jueves, 13 de diciembre de 2018

Céfiro agreste de olímpicos embates




Me leo en una tarde la divertida pieza Céfiro agreste de olímpicos embates, de Alberto Miralles (ATT, Madrid, 2004), en la que puede observarse cómo un grupo de actores ensayan un texto del madrileño Calderón de la Barca, y lo modernizan, o lo arcaízan, o se lo inventan directamente… en función de que lo que desee el dispensador de subvenciones del Ministerio de Cultura. Y por debajo de esa línea argumental, latiendo, asistimos a las graves o pequeñas rencillas, trifulcas, envidias, amores y odios que se generan siempre en los grupos humanos cerrados.
Hay instantes de comicidad memorable, como cuando se despachan insultando a un crítico que siempre se les muestra adverso y beligerante (páginas 245-247). En el decurso de esta diatriba no hay más remedio que detener los ojos en vocablos como “jorrochero” (que se inventa Juanjo) o “Pijomuerto”, que no precisa de más aclaración.
No entrará en la historia del teatro español, pero a mí me ha divertido.

martes, 11 de diciembre de 2018

En directo del Gólgota




Me acabo una novela de Gore Vidal, titulada En directo del Gólgota (Anaya-Mario Muchnik, Barcelona, 1995) y, sin haberme defraudado, me ha dejado más bien frío. Es una historia donde las constantes referencias al mundo mediático norteamericano se me antojan (a mí, que pertenezco al extrarradio de ese mundo) bastante lejanas: chistes que me pierdo, descripciones cuyo posible valor irónico no alcanzo a calibrar, etc. En ese ámbito no puedo pronunciarme porque, si he de ser sincero, tampoco me apetece documentar sobre la cuestión para emitir un juicio.
La historia que Vidal plantea no deja de tener su originalidad (la lucha de una serie de cadenas televisivas para hacerse con los derechos de la crucifixión de Jesús, que ahora puede ser filmada gracias a un adelanto científico que permite desplazar cámaras y personas hacia atrás en el tiempo), pero su formulación es un poco embarullada: personajes que vuelve al pasado en dos estadios diferentes de su vida, rectificaciones del pretérito, etc. Ese tipo de juegos, que en otros libros han servido para componer páginas deliciosas, aquí sólo deparan una antología de situaciones discretamente atractivas.
Dejaremos al autor neoyorquino entre paréntesis, mientras espero a ver si la vida me pone algún otro volumen suyo en las manos y puedo juzgarlo de una forma más contundente.

lunes, 10 de diciembre de 2018

Mundo artificial




Termino el ensayo Mundo artificial, de Antonio Dyaz (Temas de Hoy, Madrid, 1998), quien era aún muy joven en el momento en que la obra fue publicada. Y se nota. El autor trata de dar en sus páginas una panorámica del previsible futuro tecnológico que se nos venía (y que, en buena medida, ya se nos ha venido) encima: casas inteligentes, internet a velocidad vertiginosa, etc.
La idea es sin duda atinada, pero lo triste es que el desarrollo formal de la obra se encuentre ulcerado por demasiadas jactancias de “jovencito que lo sabe todo”. Si alguien opina lo contrario que el autor, o se atreve a alzar el dedo con alguna matización, es de inmediato estigmatizado con la etiqueta de retrógrado y se lo crucifica con saña (“Los tecnófobos deberán alfabetizarse, o sucumbirán ahogados por su ignorancia”, p.184). Eso hace que el tono general del libro (no su contenido, con el que no resulta difícil mostrarse conforme) se torne fastidioso, por esa especie de chulería risible, petulante y catecumenal de quien se cree señalado para transmitir a los demás una Buena Nueva.
A mí, que nunca me han gustado los profetas (y menos todavía los afiebrados y los desdeñosos), la resolución literaria de la obra se me ha atragantado.

domingo, 9 de diciembre de 2018

La vida




Ignoro cuántas veces he leído este libro (unas veces, para explicarlo en clase; otras, por puro placer), pero sí que recuerdo perfectamente la sensación nítida que he tenido al acabar cada lectura: no sé qué decir de estos poemas. Aludir a la melancolía, al paso del tiempo, a la perfección de su música, a su elegancia léxica, a sus encabalgamientos, a su perfil clásico, incurre en la fatiga: mil veces ha sido dicho, por voces más autorizadas que la mía. Deslizarse hacia terrenos algo más tangenciales (sus homenajes a Donizetti, Homero o Leopardi) tampoco aportaría gran cosa a la intelección del volumen. Buscar un ángulo inexplorado se me figura maniobra más centrada en el lucimiento crítico que en el éxtasis lector.
¿Callarse, entonces?
Bien, callarse entonces. Por qué no. Decir que me siento atravesado por el soplo lírico de este autor; que las composiciones “Desde aquí”, “En mitad de la noche” o “Sobre la experiencia” podría aprendérmelas de memoria; o que siento la íntima verdad profunda de lo dicho en estos poemas. Y ya está. Nada más es necesario, porque cualquier juicio sería menos valioso que las palabras mismas de Eloy.
La humildad de permanecer en silencio, sentir los ojos húmedos y saber que las volveré a leer muchas más veces, hasta que llegue la Sombra.

