martes, 28 de junio de 2016

Jakob von Gunten



Aquí se aprende muy poco, falta personal docente y nosotros, los muchachos del Instituto Benjamenta, jamás llegaremos a nada; es decir, que el día de mañana seremos todos gente muy modesta y subordinada”. Así arranca esta novela donde el narrador, Jakob, uno de los alumnos del centro, vive una existencia feble y pregonando sin rubor que “de algo estoy seguro: el día de mañana seré un encantador cero a la izquierda, redondo como una bola”.
El Instituto Benjamenta es un sitio triste, donde los maestros no enseñan nada y donde los alumnos tienen aspiraciones modestas: Heinrich quiere ser paje; Schacht sueña con ser músico… y el propio Jakob von Gunten no tiene más honda aspiración que convertirse en el fiel servidor de alguien en el futuro, a quien obedecerá como un perro y en quien verá a un ser superior. Él, que no cree en Dios, convertirá en dios a su amo.
A partir de ese instante, el narrador nos va comunicando detalles diminutos de la vida en el instituto: cómo escribe en su diario, cómo de vez en cuando sale de noche, las pequeñas conversaciones estudiantiles, el problema que tuvo con su condiscípulo Tremala (que le tocó los genitales y recibió, a cambio, un puñetazo por parte de Jakob), la fascinación que le produce la hermana del señor director (una muchacha espiritual y que tiene hechizados a todos los chicos de la extraña institución), etc.
El texto se extiende en consideraciones psicológicas o sociológicas de Jakob, que va analizando a sus compañeros y profesores, dando minuciosos informes de sus actos y temperamentos.
El volumen resulta muy agradable de leer, pero en realidad desde el punto de vista argumental lo más llamativo es que no cuenta ninguna “historia”. No se detecta un “argumento” novelístico que vertebre la narración. Aun así, el tono verbal de la pieza es tan sugerente, está tan lleno de ricos matices, que resulta complicado apartarse de sus hojas.

Tan peculiar como magnético.

domingo, 26 de junio de 2016

Playa de Poniente



En agosto de 1906 se produjo en las inmediaciones del Cabo de Palos uno de los desastres náuticos más llamativos de su época: el transatlántico italiano Sirio impactó contra unas rocas inesperadas y se produjo un aparatoso naufragio que provocó más de doscientas víctimas mortales (la cifra es aproximada, porque jamás se pudo llevar a cabo un recuento exacto de su pasaje ni del número de supervivientes). El suceso, que aparece en algunas páginas de María Cegarra o Santiago Delgado, sirve de columna vertebral para la novela Playa de Poniente, que Lola Gutiérrez publicó en 2014 con el sello Murcia Libro.
El volumen se va desarrollando, en principio, en dos planos temporales. En el primero nos encontramos en agosto de 1906, y recibimos por vía narrativa todos los ingredientes de tragedia, dolor, infamias y heroísmo que rodearon este percance (la actitud bochornosa del capitán del barco, que no se preocupó más que de su propio salvamento; la nobleza de docenas de lugareños, que se lanzaron a las aguas para ayudar a las personas que estaban a punto de ahogarse; los pillajes que se produjeron en los días posteriores al naufragio); en el segundo, nos situamos en 2013, momento en que una mujer llamada Vega Fuentes está componiendo una novela sobre el Sirio, para que la que está acumulando una enorme cantidad de documentación. Hasta aquí, todo circula por cauces habituales, desde el punto de vista novelesco.
Pero la maravilla del volumen estriba en que Lola Gutiérrez afila en ese momento sus armas narrativas y establece dos direcciones para sus personajes: a los personajes que pueblan la acción de 1906 los va llenando de matices hacia el futuro, extendiendo sus historias por vía cronológica, mientras que a los protagonistas principales de la franja novelesca de 2013 los va perfilando hacia el pasado, explicándonos sus trayectorias, sus traumas y sus ayeres. De tal modo que los dos núcleos se van aproximando, como las dendritas.
La novela se va enriqueciendo de manera brillante con este esquema de desarrollo, y también con la doble estructura secuencial del relato (centrado en los relatos breves durante la época de 1906 y más homogéneo en la época de 2013). Así, iremos aproximándonos a una docena de vidas que, en el pasado o el presente, nos van ofreciendo instantes de ternura, de crudeza, de solidaridad, de venganza, de abnegación o de rencor, en dosis sabiamente calculadas por la autora cartagenera: el triste pasado de Nati, los bochornosos maltratos que Ernesto prodiga a su esposa, el heroísmo de Nicolás, la dulzura de Juan Antonio, la rectificación a tiempo de Higinio, los doce mil euros mejor empleados del mundo... Y, por si el balance general no fuera ya, que lo es, lo suficientemente atractivo, la obra contiene perlas tan incuestionables como la que fulgura en la página 187: una de las dos declaraciones de amor más hermosas que he leído en años (la otra aparece en El vuelo de las termitas, de Luis Leante), y que parte de los labios de Alfonso para llegar a los oídos de Tiany.

