sábado, 25 de marzo de 2017

El hacedor



Sigo pasmándome, cuando lo releo, con el argentino Jorge Luis Borges. Y quizá no debería ser así, porque llevo tres décadas retornando con periodicidad a sus páginas y debería sabérmelas de memoria. Pero es así. Borges es un formidable caleidoscopio donde siempre los cristalitos conforman un dibujo hermoso, lo muevas como lo muevas, y por más tiempo que emplees en aplicar tus ojos a sus líneas. Esta vez he revisado El Hacedor, un volumen misceláneo que contiene prosas y versos, en exquisito desorden. Me estoy dando cuenta de que si leer a Borges es siempre un goce inenarrable, releerlo es un festín para el paladar y para la memoria.
No obstante, la gran tarea de juzgar lo leído es, en él, sumamente compleja. Junto al Borges cerebral, detenido en la divagación filosófica (“Argumentum ornithologicum”) o en erudiciones varias, se erige el Borges tierno, herido y absorto ante el suceder humano (“Delia Elena San Marco”). Cifrar su encanto en su cultura, en su “matematización de lo real”, es propósito descabellado, cuando no ingenuo. En Borges hay más. Siempre hay más, mucho más. En Borges surge de improviso la belleza poética (“La luna”), o la especulación atrayente (“Un problema”), o el desdoblamiento de la personalidad (“Borges y yo”), o los sueños, con sus extraños mensajes (“Ragnarök”)... Y siempre, siempre, la sorpresa de ir descubriendo en él nuevos perfiles, nuevos ángulos de observación por los que penetrar en su mundo. El “Poema de los dones” es sobrecogedor, como supe y redescubro.

Anoto algunas de sus palabras y le doy la mano, hasta el próximo reencuentro. “Morirse tiene que ser el hecho más nulo que pueda sucederle a un hombre”. “Decirse adiós es negar la separación, es decir: Hoy jugamos a separarnos pero nos veremos mañana. Los hombres inventaron el adiós porque se saben de algún modo inmortales, aunque se juzguen contingentes y efímeros”. “También las piedras quieren ser piedras para siempre y durante siglos lo son, hasta que se deshacen en polvo”. “No hay en la tierra una sola cosa que el olvido no borre o que la memoria no altere”. “La gloria es una de las formas del olvido”. “La memoria es una suerte de cuarta dimensión”. “Un hombre se propone la tarea de dibujar el mundo. A lo largo de los años puebla un espacio con imágenes de provincias, de reinos, de montañas, de bahías, de naves, de islas, de peces, de habitaciones, de instrumentos, de astros, de caballos y de personas... Poco antes de morir, descubre que ese paciente laberinto de líneas traza la imagen de su cara”.

