jueves, 30 de octubre de 2014

Cuentos romanos



El modo en que algunos autores llegan a tus manos es de lo más azaroso. Tras muchos años leyendo elogios sobre Alberto Moravia, y sin haber leído ninguno de sus libros, un día me encontré con uno de ellos en un mercadillo solidario de la universidad de Murcia: Cuentos romanos. Era un volumen denso y extenso (508 páginas de apretada tipografía) que conservaba aún perfectamente legibles los sellos de la biblioteca de la que alguien, desaprensivo, lo sustrajo. Resultaba impensable comprarlo y devolverlo, porque estaba ya muy ajado; pero sí juzgué que debía comprarlo y colocarlo en mi propia biblioteca, redimiéndolo así de la buhonería trashumante y de las inclemencias del tiempo.
El contenido de la obra, que fui degustando con pausa, me satisfizo. No eran en modo alguno relatos vanguardistas, ni cuidadosamente literarios, sino más bien trocitos de la ciudad en los que algunos de sus habitantes (casi todos de clase media y baja) paseaban, se enamoraban, estafaban, vendían, contraían deudas, se casaban, se divorciaban, paseaban en bicicleta, acudían a la playa, entraban en iglesias y se tumbaban en el césped para mirar pasar las nubes. Gentes sin brillo que poblaban historias cotidianas y sencillas. Gentes grises que, salvo en las manos de algunos escritores o cineastas, pasarían por el mundo sin dejar ni la huella más modesta. Y me pareció que Moravia los retrataba con una curiosa mezcla de respeto, humor y fidelidad.
Leyéndolos en pequeñas dosis (cada día, un relato), descubrí a muchos tipos que me llamaron la atención: aquel hombre que, recién salido de la cárcel, se aboca a un crimen que lo devuelve de inmediato a prisión (¡Hasta la vista!); el empleado de una hostería que está a punto de cometer un asesinato, que por fin no ejecuta (Lluvia de mayo); la historia de un cincuentón que canta por los restaurantes y que una noche, advirtiendo su condición patética y fracasada, se ahorca (El payaso); el librero que, invitado a una fiesta de comerciantes, lleva como regalo cuadernos y tinteros para aumentar el nivel cultural de sus vecinos (El pic-nic); la chica que, amargada por no tener hijos, hace la vida imposible a su joven esposo, hasta que finalmente se deja matar en un bombardeo en 1943 (Caterina); el muchacho que descubre con tristeza que sus presuntos amigos no lo son tanto (Los amigos sin dinero); el joven que reencuentra a su exnovia, convertida ahora en una cantante cabaretera, buscona y zafia (Bu bu bu); ese marido y esa mujer que, hartos de pasar hambre, entran a robar en un templo religioso y se llevan una sorpresa (Ladrones en la iglesia); un joven basurero que, lamentándose de su oficio, yerra y pierde al amor de su vida (Te toca a ti); el tapicero maduro que, casado con una muchacha más joven, recibe telefonazos donde se le cuenta cómo ella lo está engañando (¡Tómate un caldo!); ese pobre que, impulsado por la crueldad del hambre, entra a comer en el restaurante de un antiguo compañero de armas, más pobre aún que él (Rómulo y Remo); el joven gordo cuya novia lo abandona por su amigo, menos propenso a las magras (El apetito); ese vigilante de almacén que custodia a la esposa de un maleante y el género robado, y que termina enamorándose sin esperanza de la mujer (El guardián); la pareja de ladrones que, intentando apoderarse del anillo de un muerto, provocan una situación tragicómica (La nariz)...

Me ha encantado esta primera incursión en la narrativa de Alberto Moravia, y sin duda repetiré.

martes, 28 de octubre de 2014

Madera de boj



Después de pasar la última página de Madera de boj y de quedarme pensando en lo que había leído llegué a una conclusión: este libro de Camilo José Cela es una absoluta mierda. E insisto: este libro. Al gallego lo he admirado por muchas obras y tengo en mis estanterías no menos de cincuenta de ellas. Pero sería un falso y un hipócrita si cantara las presuntas virtudes de este volumen.
Primer escollo que yo veo en el libro: ese catálogo de aforismos tontucios que Cela va esclafando aquí y allá, sin ton ni son (“Los que mejor y más cadenciosamente mueren son los negros”, p.21; “Los muertos se tiran muchos pedos”, p.59; “Los jorobados tienen mucha afición a masturbarse delante del espejo”, p.133; “Un hombre con los pies planos no tiene obligación de amar al prójimo ni de honrar padre y madre”, p.191; “A un hombre murmurador se le debe escarmentar cortándole la lengua y metiéndosela por el culo”, p.262; etc.), que dan más vergüenza ajena que sensación de “ingenio literario”.
Segundo escollo: Cela enumera ráfagas de anécdotas, amontonamientos de minucias argumentales, trozos de vidas inanes e instantes grises de vidas grises. ¿Voluntad sociológica del Nobel gallego? Qué va. Son como trocitos recuperados de un naufragio general. Pero es inútil tratar de que encajen entre sí como un puzle.
Tercer escollo grave: esa técnica que mezcla el collage, el barullo, el chiste, la zumba y el caleidoscopismo queda sorprendente (o chocante, o simpática) la primera vez, pero luego se vuelve sospechosa y un pelín repetitiva. Y no digamos cuando se prodiga de forma inalterada durante más de trescientas páginas.
Cuarto escollo: no se engancha uno con este libro, porque te das cuenta muy rápido de que podrías haber parado en la página 100 y que no te habrías perdido nada importante de la historia. O que el volumen podría prolongarse durante 700 páginas más y tampoco nada se vería alterado en su atractivo literario o en su argumento.

