jueves, 29 de enero de 2015

El enigma Stradivarius



Llevo muchos años publicando reseñas en periódicos, revistas y blogs, y siempre he procurado respetar una máxima transparente: decir la verdad a los lectores. Ignoro si me leen muchas o pocas personas, pero todas ellas (una o mil) pueden estar seguras de algo: no les miento. No lo hago nunca. Si les digo que un libro es genial es porque lo juzgo de esa manera; si les digo que es divertido es porque como tal lo considero; y si les transmito mi decepción por una obra y les aconsejo que no la lean es porque, de modo inapelable y subjetivo, es lo que creo que debo decirles después de volver la última página.
Eso es, lamentablemente, lo que ocurre hoy.
El enigma Stradivarius, de Carlo Scirocchi, que ha publicado la editorial Algaida, es una obra frustrada, irritante, oportunista, intrascendente y sosa. No se tiene en pie. No consigue convencer de su verdad novelística. Y no tiene ni un solo acierto argumental, estilístico o psicológico que merezca la pena ser salvado o subrayado en este recuadro. Es un puro desatino de principio a fin. Una grave tomadura de pelo. Uno de los peores engendros (y no estoy exagerando) con los que se ha flagelado a los lectores españoles en la última década.
Su protagonista es un musicólogo que anda de turismo por Andalucía y que, atrapado por la magia telúrica y enigmática de un viejo lutier, emprenderá con la compañía de una joven violinista rusa (que, por supuesto, se enamora de él) una búsqueda alucinante (casi diría que alucinógena) por varios países, persiguiendo el secreto de Stradivarius. Es decir, intentando averiguar de qué modo consiguió el famoso constructor de violines el mágico sonido que brota de los mismos, incluso siglos después de su fabricación. Échenle ahora a ese parvo argumento un puñado de teoría musical, un pellizco de física cuántica, una cucharada de espiritualidad, dos gotas de alquimia, un espolvoreado de templarios, algo de sexo tántrico (cada vez que entran en una iglesia los dos protagonistas experimentan un irrefrenable deseo de acostarse juntos, cosa que hacen sin contemplaciones), un aroma de orientalismo misticoide, algunos derviches danzantes, un jesuita que cree en el flujo de la energía espiritual y dos centenares de frases tan ñoñas como ésta: “El cosmos es un cielo de verbos suspendidos a la espera de que nuestros oídos se abran para alcanzarnos y susurrarnos mundos inefables” (página 176), que parecen escritas por un Paulo Coelho que se hubiera fumado una zafa de marihuana... y obtendrán una idea aproximada del bodrio que les comento.

Si aún no han leído cualquier otro libro (el que sea), háganse un favor y no pierdan el tiempo con éste.

