lunes, 20 de junio de 2011

Gabinete de curiosidades romanas



Constituye un buen motivo de reflexión, me parece, preguntarnos en qué medida las minucias o detalles residuales de la vida cotidiana pueden servir para hacernos una idea del mundo que las rodea. O dicho de un modo más directo: ¿puedo, conociendo anécdotas de la época napoleónica o del medievo burgalés, llegar a comprender mejor la Francia del siglo XIX o la España del siglo XIV? La pregunta, pese a lo que pudiera pensarse a bote pronto, no tiene una contestación demasiado fácil. Algunos historiadores consideran que hasta el hilo más insignificante sirve para entender el tapiz; otros, en cambio, juzgan la domesticidad como una fruslería prescindible, que estorba para la contemplación y la comprensión de los grandes dibujos sociales. Yo, que no soy historiador, reconozco que experimento un gran placer con la lectura de los libros anecdóticos de la Historia; es decir, con aquellos volúmenes que me aportan colores, truculencias, sonrisas, pasmos y esquirlas probablemente menores. Aprendo mucho de la sencillez. Más que de las mayúsculas.
Estos días he acabado de leer la obra Gabinete de curiosidades romanas, de James C. McKeown, que han traducido Juan Rabasseda y Teófilo de Lozoya para la editorial Crítica (Barcelona, 2011), y diré sin rodeos que he disfrutado lo indecible con ella, tanto por el rico anecdotario del que hace gala como por la amenidad peatonal que el autor ha elegido para comunicarse con sus lectores. Agrupadas en veintitrés capítulos temáticos (la educación, la medicina, los esclavos, el ejército, las letrinas, etc), las erudiciones se vertebran de un modo orgánico y transparente, ofreciendo a quienes visitan el tomo un espectáculo iluminador sobre diversos aspectos de la vida en Roma, algunos de los cuales sorprenden de una forma muy impactante.
Anotemos, como demostración, algunos de ellos... Para proceder al divorcio de su esposa, un ciudadano imperial tenía que limitarse a decir, en voz alta y ante testigos, la fórmula Tuas res tibi habeto («Quédate con tus cosas»). Para calmar el llanto o la desazón de los bebés inquietos era costumbre (lo atestigua Plinio) colocar estiércol de cabra en sus pañales. Para que los personajes eminentes que circulaban por la calle pudieran recordar siempre el nombre de las personas con las que se cruzaban por la calle, iban acompañados de un nomenclator, un esclavo de memoria prodigiosa que se los susurraba al oído. Para calibrar la valentía de un soldado se computaba el número de heridas y cicatrices que ostentaba en su pecho... o en su espalda. Para darse publicidad en época de elecciones, los candidatos ya fijaban carteles en los muros (en Pompeya se han conservado restos de más de tres mil). Para designar a una flor cuya raíz estaba formada por dos bolas, acudieron a la palabra orchís (testículo) y la llamaron orquídea. Para recoger los cereales de algunos latifundios inventaron una máquina cosechadora muy similar a las actuales, pero desecharon su uso casi desde el principio: les salía más rentable utilizar esclavos... Y así sucesivamente.También se nos explica en las documentadas páginas de este volumen que, según Artemidoro de Daldis (siglo II d.C.), «soñar que está uno muerto o que es crucificado anuncia al soltero que va a casarse» (el austríaco Sigmund Freud se hubiera asombrado con la simbología cazurra de esta imagen); o que no está muy claro que la suerte negativa para un gladiador se ejecutase con el pulgar hacia abajo; o que la medicina romana era capaz de ejecutar rudimentarias liposucciones (como la que alivió la extremada gordura del hijo de Lucio Apronio Cesiano, cónsul de Calígula); o que llevamos siglos refiriéndonos equivocadamente a Virgilio, pues su verdadero nombre era Publio Vergilio Marón... Un buen caudal de fotografías completa el tomo y nos permite formarnos una imagen mucho más completa de la romanidad, de la cual venimos: la asombrosa forma que le daban a los frascos de perfume (p.25); la existencia de bikinis entre las mujeres del siglo III d.C. (p.105); el manejo de muñequitos en los que ensartar agujas, al modo vudú (p.122); la impúdica disposición de sus letrinas públicas colectivas (p.257)... Con libros como el que hoy comento no sólo se aprende, sino que también se disfruta. ¿Y no es ése, en esencia, el espíritu de la divulgación?



