sábado, 26 de mayo de 2018

El orden de la vida




Onofre no es un hombre resuelto, ni atractivo, ni bien dotado para las relaciones sociales. Así que cuando abandonó Los Olmos y se fue hacia el sur, en dirección a Las Arenas, su equipaje emocional era tan precario como modestas sus esperanzas: encontrar un trabajo que le permitiese volver a su lugar de origen con algo de dinero y una cierta aureola de triunfo y, si fuera posible, encontrar también a una mujer con la que compartir su existencia. Un día, en el almacén donde trabajaba, alzó la vista y pudo ver a Irene, una chica de pasado tumultuoso por la que de inmediato se sintió atraído. Onofre, que a su timidez le añade un notorio exceso de kilos y un carácter pusilánime, imaginó que alguien como Irene jamás le prestaría atención. Para su sorpresa la muchacha le autorizó una cierta proximidad amistosa, que él maquilló con los afeites de la esperanza.
La relación, sí, se consolidó en forma de matrimonio. Onofre, sí, creyó que el arco iris comenzaba a brillar a su alrededor. Y la felicidad, sí, pareció durante un tiempo posible. Pero los paraísos no admiten en su seno más que a unos pocos afortunados, y el muchacho irá enfangándose en el barro de muchos errores y de muchas tristezas: primero, cuando acepta llevar en su furgoneta unos transportes irregulares, que lo colocan al margen de la ley (todo el dinero se le antoja poco para construir su sueño, que ahora contiene a Irene); segundo, cuando comprueba que la chica lo desdeña carnalmente (“El sexo no lo es todo, créeme. En ocasiones destruye a las parejas y emponzoña la amistad”); tercero, cuando comprende que haber tenido una hija no es suficiente anclaje para su mujer, quien, pasados unos años, opta por buscar fuera del hogar la pasión que en él no obtiene. Sometido a la injuria de la lástima y golpeado por la inmisericordia del desdén, además de asustado con las dimensiones que alcanza su compromiso con los narcotraficantes de la zona, Onofre toma una decisión durísima, que termina afectando a todas las personas de su entorno.
Pascual García nos traslada en estas páginas no sólo un argumento novelístico maravillosamente trenzado (con saltos hacia atrás y hacia adelante, con hilos de diferentes grosores y colores que se van combinando para formar el dibujo de la obra) sino también y sobre todo un sobrecogedor viaje por la mente de unos seres a quienes el Destino o el Azar ha arrojado a existencias infelices, bien porque no consiguen sentirse amados (Onofre), bien porque no consiguen amar (Irene), bien porque se quedan sin posibilidad de amar (Antonia). En ese viaje, la pluma de Pascual García se nos antoja a veces un microscopio y a veces un bisturí, pero siempre advertimos en ella una indesmayable brillantez, que aletea en todos sus libros y que en éste alcanza niveles de clásico.

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