martes, 16 de septiembre de 2014

El ruido del mundo



La vida de Isabel Arriaga discurre por unos cauces de tediosa banalidad: dirige una consulta psicológica con Aurora, en un exclusivo barrio de Madrid; se encuentra separada de su marido, con el que comparte un problemático hijo adolescente (Gonzalo); atiende a una clientela estable de mujeres ricas con falsos problemas absurdos (a las que bautiza con el irónico nombre de “languidecientes”); y tiene una edad que aún la mantiene deseable a los ojos de los hombres. Pero basta un chispazo para alterar esa calma aparente y falsaria: un tipo llamado Ricardo Alvear, culto, rico, programador informático, que solicita sus servicios como terapeuta después de espetarle, en la primera sesión, un resumen autobiográfico tan tentador como abrupto: “No necesita saber mucho de mí. Vivo en un buen chalet, viajo con frecuencia a Londres, a Nueva York o a Tokio si dispongo de más días, me gusta estar solo, me tomo mis copas por la noche, no entiendo las canciones de amor, apuesto en Bolsa desde mi casa. Ah, he matado a un hombre” (p.35).
Desde ese instante, el dique emocional de Isabel comienza a agrietarse: no consigue conectar con su hijo, rebelde, arisco y que cuida en su dormitorio a una inquietante boa imperator, que cada día crece más; descubre que tal vez sigue amando a su exmarido Luis (lo que no le impide mantener una extenuante sesión sexual con Adrián Siles, un reconocido experto al que ha pedido directrices para afrontar el caso de Alvear); se ve impotente para marcar unas fronteras claras en el caso de su paciente (no sabe si le gusta, le atrae o lo odia)... Es como si, de pronto, innumerables vectores de tensión la desgarraran de una forma meticulosa. El suelo tiembla. Su cerebro tiembla. Su corazón tiembla. Algo turbio parece zarandearla en todas las direcciones y la sacude el vértigo. Ricardo Alvear se ha transformado, sigilosa pero férreamente, en el elemento que modula su vida (“Era el diapasón de mi semana”, p.293). Con él mantiene una intensa esgrima psicológica, que la agota durante mucho tiempo y que provocará cambios radicales en su forma de pensar. Poco a poco irá retirando capas protectoras de su paciente y accederá a pasillos oscuros en los que él sigue deambulando desde la infancia: una madre atrapada por la náusea de las drogas; un tío con el que mantendrá una relación desasosegante y confusa; el paso por diversos centros de acogida y “re-educación”; la presencia reconfortante de Bernardo Ruiz, tal vez la única persona que veló por la felicidad del joven Ricardo... y, por fin, sus revelaciones sobre el ruido, el ruido del mundo, ese estruendo cacofónico que “nos envuelve, se cierne sobre nosotros” (p.298) y nos aleja de la calma, del sosiego, de la paz interior. Isabel, desbordada por la enorme envergadura de su dolor, no puede detener la derrota inevitable de Ricardo Alvear, pero sí que descubrirá a su lado los mecanismos para salvarse a sí misma, para enderezar el rumbo, para no hundirse en el légamo. Paciente y psicóloga intercambian silenciosamente sus funciones y ultiman, alterados, sus destinos.
Todos —es la lección que Ignacio García-Valiño nos sugiere y traslada en sus páginas— estamos acechados por hondas heridas invisibles y por fisuras que un día, sin plan previo, se alían para desmoronarnos. Todos tenemos el corazón erizado de túneles, como un termitero. Y a veces se produce una detonación que borra los tabiques. Isabel lo descubre gracias a su educadísimo y hermético paciente.

Desplegando una vez más su prosa diáfana, elegante y armónica, en la que belleza y precisión se distribuyen en los dos platillos de la balanza, el autor maño nos entrega una turbadora indagación (o un cúmulo de turbadoras preguntas) sobre el espíritu humano, sobre sus flaquezas y meandros, sobre sus puntos ciegos y sus ráfagas de luz, sobre la zozobra y sobre la esperanza.