En fin. ¿Para qué seguir “analizando” esta pavada? Cela, con su artería de zorro viejo, dice en la página 294 que “la vida no tiene argumento”, y quizá considere que esto es suficiente excusa para disculpar la monotonía de su obra. Pero ignora (o finge ignorar) que el novelista realiza siempre una intromisión artificial en la vida: construye cosas. Y en esa selección y en esa disposición de materiales (tomando, desechando, ordenando) no viene mal un hilo hilvanador, un trabajo subterráneo que se termine convirtiendo en base firme, en una arquitectura. Camilo José afirmaba que eso no era moderno, pero yo opino que se le notaba el truco (y quizá la impotencia). En esta entrega, desde luego, se equivocó. Y defraudó.

domingo, 26 de octubre de 2014

Lo que aprendemos de los gatos



Paloma Díaz-Mas (Madrid, 1954), que ha publicado novelas y cuentos de notable interés y que ha obtenido premios literarios tan solventes como el Herralde o el Euskadi, nos acaba de entregar bajo el sello Anagrama su último trabajo: Lo que aprendemos de los gatos. Y el volumen resulta chocante, si lo miramos desde el punto de vista puramente “argumental”. ¿Por qué? Pues porque se limita a contarnos en sus páginas cómo fue la convivencia doméstica con los gatos que ha tenido en los últimos tiempos (primero, Tris-Tras; luego, Tris y Tras). Suena a chiste, a broma privada o a sinopsis borde, pero les aseguro que no es así. Y me anticipo a su sonrisa asegurándoles también que merece la pena, y mucho, leer estas páginas, porque consignando con detalle y con un enorme afecto las minucias de esa relación entre humanos y gatos Díaz-Mas nos está retratando y poniendo ante los ojos la Serenidad, la Paz, la Civilización...
La escritora madrileña nos sugiere en estas líneas que los animales domésticos nos sirven, en realidad y principalmente, como elemento moldeador o educativo («Nos hacemos más delicados, más atentos, menos centrados en nosotros mismos y más pendientes de la pequeña necesidad o, ni siquiera eso, del pequeño gusto de un ser también pequeño, al que queremos complacer a cambio de nada, a cambio simplemente de su presencia»). Y esa enseñanza mejora de forma ostensible nuestra condición social humana, porque nos vuelve mejores personas («Adquirida, gracias a los gatos, la costumbre de pensar en los demás, de facilitarles las cosas, de ofrecerles generosamente las comodidades que aún no nos han pedido, podemos acabar anticipándonos a los deseos y necesidades de los que nos rodean»). De ahí que convivir con gatos nos permita ser más sabios, sufrir menos tensiones y disfrutar de los placeres del instante, que siempre tenemos tan olvidados.

Muchos padres de escritores han muerto a lo largo de la Historia, pero recordamos de forma indeleble al de Jorge Manrique. Muchos hijos de escritores han muerto a lo largo de la Historia, pero cómo olvidarse de aquel soldadito rubio que se le fue a Francisco Umbral. Muchos perros de escritores han muerto, pero ahí está Troylo, protagonizando un libro de Antonio Gala. La literatura es, en ocasiones, un delicado frasquito de formol en el que perviven las imágenes y los recuerdos de los seres que se marcharon. Paloma Díaz-Mas se suma a esa corriente hablándonos de su gato, fallecido cuatro meses atrás. Y es posible que quienes no hayan tenido nunca un animal en su casa (un animal querido, un animal de compañía) esbocen una sonrisa irónica tras conocer el contenido narrativo de este volumen. Pero yo les pediría que borraran ese gesto, porque realmente nos definimos por ese tipo de complicidades y convivencias domésticas. Quien ama y cuida, ama y cuida. No importa a la postre el destinatario de sus afectos. Porque amando y cuidando se aprende. Se aprende siempre. Nos sometemos a una depuración, a una ascesis. Por eso me ha gustado mucho leer esta historia, en la que paradójicamente una Paloma se hace amiga de una gata. Me ha dado calma y me ha hecho reflexionar. Cuántas cosas descubriríamos si supiéramos cómo son nuestros escritores favoritos a puerta cerrada: con sus hijos, con sus parejas... o con sus gatos.

