viernes, 23 de octubre de 2015

El año del diluvio



Ignorar las novelas de Eduardo Mendoza supone perderse una de las más gratificantes experiencias lectoras que uno puede disfrutar en la España del último medio siglo. Cuando quiere ser solemne y testimonial lo es; cuando desea provocarnos sonrisas o carcajadas lo consigue con igual tino; y siempre realiza estas operaciones con una exquisita envoltura literaria. De toda su producción novelística, colosal y extraordinaria se mire por donde se mire (La verdad sobre el caso Savolta, La ciudad de los prodigios…), elijo hoy una pequeña pieza que he leído en dos o tres ocasiones y que siempre me ha resultado deliciosa: El año del diluvio.
Nos cuenta la trayectoria vital de sor Consuelo, una monja joven, entusiasta y emprendedora, que se acerca hasta el cacique don Augusto Aixelà de Colbattó para lograr que la ayude económicamente en un proyecto que ha ideado tras largas reflexiones: fundar un asilo de ancianos en la localidad. La actitud inicial del potentado, salpicada de sarcasmos (“Tengo comprobado que en presencia de un hábito ningún hombre puede reprimir la necesidad de proferir alguna sandez”), no la arredra ni modifica sus planes. Pero lo que sí los perturbará e introducirá vértigo en ellos serán las aproximaciones sensuales de don Augusto, donjuán otoñal pero exitoso, que provocarán en su espíritu un auténtico torbellino de emociones contradictorias. Igualmente le supondrá un choque en su alma tener que tratar sanitariamente a un célebre bandolero que trae de cabeza a la guardia civil y que esconde mayor nobleza de corazón de la que pudiera pensarse, aunque sus ideas sociales y políticas la sorprendan por su gran contundencia (“Las leyes están hechas por los ricos para tener a raya a los pobres y conservar sus privilegios. A los ricos no les importa que la ley sea severa, porque no teniendo necesidades, tampoco tienen motivos para quebrantarla”).
Treinta años después de aquellos acontecimientos, que marcaron su vida de un modo indeleble, sor Consuelo volverá al pequeño pueblecito para esperar la llegada de la muerte. Y aprovecha esas semanas finales para poner en orden sus recuerdos y prepararse para el tránsito.

Imposible no emocionarse con esta obra. Imposible no admirarla. Imposible no aplaudir a Eduardo Mendoza, puesto en pie, por ser capaz de componer una historia tan emotiva, tan sugerente, tan perfecta.

1 comentario:

Francisca Abellán Soriano dijo...

Esta vez, si he leído el libro que comentas con acierto. Deliciosa, esta obra, de uno de los autores, de los que me declaro incondicional lectora. Gracias por traerlo hasta aquí.