domingo, 14 de septiembre de 2014

Pequeños desnudos



Decía Ovidio en su Arte de amar que los detalles cautivan siempre a las personas delicadas. Y, salvando las inevitables distancias y colocando todas las comillas que ustedes quieran, me ocurre algo parecido con los libros de poesía: hay ciertos destellos, ciertos adjetivos, ciertas imágenes que, sin ser en sí mismos demostración de calidad literaria objetiva, me hacen advertir que me encuentro ante alguien que escribe de verdad. Reconozco que persigo esas luces desde que abro cualquier volumen. Y si no las he encontrado en la página 10 me invade la sensación de que el autor o autora no tiene muchas cosas que decirme y suelo abandonar.
Por fortuna, cuando llegó a mis manos el breve libro de poemas que lleva por título Pequeños desnudos, la revelación se produjo antes de esa hoja fatídica. El autor no me resultaba conocido (Aníbal García Rodríguez); el sello que lanzaba la obra era el ayuntamiento de la localidad andaluza de Peligros, en colaboración con la Diputación de Granada; y el refrendo con el que partían los versos era que habían logrado alzarse con el premio poesía Villa de Peligros del año 2013. La apertura de la obra no puede ser más llamativa: el poema “Que la vida te trae dignamente”, dulce y lánguido, enjoyado de buenos deseos para la persona que lee, a quien se desea un trayecto vital lleno de venturas. Rara vez me he encontrado un pórtico tan redondo para abrir un libro. Después llega a nuestros ojos “La despedida”, donde nos cuenta el delta de una casa familiar, distribuida entre los herederos tras la muerte de sus propietarios. Es un texto que resulta emocionante sin caer en excesos, y que se lee con conmovida paz. Y en tercer lugar (no iré más lejos en la enumeración)  aparecen las líneas poéticas de “1978”, conseguido retrato de una época en la que se produjo la muerte de Santiago Bernabeu, se ratificó la Constitución y todo tenía aún el aroma de lo endeble y lo provisional. Un país en el que “el miedo era un cuchillo que segaba las calles” y en el que “todo era blanco y negro / salvo el lápiz de labios de Olivia Newton-John” (sirvan esas dos imágenes para ilustrar lo que comentaba justo al inicio de la reseña).
A partir de ese instante, y sin bajar el nivel lírico de sus composiciones, Aníbal García Rodríguez nos entregará todo tipo de poemas deliciosos: la radiografía de un edificio donde viven todo tipo de personas golpeadas por la tristeza (“Detrás de las paredes”); la languidez de un profesor que continúa con sus actividades académicas mientras espera una llamada de amor de alguien que no pulsará nunca su número en el teléfono (“Hoy, la soledad”); el aislamiento en el que vive una anciana, con la única compañía de sus viejos muebles y de una medalla que cuelga de su pecho (“Soledad, la señora del primero”)... Y todo ello, aderezado con hermosas y oportunas referencias literarias a Blas de Otero, Manuel Vázquez Montalbán, Ángel González o Jaime Gil de Biedma; o a músicos como Yann Tiersen o los míticos Pink Floyd.

Un poemario, sin duda, muy hermoso y muy completo, que demuestra el tino del jurado de este premio, que el año pasado condecoró a otro excelente escritor: el almeriense Diego Reche.

jueves, 11 de septiembre de 2014

Cocinar el loto



No sé muy bien cuál es la poesía que me gusta. Qué temas prefiero. Qué juegos verbales o qué adjetivaciones o qué metáforas me conmueven más. Pero sí sé (eso lo sé perfectamente) que hay escritores que siempre me gusta frecuentar. Autores cuyas páginas me sorprenden, me conmueven, me impresionan, me vencen y convencen, me dicen su mensaje de belleza. Ángel Manuel Gómez Espada es uno de ellos. Siempre lo ha sido, desde que leí sus primeros versos, hace ya muchos años. Y aunque he intentado algunas veces ponerle justificaciones formales o teóricas a dicho fervor, pronto he abandonado la empresa. Me gusta y punto. Como me gustan los besos de Marta, el café, la piel de mis hijos, la cerveza congelada, la prosa de Jorge Luis Borges y los fósiles.
Ahora he tenido la suerte de conocer su libro de versos Cocinar el loto, que me ha devuelto la felicidad de columpiarme en sus palabras, dejar que me resbalaran dentro y paladearlas con la atención de siempre. El poeta nos habla aquí del tiempo, del desamor, de la dignidad y sus erosiones, de lo que pudo haber sido y no fue, de lo que fue y se extinguió, de las decepciones más amargas (aunque luego se las encare con humor), de la memoria y sus deformidades... En suma, traza ante nuestros ojos una cartografía de su corazón, que es lo que más me gusta de los buenos libros de poesía.
Del amor nos dirá que son “dos islas chocando entre sí” y “una especie de viaje”; pero que muchas veces su final consiste en “esperar sentado a que no vuelvas”. Que algunas tardes es placentero tomar café mientras se lee a Stendhal, aunque los “triunfadores” (quienes ganan buenos sueldos y se llevan a las chicas más guapas) sean quienes preparan oposiciones y se machacan en el gimnasio. Que encontrarte muchos años después con tu amada de juventud y verla con su hijo y cargada de bolsas de la compra produce una sensación extraña. Que la vida es un trayecto pespunteado de luces y sombras, en el que procuramos chapotear con toda la dignidad posible, aunque no siempre lo consigamos. Que...