jueves, 23 de octubre de 2014

El tiempo que nos vive



Sobre un grande de las letras no se puede ejercer el vituperio de la desmemoria. Y Salvador García Aguilar es uno de nuestros más grandes y exquisitos prosistas, por lo cual todos los reconocimientos que se le tributen siempre serán merecidos y loables. El modo en que lo hizo la Editora Regional de Murcia fue estupendo: publicar una voluminosa trilogía de novelas (Sonata a una puesta de sol, Sonata a un crepúsculo y Sonata de la medianoche) que, incluso reduciendo el tamaño de la letra y estrechando el interlineado, se acerca al medio millar de páginas. Todo un reto para los lectores que, sin embargo, harán bien en sumergirse en este oceánico magma de palabras y sentimientos, pues descubrirán en él las magias inequívocas de este escritor.
Salvador García Aguilar vuelve aquí al pueblo de Diosondo, y nos pone ante los ojos la ebullición de unos personajes que, sucediéndose en el tiempo, tejen con sus vivires, esperanzas, triunfos y decepciones la médula de un largo torrente narrativo. Ahí está Leontino Escarabajosa, gacetillero sin recursos y al que la suerte sonríe con ademán sarcástico; o Pepe Canela, un riquísimo exportador de frutas, que se abisma en componendas empresariales y políticas; o Alonso Carrobles, prófugo de un convento en momentos difíciles y luego atormentado en su ancianidad por esa deserción. Pero sin duda habremos de fijarnos sobre todo en las mujeres para llegar a lo más sorprendente y denso de la novela, y que podríamos cifrar en tres nombres: Ester (personaje que hubiera firmado Rómulo Gallegos), Gloria (que parece surgida de la pluma de José Luis Castillo-Puche) y Cristina Grutwig (que recuerda el vigor de las más sinuosas féminas de Arturo Pérez-Reverte).

Pero no solamente en el trazados de los personajes encontramos la magnitud ciclópea de este escritor, sino también en las descripciones (eso fusilamiento de las páginas 202-203) y en la música de la sintaxis (ríspida cuando tiene que serlo; fluida cuando así lo exige la situación; atinada siempre). Si es verdad que una gran obra es aquella que admite relecturas, podemos afirmar sin temor a la hipérbole que nos encontramos ante una de ellas. Salvador García Aguilar, desde la calma y la sabiduría de su taller de palabras, nos regala en estas obras un volumen para el deleite y la reflexión.

martes, 21 de octubre de 2014

69 huellas eróticas



Hay un cuento en el Sendebar donde un hombre, al volver a casa, descubre que su perro tiene las fauces ensangrentadas y, creyendo que ha devorado al bebé de la familia, lo mata sin más contemplaciones. Luego descubre con horror que lo que ha hecho el animal ha sido, por el contrario, destrozar a una serpiente que intentaba acercarse a la cuna del chiquillo. El pago por su valerosa actuación ha sido recibir un castigo inmerecido por parte de su dueño. La moraleja estaba, obviamente, implícita: nunca juzgues a la ligera o por las apariencias.
Viene a colación esta historia por el error que cometería quien pensase que el último trabajo de Mariángeles Ibernón Valero (69 huellas eróticas) es un tomo de poesía libidinosa, reducible a lo obsceno o lo genital. Nada más lejos. Hay en él imágenes excitantes, claro está; y mucho incendio carnal, como tiene que ser en versos de estas características. Pero también hay mucha atención al lenguaje, al cuidado formal y estético, al equilibrio rítmico, al juego musical de los sonidos que conforman cada texto. Mariángeles Ibernón no construye poemas burdos, ni tontamente flamígeros: sabe perfectamente lo que está haciendo. Construye pequeñas casitas de deseo, hogueras condensadas, diamantes sexuales. Y logra su propósito porque en el sintagma “poesía erótica” se concentra mucho más en el sustantivo que en el adjetivo.
Lo concretaré con un ejemplo estadístico, numérico, que parecerá irreverente a algunos degustadores de poesía pero que esgrimo con respeto... En este libro se habla del sexo o del pubis en tres ocasiones, y de los pechos femeninos en nueve; pero se mencionan dieciséis veces los labios y veintisiete veces la boca. Las cifras cantan. ¿No es señal más bien transparente de que estamos ante un producto de inequívoca condición verbal?

