jueves, 28 de junio de 2018

Desorganización




Durante mi etapa como estudiante universitario de Filología Hispánica recuerdo con especial angustia el nombre de Alonso Zamora Vicente, autor del sacrosanto volumen Dialectología española. que debíamos empollarnos de pe a pa, como si fuera el cuerpo de Cristo. Jamás he vuelto a acercarme a la obra, por el odio africano que desarrollé hacia la asignatura. Eso, desde luego, no me ha impedido leer después otras producciones del autor, como este libro de relatos, que se titula Desorganización (Espasa-Calpe, Madrid, 1975).
En él despuntan algunas ingeniosidades, como cuando habla de una persona que tiene “toda la dentadura a la intemperie” (p.78), o de aquella que tiene “una cenefa de melancolía en la voz” (p.88), o de esa chica que era “rubia momentánea” (p.153). Pero no hay un solo cuento (ni uno, de verdad; y no me mueve el desdén) donde el brillo fulja o el primor asalte a los lectores. No hay más que diálogos de pobres gentes, situaciones de lo más chato y muletillas por un tubo.
En resumen, un trabajo donde hay fragmentos geniales para ilustrar en un libro de lengua el “lenguaje coloquial”, pero poco más. Probaremos más adelante con otra obra suya.

lunes, 25 de junio de 2018

Cifra y aroma




Acabo Cifra y aroma, de Isabel Escudero, delgado volumen enmarcado por un auténtico batallón de comentaristas, prologuistas y epiloguistas, siendo un libro que, francamente, no precisa tantos valedores, pues se sostiene por sí mismo con solvencia manifiesta. Qué bonito, leve y profundo poemario. Tiene toda la fuerza de la oralidad, la fragancia de lo lírico y el espesor de un tratado de filosofía.
Me lo indicó mi amigo Pepe Colomer cuando me prestó el libro, y veo que tenía razón. Es alígero y profundo, serio y jocoso, grave y agudo, trascendente y lúdico. Me quedo, eso también es verdad, con las ganas de copiar un centenar largo de sus composiciones, pero me ceñiré a unas pocas, para que los lectores se sientan impulsados de acudir al tomo y devorar por ellos mismos las demás: “No hay quien lo entienda:/ tengo los pasos contados,/ y perdí la cuenta”. “¡Con qué gozo / hoza en la moza / el mozo!”. “Dice el alcalde / que puede la gente / hablar de balde”. “No le hace falta / al sol que te despiertes / por la mañana”. “Hablando de amor / o diciendo verdad,/ conviene exagerar”. “Caracol baboso,/ ¿a quién le vale / tu brillante pasado?”. “Contigo hasta la muerte,/ pero ni un paso más”. “Esa niña de las paletas,/ los labios muerden,/ los dientes besan”. “Mas el que avisa / dos veces es traidor:/ Piénsalo”. “¡Cómo se cobra Dios / los derechos de Autor!”. “Es propio del muerto / ser tan perfecto”.
Dense el placer de recorrer sus páginas y saldrán encantados.

