martes, 16 de diciembre de 2014

La escuela de las mujeres



Comenté hace bien pocas fechas, en esta misma página, aquella deliciosa pieza de Molière que se llama La escuela de los maridos; y hoy, como contrapunto, le uno hoy La escuela de las mujeres, una pieza que se llevó a los escenarios en los últimos días de 1662, en la que Molière nos muestra una historia de similar textura, aunque con un final menos logrado. En ella conoceremos a Arnulfo, que es un experto en burlarse de los maridos cornudos y que tiene a gala ser capaz de proteger su frente de los adornos innobles. Tan jactancioso personaje (nadie está libre de sufrir afrentas que no espera o no merece) se verá inmerso en unos incidentes que pronto lo sobrepasarán y que lo pondrán en aprietos: el joven y atractivo Horacio ha decidido poner cerco a la bella Inés, a quien Arnulfo cobija en su casa como quien custodia una joya de enorme valor. La muchacha, lela y hacendosa, irá avispándose de una forma espectacular gracias al amor, maestro insuperable de comportamientos, como bien nos explicara el Fénix de los Ingenios en varias de sus comedias.

Esta pieza presenta a unos personajes quizá más elaborados y firmes que la primera, de eso no me cabe la menor duda, pero estimo que está resuelta con más brusquedad y de un modo notoriamente más artificial, en una escena IX del acto V (con esos parlamentos entrecortados y más bien artificiosos entre Oronte y Crisaldo) que sorprende por su condición abrupta y casi arbitraria: Molière despacha el asunto como quien remienda una toga de seda con una aguja de coser esparto.

domingo, 14 de diciembre de 2014

El nervio de la piedra



Si tuviera que condensar en unas pocas líneas qué nos cuenta el nuevo poemario de Isabel Martínez Barquero reconozco que tendría serios problemas para lograr mi objetivo. No creo que la poesía, en general, admita ser explicada de un modo rectilíneo y nítido, porque siempre nos dejamos fuera el aliento del misterio, la magia de la luz lírica; pero es que los poemas que se cobijan dentro del volumen El nervio de la piedra (que nos entrega el sello Ediciones Oblicuas) son mucho más escurridizos aún, porque incorporan una larga serie de imágenes oscuras, inestables o ambiguas, que difuminan sus contornos y los vuelven proteicos, galvánicos. Así, cada texto de los que componen el volumen queda abierto a múltiples interpretaciones, que provocan el pasmo y la intriga de los lectores, por su condición líquida y misteriosa. ¿Qué ha querido decir exactamente la autora en este poema? ¿Qué ha querido consignar o denunciar en este otro? ¿Cuál será la interpretación más adecuada para el de más allá, que parece una auténtica bajada a los infiernos? Quizá sólo ella lo sepa. Y en ese cofre enigmático se esconde la llave última para El nervio de la piedra. En ocasiones, las líneas esconden menos niebla, y entonces sonreímos, porque creemos acceder al fondo estricto de la comprensión. Puede servir como ejemplo la composición que ocupa la página 33, “Hipocresía cotidiana”, cuyos versos rezan de este modo: “Una vez más, / se derogan soles / en avenidas oscuras, / se desfiguran días / en modelar nuevas formas, / impávidas máscaras / para la ardua tarea de esconderse”. Pero lo más frecuente es, como digo, que el sentido de las palabras juegue al escondite con quien las recorre, y que debamos confiarlo todo a la intuición anímica. Julio Cortázar le escribió una vez a José Lezama Lima que, leyendo con fervor y con gran interés unos versos suyos, se había sentido perdido y confuso, porque no lograba situarse en el mismo ángulo de interpretación que el poeta cubano. “Excéntrico a ese punto” (le decía) “todo el sistema se me escapa”. Sumérjase el lector de poesía en las páginas de Isabel Martínez Barquero y pruebe a encontrar su propia versión del contenido. Puede ser una aventura tan sugerente como enriquecedora.

