lunes, 1 de septiembre de 2014

Cómo armar y desarmar un relato



Muchas personas, incluso de buena fe, opinan que los talleres literarios o los consejos que imparten los escritores consagrados no valen para gran cosa, porque es imposible comunicar el talento de la escritura. Y tal afirmación, aunque esconde una porción de verdad (el talento no se enseña), peca de irreflexiva: todas las tareas creativas mejoran cuando reciben el impulso de un aprendizaje. Un arquitecto necesita dominar el dibujo técnico; un pintor debe conocer en profundidad las condiciones de sus óleos o la más productiva combinación de colores... Y esas sabidurías se enseñan. Que luego el creador auténtico las retuerza, las deforme o las mejore es otro cantar. Pero se empieza por aprender. Con humildad, con sencillez, con prudencia.
Fernando Clemot, autor de libros tan memorables como El golfo de los Poetas o Estancos del Chiado (premio Setenil en 2009), acaba de publicar un libro que es realmente útil y valioso para quienes se adentran en el mundo de la escritura. Se titula Cómo armar y desarmar un relato y lo publica la editorial Base. Y desde el principio el autor barcelonés explica que quiere presentar este volumen «como un libro que combina lo teórico, la experiencia personal y lo práctico. Como un libro que trata de orientar, de desbrozar un camino por el que hemos tenido que pasar todos» (p.11). Y ciertamente lo consigue, partiendo de una premisa inteligente, rigurosa e indiscutible: «Es un rasgo general que los nuevos escritores se quieran pasar por alto algunas etapas de formación y llegar a los objetivos que se han propuesto (publicación, notoriedad) con rapidez y con el mínimo esfuerzo. Se ha producido un efecto de transmisión desde la sociedad a la literatura de uno de los valores más arraigados de nuestro tiempo: la inmediatez. Todo lo exigimos al instante, nuestros deseos deben ser cubiertos con celeridad: en una sociedad en que casi todo se puede comprar cuesta entender que haya algo que no se puede obtener con una tarjeta de crédito» (p.25).
Para quebrar esa tendencia, Fernando Clemot se detiene en cada uno de los pormenores que conforman la confección de un texto creativo en prosa: los tipos de narradores que se pueden elegir para contar una historia (con una interesante explicación de sus virtudes y limitaciones); un apartado práctico en el que se analizan las condiciones que debe cumplir un buen título; una breve aproximación al monólogo interior como ingrediente narrativo; el análisis de algunos inicios famosos de cuentos (para analizar sobre ellos sus aportaciones y sugerencias); la importancia de incorporar al personaje central, debidamente tratados desde el punto de vista literario, algunos elementos de la vida del autor (el llamado “fondo sentimental”)... Finalmente, el volumen se cierra con una serie de consejos sobre el formato y la presentación que debe respetar el escrito (márgenes, justificación, sangrías, etc), así como algunas indicaciones ortográficas de fácil memorización y manejo. También se incluyen un interesante texto de Fernando Clemot sobre las últimas generaciones de narradores españoles y una amplia selección de libros ordenados cronológicamente para lectores y escritores que se quieran formar de un modo completo y equilibrado.

Un libro serio e iluminador, escrito con prosa diáfana por uno de los mejores cuentistas del país, donde se nos ofrecen algunas recomendaciones para concebir, construir y presentar nuestras historias de un modo eficaz.