sábado, 23 de junio de 2018

El caso Newton



Probablemente muchos de los lectores conozcan detalles acerca del Priorato de Sion gracias a la novela El código Da Vinci, de Dan Brown, o a la película del mismo título, protagonizada por Tom Hanks, Audrey Tautou y Jean Reno: la existencia de una asombrosa estirpe de descendientes de Jesús de Nazaret y María Magdalena, que desde hace siglos son protegidos por fuerzas poderosas y que preservan la sangre, la herencia, el ADN, de aquel a quien los católicos llaman el Hijo de Dios. Multitud de indicios iconográficos (entre ellos, el célebre cuadro “La última cena”, de Leonardo) son aportados como pruebas que corroboran esta sorprendente hipótesis.
En su reciente publicación El caso Newton (Erein, 2018), el durangués Anton Arriola retoma esta interesante línea narrativa y la funde con otros elementos no menos vistosos: de un lado, un manuscrito encriptado por el padre de la Ley de la Gravedad, que ha sido sustraído del Trinity College de Cambridge por un catedrático de la universidad de Deusto y que vuelve a ser sustraído en Bilbao por manos desconocidas; del otro, un ejemplar del Elogio de la locura, de Erasmo de Rotterdam, que se suma a la lista de valiosos libros robados. ¿Quién se encuentra detrás de estas sustracciones y por qué las está perpetrando? Y, sobre todo, ¿por qué están produciéndose en el País Vasco una serie de actos vandálicos que se rubrican con la posterior publicación de frases de Erasmo, en latín, en la prensa local?
El antiguo sacerdote Ander Azurmendi, que ahora trabaja como profesor en las aulas de Deusto y que comparte su vida con la dulce Ane, se verá arrebatado por un espectacular torbellino de acontecimientos donde no faltarán atropellos nocturnos, agresiones sexuales, accidentes que luego resultan ser premeditados, fotografías borrosas, prelados inquietantes, matones sin escrúpulos, policías ambiguos, allanamientos de morada, perros eviscerados y otros ingredientes de alto voltaje argumental, que Arriola resuelve con buen pulso y sin dejar que el ritmo de la narración se le descarríe o enrede.
Además, las reflexiones que se vierten al final de la obra sobre la condición de nuestro mundo y nuestra época añaden un tinte filosófico que enriquece estas páginas. Un experimento novelesco (mezclar esoterismo, género negro y análisis del nihilismo que preside el arranque del siglo XXI) de muy notable factura.

viernes, 22 de junio de 2018

Dios está lejos




Una obra de teatro puede ser excelente por varios motivos: por la capacidad que tenga el autor para mover a sus criaturas en escena, haciendo que bailen una danza ágil, tensa o intensa; por las ideas que sea capaz de trasladarnos acerca de un determinado tema; por su revisión de sucesos históricos, a través de algunos entes ficcionales; por la lección simbólica que podamos extraer de los hechos que se representan ante nosotros… En ese ámbito, voces como las de Shakespeare, Strindberg, Buero Vallejo o Molière resultan paradigmáticas.
A ese elenco no conviene añadir a Marcial Suárez, al menos por lo que demuestra en su obra Dios está lejos, por más que le concedieran el premio Lope de Vega en 1979. Si tuviéramos que sintetizar su argumento en pocas líneas, diríamos que se nos muestra a Rosario, una mujer casada pero que ejerce la prostitución para sacar un dinero extra, se encuentra en un tren con Julio, que ha sido destinado como juez a la localidad. Cuando está con él en casa se entera de que su marido ha muerto tras caer de un andamio. Estaba acompañado por Daniel, hermano de Rosario… A partir de ese instante, todo son vueltas y revueltas alrededor de una serie de preguntas que nadie sabe resolver con seguridad: ¿mató Daniel a su cuñado por algún odio que surgió entre ellos? ¿Se suicidó el marido para librarse de la ignominia de saberse cornudo? ¿Cayó por accidente? ¿Actuó Daniel como asesino, tras haber pactado el crimen con su hermana?
Esa insistencia en los cauces de la niebla, de la vacilación, de la duda, que podría haber quedado maravillosa en las manos de un genio como Buero Vallejo, se convierte aquí en un pestiño insufrible que provoca bostezos.

miércoles, 20 de junio de 2018

De ratones y hombres




En ocasiones asumimos tareas que terminan por desbordarnos y volverse contra nosotros. Es lo que le ocurre a George, un vagabundo que se desplaza de rancho en rancho buscando trabajos eventuales con la única compañía estable de Lennie, un enorme retrasado mental que le fue encomendado por su tía Clara. En Weed ya tuvieron algún que otro problema, derivado de la manía que tiene Lennie de acariciar las cosas que le parecen suaves: lo intentó con el vestido de una niña y sus reacciones de pánico convencieron a todos de que estaba intentando abusar de ella. Posteriormente, Lennie se ha acostumbrado a llevar ratones, a los que acaricia hasta que los mata sin querer con sus grandes y fuertes manazas.
Ahora, en el rancho al que llegan, intentan que las cosas sean diferentes: George y Lennie trabajarán duro sin meterse en líos, ahorrarán hasta el último céntimo y se comprarán una granja con chimenea y con conejos, para que el ingenuo grandullón los vaya alimentando con alfalfa. Es un sueño pequeñito, tierno, razonable… y también utópico, sobre todo porque el carácter fanfarrón de Curley (el hijo del patrón) y la condición casquivana de su esposa no van a plantearles más que problemas.
La escena final, con George teniendo que encargarse por última vez de Lennie, es una de las más impresionantes que redactó John Steinbeck, premio Nobel de Literatura en 1962. A mí se me han manteniendo los brazos erizados por la pena y por la ansiedad durante varios minutos. Espectacular novela del californiano e inmejorable colofón para un relato donde la amistad, la compasión, la pobreza y la fatalidad caminan juntos.