sábado, 11 de junio de 2011

El último barco a América




Si echamos un vistazo a las profesiones que tienen o han tenido muchos de los últimos escritores murcianos descubriremos hasta qué punto se alejan del tópico alcanforado de los hombres de letras: Jerónimo Tristante, biólogo; Pablo de Aguilar, informático; Santa Cruz García Piqueras, químico; Miguel Ángel Casaú, veterinario; José Daniel Espejo, corredor en una casa de apuestas; Patrick Ericson, agente inmobiliario; Ángel Manuel Gómez Espada, croupier… En esa órbita de renovaciones tenemos también a Paco López Mengual, que tiene una mercería en Molina de Segura. Pero, ojo, conviene que añadamos de inmediato una nota clave: a la postre, da lo mismo que un escritor viva de su obra o trabaje como sexador de pollos. Lo que determina su valía y su trascendencia para la posteridad es todo aquello que se observa en las páginas de sus libros. Y ahí –permítaseme el juego de palabras– Paco López Mengual no es mercero, sino merecedero. Su habilidad para construir historias seductoras y para diseñar personajes emotivos y que perduren en la memoria es tan alta que todo lo demás queda preterido u obnubilado.
Lo ha vuelto a demostrar recientemente con su novela El último barco a América, publicada por Temas de Hoy. Su protagonista es Marcial, un pastor de 14 años que, en 1937, en medio de una España agria y convulsa que se solaza en los albores de la guerra civil, sueña con irse a América, la tierra de las oportunidades. Su hermano mayor, Negrillo, se muestra escéptico ante las ilusiones de Marcial, que considera absurdas: los pobres han de vivir atados al sitio donde nacieron, y toda expectativa que circule en dirección contraría está condenada a provocar, simplemente, amargura. Una madrugada, mientras duermen tranquilos en su chamizo, los dos hermanos escuchan el ruido de unas detonaciones. Aunque Negrillo prefiere olvidarse con rapidez de ese asunto y mantenerse alejados del lugar, Marcial comprueba que han fusilado a once personas del pueblo, que se habían significado por sus ideas republicanas; y que las han enterrado apresuradamente en una infame fosa común. Hasta aquí, cualquier lector podría pensar que se encuentra ante un texto novelístico convencional, ambientados en la guerra de 1936; pero, de súbito, dos detalles quiebran esa sospecha: primero, cuando descubre que el osario tiene una forma tan singular como simbólica (nos dice Paco López Mengual que su silueta coincide con la de América del Sur); y segundo, cuando los espectros de los asesinados comienzan a emerger de la tierra y se mueven y gesticulan ante la única persona que parece ser capaz de verlos: Marcial. Éste, perplejo, se habitúa con rapidez a esa sensación anómala y trata de hablar con los espíritus de las víctimas. Sobre todo con Alberto, porque el joven pastor ha encontrado en el suelo su anillo de boda y entiende que el asesinado le está otorgando póstumamente a su mujer, la bellísima Elisa. El problema es que otro hombre se ha empeñado también en hacerla suya: un violento líder falangista de la localidad, que la corteja abiertamente.
Con un brío narrativo de primera magnitud, Paco López Mengual mezcla en esta novela el guerracivilismo con el realismo mágico (la historia del Kurchú, un cedro dotado con poderes sobrenaturales, espectros que se alzan ante los ojos del protagonista, etc.) y le añade personajes antológicos (el cura Andresín, tan bochornoso como representativo de una época; Elisa, viuda ambigua; ese pobre alcalde miope, animalizado y escondido en una cueva por miedo a las represalias de los insurgentes, etc.). Con materiales muy variados y muy plásticos, el escritor de Molina construye una novela memorable, donde los episodios particulares (el hallazgo del anillo nupcial de Alberto y Elisa o el espeluznante momento en que los guardias civiles obligan a Marcial y su hermano a que ahorquen ellos mismos a su perro) se insertan sin fricciones en una estructura mayor, plena de significados. Si Paco López Mengual ya había demostrado en sus obras anteriores la brillantez de su estilo (júzguelo el lector de La memoria del barro o de El mapa de un crimen), ahora le ha llegado el turno a la consolidación editorial de su trayectoria, lo que constituye una excelente noticia para sus seguidores. Hay aquí novelista, por fortuna, para mucho tiempo.