Pero no diré nada más. Ustedes tienen que leer este libro. Deben acercarse a los versos majestuosos, ágiles, decantados, de Ángel Manuel Gómez Espada. No porque sea mi amigo (eso en esta reseña es secundario), sino porque es un poeta colosal, de los que se te cuelan dentro y se instalan en tu alma de lector. Hagan la prueba.

martes, 9 de septiembre de 2014

Meditaciones



Marco Aurelio no fue, desde luego, un emperador romano al uso. Combatió, por supuesto. Y tomó decisiones polémicas durante sus años de gobierno, desde luego que sí. Pero, en los ratos libres, se dedicaba a tareas reflexivas y fue redactando estas famosas páginas que, con el título de Ta eis heautón (las escribió en griego), se han divulgado habitualmente como Meditaciones. La editorial Alianza fue la encargada de comercializar esta traducción, llevada a cabo por Bartolomé Segura Ramos.
Muchas son las cosas que me han llamado la atención en este compendio de sentencias: la serenidad de su enunciación, la honda verdad que alienta tras sus líneas y, sobre todo, la sensación de que constituyen un vademécum fraguado con lentitud de gotera, que no hay en ellas prisa, ni efectismo, ni frases huecas articuladas porque sí. Muy reconfortante.

Y como quizá el mejor elogio y la mejor publicidad que se pueda hacer de este libro es anotar algunas de sus mejores sentencias, ahí las copio, aun sabiendo que mi resumen es tan arbitrario como incompleto. Lo completaré diciendo que son las frases que he subrayado en rojo, después de leer la obra tres veces a lo largo de mi vida. El tiempo las ha decantado dentro de mí: “Al amanecer, dite a ti mismo: me voy a tropezar con un indiscreto, un desagradecido, un insolente, un envidioso, un insociable”. “No hay que aspirar a la buena opinión de todos”. “Es preciso estar recto, no que te pongan recto”. “No realices ningún acto al azar”. “¿La esmeralda se hace peor de lo que es si no se la elogia?”. “Ciego, el que cierra el ojo de la inteligencia”. “El hombre que obra bien no trata de sacar beneficio, sino que pasa a otra cosa”. “Imposible es que los malos no hagan algo a su estilo”. “La mejor manera de defenderte es no parecerte a ellos”. “El orgullo es un terrible embaucador”. “La buena fama entre la multitud es el aplauso de las lenguas”. “De muy pocas cosas depende el vivir felizmente”. “Muchas veces comete injusticia el que no hace nada, no sólo el que hace algo”.

domingo, 7 de septiembre de 2014

El vigilante del fiordo



Decir que un libro de Fernando Aramburu me ha gustado o me ha sorprendido es absurdo e innecesario: todos los suyos lo hacen. Pero sí que es verdad que El vigilante del fiordo (2011) me ha resultado especialmente seductor. El volumen es una colección de ocho relatos donde el escritor donostiarra demuestra que su calidad de prosa y su inteligencia compositiva son muy notables. A veces, nos hablará de personas que huyen de unos perseguidores innominados (¿tal vez de ETA?) y que se refugian en el sur, donde el mar no se parece en nada al que ellos tenían en el Cantábrico (“Chavales con gorra”); o del estupor, la ternura y el desconcierto que asaltan a un hombre cuando observa, desde la ventanilla del Metro, cómo una mujer se deshace en lágrimas en una estación (“La mujer que lloraba en Alonso Martínez”); o nos ofrece un fresco espeluznante sobre la masacre del 11-M en Madrid, enlazando pequeñas historias a modo de cuentas de un collar o diapositivas, llenas de cotidianidad y ternura, mientras flota por encima todo el dolor, toda la repulsión, todo el espectáculo espantoso de aquella infamia (“Carne rota”); o nos cuenta las vacaciones que pasa Fede con su padre en una autocaravana (“Lengua cansada”)...
Las dos narraciones que más me han gustado del tomo han sido “Nardos en la cadera” (historia de dos ancianos que se ven envueltos en una cita a ciegas organizada por familiares, pero que se termina resolviendo de una forma muy original e insospechada) y la que da título a la recopilación (en la que nos habla de Abelardo, antiguo funcionario de prisiones cuya madre fue asesinada por ETA con una bomba y que ahora está ingresado en un hospital psiquiátrico. Él cree que, de vez en cuando, se va de viaje a Noruega, donde trabaja vigilando un fiordo para evitar ataques terroristas).

