viernes, 20 de abril de 2018

EP (Poemas de Salinger)




El peruano Roberto Valdivia (Lima, 1995) acaba de ver publicada en el sello Liliputienses su obra EP (Poemas de Salinger), que contiene todos los elementos esperables en un libro de autor tan joven: intrepidez en la forma, autobiografismo (real o ficticio), modernidad temática… Nos explicará, por ejemplo, que su habitación “será el gran hermano / yo instalé las cámaras”, que desea escribir “poemas que no se parezcan a absolutamente nada”, que está contemplando una nube que se parece a Freddy Mercury, que acaricia junto a su amada la idea de elaborar “una lista larga de escenas de películas clásicas que hemos perdido mientras nos besábamos” o que a veces siente que se le va a caer la cabeza y que tendrá que recogerla “como un niño de cuatro años intentando recoger sus canicas del suelo antes que acaben de rebotar”.
Es decir, que aquí parece estar habitando un poeta potencialmente interesante.
Pero (y el “pero” también hay que indicarlo, porque es justo) aún deberá pulir ciertas carencias gramaticales y ortográficas, que emborronan sus líneas. Acudir a la fórmula “en base a” (p.20); anotar que “mi cabeza no tiene porque vestirme” (p.25); equivocar manejos verbales (“pensé que si tú estarías a mi costado”, p.53); o, en fin, referirse a “nieztche” (p.39) o “sartre y simone beauvier” (p.58), constituyen chirridos demasiado aparatosos para ser aceptados como rupturas vanguardistas.
En todo caso, es evidente que Liliputienses ha realizado una apuesta literaria, y eso siempre resulta un hecho admirable en el mundo cultural que nos rodea, tan conservador y tan centrado en las figuras consagradas. Es un detalle que les honra.

miércoles, 18 de abril de 2018

Monte Sinaí




Ser quebradizos forma parte de la condición humana. Francisco Umbral escribió una vez que, dada la multimillonaria cifra de nuestras células, nervios, conexiones neuronales, hormonas, órganos y vasos sanguíneos, lo sorprendente era estar sano. Tenía, desde luego, razón. Y como los peajes hay que aceptarlos con la resignación mansa de la inteligencia, he aquí que el escritor José Luis Sampedro nos ofrece en las páginas de este Monte Sinaí su experiencia en el mundo hospitalario norteamericano, en el que tuvo que buscar auxilio cuando sus problemas cardíacos comenzaron a dar síntomas de que el final pudiera estar próximo.
Acompañado por su hija y puesto en manos de los doctores del centro, el novelista barcelonés nos va detallando la crónica de su estancia, que comenzó de forma atropellada (“Tan pronto estaba tapado como semidesnudo, yacente como incorporado, en mi cama o rodando hacia un electro o un ecocardiograma”) pero que luego, en los momentos de silencio y de pausa, le permitió rememorar su niñez y realizar un inevitable balance de todo lo que llevaba vivido.
Tras una lectura de José de Sigüenza, en la que este pensador divide la vida en diez setenarios, Sampedro trata de localizar los puntos de inflexión que han ido marcando las etapas de su propia existencia y llega a la conclusión de que su paso por el Monte Sinaí abrirá sin duda la última, evidencia que no le provoca ningún desánimo, sino una aceptación estoica.
Salpicado de interesantes ideas sobre las relaciones humanas, sobre religión (“La misma idea de ‘pecado’ es falsa en su origen: si Dios existe, pensar que el hombre puede ofenderle es rebajarle mucho a Él y sobrevalorar demasiado al hombre”) y sobre el sentido de la lucha (“Ya he escrito las novelas que llevaba dentro y he viajado a todos mis orígenes […]. Y cuando mi vida me parece cumplida y rematada, ¿para qué la libertad? ¿para qué la vida misma?”), este breve texto, donde narración, reflexión y recapitulación se mezclan inextricablemente, adquiere un delicado valor como testimonio prefinal del autor de La sonrisa etrusca. Una lectura sin duda aconsejable.