jueves, 11 de diciembre de 2014

Los ojos de la niebla



Raquel Lanseros sabe muy bien lo que se hace. Y lo demuestra de la mejor manera posible: escribiendo libros sabios y llenos de belleza, donde asistimos al despliegue de una visión lírica espectacular y de unos modos literarios que anonadan por su hermosura y perfección. Si su Diario de un destello obtuvo el accésit del premio Adonais, con Los ojos de la niebla recibió el XXII premio Unicaja de poesía, que publicó Visor con su habitual elegancia. Y es una felicidad decir que las páginas de este volumen son tan brillantes como todas las publicadas por su autora, que constantemente se aquilata y acendra.
Raquel Lanseros, dueña de un espacio verbal y sentimental de gran vigor, se aproxima con infinito mimo a una serie de personajes erosionados por su circunstancia: el desengaño amoroso de una joven que, sin desearlo, descubre con languidez “cómo el alma dibuja / serenas cicatrices sobre viejas heridas”; el fervor mudo con el que una anciana arregla los aledaños de una sepultura; el llanto milenario de una mujer cuando ve marcharse los trenes, los infinitos trenes (el amor, la vida); la sonrisa de una antigua lectora de Kundera, que jamás pudo imitar a su personaje Sabina porque “nunca ha conseguido enfriar su corazón”; ese hombre que pasea su anonimato por Manhattan; la historia de esa mujer que, a una hora destemplada, acude a la oficina con pasos grises sobre el asfalto gris, mientras recuerda a los hombres que han hollado o acariciado su vida (“Ella quiso a uno de ellos más que a sus propias manos. / Pero ya no lo ama”); o el impresionante poema con el que se cierra el libro: un texto sensible, conmovedor y emocionado que tiene como protagonista a Beatriz Orieta, una maestra nacional muerta a los 26 años en una época difícil (1919-1945), y que ahora yace enterrada junto al hombre que la amó.
En este vademécum de erosiones, en este catálogo de existencias golpeadas y dolientes, descubrimos la otra gran virtud de Raquel Lanseros: su honda humanidad, la cercanía celayiana de quien siente cerca de sí a los que sufren y la inmediatez nerudiana con la que los envuelve con su mirada compasiva y poética. Ella, como todos los creadores auténticos, posee el don de la palabra, pero sobre todo el don de la mirada. Sabe ver a su alrededor y sabe ver en sus interiores. De ahí que los demás se le conviertan en espejos, lágrimas, futuros y metáforas. Es decir, materiales emocionales con los que sustentar el edificio de sus versos.

Todos los idiomas de la poesía y todos los dialectos del alma humana caben en los libros de Raquel Lanseros. No dejen que el fulgor de la belleza pase inútilmente ante ustedes.

martes, 9 de diciembre de 2014

Revolución



Muchos grandes poetas han sentido, a lo largo de la Historia, que su palabra tenía que ser puesta momentánea o perennemente al servicio de una causa política (y coloco el vocablo en cursiva para que sea leído en su sentido más aristotélico). Que el tiempo de las flores, de los perfumes, de los ríos que fluyen entre brisas primaverales, es compatible con el puñetazo en la mesa, con el grito de rabia, con la barbilla alzada en señal de desafío o de combate. O, para decirlo con la voz de Gabriel Celaya, que hay ocasiones en que debemos repudiar “la poesía concebida como un lujo cultural por los neutrales”. En esos tiempos en que arde el corazón, en que las injusticias se amontonan en los periódicos y en los ojos, en que la ignominia se sirve con sonrisas y corbatas, es legítimo que el creador deje la pluma sobre los folios y apriete el puño, porque es “fieramente humano” y porque no tiene que avergonzarse de su indignación.
El poeta José Cantabella (Murcia, 1963) y la artista plástica Carmen Molina Cantabella (Murcia, 1977) acaban de unir sus vértigos y sus voces en un delgado volumen que lleva por título Revolución, en el que dejan bien clara su postura disconforme con el mundo que nos rodea, tejido con represiones, corruptelas, mentiras interesadas, fascismos de diseño y mucha manipulación publicitaria, en el que los peatones son siempre carne de cañón, marionetas incautas a las que se conforma con unas leves migajas de libertad. Pero, como decían los Rolling Stones, ha llegado el verano y es el momento de bailar en la calle. José, en el primer verso del volumen, nos dice que “Amanece en la ciudad”; y Carmen, en la primera imagen del mismo, nos presenta en un cartel a una muchacha con los ojos vendados, tras la que se alza un edificio en construcción. Sí, metáforas inequívocas de un engaño larguísimo al que ahora quiere ponerse remedio con el despertar de las conciencias. Arrojemos lejos las vendas, arrojemos lejos las mordazas. Embadurnados los rostros y tiznadas las almas con la mugre que los políticos venales y corruptos nos han vertido encima en los últimos tiempos, la poesía y la imagen (haz y envés de una moneda purísima) se dan la mano para abrir las ventanas y dejar que el oxígeno irrumpa en la estancia, liberándonos de miedos y permitiéndonos una sonrisa de esperanza. Porque es bonito anhelar. Porque es hermoso sentir que no todo está perdido. Porque es necesario que la sangre circule por las venas sin que el colesterol de la corrupción las atore. Los policías y los guardias civiles que aparecen en las imágenes de Carmen Molina Cantabella (siempre con los rostros vueltos o tapados) representan esa zona oscura que debemos iluminar; sus toros y caballos nos trasladan simbologías picassianas o libertarias. Y los versos de José Cantabella, puros, enérgicos, esbeltos, llenan de vigor los oídos de quienes los pronuncian en voz alta.

