jueves, 23 de abril de 2015

La historia del buen viejo y la bella muchacha



Que un hombre de 60 años sienta atracción sexual por una rozagante chica de 20 puede resultar, aunque desequilibrado, factible. Es lo que le sucede desde que se sube a un tranvía urbano al protagonista de La historia del buen viejo y la bella muchacha, de Italo Svevo, que Mercedes Corral traduce para el sello Acantilado.
Estamos en 1917, en plena Primera Guerra Mundial, y nuestro hombre es un comerciante que se ha hecho rico con la contienda. Huérfano de relaciones eróticas con ninguna mujer, descubre que la persona que conduce el tranvía es una hermosa chica que corre demasiado, tiene una conversación amena y lo mira con simpatía. Tras sentir una punzada de deseo (que al principio juzga incongruente o inmoral), la cita en su casa para ofrecerle una colocación mucho más adecuada a sus condiciones. Siendo un hombre acaudalado y de buena posición social, le será fácil encontrarle algo. En realidad, el libidinoso viejo está acariciando la posibilidad de seducirla y tener un encuentro sexual con ella; pero pronto se avergüenza de su comportamiento y toma una rígida decisión: “Encauzaría a su jovencita hacia una honesta vida de trabajo y para ella no sería nada más que un filántropo” (p.21). A partir de entonces, la relación entre los dos se convertirá en un extraño vínculo donde el sexo, el espíritu de Pigmalión y los rancios resortes de la moral se cruzarán con diversos resultados. Los demás miembros de la narración (el médico que atiende los achaques del protagonista, la mujer que actúa como ama de llaves en su casa) se mantienen en un segundo plano muy desleído, sin intervenciones notables.
La novela es breve y estática, en el sentido de que casi todo lo importante sucede en la mente de su protagonista masculino, un anciano que no sabe si seducir, educar, forzar, proteger o embaucar al suculento fruto joven que ha caído ante sus ojos y que, al fin, opta por una solución sorprendente: redactar un sesudo volumen sobre las relaciones de atracción y repulsión entre viejos y jóvenes.

No es la novela del siglo, para qué nos vamos a engañar, pero tiene su encanto.

martes, 21 de abril de 2015

El laberinto de la rosa



Cualquiera que coja en sus manos el libro El laberinto de la rosa, de Titania Hardie, publicado por Suma de Letras en la traducción de Luisa Borovsky, podrá pensar tres cosas diferentes: si se deja influenciar por el color de la portada y las flores que adornan la parte superior del volumen, creerá que tiene entre las manos una novela rosa, como las de Barbara Cartland; si se fija en la parte inferior y observa el laberinto que hay dibujado pensará que se enfrenta a la típica historia de esoterismo barato (de las que tanto abundan en las dos últimas décadas, no se sabe muy bien por qué); y si lee las dos líneas promocionales que subrayan el nombre de la autora (“Un enigma por descifrar, un legado por desenterrar, un corazón por curar”) enarcará las cejas, sospechando que está a punto de tragarse una narración grandilocuente y más bien pastelosa. Pero se equivocará si deja el tomo.
Y se equivocará porque la novela de Titania Hardie es francamente buena. Hay en ella, no puede negarse, recursos de novela efectista: muertes para las que al principio no se encuentra explicación, misterios que se camuflan en laberintos, especulaciones sobre personajes enigmáticos (como la “dama oscura” de los sonetos de Shakespeare, cuya posible identidad se analiza en la página 356)... Pero también hay interesantes y profundas reflexiones sobre la condición humana (es delicioso el personaje de Lucy, la joven a quien han trasplantado un corazón y experimenta la doble zozobra de enamorarse de su médico y de comenzar a sentir cosas extrañas en su organismo y en su mente), citas de Coleridge, aproximaciones documentadas a las actividades alquímicas de John Dee, cábalas sobre el Tetragrama (YHVH, las cuatro letras que esconden o acaso revelan el nombre auténtico de Dios), estupendos diálogos de amor, saltos temporales que nos llevan desde el siglo XVII hasta el siglo XXI, reflexiones sobre mitología o sobre las aportaciones científicas de sir Isaac Newton... Un arsenal de imanes narrativos que, al contrario de lo que ocurre en otras novelas del género, están bien conjuntados, sabiamente armonizados y, sobre todo, muy bien escritos.

