miércoles, 20 de marzo de 2019

Trece cuentos canallas




Durante tres décadas, Andrés Boluda Nicolás ha sido (es aún) profesor de lengua y literatura; durante cinco décadas, Andrés Boluda Nicolás ha sido (es aún) lector constante y de amplia curiosidad. Y, desde hace unos meses, Andrés Boluda es, también, como unión y cristalización de las dos corrientes anteriores, autor de un espléndido libro de relatos que se titula Trece cuentos canallas.
Sobre esos cuentos podrían verterse elogios por muchas razones: su fino sentido del humor, la capacidad que el autor muestra para aproximarse a los más variados tipos humanos, la elegancia de su prosa… Resulta más que evidente que Andrés Boluda ha decantado con lentitud los argumentos y el lenguaje, hasta que la conjunción de ambos ingredientes lo ha dejado satisfecho; y entonces, y sólo entonces, ha juzgado legítimo compartir ese fruto literario con nosotros, los lectores, quienes somos los grandes beneficiados de su decisión.
Quien se aproxime a este libro encontrará ladrones que, en medio de la oscuridad, serán confundidos por la dueña de la casa con su esposo (“Para Elisa”); historias de personajes conocidos en el servicio militar (“Torete”); historias veraniegas en las que flota un cierto aroma de infidelidad sexual (“Diez negritos”); ilusiones fraguadas sobre una tirada baladí con las cartas del tarot (“Predestinación”); amores de juventud que, malbaratados por la vida, nunca han sido olvidados del todo (“Victoria”); profesores universitarios que llegan a conclusiones bastante curiosas sobre ciertos pasajes de la Biblia (“La Revelación”); o importantes hombres de negocios que, al cumplir el medio siglo, se llevarán una sorpresa en la fiesta de celebración, que tiene lugar en la Alpujarra granadina (“La luna está subiendo”).
Muy recomendable.

lunes, 18 de marzo de 2019

Rembrandt




Dentro del reducido (o al menos poco famoso) grupo de autores teatrales que engalana la región de Murcia conviene subrayar con cierta energía el nombre de Diego Alarcón, quien a los notables premios cosechados (como el Margarita Xirgu o el Enrique Llovet) une la publicación de obras tan notables como Rembrandt. Retrato de un pintor de Leyden, una exquisitez escénica que publicó con todo acierto la Editora Regional de Murcia.
En ella nos encontramos con las últimas peripecias vitales de un creador que, vislumbrando cercanos los rayos negros de la muerte y acompañado por su fiel discípulo Aert de Gelder, recapitula en su estudio sobre la soledad (“A lo mejor es que mi vida no ha sido más que un esfuerzo por quedarme solo”, p.24) y sobre sus conflictivas relaciones con los demás seres humanos (“Yo no quiero a los hombres. Si alguna vez los quise, reconozco que me equivoqué”, p.41). Unos acreedores pertinaces y falsarios (quienes no han tenido empacho en sobornar a un abogado, un notario e incluso un juez para cobrarle unas deudas inexistentes) son el adecuado contrapunto que sirve a Diego Alarcón para plantearnos su trama.
Todo son virtudes en esta pieza teatral: su lenguaje (que oscila entre el coloquialismo y la erudición, sin excederse en ninguno), la buena caracterización de los personajes (qué rotundo Rembrandt en sus parlamentos, qué prudente y qué silencioso Gelder en su escucha), la adecuada ambientación (enriquecida con las anotaciones musicales que el autor propone para una hipotética puesta en escena) y el riguroso proceso investigador que se aprecia detrás (hasta el menor detalle parece documentado, sin que jamás quede ahogada la fuerza primordial de los personajes). Teniendo en cuenta esos datos, resulta fácil suponer que esta pieza magnífica gustará por igual a los admiradores del buen teatro, a los melómanos y a los enamorados de la pintura. Un acierto absoluto, que conviene aplaudir como se merece.