Lola Gutiérrez ha demostrado en esta novela (la tercera de las suyas) que dispone de unas habilidades literarias de primera magnitud y que podemos esperar de ella libros valiosos e historias impactantes. No la pierdan de vista en los próximos años.

viernes, 24 de junio de 2016

Muerte en el 'reality show'



La imagen del escritor encerrado en su propio mundo, ajeno a sus semejantes y distante de todos ellos (la célebre y repetida torre de marfil de la que hablara Alfred de Vigny), ya no es tan universal como lo fuera en tiempos. A algunos escritores de no pequeña fama les ha apetecido abrirse al entorno, a sus temas, a sus gentes, a sus inquietudes. Y así han surgido obras donde no solamente contaba la voz del fabulador sino también la de los hipotéticos lectores, que se sumaban al proyecto narrativo dando sus opiniones y consejos.
Durante el verano de 2003, la divulgada revista El Semanal le propuso al madrileño Lorenzo Silva que elaborase un relato para irlo publicando por entregas. Y al famoso novelista (que ya contaba con el premio Ojo Crítico y con el Nadal, y que pronto obtendría el Primavera) se le ocurrió pedir la colaboración de quienes fueran leyendo el texto, para que le enviaran sugerencias, direcciones narrativas, cambios psicológicos de sus personajes, posible final, etc. Es decir: requirió de ellos que se implicaran en la novela como participantes activos y decisivos.
Así surgió Muerte en el reality show, una novela corta editada en 2007 por el sello Rey Lear, con ilustración de cubierta a cargo de Miguel Ángel Martín, y que nos traslada un argumento fascinante: Shania, una de las protagonistas del reality show Pareja Abierta, ha sido encontrada muerta. Se ha electrocutado en el jacuzzi que tienen instalado en el plató. Y los pegotes de plastilina que cubren las cámaras de vigilancia permiten deducir que se trata de un asesinato. La juez Tortosa y el comisario Fonseca serán los encargados de llevar la investigación, a base de interrogatorios con los que irán acorralando a la persona responsable. Las cosas que irán descubriendo no sorprenderán a ninguna persona aficionada a este tipo de concursos televisivos: macarras malhablados y sin educación, muchachas que rozan (o hacen bandera de) la procacidad, infidelidades sexuales, peleas en horas de máxima audiencia y todo ese tipo de quincallería para espíritus exquisitos. El final de la novela acabará por desvelarnos la identidad de la persona culpable. Y sus motivos.

Lorenzo Silva, hábil en el manejo de los diálogos y de las situaciones, consigue con esta obra una novela tan inusual como sorprendente.

miércoles, 22 de junio de 2016

Don Álvaro o la fuerza del sino



El argumento de esta pieza teatral de Ángel María Pérez de Saavedra Ramírez y Remírez de Baquedano, más conocido por su título nobiliario de Duque de Rivas, es tan sobradamente popular que apenas bastarán unas líneas para recordarlo: los amores imposibles de don Álvaro (un misterioso indiano cuyos orígenes nadie parece conocer) y doña Leonor, estorbados por el padre de la muchacha, quien recela del enigmático galán. Muerto el padre por un disparo fortuito provocado por don Álvaro, y fugitivos por caminos divergentes los dos protagonistas, los hermanos de la chica deciden buscar a don Álvaro para lavar la ofensa de su honor y la sangre de su padre. Pero la fortuna se aliará con el protagonista, que matará primero a uno y después al otro, sin poder evitar que el segundo mate antes a doña Leonor, para limpiar su apellido. Consciente de la maldición que acarrean sus actos, don Álvaro se terminará precipitando por un monte, después de pedir al demonio que lo acoja en su seno.
Efectista, con un ritmo irregular y con una versificación no siempre admirable (frente a secuencias deliciosas y de magnético ritmo hay otras en las que se pierde buena parte de la fluidez y parece que la garganta se atorase cuando intenta seguir la ondulación del verso), la obra conserva parte del aroma que la hizo famosa en su tiempo.