Una obra para ver y leer, para sentir y pensar. Para despertarnos.

domingo, 7 de diciembre de 2014

La escuela de los maridos



Pocas informaciones son necesarias cuando hablamos de Jean-Baptiste Poquelin, más conocido por su seudónimo literario: Molière. Enfant terrible de la escena francesa de su tiempo, fustigador implacable de hipocresías y de comportamientos pedantes, enemigo acérrimo de los matrimonios concertados, burlón frente a los médicos palabreros y martillo de burgueses infulosos, el gran Molière es conocido sobre todo por piezas como El médico a palos, El enfermo imaginario, El burgués gentilhombre o Tartufo, pero su producción incorpora también otras composiciones que, sin ser tan conocidas ni tan perfectas, suelen reeditarse de vez en cuando para alegrías de los lectores.
Es el caso de La escuela de los maridos, una obra estrenada en 1661, en la que nos encontramos con la repelente figura del obsesivo Sganarelle, que está empeñado en controlar al milímetro a su tutoranda, la hermosa y jovencísima Isabel, de cuya virtud no tiene dudas y que resguarda entre algodones para convertirla en su esposa. En su opinión, la forma más adecuada para asegurarse la fidelidad de una dama es fiscalizar sus movimientos, visitas y horarios, para ayudar al fortalecimiento de su entereza y su virtud.  Pero los evidentes excesos de su vigilancia incomodan a su hermano Aristo y también a la doncella Lisette, que intentan hacerle ver que el mejor camino para ganarse el corazón de una mujer no es desde luego ése, sino que es confiar en ella y permitirle el limpio ejercicio de la libertad. “Lo más seguro, a fe mía (son palabras de la sirvienta), es confiar en nosotras; el que nos presione se pone en un peligro extremado, pues nuestro honor siempre quiere guardarse por sí mismo. Es casi inspirarnos deseo de pecar poner tanto cuidado en tratar de impedírnoslo” (acto I, escena II). Con lo que no contaba Sganarelle, desde luego, es con la capacidad que tiene el amor para volver espabiladas  e ingeniosas a sus presas, como ya demostrara Lope de Vega en su deliciosa pieza La dama boba, de feliz memoria. Pero pronto tendrá ocasión de comprobarlo de la forma más desagradable.

Acérquese a estas páginas de Molière quien aún no las conozca, porque sin duda disfrutará con ellas.