sábado, 16 de marzo de 2019

Monólogo del que reza a la muerte




Ocupa sus horas, de forma obsesiva, en rezar a la muerte para que acuda cuanto antes y lo arrebate de un mundo en el que no percibe sino asechanzas y desprecio. Pero, a la vez, el anciano protagonista (que ya ha superado los noventa años) se concentra en dar vueltas y más vueltas alrededor de aquellas personas, emociones y situaciones que lo han llevado hasta el punto en el que actualmente se encuentra: sus hijos y nietos, que lo ven como un incordio y a los que soporta a duras penas en las visitas semanales; su esposa, ya fallecida, a la que en realidad nunca amó; su actual cuidadora, Sara, a quien sus hijos le han encomendado (eso piensa el narrador) que amargue sus últimas horas; y, sobre todo, aquella chica de la juventud, que lo abandonó para casarse con otro hombre, más adinerado que él, y cuya traición desmoronó sus ilusiones y lo ha mantenido amargado durante décadas.
Con una fluctuación de voces narrativas (se va saltando de la primera a la tercera persona); con un ritmo letánico, que el autor consigue gracias a la utilización de las comas (raramente puntos), Monólogo del que reza a la muerte es la última propuesta narrativa de Pascual García (Moratalla, 1962). Y se trata de una novela irritante, porque así lo quiere el escritor y porque así lo posibilita la voz de su protagonista, obcecado en dar vueltas y más vueltas alrededor de aquella traición amorosa, que lo marcó anímicamente y que lo anuló como ser humano. Desde el día en que la muchacha le envió por sorpresa un mensajero con la noticia de que dejase de pasar por su puerta, el corazón y el alma del protagonista se congelaron, se pudrieron, y todo se tiñó de fracaso, amargura, vacío y rencor. Los demás seres (“los que no sabían mi mal ni les importaba”, como son definidos en la página 93) quedaron de inmediato convertidos en sucedáneos, figurantes o trampantojos: puras máscaras junto a las que no resultaba posible o pensable la felicidad. Y a los que, en virtud del desgarro que ha sufrido, el protagonista se consideraba facultado para zaherir, incluidos los integrantes de su familia.
Como la Carmen Sotillo de Cinco horas con Mario, nuestro anciano cobija un trauma y, en los aledaños de la muerte, ese trauma alcanza unas dimensiones vertiginosas, que obstruyen su respiración y lo impulsan hacia la crueldad. Nadie es digno de recibir su cariño, su tolerancia o su respeto, porque él no cree haberlos recibido tampoco de nadie. Ofuscado en ese círculo vicioso, todo queda a sus ojos justificado: la violencia que siempre desplegó hacia su mujer, la aspereza con que trató a sus hijos… De tal forma que la reflexión que late en el fondo de estas duras páginas de Pascual García es desasosegante: ¿nos autoriza el dolor para sentirnos eternamente dolidos? Y aun en el caso de que aceptáramos esa idea, ¿nos autoriza para infligir ese dolor a otros, culpables súbitos?
Desgarradora, visceral y sofocante, Monólogo del que reza a la muerte nos muestra las sentinas emocionales de un hombre que, en el último trecho del camino, detalla para nosotros las heridas nunca cerradas de su corazón.

viernes, 15 de marzo de 2019

Crónica del rey pasmado




El joven rey español, después de haberse acostado con una prostituta llamada Marfisa y haber gozado del esplendor entregado de su cuerpo voluptuoso, observa cómo en su ánimo crece un deseo inusual, que no duda en hacer público entre sus allegados: quiere ver desnuda a su esposa. A partir de entonces, la Corte, el pueblo y los representantes de la Iglesia se hacen eco de esta idea del soberano, que casi todos juzgan de descabellada o pecaminosa y que lo convertirán en el centro de las murmuraciones, chanzas y desdenes de su entorno.
Partiendo de esa anécdota, el narrador gallego Gonzalo Torrente Ballester nos entrega su Crónica del rey pasmado, donde el humor y el retrato social se unen en una narración ágil, ingeniosa y liviana, en la que escucharemos los argumentos de la curia (la escena del debate teológico sobre la conveniencia o inmoralidad del deseo regio es antológica) y en la que escucharemos las opiniones del Valido y del Gran Inquisidor, las palabras perplejas o ansiosas de la reina o los balbuceos casi adolescentes del pusilánime monarca, a quienes demasiados personajes manejan como si de un prisionero, un débil mental o un niño se tratara.
Muy notables resultan las escenas descriptivas sobre ambientes cortesanos, usos gastronómicos, vestimentas y protocolos sociales, que muestran no sólo la intensa labor del ferrolano a la hora de documentarse sino también la fina manera en que conjuga esos materiales para construir narrativamente su historia, dando siempre prioridad a la parte artística sobre la histórica o ensayística.
Nos encontramos, pues, ante una novela de gran valor como documento sociológico y que, sin constituir una de las narraciones mayores de Gonzalo Torrente Ballester, permite una lectura agradable, en la cual quedan reflejadas las amarguras y frustraciones que un pensamiento religioso intolerante, absurdo y casposo puede generar en sus adeptos.