jueves, 23 de marzo de 2017

San Camilo, 1936



¡Qué enorme impresión me causó, la primera vez que lo leí, este tomo de Camilo José Cela!  La novela San Camilo, 1936 es sobrecogedora, de una textura compositiva magistral y de un fondo ideológico radicalmente pesimista, que deja un poso amargo en la boca y en el corazón. No podía, desde luego, ser de otra manera. El estallido de la guerra civil, novelado por un testigo directo, analítico y concienzudo es, desde luego, una invitación a la más sosegada y enriquecedora de las reflexiones. Ahora, cuando vuelvo a ella con más años y más lecturas, sigo encontrando en sus páginas un asombroso retrato de época, una urdimbre de imágenes, sentimientos, arengas, frustraciones, crímenes, horripilancias y decepciones que dibuja con pluma magistral aquel ambiente de mediados de los años 40 en nuestro país. En ocasiones, la literatura sirve más que la historia para entender el devenir de los pueblos, su secreta colección de fracasos, su fondo de acíbar.
Sirven emocionándome y diciéndome cosas las frases que entonces (en junio de 1986) subrayé en el viejo ejemplar de Alianza, y por eso las transcribo: “Cada uno habla el español como le da la gana, que para eso es de todos”. “El hombre teme la verdad pero no se refugia en la mentira sino en la farsa”. “No, no hay nadie más que nadie, todos somos demasiado, y los huevos están bien donde están, no fuera de su sitio”. “Los ricos saben coger el tenedor muy finamente pero no leen un libro aunque los aspen, los de en medio cogen peor el tenedor y leen algún libro, lo que pasa es que no se enteran, y los pobres comen con las manos, cuando comen, y no saben ni leer, ¡usted dirá!”. “La política no es la ciencia de machacar al enemigo como si fuera un diente de ajo en el almirez y ponerlo después a secar al sol, sino el arte de serenar los nervios de todos, amigos y enemigos, para que la vida siga discurriendo sin mayores agobios ni más goteras de las precisas”. “Al crimen no se le puede combatir con el crimen sino con la serena e inexorable justicia, en nombre de la libertad no se pueden cometer actos que repugnan a la esencia misma de la libertad, el pugilato del crimen conduce a la aniquilación de la sociedad”. “El hombre es un animal muy torpe y consuetudinario que piensa, sí, pero que ni ve ni escucha, el hombre tiene un corazón muy cruel y melancólico que no le sirve para ahuyentar la muerte, la verdad es que no le sirve para casi nada”. “El hombre es un animal despreciable, miedoso e iracundo que se disfraza porque tiene miedo a la compañía, en soledad es más honesto”. “La mujer y los hijos son los rehenes con que el destino coacciona al hombre para que siga portándose mal y abyectamente”. “Las armas nunca sirven para traer la paz, que suele habitar otros caminos menos ruidosos y violentos”. “A la hora del desayuno nadie ve buenas caras en su familia, se conoce que los españoles dormimos mal a lo mejor es que cenamos demasiado”. “Tan bestias con los frailes que quieren quemar herejes como los herejes que quieren quemar frailes, unas veces ganan unos y otras otros pero el que pierde siempre es el país”. “La sangre llama a la sangre, cría sangre, hace manar la sangre (...) La sangre es el freno de la historia, lo que sucede es que es más fácil verterla que encauzarla (...) Las páginas que se escriben con sangre pronto son de muy difícil lectura, en cuanto caen las primeras lluvias”. “Hay que creer en algo para no sentirse jamás demasiado huérfano”. “Abre de par en par las puertas de tu alma y deja que el amor te habite, te invada como una marea, no te defiendas del amor a tiros y a mordiscos, entrégate sin reservas, conviértete en alimento del amor”. “El amor es un mar abierto, a diferencia del odio, que es un claustro cerrado”.

Qué grande era Cela cuando quería.

martes, 21 de marzo de 2017

Milagros de Nuestra Señora



Recuerdo que leí esta obra al comenzar mis estudios de Filología Hispánica y que me produjo una sensación muy agradable, por la ingenuidad que empapaba sus líneas, por el candor religioso (ingenuo pero firme) que aleteaba en sus dos docenas de historias marianas y por la facilidad de su lenguaje literario.
Gonzalo de Berceo brinda en estos Milagros de Nuestra Señora una interesante colección de relatos en los que la Virgen María nos ofrece su faceta más humana y más cariñosa, ayudando a los protagonistas a salir de los atolladeros en que el pecado, la torpeza o la imprevisión los sitúa. Así, aparecen por estas páginas clérigos que se embriagan y que están a punto de sucumbir entre los cuernos de un toro (que no es otro que el Diablo); abadesas que se quedan embarazadas y que son aliviadas del rigor del castigo por la intervención de la Virgen; iglesias profanadas; judíos toledanos; ladrones devotos; náufragos que reciben un auxilio inesperado...

Pero lo que más me gusta de esta obra, releída al cabo de tantos años, es la rara música rudimentaria que Gonzalo de Berceo obtiene con sus cuadernas vías, un molde estrófico que, con su martilleo de rimas monótonas, se presta más a fatigar que a acariciar los oídos. La sencillez de sus adjetivaciones, la tosquedad de sus recursos retóricos, siguen ejerciendo sobre mí una impronta amable, que reverdece antiguas admiraciones.

