domingo, 7 de noviembre de 2010

También los novelistas saben matemáticas




Si cualquiera de los lectores de esta reseña tiene la curiosidad de acudir a Facebook se encontrará con la sorpresa (quizá no tanta sorpresa, después de todo) de que existe una página llamada Yo también odio las matemáticas, que gozaba de 3345 simpatizantes en el momento de mi consulta. Y es que pocas asignaturas de nuestros currículos académicos han merecido tantos denuestos, tantas lágrimas y tanta visceralidad negativa como ésta de la que hoy hablamos. Las matemáticas. Las odiosas matemáticas. La áspera retahíla de números y fórmulas a la que los estudiantes rara vez le han encontrado belleza. Ni siquiera poniéndole música imaginaria a las tablas de multiplicar se ha logrado que los escolares las perciban como una materia agradable y hermosa.
José del Río Sánchez, que es catedrático de esta disciplina en Salamanca, nos acaba de ofrecer a los lectores un libro sumamente interesante donde analiza el papel que las matemáticas han jugado en la obra novelesca de un buen ramillete de creadores. Lo ha publicado la editorial Akrón y es, se lo aseguro, una auténtica maravilla. Primero, porque el abanico de novelistas que resultan analizados es tan variado como sugerente (Julio Cortázar, José Saramago, Almudena Grandes, Milan Kundera, Miguel Delibes, Luis Landero, etc); segundo, porque el profesor Del Río elige para nosotros una cuidada selección de fragmentos donde las matemáticas cumplen un papel importante en esos libros (se nota que la documentación ha sido tan exhaustiva como juiciosa); y tercero, porque la forma en que redacta la explicación de los conceptos más difíciles los vuelve cristalinos para el lector medio. Todos los interesados en el mundo de la novela podrán aventurar en las páginas de este volumen, sin que su eventual desconocimiento de las matemáticas sea un auténtico problema para la intelección.
Así, descubriremos o recordaremos en estas páginas que el poeta chileno Pablo Neruda odiaba profundamente esta disciplina, porque se la explicaron tan mal en el liceo que nunca la consiguió entender; o que Gabriel García Márquez, pese a sus esfuerzos, tampoco consiguió nunca amar esa ciencia; o que el famoso Dan Brown, al introducir en su novela El código Da Vinci una serie de menciones sobre los números de Fibonacci, cometió algunos errores y extrajo conclusiones precipitadas de ellos. Al mismo tiempo, el profesor Del Río nos sumerge en las aplicaciones que otros novelistas han hecho de la ciencia matemática, aplicada a campos tan diversos como la arquitectura (Ken Follet, en Los pilares de la tierra), el ajedrez (Arturo Pérez-Reverte, en La tabla de Flandes), la resolución de un complicado enigma (Matilde Asensi, en El último Catón)... e incluso el asesinato (como ocurre en algunos cuentos de Jorge Luis Borges o la novela Los crímenes de Oxford, de Guillermo Martínez). De todas formas, las dos aplicaciones que más me han llamado la atención (y que de paso me han hecho sonreír) han sido la que puso en práctica Enrique Jardiel Poncela para determinar la posición geográfica de la isla en que han naufragado los protagonistas de Amor se escribe sin hache (figura en las páginas 56 y 57 de esta obra); y la mezcla de humorismo y sexualidad que se aprecia en el cálculo efectuado por un matemático celoso en la novela Anacaona, de Vicente Muñoz Puelles. Este personaje, devastado por la rabia, le espeta a una mujer: «Si conociera el número de tus amantes, la frecuencia con que encajabais vuestras piezas y la duración media de cada acto, podría calcular cuántas horas de tu vida dedicaste al trance. Y si, además, supiera la longitud media de aquellas vergas afortunadas y hasta dónde te las introducían, y aceptara que sesenta empujes por minuto es lo razonable (¿o te parecen demasiados?), estaría en condiciones de averiguar cuántos kilómetros de pene tragó tu vulva» (p.40).Como se puede ver, el rigor matemático no tiene por qué estar reñido con la amenidad, e incluso con las sonrisas o las carcajadas. Y el profesor José del Río lo demuestra sobradamente en esta monografía, tan inteligente y bien escrita como distraída y enriquecedora. Decía don Antonio Machado que el español desprecia siempre cuanto ignora. A lo mejor por eso se desdeña con tanta frecuencia la belleza de las matemáticas.

6 comentarios:

Clares dijo...

Hola, Rubén. Muy interesante este libro, y no es el único que relaciona matemáticas y literatura. Tengo una amiga, Carlota, que hizo un post sobre literatura juvenil y matemáticas que quizás te interese. Voy ahora mismo a buscar el enlace y te lo pego por aquí. Besicos.

Clares dijo...

Este es el enlace. Si hace un nuevo post que tapa este, mira más abajo.

http://enocasionesleolibros.blogspot.com/

y el post se llama "De libros y números"
Ha puesto incluso las bases de un concurso para nuestros alumnos de relatos matemáticos.

Leandro dijo...

Para añadir a la lista: en Cansados de estar muertos, Juan Bonilla introduce, en el eje de una galería de personajes tan delirante como cojonuda, una auténtica entusiasta de las matemáticas. Entusiasta por razones que no voy a destripar ahora, faltaría más. En esta novela aprendí cosas tan prácticas y apasionantes como que sólo el número 26 está situado entre el cuadrado de un número y el cubo de otro. Qué cosas. ¿Será cierto? Una vez más, mi ignorancia me impide verificar la realidad o fantasía de lo que estoy leyendo. Por eso, para paliar esa ignorancia en la medida de lo posible, este curso me he puesto a estudiar matemáticas con mi hijo, que acaba de empezar 1º de ESO; apenas dos meses, y ya voy con retraso. Empezamos mal

supersalvajuan dijo...

Como se nota que eres un experto profe de mates. De geometría diría yo. Y punto.

Rubén dijo...

Fuensanta, mil gracias por ese enlace, que aprovecharé.
Leandro, de ese libro se da cuenta en la obra que comento. Maravillosa.
Supersalva, qué te voy a contar que tú no hayas visto.

Del Río dijo...

Desconocido y ya amigo Rubén:
Muchas gracias por tu reseña de "También los novelistas...", que no he podido ver hasta hoy en que me la ha enviado un amigo poeta. Admiro tu comprensión del libro y la forma tan amena y eficaz en que has expresado tus opiniones. Para un autor no puede haber mayor "recompensa". Un abrazo. José del Río