domingo, 12 de agosto de 2018

Cuentos eruditos



Un mismo destino une en los versos de La Divina Comedia a Tiresias, Baco, Arunte, Miguel Escoto o el Maestro Benvenuto: la de tener la cabeza girada constantemente hacia atrás, para no contemplar sino el pasado. Se trataba, como es fácil deducir, de un castigo que la divinidad les dispensa por su presunción de querer anticipar el porvenir a través de la magia o la adivinación. En el volumen Cuentos eruditos, que ha editado hace pocas semanas la Real Academia Alfonso X el Sabio con una hermosa imagen de portada del blanqueño Pedro Cano, el escritor Santiago Delgado también desarrolla sus historias mirando hacia atrás, y buscando en el pasado escenas, personajes y enseñanzas que merecen asiento en letra impresa.
A veces, se trata de páginas protagonizadas por seres de gran fama, como san Jerónimo (religioso del siglo IV que reflexiona sobre sí mismo y su circunstancia mientras contempla un cuadro que lo representa), como don Enrique de Villena (que se enfrenta en una larguísima, secular partida contra Belcebú en el relato “Un ajedrez en el infierno”) o como los santos hermanos Leandro, Fulgencio y Florentina (de quienes nos ofrece un largo texto de sesenta páginas donde cotidianeidad, leyendas piadosas e informaciones históricas se unen para formar una curiosa novela corta). Pero también respiran en este tomo seres de anónima condición, como los dos supervivientes sobre los que se construye la historia de “Los desertores”, quienes se aferran a una estratagema indumentaria para reinventarse y disponer de una oportunidad vital nueva; o el trovador que, pese a su impericia en el canto y el tañido del laúd, canta historias verídicas sobre su amor frustrado por la muerte en “El castillo de la verdad”. Y raro será el lector regional que no sonría leyendo “El limón de oro”, donde se explica de manera legendaria por qué los habitantes de esta tierra somos tan aficionados al zumo de dicha fruta.
En definitiva, un nuevo peldaño en la larga escalera de títulos que Santiago Delgado (Murcia, 1949) lleva ya entregados a la cultura murciana.

viernes, 10 de agosto de 2018

La pareja científica y otros sainetes




Dedico la siesta a leer sainetes del alicantino Carlos Arniches y la verdad es que la doy por bien empleada. Lo leí con quince o dieciséis años, pero después ya no lo había vuelto a visitar, quizá por ese prejuicio de asociarlo al “género chico”. En realidad, Arniches era un grande del género chico, que es mucho mejor que ser un mindundi en la gran literatura, como muchos lo son, creyéndose geniales.
En “La pareja científica” nos encontramos con dos guardias que charlan sobre la nueva “ciencia” de la antropometría mientras conducen a prisión, en plena Navidad, a un golfillo de pocos años. La moraleja que extraemos del texto es delicada, porque el autor tiene la inteligencia de no convertirla en moralina: de hecho, después de concluir que la mayor parte de la criminalidad procede de las desigualdades económicas y sociales continúan su paseo hacia la cárcel.
En “El premio de Nicanor” nos encontramos con el método infalible para hacerse rico con la lotería, servido con humor y con algunas afirmaciones que hoy serían criticadas con virulencia (“El señor Isidoro, que está entregado a las labores impropias de su sexo, barre la habitación y le echa, de cuando en cuando, una miradita al puchero”).
Y en “Los ateos” se nos presenta una acción donde la descreencia religiosa se ve enfrentada a los presuntos estertores de la muerte. La seriedad del tema queda aliviada con amenazas risibles (“Al que se chufle cojo una botella y le hago una alusión personal en las narices”) y con humoradas cucurbitáceas (“Tiés una cabeza, mi amigo, que la incluyes en un puesto de melones y no desmerece”).
Un libro tan agradable como simpático, que oxigena los ojos lectores.

