jueves, 26 de noviembre de 2015

Esperando a Godot



Ha vuelto a ocurrirme. Me pasó cuando leí esta obra en mi juventud y ahora que la releo me encuentro con la misma incertidumbre. ¿Esperando a Godot es una obra genial, metafísica, profunda, de la que extraer mil y una lecciones sobre el sentido de la vida humana; o, por el contrario, es una tontuna coyuntural que, dentro de un siglo, será juzgada como fruslería o blablableo? Me siento incapaz de pronunciarme con firmeza. Hay secuencias y frases de la obra que te dejan anonadado y reflexivo. Y otras en las que percibes un cierto aroma de tomadura de pelo literaria. No sé. Es complicado.
Vladimir y Estragón se encuentran en escena solos, junto a un árbol, esperando la llegada de un misterioso Godot que, un día tras otro (y al parecer sucede así desde tiempo inmemorial), excusa su presencia y los emplaza mediante un chico para la jornada siguiente. Ellos, ansiosos y aburridos a partes iguales, juegan a hablar, a distraerse con lo que pueden, piensan en ahorcarse, piensan en irse, piensan en diálogos absurdos y, cuando las fuerzas flaquean y están a punto de darse por vencidos, pronuncian el diálogo-mantra que los mantiene pegados a la escena: no pueden irse porque están esperando a Godot. Cuando aparecen por allí el despótico Pozzo y el lacayuno Lucky (irónico nombre), algo diferente se ofrece ante sus ojos, pero es un espectáculo bochornoso: contemplar cómo el primero humilla al segundo, al que lleva atado con una cuerda y a quien insulta y maltrata de un modo continuo y lamentable. Apenas más. El resto son frases de gran brevedad que se van alternando con un ritmo hipnótico, en trayectorias circulares que los dejan (y nos dejan) siempre en el mismo punto: vacíos, huérfanos de toda explicación, pobres, hambrientos… y esperando a Godot.
Apuntaré algunas de las sentencias del libro: “Las lágrimas del mundo son inmutables. Por cada uno que empieza a llorar, en otra parte hay otro que cesa de hacerlo. Lo mismo pasa con la risa” / “No hablemos mal de nuestros tiempos; no son peores que los pasados. Claro que tampoco debemos hablar bien. No hablemos” / “Todos nacemos locos. Algunos siguen siéndolo”.

Y después sólo me queda quedarme callado. Quizá vuelve a la obra en mi vejez, para completar el ciclo y descubrir si he logrado extraerle su enigma.

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