domingo, 5 de junio de 2011

Teatro de ceniza



En julio de 1998 publiqué en un diario de Murcia un artículo donde, bajo el título de ¿Existe Palencia?, trataba de romper una lanza por ciertas provincias de nuestro país, que rara vez aparecen en la prensa o la televisión, salvo si son sacudidas por alguna catástrofe. Nadie lo entendió de esa forma, y fueron legión los lectores airados que se quejaron de mi presunto desdén por la patria chica de Jorge Manrique. Pero Palencia, como es lógico, sí que existe; y en ella florece una editorial llamada Menoscuarto, en cuyo exquisito catálogo se incluye a Manuel Moyano, cuentista andaluz, catalán o murciano, que acaba de publicar allí el volumen de microrrelatos Teatro de ceniza, que he leído con inenarrable gozo.
Estas cien historias demuestran que la persona que las ha escrito es un artista no sólo de las palabras, sino también del rigor de las palabras, lo cual es muchísimo más difícil. Moyano, que ya nos había encandilado con sus cuentos y sus semblanzas de mediana extensión, comprime aún más sus recursos y condensa su virtuosismo para entregarnos auténticos diamantes narrativos que sólo algunos miopes confundirán con zirconitas. Así que el lector recibe cada uno de estos relatos como un fogonazo de luz que lo traspasa y del que tiene que recuperarse antes de pasar al siguiente. Que nadie corra al leerlos. Que se obligue a una pausa reflexiva o paladeante. Que sonría. Que asienta. Y que sólo cuando haya capturado de cada historia la música íntima, la perfecta arquitectura sutil y el elegantísimo engranaje verbal, pase a la siguiente. La obra, que se puede leer en dos horas, debería leerse en dos semanas. No es para lectores nerviosos, ni superficiales.
Ocaso de un imperio y Mundo efímero participan de la misma esencia: la voluntad microscópica de quien edifica un universo en miniatura, invisible para los demás aunque pleno de significados para sí mismo; El centinela mezcla con gran inteligencia la filosofía y la ciencia ficción; Las puertas del cielo nos plantea la escalofriante posibilidad de que el horror pueda contener más dicha que el tedio cotidiano; La amenaza es una broma literaria, deliciosamente sinóptica, que hará sonreír a todos los escritores del mundo, sin excepción; Fábula sugiere una lectura política tan transparente como demoledora; La llave contiene el germen de una novela best-selleriana; Limbo nos sitúa en una inquietante y fantasmagórica terminal de aeropuerto; El dilema de Dante plantea un juego de ficción mucho más desgarrador de lo que parece; El escapista indignará a algunos radicales católicos y provocará sonrisa y admiración en los demás lectores, por su interpretación oblicua de la figura de Jesús de Nazaret; Búnker es una deliciosa parábola educativa sobre la importancia de los seres humildes; si desean conocer la fascinante y auténtica historia de Asterión (el famoso Minotauro), harán bien en acudir a las asombrosas líneas de Origen del mito; Radio es un portento de relato breve, tan fino como sutil desde el punto de vista psicológico; Apostasía supone otro inteligente juego donde la religión es cuestionada desde sus cimientos; Singladura es un hermoso homenaje al mundo de los libros, que embriaga y deleita... Y así, hasta cien. Calculen ustedes.
Reseñar un nuevo libro de Manuel Moyano (creo que se los he reseñado todos, desde su inicio, en periódicos y revistas) siempre me plantea un pequeño problema, que es fácil de resumir pero muy complejo de solucionar: este escritor pertenece a la rara especie zoológica de los creadores que, refutando la costumbre de la vanidosa madrastra de Blancanieves, se colocan ante los espejos para buscarse canas y constatar imperfecciones. De ahí que el crítico (en este caso yo) se vea en la ardua labor de examinar con lupa sus páginas para encontrarle flaquezas y contentar así al exigente compositor de la obra. Animado por la voluntad de ganarme su estima y su respeto intelectual, he revisado con fiebre de microbiólogo las 120 páginas que componen el volumen... y no he logrado descubrir un solo relato, un solo fragmento, una sola frase, un solo adjetivo, que no se abonen a la meseta de la excelencia. Dejo constancia escrita de mi fracaso y juro que lo volveré a intentar obstinadamente, enérgicamente, con su siguiente libro.



