martes, 16 de enero de 2018

Diálogos entre inmortales, muertos y vivos



Vuelvo a Hans Magnus Enzensberger, con su libro Diálogos entre inmortales, muertos y vivos, en la traducción de Adan Kovacsics (Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, Barcelona, 2001), y me ha gustado. El primer diálogo (que lleva por título “El muerto y el filósofo”) tiene humor, filosofía y circularidad en un texto deliciosamente fino y bien escrito: el filósofo Chuang Tse, en el desierto, encuentra un cráneo; pide a su dios que resucite al propietario; éste, sin creerse la patraña de que ha sido resucitado, roba al filósofo; Chuang Tse, desesperado, pide a su dios la muerte; el ladrón vuelve al lugar y se encuentra una calavera; etc. El segundo diálogo (“Diderot y el huevo oscuro”) muestra a un periodista volviendo al pasado para entrevistar al famoso enciclopedista y se lleva la decepción de encontrarse con un duro escéptico que opina que la Humanidad es una cadena de parásitos: todos vampirizamos y explotamos a alguien, queramos o no. Y en el tercer diálogo, que está dividido en dos partes (“Alexander Herzen. Sobre el ensombrecimiento de la historia”), ya he encontrado menos atractivos, quizá porque muchas de las referencias históricas citadas me resultan desconocidas. Hay, sí, el hálito del fracaso de las revoluciones, pero no se puede decir que desde el punto de vista literario me haya seducido al modo de los anteriores. Un libro que me anima a seguir con este alemán.

“El sufrir siempre surte buen efecto, pues presupone una sensibilidad superior”. “Nadie tiene el derecho de hacerse pasar por más tonto de lo que es”. “Lo que más me gustaría sería emigrar al pasado”. “Quien acusa y condena a los pueblos siempre está equivocado. [...] No se puede considerar culpable a una fuerza elemental”.

sábado, 13 de enero de 2018

El ruedo ibérico



Estaba llegando el día de Reyes de 1936 y el gallego Ramón del Valle-Inclán, erosionado y abatido por un doloroso cáncer de vejiga, abandonaba este mundo. Los libros, las anécdotas y las mixtificaciones, que lo habían acompañado durante casi cinco décadas, comenzarían a intensificarse a partir de entonces con un carácter casi exponencial. Han pasado desde entonces 81 años y el sello Cátedra, para sumarse a los homenajes estrictamente literarios que este creador recibe de continuo, lanza una monumental edición (casi mil páginas) de El ruedo ibérico, a cargo de Diego Martínez Torrón, que nos recuerda lo mejor del estilo del pontevedrés: su visión satírica de la sociedad que lo rodeaba, sus adjetivaciones sorprendentes, su sintaxis peculiar, sus retratos implacables y exactos, su léxico juguetón y contorsionista.
Por las páginas de La corte de los milagros, Viva mi dueño o Baza de espadas esparció Valle las infinitas joyas de su estilo, auténtica meseta del idioma. Y nos fue hablando, sucesivamente, de los soldados del siglo XIX (“El ejército español jamás ha malogrado la ocasión de mostrarse heroico con la turba descalza y pelona”), de los proletarios que se amontonaban en las ciudades (“Sus ojos, quemados del sol y del polvo, tienen lumbre de rencores”), de la reina Isabel II (“pomposa, frondosa, bombona” y dueña de unas “crasas mantecas”) o de Juan Prim (“verdoso, cosméticas la barba y la guedeja, levita de fuelles y botas de charol con falsos tacones que le aumentaban la estatura”), para dibujar un fresco rico y poliédrico de la España del último tercio del siglo XIX, que burbujea de literatura, sarcasmo y espíritu crítico. 
Con sus ironías como arcabuzazos, con las coplillas populares que utiliza para salpimentar sus páginas, con su esplendorosa pirotecnia de imágenes, con sus galleguismos y sus creaciones léxicas, con el poderoso vigor de sus caricaturas y con el ritmo hipnótico de su prosa (tan musical que en ocasiones parece verso), Ramón del Valle-Inclán nos entrega en estas páginas memorables un documento literario de primera magnitud que los centenares de notas eruditas de Diego Martínez Torrón esclarecen y llenan de luz. Un volumen que debemos integrar en nuestras bibliotecas sin tardanza y que nos sirve para recordar a uno de los estilistas más prodigiosos que ha dado el idioma castellano en toda su Historia.

martes, 9 de enero de 2018

El jardín de Epicuro



Termino un libro desconcertante, pero de lectura agradecida: El jardín de Epicuro, de Anatole France, que traduce Luis Ruiz (Los Libros del Mirasol, Buenos Aires, 1963). Cuando me prestó el volumen, mi amigo Pepe Colomer me dijo que su autor era un auténtico reaccionario, aunque su prosa era estupenda. Era totalmente verdad. A veces, irritan sus razonamientos por la tendenciosidad ideológica que en ellos se observa (por ejemplo, en el cap. XVIII dice que el mundo está desnortado desde que rechazó los dogmas de la fe, pues éstos ayudaban a soportar el absurdo vital. Pero France no dice que la religión fuera auténtica y que la vida sí tenga sentido, sino que pondera la función consoladora de la primera. Curioso “pensamiento”) o por el sexismo que dejan traslucir (dice en el capítulo LXIX que “es improcedente pretender instruir como a los hombres a todas las mujeres”). Pero también hay reflexiones interesantes con las que me muestro de acuerdo, para qué negarlo. O sea (y me encanta que los libros me provoquen ese impulso): que tendría que acudir a otros trabajos del premio Nobel de Literatura de 1922 para redondear mis ideas sobre él.