martes, 27 de enero de 2015

No puede venir más a cuento



Uno de los elogios más nobles que se pueden formular sobre una antología de relatos es asegurar que, en ella, no hay un solo texto indigno de su inclusión. Del volumen No puede venir más a cuento, editado recientemente por La Molineta Literaria, se puede sin duda decir sin mentira tal cosa. Los habrá (siempre los hay) mejores y peores, más líricos y más prosaicos, más barrocos y más llanos; pero ninguno suspendería un hipotético examen de calidad. Veintiún autores y veintiún textos que nos lanzan, desde sus 113 páginas, propuestas tan variadas como interesantes.
Pablo de Aguilar (“Un lugar en el aire”) nos demuestra que un corazón puede estar dividido en dos partes: una en Madrid y otra en Manhattan; Berta Höpfner (“Con polvo en los zapatos”) nos susurra la historia de un dolor encriptado (e incrustado) en el alma, que sólo una hermana puede entender y compartir; Blanca Pérez de Tudela (“La vida es larga. O no”) trae a sus líneas una desgracia ferroviaria que inocula la tristeza y la lucidez en el alma de un periodista infeliz; Carmina Martínez Maricó (“Buscando la forma de decirte adiós”) escribe sobre el desgarro que supone cancelar una vida enamorada, después de la aparición de una Intrusa; Elena Robles (“El ángel exterminador”) elige un título bíblico o buñuelesco para resumirnos una historia inquietante, con fotogramas sinópticos y encadenados; Elías Meana Díaz (“Filipinas, 1898”) nos relata el sofoco de una rebelión a bordo del vapor Sámar; Ewal Carrión (“Golpes”) condensa con gran eficacia lírica una historia de amor, violencia y hospitales; Felipe Julián Hernández Lorca (“Las higueras del Batán”) agavilla un manojo de edenismos recuperados por el narrador desde su otoño vital; FSusano García (“Curiosity”) rinde un eficaz tributo, de corte futurista, a Ray Bradbury; Joaquín García Box (“El guardián del oxígeno”) pone ante nuestros ojos un relato que parece el preámbulo de una narración más extensa, de ambiente apocalíptico y futurista; María José Sánchez Vázquez (“La carta”) se decide por la languidez en unas líneas     que nos reservan para el final su luz más triste; Manuel Moyano (“Hogar”) nos deja una muestra de sus habilidades como microrrelatista; Manuela Sánchez Ibáñez (“Insomnio”) nos habla de amistades, pasado y presente dándose la mano en una historia múltiple; María Jesús Muñoz Bó (“Un montañero tenaz”) eriza nuestra piel con la historia de un personaje inquietante, cuya anomalía se irá revelando paso a paso; María Valgo (“Último día de Sarita”) construye un enigmático relato de iniciación o clausura; Paco López Mengual (“Zapatos”) nos propone una historia de soledades y amarguras, donde brilla su prosa excelente; Pedro Brotini consigue en “Cinco palabras” uno de los textos más memorables del tomo: la crónica de una felicidad efímera al borde de una trinchera; Rafael Rabadán (“Contador”) nos habla de un huracán de tiempo y sensaciones, concentrándose en una mirada ansiada y eludida; Santa Cruz García Piqueras ofrece en “Una mujer llama” un alegato contra la llamada violencia de género; Teresa Soriano Oms (“Un día triste”) juega con el candor de una niña, que la protege de una verdad cruel y terrible; y Yolanda Noguera, en el texto que cierra el volumen (“Cantos de sirena”) dibuja una dulce historia de amor y adolescencia, juguetona o malévolamente inconclusa.

Veintiún ocasiones para disfrutar de buenos relatos, que no sería mala idea que usted tuviese en la mesilla de noche.