domingo, 19 de marzo de 2017

Annobón



Por encima de juegos verbales abstrusos, de narradores opacos o deliberadamente morosos, de ciénagas freudianas sin tratamiento estético y de caleidoscopios argumentales sádicos, el lector de novelas quiere que, ante todo, le cuenten una historia. Así de simple, así de respetable, así de enérgico. Que el autor de la obra se le ponga delante y le relate unos hechos dejándose en la alforja el narcisismo, la soberbia y la pedantería. Que no pretenda marearlo, humillarlo, retarlo o adoctrinarlo, sino que actúe como los viejos juglares o como los abuelos, que nos mantenían embobados con su narración oral.
Luis Leante pertenece (como Antonio Muñoz Molina, Almudena Grandes, Luis Landero, Care Santos o Arturo Pérez-Reverte) a la nómina de escritores que circulan por esos senderos y que, oh casualidad, reciben el aplauso multitudinario del público.
Ahora, bajo los auspicios del sello internacional Harper Collins, nos entrega Annobón, una historia que se desarrolla durante la primera mitad del siglo XX entre Guinea Ecuatorial y España y que tiene unos protagonistas muy llamativos. De un lado, tenemos al sargento de la guardia civil Restituto Castilla quien, poseído por un espíritu quijotesco (la voz de su esposa indica en la página 99 que “la culpa fue de todos los libros aquellos que leía en la casa de don Norberto”), es destinado a la antigua colonia africana y trata de construir allí un espacio utópico con los aborígenes, obteniendo unos resultados más bien desiguales; del otro lado tenemos al capitán Alfonso Pedraza, joseantoniano y abogado íntegro, que se convierte en su defensor durante la posguerra civil; y, en medio de los dos, Teresa Martín, que fue esposa de ambos y que se llevó a la tumba la verdad de sus historias cruzadas.
El narrador, muchos años después, intentará reconstruir los hechos sorprendentes que protagonizaron, y para ello entrevistará a Pilar Pedraza y a Cesárea Castilla, las descendientes de Restituto y Alfonso, ofreciéndonos a través de ellas dos versiones (a veces coincidentes, pero habitualmente no) del pasado, donde se nos hablará de crímenes, amores turbulentos, aventuras insensatas, rencillas, soberbia, ideologías contrapuestas, mezquindades y misterios ya para siempre empapados por la niebla del tiempo.

El resultado final es una novela envolvente, sólida, narrada con talento indiscutible, donde volvemos a encontrarnos con uno de los novelistas más brillantes de España. Descubrir una pequeña noticia marginal en un periódico de los años 30 y ser capaz de convertirla en un relato magnético, una de esas historias que no puedes abandonar hasta llegar a la última página, es un don que solamente los mejores atesoran. Luis Leante lleva años demostrando que su presencia en ese grupo no admite discusiones.

viernes, 17 de marzo de 2017

Epistolario completo Ortega-Unamuno



Me doy un paseo por el interesante, aunque breve (ay), Epistolario completo Ortega-Unamuno, en la edición de Laureano Robles. Y es un auténtico placer para la inteligencia descubrir las charlas, las conexiones, las afinidades y, también, las discrepancias respetuosas que mantuvieron estos dos titanes del pensamiento español del siglo XX.
En este fértil diálogo escrito que mantuvieron (y que desarrolla entre los años 1904 y 1917) nos es dado conocer el espíritu de ambos. Así, Miguel de Unamuno no temerá acudir a sentencias marmóreas, existenciales (“No quepo en ninguna parte, ni en mí mismo”), ni tendrá problemas en reconocer la condición a veces atrabiliaria o subjetiva de sus ideas (“No puedo probarme lógicamente”), ni su necesidad de sentirse rodeado por sus seres queridos (“Cuando salgo de casa, cuando dejo el hogar [...] me muero de frío”). Y don José Ortega y Gasset (que firma sus envíos al bilbaíno como “Pepe Ortega”) se pliega a consignar con dolor que la ingratitud es un hecho que lo circunda (“Habiendo hecho no pocos favores en esta vida a otros bípedos, no tengo un solo amigo”).
Estas misivas, datadas en lugares tan distintos como Bilbao, Salamanca, Madrid o Marburgo están salpicadas de alusiones interesantísimas a Joaquín Costa, Kant, Menéndez Pelayo, Carner, Goethe, Diderot, Homero, Platón o Nietzsche, del que Ortega y Gasset llega a decirle a su colega que “lo lea para huir de él. Las cosas de Nietzsche, que son todo menos profundas, son cosas sin dueño que flotan en la superficie de las aguas modernas y sin querer nos tropezamos con ellas”.

