miércoles, 23 de enero de 2019

Mientras se enfría el té




Nunca he visto en persona a María Valdés. Es un nombre (y un rostro) que un día aparecieron en mi muro de Facebook y que allí se instalaron desde entonces. Ella vive en Asturias y yo en Murcia; las posibilidades de llegar a tomarnos una cerveza juntos son francamente reducidas. Pero un fragmento de su corazón acaba de llegar a mis manos en forma de libro. Se titula Mientras se enfría el té y, ocioso resultará aclararlo, lo he leído con auténtica curiosidad.
Es un volumen donde se recopilan sueños, imágenes que le regaló el espacio sin límites de la noche. Sesenta y siete sueños “realmente soñados”, como se certifica en la contraportada. En ellos nos encontramos con bodas, secuestradores, caldos caseros, profesores que parlotean, hombres armados que caminan por la ciudad, cocinas que arden, fallecimientos, viajes en tren por la RDA, programas de televisión, menús consistentes en salamanquesa al horno, pianos, whisky, bolsos perdidos o personas que no saben nadar. Y también hay una visible constelación de personajes familiares (las palabras “padre”, “madre”, “hermana” o “hijo” aparecen medio centenar de veces), que posiblemente tengan alguna lectura de orden psicológico.
Lejos del inenarrable aburrimiento que me provocaron otros sueños literarios (los de Fernando Arrabal, por ejemplo), los de María Valdés me han resultado deliciosos y admirables, no solamente por su elegancia formal, sino por la brevedad lírica de su formato y la delicadeza de sus matices. Copio el número XXXII, para que se aprecie cuanto digo: “Le gritaba al expropiador que casa y libro eran mías. Le gritaba también que por qué no perseguía a los que usaban dietista o sexenio. El expropiador de palabras se reía a mis espaldas y me llamaba loca y suicida. Entonces me paraba, pero él pasaba de largo y no me quitaba mis dos palabras”.
Guardaré este libro con un afecto infinito.

martes, 22 de enero de 2019

Oficio de paciencia




Me acerco hasta los versos de Oficio de paciencia, de Eugénio de Andrade (que vierte al castellano José Luis Puerto para el sello Hiperión). Al principio cuesta un poco penetrar (a mí me ha costado penetrar) en la belleza austera de sus composiciones, precisamente por su desnudez; pero cuando se logra superar ese estadio de desconcierto se perciben los delicados aromas de una lírica flexible, cimbreante, alígera, que parece mecida por el viento para susurrarnos al oído. Y escuchamos con asombro cómo el poeta portugués declara nada más empezar el libro que “en el plato de la balanza un verso basta para pesar en el otro mi vida”.
A partir de entonces, nos abandonamos al hechizo de su voz y dejamos que nos diga sus palabras más profundas (“Ningún pájaro / permite a la muerte dominar / el azul de su canto”), que nos defina prodigiosamente la música (“primera respiración del mundo”) o que nos transmita ese poema antológico que se titula “Los trabajos de la mano”, donde nos explica que su mano trabajadora y escritora envejece, porque ha tenido que desempeñar durante la existencia las actividades más duras (fregar, sembrar), pero también las más delicadas (acariciar).
Un poemario para la relectura, para el silencio y para la reflexión.

lunes, 21 de enero de 2019

Los azares




Ignoro lo que pueda ser un poeta, o el modo en que cabría definirlo para no quedarnos cortos ni tampoco excedernos. No sé si es un alma en tensión, una voz que abre desgarrones de luz en las tinieblas, o un ser que permanece alerta para descubrir en todas las cosas el fulgor inédito de la maravilla. Y tampoco sabría pronunciarme sobre la utilidad que pueda llegar a tener esa extraña figura llamada poeta. En ocasiones, imagino, será un psiquiatra; en otras, un notario; y en otras, en fin, un mistagogo que, hablando de lo sagrado, habla de sí mismo, de nosotros, o de todo a la vez. Quién puede manifestarse con claridad sobre asuntos de esa índole. Yo, insisto, no sabría hacerlo.
Pero sí creo tener razonablemente claro, una vez que he leído unas pocas páginas suyas, cuándo me encuentro ante un simple escritor de versos (escalón respetable y muy frecuente) o ante un poeta auténtico. De estos últimos tenemos escasos ejemplos, porque los dioses dosifican sus regalos con infinita cautela y con inextricable sabiduría.
Y uno de esos poetas auténticos, firmes e insoslayables, sépanlo y no lo olviden, vive en nuestra tierra y se llama Ginés Aniorte. Y no deberían ustedes dejar pasar la oportunidad de leerlo y admirarse con su exquisitez. Por ejemplo, en los textos que se reúnen en Los azares, donde el escritor consigue lo que parecía imposible tras Cuanto quise decir: acendrar su dicción, perfeccionarse en la escansión de los versos y conseguir músicas (métricas y del alma) que perturban y emocionan a todo aquel que tiene la feliz ocurrencia de detenerse, leer y meditar. Nuestro poeta deja claro en sus versos que “el pasado es la bestia / que acabará contigo” (p.107), pero también que “en lo oscuro sabemos de la luz” (p.52); de ahí su empeño por enfrentarse de un modo lúcido con las oscuridades que nos acechan y transformarlas en gozo consciente de vivir, en alegría exultante, en combate incansable contra la muerte. Es verdad que es enorme “el daño que hace el cielo / cuando todo lo da para quitarlo” (p.11), pero no es menor verdad que nuestra lucha contra ese destino es la que nos hace humanos, poderosos.
Quien quiera conocer la hondura poética de Ginés Aniorte sólo tiene que abrir este tomo por la página 43 y leer el poema “Declive”, donde nos habla de la triste pérdida de facultades de un ser querido. Me apuesto el corazón a que, después de esa lectura, cualquier lector sensible e inteligente vuelve a la primera página y se lee el libro completo.