domingo, 25 de enero de 2015

Como la sombra que se va



Lo dice el propio Antonio Muñoz Molina en la página 453 de la novela: «La literatura es querer habitar en la mente de otro, como un intruso en una casa cerrada, ver el mundo con sus ojos, desde el interior de esas ventanas en las que no parece que se asome nunca nadie. Es imposible pero uno no renuncia a esa fantasmagoría». En ocasiones, la literatura es también el reino del azar, de las conexiones inesperadas, secretas o reveladoras, un universo de chispazos que se entrecruzan para formar dibujos que sólo desde una larga distancia seremos capaces de interpretar convenientemente.
En el mes de enero de 1987, un funcionario del ayuntamiento de Úbeda aficionado a la escritura visitó Lisboa para documentar los detalles de una novela que, concebida originalmente con el título de El invierno en Florencia, terminaría por ambientarse en la capital portuguesa. Su nombre era Antonio Muñoz Molina. Estaba casado y tenía dos hijos. Comenzaba a descubrir que su vida y su trabajo no le complacían. Las jornadas que estuvo solo en Lisboa le sirvieron para respirar una libertad que sus pulmones pronto le reclamarían con carácter definitivo. Años después, convertido ya en un autor consagrado y de éxito internacional, el jienense descubrió con estupor que James Earl Ray pasó también diez días en Lisboa mientras esperaba conseguir un visado que lo llevase hasta Angola. Para muchos, el nombre de este oscuro norteamericano no significa gran cosa, salvo que añadamos a continuación el nombre de la persona a quien asesinó de un disparo, en abril de 1968: Martin Luther King.
Durante más de 500 páginas, Antonio Muñoz Molina nos va contando en este volumen, editado por Seix Barral, dos historias de forma alterna: de un lado, los pormenores biográficos y sobre todo psicológicos del magnicida de Illinois, cuyo deambular persigue y documenta por varios países; de otro lado, su propio camino como escritor, que comenzó a llenarse de éxitos precisamente con la publicación de su novela El invierno en Lisboa, y que pronto se iría completando con el abandono de su trabajo burocrático, el alejamiento de la bebida, la separación de su primera mujer y otros avatares.
Pero lo importante, como casi siempre en los libros de Muñoz Molina (y de todos los buenos escritores), no es lo que cuenta, sino el modo magistral, hipnótico, en que lo cuenta. En Como la sombra que se va hallamos una prosa silenciosamente perfecta, que nos transporta como lo haría un tornado: alzándonos del suelo y rodeándonos de miles de detalles con los que, como en un singular caleidoscopio, tenemos que reconstruir la historia. Lados conocidos de James Earl Ray; lados oscuros; lados conjeturales... Todo se aúna para embriagarnos y para situarnos en los Estados Unidos de 1968, donde el reverendo Martin Luther King vivió su particular Gólgota (admirable resulta, dentro de la novela, el capítulo 25, que centra el foco narrativo en sus miedos, su fortaleza, sus dudas, sus contradicciones, su amor por Georgia Davis). Y, por supuesto, siguen apareciendo esos adjetivos maravillosos, que Antonio Muñoz Molina desliza con una elegancia incomparable: “La lupa exigente del recuerdo”, “Todo el mundo aguardaba con una paciencia inerte”... ¿Que su prosa espiral y digresiva convierte la novela en un artefacto moroso, y que de esa manera se demora, se ralentiza la acción? Sin duda. Pero quién en su sano juicio busca acción en una novela de Muñoz Molina. Se busca la brillantez, el fulgor, la sorpresa, el estilo. Y de eso hay a raudales en Como la sombra que se va.

«Ni un solo día en mi vida me he sentado a escribir sin una sensación abrumadora de imposibilidad y desánimo», explica el novelista en la página 259. Por suerte para los lectores, su tesón siempre ha tenido más fuerza que sus vacilaciones. Y eso nos permite seguir disfrutando a este futuro premio Nobel de Literatura. 

jueves, 22 de enero de 2015

Ficción Sur



Las antologías son como los jardines. Si paseamos por su interior nos podemos encontrar flores de agradable perfume, parterres cuidadísimos, árboles de recortada estatura e incluso lagos de aguas limpias donde se solazan unos patos o unos peces de colores; pero también podemos encontrarnos bolsas tiradas por el suelo, mendigos malolientes tumbados en los bancos y excrementos de perros, a los que sus amos pasean con incivilizada despreocupación. La editorial Traspiés sacó en 2008 un volumen que se acercaba más, mucho más, a la visión idílica que ofrecí en la primera descripción que al estropicio de la segunda. Lo coordinaba el narrador Juan Jacinto Muñoz Rengel, llevaba por título Ficción Sur y era un trabajo (lo sigue siendo) delicioso y recomendable, donde se nos ofrecía un panorama de la mejor narrativa breve andaluza de los últimos años, en un desfile cronológico que se iniciaba con Pilar Mañas (1952) y concluía con Cristina García Morales (1985).
Dice Muñoz Rengel en el prólogo que el único nexo entre los autores de estas historias es que todos ellos quieren “recrear y deleitar a aquel que se aventure a leerlas”. Y a fe que lo consiguen... Felipe Benítez Reyes dibuja en el aire las volutas de una viñeta lírica llena de estimulaciones sensoriales (“El vendedor de zumo de naranja”); Hipólito G. Navarro, con “Inconvenientes de la talla L”, nos traslada la ensoñación romántica de un currante, tan espléndida como en él es costumbre; Ángel Olgoso aporta ocho minitextos de excepcional factura, que nos revelan la enorme eficacia de su prosa; Fernando Iwasaki (“La española cuando besa”) nos da un relato lleno de sexualidad y buen humor, narrado desde múltiples perspectivas; Guillermo Busutil roza los límites de la perfección en su cuento “El salto del Ángel”, tan emocionante como bien escrito; Manuel Moyano nos regala en “El extraño caso del señor Valbuena” la historia de un amnésico fingido, que reniega de la grisura de su cotidianeidad merced a un subterfugio fantasioso; Félix J. Palma esculpe en “Margabarismos” unas páginas soberbias, ingeniosas, llenas de aciertos literarios y casi con vuelo de novela corta; Andrés Pérez Domínguez consigue conmovernos en “El cumpleaños” con el triste patetismo de su protagonista, que se desliza finalmente hacia la ternura anónima...

