viernes, 29 de agosto de 2014

Irse de casa



Llega un momento clave en la vida de toda persona en el que, inevitablemente, quiere volver atrás, recrearse en el ayer, trazar la línea de la suma. Sucede en ese día que se tienen ya más años por detrás que por delante, y la memoria y la nostalgia nos piden establecer el inventario de lo que se ha hecho, de lo que queda por hacer y de lo que, por desgracia, ya no podrá hacerse. Tal circunstancia ha sido reflejada en el cine (“Volver a empezar”, de José Luis Garci; o la invocación legendaria a Rosebud en “Ciudadano Kane”, de Orson Welles), en la poesía (Eloy Sánchez Rosillo o Francisco Brines son dos buenos cultivadores de esa línea temática), en el teatro (esa historia rencorosa que Friedrich Dürrenmatt tituló La visita de la vieja dama; o la tremenda pieza El malentendido, de Albert Camus) y en otras artes.
Carmen Martín Gaite decidió retomar el asunto bajo la piel de Amparo Miranda, una empresaria española con amplio éxito en Nueva York que, cuando sus negocios ya funcionan prácticamente solos y sus hijos se han independizado, concibe la idea de volver a su pequeña ciudad natal. Y lo más sugestivo de esta espléndida novela es que Martín Gaite no nos explica (quizá hubiera sido una equivocación) el porqué de este retorno. Nos quedamos sin saber, en verdad, la causa de esta proustiana búsqueda del tiempo perdido. Quizá (aventuremos una hipótesis) porque ni siquiera sea una búsqueda, en sentido estricto. Más bien, lo que la protagonista quiere comprobar es si, como decían los Beatles en una de sus canciones últimas, la vida fluye “within you and without you”: si todo sigue latiendo, y cómo lo hace, cuando nosotros ya no estamos aquí. Y el recurso que Martín Gaite elige para que su Amparo Miranda se enfrente otra vez al mundo provinciano que dejó a su espalda hace años es volverla invisible, sumergiéndola tras el anonimato de su apellido marital: “Mrs. Drake”. De ese modo puede mirar sin ser vista y oír sin ser escuchada. La ignorancia ajena favorece su libertad de movimientos y la permite recorrer las calles sin que nadie interrumpa su rememoración o falsee su presente.
La historia, como es natural, no se estanca en este personaje único. Y esa es otra de las grandezas de la novela, porque la autora, lejos de resignarse al urdimiento de una historia unipersonal, vuelve a darnos una soberbia lección de narrativa y teje alrededor de Amparo Miranda media docena de magistrales personajes que enriquecen el volumen y le añaden una infinita diversidad.

Si tuviera que buscarle un defecto a este libro (créanme que es bien difícil, y que lo hago para no incurrir en el derroche de incienso), indicaría el hecho de que Amparo Miranda, cuando vuelve a Nueva York, siente que una energía nueva la recorre y que debe cambiar de mentalidad y de modo de vida. Es un recurso al tópico liberador que oscurece el final de la obra. O quizá sea que la vida se le ha puesto tan cuesta arriba a Amparo Miranda que, tras mirarse en el ayer, está imposibilitada para drogarse con la facilidad de la amnesia. Al fin y al cabo, la propia Martín Gaite escribió una vez un poema al que tituló “Todo es un cuento roto en Nueva York”. Quizá la vida de su protagonista sea, también, un cuento roto.

