jueves, 30 de noviembre de 2017

El balneario



La meta que se impone Carmen Martín Gaite en este libro es tan sencilla de entender como difícil de cumplir: la edificación de una atmósfera. Desarrollar un argumento lo hace cualquier escritor, incluso los mediocres; trazar con tino y belleza el dibujo interior de los protagonistas es un ámbito en el que solamente brillan los buenos; concebir y trasladar atmósferas es ya tarea de maestros. Lo hizo Kafka en El proceso; lo hizo Jünger en Eumeswil; lo hizo Miguel Espinosa en Escuela de mandarines.
En estas páginas nos encontramos con una serie de personajes que se hospedan en un balneario, pero el efecto psicológico que consigue la escritora salmantina es mucho más rotundo: parece que vivan desde siempre en el balneario. Parece que sean el balneario. Están tan integrados en sus pasillos, en sus ventanales, en sus jardines lánguidos, en sus sillas colocadas al sol, en su personal de servicio que aparece y desaparece por los sitios más inesperados, que se nos antojan actores sobre un escenario simbólico, rodeado por la niebla. De esa forma, lo que menos importa al final es qué ocurre argumentalmente, porque  nos está mostrando (esculpiendo, diríamos) un universo paralelo, distinto, en el que los sucesos adquieren una dimensión especial, anómala. Los visitantes son siempre percibidos con ojos de extrañeza, con una cierta prevención hostil, porque no constituyen el balneario.

Un experimento narrativo, resuelto con eficacia, por el que la novelista obtuvo el premio Café Gijón en 1954.

martes, 28 de noviembre de 2017

Correspondencia íntima



Durante varias semanas he ido releyendo a rachas la Correspondencia íntima, de Gustave Flaubert, que me traduce Emma Calatayud (Ediciones B, Barcelona, 1988), un volumen de extraordinario interés donde el novelista galo muestra sus sentimientos y sus pensamientos a Louise Colet, su amada casi platónica durante años. (Y digo “casi platónica” porque, por lo que puede deducirse de las cartas, se vieron pocas veces y siempre de modo trompicado). Me fascinan las revelaciones espirituales de esta correspondencia, en la cual he visto a un Flaubert analítico, fríamente amoroso, más preocupado por el estilo de sus cartas que por la efusión verdadera. Él se defiende diciendo que ama a Louise, pero pone cien mil excusas a la hora de ir a verla (¡todo un adulto justificándose con frases del estilo de “cómo le digo a mamá que tengo que ausentarme”!); y, cuando ella le dice que no la ama con pasión suficiente, él responde que el amor no ocupa el primer lugar de sus prioridades vitales, pero que sí es amor lo que siente. Qué curioso, este personaje, y qué juego el amor en sus manos: un sentimiento confortable, que nunca debe estorbar al usuario, y que se reduce a verse dos veces al año (siempre que no haya otra cosa por medio), escribirse largas cartas melancólicas y hablar de Arte. Es obvio que la razón la tiene Louise, al quejarse; pero la hipocresía y la puerilidad de las explicaciones del autor de madame Bovary están tan bellamente expresadas que dan ganas de disculparlo, sólo por el placer estilístico que nos proporciona. En estas cartas he encontrado a un auténtico monstruo: del corazón (negativo) y de la literatura (positivo).

“Los niños a quienes se acarició demasiado cuando eran pequeños mueren jóvenes”. “He asistido ya a mil funerales interiores”. “Viajo por dentro de mí como por un país desconocido”. “Siempre se continúa amando a quienes no creemos amar ya”. “La pasión por lo perfecto nos hace aborrecer incluso aquello que se le aproxima”. “Lo superfluo es la primera de las necesidades”. “No temo a los leones, ni a las heridas que puede hacerme un sable, sino a las ratas y a los pinchazos de los alfileres”. “No desprecio la gloria: no se desprecia lo que no se puede alcanzar”. “Negar la existencia de los sentimientos tibios sólo porque son tibios es como negar la existencia del sol mientras no es mediodía”. “Le pusieron una venda al amor, porque sus ojos son difíciles de reproducir”. “Hazte vieja para mi vejez”. “La Musa es una virgen que tiene un virgo de bronce, y hay que ser un barbián para...”