Así que cuando nada más abrir el libro nos enteramos de que una madre lega en su testamento a su hijo Will un misterioso documento y una pequeña llave de plata; y cuando descubrimos que Will muere en un súbito accidente; y cuando vemos que su hermano Alex, médico inmunólogo, toma las riendas del asunto (no acaba de creerse el carácter accidental de la muerte de Will)... no nos resistamos al hechizo. Dejémonos llevar por el flujo de la narración y demos la mano a sus protagonistas para que nos conduzcan por un mundo de fantasía, arcanos misteriosos y claves ocultas. Quien lo haga gozará como un auténtico crío. ¿Y qué se espera de una novela de aventuras sino eso?

domingo, 19 de abril de 2015

Sin sangre



Dos ancianos, un hombre y una mujer, se encuentran sentados a la mesa de una cafetería, dispuestos a arreglar una vieja cuenta que existe entre ellos. Cuando la mujer era una niña, unos pistoleros invadieron su casa y mataron a balazos a su padre y a su hermano. Ella, acurrucada en un agujero escondido bajo una trampilla, consigue escapar a la masacre. Pero uno de los pistoleros, un joven de apenas veinte años, levanta esa trampilla y la descubre. No obstante, guarda el más escrupuloso silencio y salva su vida.
Ahora, décadas después, están ambos frente a frente. Ella lo ha buscado por el país y ha dado con él. Cuando lo interroga sobre los motivos que lo impulsaron a cometer aquella atrocidad, cuando la guerra ya había terminado, el viejo replica: “Había un montón de cosas que teníamos que destruir para poder construir lo que queríamos, no había otra forma, teníamos que ser capaces de sufrir y de infligir sufrimiento, quien resistiera más dolor sería el que venciera, no se puede soñar con un mundo mejor y pensar que te lo entregarán sólo con pedirlo” (p.86). Pero la anciana no se muestra dispuesta a aceptar esa explicación de corte idealista o exculpatoria: “La guerra la ganasteis. ¿Éste le parece un mundo mejor?” (p.87).
En esta novela del turinés Alessandro Baricco, que traduce Xavier González Rovira para el sello Anagrama, nos encontramos con el habitual estilo elegante, lírico, limpísimo al que ya nos tiene acostumbrados (pueden consultar sus obras Seda o Novecento), que aquí se supedita a la creación de una atmósfera de gran poder visual. Alessandro Baricco construye una ficción inmejorable, donde los protagonistas se expresan con frases cortas y parecen bucear constantemente en un mundo de recuerdos, remordimientos y reflexiones. Se nos habla aquí de derrotas, de equivocaciones, de miedos larvados. Se nos habla de dolores que no pueden ser superados; de infiernos que perduran; de la necesidad de encontrar un paraíso pequeñito al que asirse para no sucumbir a los embates del huracán.

Dotado de una capacidad mágica para sugerir imágenes casi cinematográficas, Baricco nos entrega en Sin sangre un relato bellísimo que se cierra, además, con uno de los mejores finales de novela que he leído en muchos años. Estoy seguro de que querré leerla de nuevo dentro de unos años.

jueves, 16 de abril de 2015

El crimen del soldado



Desde hace unos meses, ando embarcado en una aventura bibliotecaria que me está dando más alegrías que disgustos: me acerco a las estanterías de la más cercana (Molina, Murcia), dejo que mi vista se pasee por los lomos de los libros y, cuando encuentro un título original o un autor que no me suena demasiado (o nada), extraigo la obra, ojeo las líneas de la contraportada y en caso de quedar intrigado o seducido, lo tomo para su lectura. En esta ocasión, el narrador que apareció ante mis ojos fue Erri de Luca, del que no había leído ni una sola de sus obras, y el volumen que tomé entre mis manos llevaba por título El crimen del soldado, que Carlos Gumpert vertía al español para el sello Seix Barral.
Veamos el primer plano de la narración. Un hombre ha recibido el encargo de traducir del yiddish unos cuentos de Israel Y. Singer, y a esa labor se afana. El traductor fue un niño introvertido (“De mi infancia recuerdo libros y ningún juguete”, p.16), que siempre ha juzgado el nazismo con una extrema nitidez (“Existe un límite en el crimen más allá del cual la justicia vale menos que el papel higiénico”, p.18), que se enamoró desde muy joven de esa lengua minoritaria (“El yiddish fue para mí cuestión de amor propio, por ira y como respuesta. Un idioma no muere con tal de que una sola persona en el mundo lo mueva entre el paladar y los dientes, lo lea, lo balbucee”, pp.25-26) y que va cumpliendo el encargo profesional con lentitud y tesón.
Veamos el segundo plano de la narración. Una mujer descubre que su presunto abuelo es, en realidad, su padre. Y que la razón de todos sus silencios, enigmas y ángulos oscuros es que tiene un terrible pasado nazi, que lo obligó a exiliarse a Argentina, una vez acabada la Segunda Guerra Mundial. Este hombre, que acabó volviendo a Viena y que trabaja como cartero, no experimenta ningún tipo de vergüenza por sus actuaciones (“Mi crimen fue el ser derrotado”, p.46; “La victoria lo justifica todo. Los Aliados han cometido crímenes de guerra contra Alemania, y han sido absueltos por el tiempo”, p.55) y ha empezado a estudiar la Cábala para adentrarse en el pensamiento del pueblo judío y comprender qué late en su interior.
Faltando pocas páginas para que el libro termine, De Luca imprime a su novela un quiebro asombroso y ambos planos confluyen, sorprendiendo al lector, que no se esperaba el modo chocante en que la historia acaba.
A la excelencia en sí de este volumen hay que unirle las jugosas digresiones que la hija del nazi va aportando sobre la pronunciación alemana (p.52), la enorme diferencia entre “inocente” e “inocuo” (p.61), el concepto de belleza (p.74), el poder evocador de los sonidos (p.77) o la renuncia a la maternidad (p.90), así como algunas frases bellísimas que van jalonando la lectura y haciéndole inolvidable. Sirva como ejemplo la línea casi sinestésica que engalana la p.92: “Me encanta asombrarme, deja en la lengua un regusto a vainilla”.

