viernes, 30 de mayo de 2025

El Aleph

 


Creo que es la tercera vez (quizá la cuarta) que leo El Aleph, de Jorge Luis Borges. No guardo anotación escrupulosa de la cronología de todas esas lecturas, pero sé que la primera fue durante el curso universitario 1988-89 y que la “culpa” directa hay que achacársela sin vacilación a Vicente Cervera Salinas, que entonces me explicaba Literatura Hispanoamericana y que, con un par de comentarios elogiosos y un par de citas provocó mi curiosidad por el autor argentino. Ahora, mucho tiempo después, vuelvo a fondear con idéntico placer y con idéntico fervor en la playa de antaño.

Me sabía de memoria (o casi) los “argumentos” de estas historias, pero en Borges ese detalle es ocioso, porque lo deslumbrante, lo que no se oxida ni erosiona, es su forma de contar, el léxico inaudito, el vuelo de la frase. Acompañas a Marco Flaminio Rufo en su viaje para descubrir el río cuyas aguas otorgan la rareza de la inmortalidad; recuerdas cómo muere Benjamín Otálora (“un triste compadrito sin más virtud que la infatuación del coraje”); te deslumbra la feroz polémica que se establece durante años entre Aureliano y Juan de Panonia; admiras el arrojo visionario de Tadeo Isidoro Cruz, que en los minutos finales de su vida descubre el esplendor noble de la traición; comprendes la laboriosa maquinación de Emma Zunz para ultimar su venganza; consultas el bol de monedas que tienes encima de la mesa del despacho, por si alguna de ellas recordara los perfiles del Zahir; te comienzas a fijar en la piel de todos los animales, como hizo el sacerdote Tzinacán dentro de su sofocante celda; te dejas seducir por la luminosa posibilidad de que otro Carlos Argentino Daneri te revele la ubicación exacta de un aleph; o pestañeas incrédulo ante el crimen de los Nielsen, que aúna barbarie y fraternidad.

Pero, como indiqué al principio, lo más asombroso, lo que embriaga y siempre encandila, es el decir borgiano, que nos transmite verdades quizá impensadas (“Ser inmortal es baladí; menos el hombre, todas las criaturas lo son, pues ignoran la muerte”); que nos ilumina sobre ciertas paradojas sentimentales (“Hay quien busca el amor de una mujer para olvidarse de ella, para no pensar más en ella”) o sobre el sentido de nuestra existencia (“Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es”); que define a filósofos como Aristóteles de la manera más increíble y reverencial (“Había sido otorgado a los hombres para enseñarles todo lo que se puede saber”); o que nos retrata a una bella dama de forma inmejorable (“Sus retratos, hacia 1930, obstruían las revistas mundanas; esa plétora acaso contribuyó a que la juzgaran muy linda, aunque no todas las efigies apoyaran incondicionalmente esa hipótesis”).

Les traslado una última sugerencia: fíjense siempre en los adjetivos y en los verbos que Borges elige para construir sus frases. Raro serán que los descubran mejores (o más singulares, o más inesperados) en ningún otro autor.

Fue un maestro. Es un maestro. Sus libros quedarán.

miércoles, 28 de mayo de 2025

El caso Saint-Fiacre

 


Maigret, que tiene al comenzar la novela cuarenta y dos años y que reconoce estar algo pasado de peso, vuelve a su localidad natal de Saint-Fiacre, porque la policía ha recibido una inquietante nota donde se indica que va a cometerse un crimen en la primera misa del Día de Difuntos. Tal afirmación provoca en el comisario un evidente interés profesional, que se troca en pasmo cuando, sin que nadie parezca intervenir, la vieja condesa caiga muerta después de haber tomado la comunión. A partir de ese instante, como resulta fácil comprender, Maigret abre los ojos y comienza su investigación. ¿Quién puede haber cometido ese crimen invisible?

Todos los actores del drama comienzan a tomar cuerpo ante el investigador: el joven Jean Métayer, quien oficialmente era el secretario de la condesa… y de forma oficiosa es su amante; el irresponsable Maurice, que lleva un buen número de años esquilmando las finanzas de su difunta madre, pidiéndole dinero para cubrir sus estropicios (borracheras, viajes, cheques sin fondos); el administrador Gautier, que se ocupa de ir salvando la situación económica de la condesa como puede; el médico Bouchardon, que se encarga de los detalles forenses (aunque no era el galeno habitual de la condesa); el cura de la localidad, que asegura saber algo, que no puede revelar por haberlo escuchado durante una confesión… Todos ellos tienen motivos para ser considerados culpables, pero no resulta posible determinar la culpabilidad de ninguno. Porque, entre otras cosas, ¿cómo culpar de un crimen donde nadie ha rozado siquiera a la víctima?

