sábado, 25 de febrero de 2017

¿Conoce usted al procesado?



En estos tiempos en los que, sobre todo, conocemos perfectamente a quienes no son procesados, resulta curioso leer esta novelita de Joaquín Belda, publicada en 1924 por los Sucesores de Rivadeneyra con ilustraciones de Garrido, que nos cuenta el juicio contra un hombre a quien se acusa de haber matado a su antigua esposa, Bárbara, y las dos hijas habidas en el matrimonio, Luz y Consuelo. La aparente gracia simbólica de los nombres se diluye de inmediato cuando se nos indica que todas han sido víctimas de la misma atrocidad: les han cortado la cabeza. No hay la más mínima pista, no hay móvil aparente, no hay sospechosos firmes.
Este arranque, digno de Edgar Allan Poe, nos conduce hasta un proceso judicial, en el que se producen interrogatorios confusos, casi delirantes (un abogado, por ejemplo, insiste en que si el acusado tomó, antes del crimen, un café solo en lugar de uno con leche, es más probable que estuviese el doble de alterado), que se resuelven de un modo científico (“No hay en el mundo más que la ciencia”, nos dice el narrador en la página 48): las pruebas demuestran que las tres mujeres utilizaron demasiada cantidad de un depilatorio fortísimo que, con su efecto corrosivo, quemó sus cuellos y separó las cabezas de los troncos.
En ese ámbito narrativo, Joaquín Belda aprovecha para deslizarnos sus ideas sobre la sociedad (“ese conjunto de hipocresías tan bien organizadas”) o sobre el viejo tópico de que el culpable siempre vuelve al lugar del crimen (“donde únicamente se torna es a las casas de préstamos por una ley fatal que parece presidir la vida del que una vez ha entrado en ellas”).

Una novelita ligera, coyuntural, con algunos rasgos de humor destinados a un público no demasiado exigente, y que se lee con extrema facilidad.

jueves, 23 de febrero de 2017

Aeternum



El premio Lazarillo de creación literaria para jóvenes ha sido, durante años, uno de los grandes referentes de este tipo en España. Al largo y brillante elenco de autores que aparecen como ganadores del mismo se sumó, en el año 2007, Miguel Ángel Mendo con su obra Aeternum, que salió al mercado editorial con ilustraciones de Javier Zabala y bajo el auspicio del potente sello Anaya. Pero conviene recordar que este autor (quien ya consiguió el premio Lazarillo en 1989 con su divertida Por un maldito anuncio) no es precisamente un recién llegado al mundo literario español: ha publicado en editoriales de la talla de Everest, SM, Bruño, Edelvives, Susaeta, Páginas de Espuma, Calambur y otros de igual importancia.
La propuesta que nos lanzó en Aeternum tiene como protagonista a un inmortal o eterno que lleva 415 años de vagabundeo por el mundo. A finales del siglo XVI, al cruzar la barrera de los 18 años, se dio cuenta de que era distinto a sus congéneres cuando, contra todo pronóstico, sanó de una peritonitis en el asombroso tiempo de tres días. Desde entonces no han dejado de sucederle estropicios y aventuras que ahora, con la ayuda de una pluma de faisán, redacta para los lectores españoles. Y lo hace con todo el gracejo y la mezcolanza verbal de quien ha atravesado épocas, lenguas y países. Como muestra se puede ver el modo disparatado en que intenta asesinar al general Franco el primer día de abril de 1949, aprovechándose de su condición de inmortal (no le teme a las posibles represalias de sus secuaces).