domingo, 31 de agosto de 2014

Yonqui



Hay personas (lo explicaba el extremeño Pascual Duarte) a quienes, desde su nacimiento, se les ordena “tirar por el camino de los cardos y de las chumberas”. Y esos seres, que por lo común no suelen tener voz en el mundo de las letras, están retratados perfectamente en la última novela de Paco Gómez Escribano. Su título es Yonqui y lo ha publicado el sello donostiarra Erein con una portada muy efectista de Cristina Fernández. Su protagonista es El Botas, un chaval de 16 años que se ha criado y vive en el barrio periférico de Canillejas, anexionado a Madrid. Estamos en 1978, en pleno alborear de la democracia. El cuadro familiar en el que se mueve El Botas es tremendo: un padre muerto de cirrosis, una madre borracha, una hermana que se largó para vivir en una comuna hippie, unos estudios rudimentarios (“Había ido al colegio algún tiempo, lo suficiente para aprender a leer y a escribir”, p.13) y una novia que, maltratada por condiciones sociales de idéntico calibre, ejerce la prostitución callejera. En esas condiciones, no es raro que su vida gire alrededor de media docena de rituales primitivos: emborracharse, meterse droga, perpetrar algunos atracos, escuchar música cañera y relacionarse con sus amigos de siempre, que se parecen a él como se parecen las gotas de agua.
Pero una situación así no puede ser mantenida durante mucho tiempo, porque genera un desgaste y unos dolores demasiado agudos: crisis de ansiedad, monos ocasionados por la droga, muertes de colegas… El Botas, que es duro pero no es imbécil, sabe que tiene que imprimir un giro radical a su existencia. Sobre todo, después de conocer a Lola y enamorarse “hasta las trancas” de la muchacha. No puede ofrecerle un futuro de yonqui condenado a muerte, ni ella está dispuesto a admitirlo (“Si me quieres, cambiarás. Y si no, es mejor que no nos veamos más”, p.148); así que tiene que decidirse por una salida, ahora que aún tiene las manos firmes en el timón.
Paco Gómez Escribano consigue con esta novela un texto memorable y sólido, en el que logra un resultado dificilísimo: que tú te creas de verdad que estás escuchando a un joven yonqui. Son sus palabras. Es su tono. Son sus muletillas verbales. Es su desgarro. Son sus ideales, ambiciones y miserias. De ahí que ésta sea una de las novelas más auditivas que he leído últimamente. Pero ojo, porque auditiva también era Matando dinosaurios con tirachinas, con la que Pedro Maestre obtuvo el premio Nadal en 1996. La diferencia estriba en que Yonqui es una buena novela.

Paco Gómez Escribano no ahorra sordideces, absolutamente necesarias para darle credibilidad a su historia (robos con intimidación, hostias en el Metro, caras cortadas a navaja, peleas de bar, atracos con violencia, tiros en las rodillas), pero sabe mantener siempre el equilibrio justo para quedarse en el retrato fiel y no incurrir en el esperpento. ¿Lección moral? Ninguna, por supuesto. Esta novela no es una apología ni una sátira; tampoco una parodia o una condena. El autor madrileño ha querido colocar nuestra silla dentro de barrios marginales y mostrarnos cómo viven, cómo sienten y cómo sobreviven o mueren algunos de sus protagonistas. Era un empeño complicado, que habría arrollado a otros narradores menos solventes, pero les aseguro que él lo resuelve con una brillantez inmaculada. Apúntense esta obra porque los dejará con la boca abierta.

viernes, 29 de agosto de 2014

Irse de casa



Llega un momento clave en la vida de toda persona en el que, inevitablemente, quiere volver atrás, recrearse en el ayer, trazar la línea de la suma. Sucede en ese día que se tienen ya más años por detrás que por delante, y la memoria y la nostalgia nos piden establecer el inventario de lo que se ha hecho, de lo que queda por hacer y de lo que, por desgracia, ya no podrá hacerse. Tal circunstancia ha sido reflejada en el cine (“Volver a empezar”, de José Luis Garci; o la invocación legendaria a Rosebud en “Ciudadano Kane”, de Orson Welles), en la poesía (Eloy Sánchez Rosillo o Francisco Brines son dos buenos cultivadores de esa línea temática), en el teatro (esa historia rencorosa que Friedrich Dürrenmatt tituló La visita de la vieja dama; o la tremenda pieza El malentendido, de Albert Camus) y en otras artes.
Carmen Martín Gaite decidió retomar el asunto bajo la piel de Amparo Miranda, una empresaria española con amplio éxito en Nueva York que, cuando sus negocios ya funcionan prácticamente solos y sus hijos se han independizado, concibe la idea de volver a su pequeña ciudad natal. Y lo más sugestivo de esta espléndida novela es que Martín Gaite no nos explica (quizá hubiera sido una equivocación) el porqué de este retorno. Nos quedamos sin saber, en verdad, la causa de esta proustiana búsqueda del tiempo perdido. Quizá (aventuremos una hipótesis) porque ni siquiera sea una búsqueda, en sentido estricto. Más bien, lo que la protagonista quiere comprobar es si, como decían los Beatles en una de sus canciones últimas, la vida fluye “within you and without you”: si todo sigue latiendo, y cómo lo hace, cuando nosotros ya no estamos aquí. Y el recurso que Martín Gaite elige para que su Amparo Miranda se enfrente otra vez al mundo provinciano que dejó a su espalda hace años es volverla invisible, sumergiéndola tras el anonimato de su apellido marital: “Mrs. Drake”. De ese modo puede mirar sin ser vista y oír sin ser escuchada. La ignorancia ajena favorece su libertad de movimientos y la permite recorrer las calles sin que nadie interrumpa su rememoración o falsee su presente.
La historia, como es natural, no se estanca en este personaje único. Y esa es otra de las grandezas de la novela, porque la autora, lejos de resignarse al urdimiento de una historia unipersonal, vuelve a darnos una soberbia lección de narrativa y teje alrededor de Amparo Miranda media docena de magistrales personajes que enriquecen el volumen y le añaden una infinita diversidad.

