domingo, 17 de abril de 2011

El sacrilegio de Alan Kent



Olvídese de la lógica y de un posible resumen argumental coherente quien se adentre en esta novela. Fracasará en su empeño. El sacrilegio de Alan Kent es una pieza narrativa tan seductora como enigmática, que hay que aceptar como nos viene: huérfana de taxonomías y desnuda de etiquetas. Se puede recordar, en todo caso, aquella declaración que el gallego Camilo José Cela situó al inicio de su Oficio de tinieblas 5: «Esto no es una novela, sino la purga de mi corazón». Es posible que el norteamericano Erskine Caldwell (1903-1987) pensase en algo parecido cuando hilvanó las palabras de esta historia.
Imaginemos un dormitorio cuyo suelo está formado por delgados tablones de pino. La humedad de la lluvia (está muy avanzado el mes de diciembre) es tan grande que recala en la habitación y provoca el hundimiento de esas tablas. La cama que se encuentra encima se hunde también, y esto acelera el parto de la mujer que reposa entre sus sábanas. De esa forma risible o apocalíptica viene al mundo Alan Kent, de quien se nos van desgranando detalles a lo largo de muchos capítulos, brevísimos todos, de esta obra: aquella vez en que se quemó mientras ayudaba a su madre a poner la mesa para la comida; la costumbre que tenía su padre (de oficio, predicador) de azotarlo con la correa del baúl; la amarga soledad que empañó su infancia («No tenía ningún compañero de juegos», nos confiesa en la página 27); el febril vagabundeo de la familia durante años (que quizá explique la condición de diapositivas de estas hojas, alejadas de la sintaxis proustiana pero igual de reveladoras); aquel pobre perro que murió calcinado en el incendio de una casa y al que Alan Kent escuchó gañir durante días... La memoria, sin duda, elige sus propias confidencias y, como los ordenadores, trabaja con un código binario: recordar y olvidar. De ahí que podamos aventurar la hipótesis de que los elementos recurrentes de este relato (las chicas, el alcohol, el sol ardiente, los negros) constituyen núcleos muy importantes de significado.
Hay en este volumen algunas secuencias terriblemente descarnadas; otras, de un asombroso lirismo; y otras, en fin, donde lo onírico y lo surrealista caminan de la mano («Había un zopilote que llevaba un cencerro de oveja atado al cuello. Cuando el zopilote se acercaba a una casa, la gente que vivía en ella estrangulaba al niño más pequeño y lo enterraba un viernes, para que los otros niños no conspiraran contra sus padres y abuelos y los asesinaran mientras dormían», página 67). En esta pieza se pueden encontrar además las peripecias de muchos personajes cuyas lógicas no alcanzamos a discernir, quizá por la voluntad fragmentaria de Erskine Caldwell, quizá porque lo que pretenda comunicarnos sea, precisamente, eso: los hilos de un tapiz, los hilvanes irregulares de unas existencias anómalas (mujeres que engañan a sus maridos por las noches, fugándose por las ventanas; negros debilitados a quienes se extermina de un disparo y a quienes se entierra sin solemnidad en una montaña de estiércol; prostitutas a quienes se machaca el cráneo con un martillo pilón para arrebatarles impunemente sus ganancias; u hombres que prenden fuego a cestas donde antes han introducido serpientes). Por momentos, se siente uno tentado de ver en El sacrilegio de Alan Kent una especie de negativo fotográfico de las Hojas de hierba de Walt Whitman: en prosa (y no en verso); solazándose en la desesperanza (y no en el gozo de vivir); buscando las porciones de sombra (y no las aristas alegres de la luz)... Si Valle-Inclán nos paseó por el Callejón del Gato para mostrarnos (deformada y, por tanto, mágicamente fidedigna) la realidad española, Caldwell nos propone un paseo parecido por el sur rural de los Estados Unidos, un territorio ambiguo, caótico y desconcertante que consigue dejarnos anonadados.
Gracias a la activa editorial Navona, que ofrece desde hace unas semanas este texto al mercado español (la traducción y el prólogo corresponden a José Luis Piquero), hemos podido reencontrarnos con la prosa sugerente, hipnótica y peculiarísima de Erskine Caldwell, un auténtico escritor superventas en su país (docenas de millones de ejemplares vendidos de El camino del tabaco o La parcela de Dios así lo demuestran).

1 comentario:

supersalvajuan dijo...

La lógica, para filosofía dulce.