Con una solución final a la vieja usanza (todos son convocados para una cena, en la que se analizarán los detalles y se dilucidará la identidad del asesino), El caso Saint-Fiacre, que leo en la traducción de Lluís Maria Todó, regala un par de tardes de entretenimiento policial, que siempre es bienvenido.

martes, 27 de mayo de 2025

Canción de cuna

 


Decido añadir otro nombre de mujer en mi blog y me adentro por las páginas de la obra dramática Canción de cuna, de Gregorio Martínez Sierra. Quienes ahora, tras releer mi primera frase y fruncir el ceño, tecleen el nombre en un buscador de internet y echen un vistazo al alopécico y bigotudo escritor madrileño sin duda pensarán que me estoy burlando. Pero bastará que lean su biografía para descubrir que, tras una gran parte de su obra, se escondía la mano creativa de su esposa, María de la O Lejárraga.

Nos encontramos aquí en un convento de religiosas, en el que la Vicaria, bastante estricta, se muestra indignada con el comportamiento relajado de sus jóvenes pupilas, las cuales, pese a su fe, actúan con la ligereza esperable de la juventud: ríen, bromean, se sacan la lengua, recuerdan la vida hogareña que dejaron atrás... e incluso sueñan con tener alas y volar, como si fueran pájaros. El médico que las visita periódicamente (don José) es un hombre de 60 años que despliega en todo momento un humor irónico, en apariencia descreído, pero bonachón. Al iniciarse la obra se está celebrando el santo de la madre superiora y, cuando una mano sin identificar deja una cesta en el torno, las encargadas de vigilarlo piensan que se trata de un regalo con motivo de esa onomástica. No obstante, las paraliza la sorpresa cuando, al destapar el paño que lo cubre, advierten que “el regalo” es, en realidad, una niña recién nacida, acompañada de una nota donde se ruega que no abandonen a la criatura en la inclusa, y que la críen con cariño, para que pueda disfrutar de un futuro más halagüeño. Tras vacilaciones de todo tipo, don José se presta a adoptar legalmente a la niña, dejándola en las manos de las religiosas para que se ocupen de su crianza. Teresa, humilde, agradecida y modosa, se convertirá un tiempo después en una bella muchacha a la que sus protectoras tendrán que entregar en matrimonio al no menos humilde, atractivo y religioso Antonio, quien se la llevará hasta América para emprender allí una nueva vida.

Resulta innegable que Canción de cuna, argumentalmente, se anticipa cuarenta y cuatro años al drama cinematográfico de Marcelino, pan y vino (1955) y que se vertebra sobre la premisa algo ternurista de que toda mujer "dentro del corazón lleva a un hijo dormido".

Un drama agradable, pero que quizá se excede en la dosis de azúcar religioso y en la santidad ñoña de todos sus protagonistas, tanto masculinos como femeninos.

lunes, 26 de mayo de 2025

La destrucción de Kreshev


 

Kreshev es una diminuta aldea judía donde nada altera la paz cotidiana: todos sus habitantes son pobres, todos son devotos. De tal forma que “toparse allí con un auténtico pecado resulta francamente difícil” (p.11). Pero como el Diablo quiere enredar las cosas (y, además, es el narrador de esta historia), he aquí que se instala en la localidad el rico Búnim Shor, acompañado por su esposa Shifre (que no goza de demasiada salud) y por su bella hija Lise, quien no se interesa por las naderías juveniles, sino por la lectura del Talmud y otros libros de sabiduría. Las aguas de Kreshev no se alteran demasiado con esa llegada, aunque sí lo harán en el momento en que el padre decida que ha llegado el momento de elegir esposo para su hija. El afortunado es Shlóimele, que viene de muy lejos con fama de ser hombre virtuoso, culto y de estricto comportamiento religioso. Las cosas, no obstante, cambiarán cuando se celebre el matrimonio y el marido, a mitad de camino entre lo lúbrico y lo transgresor, comience a sugerirle a su esposa que lo secunde en ciertos juegos eróticos; y ella (“sabido es que mi gente tiene una elocuencia extraordinaria”, dice el Diablo en la página 79) se deje seducir por sus palabras y acceda a cumplir sus deseos.