Lo tengo claro: repetiré con Erri de Luca.

martes, 14 de abril de 2015

Aprendiz de Homero



Dice el refranero castellano que es de bien nacidos ser agradecidos. Y esta máxima se encuentra en la raíz del libro Aprendiz de Homero, que Nélida Piñon publicó en el sello Alfaguara, traducido por Monserrat Mira. En este volumen, la famosa escritora brasileña (aunque sus orígenes hay que buscarlos en la gallega población de Cotobande) realiza un balance de sus deudas de tipo cultural y se apresta a genuflexiones. ¿Quién sería yo (se dice y nos dice) sin todos los recuerdos que me vienen de mi niñez lectora; sin la voz recia y antigua de Homero latiendo por mis venas; sin la fantasía loca que Cervantes inyectó en el mundo con las aventuras de su loco caballero don Quijote; sin los ojos doloridos con los que Machado de Assis miró su entorno; sin la amistad (que ya dura décadas) de Mario Vargas Llosa; sin la gravitación que la saga de los Buendía ha propagado por el firmamento narrativo hispanoamericano? Nélida Piñon, una autora engalanada con infinidad de premios y reconocimientos (pertenece a la Academia Brasileña de las Letras y a la Academia de Filosofía de Brasil, es premio internacional Menéndez Pelayo, premio Príncipe de Asturias, etc) se olvida aquí de quién es, y dedica sus páginas a decirnos, con humildad y con un fervor lleno de agradecimiento, a quién le debe ser como es, qué autores y qué obras prendieron en su alma el vértigo de la literatura, desde que sus padres fomentaron en ella, siendo muy niña, el amor a la letra impresa. Lo curioso y lo emocionante es que se trata de amores literarios que Nélida Piñon exhibe con la normalidad de quien nos habla, no de grandes genios, sino de personas próximas a la piel de su corazón (“Homero es un amigo del alma. Y aunque no le envíe faxes, o correos electrónicos, le inscribo en la categoría de los seres a los que recurro en la madrugada, si los necesito”, p.296).
Súmense a este catálogo de deudas las páginas deliciosas (y a veces incluso combativas) con las que Nélida Piñon reivindica el papel silente pero decisivo de la mujer en la historia, tanto en su vertiente literaria (“Dulcinea, la agonía de lo femenino”) como en la religiosa (“La sonrisa de Sara”) o en la social (“La memoria secreta de la mujer”), y se obtiene un volumen excelente, que llena de luz las manos que lo portan y de inteligencia los ojos que lo leen.

Afirma la autora brasileña, en la página 132 de este libro misceláneo, que “es necesario saber si habrá, en el futuro, quien llore por nosotros”. La pregunta es dolorosa, pero en el caso de escritores como Nélida la respuesta es transparente: se llorará por ella cuando dejemos de recibir de sus manos páginas tan maravillosas como las que componen Aprendiz de Homero.