sábado, 8 de diciembre de 2018

Debajo de los días




Lo he intentado varias veces y reconozco, con humildad y también con forzosa resignación, que me ha resultado imposible. Quería redactar una reseña donde quedasen reflejadas las líneas maestras de este asombroso, lúcido, memorable poemario que Ángel Paniagua acaba de ver publicado en la editorial Raspabook; y fui observando las palabras y frases que anoté con lápiz en los márgenes del volumen, al hilo entusiasmado de la lectura. Allí encontré “balance”, “cómputo de decepciones”, “contaduría de fracasos”, “melancolía”, “amores perdidos” o “mirada lánguida”; allí encontré paisajes al otro lado de la ventana, música de Bruckner o Scarlatti, rayas en el cuarto de baño, cicatrices que se acarician con tristeza, barro acercándose a la boca, vanas esperanzas erosionadas por el viento; encontré un torrente ígneo de citas en francés, en inglés, en alemán, en latín, en italiano, que no eran en realidad una exhibición culturalista del autor, sino astillas clavadas durante años en su corazón; y también encontré amor, esperanza, sonrisas, ilusiones.
Todos esos ingredientes estaban ahí, burbujeando, mezclándose, diciéndome en clave su verdad profunda. Eran como piezas de un puzle emocional que no podía quedar convertido (que no puede quedar convertido, ahora lo sé) en una reseña al uso, llena de palabras, lugares comunes y elogios banales. Eran como teselas de un mosaico majestuoso y lleno de luces, capaz de embriagar pero también de intimidar a algunos lectores, incapaces de enfrentarse a pecho descubierto al espectáculo de la franqueza.
Al fin, este volumen lleno de sinceridades, este libro de aliento crepuscular, este catálogo de amores febriles o dulces, prolongados o súbitos, termina imponiendo sus leyes y te obliga como crítico a rendirte: no puedes “decir” en una reseña de trescientas cincuenta palabras lo que el poeta ya dice con más plenitud, con más desgarro, con ritmo más trabajado a lo largo de sus generosas páginas. Sólo te queda permanecer en silencio, conmovido, convulso, sabiendo que volverás a sus versos varias veces en los próximos años, porque este paño de la Verónica que ha sido bautizado como Debajo de los días cumple y supera con amplitud todas las expectativas líricas que había generado. Y porque, quizá, sea un libro destinado más a la relectura (sosegada, intensa, proteica) que a la lectura misma.
El Ángel ha vuelto.

viernes, 7 de diciembre de 2018

Cantos de vida y esperanza




Lo diré en pocas palabras: pensaba que el reencuentro con la poesía de Rubén Darío sería menos gratificante. Cuando lo leí en mi juventud fui consciente de su musicalidad casi wagneriana, de su léxico histriónico, de su infulosa pedantería apenas enmascarada; y aunque acepté esos ingredientes como parte del encanto de su lírica (hablo del año 1988, más o menos), al retomarla tres décadas después imaginaba que esas mismas características podrían atragantárseme.
Por fortuna, no ha sido así: me ha distraído en muchas páginas la polimetría juguetona del nicaragüense, he tenido la cautela de protegerme de su martilleo rítmico (si te dejas llevar por él te zumban los oídos y no logras atravesar la epidermis del poema), he deslizado mis ojos por sus pirotecnias léxicas (obsede, oriflama, triptolémica, áptera, egipán) sin dejarme impresionar… y hasta he tenido el humor de contar las palabras esdrújulas que burbujean en algunas de sus composiciones (casi 40 en “Salutación del optimista”).
Y de este ejercicio de relectura he vuelto a extraer placeres no sólo sensoriales (el poema “Lo fatal” podría ser grabado en mármol) que me confirman la excelencia inmortal de este vate cuyo aliño indumentario no debe confundido con su valor lírico: el primero caducará, o resultará sofocante, o provocará incomodidad en algunos lectores; el segundo me parece indiscutible.

miércoles, 5 de diciembre de 2018

Filek




Hay millones de personas que atraviesan la existencia sin dejar más huella  en el mundo que alguna foto borrosa o una anécdota que sus sucesores recordarán durante dos o tres generaciones, para luego dejar que sea engullida por el sumidero de la nada. Personas sin significado colectivo y sin trascendencia social, cuya única virtud (o cuyo imperdonable error) ha sido la transmisión de su material genético a las generaciones posteriores. Pero que tal destino aguarde a algunos seres especiales, únicos, llamativos, se antoja tan sorprendente como digno de análisis.
Albert von Filek Wittinghausen fue una de esas singularidades. Y, como tal, provocó la curiosidad investigadora de Ignacio Martínez de Pisón, uno de los mejores novelistas de España. ¿Cómo era posible que una persona que había engañado al general Franco, haciéndole creer que estaba en condiciones de fabricar una gasolina nueva, a base de agua y destilados frutales, se mantuviese en la grisura del anonimato? ¿Cómo era posible que apenas hubiera merecido diez líneas en un libro de Paul Preston, sin que otros intelectuales se interesasen por sus peripecias?
Recorriendo archivos, solicitando documentos, devorando la prensa de la época, analizando expedientes y frecuentando dependencias oficiales, el escritor de Zaragoza fue reuniendo con larga paciencia todos los hilos que le permitieran reconstruir las andanzas de aquel estafador que buscó la financiación de la República y del franquismo, que se codeó con Ramón Serrano Suñer (el Cuñadísimo), que fingió ser militar y periodista, que se hospedó en mil sitios (abandonándolos sin pagar o tras ultimar alguna de sus tropelías), que pasó de la celebridad periodística a la mugre de las prisiones y que acabaría muriendo en Hamburgo, tras haberse casado con una misteriosa mujer granadina.
Reconstrucción e investigación que conforman, junto a algunas conjeturas del novelista, un relato magnético, lleno de intriga y claroscuros, que la mano poderosa de Martínez de Pisón sostiene sin altibajos. Deslumbrante.