Isaac Bashevis Singer nos presenta en La destrucción de Kreshev (que leo en la traducción efectuada por Rhoda Henelde y Jacob Abecassis para el sello Acantilado) un relato tan encantador como inquietante, donde se exploran los misterios del deseo, el poder brujo de la palabra y las hogueras de lo prohibido.

Muy recomendable.

sábado, 24 de mayo de 2025

El día del lobo

 


Copio unas palabras que aparecen en la página 125 de este estremecedor libro del andaluz Antonio Soler: “El 7 de febrero de 1937 comienza uno de los episodios más dramáticos y oscuros de la Guerra Civil. Si quienes lo padecieron fueron ochenta mil o ciento cincuenta mil personas no cambia la dimensión del suceso ni su brutalidad. Ni la acción del ejército franquista o de su Marina. Ni la responsabilidad de la aviación alemana o de la italiana”. El episodio al que se está refiriendo (y que funciona como núcleo terrible de este tomo) fue la forma inicua en que fueron masacradas, desde el mar y desde el aire, las personas que huían de Málaga por temor a la llegada de las tropas enemigas. Bombardeadas desde los buques de guerra Almirante Cervera, Baleares y Canarias, y ametralladas por los aviones de la Legión Cóndor y de la escuadrilla aportada a la causa por Mussolini, miles de personas hambrientas, asustadas, enfermas y arañadas por el frío (entre las que se encontraban mujeres, embarazadas, ancianos y niños), que conocían perfectamente las alocuciones de Queipo de Llano desde su radio sevillana (barra libre para matar y humillar a los hombres, barra libre para violar a las mujeres) trataban de llegar a Almería y ponerse a salvo. Pero ni la huida se les permitió.

En ese grupo de derrotados famélicos se encontraba la familia de Antonio Soler, quien, en los años posteriores, tras unir todos los recuerdos familiares y leer documentos sobre aquellos días (los nombres de Largo Caballero, Negrín, Azaña o Arias Navarro, alias Carnicerito de Málaga, aparecen continuamente), reconstruye los pasos que dio aquel lobo sanguinario que los acechaba. Un lobo que convirtió la persecución en una actividad meticulosa, inmisericorde, sañuda; un lobo que quería asustar, morder, desgarrar; un lobo que por fin, desde 1939 y durante varias décadas, se convirtió en el único dueño del bosque.

“Sé lo que ocurrió. Pero no sé cómo ocurrió. Y sé, eso sí, que el cómo es lo esencial en cualquier historia, en cualquier relato o suceso que se cuente”, nos dice Soler en la página 67. Eso lo impulsa a charlar con su abuela (que tiene párkinson), la cual, con la mirada perdida, le pregunta que para qué quiere saber tanto. Es, creo, un punto neurálgico del libro. En efecto, ¿por qué quiere Antonio “saber tanto”? Es la gran pregunta, cuya respuesta es sencillísima, en mi opinión: quiere saber (necesita saber) porque aquello ocurrió, y porque olvidarlo o dejar que sus detalles se desdibujen o se manipulen no es admisible: supone ser derrotado dos veces. La primera derrota fue la inquina impiadosa de los asesinos. La segunda derrota sería dejarles a ellos que narren y fabriquen la “realidad” a su gusto, subrayando lo que desean y ocultando lo que no les conviene recordar, porque (ese discurso sí que saben esclafarlo con tenacidad) quienes recuerdan son unos rencorosos, que se empeñan en vivir en el pasado.

“Ningún miembro de mi familia regresó del todo de aquel extravío que duró poco menos de una semana, pero que anidó dentro de ellos como un germen que durante décadas fue expeliendo una sustancia oscura y sombríamente renovada” (p.337). Ahora, aquel niño que nació en 1956, en medio del silencio obligatorio y amenazante, toma la palabra para contarnos la otra parte de la verdad.

Un libro terrible, tristísimo e imprescindible.

jueves, 22 de mayo de 2025

La cuarta persona del singular

 


Después de muchos años (no especificaré cuántos, porque ciertas aritméticas empujan eficazmente hacia la depresión), recupero los versos de Andrés García Cerdán, que desde mi primera aproximación me parecieron muy atractivos, con su infrecuente mezcla de juventud, sabiduría, desparpajo, aplomo y multiculturalismo, que me hacía gastar lápices rojos, subrayando en los márgenes y poniendo crucecitas, signos de exclamación o asteriscos.

