martes, 8 de diciembre de 2015

Cuentos de humor negro



Decir que he salido satisfecho de la lectura de estos relatos sería decir poco o incurrir en la banalidad. He salido maravillado, entusiasmado, pletórico y con la alegría de haber descubierto a un nuevo autor que incorporar a mis predilectos. Resulta obvio que Cuentos de humor negro, de Robert Bloch (obra que he leído en la traducción castellana de E. Riambau), no es una pieza trascendente en la Historia de la Literatura; pero, como dijo Clark Gable, “francamente, querida, me importa un bledo”. A estas alturas de mi experiencia como lector, lo único que me interesan son los libros que me atrapen, convenzan y seduzcan, sea por motivos estilísticos o por motivos argumentales. Los bostezos intelectualoides que me provocan Milan Kundera y autores parecidos se los cedo gustosamente a otros lectores.
De hecho, las tres pequeñas piezas que componen el primer bloque del volumen (“El arte mortífero”) ya me dejaron impresionado: un crimen pasional resuelto con una serpiente, un atroz experimento de percusión y una vomitiva barbacoa. A partir de ahí, los relatos van sucediéndose, seductores y eficaces: un viejo librero que esconde una doble vida tan inquietante como sangrienta (“Escuela nocturna”); una chica que, obsesionada por el éxito y la fascinación del oro, ve aproximarse al príncipe Ahmed y cree que su vida está por fin resuelta (“Chica pin-up”); el modo impensable en que se mantienen en la cúspide de la fama los principales protagonistas del mundo cinematográfico (“Terror en Hollywood”); la figura del enigmático escritor que se esconde del mundo y se niega a saborear las mieles de la notoriedad pública (“Los versos nunca pagan”); el agente de artistas que tiene que enfrentarse a un cómico veleidoso y borrachín, que trata a todo el mundo de forma despótica (“Traición”); el sorprendente personaje que, provisto de muchos millones de dólares, se empeña en adquirir las principales obras de arte de la Historia, sin importar el precio que tenga que pagar por ellas (“El maestro del pasado”); o, para no agotar todos los argumentos, la sorpresa que se lleva el lector al descubrir que Thomas Jefferson, Benjamin Franklin y sus compañeros, cuando están a punto de firmar en 1776 la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, discuten entre sí hablando de horarios sindicales y maquinillas de afeitar eléctricas (“Los Padres de la Patria”).

Un libro lleno de humor, de secuencias atractivas y de personajes que te dejan con la boca abierta. Habrá que repetir con Robert Bloch.

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