martes, 25 de mayo de 2010

Señales de vida




Si la poesía es uno de los territorios privilegiados de la sensibilidad, lo más lógico es que tendamos a considerarla una isla, un espacio virgen y delicado en el que debemos adentrarnos con respeto y con veneración, dispuestos a recibir todos los susurros de la belleza o los fogonazos más esplendorosos de la luz. Y si decimos que esa isla se encuentra ubicada en Sevilla y que ha irrumpido con fuerza en los cenáculos literarios más recientes sólo puede tener un nombre: Siltolá. Allí, junto a otras publicaciones no menos interesantes, figura el volumen Señales de vida, de Juan Antonio González Romano (Montellano, Sevilla, 1966), profesor de Lengua Castellana y Literatura que elabora una poesía rápida, musical, esférica, distribuida en pequeños botones donde la filosofía, la reflexión y el humor conviven sin la más mínima estridencia. Podríamos detenernos en comentar las posibles influencias que su obra recibe de otros autores (Antonio y Manuel Machado, sobre todo), pero me parece que entraríamos en lo que Pedro Salinas llamó «crítica hidráulica»: es decir, aquella que está obsesionada con encontrar las fuentes de la obra literaria, y no avanza mucho más allá. Y no sería justo proceder así. Juan Antonio González Romano ha leído y ha asimilado perfectamente las líneas de esos grandes maestros y las ha incorporado a su método lírico de forma natural. Eso es lo importante. En sus poemas nos habla de la postura que conviene adoptar ante la vida («No parece complicado / el remedio de mis males. / El problema está en saber / si estoy dispuesto a curarme»), de ciertas sabidurías elementales que uno va adquiriendo con el curso de los años («Si me dieran otra vida / para corregir mis fallos / tan sólo procuraría / cometerlos más despacio») o de cómo debemos mostrarnos ante quienes nos rodean («Conviene que los demás / te vean siempre feliz. / Para penas son bastantes / las que están dentro de ti»). Pero también hay reflexiones que se circunscriben más al mundo literario, bien dándonos una imagen de humor y crítica literaria humilde («Mi papelera / es experta en leer / malos poemas»), bien componiendo textos de elegante espíritu metaliterario («Esta tarde aburrida / del mes de marzo / no sé de qué escribir, / mejor me callo. / Con mi silencio / he compuesto una nada / de siete versos»), bien deslizándose hacia saludables juegos donde el humor incorporar sus mieles... o quizá sus acíbares («Como el maestro Berceo, / me apañaría / con un vaso de vino / por mi poesía. / Son tiempos malos: / no hay ningún tabernero / que acepte el trato»). Como se habrá podido constatar en estas breves muestras del libro, la música que alienta los versos es bastante notable, y regala el oído de los lectores con una cadencia muy atractiva. Pero no conviene que olvidemos la lección tenue, subterránea y poderosa, que habita en estos poemas: no es lógico que pasemos por la vida sin permitir que nos deje huella (o sin imprimirle la nuestra). La vida no es un ejercicio estático, sino extático; y Juan Antonio González Romano nos invita en estas líneas espléndidas a que apuremos sus licores, sin importarnos la sobriedad o la borrachera, el éxito o el fracaso, la oscuridad o la luz. De ahí que en la página 65 incorpore como colofón las palabras que justifican el título del tomo: «No existe mayor herida / que pasar por este mundo / sin dar señales de vida». Una propuesta poética de gran interés, que conviene que sea divulgada.

8 comentarios:

Leandro dijo...

Si la poesía es uno de los territorios privilegiados de la sensibilidad, yo soy un tipo muy poco sensible. O muy poco privilegiado. Cada vez se me hace más difícil. Lo que yo necesito es que alguien me enseñe a leer poesía como se le debería enseñar a un niño de primaria; mis profesores no lo hicieron en su momento. El breve adagio de la papelera me ha fascinado, pero si se me hubiera ocurrido a mí (cosa harto improbable) lo habría redactado en una sola línea; ¿habría dejado de ser poesía para convertirse en prosa?

Rubén dijo...

Si lees este libro y te vas dejando llevar por propuestas así, seguro que terminas encontrando en la poesía (que tampoco es mi territorio más frecuentado) algunas obras que te fascinen. En cuanto a tu pregunta final, la respuesta es que sí. Pero la prosa también puede ser poesía. "Poesía" significa, etimológicamente, "creación". Da igual que sea en prosa que en verso. Un abrazo

Wendy dijo...

Podemos encontrar poesía en la prosa

Rubén dijo...

Exacto, Wendy. Así ocurre en la buena prosa.

Juan Antonio Glez. Romano dijo...

De nuevo te doy las gracias, Rubén, por tan generosa reseña, esta vez en tu blog. Un abrazo.

Rubén dijo...

Cuando se termina un buen libro, el lector es siempre el que tiene que estar agradecido. Y yo lo estoy contigo y con tus espléndidos poemas. Un cordial saludo.

Pilar dijo...

Yo les digo a mis alumnos, rompiendo sus esquemas y mintiendo con una naturalidad que a mí misma me asusta, que si no les gusta leer, que lean poesía, porque es tna breve que puedes darle muchas vueltas a los versos, dedicarle infinitas lecturas a las palabras, leer mil veces cada estrofa, parar en cada pausa tantos silencios necesites, buscar la música, memorizar una antítesis impactante, inventar una imagen imposible, y así estar toda la vida. Desde luego que no me hacen ni caso, pero hay que ver que mientras lo cuento, hay algunos que casi llegan a creerme. NO pienso buscar nunca lo que dice la poesía, ni su historia, ni dónde bebió, solo el placer de leerla y que me llegue, a ser posible lo más tarde, algo que me crea.

Siempre hayq ue darles gracias a los poetas.

Leandro dijo...

Es curioso. Mis hijos han participado durante los últimos tres o cuatro años en el Club de la Cometa, un taller de literatura impartido por Marisa López Soria. Llegado por fin el momento de escribir algo, mi hijo pequeño, que tendría entonces ocho o nueve años, se debatió durante varios días entre la prosa y el verso. Finalmente se decantó por escribir una poesía. ¿Por qué?, le pregunté babeando como el paradigma de padre tonto que soy, esperando una respuesta de cierta altura. Es que los renglones son más cortos, me contestó. Menudo elemento. Aunque debo reconocer que merecía una respuesta así, por imbécil