jueves, 4 de diciembre de 2014

Los tigres devoran poetas por amor



La imagen más nítida que me viene a la memoria cuando pienso en Alberto Soler es la de un muchacho incansable, que subía y bajaba del escenario donde se estaban celebrando los actos del Premio Mandarache, de Cartagena, y que hablaba con unos y otros, dirigía a todo el mundo sin perder nunca la sonrisa, recomendaba educadamente, planificaba con inteligencia y velaba por que todo funcionase con la perfección de un reloj atómico. Ahora, el recién nacido sello editorial Balduque apuesta por otra vertiente de Alberto: su condición de poeta. Y nos coloca en las manos el volumen Los tigres devoran poetas por amor, que se abre con un verso reverencial (“A veces no ves hasta que miras con palabras”) y que se cierra con uno metafísico (“Merece el riesgo correr la pena”). En medio, toda la magia sonora y anímica de una voz auténtica.
En estas páginas breves, deliciosas, depuradas con esmero, Alberto Soler (Cartagena, 1980) nos entrega instantes de altísimo interés, como cuando nos ofrece su definición de lo que es un poeta (“Que no es títere del verbo, / ni de su física prisionero, / ni de alientos divinos traductor / sino motor de su propia y ajena / hermosa obsesión”) o, más ampliamente, de lo que entiende por ser humano (“Nada es un hombre / sino la magnífica ruina de lo que quiso ser”). Todo en este libro, o así se me antoja, es transparencia noble, apertura de ventanas íntimas para que los lectores podamos asomarnos con libertad al interior de su alma. Y en ese sentido ­–dejando a un lado la pura expresión verbal, que es espléndida– yo no dudaría en etiquetar esta obra como egregia e impresionante. Porque, además, Alberto Soler elige para sus versos una dicción pura, limpia, descarnada, vehículo idóneo para mostrarse. Acudamos a la página 41 y se podrán leer allí los nueve venablos que el poeta dedica a los vates infulosos: “No eres especial. Ese poema es una mierda”; “Tu tristeza es muy honda. Vale”; “¡Menos trascendencia y más cerveza!”; “Estás solo. Oh, sí, el drama. Venga”; “Está lloviendo. No, mejor no escribas”; “¡Melancolía para todos!”; “Eres muy sensible pero muy cargante”; “¡No nos importa!”; “La poesía es más un buzón de sugerencias / que una ventilla de quejas”.

Pero basta. No desvelaré más. No es mi intención. Lea este libro quien quiera conocer a una persona. Saldrá, se lo aseguro, encandilado con un poeta.

martes, 2 de diciembre de 2014

La pistola de Hilarito



Recuerdo que mi abuela Esperanza, ya nonagenaria, solía contarme historias cuando yo era niño. Se instalaba en su mecedora, yo me sentaba a sus pies... y daba comienzo el relato del día. Por desgracia, nunca tuve ni la memoria ni la precaución de ir grabando en mi mente aquellas aventuras singulares, aquellos hechos inauditos, aquel tropel de personajes rocambolescos o magnéticos que me mantenían embobado y que ahora se ha tragado inevitablemente el olvido. Luego, de mayor, he seguido conociendo a otras personas que relatan de forma oral con maestría insuperable (me viene a la memoria mi amigo Paco Ros, de Mula); pero tampoco, ay, he tomado nunca notas de sus narraciones.
Por suerte para los lectores y curiosos, Paco López Mengual ha tenido la enorme generosidad de reunir en un delicioso volumen catorce historias que escuchó o vivió durante los años de su infancia, en un libro que ha titulado La pistola de Hilarito (y otras historias que me narraron). Aquí nos topamos con ladrones temerarios y bravucones, que protagonizaron anécdotas sonadas antes de morir a traición (Hilarito); judíos que intentaron defraudar al Erario Público y que pagaron muy caro el intento (Sión); pueblerinos que se obstinaron durante toda su vida en encontrar tesoros legendarios de los moros, excavando sin cesar larguísimas galerías subterráneas (el tío Pilín); muchachas que vinieron hasta Molina para trabajar como telefonistas y que encontraron la muerte de la forma más misteriosa (Lolita Cuenca); atractivos seductores que fueron apuñalados en madrugadas de aguacero y que dejaron una misteriosa herencia de burbujas rojas cada vez que vuelve a llover en la misma zona (El Querido); pequeñas vasijas encontradas en un pósito y que contienen, mezclado con la tierra, un buen caudal de oro que la hace brillar en la noche; un sacerdote ultraortodoxo que consigue arruinar con sus malas artes un baile de máscaras que se celebró en el casino de Molina en 1948; la asistencia de medio millar de molineros a la última ejecución pública que tuvo lugar en España, el 23 de octubre de 1896; el caso documentado de un habitante de la región de Murcia que, allá por los finales del siglo XVIII, fue operado por el doctor Correa, en Madrid, de unos llamativos cuernos que le salieron en la frente y que le tuvieron que ser cortados; la historia de Antonio el de la Torrealta, un muchacho bobo, pobre y aquejado de gigantismo, que terminó muriendo en circunstancias bien tristes; o los macabros acontecimientos que tuvieron lugar en el callejón de las calaveras, con alguna muerte enigmática incluida.

Personalmente, reconozco que he sentido debilidad por la hermosa historia de los amantes de Molina, que entiendo que el autor podría exprimir en forma de novela, porque los resultados serían maravillosos. Lanzado queda el guante, que espero que Paco López Mengual recoja.