lunes, 30 de mayo de 2011

Unas pocas palabras verdaderas




Uno de los mayores atractivos que tiene el mundo de la literatura consiste, a mi entender, en descubrir autores nuevos que, en los casos especialmente gozosos, incorporamos a nuestro calendario espiritual. No ocurre con frecuencia, como es lógico (la literatura es una aristocracia), pero cuando sucede notamos una felicidad mágica que nos empapa por dentro. Tengo aún, vívida, la sensación que me produjeron las primeras lecturas de Julio Cortázar, de Luis Landero, de Jorge Luis Borges, de Antonio Muñoz Molina: ventanas increíbles por las que entraba en mí una luz especial, no usada (para decirlo con el clásico). Luego, durante años, chapoteamos en otros autores, que nos facilitan bellezas parciales, trozos de plenitud, claroscuros. Y de pronto, sin esperarlo (el éxtasis no se planifica: es un milagro), accedemos a otro libro memorable, donde la hermosura se ha agazapado para esperarnos y, como el puma de Pablo Neruda, saltar sobre nosotros y beber nuestra sangre.
Hablo hoy de José Antonio Abella y de su volumen de cuentos Unas pocas palabras verdaderas (Segovia, 2010), donde tenemos la oportunidad de leer varias joyas literarias, algunas de las cuales han recibido el aplauso en certámenes de probada solvencia (premio Emiliano Barral en 2002, premio Encarna León en 2005, premio Hucha de Oro en 2008). Y me ha llamado la atención porque este médico y escritor segoviano no sólo cuida la solidez y el atractivo de sus argumentos, sino que bruñe el lenguaje y la expresión hasta las fronteras del aforismo o la poesía, reacio a que la balanza del qué y el cómo se desequilibre. Dueño de unos recursos técnicos y estilísticos admirables, José Antonio Abella talla el diamante de la expresión con meticulosa elegancia, para obtener de la frase el brillo más alto. Así, nos hablará en uno de sus cuentos de unas barras de pan que han sido vaciadas de miga y nos las retratará como «ataúdes de aire» (p.163); o se quedará tan absorto en la contemplación de la tristeza de sus semejantes que nos dirá que «en todo el universo no existe un planeta más solitario que el corazón humano» (p.142); o definirá el protagonista de su primer relato con una prodigiosa fórmula conceptista, afirmando que hacía gala de una «discreción mineral» (p.18). Estas exhibiciones de poderío literario no dificultan, de ninguna manera, el ejercicio fluido y natural de la lectura. Quienes nadan en las aguas de este volumen jamás resultan distraídos de la historia que José Antonio Abella ha querido contarles en sus páginas, que corre poderosa ante sus ojos, vertebrada alrededor de unos personajes sólidos y diversos: un francotirador, al que un niño sorprende mientras aguarda la llegada de su víctima; un corredor cojo, al que tendremos la oportunidad de descubrir en una de las primeras narraciones del libro; un historiador judío que padece los desmanes de una vecina grosera y filonazi; un contable miope, al que su jefe pretende impresionar paseándolo en su coche nuevo; un panadero jubilado que concibe la distracción de realizar una réplica exacta del acueducto de Segovia usando miga de pan; un anciano paulatinamente trastornado que copia a mano fragmentos de la Biblia, impulsado por una rara fiebre premonitoria; un joven estudiante de medicina que acude a un osario para obtener las piezas que deberá estudiar; un filósofo que dicta su última clase, entristecido por el dolor y la lucidez de contemplar la deriva del mundo, donde la inteligencia, el espíritu crítico y la disidencia ya no son moneda válida... Adviértase lo que hasta ahora llevamos anotado (y sin perder de vista la condición sinóptica y telegramática de una reseña): un estilo poderoso, que fluctúa entre la sencillez y el lirismo, según lo exija el relato; una singular pericia a la hora de esculpir argumentos muy diferentes, sin constreñirse a la pobreza de la repetición; unos personajes densos, donde el escritor se convierte a veces en psicólogo (el cuento que da título al volumen es una excelente demostración)... ¿Acaso se necesitan más razones para entrar en la página http://www.isladelnaufrago.com/ y hacerse con un ejemplar de esta obra, que te envían cómodamente a casa? Muy pocas veces habré dado en mi trayectoria como crítico un consejo literario con tantas garantías de acertar.