Los 69 pequeños poemas que componen este trabajo logran turbar, convencer y seducir a quienes se acercan hasta ellos. Me parece que es un logro digno de ser aplaudido.

domingo, 19 de octubre de 2014

Los aires difíciles



Todos los libros que Tusquets le había editado a Almudena Grandes hasta la aparición de Los aires difíciles (es decir, Las edades de Lulú, Te llamaré Viernes, Malena es un nombre de tango, Modelos de mujer y Atlas de geografía humana) coincidían en el hecho de reproducir en su portada la imagen de una sola figura femenina, sin paisaje de fondo. Con este volumen se ampliaba la propuesta iconográfica y nos ofrecía en su cubierta dos figuras (un hombre y una mujer) que paseaban por la arena de una playa. Era, pues, una obra que se nos avisaba, ya desde su arranque visual, más densa y compleja que las anteriores. Y basta sumergirse en sus casi 600 páginas para descubrir con gozo que es efectivamente así.
Almudena Grandes se propone (y consigue) reconstruir la vida de sus variados protagonistas (Sara, Juan, Maribel, Andrés, Charo, Damián, Nicanor, Alfonso, Tamara) con escrúpulo arqueológico, detallando con fruición todos sus pliegues biográficos y espirituales, registrando filatélicamente sus emociones, sus miedos, sus zozobras y sus esperanzas. Todos ellos, de un modo u otro, confluyen en la costa gaditana con el objetivo de aclarar, rehacer o varar allí sus vidas; y la autora, Relojera Mayor de esas existencias millonarias de detalles, juega con el curso de las historias y las reconstruye y perfila hacia adelante y hacia atrás, consciente de que “el tiempo no sabe avanzar en línea recta” (p.480) y de que sus protagonistas luchan por ponerse en limpio mientras sienten en sus rostros “el exacto peso del aire” (p.192). Son vidas zarandeadas por el viento, cruzadas por esos aires difíciles que orientan secreta y férreamente sus existencias, hasta que acaban por descubrir que “el levante se lo lleva todo” (p.593).

Estamos ante una obra monumental, definitiva, ciclópea, con una espesura amazónica de detalles, con auténtica densidad geológica; un vendaval de aires y espléndida prosa; una summa novelística que instalaba a la madrileña Almudena Grandes en el territorio literario más difícil de todos: el de la perdurabilidad, que luego ha ido matizando y completando en sus siguientes obras. Compruébenlo si tienen dudas.

jueves, 16 de octubre de 2014

El baile



Su nombre (Irène Némirovsky) se me había aparecido en algunas librerías y en un par de bibliotecas, pero nunca me animaba a coger una de sus obras y leerla con detenimiento. Mas he aquí que de pronto me topo con El baile, observo que tiene pocas páginas (menos de cien) y pienso que quizá merezca la pena conocer a esta escritora rusa. No creo que hubiese hecho la prueba si el volumen hubiera tenido las dimensiones de Los hermanos Karamazov, pero animarse con algo liviano es menos inquietante; y puede deparar más de una sorpresa.
La conclusión del experimento ha sido satisfactoria: el modo sencillo que tiene Némirovsky de contar su historia se combina con la aproximación psicológica a sus personajes, conformando un relato de gran poder seductor y lleno de magia.
La protagonista absoluta es Antoinette, una adolescente de 14 años que vive en el seno de una familia de nuevos ricos, empeñados más en aparentar que en ser felices. Gracias a una hábil operación de Bolsa se han convertido en millonarios, y la madre no tiene más obsesión que ser admitida y reconocida en los círculos selectos de la ciudad. Para lograrlo, deciden celebrar una fiesta megalómana a la que invitan a dos centenares de personas (la confección de la lista nos permite descubrir que la inmensa mayoría son detritus humanos, aupados a lo alto de la “consideración social” en virtud de su dinero o de las circunstancias). Allí habrá de todo: una orquesta de finos intérpretes, caviar servido con derroche, jarrones orientales distribuidos por la estancia, criados impolutos, centenares de flores... Pero la decepción destrozará el alma de Antoinette cuando descubra que sus padres no van a permitirle asistir a ese evento, ni siquiera “un cuarto de hora” (es la moderada petición de la chica). Irritada, inconsolable y vengativa, la joven llevará a cabo una venganza inaudita, que teñirá de patetismo el final de la obra y la conducirá por un sendero inesperado.

Muy bien Irène Némirovsky, sin duda. Esta novela, editada por Salamandra y traducida por Gema Moral, me ha convencido. Alguien que escribe como esta malograda autora rusa (la gasearon los nazis en Auschwitz en 1942, cuando tenía tan sólo 39 años) no puede ser ignorada tan fácilmente. No se consigue un estilo así por casualidad. Tendré que acudir a otro libro suyo más pronto que tarde, lo tengo claro.