domingo, 12 de abril de 2015

Abandonarse a la pasión



La vida te da sorpresas; sorpresas te da la vida. Son palabras de Pedro Navaja que ilustran perfectamente lo que acaba de ocurrirme con Hiromi Kawakami, una escritora japonesa cuyo libro Abandonarse a la pasión cogí en la biblioteca por pura casualidad. La traducción es de Marina Bornas Montaña y la edición, preciosa, de Acantilado. Y si digo que ha constituido una sorpresa es porque me ha encantado. Mis lecturas de autores orientales no han sido demasiadas, pero sí que han resultado siempre insatisfactorias. Kenzaburo Oé, Yukio Mishima, Yasunari Kawabata y otros grandes y pequeños autores me han dejado frío con sus páginas. He sido incapaz de emocionarme o deleitarme con sus narraciones, sus hallazgos estilísticos, la psicología de sus personajes, sus pinturas, sus guiños, su sintaxis. Pero de repente aparece Kawakami y no tengo más remedio que ponerme en pie y aplaudir.
Sus “Ocho relatos de amor y desamor” (así se subtitula el volumen) han logrado embriagarme. Y no porque respondan al modelo que más admiro en los relatos (los finales sorprendentes cortazarianos), sino porque su suavidad, la languidez de sus diálogos y ambientaciones, su ritmo cadencioso, las brumas tenues en el argumento y sus deliciosas pinceladas descriptivas me han ganado como lector. La lluvia fina que empapa a Mezaki y Sakura en la primera de las historias; el amor loco, abrupto y ambulatorio que empapa a Mori y Komaki en el segundo; el agónico canto de la tortuga que queda en los oídos de una mujer cuando su pareja (Yukio) decide abandonarla; la relación casi sadomasoquista que vemos entre Nakazama y su pobrecita novia; la simbología freudiana del pavo real en el cuento de Hashiba y Tokiko; la preciosa historia de amor y muerte, con un final triste, que enlaza a una pareja de amantes clandestinos que deciden suicidarse (“Cien años”); las complejidades eróticas y sentimentales que se advierten en las páginas de “El insecto dios”, donde se nos habla del amor, sus aperturas y esa extraña incapacidad que algunas personas tienen para verbalizar eficazmente sus sentimientos; o, en fin, la sorprendente aventura vital de dos amantes que, tras sufrir una maldición terrible de sus parejas “oficiales”, alcanzan un estatus inesperado e indeseado de inmortalidad.

Todo, todo es bellísimo en este volumen de Hiromi Kawakami. Y me siento tan feliz de haberlo descubierto que quería compartirlo en esta página.

viernes, 10 de abril de 2015

Casa de muñecas



No es la primera vez que leo Casa de muñecas, de Henrik Ibsen. Posiblemente tampoco será la última. Me parece una pieza teatral (y psicológica y sociológica) fascinante, llena de aciertos, intuiciones geniales y poder escénico. Elijo para visitarla de nuevo la edición de Mario Parajón que edita el sello Cátedra, con muy poquitas notas a pie de página (la obra es tan nítida que no las requiere); y me vuelven a conmocionar la historia, el argumento, la tensión, el drama, los detalles.
Nora es una mujer alegre, burguesa, madre de tres niños, a la que su marido, el abogado Torvald Helmer, se dirige siempre con los apelativos de “alondra” o “ardillita”. La situación económica de la familia parece haber llegado a un punto feliz desde el momento en el que Helmer es nombrado director de un banco. Lo que ocurre es que tal circunstancia viene acompañada de una decisión grave: despedir al empleado Krogstad, acusado en varias ocasiones de falsificación de firmas. Helmer no confía en él. Y para este hombre la confianza y la moralidad son bastiones innegociables. Para su desgracia, Krogstad fue la persona que le prestó dinero cuando tuvo que llevarse a su marido a un clima cálido para sanar una dolencia grave. Como el padre de Nora murió antes de estampar su firma en el documento, ella falsificó su rúbrica. Y ahora Krogstad se sirve de ese detalle para chantajearla: o su marido lo readmite en el banco o pondrá el pagaré en sus manos.
La angustiosa tensión se resolverá en unas páginas finales de enorme interés, en las que Nora comprenderá su condición de mujer manipulada por su padre y por su esposo. Jamás la han dejado pensar, actuar y desenvolverse como un ser humano racional y maduro. La han hecho sentirse inferior, niña protegida, triste muñeca sin voluntad. Y comprende que ha llegado la hora de plantar cara a esa situación y rebelarse.

Ibsen demuestra en esta obra que no sólo es moderno, sino muy moderno; que no sólo es sensible a los problemas de la mujer, sino muy sensible; y que no sólo propone una solución dramática revolucionaria, sino muy revolucionaria. Quien quiera comprenderlo tendrá que leer la obra; y, desde luego, ninguna persona que se considere feminista (hombre o mujer) debe dejar de hacerlo. Seguro que me agradece después el consejo, porque es una de las piezas más singulares, impactantes y robustas de la dramaturgia del siglo XIX.