jueves, 28 de agosto de 2014

Fábula del tiempo



Usando como punto de arranque un conocido verso de Eloy Sánchez Rosillo, el escritor Pascual García bautizó su primer libro de poemas con el título de Fábula del tiempo, donde aceptó el reto de escribir sobre “el agua sucia de los años” (p.19) y establecer su catálogo de erosiones. En la soledad aciaga de las noches (que es una soledad creativa, pero también un emplazamiento cósmico), Pascual se acoda sobre la mesa, observa los folios que enmudecen frente a él y les encomienda una misión salvífica, donde confluyen el exorcismo, el llanto, la desolación y la esperanza: dar cuenta a los demás de su ayer, poblado de amores frágiles, paisajes gélidos, lluvia triste, padres laboriosos, olor a pinos y soledad nevada. Se trata de resumir, esencialmente, “la fábula de un tiempo breve como la propia vida” (p.11).
Enfrentado al dolor del tiempo, el poeta busca recuperar “los años extensos de la juventud” (p.20), aunque la memoria y la inteligencia le pregonen que “nada queda de los días salvo el miedo” (p.34). Precisamente porque esa certidumbre es poderosa en su espíritu, resulta interesantísimo constatar cómo las estaciones del año reproducen numéricamente la temperatura de su corazón: trece veces se menciona el invierno, cuatro el otoño, dos la primavera y una sola vez (p.39) el verano. Y puestos a hablar de temperatura, tampoco parece casual que la palabra frío sea utilizada once veces, y en cambio no aparezca la palabra calor ni una sola vez en todo el volumen.
Libro, pues, invernal; libro de devastaciones y de melancolías, donde se lleva a cabo un balance meditabundo de “las calles que anduvimos y hemos perdido” (p.21), y donde se certifica que “no hay paz para el que asciende por la senda” (p.22). Contra el viento que zarandea al poeta (desde las cumbres de su Moratalla natal o desde las simas del pasado), éste se mantiene firme gracias a dos anclajes humanos esenciales para su equilibrio psíquico: de un lado, la convivencia con su mujer, la excepcional pintora Francisca Fe Montoya; del otro, el reconocimiento tembloroso y viril del amor que siente por sus padres. A la primera le aplaude sus virtudes como amada, compañera y soporte sentimental en el poema “Beatus Ille”; y algo más adelante, en el hermoso poema “Los que ríen”, augura una vejez compartida con ella, donde seguirá brillando el amor y donde ni siquiera los achaques de la senectud les harán olvidar el pleno gozo de haber vivido (de haberse vivido) juntos. En cuanto a sus padres, resulta conmovedor el templado homenaje que les tributa en el poema “Volver” (el más extenso del volumen, con setenta y cinco versos).

Un libro, pues, delicioso, imborrable y perfecto, que nos sitúa ante uno de los mejores poetas vivos que tiene Murcia.

miércoles, 27 de agosto de 2014

El último Catón



Si hablamos de novelas que me hayan “enganchado” y me hayan tenido en vilo de la primera a la última de sus páginas, me vienen a la cabeza tres: El ocho, de Katherine Neville; El club Dumas, de Arturo Pérez-Reverte; y El último Catón, de la alicantina Matilde Asensi. En mi condición de crítico literario y de profesor de literatura (que tal vez sean dos formas sublimadas o intelectualizadas del tedio), no creo que me atreviera siquiera a sugerir que son las mejores novelas que he leído; pero en mi condición de lector, de quijotesco amante de las letras, sí diré sin vacilaciones que son las novelas con las que más he gozado, porque me han traído intrigas, nervio, amor, emoción, historias y sorpresas. No sé si pedirle más cosas a una novela incurre ya en un manierismo propio de eruditos.
El caso es que Matilde Asensi nos plantea un enigma que tiene como centro a una extraña secta (los staurofílakes) que se está dedicando a robar todos los fragmentos de la Santa Cruz, donde fue ejecutado Jesucristo, que existen dispersos por el mundo, y que tres investigadores comisionados por el Vaticano (el profesor Farag Boswell, el capitán Kaspar Glauser-Röist y la doctora Ottavia Salina) emprenden una búsqueda angustiosa y llena de peligros con el objeto de poner fin a esos latrocinios y explicar su oculto sentido. Al comenzar, carecen de toda pista, pero pronto descubren que las claves de la investigación están escondidas en los versos de La divina comedia, de Dante Alighieri, antiguo integrante de esa secta.

Una novela, pues, llena de cultura (hay que destacar la amplia documentación que la autora exhibe, tanto en arte como en literatura e historia), con una trama diseñada con pulso impecable, y en la cual las líneas finales no emborronan (como suele pasar en este tipo de libros) el conjunto de la narración. A mí me ha parecido una novela magnética, que recomendaría sin dudarlo a cualquiera que quisiera pasárselo bien, francamente bien, leyendo un libro.