Vista la pieza con los ojos del siglo XXI resulta chocantísimo que los hermanos de doña Leonor provoquen y ofendan a don Álvaro de mil maneras distintas para que acepte batirse con ellos y que él sea capaz de mantener la frialdad y la templanza. Pero cuando don Alfonso insinúa que el galán podría tener una parte de sangre mulata, éste se pone hecho una furia y toma con frenesí la espada, dispuesto a gozar del privilegio “de beber tu inicua sangre”. O tempora o mores.

lunes, 20 de junio de 2016

Desplazamientos



La editorial Candaya tuvo hace unos años la feliz idea de publicar, bajo el título de Desplazamientos y con prólogo de Juan Antonio Masoliver Ródenas, una serie de poemas de Pedro Serrano, que muestran lo más exquisito de sus últimos veinte años de producción literaria.
Estamos ante una obra densa y conceptual, de no fácil lección, pero que en modo alguno podríamos tildar de fría o inaccesible. Se trata más bien de que las emociones del poeta se encuentran codificadas bajo símbolos pudorosos, donde la exactitud emocional se combina con unas palabras y unas imágenes que protegen la desnudez de la confidencia. El poeta quiere comunicarnos su interioridad, pero elige unos métodos casi algebraicos para proceder a esa dación (ya explicó una vez el argentino Jorge Luis Borges que la matemática cerebral de sus versos no era sino una forma de la timidez y de la reserva). Los poemas que aquí nos ofrece Pedro Serrano son de una hondura geológica, arrancados del alma como quien alivia minerales de una cueva profunda (“A veces el poema de un derrumbe, / un lento y doloroso desprendimiento, / una oscura y escandalosa caída de piedras”, p.34), que contienen hallazgos literarios de primera magnitud y de sorprendente viveza, como cuando nos susurra que “la indiferencia huele a fotocopia / y mantequilla rancia” (p.68), o cuando juega con algunas paronomasias significativas y nos dice que en algunos lugares “la hierba hierve” (p.99).
La poesía, en fin, entendida como búsqueda, como rastreo, como ansiosa palpación desesperada, para lograr “en uno mismo al fin morder el centro” (p.72) y conseguir de esa forma que el alma del poeta logre evadirse de “la mustia mediocridad” (p.105) que a todos nos circunda y amenaza.
Pero que nos espanten los lectores menos avezados o menos animosos, porque el volumen también contiene deliciosos versos de amor, bellísimas alturas metafóricas, ritmos cautivadores... e incluso algún poema de explosivo humor, como el que puede consultarse entre las páginas 158 y 159, con el título de “El arte de fecar”, donde las sonrisas y aun las carcajadas brotan de cada estrofa.

Añádase a la edición primorosa (el sello Candaya trabaja con una seriedad y una exquisitez que ya quisiera para sí otras editoriales) el hecho de que, al final del tomo, se incluya un CD con 21 poemas leídos por el propio autor, y ya lo tendremos todo en nuestras manos: un libro hermoso, una interesante voz de poeta (leída y escuchada) y continuos fulgores líricos, brotando de cada página. Les aseguro que no se arrepentirán si se deciden a leer esta obra.