“La Tierra, una gota de cieno” (I). “Si se mata la pasión, se mata con ella todo” (XVII). “Toda la vida está en el esfuerzo” (XVII). “Mientras el sabio tropieza en alguna pared, el ignorante permanece tranquilo en el centro de la estancia” (XXV). “Lejos de alegrarme cuando veo desaparecer algún viejo error, me preocupa el error nuevo que lo reemplazará” (XXIX). “Por ser más poderosos los dioses tienen mayor maldad” (LXVIII). “No es posible decir que las mujeres escriban mejor que los hombres; pero es indudable que escriben de otro modo” (LXIX). “De todas las ilusiones que pueden tener cabida en un cerebro enfermo, la gloria es la más ridícula y funesta” (LXXIX).

sábado, 6 de enero de 2018

El estilo del mundo



Releo el libro El estilo del mundo (La vida en el capitalismo de ficción), de Vicente Verdú (Anagrama, Barcelona, 2003), que me gustó mucho desde su primera lectura en 2005 y que me colocó ante los ojos a un ensayista cuyas ideas podrán ser más o menos discutibles, pero que tiene una prosa límpida, sugerente y llena de formas imantadas.
Sugiere en este volumen que del “capitalismo de producción” (que fue la primera fase) se pasó al “capitalismo de consumo”, pero que en la actualidad nos encontramos en el “capitalismo de ficción”. Es decir, que se nos intenta vender bienestar a través de una serie de estrategias psicológicas, que incluyen la tendencia a la homologación, la búsqueda incesante del ocio, la infantilización mental del consumidor, la conversión de todas las ideas (ecologismo, solidaridad, etc) en “papilla ideológica” de fácil digestión, la obsesión por la estética, el mestizaje como argumento para seguir vendiéndonos cosas, etc.
Un análisis muy completo, de gran lucidez y penetración, cuajado de datos que ejemplifican y consolidan las tesis de Verdú sin resultar nunca enojosos para el lector no especializado. Qué hermoso y qué iluminador libro.

“Sin estilo no hay encantamientos”. “La puerilización general es el atajo democrático hacia la felicidad en masa”. “De la misma manera que algunos centros del mundo se han hecho famosos paraísos para blanquear dinero negro, el continente negro constituye un formidable paraíso para blanquear el alma blanca”. “El mundo occidental está colmado de medios pero desertizado de fines”. “La familia está poblada de remedios y los laboratorios se han convertido en los grandes pacificadores sociales de nuestros días”. “El look [...] tiende a convertirse en la exclusiva unidad de cuenta válida dentro de un universo de cuerpos fingidos”.

miércoles, 3 de enero de 2018

Memorias de dos jóvenes esposas



Dos voces se van alternando para construir la deliciosa historia que preside esta novela del francés Honoré de Balzac, que traduce Joaquín García Bravo para el sello Funambulista: de un lado tenemos a Armande-Louise-Marie de Chaulieu, que a los 18 años ha abandonado las dependencias un convento de carmelitas, tras permanecer en él la mitad de su existencia, y se ha instalado de nuevo en casa, en el aposento de su difunta abuela; del otro, a Renée de Maucombe, su íntima amiga, con quien se cartea y a quien revela hasta los pormenores más inauditos de su corazón y su cerebro. Louise explica que su reincorporación al mundo le está resultando muy agradable y que se nota perfectamente acomodada en él (“Soy un hermoso fruto verde y tengo una gracia primaveral”), mientras que Renée, mucho menos interesada en la mundanidad, prefiere acogerse a la idea de un matrimonio con Louis de la Estorade, con quien espera vivir tranquilamente en su retiro campestre. 
Estos dos modos de entender el mundo se van mostrando en las diferentes misivas que las jóvenes se intercambian y que sirven al novelista de Tours para trazar unos exquisitos retratos sobre ambas. Podría, desde luego, haberlo hecho por la vía narrativa convencional, con un narrador omnisciente y un elevado despliegue de detalles paisajísticos e históricos: a Balzac le sobraban recursos para acometer esa empresa y salir victorioso. Pero optó por otra ruta, que los lectores agradecemos mucho, porque nos parece más interesante: la de dejar que la historia se alce, se sostenga y se desarrolle sobre las voces sensibles, inteligentes, intrépidas y, sobre todo, profundamente analíticas de estas dos muchachas. Ellas se comunicarán reflexiones sobre el sentido del matrimonio, sobre la crianza de los hijos, sobre la libertad y autonomía de la mujer, sobre el poder del dinero, sobre las convenciones sociales y sobre mil temas más que, trenzándose, generan un fresco impagable sobre la Francia de su tiempo. Y todo ello, huelga decirlo, con una prosa de extrema elegancia, que convierte estas Memorias de dos jóvenes esposas en un relato de lectura tan placentera como educativa, tan fluida como inolvidable… 
Afirmaba Virginia Woolf que una buena novela es cualquier texto que le haga a uno pensar o sentir. Admitiendo que la afirmación sea válida (y no parece que existan demasiados impedimentos para aceptarlo), estas páginas de Honoré de Balzac cumplen a la perfección ambos requisitos y se elevan, por tanto, hasta la condición de clásicas. Una memorable propuesta, bellamente editada por el sello Funambulista.