lunes, 25 de agosto de 2014

Santa Claus en la villa olímpica



Joaquín García Box parece haber llegado al mundo de la literatura, ante todo, para sorprender. De buenas a primeras, y con más de cincuenta años consignados en el DNI, este arquitecto técnico se dejó caer con una propuesta tan voluminosa como llamativa, Los 96, una historia de ángeles y profecías mayas. Y ahora, en el año 2014, descarga ante nuestros ojos las casi quinientas páginas de Santa Claus en la villa olímpica, donde cambia el rumbo de su narrativa para pasar de lo apocalíptico al humor, de lo religioso a lo laico, del disparate místico al disparate imaginativo. Y la verdad es que el resultado ha sido notable.
Centrémonos en la figura de su protagonista. Se llama Agripino Aliaga Anónima. Su padre es un gandul alcohólico y su madre una extranjera de la que no tiene más noticia. Es un niño no demasiado alto (de adulto medirá un metro cincuenta y ocho) y con unas hambres insaciables (llegará a los ciento cincuenta kilos, como resultado de sus pantagruélicas ingestas). Su vida erótica se inicia con masturbaciones preadolescentes (inspiradas en la voluptuosa madre de su amigo Pencho) y se concretará sólo con una mujer: Agustina, dulce, preciosa y en silla de ruedas, amén de seguidora de Kiko Argüello. Entre sus amigos destaca Basti (que ingresará en la Legión y será secuestrado por los talibanes iraquíes), Fulgencio (propietario de un pene descomunal y de una fuerte vocación religiosa, que le llevará al seminario), Charli (obsesionado con la idea de ser marqués) y Pascual y Lucía (promotores de un espectáculo de horror en el que Agripino actuará de Santa Claus Predator). Su máximo vicio han sido, desde la infancia, los cigarrillos; y en su madurez le germina en la cabeza una idea: lograr que el tabaco obtenga la consideración de deporte y, por tanto, acumule opciones para ser reconocido como disciplina olímpica.
Como es evidente, las mejores páginas de esta obra son aquellas que se centran en las vetas humorísticas. Así, cuando Joaquín García Box retrata a una familia franquista y nos explica que en ella «el nombre de Carrillo era detestado hasta tal punto que toda palabra que comenzase por las letras Ca estaba abolida del diccionario de esta familia a excepción, claro está, de castración, catequesis y el catecismo» (p.184); o la hilarante escena en la que se reproduce el diálogo entre Agripino, vestido de Santa Claus, y un guarda de seguridad, que le niega el acceso a unos grandes almacenes (páginas 301-306); o la descacharrante enumeración de finalistas de su certamen nicotínico, con sus respectivas habilidades y rarezas (páginas 403-409).

Sumemos a todo esto —que ya sería bastante para repletar una novela— un nutrido grupo de referencias literarias y cinematográficas, personajes de la actualidad, sugerentes escenas de sexo (en las que el alcohol, el tabaco y las drogas se introducen para potenciar el placer de los participantes) y alusiones a sucesos de los últimos años (corrupción política, urbanismo fraudulento, pérdida de ideales, dinero fácil en negocios turbios, invasiones militares de dudosa legalidad) y obtendremos una novela de gran fluidez, con la que Joaquín García Box da un paso adelante en su trayectoria. ¿Qué puede ser lo siguiente que entregue a la imprenta? Sólo él lo sabe. Pero seguro que se toma un largo período de reflexión y escritura para perfilarlo.

sábado, 23 de agosto de 2014

Se está haciendo cada vez más tarde



A pesar de que esta obra se subtitula “Novela en forma de cartas”, lo cierto es que solamente llevando a cabo un titánico esfuerzo de buena voluntad podríamos admitir que pertenece a dicho género. Tabucchi nos pone sobre aviso en la página 29, afirmando que este libro es un “vuelo pindárico que no tiene lógica”, y lo subraya poco después con palabras cristalinas: “Una cosa nada tiene que ver con la otra, ni un trozo de historia con otro trozo de historia, y todo resulta así, igual que la vida, que no obedece a rimas” (p.89). Es exacto. Este volumen no tiene (salvo a los efectos del marketing) densidad ni sentido novelescos. Abundan en él, sí, las ensoñaciones filosóficas, las intertextualidades o las finas esquirlas de humor; pero no atesora la honda trabazón unitaria que requiere (no nos engañemos) una novela. Lo que ocurre es que hoy se vende mucha literatura camuflada bajo ese rótulo, porque parece que los gustos generales de la masa lectora van por ahí.
Antonio Tabucchi, de todas formas (sus editores deberían tenerlo en cuenta), no precisa de tales subterfugios. Sobre todo, cuando redacta textos tan magníficos como Buenas noticias de casa o tan venenosos como Con lo bueno que eres. Su escritura es tan eficaz y tan primorosa que no exige etiquetas vendedoras de pacotilla. Los buenos lectores aplauden la calidad, y no los marbetes engañadores que la disfrazan.
Y otro aplauso (ya que usamos esa palabra) merece el traductor, Carlos Gumpert, que consigue un ritmo sintáctico exquisito y que escribe, para adaptar a nuestro idioma las frases hechas del italiano, expresiones como “a ojo de buen cubero” (p.17), “en un pispás” (p.38), “no pega ni con cola” (p.62) u “olía a chamusquina” (p.162), entre otras no menos peculiares y castizas.