Si tuviera que buscarle un defecto a este libro (créanme que es bien difícil, y que lo hago para no incurrir en el derroche de incienso), indicaría el hecho de que Amparo Miranda, cuando vuelve a Nueva York, siente que una energía nueva la recorre y que debe cambiar de mentalidad y de modo de vida. Es un recurso al tópico liberador que oscurece el final de la obra. O quizá sea que la vida se le ha puesto tan cuesta arriba a Amparo Miranda que, tras mirarse en el ayer, está imposibilitada para drogarse con la facilidad de la amnesia. Al fin y al cabo, la propia Martín Gaite escribió una vez un poema al que tituló “Todo es un cuento roto en Nueva York”. Quizá la vida de su protagonista sea, también, un cuento roto.

jueves, 28 de agosto de 2014

Fábula del tiempo



Usando como punto de arranque un conocido verso de Eloy Sánchez Rosillo, el escritor Pascual García bautizó su primer libro de poemas con el título de Fábula del tiempo, donde aceptó el reto de escribir sobre “el agua sucia de los años” (p.19) y establecer su catálogo de erosiones. En la soledad aciaga de las noches (que es una soledad creativa, pero también un emplazamiento cósmico), Pascual se acoda sobre la mesa, observa los folios que enmudecen frente a él y les encomienda una misión salvífica, donde confluyen el exorcismo, el llanto, la desolación y la esperanza: dar cuenta a los demás de su ayer, poblado de amores frágiles, paisajes gélidos, lluvia triste, padres laboriosos, olor a pinos y soledad nevada. Se trata de resumir, esencialmente, “la fábula de un tiempo breve como la propia vida” (p.11).
Enfrentado al dolor del tiempo, el poeta busca recuperar “los años extensos de la juventud” (p.20), aunque la memoria y la inteligencia le pregonen que “nada queda de los días salvo el miedo” (p.34). Precisamente porque esa certidumbre es poderosa en su espíritu, resulta interesantísimo constatar cómo las estaciones del año reproducen numéricamente la temperatura de su corazón: trece veces se menciona el invierno, cuatro el otoño, dos la primavera y una sola vez (p.39) el verano. Y puestos a hablar de temperatura, tampoco parece casual que la palabra frío sea utilizada once veces, y en cambio no aparezca la palabra calor ni una sola vez en todo el volumen.
Libro, pues, invernal; libro de devastaciones y de melancolías, donde se lleva a cabo un balance meditabundo de “las calles que anduvimos y hemos perdido” (p.21), y donde se certifica que “no hay paz para el que asciende por la senda” (p.22). Contra el viento que zarandea al poeta (desde las cumbres de su Moratalla natal o desde las simas del pasado), éste se mantiene firme gracias a dos anclajes humanos esenciales para su equilibrio psíquico: de un lado, la convivencia con su mujer, la excepcional pintora Francisca Fe Montoya; del otro, el reconocimiento tembloroso y viril del amor que siente por sus padres. A la primera le aplaude sus virtudes como amada, compañera y soporte sentimental en el poema “Beatus Ille”; y algo más adelante, en el hermoso poema “Los que ríen”, augura una vejez compartida con ella, donde seguirá brillando el amor y donde ni siquiera los achaques de la senectud les harán olvidar el pleno gozo de haber vivido (de haberse vivido) juntos. En cuanto a sus padres, resulta conmovedor el templado homenaje que les tributa en el poema “Volver” (el más extenso del volumen, con setenta y cinco versos).