lunes, 18 de junio de 2018

La Ciudad del Sol




Un libro utópico de Tomás Campanella, que se titula La ciudad del Sol, y que traduce Emilio G. Estébanez (Mondadori, Madrid, 1988). Se lee en una tarde, dada su brevedad, y contiene risibles y abundantes extravagancias sobre una presunta ciudad ideal. Quizá debería mostrarme más mesurado y circunspecto, habida cuenta del prestigio que en ocasiones otorga el paso de los siglos, pero es lo que hay: este proyecto de Campanella sólo es una tontuna más, en el largo ciclo de tontunas dirigistas que ha salpicado la historia de la cultura. Me chocan todos estos intentos “intelectuales” por dibujar una sociedad perfecta, pues todos incurren en el mecanicismo (todo-siempre-igual), en el feroz ordenancismo libremente asumido, en la falta de excepciones, de albures y de voliciones, etc. Una chapucilla de laboratorio, vaya.
Campanella nos habla de una ciudad sin propiedad privada, con niños que van descalzos para fortalecerse, que se dedican a aprender todas las artes y oficios, donde los médicos dicen qué se debe comer, donde hasta la edad mínima para el sexo o la ingestión de vino está regulada, donde la guerra es terapéutica, donde no hay catarros ni flato (y está muy mal visto escupir) y donde se incinera todos los cuerpos para evitar idolatrías. O sea, un texto que resulta imposible leer hoy en día sin una risa de conmiseración, probablemente justa.
Queda interesante cuando dice que “quien sabe una sola ciencia, no sabe bien ni ésa ni las otras” y resulta una metáfora ordinaria cuando afirma que “el mar es el sudor de la tierra”.
Altamente prescindible.

sábado, 16 de junio de 2018

No levantes la voz



Una mujer recibe mensajes de un hombre que afirma ser la persona que aparece desnuda en sus sueños. Un señor sufre unos terribles dolores estomacales que los médicos no aciertan a sanar y no le queda más opción que acudir a un curandero. Un divorciado lee y fuma tranquilamente mientras espera la llamada telefónica de una divorciada, dudando sobre la forma en que debe responder. Una nueva especie, utilizando un mecanismo extremadamente inteligente, se adueña del planeta y extermina de raíz a los seres humanos. Un ídolo musical, que se ha cuidado durante años para mantenerse en forma de cara a su público, nos lanza su particular queja.
El espectro de emociones, sensaciones y sucesos que quedan registrados en las páginas de No levantes la voz, de Juan José Lara Peñaranda, es tan variado que los lectores no corren peligro de verse abocados al aburrimiento. Y conviene apuntar que se trata de un logro muy meritorio, porque el autor maneja (y maneja bien) estrategias muy variadas para lograr sus propósitos: el humor, la sorpresa, la melancolía, la reflexión, lo onírico… Todas las armas están sobre la mesa y todas están afiladas, pero la destreza consiste en elegir la más adecuada en cada recinto narrativo. No es fácil, sobre todo porque la tentación de ajustarse a una pauta y repetir el molde acecha siempre; pero el autor cartagenero consigue en esta obra (su primer volumen de relatos publicados, no lo olvidemos) convertirse en un niño y en un bailarín, como pedía Nietzsche al hombre superior: alguien que juega y alguien que se mantiene en un continuo ejercicio de piruetas e innovaciones.
El resultado es un tomo en el que casi treinta pequeñas historias repletas de pactos satánicos, misteriosas habitaciones de hotel, psicópatas peculiares, accidentes aéreos, un hombre elefante, neandertales, sexo y flamboyanes nos esperan para entregarnos su deliciosa propuesta.