranormales; y en el seno de ese diálogo emerge la figura del conde, quien manifiesta su firme creencia en la existencia de fantasmas, amparándose en una historia personal, que pasa a contarles. Esa semilla, tan cervantina, nos permite conocer al conde Everard de Eppstein, el último vástago de su estirpe, sujeto a la triste condición de hijo despreciado por su progenitor (Maximiliano) y protegido por el espíritu de su madre (Albina). Poco a poco, envueltos por la magia de Dumas (que te hechiza página a página con su forma de contar), asistiremos a venganzas terribles, insultos dominados por la injusticia, hijos que son desheredados, amores imposibles, anagnórisis palpitantes, pureza sometida a prueba, intrigas políticas y una buena porción de mezquindades, diseminadas por el texto para provocar el asombro y la ira de quien está leyendo.

Resulta inevitable subrayar que una de las partes más intensas de la historia tiene como protagonistas a Everard y Rosamunda, dos adolescentes de disímil posición social, pero en los cuales late el amor con un brillo tan conmovedor como virginal. Ella, educada en un convento, será la encargada de mostrar al joven Everard los refinamientos de la historia, de la música, del arte… y de los libros (“Hay libros que os harán gozar más que un hermoso atardecer de mayo, aunque hay épocas también en que os dejarán tan triste como una lluviosa tarde de diciembre”). La forma en que terminan sus amores no puede ser (ya lo verán) más desgarradora.

Otro apunte crucial: los hechos que se narran suceden en los primeros años del siglo XIX, pero Dumas prefiere eludir buena parte de la ambientación histórica para centrarse, astutamente, en su novela, y conseguir que la misma resulte más intensa y absorbente (“Entre 1803 y 1808, Napoleón ya había realizado la mitad de su peculiar Iliada. Pero el grandioso y terrible drama que se representó entre Francia y Europa nos viene grande. Nuestro interés consiste tan sólo en narrar la historia de un castillo y de una cabaña, situados entre Francfort y Maguncia”).

Doscientas páginas después, con la taza de café ya frío en mis manos, parpadeo y descubro que la magia de Dumas me ha mantenido absorto durante horas, hasta separarme de la realidad circundante.

Creo que debería leer más novelas de este autor.

viernes, 1 de agosto de 2025

La sucia piel del mundo


 

Fascinación. Embriaguez. Éxtasis. Son las tres palabras que me recorren el cerebro, el corazón y la garganta cuando leo (y lo leo y releo constantemente) a Miguel Sánchez Robles. No hay poeta que me remueva y golpee más que él. Lo he dicho muchas veces y no me canso de pregonarlo. Ahora lo hace con La sucia piel del mundo, obra con la que obtuvo el premio José Zorrilla y que publicó el sello Algaida. Y desde el primer verso (“La poesía es mi iglú de la vigilia”) comprendo que voy a asistir a otro espectáculo de lucidez, desgarramiento y belleza triste, como tantos me ha brindado el escritor de Caravaca de la Cruz. Así que cojo del cajón un lápiz rojo y afilo su punta, consciente de que teñiré de ese color muchas de las páginas, cautivado por las imágenes que Miguel llueve cada pocas líneas. Quizá Borges y Neruda sean (así se ha dicho) los adjetivadores más brillantes y sorprendentes de nuestro idioma; pero Sánchez Robles es el más egregio a la hora de crear imágenes: creativas, inesperadas, luminosas, únicas. Trallazos visuales y líricos que te hacen abrir los ojos y te dejan reflexionando, con sus gotas agrias, melancólicas. Pero que no se engañe quien lee, porque no estamos ante un poemario desgarrado o triste o abatido. Bueno, sí, lo estamos, pero no del todo: bajo el derrotismo aparente de lo negativo late en su lírica un arrebato de vida, de luz disfrutada, de amor sin límites que lo lleva a seguir escribiendo. La lucidez no conduce a la abstención o el abandono, sino a la embriaguez, a esa voluntad vitalista de buscar hacia la luz y hacia la vida otro milagro de la primavera. Fernando Pessoa anotaba en su majestuoso Libro del desasosiego que no conseguía reanudarse; Miguel sí que lo hace, erguido, viril y tenaz, ave Fénix del verso. “Cuanto más envejezco / más adoro la vida”, se lee en el poema Suero de la verdad. El desaliento y la esperanza, como no podían ser de otra forma, palpitan con idéntica fuerza, extremos del péndulo de vivir.

Dice el poeta: “Duele la luz / porque la vida suele secarte el corazón, / matar a tus amigos uno a uno”. Dice también el poeta: “Sedientos de otra cosa / los ciegos y los tristes / pedimos a la luz misericordia”. Dice de nuevo el poeta: “Porque a veces el mundo / es un animal triste / que no puedes mirar sin que te duela”. Así que, finalmente, no le queda sino dejarnos constancia de “Todos los desgarros / que me van necrosando despacio el corazón”.