Todos los relatos, de una u otra manera, aportan al lector buenos motivos para sentirse satisfecho al concluir el volumen, y es una tributo gozoso que, como al principio comentaba, adorna a muy pocas antologías. La editorial Traspiés y Juan Jacinto Muñoz Rengel hicieron, sin duda, un trabajo excepcional, que merece un aplauso.

lunes, 19 de enero de 2015

Correspondencia, II



En este segundo volumen de la abundante correspondencia del filósofo alemán Friedrich Nietzsche, publicada por el sello Trotta, encontramos 411 cartas que traducen José Manuel Romero Cuevas y Marco Parmeggiani. Un rico aparato de 1260 notas, humanas y eruditas, completa el volumen.
El joven profesor (aún no ha cumplido los treinta años), que está compaginando el trabajo en la universidad de Basilea y en un instituto por un sueldo más bien reducido, nos va explicando en estas páginas sus trabajos sobre las Coéforas, Homero, Esquilo o la gramática latina (disciplinas que debe impartir). Y leemos que, en vista de sus nuevas inquietudes intelectuales, llega a postularse como profesor de Filosofía para la citada universidad, intentando que uno de sus amigos cubra su vacante de Filología. Al no lograrlo, queda francamente abatido. Poco a poco, se nota en sus misivas que va distanciándose de Basilea, y que acaricia la posibilidad de dejar la enseñanza para dedicarse al pensamiento filosófico fuera de las aulas, con el dinero ahorrado (tálero a tálero) durante sus años como docente.
Entre las peticiones curiosas que Nietzsche realiza en sus cartas están las de solicitar a su madre y su hermana que le hagan llegar unos calzoncillos de piel de ciervo (carta 29) o que le encarguen trajes nuevos en su sastre de costumbre. También les da las gracias por el envío de algunos presentes tan poco esperables y tan poco intelectuales como un salchichón (carta 397).
El tema de la salud aparece también con cierta periodicidad. Tras redactar una curiosa anotación médica (“Hay aquí mucho viento y produce mucho dolor de muelas”, carta 2), se quejará de “dolores hemorroidales” (carta 122), un herpes en la nuca (carta 220), molestias estomacales (carta 230) y, sobre todo, de un persistente problema con los ojos, que le obligará a utilizar a algunos amigos a la hora de componer cartas o redactar trabajos.