domingo, 20 de enero de 2019

Atrapada




Los desórdenes familiares y la repercusión que tienen sobre los adolescentes es un tema que, literariamente, favorece unos argumentos muy llamativos. Ocurre también en esta narración de José María López Conesa, que lleva por título el de Atrapada y que vio la luz en el año 2006, con el sello Nausícaä.
Tres protagonistas (la triple A) construyen la base de la novela: Anabel (quien a sus 14 años está viviendo un auténtico infierno, con la separación traumática de sus padres), Aurora (la madre, que ha descubierto por fin la libertad y que la está gozando sin cortapisas, en medio de salidas nocturnas y compañías masculinas de lo más variadas y frecuentes) y Augusto (quien ha sucumbido al canto de sirena del alcohol y que vagabundea en medio de perdularios y maleantes, durmiendo en lugares infectos y con la autoestima a la altura del betún). Sobre ese triángulo incidirán diversos vectores, positivos y negativos. Entre los primeros se encuentra Roxi, maestra de Anabel, que intenta ayudarla a conseguir el equilibrio en sus emociones; entre los segundos, Bustelo o Walter, que se afanarán en utilizar de mala manera a la incauta adolescente.
Con una acción rápida y llena de meandros, el escritor molinense nos presenta una importante cantidad de reflexiones sobre la vida, la rectitud, los nexos familiares o el amor; y también sobre los cambios íntimos (y también sociales) que van experimentando sus personajes a lo largo del tiempo, sin permitir que los lectores se aburran en ningún instante. Una propuesta llena de interés.

sábado, 19 de enero de 2019

Caminos de otoño



Cuando apenas tenía 28 años, José Ignacio Nájera (Xauen, 1951) se fue a vivir a Murcia, y allí se dedicó a impartir clases de filosofía. Comenzó su andadura con la publicación de algunas novelas, como Olvídate de Alcibíades o Hermanos mayores; y luego obtuvo (en medio de una sonora polémica) el premio Pío Baroja por su obra El enfermo epistemológico (1991). Pero hoy lo traigo a esta página por Caminos de otoño, el ensayo que le publicó la Editora Regional de Murcia tras haber obtenido con él el premio Miguel Espinosa.Nájera, camuflado bajo la piel de un librero que toma nota de sus ideas para entender mejor el mundo (y para entenderse mejor en él), se planta inflexible ante los filósofos más conspicuos, ante las ideologías, las religiones, la Historia, los grandes santones culturales, los poetas, los cineastas, las Torres Gemelas, el fundamentalismo, el racismo o la política nacional; y a todos los somete a la más dura de las pruebas: la del análisis inteligente y desprejuiciado, huérfano de tabúes. Así, liberado de cortapisas que condicionen el rigor de su pensamiento, Nájera se negará a la comodidad confortable de las creencias trascendentes, y nos dirá que la religión es “la locura que saca de la locura” (p.11); se pondrá cartesiano (en su variante alicaída) y nos comunicará que la última certeza absoluta del ser humano es “Pienso, luego muero” (p.79); se negará a una posible adscripción ideológica inocente, afirmando que “la Historia ha dado ya tantas vueltas que nos ha dado tiempo a ver el crimen en todos los puntos cardinales” (p.147); descreerá inflexible de los políticos y concluirá que “nadie que detente el poder evoluciona desde sí mismo” (p.180); o, en fin (y no agoto, ni mucho menos, el catálogo de sus zarpazos), jugará a la boutade diciendo (y lo dice en serio, y lo argumenta) que “la defecación y el parto son los dos actos más parecidos que hay” (p.103).