miércoles, 8 de agosto de 2018

Marinero en tierra




Decía William Shakespeare en una de sus comedias (juraría que en Mucho ruido y pocas nueces, pero no tengo el volumen a mano para comprobar la cita) que en la vida cambiamos a menudo de gustos y pareceres, y que esa evolución no tendría que implicar necesariamente ningún motivo de chanza. En mi caso, reconozco que ese cambio lo acabo de constatar con la relectura de Marinero en tierra, de Rafael Alberti.
Cuando lo leí durante mi adolescencia o primerísima juventud me pareció una solemne tontuna, repetitiva y con pocos destellos de brillantez. Mucha sal, mucho marinerito, mucha melancolía precoz… pero poca chicha literaria. Incluso llegué a decírselo así a mi maestro Francisco Javier Díez de Revenga durante un examen oral, aunque él tuvo la amable prudencia de no sancionar con una mala nota mis majaderías de lector primerizo.
Ahora, releída la obra con más de cincuenta años, advierto las cosas que no pude o no supe ver hace tres décadas: el buen pulso sonetístico del gaditano, su grato manejo de los octosílabos, la musicalidad gamberra que a veces introduce en sus composiciones para rebajar la seriedad del libro, incluso el olor a salitre que llega a empapar algunas de las páginas. En suma, los detalles que ya iban anunciando a un poeta vigoroso, proteico, de fino oído para lo culto y lo popular, y que habría de convertirse en uno de los puntales de la generación o grupo del 27.
Es probable que revise otros libros suyos, habida cuenta del grato sabor de boca que me ha dejado esta aventura.

martes, 7 de agosto de 2018

Los puentes de Madison County




Me leo un libro al que tenía ganas de hincarle el diente narrativo desde hace años. En concreto, desde que vi (y me gustó mucho) su versión cinematográfica, en la que Clint Eatswood y Meryl Streep asumen los papeles principales: Los puentes de Madison County, de Robert James Waller, en la traducción de Alicia Steimberg (Ediciones B, Barcelona, 1995).
La película, ya digo, me encantó (mi mujer, que es 16 años más joven que yo, dice que es una película para cincuentones) y, con ese precedente, pensaba que la novela no me gustaría; pero erré. Me ha dejado un estupendo sabor de boca. Creo que sabe dosificar el sentimentalismo, hilvanar sus recursos literarios, organizar bien la narración de la historia y presentar un relato y a unos personajes altamente seductores. Un volumen emotivo y hermoso.
Dos fragmentos que he subrayado en el volumen: “Nuestra tendencia a mofarnos de la gran pasión, y a tildar de sensibleros los sentimientos genuinos y profundos, dificulta la entrada al reino de la delicadeza”. “Estaba lo más solo que se puede estar”.

domingo, 5 de agosto de 2018

Desconocidos




Quienes se enredan en conversaciones de chat con desconocidos corren el peligro de sufrir una decepción (o algo peor) si intentan encontrarse personalmente con sus interlocutores. Lo hemos escuchado docenas de veces en boca de los expertos y de quienes han atravesado en esas condiciones una experiencia traumática, pero después actuamos de modo irreflexivo y repetimos el error común. También lo hará, por su juventud y su inexperiencia, Lara Grávalos, una estudiante de instituto que lleva semanas interactuando con “Wilde” a través de la Red y que, por fin, accede a cenar con él en un lugar público: una hamburguesería muy popular de Barcelona. Pero ese arranque novelístico no es sino uno de los planos de la acción: el otro se desarrolla a unos kilómetros de allí, en un barranco donde ha aparecido el cuerpo del presunto exnovio de Lara, quien había amenazado con suicidarse si la chica se embarcaba en otra relación sentimental.
A partir de entonces, combinando esas dos secuencias del presente con otras del pasado (que desarrollan el modo en que “Wilde” planifica el cerco alrededor de la muchacha, con la ayuda de su amigo Fran), el escritor aragonés David Lozano va urdiendo una trama llena de meandros, callejones ciegos y pistas engañosas, que nos mantiene en vilo durante toda la narración y que se resuelve de una manera trepidante.
Galardonada con el premio Edebé del año 2018, esta interesante novela juvenil adolece tan sólo de dos fallos, en mi opinión: la lentitud circular del diálogo que mantienen Lara y “Wilde” durante su encuentro en la hamburguesería (diálogo que repite y repite, sin avances, las mismas cosas, y que se hace por momentos un poco pesado) y una cierta moralina excesiva en las páginas finales, impartiendo lecciones ociosas sobre seguridad ciudadana a los lectores (y digo “ociosas” porque la lectura ya deja bien clara la idea sin necesidad de discursos, que a los jóvenes no les suelen agradar).
En suma, un libro que gustará mucho a los adolescentes y que plantea situaciones tan inquietantes como necesarias de exponer y repetir.