Pero sin duda los dos grandes temas estelares de este volumen son Richard Wagner y la aparición del libro El nacimiento de la tragedia. Sobre el músico se manifiesta Nietzsche con exagerada vehemencia, aclarando que “en su cercanía me siento como en la proximidad de lo divino” (carta 19) y llegando a escribir líneas como éstas: “Me estremezco siempre con la idea de que podría haber quedado excluido de su camino; y entonces de verdad no habría merecido la pena vivir” (carta 309)... En cuanto a la publicación de su primer volumen de importancia (El nacimiento de la tragedia), nos dirá que se siente ilusionado a la hora de su aparición (“Tengo la mayor confianza en el escrito: se venderá mucho”, carta 168), se preocupará minuciosamente de que lleguen ejemplares a los críticos y profesores más adecuados a la hora de promocionarlo... y se sentirá molesto cuando no reciba los elogios que él entiende justos. Así, le escribe a su amigo Friedrich Ritschl, asombrado de que no le haya dado sus opiniones sobre la obra (carta 194). Lo que no sabía es que Ritschl había escrito en su diario que le parecía una “ingeniosa borrachera”. Y tras esta carta de Nietzsche, en la cual el filósofo se mostraba convencido de la importancia suma de su libro, escribió: “Megalomanía” (nota 538). También es interesante observar cómo Nietzsche no encajaba demasiado bien las críticas negativas. Después de recibir un varapalo muy duro por parte de Wilamowitz, Nietzsche lo insulta en sus cartas, incita a su amigo Rohde para que escrita contra él refutándolo (incluso se permite indicaciones muy precisas sobre qué cosas debe decirle e incluso con qué intensidad y en qué orden) y, tras todo eso, asombrosamente hipócrita, escribe a Gustav Krug (carta 242) diciéndole que él no tiene “nada que ver con este castigo” y a su madre (carta 262) explicándole que esa polémica le “interesa poco”. Debilidades humanas, demasiado humanas, sin duda. En todo caso, era consciente de la importancia de su obra, porque le escribe a su amigo Carl von Gersdorff estas nítidas palabras, en relación con El nacimiento de la tragedia: “Cuento con una andadura lenta y silenciosa a través de los siglos, te lo digo con la máxima convicción. Pues aquí han sido dichas por primera vez algunas cosas eternas: eso debe tener resonancia” (carta 197).

domingo, 18 de enero de 2015

Vida del risueño maestrillo...



Se suele decir que determinados escritores, cuando cambian su nombre por otro para firmar sus obras, adoptan un seudónimo. Lo han hecho a lo largo de la Historia Clarín, Azorín, Fernán Caballero, Tirso de Molina, Pablo Neruda, Novalis y miles de autores más. Se podría decir, aplicando similar criterio, que también lo hizo un alemán llamado Johann Paul Friedrich Richter, cuando decidió publicar sus libros como “Jean Paul”; pero yo me atrevería a disentir. Y disentiría porque lo que en realidad hizo Richter fue no tanto buscar un seudónimo como descubrir su auténtico nombre, nacido de la profunda admiración que sentía por el filósofo Jean-Jacques Rousseau (¿por qué ha de ser más auténtico el nombre que nuestros padres nos ponen sin consultarnos que el nombre que elige nuestro corazón o nuestra mente, ya en la edad adulta? Sírvanos el ejemplo murciano del poeta Soren Peñalver).
Pues he aquí que Jean Paul, que atravesó durante su juventud graves problemas económicos (con apenas 21 años estaba huyendo de sus acreedores) y que pese a las bondades de su pluma fue observado con distante frialdad por los escritores consagrados de su país, como Goethe y Schiller, se decidió a publicar en la última década del siglo XVIII una obra realmente curiosa, titulada Vida del risueño maestrillo Maria Wuz de Auenthal. Y es la editorial Velecío la que, desde 2008, ofrece esta obra para el público español en al traducción de José Miguel Mínguez, en un delicioso formato de bolsillo.

