sábado, 19 de marzo de 2016

El manuscrito de Leonardo



A finales de 1994 se celebró en la sala de subastas Christie’s una reñida puja que terminó cuando Bill Gates dio la orden de poner sobre el tapete casi 31 millones de dólares y se hizo con un códice antiguo, propiedad de Armand Hammer. Este empresario lo había adquirido, a su vez, en otra subasta que tuvo lugar en 1980. El propietario original del códice fue Thomas Coke, conde de Leicester, que se hizo con él en 1717. Su contenido, desde luego, justificaba el interés y las fuertes sumas económicas que se invirtieron en su adquisición, porque la obra contenía manuscritos inéditos de Leonardo Da Vinci relacionados con el mundo de la astronomía, la hidráulica o la paleontología y acompañados por exquisitos y minuciosos dibujos realizados por él mismo.
Todo esto, que sucedió tal y como lo cuento, forma parte de la historia auténtica del Códice Leicester, consultable en Internet. Pero lo que estábamos ya necesitando era una novela que, rigurosa y bien escrita, nos adentrase en la prehistoria de esta aventura. ¿Cómo fueron los primeros años ingleses de este rarísimo documento? ¿Qué controversias generó? ¿A qué polémicas dio lugar? La escritora Susanne Goga, traducida por Patricia Llosa, nos entrega en estos días su seductora novela El manuscrito de Leonardo (Bóveda), que tiene como protagonista a la hermosa e inteligente Georgina Fielding, una muchacha cuyos orígenes están aturdidos por la niebla (jamás conoció la identidad de su padre) y que, a la vez que recibe de sus familiares una estricta educación victoriana, aprende de su tía abuela Agatha a ser una mujer independiente y alejada de los ñoños convencionalismos que la sociedad se empeña en verter sobre ella. Su amistad infantil con Mary Anning (una de las pioneras de la paleontología), su constante desafío a las normas machistas (se llega a disfrazar de varón para asistir a una clase universitaria donde no admiten a mujeres), su relación con el periodista alemán Justus von Arnau, su rechazo a verse comprometida matrimonialmente con el estirado médico St. John Martinaw y, sobre todo, el descubrimiento de que su difunto padre le dejó en herencia una hoja escrita por Leonardo da Vinci, irán enriqueciendo la novela con enigmáticas revelaciones que sólo al final de la misma se unirán para formar una explicación coherente de su pasado.

Pero, por encima de todos los enredos sentimentales, trucos narrativos y elementos deliberadamente manipulados que figuran en todo bestseller, El manuscrito de Leonardo brilla porque la autora ha dibujado con primor en sus páginas el ambiente religioso y científico que rodeó a los primeros años de la paleontología, con sus rocambolescas explicaciones sobre los fósiles, su estupor a la hora de armonizar el texto bíblico con las evidencias que la ciencia iba suministrando y con las torturas morales (a veces terribles) que acometieron a aquellos pioneros. Introduciendo en la obra a personas reales (como la ya mencionada Mary Anning o el sorprendente William Buckland, un clérigo que compaginó sus tareas religiosas con las científicas, que nos legó la primera descripción completa de un dinosaurio y que encontró restos de los primeros homínidos que habitaron en el Reino Unido) y mezclándolas con personajes ficticios, Susanne Goga consigue un meritorio fresco de la Inglaterra del siglo XIX, con sus intransigencias, sus modales almidonados y su apertura a la ciencia moderna.

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