Una obra llena de sentido del humor, desarrollada con agilidad y donde se ofrece a los lectores más jóvenes una historia poco frecuente pero muy seductora.

martes, 21 de febrero de 2017

Perro mordedor



Contar la vida de un muchacho marginal exige un esfuerzo mayor del que, en un principio, pudiera pensarse. No basta con presentar a un desarraigado que se pasa el tiempo soltando tacos sin tregua o adoptando abruptas poses antisociales: hay que habitar dentro de la piel del personaje y construirlo con solidez desde el punto de vista familiar, sentimental, lingüístico y hasta psicológico. Ésa es la razón de que tantos, reacios a desplegar esa agotadora energía literaria, fracasen en el intento. Y es también la razón por la que Mario de los Santos (Zaragoza, 1977), con su novela Perro mordedor, obtuvo merecidamente el premio de narrativa joven Ciudad de Monzón.
Nos asomamos en sus páginas a la vida de un chico con graves problemas domésticos (mantiene una mala relación con su padre, que desenfunda la correa con más asiduidad de la aconsejable); que no desea seguir estudios y que tampoco logra encajar en el difícil mundo del trabajo (el desagradable capataz de la obra donde lo contratan se dedica a vejarlo continuamente); que participa en pequeños trapicheos con la droga, ayudado por su amigo Tato; y que consigue perros para un siniestro personaje llamado Fede, que controla el submundo de la zona. Pero como hubiera dicho otro Mario (Benedetti), he aquí que el amor, ese célebre informal, se aproxima al chico de la forma menos esperable: cuando está acechando para obtener un perro de grandes dimensiones descubre a su dueña, llamada Sara, que no pertenece a su órbita social; y sus ojos se encienden. Poco a poco, con una exquisita gradación literaria, la pasión y la complicidad surgirán entre ellos, en una historia de amor que, para decirlo con palabras del leonés Andrés Trapiello, “duró mientras fue imposible” (Clásicos de traje gris).
Pero el reino de la oscuridad es demasiado absorbente y demasiado dañino. Ciertas complicaciones que involucran al protagonista y a su amigo Tato van a ir llenando de sangre, palizas y dolor la vida del joven: un negro provocador llamado Micky, una moto quemada, una venganza tremebunda, una toxicómana argentina, tres muertes en el plazo de pocas horas... irán llenando de amenidad y de escalofríos una narración galopante, densa, donde los tentáculos del lado tenebroso se mueven con incansable eficacia, en una serie de capítulos muy cortos (auténticas secuencias-navajazo) que Mario de los Santos organiza con singular maestría y con manifiesta solidez, y que atrapan al lector de manera fulminante.

Gran acierto el de Mira Editores al apostar por esta obra, una pieza construida con aplomo y buen hacer literario.

domingo, 19 de febrero de 2017

Vosotros, los muertos



Hay que ser muy atrevido, muy inconsciente o estar muy seguro de sí mismo para embarcarse en la composición de un libro de microrrelatos, porque se trata de un género tan exigente como ingrato. El límite entre la genialidad y la simpleza es, en él, más delgado y quebradizo que en ningún otro. Lo saben los estudiosos (y en Murcia tenemos a Basilio Pujante como elevado ejemplo) y lo sabemos también los lectores, que sufrimos noventa decepciones por cada diez alegrías.
Con Vosotros, los muertos, de Ginés S. Cutillas, nos encontramos por fortuna en el platillo bueno de la balanza, allí donde las sorpresas agradables, los guiños felices, los aciertos formales y los cierres impolutos dominan de forma clara. Y el autor valenciano no lo consigue por el camino fácil (es decir, acuñando un molde y geminando sus mecanismos), sino al método nietzscheano: actuando como un bailarín y exigiéndose un giro más complicado en cada vuelta, un salto más intrépido en su siguiente acrobacia.
Así, recurre a atrocidades sangrientas (“Asuntos de familia”); a humoradas lingüísticas (“Los cantones de mi casa”); a muertos que formulan legítimas peticiones (“Cemento”); a reuniones de antiguos alumnos de instituto, tan decepcionantes como melancólicas (“Memorias estancas”); al influjo de los pequeños movimientos sísmicos sobre la prosa del microrrelato (“Terremoto”); a ancianos que frecuentan pliegues espacio-temporales, para estupor y pánico de sus familias (“Los abuelos”); a curiosas meditaciones sobre las bifurcaciones que nos plantean en la vida y que nos obligan a elegir (“Vidas posibles”); o al modo en que ciertas costumbres pueden adquirir unas dimensiones inesperadas al cambiar de situación (“El siguiente”). Y, si me permiten una apreciación rigurosamente subjetiva, en sus páginas van a poder encontrarse la mejor historia que he leído jamás con un teléfono como eje del argumento (“Tiempos felices”).
El resultado es, como les digo, un volumen elegante, sin fisuras, pulido hasta la perfección y donde el autor de Un koala en el armario consigue una auténtica obra maestra del género. Vayan corriendo a su librería de confianza y háganse con él.