Se nos cuenta ahí la historia de un muchacho que, dada su situación de extrema pobreza, tiene que copiarse a mano los libros que le interesa conservar, porque de otro modo le sería imposible atesorarlos (“Su recado de escribir era su imprenta de bolsillo”, p.21). Y lo más curioso (y que lo convierte en un anticipo del Pierre Menard de Jorge Luis Borges) es que tenía la impresión de que esas obras es como si hubieran sido paridas por su mente. Años más tarde, enamorado de una muchacha y deseoso de casarse, decide seguir los pasos de su padre y hacerse maestro. Pero se le somete a pruebas durísimos con el objetivo de desanimarlo: recitar el padrenuestro en griego; hablar sobre todos los libros de la Biblia y sobre sus personajes; catequizar a un pilluelo de la calle, sin más instrucción que un borrico; y, finalmente, “meter las puntas de los dedos en cinco recipientes de agua caliente, seleccionando aquel cuyo contenido era apto para el bautismo” (p.49). Todas esas pruebas y muchas más formarán parte de su proceso educativo, emocional y vital, que se nos relata con la prosa llena de fintas y meandros de quien ha sido definido como “el rey de la digresión”. Y es que Jean Paul supo trazar caminos nuevos para la literatura de su época. Disfrutará quien sepa ver, entre la maraña de patitas, el cuerpo de la escolopendra.

jueves, 15 de enero de 2015

Conversación con la intemperie



Para conocer bien un paisaje no basta con mirar un solo árbol, una sola montaña o una sola flor: hay que dirigir la vista a múltiples lugares, recrearse en todos los rincones que nos ofrece y, finalmente, decidir lo que opinamos sobre el mismo. Igual ocurre con la literatura de un país. El prestigioso sello Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores editó hace seis años (2008) la enorme antología Conversación con la intemperie, preparada por Gustavo Guerrero, con el sano propósito de que conozcamos mejor la poesía venezolana. Y lo hace con un muy agradable paseo que incluye a autores vivos y muertos, clásicos y renovadores, que completan una escrupulosa panorámica de la lírica de Venezuela en el siglo XX.
En este muestreo encontramos por ejemplo a José Antonio Ramos Sucre (1890-1930), poeta de sensibilidad exacerbada (“El mundo lastima cruelmente mis sentidos y la vida me aflige”, p.33), que utiliza un amplio léxico luminoso y que recurre a la autoafirmación constante (repite centenares de veces el pronombre “yo” en sus composiciones); a Vicente Gerbasi (1913-1992), letánico y rotundo, con sus largos poemas de respiración épica, sus invocaciones a la niñez (“Te amo, infancia, te amo”, p.151) y el adelgazamiento de sus versos en la senectud; a Juan Sánchez Peláez (1922-2003), al que Álvaro Mutis definió en su día como “el secreto mejor guardado de América Latina”, y que maneja un ritmo sincopado en buena parte de sus composiciones, dotándolas de un ritmo febril; a Rafael Cadenas (nacido en 1930), autor de volúmenes tan deliciosos como Una isla, de versos de plástica belleza insinuante (“Orgía vegetal. Una mujer desnuda se acuesta bajo la lluvia”, p.349) y de reflexiones de espesor filosófico (“La palabra no es el sitio del resplandor, pero insistimos, insistimos, nadie sabe por qué”, p.354); a Guillermo Sucre (1933), gran estudioso de la obra lírica de Borges y que se propone “escribir algo torrentoso y deslumbrante” (p.419), aunque sabe que “cada palabra desplaza a otra que nunca logramos decir” (p.477); y, por fin, a Eugenio Montejo (1938), al que Gustavo Guerrero define en el prólogo con el atinado rótulo de “orfebre de las emociones” (p.27), y que busca su fuente de inspiración en lugares tan variados como su propia vida (la muerte de su hermano Ricardo), la mitología (Orfeo), los paisajes urbanos (Caracas) o el mundo cultural (Pessoa), y que llega en sus penúltimos poemas a un telurismo sorprendente (“Alguna vez escribiré con piedras, / midiendo cada una de mis frases / por su peso, volumen, movimiento. / Estoy cansado de palabras”, p.564).
En suma, un manual cuidadosamente preparado para que, desde este lado del océano, refresquemos o descubramos la maravillosa poesía venezolana del siglo XX. Una bellísima propuesta.