lunes, 2 de marzo de 2026

El perro loco

 


Afirma el yeclano José Luis Castillo-Puche, en un prólogo que compuso para acompañar esta historia: “Yo no soy, por supuesto, un autor para niños, ni siquiera para jóvenes. Comprendo que mi literatura es fuerte, es bronca y más bien áspera”. Puede que tenga razón, pero tal vez las historias fuertes, broncas y ásperas puedan también calar en el espíritu de personas jóvenes. Desde luego, entiendo que El perro loco reúne todas las condiciones para que así sea.

Nos encontramos aquí con Pepico, un niño del Altiplano. Su familia, hondamente religiosa, tiene que huir de su pueblo natal cuando estalla la guerra civil de 1936, y refugiarse en la cercana Murcia. Se llevan con ellos, después de varias tentativas de abandonarla, a la perrita Lilí, un animal cariñoso, inteligente y fiel, que parece comprender las cosas mejor que los humanos y que los salva en algunas ocasiones más bien comprometidas ante milicianos que realizan registros. Es una época difícil, en la que nadie parece encontrarse a salvo, porque los enfrentamientos bélicos siempre sacan lo peor de las personas que se ven envueltas en su locura (“Lo tremendo es que haya insensatos que quieran hacernos creer que las guerras son necesarias, o que las guerras son episodios heroicos que la humanidad necesita, o que las guerras pueden traer algo bueno. Todo mentira. Las guerras son el oprobio y la vergüenza de la humanidad, las guerras son la barbarie que nos asemeja a las fieras”, asegura en el capítulo 25). Los odios, las venganzas, los ajustes de cuentas, las mezquindades, las delaciones, los temblores impregnan el corazón de todos los protagonistas. Y, cuando la situación se vuelve punto menos que insostenible, Pepico tiene que vestirse con el uniforme del ejército leal a la República y subirse a un tren que lo llevará al frente.

Novela antibelicista, profundamente tierna en su visión de los animales, El perro loco consigue trasladarnos un relato sencillo, conmovedor e inolvidable sobre el despertar a la vida adulta, el poder devastador de las guerras y la estupidez homicida en la que puede incurrir el ser humano cuando lo convencen de que “el de la acera de enfrente” es un enemigo del que conviene protegerse o al que conviene exterminar. Digno de aplauso, como siempre, José Luis Castillo-Puche.