lunes, 1 de enero de 2018

Krysis



Pol es un joven moderno que vive en un piso de estudiantes y que disfruta de dos grandes pasiones, a las que dedica buena parte de su tiempo libre: su moto y los chats de ordenador. En uno de estos últimos lleva meses relacionándose con una chica llamada Krys, que lo tiene absolutamente enamorado. Ha intentado varias veces quedar con ella, pero la muchacha siempre se muestra esquiva ante esa posibilidad… hasta ahora. De pronto, la joven da su brazo a torcer e invita a Pol a que acuda a una cita. Resulta fácil imaginar el alborozo que éste siente cuando, en medio de la lluvia, se sube a su moto de gran cilindrada y se dirige hacia el lugar donde Krys lo está esperando. Por desgracia, la humedad del suelo provoca que tenga un accidente bastante aparatoso, del que logra salir ileso. Pero a partir de ese instante es cuando su vida se verá torpedeada por infinitos y misteriosos sucesos, que lo llenarán de zozobra: calles desiertas y con poca luz, policías que lo retienen y le muestran fotografías para que identifique a Krys, laberintos subterráneos llenos de ratas, matones que lo asaltan, emboscadas en el parque Güell, fugas in extremis, extraños mensajes que llegan a su móvil… Pol se muestra incapaz de entender lo que está pasando, pero tiene una idea bien asentada en su cerebro: debe continuar hasta el fin, porque quiere quedarse para siempre con Krys. Es la mujer de su vida y no está dispuesto a renunciar a ella por grandes que sean los peligros que lo acechen o por truculentas que resulten las situaciones en que se vea envuelto… 
Care Santos nos plantea en estas páginas un thriller juvenil de sólida textura, donde el mundo de los videojuegos y el amor se entrelazan para seducir a los lectores adolescentes. Al final, cuando ya resulta complicado discernir entre la realidad y la ficción, los límites de los personajes se difuminan hasta un punto casi inquietante. El experimento narrativo, que era difícil, queda superado con nota.

sábado, 30 de diciembre de 2017

Tres sombreros de copa



Aprovecho las vacaciones de Navidad para releer (creo que por cuarta vez en mi vida, además de haberla visto representada por el maravilloso Luis Varela) la obra Tres sombreros de copa, de Miguel Mihura. Y reconozco que me siguen fascinando su humor absurdo, sus diálogos disparatados, su ritmo escénico, sus incorrecciones políticas; y que me sigue conmoviendo también la tristeza honda que late por debajo de estas vidas ambulantes.
Mihura nos pone ante los ojos al voluble y timorato Dionisio, que carece de toda energía para dirigir su propia existencia; y al almidonado don Sacramento, su futuro padre político, que le dibuja en pocos minutos un horizonte lánguido y lleno de silencios; y a la alocada Paula, que en el fondo sólo quiere ser una chica que encuentre al hombre de su vida, para construir una familia con él… Y con todas esas líneas nos retrata maravillosamente la colisión de dos mundos antagónicos: en uno reina la alegría; en el otro, la roña. Y Dionisio siente que tiran de él en las dos direcciones. Paula lo invita a adentrarse por el sendero de baldosas amarillas, que conduce a playas donde jugar con la arena, donde reír mirando los ojos de la mujer amada, donde no hay viejos centenarios con quienes tomar el té; y Margarita le franquea la puerta hacia un cónclave de salones penumbrosos, en los que tendrá que ser formal, poner cuadros tradicionales en las paredes y comer huevos fritos, porque las personas de orden adoran siempre los huevos fritos…
Pero Paula comprende a tiempo que no sería justo privar a Dionisio de una vida estable, ordenada, burguesa y con recursos económicos asegurados, así que se hace prudentemente a un lado y empuja al pusilánime muchacho hacia Margarita. Si durante buena parte de la obra ha tocado sonreír, ahora toca contener las lágrimas cuando piensas en el inmenso sacrificio que la pobre muchacha acomete.

Qué grande, Miguel Mihura. Qué control de la escena y de los personajes. Qué maestría para construir las emociones de sus lectores y espectadores. Qué valor para ser distinto.