En una sociedad estúpida y manipulada, en la que “la gente es feliz en los supermercados” y vive drogada por “la idea suicida / de que el único fin es divertirse”, el poeta se siente invadido por el desánimo y por la acrimonia (“Algunas veces siento / que el mundo es un avión no tripulado / repleto de pastillas / y pena anestesiada”). Pero eso no le impide entregarse con energía inexhausta a la firmeza de la escritura: “Escribo para ser. / Me desangro lo mismo. / Pero escribo porque aún creo / en la inmortalidad de las palabras escritas / y para soñar despierto / y porque adoro vivir más, / me gusta vivir más / y ordenar lo que ocurre mientras vivo”.

Dos detalles finales, si me permiten, antes de dejarles que busquen y lean este espléndido poemario. El primero, que detengan su mirada en esos versos que, idénticos, se repiten dos o tres veces seguidas. No constituyen ningún tipo de estribillo, como bien pronto descubrirán, sino la voz del poeta que, con la mirada perdida, repite con desfallecimiento una verdad terrible (realicen el experimento de leer cada verso en un tono de voz más bajo que el anterior y entenderán lo que digo). El segundo, que participen en un hermoso juego para iniciados: descubrir títulos de libros (o versos) de Miguel Sánchez Robles, engastados en los nuevos poemas. Puro gozo.

jueves, 31 de julio de 2025

Patio interior

 


En ocasiones, una rosa cubierta de rocío exhibe tanta belleza como el esplendor innumerable del rosal. Nuestros ojos pueden viajar por los pétalos de docenas de ellas, pero nuestro olfato y nuestros dedos quedan saciados con la fulguración que emana de la que tenemos frente a nosotros. En el poema “Entraña”, con el que se abre el libro Patio interior, de Rosa Campos, se nos dice que hay un “perfume de lo hondo” que desde “lo íntimo germina” y que después de irradiar “luz sin escasez” como “agua clara emerge”. He tomado cuatro breves sintagmas y los he unido (la autora sabrá disculparme mi labor cisoria) para que pueda valorarse de qué manera, en la página inicial del volumen, está la semilla de todo lo que palpita y esplende después. La poeta de Calasparra (aunque ahora radicada en Cieza) “anhela compartir” su visión del mundo y lo hace de la más noble y literaria de las formas: habitando poéticamente sobre la tierra. Dejando que sus pupilas y su sensibilidad se paseen por el entorno, por la circunstancia orteguiana, y convirtiendo en versos los estímulos que recibe.

A veces, la inspiración brotará de una reflexión serena y honda sobre el paso de las horas (Fugaz el tiempo); a veces, de paisajes tan aparentemente prosaicos como los cajeros de los bancos, que se erigen en metáfora del devenir absurdo de nuestra sociedad (Sin); a veces, de estaciones de trenes o de personas que luchan con tenacidad cívica para que las vías de esos trenes no corten en dos la ciudad (Portadores de luz). Rosa Campos actúa como un viejo pescador: deja que sus redes se deslicen con suavidad hasta el agua y luego, con paciencia ancestral, espera que el bullir de los peces le indique que es el momento de izarlas hasta la cubierta, con su cargamento de escamas plateadas.

En ese cargamento hay ríos de luz, amaneceres radiantes, salas oscuras, palabras que invaden el paladar, hojas que tiemblan, gorriones que cantan, el dios de Spinoza y deliciosas tardes de abril. Es decir, todo lo que podemos anhelar en un libro de versos que, enriquecido con las bellas imágenes de Mª Joaquina Sánchez Dato y el certero prólogo de Míriam Cano Motos, alcanza alturas majestuosas.

martes, 29 de julio de 2025

¿Qué me quieres, amor?

 


Desde que leí por primera vez un libro completo de Manuel Rivas (hace ya muchos años) descubrí una voz que me interesaba: es decir, alguien que contaba cosas y que las contaba muy bien. Para mí, no hay fórmula narrativa más seductora ni más plena. Y ahora, en mi octavo abordaje al autor gallego, vuelvo a encontrarme con la misma sensación placentera y feliz. Estoy hablando de ¿Qué me quieres, amor?, un volumen del que había leído el relato que da título al volumen y, por supuesto, “La lengua de las mariposas” (después de conmoverme con la adaptación cinematográfica de José Luis Cuerda), pero que ahora recorro en orden y por entero. Qué maravilla de libro.