sábado, 4 de agosto de 2018

El gran Galeoto




Yo soy yo, pero (el filósofo José Ortega y Gasset lo esmaltó con tanta sencillez como exactitud) también mi circunstancia. Es decir, las cosas y personas que se encuentran a mi alrededor (“circum stantia”), y que me condicionan y modulan. Pretender que nuestro entorno no ejerce una influencia decisiva sobre nuestras decisiones o comportamientos es tan ridículo como absurdo. Magdalena, una de las hijas de Bernarda Alba, explica con amargura que “nos pudrimos por el qué dirán”; y esa sensación es la que impera de principio a fin en la pieza El gran Galeoto, de José Echegaray, estrenada medio siglo antes que el drama lorquiano y que se inspira en un pasaje muy conocido de La divina comedia.
Nos encontramos allí con Ernesto, joven huérfano que es acogido en su casa por el matrimonio formado por don Julián (el mejor amigo de su padre) y su bella y también joven esposa Teodora. Pronto, el ambiente idílico en que viven se verá perturbado por los comentarios maliciosos de las gentes de la ciudad, que ve en esta extraña convivencia matices criticables: seguro que los jóvenes se entienden, a espaldas del bondadoso millonario. Y crecen los rumores, y terminan llegando a oídos de los protagonistas, que ven sus días alterados por la marea de fango que crece minuto a minuto a su alrededor, hasta desembocar en un infierno.
Hay en la pieza de Echegaray algunos ripios, por supuesto. Y algunas trazas de almidón, quién lo duda. Y secuencias grandilocuentes que, por su misma ampulosidad, resultan hoy difíciles de soportar sin risa. Pero también hay un trazo elegante en el verso, un ritmo bien pautado y delicados instantes de amor o de honor, que están resueltos con buen criterio.
En suma, una tragedia que actualmente interesa más por el análisis sociológico que por sus virtudes literarias, pero que en líneas generales ha soportado bien el paso de los ciento treinta años transcurridos desde su estreno.

lunes, 30 de julio de 2018

Moderato cantabile




Cierro el libro Moderato cantabile, de Marguerite Duras, que me traduce Paula Brines, y sé que estoy procediendo a una despedida. He intentado tres veces sumergirme en las novelas de la escritora francesa y me declaro vencido: no he logrado que me guste. Me ocurrió también con Faulkner, Kundera o Mishima. No es grave, no es preocupante, no significa nada. Tan sólo que son autores con los que no consigo conectar, que no me comunican o me conmueven. Ni la culpa es suya ni mía. Así lo entiendo yo.
Habla Duras en estas páginas de una mujer llamada Anne Desbaresdes, que lleva a su hijo a clases de piano con madame Giraud. El chico, torpe o indolente, se limita a repetir una y otra vez la sonatina de Diabelli, sin demostrar entusiasmo o aprendizaje. Y un día se produce cerca de allí un acontecimiento brutal: una mujer es asesinada por un hombre en un café.
A partir de entonces, la aburrida Anne volverá día tras día al café, donde toma vino con un hombre llamado Chauvin, al que interroga por lo que ha pasado. Parece que está muy interesada en el destino de la mujer fallecida; o planea un final parecido al suyo (la asesinada pidió a su amante que la matara de un tiro en el corazón); o quién sabe qué. Chauvin y ella beben y se comunican con frases breves, elusivas, orientales, en las que no consigo penetrar para hacerme una idea de lo que está ocurriendo. Tampoco he logrado comprender bien la finalización del relato.
Insisto: puede que yo sea demasiado obtuso para entender la escritura lírica o neblinosa de Marguerite Duras (nacida con el nombre de Marguerite Germaine Marie Donnadieu, cerca de Saigón). No lo descarto. Pero, sea como fuere, lo que me parece normal es que no siga insistiendo con ella.