viernes, 17 de febrero de 2017

Sabias



Que la historia del género femenino es un cúmulo de silencios, desdenes, ocultamientos e injusticias no se le escapa a nadie en su sano juicio. Desde que tenemos memoria es posible consignar el abrumador número de ocasiones en que, colectiva e individualmente, las mujeres se han visto expulsadas del lugar que les correspondía por méritos propios: escritoras brillantes a quienes no se aceptaba en academias y cenáculos, pintoras espectaculares que se vieron silenciadas por varones con menos talento que ellas, inventoras que sufrieron postergación por motivos sexuales, científicas que fueron contempladas como fenómenos de barraca por sus homólogos masculinos... Ahora, la editorial Debate se suma a la necesaria reparación de esta injusticia publicando el excelente volumen que la profesora Adela Muñoz, catedrática de Química en la universidad de Sevilla, ha consagrado a las mujeres que, a lo largo de la Historia, se significaron de una manera especial en el cultivo de las artes o las ciencias.
El recorrido se inicia con Enheduanna, suma sacerdotisa de Sumeria y “la primera mujer astrónoma de la que tenemos noticia” (p.34), y concluye con Rita Levi-Montalcini, premio Nobel en el año 1986. En medio, una colección tan espectacular como muchas veces ignorada de mujeres cuyos nombres tendrían que ser grabados en mármol y colocados en los pasillos de todas las universidades del mundo: Hipatia de Alejandría (la insigne matemática que padeció una muerte atroz cuando unos integristas cristianos “la dejaron totalmente desnuda, le tasajearon la piel y las carnes con conchas afiladas, hasta que el aliento dejó su cuerpo”, p.90), Hildegarda de Bingen (quien, además de incorporar el lúpulo a la cerveza y mejorarla de forma ostensible, “fue la primera persona que describió el orgasmo femenino”, p.113), Beatriz Galindo (cultísima mujer del entorno de Isabel la Católica, integrante de las Doctae Puellae, a quien la capital de España le consagró luego el barrio de La Latina), Juliana Morell (una catalana que, a los 17 años, ya dominaba catorce idiomas), Oliva Sabuco (sabia multidisciplinar a la que Lope de Vega tildó sin ambages de “décima musa”), Maria Sibylla Merian (la primera persona que utilizó el método empírico de la observación para estudiar el mundo de los insectos), Marie Paulze-Lavoisier (esposa y estrechísima colaboradora científica del padre de la química moderna) o Maria Sklodowska (más conocida como “Madame Curie”, primera persona que recibió dos premios Nobel). Sin olvidarnos, claro está, de la sufragistas que se dejaron la piel para conseguir el voto de las mujeres; o del brillante elenco de científicas que floreció en España durante el primer tercio del siglo XX, y a quienes convendría hacer justicia histórica a partir de este momento.