Un libro, pues, que nos sitúa ante el Antonio Tabucchi menos comercial y más complejo, y que nos demuestra que la mezcla sabia de poesía, erudición y relato produce, casi siempre, unos resultados inmejorables.

viernes, 22 de agosto de 2014

La vida ondulante



Se ha dicho muchas veces (y es verdad) que los libros son entidades cambiantes, caleidoscópicas, tan vivas como los seres humanos que las leen; tomos llenos de prodigios, que en cada relectura que emprendamos sobre sus páginas nos ofrecerán bellezas distintas, sensaciones distintas, revelaciones distintas. Lo que El principito nos dijo a los 15 años no es lo mismo que nos dirá a los 30; y lo que Rayuela nos entregó a los 30 no es lo mismo que nos deparará a los 50.
En el caso de los volúmenes de aforismos, esta afirmación es mucho más exacta y más evidente todavía. Las frases que subrayas en enero pueden ser unas, pero en abril puede que un acontecimiento inesperado (una muerte, un desamor, una traición, una alegría) cambien tu percepción de las cosas y sientas mucha más afinidad por otras, desdeñando o matizando las primeras.

Gracias a mi amigo Pepe Colomer he descubierto el libro La vida ondulante, del navarro Ramón Eder (Lumbier, 1952), que reúne tres trabajos aforísticos muy valiosos: Hablando en plata, Ironías y Pompas de jabón, que ahora conforman un único tomo en la colección “A la mínima”, de Renacimiento. Y estoy seguro de que, dentro de unos años, si lo releo, retendrán mi interés unas líneas que no son las que he subrayado ahora. Pero como somos animales sujetos al tiempo y es absurdo rebelarse contra esa evidencia, anotaré cuáles son las sentencias que hoy, sin más comentario que su enumeración: “El pasado que no se olvida es el futuro que nos espera”. “Hay caras que parece que están traducidas”. “Cualquiera puede hacer profecías, pero muy pocas personas pueden decir qué es lo que está ocurriendo en el presente”. “Cuando vemos todo negro cometemos el error de ver las cosas como son”. “Somos inmortales todos los días de nuestra vida, excepto uno”. “El fin justifica los miedos”. “Se estaba derrumbando y quería convertir a sus amigos en albañiles”. “No dejes para la otra vida lo que puedas hacer en esta”. “En la vida sólo podemos echar un grano de arroz en la balanza, pero podemos elegir el platillo”. “Los filósofos son los hombres del Tiempo”. “Acariciar purifica las manos”. “Siempre cometemos los mismos errores, lo cual nos da una especie de extraña coherencia”.

jueves, 21 de agosto de 2014

El oro celeste



En el mundo de la literatura, lo que distingue a un gran fabulador no es su capacidad para extenderse (si aceptáramos esta idea deberíamos admitir que Juan Antonio de Zunzunegui lo es: aberrante conclusión), sino su capacidad para “concentrarse”, para aquilatar mirada y vocabulario y poner ambas cosas al servicio de la disciplina narrativa. El escritor de raza intuye, detecta, conoce y usa (por ese orden) los mecanismos que habrán de conformar su materia narrativa. Y si realiza bien su labor (lo que constituye un albur, que no sólo de su voluntad depende) obtendrá una obra que tal vez supere o infrinja la crueldad de los calendarios.
Manuel Moyano (Córdoba, 1963), que desembarcó en las arduas playas del cuento con su volumen El amigo de Kafka (tomo que exhibía una absoluta perfección y que obtuvo el premio Tigre Juan en el año 2002), es también el autor de El oro celeste, una selecta gavilla de fábulas donde nos vuelve a deslumbrar con su técnica depuradísima, con su olfato para descubrir historias singulares y para trasladarlas al papel del modo más exquisito, y con la exactitud logarítmica de su sintaxis. Manuel Moyano es un demiurgo habilísimo, al que no hay matiz que se le escape en el ejercicio de su actividad literaria. De ahí que sus relatos alcancen la meseta de la perfección en cuatro, diez o quince folios, porque tiene ojos de acuarelista, oído de luthier y un diccionario lleno de palabras y de sensibilidad instalado en la muñeca.
Los lectores que tengan el buen gusto de sumergirse en este libro descubrirán en él muchas historias inolvidables: el títere que lamenta el bochorno de su mediocridad; las melancolías derrotadas de Paco Pérez; las peripecias de Medardo, que se disciplinó para ser un caballo y que perseveró en su mutación; la inquietante aventura hipnótica de Benjamín Arrieta; o ese texto magnífico titulado “El espíritu del griego”, donde se juega con la posibilidad de que Aristófanes nos transmita desde el más allá (con la ayuda de un médium casi analfabeto) una comedia inédita.

Manuel Moyano es un escritor brillante, sorprendente y lleno de magia. No lo descubran ustedes los últimos.