domingo, 26 de noviembre de 2017

La deriva de la educación superior



Vivimos —y David Cerdá nos lo explica con profusión de datos en las páginas de este libro— una época muy preocupante para la universidad. El asedio de las tecnologías, la influencia mastodóntica del mundo económico, la idea corrupta de que se trata de una mera fábrica de expedición de títulos de cara al mercado de trabajo, el desprecio gravitacional por las humanidades… Son vectores que la desgarran, la erosionan y están provocando en ella una distorsión durísima pero, a juicio del ensayista, reversible.
La absurda consideración de que su tarea consiste en crear “una productiva armada de soldados para el entramado empresarial de un país” supone de hecho “confundir demanda social con valor social”. Porque lo que realmente tiene que ser la universidad es un espacio de preparación multidisciplinar, donde se forje la mente y el temperamento de los estudiantes, para convertirlos en personas formadas, críticas, dialogantes, versátiles, sensatas y desprendidas que sirvan como “dique contra la barbarie que siempre ha amenazado a Europa, y a cualquier sociedad que se sueñe libre, próspera y moral”.
Para alcanzar esa meta se deben cohesionar esfuerzos por parte de todos los estamentos sociales (desde el político que legisla hasta el padre que colabora, desde el profesor que enseña con entusiasmo hasta el alumno que se implica con esfuerzo en el proceso de aprendizaje), porque necesitamos personas formadas que sepan distinguir en todo momento “lo importante de lo secundario, y lo secundario de lo superficial, en un mundo que les entremezcla todas las sensaciones, todos los valores y todas las precedencias”. En ese sentido constituye un error rebajar el nivel para “democratizar” el proceso. Antes bien, todas las partes deben exigirse a sí mismas el máximo rigor, para que la zafiedad, la achicoria y la grisura no impregnen el ámbito universitario en el que ahora “tenemos muchos estudiantes soñolientos y necesitamos muchos soñadores”.
Escrito con una amenidad muy elogiable, con un aparato de citas tan contundente como bien seleccionado y con una lucidez digna de aplauso, La deriva de la educación superior es un volumen que debería ser de lectura obligatoria para todo profesor y todo estudiante en nuestros campus. Porque, como muy bien explican las dos líneas finales del tomo, "en nuestras manos está que se produzca un cambio. Gaudeamus igitur".

viernes, 24 de noviembre de 2017

Las alas en el aire



Eliodoro Puche se quitó la H del nombre como homenaje a su madre, que no la escribía. Y nos dejó escritos algunos poemas realmente hermosos, que sufrieron una difusión menos notable de la que quizá hubiera sido justa. Ya muerto el autor (nos dejó en 1964), hemos tenido la suerte de que algunas de sus obras fuesen publicadas en libro, para poder gozar de ellas.
El volumen que ahora manejo (editado por la Obra Cultural de CajaMurcia) me ha permitido conocer Las alas en el aire, ochenta páginas de versos sencillos, de desnudez maravillosa, donde burbujea la voz pura del escritor lorquino. No se somete a métrica ni a rimas, de tal manera que el río sereno de su voz fluye con naturalidad dulce, para modular poemas íntimos, filosóficos, amorosos y, en algún caso, incluso juanramonianos (“El cuadro interior”) o nerudianos (“La casa de tu amor”).

Eliodoro Puche nos va dejando en los ojos, página tras página, sus confesiones estilísticas (“Mi sencillez es tal que es complicada”), sentimentales (“Con qué avaricia / atesoré para tu invierno / lo más precioso de mi amor”) y vitales (“Soy un coleccionista de horizontes”). Al final, sentimos que este conjunto de textos constituyen casi una audición: es como si el poeta se hubiera sentado junto a nosotros y, con voz lenta y sabia, nos susurrase sus corolarios de vida. Tan sólo por ese detalle (y por poemas como “Belleza”, que llena de luz la página 24) ya habría merecido la pena acercarse hasta sus versos.

miércoles, 22 de noviembre de 2017

España invertebrada



Muy hondas reflexiones provoca o sugiere el ensayo España invertebrada, de José Ortega y Gasset. Nos habla de la imprudente descoordinación (y hasta desconfianza y odio altanero) que existe en nuestro país entre las clases sociales y los grupos. Nadie cree necesitar de verdad a nadie, y de ahí la “autarquía de acción” que todos exhiben. La otra idea del tomo es que los problemas de España provienen de que su “masa” no acepta la rección de una clase superior, que la encauce y dote de sentido. Pero, claro, lo que Ortega y Gasset no explica es cómo se reconoce a esas minorías superiores, a esa elite egregia. Estoy dispuesto a admitir que tiene razón desde el punto de vista teórico, pero el problema surge en la forma en que esto se podría llevar a la práctica. Si la masa sigue a alguien equivocado (Hitler, por ejemplo), el desastre puede ser inaudito. ¿Cómo se mide a los “mejores”? O, dicho de un modo más realista, ¿quién identifica a los “mejores” y los señala como tales a la “masa”? Mientras no se analice ese extremo estamos en la pura elucubración, más brillante quizá que efectiva.

