Eso
que, tan pomposa como seriamente, llamamos “la realidad”, se viene abajo en
cuanto atinamos a mirarla de otro modo, con otras pupilas, desde otro ángulo. Para
demostrarlo ahí están los pequeños diamantes que Elena Casero Viana reúne en su
volumen Luna de perigeo, publicado por el sello Enkuadres. Y les aseguro
que he utilizado la fórmula “pequeños diamantes” con absoluto rigor, porque la
autora valenciana consigue en ellos una complicada ingeniería de condensación
que solamente afecta al número de palabras, pero no a la envergadura de su
sugerencia. Les pondré un ejemplo, que se hospeda en la página 21 de este hotel
narrativo. Imaginen a un hombre que, sudoroso y casi extenuado, corre para
salvarse. Nada sabemos de su culpa. Nada sabemos de los motivos de su huida.
Simplemente corre y corre, con un traje de presidiario. El horror y la angustia
lo hacen transpirar, pero no detienen el frenesí de sus piernas, que tratan de
llevarlo a la salvación. Por detrás de él, casi feliz en su sadismo, viene otro
hombre, que porta un arma y que sujeta a un perro con las fauces embadurnadas
de espuma: la gran tarea de ambos es cazar al fugitivo. Parece una escena
cinematográfica (seguro que recuerdan alguna de parecido tono), donde casi
podemos escuchar el resuello del perseguido, la inmisericordia del sol (que
golpea desde hace horas), la adrenalina rencorosa del perseguidor, los ladridos
paralizantes del animal. Por supuesto, cazador y perro tienen todas las
papeletas para alzarse con la victoria: atesoran demasiadas ventajas. Bien,
ahora dejemos que Elena Casero nos ofrezca esa misma historia en dos líneas y
media: “Sonreía mientras lo veía correr espoleado por el pánico. El eco
aplaudió su puntería. Satisfecho, recogió de boca de su lebrel un pedazo de
tela de rayas”. Seguro que ahora comprenden mejor mi etiqueta de “pequeños
diamantes”, porque muchas de las propuestas del volumen transitan por esa
senda: condensan, sugieren, atrapan, sorprenden. Solamente una autora excelente
puede conseguir ese nivel de exactitud con el vocabulario y con la sintaxis. Cómo
no recordar el bello endecasílabo con el que Dámaso Alonso definió al maestro
barroco: “Quevedo prensa pensamiento hirviente”.
En
ocasiones, veremos a un niño pobre cambiar de estatus en el futuro y tener
frente a sí al niño rico que lo humilló (“Las vueltas del tiempo”); o
sentiremos lástima por una niña que ya no se encuentra (aunque quisiera) entre
los vivos (“Añoranza”); o sentiremos asombro al descubrir el modo acelerado en
que han cambiado, gracias a los avances de la modernidad, los mecanismos del
nacimiento y de la muerte (“Nuevas tecnologías”); o advertiremos con estupor
las posibilidades libidinosas de un cuento infantil (“Por eso le llaman
Sabio”); o notaremos cómo se nos encoge el estómago con una escena de
tristísima aceptación laboral (“Yo que tú”); o percibiremos el escalofrío que
nos recorre la columna vertebral al saber de cierto pacto inquietante
(“Trueque”); o, en fin, nos dejaremos inundar por la compasión ante el bochorno
de una escena triste y conmovedora (“El recién llegado”).
Que un libro te ofrezca una historia admirable es digno de aplauso. Que te regale más de setenta ingresa, definitivamente, en el ámbito del prodigio.
1 comentario:
Muchísimas gracias. Ha sido una gran sorpresa
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