jueves, 14 de marzo de 2019

Ña y Bel




Del escritor Gustavo Martín Garzo (Valladolid, 1948) sabíamos muy poco hasta que en 1993 obtuvo el Premio Nacional de Literatura por su obra El lenguaje de las fuentes. Desde entonces fue publicando Marea oculta (1994), La princesa manca (1995) o La vida nueva (1996), hasta llegar a la novelita corta que hoy me ocupa: Ña y Bel.
Formalmente, no se le pueden poner pegar a la citada narración, eso está claro: está construida con una notable sintaxis, despliega un rico léxico, posee un ajustado equilibrio compositivo y hasta diría que atesora conseguidos puntos de humor y poesía en sus páginas. Pero si nos fijamos un poco más en el “contenido” tropezaremos con un escollo de difícil salvación, porque nos propone algo que, por desgracia para él, suena demasiado a Eduardo Mendoza y su novela Sin noticias de Gurb: la historia de un extraterrestre que acaba llegando a la Tierra y que tropieza en ella con abundantes aventuras. Las diferencias radican en que mientras que el narrador catalán utilizaba este procedimiento como caricatura de la Barcelona de hace unos años (propósito irónico), el vallisoletano trata de ir un poco más allá, dotando a su personaje de una especie de “épica”, equivocada y turbia.
En efecto, el visitante (al que las dos muchachas que lo hospedan en su piso, llamadas Ña y Bel, conocen como “Ola”) se nos presenta al inicio como un torpe turista galáctico, que aterriza en el piso de las chicas de forma accidental; pero poco a poco el autor va queriendo complicar sus reacciones desde el punto de vista psicológico, y su narración hace aguas por todos sitios. ¿Tiene sentido que las muchachas acepten a este “fantasma” (olvidaba decir que el visitante es invisible, y que la textura de su cuerpo es acuosa y dúctil), sin más explicaciones? Y, aun en el improbable caso de que así fuera, ¿tiene sentido que lo utilicen para broncearse, para trasladar muebles en su casa, para que las enjabone en el baño o para que caliente su café? Absurdo montaje, sin duda.
Pero bien, admitamos que Martín Garzo quisiese hacer una novela de humor: lo estaría consiguiendo con tales técnicas. Lo pasmoso, lo que termina de hundir toda la verosimilitud de su texto, es que no es ése su objetivo, sino que el autor en realidad pretende construir una novela seria, trascendente y melancólica. Mal podría convencer a nadie con ese final, tras haber burlado a los lectores con cien páginas de chanzas y puros juegos.
En resumen y para no cansar: que buen narrador, sí; pero que buena novela, lo que se dice buena novela, desde luego que no.