Abramos el libro y leamos el arranque: “¿Escribir? Sé que no importa cuanto escribo / y juego, sin embargo, apostando el corazón”. Acudamos a la última página y leamos el cierre: “En la carretera de los días”. En medio, un hermoso búcaro donde junto a las flores reposan músicas (Smashing Pumpkins, Rosendo, Janis Joplin, Joey Ramone) o literatura (Catulo, Garcilaso, Pound, Breton, Borges, Cortázar), pero también aventuras llenas de imaginación en las que se riega los geranios con ginebra, se nos habla de la felicidad “de las monjas y los maniquíes”, se aquilatan con palabras nuevas los viejos tópicos antiguos (“Aprovecha las horas y deja que las horas / se aprovechen de ti. Como un pájaro, canta”), caracolea poemas en los que todos los versos terminan con la misma palabra (“Como una flor”), juega con personajes shakespeareanos para titular con gracejo una composición (“Yorickeando”), rinde homenaje al autor del Quijote (“Me encomiendo al licenciado Vidriera”) o nos sorprende con un poema, que titula “Avaricia” y que cobija un solo verso: “Lo guardo todo para ti”.

Andrés García Cerdán, versátil, convincente y maduro (por este libro recibió el XVI premio de poesía Antonio Oliver Belmás), me recuerda que tengo que visitar otra vez sus obras anteriores, que me esperan en la estantería.

martes, 20 de mayo de 2025

Lugares

 


Un día, el chispeante e imaginativo narrador Georges Perec tuvo una idea, tan sorprendente como casi todas las suyas: escoger doce lugares de París que estuvieran relacionados con algún aspecto de su vida y reunirlos en un proyecto, que consistía en escribir todos los meses dos textos sobre uno de esos lugares, repitiendo la experiencia durante doce años. Cada mes, los dos escritos quedarían protegidos en un sobre lacrado por el propio autor. Esta singular experiencia comenzó en 1969. Y calibró que, cuando por fin se abriesen los sobres en 1980, el mosaico mostraría un detallado mapa mental y emocional, un laberinto y un retrato. Obviamente, hablamos de una aventura, hablamos de un juego, hablamos de un experimento. Pero es que hablamos de Georges Perec, quien hizo de la aventura, del juego y del experimento unas herramientas imprescindibles para entender su entorno y entenderse a sí mismo.

Alguien, guiado por un sentido trascendente de la literatura o de la vida, podrá argumentar que el volumen está construido enteramente con fruslerías. Concedido: es así. Nada que objetar. El parisino nos habla de lugares diminutos donde toma un café o come salchichas, de amigos anónimos que acabaron trabajando en profesiones pequeñas, de calles con basura, de conversaciones de barra que duraron un par de minutos y que estuvieron impregnadas de banalidad, de paseos silenciosos por calles solitarias, de amigos y amigas a quienes se tragó el olvido, de habitaciones donde durmió o escribió, de aquella vez que estuvo escuchando el canto de miles de pájaros, de cuando lo sorprendió el ruido de los furgones antidisturbios en Mabillon, de cuando constató que habían renovado la escalera mecánica en la estación Monge, e incluso de pequeñas mezquindades literarias (“Soy envidioso, soy mala persona; la gloria de Sollers (o de Le Clézio) me quita el sueño”, p.233)… Sí, desde luego, no será necesario seguir enumerando más pequeñeces: admitido. Totalmente admitido. Pero convendría recordar que nuestra vida (digamos que, al menos, el 90% de nuestra vida) es eso: cosas diminutas, seres diminutos, charlas diminutas, alegrías y penas diminutas. Horas o días sin pena ni gloria. Con su anotación meticulosa, Perec está consignándose. Y lo hace por una razón muy contundente, que el autor nos deja anotada en la página 268: “No quiero olvidar. Tal vez ese sea el eje central de este libro”. Con esa clave debemos leer el tomo.

En este descomunal trabajo editorial, que traduce Pablo Martín Sánchez y que incluye un preámbulo de Sylvia Richardson y un prólogo de Claude Burgelin, amén de la espectacular introducción y las notas de Jean-Luc Joly, el imprevisible Perec anota miles de detalles de su propia vida, miles de anécdotas, miles de recuerdos, miles de pormenores topográficos o espirituales. Y el proyecto resulta tan inaudito como seductor. Mención aparte (y un enorme aplauso) suscitan las fotografías y las notas que enriquecen esta fastuosa entrega editorial: un prolijo y esclarecedor esfuerzo donde se nos suministran muchos detalles sobre las personas mencionadas o los avatares vitales del autor. Impagable luz que nos sirve para entender esta vidriera literaria, esta playa llena de guijarros coloreados a la que ahora con admiración llamamos Georges Perec.

No lo duden los amantes de sus libros: Lugares debe estar en sus bibliotecas.