Un libro, pues, delicioso, imborrable y perfecto, que nos sitúa ante uno de los mejores poetas vivos que tiene Murcia.

miércoles, 27 de agosto de 2014

El último Catón



Si hablamos de novelas que me hayan “enganchado” y me hayan tenido en vilo de la primera a la última de sus páginas, me vienen a la cabeza tres: El ocho, de Katherine Neville; El club Dumas, de Arturo Pérez-Reverte; y El último Catón, de la alicantina Matilde Asensi. En mi condición de crítico literario y de profesor de literatura (que tal vez sean dos formas sublimadas o intelectualizadas del tedio), no creo que me atreviera siquiera a sugerir que son las mejores novelas que he leído; pero en mi condición de lector, de quijotesco amante de las letras, sí diré sin vacilaciones que son las novelas con las que más he gozado, porque me han traído intrigas, nervio, amor, emoción, historias y sorpresas. No sé si pedirle más cosas a una novela incurre ya en un manierismo propio de eruditos.
El caso es que Matilde Asensi nos plantea un enigma que tiene como centro a una extraña secta (los staurofílakes) que se está dedicando a robar todos los fragmentos de la Santa Cruz, donde fue ejecutado Jesucristo, que existen dispersos por el mundo, y que tres investigadores comisionados por el Vaticano (el profesor Farag Boswell, el capitán Kaspar Glauser-Röist y la doctora Ottavia Salina) emprenden una búsqueda angustiosa y llena de peligros con el objeto de poner fin a esos latrocinios y explicar su oculto sentido. Al comenzar, carecen de toda pista, pero pronto descubren que las claves de la investigación están escondidas en los versos de La divina comedia, de Dante Alighieri, antiguo integrante de esa secta.

Una novela, pues, llena de cultura (hay que destacar la amplia documentación que la autora exhibe, tanto en arte como en literatura e historia), con una trama diseñada con pulso impecable, y en la cual las líneas finales no emborronan (como suele pasar en este tipo de libros) el conjunto de la narración. A mí me ha parecido una novela magnética, que recomendaría sin dudarlo a cualquiera que quisiera pasárselo bien, francamente bien, leyendo un libro.

lunes, 25 de agosto de 2014

Santa Claus en la villa olímpica



Joaquín García Box parece haber llegado al mundo de la literatura, ante todo, para sorprender. De buenas a primeras, y con más de cincuenta años consignados en el DNI, este arquitecto técnico se dejó caer con una propuesta tan voluminosa como llamativa, Los 96, una historia de ángeles y profecías mayas. Y ahora, en el año 2014, descarga ante nuestros ojos las casi quinientas páginas de Santa Claus en la villa olímpica, donde cambia el rumbo de su narrativa para pasar de lo apocalíptico al humor, de lo religioso a lo laico, del disparate místico al disparate imaginativo. Y la verdad es que el resultado ha sido notable.
Centrémonos en la figura de su protagonista. Se llama Agripino Aliaga Anónima. Su padre es un gandul alcohólico y su madre una extranjera de la que no tiene más noticia. Es un niño no demasiado alto (de adulto medirá un metro cincuenta y ocho) y con unas hambres insaciables (llegará a los ciento cincuenta kilos, como resultado de sus pantagruélicas ingestas). Su vida erótica se inicia con masturbaciones preadolescentes (inspiradas en la voluptuosa madre de su amigo Pencho) y se concretará sólo con una mujer: Agustina, dulce, preciosa y en silla de ruedas, amén de seguidora de Kiko Argüello. Entre sus amigos destaca Basti (que ingresará en la Legión y será secuestrado por los talibanes iraquíes), Fulgencio (propietario de un pene descomunal y de una fuerte vocación religiosa, que le llevará al seminario), Charli (obsesionado con la idea de ser marqués) y Pascual y Lucía (promotores de un espectáculo de horror en el que Agripino actuará de Santa Claus Predator). Su máximo vicio han sido, desde la infancia, los cigarrillos; y en su madurez le germina en la cabeza una idea: lograr que el tabaco obtenga la consideración de deporte y, por tanto, acumule opciones para ser reconocido como disciplina olímpica.
Como es evidente, las mejores páginas de esta obra son aquellas que se centran en las vetas humorísticas. Así, cuando Joaquín García Box retrata a una familia franquista y nos explica que en ella «el nombre de Carrillo era detestado hasta tal punto que toda palabra que comenzase por las letras Ca estaba abolida del diccionario de esta familia a excepción, claro está, de castración, catequesis y el catecismo» (p.184); o la hilarante escena en la que se reproduce el diálogo entre Agripino, vestido de Santa Claus, y un guarda de seguridad, que le niega el acceso a unos grandes almacenes (páginas 301-306); o la descacharrante enumeración de finalistas de su certamen nicotínico, con sus respectivas habilidades y rarezas (páginas 403-409).