martes, 12 de marzo de 2019

Cuadernos norteamericanos




Nathaniel Hawthorne tuvo, durante los sesenta años que vivió (1804-1864), tiempo de sobra para escribir volúmenes de narraciones cortas (Cuentos dos veces contados), novelas inmortales e incluso adaptadas con éxito al cine (La letra escarlata), historias para niños (La silla del abuelo) y hasta una biografía (Vida de Franklin Pierce). Posiblemente, la educación calvinista que recibió y la pronta orfandad de padre (Nathaniel contaba cuatro años cuando se quedó sin él) lo convirtieron en una persona reconcentrada, solitaria, que sólo halló la felicidad en su familia (su esposa Sophia y sus hijos Una, Julian y Rose) y en sus labores literarias. Pero quizá lo que más llama la atención de su obra no son estrictamente los libros que escribió, sino las abundantes colecciones de “semillas” que recopiló en sus cuadernos: una serie de apuntes donde esbozaba una idea, un argumento, un propósito narrativo, para desarrollarlos después.
En esa línea se inscriben estos Cuadernos norteamericanos, que el sello Belacqva publicó hace unos años con un excelente estudio previo de Eduardo Berti, en el que nos dice que estamos ante unos reveladores apuntes “repletos de invenciones a destiempo” (p.24), y donde pueden descubrirse intuiciones que ahora podemos leer, desarrolladas por otros autores. “Un cuento donde el personaje principal siempre parece a punto de entrar en escena. Sin embargo, jamás lo hace”, anota en la página 140, anticipándose al célebre Esperando a Godot, de Beckett. “Una moneda de oro es considerada como una suerte de talismán”, escribe en la página 121, presagiando el zahir borgiano.
Estos apuntes rozan muchos territorios, lo que convierte la lectura en un auténtico placer: Nathaniel Hawthorne propone relatos con delimitación espacial curiosa (“Desarrollar un cuento o una escena dentro del círculo de luz de una farola callejera”, p.40); o se aproxima a los temblorosos terrenos que bordean la metafísica (“Al despertar nos alegramos a menudo porque así escapamos de un mal sueño. Tal vez ocurra lo mismo con el instante que sigue a la muerte”, p.57); o nos desliza un argumento que podría servir para una novela esotérica o para un cuento amargamente irónico (“Unos paseantes encienden un fuego sobre el monte Ararat con los vestigios del Arca”, p.100); o simplemente apunta una posibilidad, tan inquietante como nebulosa (“Una carta, escrita hace un siglo o más aún, pero que nunca fue abierta”, p.65).
Estamos, pues, ante el baúl rico y esplendoroso de un creador al que las invenciones le brotaban tumultuosamente, y que se veía obligado a consignarlas de forma sinóptica, con fidelidad notarial, para recordarlas más adelante. Quizá su objetivo era convertirlas luego en relatos, novelas o historias infantiles. Quizá lo que pretendía es que las convirtiésemos nosotros. En todo caso, Cuadernos norteamericanos constituye una oportunidad espléndida para escuchar los argumentos embrionarios de Nathaniel Hawthorne, uno de los escritores más notorios y fértiles de su tiempo.

lunes, 11 de marzo de 2019

Leyendas, poesías y reparandorias




Tiene Manuel Moyano un magnífico cuento que se titula “El espíritu del griego”, donde concibió un anonadante argumento: el comediógrafo Aristófanes, desde el más allá, decide dictarle a un médium casi analfabeto una comedia inédita suya, que se murió con las ganas de llevar al papel. De ese momento consigue que la muerte no sea un frenazo a su producción literaria, sino una simple anécdota que el poder de la mente consigue solventar.
Viene todo esto a colación por el libro que el escritor Juan Tudela (Mula, 1965) dio a la imprenta en 2007 con el título de Leyendas, poesías y reparandorias y que da la impresión de obedecer (y les puedo asegurar que no anida la burla en mis palabras) a dictados parecidos. Por voluntad propia y soberana, el tono verbal que utiliza es, muchas veces, el de un clásico castellano, trazando jeribeques con la frase, barroquizando la expresión hasta hacerla ingresar en el manierismo, escogiendo su léxico en el baúl de lo más añejo y sonoro, y decantándose, en fin, por expresiones arcaizantes donde brilla no escasa ironía y donde luce con inigualable fuerza el poder de los pastiches bien ejecutados.
Otra cosa son, obviamente, los temas de Juan Tudela. Ahí sí que marca la distancia con los clásicos castellanos, y donde ingresa en el más gozoso caudal de lo terruñero (palabra que convendría esgrimir con orgullo, como él hace, y no con la pátina de sarcasmo y chanza que normalmente se le atribuye al término). Juan Tudela se refugia en lo conocido y cercano, en los campos de Mula, en las calles transitadas por sus ancestros, en las viejas anécdotas que sus padres y amigos le han llevado hasta el oído, en los episodios jocosos o apesadumbrados que la tradición local ha ido manteniendo en la acogedora memoria colectiva. El escritor se convierte en este caso en el portavoz (literaria y etimológicamente) de sus coterráneos, en la persona que les presta el auxilio verbal de la inmortalidad para que los sucedidos memorables no se hundan en la ciénaga del olvido. El escritor no es sólo la fantasía y la esperanza de la tribu (es decir, su proyección hacia el futuro), sino también la memoria de esa misma tribu. Y Juan Tudela, que sabe de fantasías, de esperanzas y de pasados, asume ese reto con la humildad y con la grandeza de los artistas auténticos. “Hablad por mis palabras y mi sangre”, les pedía Pablo Neruda a los habitantes de Machu Picchu en su Canto general. Y algo parecido les susurra Juan Tudela a los muleños.
Un libro delicado, irónico, lleno de sabidurías y anécdotas, donde se aboga por el amor a las tradiciones y donde asistimos al despliegue de una literatura magnífica.