martes, 29 de abril de 2014

El cohete y la estrella



José Bergamín no fue —seamos claros— un escritor brillantísimo. Lo que ocurre es que lo salpican dos circunstancias distraedoras: de un lado la proximidad de sus compañeros del 27, que lo elogiaron como el amigo que era, y que vertieron sobre él el incienso de la indulgencia; del otro, su abstrusa ininteligibilidad, que en España suele ser equiparada al genio (si no se le entiende será porque es profundo, y quién se anima a decir que el emperador va en pelota). Pero me aventuro a leer El cohete y la estrella, un pequeño bloque de reflexiones y de aforismos en el que, de vez en cuando, suena bien la flauta.
En algunos alcanza algunas revelaciones psicológicas de interés («La verdadera enseñanza de la vida no la dan los padres a los hijos, sino los hijos a los padres»), en otros se desliza por el tobogán humorístico («Hay quien supone de buena fe estar en lo cierto cuando afirma que el vino es alcohol») y en otros es definitivamente lírico («En el amor, el débil es quien pega, y el fuerte es el que acaricia»), radical («No pienses nada o piensa hasta el fin»), profundo («El hombre no piensa más que cuando está solo») o precavido («No te maquilles nunca el alma con la cultura»).
No es un balance esplendoroso, ciertamente, pero valgan al menos estas perlas en medio del muladar.

1 comentario:

supersalvajuan dijo...

La flauta no siempre suena bien