miércoles, 17 de septiembre de 2008

La sociedad de la decepción



Todo territorio —social, cultural, económico, político— necesita una conciencia. O, al menos, la mirada de alguien lúcido que, exteriormente, analice con inteligencia sus derroteros y su posible futuro. Gilles Lipovetsky es una de esas miradas, si nos referimos al mundo occidental. Sus reflexiones sobre el capitalismo europeo y americano, sus dictámenes sobre la modernidad y sus juicios sobre la cultura liberal circulan ampliamente en libros como La felicidad paradójica o La era del vacío. Ahora el sello Anagrama acaba de lanzar La sociedad de la decepción, una larga entrevista que el pensador mantuvo con Bertrand Richard, y que traduce Antonio-Prometeo Moya.
Se nos explica en sus páginas que los occidentales habitamos en un mundo hipersatisfecho, donde abunda al especie del «turboconsumidor nómada» (p.50); pero que ya comienzan a ser frecuentes las personas que, recelosas de esa aceleración sin límites, se dan cuenta de que el camino es inviable. No hay rutas de avance continuo en un planeta cuyos recursos se erosionan, y ni siquiera nos quedan las ilusiones infantiles de antaño («Ya no tenemos grandes sistemas portadores de esperanza colectiva, de utopías capaces de hacer soñar, de grandes objetivos que permitan creer en un mundo mejor», p.63). Y es que, en efecto, mientras que las sociedades tradicionales se refugiaban en el fervor religioso o en la persecución de libertades cada vez más avanzadas y estables, el mundo postmoderno se ha edificado sobre «la incitación incesante a consumir, a gozar, a cambiar» (p.23). Este panorama que nos dibuja Lipovetsky es, desde luego, desalentador, pero él no pretende tachar de execrable o agónico el mundo en que vivimos («Me he negado siempre a la denuncia apocalíptica, es demasiado fácil», p.18), sino que pretende diseccionarlo sin prejuicios, sin maquiavelismos, con rigor. Es verdad que hemos perpetrado insensateces, pero no mayores que las de nuestros antepasados («El hombre actual no es más egoísta e inhumano que el de antes: en los dominios tradicionales, la envidia corroía a las personas y la consagración del deber no impidió ni las guerras mundiales ni los campos de exterminio», p.109).
Y a continuación, la gran pregunta: ¿existe todavía un modo de reconducir esta tendencia y de generar un nuevo modelo político y social? Gilles Lipovetsky cree que sí, y que éste sólo podrá brotar del sistema educativo, que ayudará al hombre a redefinir su conducta («El papel de la escuela será primordial para aprender a situarse en la hipertrofia informativa. Uno de los grandes desafíos del siglo XXI será inventar nuevos sistemas de formación intelectual», p.92). Es decir, que sólo repensando nuestro mundo podemos tener esperanzas de sobrevivir y de avanzar. Libros como La sociedad de la decepción nos pueden ayudar en la búsqueda de soluciones para seguir pensando que el futuro existe.

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