lunes, 16 de abril de 2018

Eclipse




Alexander Cleave era un joven que soñaba fervorosamente con ser actor y que se casó con Leah, hija del dueño de un hotel. Al cabo de los años, las circunstancias de su vivir se han alterado mucho: la relación con su esposa se ha deteriorado; la hija que han tenido en común (Cass) muestra una personalidad compleja, con algunos desequilibrios psíquicos (le provocan miedo todas las cosas del mundo, salvo “la pasta de dientes, las escaleras y los pájaros”); y su carrera teatral, que se ha desarrollado con éxito durante mucho tiempo, se encuentra ahora en franco declive, después de que incluso tuviese crisis de llanto y lagunas de memoria en escena.
Para poner orden en su cabeza y tratar de retomar el control de sus últimos años, Cleave vuelve a la vieja casa de su madre, donde busca el silencio, la soledad, los paisajes de su infancia y el bastón reconfortante del whisky.
Pero no le resultará tan sencillo: las visitas y llamadas de su esposa, la presencia en la casa del administrador Quirke y de su hija Lily y la sensación de que los fantasmas de aquel viejo caserón intentan decirle algo cercarán el ánimo y los días del desmoronado actor. Él, que pretendía recomponerse a solas, se siente agredido por tantas presencias y tantas interrupciones (“Encuentras un rincón tranquilo donde aposentarte en paz, y al momento ya los tienes ahí, apelotonados a tu alrededor con sus gorros de cotillón, soplándote sus matasuegras a la cara e insistiendo en que te levantes y te unas a la farra. Estoy harto de todos”).
Lírica, inquietante, neblinosa, con rememoraciones minuciosas y un toque final desgarrador en el que se produce la muerte de uno de los personajes principales, la novela de John Banville (que traduce Damià Alou para el sello Alfaguara) nos presenta aquí los mejores ingredientes de la prosa del celebrado autor irlandés, uno de los más exitosos del panorama internacional.

sábado, 14 de abril de 2018

Ventana de emergencias



Hace años que leo con admiración y con aplauso a Ángel Manuel Gómez Espada (Murcia, 1972), sobre todo en el ámbito de la poesía, así que mientras espero la aparición de su trabajo Postales en un cajón de galletas (premio Dionisia García del año 2014. ¿Ninguna editorial se ofrece para publicarla?) he tenido el placer de devorar las páginas de Ventana de emergencias, que acaba de salir bajo el sello Huerga & Fierro.
Allí, después de prorrumpir en una irónica invocación inversa (“No vengas, Inspiración, esta mañana”), el escritor medita en profundidad, analiza el mundo que nos rodea, percibe sus ignominias, rescata su belleza, alza el dedo y toma la palabra para formular sus preguntas o para comunicarnos sus conclusiones. ¿Por qué nos dejamos engañar creyendo que la vida es todo aquello que nos vomitan los informativos de televisión, con su macabra urgencia dirigida? ¿Por qué nos creemos su panoplia de mentiras interesadas? ¿Por qué no comprendemos que estar aturdidos es el primer paso de estar controlados? A veces, basta con apartar los ojos de la “realidad” que nos quieren imponer para que ésta quede anulada (“No hay fronteras / cuando cerramos los ojos”). El silencio o la pasividad de las víctimas posibilita que los más brutos, los más ineptos o los más miserables se alcen con la victoria y perturben el mundo con sus miasmas. Por eso hay que mantener una actitud vigilante ante los mezquinos y, sobre todo, ante los idiotas, porque “tus dudas les conceden el poder”.
Los ciudadanos normales y corrientes (usted o yo) representamos para el Poder lo que san Sebastián para los arqueros romanos: un blanco cómodo que no ofrece movilidad ni resistencia. Así que sus representantes invierten enormes dosis de dinero y propaganda para hacernos creer que las cosas funcionan bien y que no deben ser alteradas. Un miedo sabiamente manipulado nos ha convertido en residuos: “Lo dicen las estadísticas: /el noventa y nueve por ciento somos spam. / Bienvenido al nuevo orden mundial. / Bienvenido a su bandeja de indeseados”.
Recurriendo al humor, al análisis lúcido y exhaustivo, a la mirada limpia de prejuicios, a la disidencia del observador inteligente, el poeta nos deja bien claro en estas páginas magistrales que conviene mantener la mente despierta y, sobre todo, un dedo siempre enarbolado: el índice (para preguntar) o el medio (para disentir). Cuando los dos estén enhiestos sabremos que hemos conseguido nuestros objetivos.