Todas las historias contenidas en este libro están muy bien contadas, con piezas que bailan en el tiempo y en el espacio, y que se combinan de forma sutil sin revelarnos todos sus trucos hasta el final. Propietario de una magia única para contar historias, Fernando Aramburu se yergue en El vigilante del fiordo hasta una altura de auténtico maestro del género.

viernes, 5 de septiembre de 2014

Rueda del tiempo



Quizá no sea el de Manuel Talens (Granada, 1948) el nombre más conocido de la literatura española, pero lo cierto es que su libro Rueda del tiempo es una colección de relatos que hacen gala, a mi juicio, de una extrema perfección y de una consumada y melancólica belleza. En ellos se nos muestra la radiografía sentimental de unos cuantos perdedores, a los que la Historia (o simplemente el tiempo) ha vapuleado a sus anchas y se ha complacido en desmoronar. Y esos seres confusos (un viejo torero de vida fracasada, un anciano de izquierdas evocado por su sobrino, un maestro de escuela que cree en la justicia de los mapas) se van desmigajando con languidez, erosionados por la inmisericordia de la vida.
Ahí está ese viejo brigadista del 36 que vuelve a los escenarios donde recibió el don de la belleza, que se le evaporó ante los ojos con la misma celeridad con que vino; ahí está Virtudes Pestaña, una prostituta deslenguada que va chapoteando como puede para sobrevivir y que trata de ser inmune al desaliento; ahí está el exiliado Santiago Fadrique, que vuelve a España en 1957 para ejecutar aquellas acciones que no debió diferir durante tantos años. Y ahí está, quizá por encima de todos los demás (se me antoja el mejor relato del libro), Miqueas Rofe, el protagonista de la historia que da título al volumen, un sefardita que vuelve a la patria de sus ancestros para restañar quinientos años de lágrimas, oprobio y melancolía.

Si todavía conservan ustedes el entusiasmo por la literatura, el gusto por saborear historias hermosas y contadas con hondura, sencillez y poder de seducción; si aún creen que es posible emocionarse como un niño (o como don Quijote) con lo que se cuenta en las páginas de un libro; si aún son ustedes como ese sultán que encontraba el placer de sus días y de sus noches en las palabras de Sherezade, créanme: ésta es una obra con la que alcanzarán instantes preciosos, delicados, sublimes, inolvidables. No se sentirán defraudados en ninguna de sus páginas.

jueves, 4 de septiembre de 2014

El señor de las tinieblas



En un poema que escribió a mediados de los 60 y que vio la luz en su libro No me preguntes cómo pasa el tiempo, el mexicano José Emilio Pacheco anotaba: “Los murciélagos no saben una palabra de su prestigio literario”. El tinerfeño Alberto Vázquez-Figueroa, deseando usarlos en una novela, ha colocado a estos quirópteros como núcleo de El señor de las tinieblas.
Esta obra trata (y no desvelo nada importante, pues la contraportada del tomo se encarga de pregonarlo) de una recreación del mito de Fausto, centrándolo en la figura de Bruno Guinea, un médico obsesionado con la idea de curar el cáncer, a quien el Diablo tentará con disfraces varios (periodista, prostituta, anciano, ciego, etc). Es una versión muy light del mito, en la que las referencias literarias explícitas (Rómulo Gallegos, Goethe, Robert Graves) no ocultan ni por un instante la intención del autor de elaborar una novela de consumo rápido y fácil, con parlamentos pseudoteológicos, filosofías baratuchas de bachiller y una prosa que, en el mejor de los casos, se instala en la simple corrección.
Más vistosas son, a no dudarlo, las pinceladas autobiográficas que la obra contiene. Así, cuando dice en la página 190 que el protagonista lee, en plena selva amazónica, la novela Yo, Claudio, no podemos olvidar aquel apunte aventurero que Vázquez-Figueroa publicó en el Catálogo Booket de 1998 y que, bajo el título de “Un libro en el Amazonas”, explicaba cómo el novelista devoró esa obra de Robert Graves mientras descendía en piragua por el río Tena (un poderoso afluente del Amazonas).

En resumen, una novela que se vendió bien pero que no llegará a ningún sitio en la Historia de la Literatura.