Un volumen encantador, enriquecedor y utilísimo para adentrarse por los pasillos interiores de dos mentes preclaras (paradójica una, metódica la otra) de nuestro panorama intelectual.

miércoles, 15 de marzo de 2017

Grete Minde



Hay existencias que se ven profundamente alteradas o destruidas por la muerte de los padres, que desmorona el mundo emocional o doméstico de sus hijos. Es lo que ocurre con la adolescente Grete Minde, que vive en Tangermünde y que se queda primero sin su madre (una española de religión católica) y después sin su padre. Al principio, la relación con su madrastra Trud es seca, aunque soportable; pero el paso de los meses la va enrareciendo de forma paulatina. Y el nacimiento de su hermanastro no ayuda, desde luego, a mejorarla, hasta el punto de que cuando su progenitor fallece la muchacha suspira: “Ahora sí que estoy sola” (p.76). Por fortuna, dispone de un apoyo moral y sentimental en el dulce joven Valtin, que la ama y reconforta con su comprensión y que, tras saber cómo Grete ha sido humillada y abofeteada por Trud, se anima a huir con la chica.
Durante tres años viven lejos de sus familias, habitando en la humilde zona de su amor y teniendo incluso un bebé; pero una terrible enfermedad se lleva el alma de Valtin y Grete se ve obligada a volver a casa. ¿Cómo será recibida allí? ¿La acogerán con tolerancia y arrepentimiento o, por el contrario, perfeccionarán contra ella su desdén?

El germano Theodor Fontane nos presenta aquí una narración bucólica, basada en hechos reales del siglo XVII y que en algunos tramos resulta excesivamente ingenua. Su lectura resulta inusitadamente fluida. La pena es que el traductor (Manuel Alpuente) o la defectuosa corrección estilística de la editorial (Siete Noches) nos agreda los ojos con brutales errores en los posesivos, demasiado frecuentes como para admitir la disculpa del desliz (“delante suyo”, 64, 102; “encima suyo”, 116, 192, 197; “encima nuestro”, 146; “detrás suyo”, 197) y con la anonadante creación de una figura laboral nueva, al definir a la vieja Regina como “haya de Grete” (39, 46, 52).

lunes, 13 de marzo de 2017

Diario de un mal año



En una entrevista que el premio Nobel Camilo José Cela concedió a Joaquín Soler Serrano a mediados de los 70 afirmó el gallego que todos los seres humanos somos poliedros y que, según incida la luz sobre una cara o sobre una arista, distinto será el haz que resulte. Otro premio Nobel, el sudafricano J. M. Coetzee, ofrece una adaptación novelística de esta tesis en su obra Diario de un mal año, que traduce Jordi Fibla para la editorial Mondadori. En ella (y con un original formato tipográfico, que divide en varias partes cada hoja del libro) se nos ofrece un universo narrativo de extraordinario interés: en primer lugar, cincuenta y cinco apuntes donde Coetzee (disfrazado con la piel ensayística de un ficcional “señor C”) emite sus temblorosas o firmes opiniones sobre los temas más variopintos: Al-Qaeda, los orígenes del Estado, la firmeza narrativa de Tolstoi, la pedofilia, los sueños, la democracia, el turismo o la música de Johann Sebastian Bach; y en segundo lugar tenemos una suave trama fabulística, que se funde con la anterior: la de un novelista de éxito, el señor C, que contrata a una hermosa filipina llamada Anya (a la que conoce porque vive en su mismo edificio) con el objeto de que mecanografíe el contenido de las cintas magnetofónicas que él va grabando en la soledad de su casa, para un libro colectivo que se publicará en idioma alemán. La chica, desde el momento en que la vio, le provoca una atracción que oscila entre lo platónico, lo sensual y lo pigmaliónico; y este hecho irrita al compañero de Anya, el impetuoso Alan, quien urdirá una estafa para aprovecharse de los tres millones de dólares que el famoso escritor tiene ahorrados.
Ambas partes narrativas (que, como indicaba antes, se van combinando en cada página, separadas por finas líneas negras) se pueden leer como entidades independientes, y no serán pocos los lectores que opten, legítimamente, por esa modalidad de aproximación al texto. Pero creo que una lectura donde se mezclen los dos cuerpos de la fábula (ensayo/novela; intelecto/sentimiento) aporta un nuevo sentido a las líneas, mucho más proteico, más rico, casi cuántico.

Llama la atención en este libro (pues más que “novela” es un “libro”, al modo en que los deseaba Miguel Espinosa) la forma en que Coetzee juega con los planos y las voces narrativas, mezclando miradas cálidas y miradas analíticas, y desdoblándose con inteligente esfuerzo en varios personajes, con distinto grado de extrañamiento: el señor C, Anya e incluso Alan. La mezcla de todos ellos entrega en las manos de los lectores una pieza maestra llamada Diario de un mal año, donde las reflexiones sobre el mundo y sobre la interioridad del ser humano alcanzan niveles de altísimo interés. Un libro sin duda memorable.