jueves, 12 de abril de 2018

Órbita




Me zambullo en los relatos de Órbita, de Miguel Serrano Larraz, que llevaba un tiempo queriendo leer y que no me han defraudado, ni mucho menos. Curiosamente, siendo yo un lector tan cortazariano, los que menos interés me han producido son los dos donde más se advierte la influencia del argentino: “Shaman’s Blues” y “Estrategia del aplauso” (sobre todo este último, donde me parece que el pastiche resulta un poco excesivo). Ese detalle, en todo caso, no disminuye el valor de esta obra, que me parece notable. Miguel Serrano sabe controlar los mecanismos narrativos, el ritmo del relato y la alternancia de voces, que pone al servicio de unos argumentos muy llamativos: un adolescente con superdotación intelectual que está convencido de que cierto divulgador científico de gran renombre escribe solamente para comunicarse con él (“Órbita”); un estudiante que muere a los veintidós años por un comportamiento estúpido y que se reencarna en un elemento insospechado (“Perspectivas”); una curiosa colección de cartas que un chica va recibiendo de forma anónima en su buzón (“Y sólo del amor queda el veneno”); un excéntrico matemático que descubre la prueba de la existencia de Dios y que ve peligrar su vida a partir de entonces (“Y así sucesivamente”); etc.
Poderosos, solventes y bien desarrollados, los relatos de Órbita ofrecen a los lectores un prisma heptagonal al que difícilmente se aproximarán sin aplauso y del que guardarán un buen recuerdo. Lo distinto, cuando está impregnado de calidad, se transforma en memorable.

martes, 10 de abril de 2018

Del tiempo y la memoria




Me regalo por primavera la relectura del volumen Del tiempo y la memoria, cuyo autor es Francisco Sánchez Bautista (Academia Alfonso X el Sabio, Murcia, 1986). Es un libro típico de don Francisco; o sea, cuidado exquisitamente en su contenido y en sus formas. Yo creo que Sánchez Bautista es un genio de las letras, un meticuloso y dotadísimo orfebre cuya obra, si no ha trascendido más fuera de las fronteras regionales, es porque Murcia ha sido durante demasiado tiempo un cero a la izquierda en materia cultural. Se me ocurren los nombres de muchas medianías que, publicando en Madrid o Barcelona y no llegándole a las corvas a don Francisco, han sido galardonados con más adjetivos elogiosos que él. Una grave injusticia, sin duda.
Hay en este tomo (que me gusta entero) un grupo de poemas sencillamente magníficos: “Inútil búsqueda en el tiempo”, “El deshabitado”, “Lázaro calla”, etc. El homenaje que le dedica a Quevedo entre las páginas 127 y 129, en cambio, se me ha hecho un poco fatigoso. Es el único “desfallecimiento” que aprecio en un tomo admirable.
“¿Será el tiempo volver al sitio donde / uno fue niño y nadie le recuerda?”. “Al mundo (...) le falto casi yo”. “Hay un sabor a tierra en cuanto digo”. “Vivir ajeno al tiempo es lo que pido / y es el don que los dioses me han negado. / La memoria me tiene esclavizado / y el impasible tiempo sometido”. “Vivir es navegar un mar de daños”. “Me estimula la duda, ella me guía”. “Los que hoy somos aún supervivientes”. “En pulpa acaba lo que en flor empieza”.

domingo, 8 de abril de 2018

Los "paseados" con Lorca




Después de haber leído algunos trabajos de Ian Gibson (bastantes trabajos, en realidad) dedicados a la memoria de Federico García Lorca, sabía perfectamente que fue fusilado en agosto de 1936 junto a un maestro y dos banderilleros; y que con ellos fue enterrado en el barranco de Víznar, en medio de un secretismo cuyos detalles nunca han sido del todo aclarados. Forzando la memoria, acudían a mi mente el nombre del maestro (Dióscoro Galindo) y el apellido de uno de los dos anarquistas taurinos (Galadí), pero poco más. Así que descubrir el volumen Los “paseados” con Lorca, de Francisco Vigueras y leérmelo, todo ha sido uno.
Me he enterado en sus páginas de que don Dióscoro perdió una pierna cuando se le enredó la capa al bajar de un tranvía y éste le atrapó la extremidad contra los raíles, teniendo finalmente que amputársela para evitar la temida gangrena. Y que cambió varias veces de destino como maestro. Y que se preocupaba mucho por enseñar a leer y escribir a sus alumnos, casi todos provenientes de familias desfavorecidas. Y que varios años después de haber sido fusilado las autoridades franquistas continuaban la farsa de abrirle un expediente de depuración para apartarlo de la docencia.
Y he descubierto también que los dos banderilleros (Francisco Galadí y Joaquín Arcollas) era activos sindicalistas vinculados a la CNT, y que se dedicaron a vigilar al comandante José Valdés, quien luego sería máximo representante de la represión fascista en la provincia de Granada, para detectar en él movimientos golpistas previos al 18 de julio de 1936.
Un nutrido caudal de fotografías de descendientes y testigos de aquellos hechos completa un volumen lleno de interés, que se cierra con una exposición y un análisis muy amplios de la interminable polémica protagonizada por la familia Lorca, refractaria a que se busquen y exhumen los restos de Federico.