sábado, 18 de junio de 2016

La Biblia en la literatura hispanoamericana



Hay volúmenes que, simplemente leyendo su título, impresionan. Es el caso de éste. Es tal la envergadura del proyecto, tan vastas sus ramificaciones, tan escandaloso el volumen de obras que debían ser analizadas, que no queda sino maravillarse de que el equipo de investigadores que han sido reunidos en este tomo haya logrado culminar su empeño con tan excelsa eficacia. Se trataba, en suma, de comprobar que “la presencia de la Biblia en la literatura hispanoamericana es una dimensión al mismo tiempo obvia y oculta, oculta y aun escamoteada” (p.9) y que, por tanto, convenía aplicarse a una investigación donde quedasen reflejadas las influencias que este texto religioso desarrolló en las páginas de novelistas, poetas, dramaturgos y ensayistas del Nuevo Continente desde finales del siglo XV hasta la actualidad.
La investigación comienza, lógicamente, con la figura del almirante Cristóbal Colón, que solía utilizar abundantes citas y observaciones relacionadas con la Biblia en sus manuscritos, y luego se prolonga por los cronistas de Indias (Bartolomé de las Casas o fray Bernardino de Sahagún), el teatro barroco o sor Juana Inés de la Cruz. Pero quizá la parte más interesante para los lectores menos especializados comienza a partir de la página 222, cuando los analistas se sumergen en el estudio del Modernismo y el siglo XX, poblado de nombres que resultan imborrables en la tradición literaria. Así, descubrimos que una de las primeras lecturas enjundiosas que Rubén Darío abordó en su juventud fue, precisamente, la Biblia (p.225); que los estudiosos de la poeta Gabriela Mistral, premio Nobel de Literatura, “han subrayado la gravitación de la Biblia en el universo imaginario de la autora” (p.284);; que en las novelas del cubano Alejo Carpentier “la Biblia se cita repetidas veces, ora de forma explícita, ora de forma alusiva” (p.379); que la presencia de esta obra es también frecuente en los versos de César Vallejo, quien “se educó en una familia muy religiosa en la que sus dos abuelos fueron sacerdotes” (sic p.457); que la Biblia “es sin duda el texto al que Borges alude con mayor frecuencia” (p.475) o que el chileno Pablo Neruda sintió durante toda su vida “una intensa devoción hacia ese libro sagrado, probablemente por su valor humano y literario más que por razones religiosas” (p.501).
Por supuesto, a este reducido grupo de escritores (seleccionados por la comprensible brevedad de una reseña) podríamos añadir también los nombres de Miguel Ángel Asturias, Octavio Paz, Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, Juan Rulfo, Augusto Roa Bastos u Olga Orozco, por centrarnos tan sólo en los autores del siglo XX, y aún dejaríamos fuera a docenas de otras figuras de importancia crucial en el desarrollo de las letras sudamericanas.

Este espectacular recorrido, que la editorial Trotta publica de forma bellísima en un sólido formato de tapa dura y que comento con auténtico placer, ha sido coordinado por Daniel Attala (Universidad de Bretagne-Sud, Francia) y Geneviève Fabry (Universidad Católica de Lovaina, Bélgica) y en él participan un total de veintidós reputados especialistas cuyas aportaciones arrojan luz sobre zonas muy interesantes de la literatura hispanoamericana de todos los tiempos.

jueves, 16 de junio de 2016

Las cinco advertencias de Satanás



Tras cerrar las páginas de esta pieza de Enrique Jardiel me asaltan dos convicciones: la primera, que es una comedia agradable, con frases ingeniosas y con un final melancólico al que la pluma del autor nos conduce con elegancia; la segunda, que no es una de sus grandes obras. Parece que ambos juicios entran en contradicción y se pelean entre sí, pero no estoy muy seguro de que así suceda. Una obra mediana de Lope de Vega es mejor que una obra notable de Agustín Moreto; una novela discreta de Miguel Delibes es superior a una obra capital de Zunzunegui. Es cuestión de magia, de talento, de chispa.
Enrique Jardiel Poncela disponía de esa magia, de ese talento, de esa chispa, que en Las cinco advertencias de Satanás se desarrollan en tonos menores, sin elevarse a cumbres inmarcesibles.
Con todo, la historia tiene sus puntos de seducción y su atractivo argumental: un millonario (Félix) disfruta de una sucesión de mujeres a quienes va cada tiempo desechando y “colocando” en las manos de su amigo Ramón, quien las “atiende” por una cierta cantidad de dinero. Absortos en esa dinámica cínica y más bien misógina, terminan por recibir la visita del Diablo, quien esclafa ante ellos una serie de advertencias, donde les anticipa hechos que ocurrirán en el futuro y que no podrán remediar: la aparición de una chica preciosa que logrará enamorar a Félix, la posterior decisión de éste de entregársela a Ramón (pese a que la amará profundamente)… Al principio, ambos creerán que será sencillo soslayar esas advertencias, aunque el tiempo acabará de convencerles de que el Demonio tiene más poder del que ellos imaginan.

Enrique Jardiel Poncela, brillante siempre, captura nuestra atención y salpica sus escenas con frases llenas de ingenio y gracia.