En suma, una propuesta ideada para lectores inteligentes y con ganas de pensar, que estén dispuestos a despojarse de todo prejuicio antes de entrar en el tomo, y que saldrán del volumen pletóricos, liberados y excitados desde el punto de vista intelectual.

viernes, 18 de enero de 2019

Factbook




Acudamos a una cita de la página 216 de esta novela: “La pregunta de Factbook no es ¿qué estás pensando?, sino ¿qué has hecho?”. Es la forma que tiene el autor, Diego Sánchez Aguilar, de recordarnos que el mundo que nos rodea, acelerado vertiginosamente hacia el desastre, ya no exige de nosotros una actitud pasiva o contemplativa, ni la adopción de una pose testimonial, sino que requiere nuestros actos, nuestra implicación enérgica, la voz muscular de nuestra ira. Entre otras pocas porque es hora de plantearnos en serio la pregunta fascinante y frontal que nos lanzó el catalán Kiko Veneno en una de sus canciones: “¿Para qué quieres la información, si no la usas?”.
En esa línea, Factbook (Candaya, 2018) es la novela del despertar, el chasquido de dedos que pretende sacarnos de la hipnosis interesada en la que los poderes políticos y las elites económicas han logrado sumergirnos desde hace décadas, convenciéndonos de que el curso de la Historia circulaba por los carriles adecuados, y que pretender explorar otros diferentes constituía un desatino. Por eso, Diego Sánchez Aguilar, que ya había hecho saltar la banca de la excelencia con su libro de relatos Nuevas teorías sobre el orgasmo femenino repite éxito con esta novela auroral, densa, vigorosa e inteligente, en la que los desahucios, la corrupción, la especulación inmobiliaria, la muerte de las ilusiones, el capitalismo salvaje, las manipulaciones mediáticas, la erosión calculada de la educación pública, las series de televisión en las que se maneja la conciencia y la ideología de los espectadores, las hipotecas subprime, el Fondo Monetario Internacional, la CEOE, las redes sociales entendidas como narcótico o desahogo, los gestos éticos en Change.org o el saqueo infame del dinero público se van trenzando para conformar una malla que asfixia y que revela minuciosamente el mundo real (¿o quizá irreal?) en el que vivimos.
Nos encontramos en estas páginas a Rosa, una profesora de instituto con un alto nivel de compromiso político y social, que ha participado en infinidad de manifestaciones y que lucha contra los desmanes del Sistema desde la PAH y desde su centro de enseñanza. Nos encontramos también con Gustavo, un guionista televisivo de éxito que ha decidido acudir a un hotel abandonado de La Manga del Mar Menor para someterse a un curioso tratamiento. Y encontramos, como telón de fondo, los Toros de Osborne (que empiezan a servir como patíbulos para que anónimos vengadores ahorquen a algunas de las personas que han provocado la brutal crisis económica que padece el país) y una extraña organización llamada Factbook, tan inquietante como nebulosa.
Nada más que añadir. Quede el resto (y el reto) en manos de cada persona que lea el libro. Esta novela egregia, de la que esperaba mucho pero que me ha dado más, no admite resúmenes ni etiquetas: es brillantez e inteligencia en estado puro. Diego Sánchez Aguilar, increíblemente, lo ha vuelto a hacer.

miércoles, 16 de enero de 2019

Veinticuatro horas en la vida de una mujer sensible




Lo dice Constance de Salm en la introducción de la obra (“Quería esbozar un cuadro o, mejor dicho, una especie de estudio sobre el corazón de una mujer”, p.11), y a fe que lo cumple con anonadante precisión, porque las cartas que la protagonista de este libro va dirigiendo a su amado conforman un dibujo tan delicado, tan exhaustivo, tan profundo, que terminas sintiéndote subyugado por él… En síntesis, asistimos al proceso anímico que experimenta una mujer que observa a su amado marchándose de una fiesta junto a otra dama. Al principio, trata de distraerse de esta imagen paseando o pintando, pero su recuerdo llega a torturarla hasta extremos inauditos. ¿Por qué se ha ido con la señora de B.? ¿No se da cuenta del dolor que le están provocando los celos? ¿O es que acaso le da igual causarle esa aflicción? “Creía respirar fuego”, anota con rabia en la página 26.
Durante todo el día, con su noche, la dama escribe y escribe, desgarrada, febril, compulsiva, y va haciendo que su sirviente Charles lleve lo escrito a casa de su ingrato enamorado, quien no puede recibirlas por encontrarse ausente. ¿Tal vez sigue con ella? ¿Son ciertos los rumores que le llegan a la narradora acerca de un matrimonio secreto que está a punto de celebrarse y en el que el nombre de su amado aparece comprometido? Por fin, cuando el vértigo y la decepción alcanzan sus límites máximos, la noble y sensible dama piensa en la posibilidad de poner fin a su vida, que considera vacía sin la presencia del inesperado traidor; pero una noticia sorprendente vendrá a rematar la obra con un tirabuzón narrativo, que la autora gradúa y expone maravillosamente.
El único inconveniente que le veo a la obra pertenece, me temo, más a la labor de la traductora que a la pluma de Constance de Salm: la impericia a la hora de mantener los tratamientos de “tú” y de “vos” de forma coherente y homogénea. Así, no es raro encontrarse con galimatías lamentables como éste: “Os lo he dicho cientos de veces: Amor mío, ándate con cuidado; tu infidelidad me mataría; y me matará, os lo repito” (p.66). Si tal desliz se cometiese una vez, ni lo mencionaría; pero su proliferación, más que notoria, aconseja a la editorial Funambulista que revise el texto para una posible y merecidísima nueva edición.