sábado, 21 de mayo de 2011

El vals lento de las tortugas



Joséphine Cortès es una historiadora experta en el mundo medieval que, en virtud de una carambola casi azarosa, ha publicado una novela de apabullante éxito, que la ha convertido en una celebridad literaria en su país. Pero lejos de disfrutar con ese estatus —es una mujer tímida, a la que no seducen las mieles del triunfo— prefiere resguardarse en sus estudios, en su familia y en su reciente cambio de domicilio. Todo a su alrededor se ha vuelto complicado: su hermana Iris la odia, porque considera que esa notoriedad social que Joséphine ha obtenido debería ser suya; su marido, Antoine, la ha abandonado para montar un criadero de cocodrilos y unirse sentimentalmente a otra mujer, llamada Mylène; su madre, Henriette, no se molesta en disimular el desdén que Jo le merece, frente al éxtasis que le provoca su otra hija; Marcel, padrastro de Jo, ha abandonado a Henriette para unir su vida a la de la jovencísima Josiane, que le da un heredero, al que llaman Junior... Y si las complicaciones familiares que rodean a Joséphine no resultaban ya bastantes (he reducido notablemente su enumeración), podemos extender el análisis a su nuevo hábitat inmobiliario: vecinos repelentes que viven instalados en los antiguos privilegios de su familia, y que se dedican a espiar, insultar y humillar a los demás; vecinos estirados, que parecen desayunar una taza de almidón, nada más levantarse; y una portera que atraviesa por graves dificultades económicas.
Y, de golpe, todos estos elementos se ven aderezados con una serie de conflictos de complejidad creciente. Primero, Joséphine recibe una caja donde se le envían las últimas pertenencias de su marido, que ha sido devorado por cocodrilos; luego, asiste a una agria reunión de la comunidad de vecinos, donde brotan los denuestos más desaforados y donde se exhiben las miserias más lamentables. Y por fin, sin que el lector tenga tiempo de darse cuenta del cambio de registro, se produce un intento de asesinato: un desconocido se abalanza en la oscuridad sobre Joséphine y le asesta varias puñaladas, sin lograr herirla. Habida cuenta de la ausencia de enemigos en la vida de la escritora, ésta no duda en atribuir el asalto a un mero azar: un simple ladrón o un desquiciado que la eligió sin motivo como blanco de su ataque. Y trata de olvidarse del incidente con la mayor rapidez posible (ni siquiera lo denuncia en la comisaría)... Pero las cosas se irán enredando a gran velocidad: tres personas que pertenecen a su órbita cercana irán siendo asesinadas de forma paulatina. Son demasiadas coincidencias como para no preocuparse.
No obstante, sería sumamente injusto presentar esta novela (continuación de la exitosa Los ojos amarillos de los cocodrilos, publicada igualmente en España por La esfera de los libros) como un simple relato de misterio o de espíritu policial. Katherine Pancol, dueña de un elegante bisturí psicológico, nos ofrece en las páginas de este voluminoso tomo, traducido por Juan Carlos Durán, un buen número de retratos que, sin caer en el estereotipo, enriquecen la historia de una manera muy notable: la timidez asombrosa de Joséphine, la egolatría oceánica de Iris, el bostezo adolescente de Zoé, la enigmática lejanía de Mylène, el espíritu innovador e independiente de Hortense, la precocidad risible del bebé Junior (que protagoniza secuencias de una memorable comicidad), el inquietante desdoblamiento de Luca y Vittorio, la petulancia inadmisible de Henriette o la ambigüedad emocional de Philippe son fibras de gran vigor que sostienen en pie esta novela e impulsan a los lectores durante su paseo por ella.Les dirá una última cosa: si pertenecen ustedes a la cofradía de quienes sólo se sumergen en Grandes Obras de la Historia de la Literatura (cuatro mayúsculas sospechosas), olvídense de esta novela: les parecerá intrascendente. Si, por el contrario, están dispuestos a admitir que existen libros cuyo objetivo puede ser la distracción y que eso no está reñido con la elegancia formal, una cierta dosis de humor, un buen manejo del tiempo narrativo, una adecuada orquestación de sorpresas y hasta la consecución de episodios de alta literatura, no teman bucear en esta novela. Les garantizo que descubrirán a una escritora de raza y con un excelente ritmo de prosa, que les cautivará.