Estas biografías apasionantes, de las que me he limitado a ofrecer un leve resumen, no se presentan en el volumen en forma de fichas aisladas, sino que cada figura es explicada en su contexto histórico y cultural. En ese sentido, el trabajo de la profesora Muñoz Páez es tan abrumador como luminoso: cada trayectoria académica, cada logro o equivocación, se explica en función de las circunstancias (orteguianas) que rodean a la protagonista. De tal manera que el ensayo puede ser tildado, sin hipérbole, de imprescindible. Marcará un punto de inflexión en su ámbito, estoy totalmente convencido.

miércoles, 15 de febrero de 2017

La hija del embajador



Vuelvo a acercarme a una novela de Zoé Valdés y elijo La hija del embajador, un texto que mereció el III premio de novela breve Juan March Cencillo y que fue publicado por el sello Bitzoc.
El argumento es muy sencillo de exponer: la hija moderna y rebelde de un embajador cubano que trabaja en París se desplaza para vivir un tiempo con sus padres en la capital del Sena. En el avión conoce a un singular ladrón, con el que comienza una turbulenta y apasionada relación. Daniela sería feliz si lograra el amor eterno del maduro delincuente, pero él se muestra mucho más reservado ante esta posibilidad.
¿Conclusión después de cerrada la última página? Pues que ha vuelto a pasarme lo que ya me había ocurrido con otros textos suyos: que no termino de verla. Hay ciertos instantes en los que sí, en los que me parece admirable el modo en que desarrolla y culmina una secuencia, un cuadro narrativo, un diálogo. Pero, por regla general, su prosa me parece desmañada, confusa, áspera. Todo parece que avanzase a trompicones, dudando entre el lirismo, el exabrupto, la fluidez, la seriedad o la niebla, hasta el punto de que determinadas páginas no se aprehenden con una lectura “normal”, sino que hay que detenerse e incluso retroceder, para captarlas verdaderamente.
Como su paisano Guillermo Cabrera Infante, Zoé Valdés gusta de introducir de vez en cuando humorísticos juegos de palabras. Así, en la página 16 nos habla al subirse a un avión de “la azafata miembro del Partido Comunista, porque para ser azafata no importa tanto la buena figura sino el figurar como miembro”; o en la 54, cuando nos habla de una voluntad amatoria moderada por la prudencia: “Ella lo amaría y sin contemplaciones, es decir: con templaciones”.

¿Me animaré con algún otro libro de Zoé Valdés? Jamás hay que descartar de plano ninguna posibilidad futura. Pero, hoy por hoy, lo veo muy difícil.

lunes, 13 de febrero de 2017

La primera corona



Estamos en el año 66 d.C. y el joven Daniel tiene que desempeñar una difícil y singular misión: debe localizar la corona de espinas que portó Jesús de Nazaret sobre la cabeza durante su agonía crucificada y llevársela a su amo, que la quiere utilizar para unificar a los judíos y convertirse en su rey. Para culminar con éxito su empresa, visita a un viejo carpintero y su esposa María, que estuvieron muy cerca de Jesús y que podrán ayudarle.
Éste es el punto de partida de la novela La primera corona, de Alexander Copperwhite, que pone ante los ojos de los lectores no sólo un tema fascinante, sino también una trama sugerente, en el transcurso de la cual el anciano esposo de María irá contándole a Daniel cómo ocurrieron de verdad los hechos que la tradición ha ido deformando. ¿Quienes asistieron de verdad a la Última Cena? ¿Por qué eligió el pueblo al asesino Barrabás para ser liberado, en lugar de optar por el dulce e inofensivo Jesús? ¿Cómo es posible que el Maestro caminara sobre las aguas, resucitara a Lázaro o diese de comer a miles de personas con el auxilio de unos pocos panes y peces? ¿De dónde extrajo las fuerzas para llegar con la cruz a cuestas hasta el punto donde fue crucificado? ¿Cómo se desarrolló, detalladamente, el episodio de la resurrección?
Con la ayuda de una prosa sencilla, ágil y eficaz, Alexander Copperwhite va convirtiendo lo que podríamos llamar “versión oficial” de la vida de Jesucristo en otra cosa muy distinta. Pero que nadie se lleve las manos a la cabeza o tuerza el gesto pensando en una desmitificación irreverente o burlona. No hay ninguna voluntad sacrílega en sus páginas, sobre todo porque al final de la obra espera a los lectores un anonadante giro de muñeca narrativa, que aporta unos matices inesperados a la historia.

Una novela breve y muy interesante, que sorprenderá a muchos.