Corroboro que la gran magia de Rivas consiste en que, en mi opinión, suspende todo lo que no sea su relato: te crea la mágica sugestión de que vives dentro, que sus líneas reproducen la única realidad. Y lo disfrutas o lo sufres con una intensidad prodigiosa, torrencial e inolvidable. Bebes en la taberna, acodado al lado de sus personajes; asistes en silencio a las clases de don Gregorio, que parece un sapo y que no pega; finges tocar el saxo mientras sueñas despierto con la posibilidad de que la jovencita de los ojos achinados se fugue contigo a América, donde todos los futuros son de leche y miel; frunces las cejas mientras a Andrés le sale siempre el tres de bastos en sus tiradas de cartas y tiemblas ante la negrura de dicho presagio; tragas saliva ante la facilidad con la que Carmina se entrega, mientras su perro Tarzán actúa de inquietante custodio; sientes el calor facial de ese maquillaje de payaso con el que tienes que ganarte la vida en fiestas infantiles, en las que siempre hay algún niño sádico que te hace sudar; te encorajina que el Depor se quede a nueve metros de ganar la Liga; proteges como policía, sin saber quién es, a la anciana madre del narco a quien desearías encarcelar; o te juegas la vida en las bateas, mientras el oleaje se obstina en abatirte.

Manuel Rivas es un prestidigitador que construye atmósferas. Muy grande.

domingo, 27 de julio de 2025

La Virgen de los Sicarios

 


No descubrimos el nombre del narrador hasta la página 78 de esta novela. Se nos dice antes, eso sí, que es colombiano, que ha escrito “unos cuantos libros” (p.37) y que no tiene una imagen demasiado buena de sus compatriotas: “Mis conciudadanos padecen de una vileza congénita, crónica. Esta es una raza ventajosa, envidiosa, rencorosa, embustera, traicionera, ladrona: la peste humana en su más extrema ruindad” (pp.27-28). Ha vuelto, después de muchos años, y se ha encontrado con un Medellín destrozado por la droga, los tiroteos, el robo y las extorsiones de todo tipo. De hecho, el retrato que nos traslada sobre el mundo de las comunas es estremecedor: “Ha de saber usted y si no lo sabe vaya tomando nota, que cristiano común y corriente como usted o yo no puede subir a esos barrios sin la escolta de un batallón: lo “bajan”. ¿Y si lleva un arma? Se la “bajan”. Y bajado el fierro le bajan los pantalones, el reloj, los tenis, la billetera y los calzoncillos si tiene o trusa. Y si opone resistencia porque este es un país libre y democrático y aquí lo primero es el respeto a los derechos humanos, con su mismo fierro lo mandan a la otra ribera: a cruzar en pelota la laguna en la barca de Caronte. Usted verá si sube” (p.31). Nadie aporta soluciones: ni la Iglesia, que se pierde en estupideces caritativas o buenistas; ni los responsables políticos, que forman una mafia corrupta, sin excepciones (“Todo político o burócrata (que son lo mismo, puesteros) es por naturaleza malvado, y haga lo que haga, diga lo que diga no tiene justificación. Jamás presumas de estos su inocencia. Eso es candor”, p.62); ni tampoco la ciudadanía, acogotada por el miedo y anestesiada por el fútbol y el sexo.

En ese mundo de violencia continua y asfixiante, en el que los niños de doce años ya disponen de revólver y comienzan a trabajar como sicarios, el narrador conoce a Alexis, un adolescente de ojos verdes del que se enamora y que, desde el primer minuto, demuestra ser un demonio destructor, temperamental, caprichoso e impulsivo, que mata a cualquiera por una mirada, por un insulto o por simple arrebato. Es decir, porque puede. Porque es el Señor del Gatillo. Lógicamente, la supervivencia de alguien así es quebradiza; y será otro sicario quien, por una venganza personal cuyo sentido descubrimos en la página 115, termine con su respiración, dejando al narrador en un estado de profunda tristeza y de profunda soledad.

Crónica terrible, cruda y violentísima sobre un mundo sin Dios, donde los seres humanos alcanzan el fondo de su propia vileza y donde todas las relaciones se vertebran sobre la brutalidad, el miedo o la amenaza, La Virgen de los Sicarios es una novela incómoda y magistral, donde Fernando Vallejo combina con gran brillantez registros populares y cultos (el lenguaje de los sectores más bajos de la sociedad colombiana se entrevera con alusiones a Honoré de Balzac, Dostoievski, Schönberg, Rufino José Cuervo, Cervantes, Don Juan Tenorio, Homero, Antonio Machado, Jorge Luis Borges, Jules Verne o Arthur Adamov) y donde, con ayuda del humor negro, retrata un mundo casi inimaginable para quienes lo leemos desde la comodidad de nuestros sillones. Solamente un narrador excepcional puede conseguir que escuchemos el estruendo de las detonaciones y que veamos y casi oigamos el fluir de la sangre por el orificio de las balas.

He indicado en la primera línea de la reseña que, hasta la página 78, no leemos el nombre del narrador y protagonista de esta historia. Lo anoto en la última, por si desean conocerlo: Fernando.