domingo, 15 de mayo de 2011

Punto Omega




Don DeLillo (de orígenes italianos, pero nacido en el Bronx neoyorkino en el año 1936) es uno de los escritores norteamericanos más conocidos en todo el mundo. Y una de las características suyas que más me sorprenden es que consigue dar a sus lectores una nueva versión de sí mismo en cada obra, sin recurrir a la insistencia o la repetición. No se concede nunca la tregua de la facilidad. Sus reflexiones sobre el mundo que nos rodea siempre están adentrándose por caminos arriesgados, por senderos donde la nieve no esté pisada. Y esta voluntad de experimentación y de miradas oblicuas ocasiona que cada una de sus novelas constituya un nuevo salto sin red, al que DeLillo se somete con admirable aplicación.
El traductor Ramón Buenaventura y la editorial Seix Barral han publicado hace pocos meses la última de las entregas de este fascinante prosista con el título de Punto omega dentro de la Biblioteca Formentor. En sus páginas se nos cuenta la historia de Richard Elster, un hombre de 73 años que, después de haber trabajado en algunas dependencias secretas del Pentágono en asuntos relacionados con la guerra, vive ahora retirado en el desierto, sin más ocupaciones que la soledad, el silencio y la meditación. Un joven cineasta llamado Jim Finley ha acordado con él filmar en el lugar donde vive Elster una curiosa película construida en una sola toma, larga, monótona, donde él vaya desgranando sus recuerdos, sus opiniones, sus reflexiones sobre la guerra de Iraq. Después de algunas reticencias, el anciano acepta. Ha elegido la soledad del desierto porque eso le permite pensar («Cada paso que doy en la calle de una ciudad es un conflicto, las demás personas son un conflicto. Aquí es diferente», página 35). Pese a todo, Richard Elster no es ningún iluso, ni se abraza a embelecos pacifistas para justificar su actitud de anacoreta. Simplemente está convencido de que el modelo de guerra que se empleó en Iraq no fue el adecuado; pero había que hacer esa guerra («Una gran potencia tiene que actuar. Habíamos recibido un golpe muy fuerte. Nos hace falta retomar el futuro», página 44). Para completar este cuadro anómalo, el cineasta Jim Finley tampoco es un creador convencional. No quiere la típica grabación que pueda funcionar bien en los circuitos comerciales o en los certámenes al uso. Así que le explica a Elster de un modo gráfico lo que desea conseguir: «Una especie de visión, un fantasma de los consejos de guerra, alguien con libertad para decir lo que quiere, cosas nunca dichas, cosas confidenciales, valoraciones, condenas, divagaciones. Lo que usted diga será la película, usted es la película, usted habla, yo filmo. Sin cuadros, sin mapas, sin información de base. El rostro y los ojos, en blanco y negro, eso es la película» (página 63).
Y sólo falta un elemento en este mosaico narrativo tan engañosamente simple como (pronto lo descubren los lectores) desasosegante: Jessie, la hija de Richard Elster. Tiene la piel pálida, está muy delgada, ronda los veinticinco años y ha venido a refugiarse al lado de su progenitor porque se encuentra en apuros tras una relación sentimental más bien destructiva y preocupante. El resto de personajes (la madre de Jessie, su antiguo novio, la mujer de Finley, etc) están presentes sólo en tanto que elementos aludidos, sin presencia real en las páginas de la novela. Pero basta la pericia de DeLillo para construir con estos mimbres una narración impactante, que se escapa de lo convencional y que nos lleva por unos derroteros mentales y psicológicos que rozan la angustia.Don DeLillo, actuando aquí como un poeta apocalíptico de comienzos del siglo XXI, nos hace que miremos el mundo de la guerra con ojos críticos, con ojos que no teman avanzar hacia el horror de la especie humana, que parece abocarse hacia la autodestrucción, hacia el final de su ciclo. El corolario («El padre Teilhard lo sabía, el punto omega. Un salto al exterior de nuestra biología. Plantéate esta pregunta. ¿Tenemos que ser humanos para siempre? La consciencia está agotada. Toca ahora regresar a la materia inorgánica. Eso es lo que queremos. Queremos ser piedras del campo», página 72) produce tanta inquietud como ganas de asentir.