“Mandar no es simplemente convencer ni simplemente obligar, sino una exquisita mixtura de ambas cosas”. “No viven juntas las gentes sin más ni más y porque sí; esa cohesión a priori sólo existe en la familia. Los grupos que integran un Estado [...] no conviven por estar juntos, sino para hacer juntos algo”. “Todo el que en política y en historia se rija por lo que se dice, errará lamentablemente”. “La queja del enfermo no es el nombre de su enfermedad”. “El valor social de los hombres directores depende de la capacidad de entusiasmo que posea la masa”. “El pueblo español [...], cuando se deja conmover por alguien, se trata, casi invariablemente, de algún personaje ruin e inferior que se pone al servicio de los instintos multitudinarios”. “Un pueblo no puede elegir entre varios estilos de vida: o vive conforme al suyo, o no vive”. “Cuando en nuestra tierra aparecen individuos privilegiados, la “masa” no sabe aprovecharlos y a menudo los aniquila”.

lunes, 20 de noviembre de 2017

Literatura y generaciones



Recorro con pausa deleitada —qué gran estilista clarísimo su autor: transparente como un cristal, contundente como el martillo de Thor, luminoso como un halógeno en la noche— el bello libro Literatura y generaciones, del vallisoletano Julián Marías (Espasa-Calpe, Madrid, 1975). Leo en él con gusto y enriqueciéndome, aunque me irritan algunos detalles: que se obceque tanto con su rígida teoría generacional y que se autocite de forma tan constante. Yo no sé si ha caído en la cuenta de que proponer, sistemáticamente, una nueva generación cada 15 años es una bobada: no puede haber rigideces hablando de “arte” (voluble) y de “vidas humanas” (inestables). El tiempo de cocción de los garbanzos no depende sólo de éstos, sino del recipiente que los cobija, de la mayor o menor contundencia del fuego aplicado, y del tipo de agua en que éstos flotan. Creo que me explico. En cuanto a la autocita... ¿Qué cabe pensar de alguien que remite en un libro a otros ¡13! libros suyos? También se me antoja quebradiza la fuerza argumentativa de esta frase: “El drama pide su representación, como las almas desencarnadas claman por el cuerpo” (p.206). Nunca se ha escuchado pedir nada a un alma flotante, que yo sepa. Por lo demás, el libro es magnífico. Me encanta el giro irónico que crea Marías cuando dice que el ser humano se rige por la frase “Homo homini vulpes” (p.36), es decir, que utiliza la astucia picaresca del zorro, más que nada. Y me ha estremecido esa frase temblorosa que le susurró un ya ancianísimo Menéndez Pidal, al borde de entrar en la muerte: “¿Cree usted, Marías, que podré ver a los juglares?” (p.119). Y es muy cierta la frase de que aquello que nos rodea es el “mundo ambiente”, y no el “medio ambiente” (p.176): no somos libébulas ni cedros, sino seres histórico-sociales. Estoy muy satisfecho de haber leído esta obra. “La única manera de superar el pasado no es romper con él, sino subirse encima de sus hombros. No hay más modo humano de empezar que seguir”. “Con los jóvenes no se debe estar de acuerdo, sino en concordia”. “En la vida intelectual, al revés que en la vida civil, es el hijo quien reconoce al padre”. “La literatura no tiene escalafones, aunque ciertamente tiene jerarquías”. “Hasta los veinte años todo el mundo hace versos; después, los poetas y los indiscretos”. “(Ciertos autores) Se ahogan tan pronto como deja de hacérseles la respiración artificial; no viven en el mundo, sino en el pulmón de acero de la propaganda”.

sábado, 18 de noviembre de 2017

Las ataduras



La mayor parte de nosotros somos, aunque no lo queramos reconocer, seres desvalidos, personas cercadas o amenazadas por la soledad, la decepción, el fracaso o el miedo. Y el gran proyecto acometido por algunos escritores consiste, precisamente, en dar voz a esa carne sufriente, en explicarnos cómo es la vida de quienes no brillan, de los náufragos sociales, de —para decirlo con Mariano Azuela— “los de abajo”.
Carmen Martín Gaite, en su colección de relatos Las ataduras, nos acerca a siete de estas situaciones con un enfoque empático, con un “objetivismo compasivo” (si se me permite la fórmula). En apariencia, se limita a exponernos unos hechos, a hacernos llegar unas historias tristes, lamentables, injustas; pero de su visión no se deriva la asepsia sino la ternura agazapada, que impregna el fondo de sus párrafos. “Compadecer” no revela en la escritora salmantina un pensamiento de superioridad, ni una mirada que se lance hacia abajo, sino la voluntad humanista —y rigurosamente etimológica— de “padecer con”. Aceptando ese modus operandi entenderemos mucho mejor a Alina (que salió de un pueblo de Orense y cumplió su sueño de vivir en París para, a la postre, no alcanzar la dicha), a Juan (el niño diferente, que sobrevivió a una meningitis y que espera el retorno de su único amigo), a Emilia (que se ha convertido en la segunda esposa de un hombre adusto que no le permite mantener relación con su hermana, por juzgarla una “perdida”), a Ascensión (una cuidadora de niños que vive alienada y sin merecer el respeto de quienes la han contratado), a María (que perdió a su única hija y no encuentra ya alicientes en su vivir cotidiano), a Milagros (que malvive en una chabola y ve en el médico don Mariano la única salida hacia la dignidad) o a Pedro (desdeñoso marido que, tras el abandono de su esposa, descubrirá el vértigo del vacío).

Espíritus heridos, vidas maltrechas y una narradora excepcional conforman un volumen memorable, al que conviene acudir.