Sumemos a todo esto —que ya sería bastante para repletar una novela— un nutrido grupo de referencias literarias y cinematográficas, personajes de la actualidad, sugerentes escenas de sexo (en las que el alcohol, el tabaco y las drogas se introducen para potenciar el placer de los participantes) y alusiones a sucesos de los últimos años (corrupción política, urbanismo fraudulento, pérdida de ideales, dinero fácil en negocios turbios, invasiones militares de dudosa legalidad) y obtendremos una novela de gran fluidez, con la que Joaquín García Box da un paso adelante en su trayectoria. ¿Qué puede ser lo siguiente que entregue a la imprenta? Sólo él lo sabe. Pero seguro que se toma un largo período de reflexión y escritura para perfilarlo.

sábado, 23 de agosto de 2014

Se está haciendo cada vez más tarde



A pesar de que esta obra se subtitula “Novela en forma de cartas”, lo cierto es que solamente llevando a cabo un titánico esfuerzo de buena voluntad podríamos admitir que pertenece a dicho género. Tabucchi nos pone sobre aviso en la página 29, afirmando que este libro es un “vuelo pindárico que no tiene lógica”, y lo subraya poco después con palabras cristalinas: “Una cosa nada tiene que ver con la otra, ni un trozo de historia con otro trozo de historia, y todo resulta así, igual que la vida, que no obedece a rimas” (p.89). Es exacto. Este volumen no tiene (salvo a los efectos del marketing) densidad ni sentido novelescos. Abundan en él, sí, las ensoñaciones filosóficas, las intertextualidades o las finas esquirlas de humor; pero no atesora la honda trabazón unitaria que requiere (no nos engañemos) una novela. Lo que ocurre es que hoy se vende mucha literatura camuflada bajo ese rótulo, porque parece que los gustos generales de la masa lectora van por ahí.
Antonio Tabucchi, de todas formas (sus editores deberían tenerlo en cuenta), no precisa de tales subterfugios. Sobre todo, cuando redacta textos tan magníficos como Buenas noticias de casa o tan venenosos como Con lo bueno que eres. Su escritura es tan eficaz y tan primorosa que no exige etiquetas vendedoras de pacotilla. Los buenos lectores aplauden la calidad, y no los marbetes engañadores que la disfrazan.
Y otro aplauso (ya que usamos esa palabra) merece el traductor, Carlos Gumpert, que consigue un ritmo sintáctico exquisito y que escribe, para adaptar a nuestro idioma las frases hechas del italiano, expresiones como “a ojo de buen cubero” (p.17), “en un pispás” (p.38), “no pega ni con cola” (p.62) u “olía a chamusquina” (p.162), entre otras no menos peculiares y castizas.

Un libro, pues, que nos sitúa ante el Antonio Tabucchi menos comercial y más complejo, y que nos demuestra que la mezcla sabia de poesía, erudición y relato produce, casi siempre, unos resultados inmejorables.