domingo, 8 de mayo de 2011

La librería



En raras ocasiones como en esta obra podrá encontrarse el lector español con un ejemplo más nítido de lo que podríamos denominar novela de atmósfera. Es decir, una narración larga donde las acciones y aun los personajes se encuentran influidos por el ambiente que empapa la historia. Para quien disfrutó de volúmenes como El astillero, de Juan Carlos Onetti, poco más hay que decir. En este caso, un pequeño pueblo británico, mojado por la lluvia y enmohecido por costumbres tan ancestrales como rancias, que se abaten sobre la viuda Florence Green, quien en el año 1959 lleva a la práctica su idea de abrir una librería en la localidad de Hardborough, tan hermética como fosilizada en el tiempo.
Curiosamente, el proyecto de la señora Green se encuentra desde el primer instante con la paradójica oposición de numerosas personalidades: la señora Gamart, una poderosa influencia local, que hubiera preferido que en ese espacio se crease un Centro para la Música y las Artes, en lugar de “una tienda”, como afirma con desdén en la página 38; el señor Keble, director de la oficina bancaria, muy reticente a la hora de facilitarle un préstamo, y que encuentra un motivo de satisfacción cuando la librería atraviesa por horas bajas, porque esto presupone un retorno al status tradicional («Ahora habrá algo menos de actividad en su negocio, supongo. Quizá sea mejor así. Durante un tiempo dio la impresión de que iba usted a sacarnos de nuestras viejas costumbres de golpe», página 144); el señor Thornton, su abogado, que finalmente se sumará a la invisible presión colectiva, ofreciéndole la posibilidad de adquirir otro emplazamiento para su librería, en lugar de Old House; etc. Frente a eso, Florence Green sólo cuenta en realidad con dos aliados heterogéneos y más bien anecdóticos: la pequeña Christine Gipping, de apenas once años, que la ayuda en el negocio; y el casi invisible señor Brundish, un vecino culto y reservado «cuya forma de rebelarse contra el mundo consistía en impedir que el mundo entrara en sus dominios» (página 130), el cual le aconsejará que ponga a la venta la última obra de Vladimir Nabokov, Lolita, cuyas excelencias y morbo le podrán servir para asegurarse unas buenas ganancias comerciales.
Este juego de apoyos y de obstáculos, de afinidades y de divergencias, se construye con una gran sutileza, de tal forma que jamás asistimos a ninguna explosión de tipo emocional, ni positiva ni negativa. Todos los personajes (permítaseme la broma) parecen tejidos con flema, lluvia y té; y los lectores asistimos a un equilibrio sordo de rencillas, muy británico. La prosa de Penelope Fitzgerald, con su ritmo pausado y ceremonial, contribuye a transmitir esa música lenta que tan maravillosamente se ajusta a su argumento y a sus pretensiones novelísticas. Quizá por eso se trate de una pieza tan llena de embrujo, tan especial, tan distinta.Posiblemente Penelope Fitzgerald no sea una autora demasiado conocida en España, y quizá esta obra no acumule las condiciones magnéticas que se suelen atribuir a los bestsellers (argumento trepidante, sorpresas continuas, capítulos con final de folletín, etc), pero sin duda es un volumen hermoso, que consigue instalarnos con pericia en el alma y en el tesón de una mujer firme, Florence Green, que pelea por su sueño y que, con elegancia enérgica, con dulzura tenaz, lo lleva a la práctica. Ella sabe que «el coraje y la perseverancia son inútiles si no se ponen a prueba» (página 27), así que se aplica al cumplimiento de su destino levantando una empresa que tiene mucho de metáfora y que la enfrenta, sin acrimonia pero sin vacilaciones, a la estolidez megalítica de sus conciudadanos. Ana Bustelo es la encargada de verter a la lengua castellana esta obra, que publica exquisitamente, como es habitual, el sello Impedimenta. Y, por cierto, esta misma editorial lanza ahora otro volumen suyo, El inicio de la primavera, que fue finalista del prestigioso galardón Booker Prize y que se sitúa en la Rusia anterior a la revolución bolchevique de 1917. No parece en modo alguno una mala oportunidad para seguir conociendo a esta fascinante novelista inglesa, que no inició su carrera literaria hasta la tardía edad de 58 años y que falleció en abril de 2000.