miércoles, 20 de enero de 2010

El Elemento



Hace unos meses recibí por correo electrónico un vídeo que me enviaba el profesor Santiago Delgado, donde podía escucharse una intervención de sir Ken Robinson hablando sobre la educación del futuro y sus necesarias directrices. En esa charla pude escuchar muchas ideas interesantes y algunos consejos que, como objeto de reflexión, se me antojaban valiosos. De ahí que no haya tardado nada en hacerme con la obra El Elemento, donde este experto en innovación y recursos humanos, auxiliado por Lou Aronica, daba forma a sus meditaciones. El gran tema que aborda Ken Robinson es que «hay demasiada gente que nunca conecta con sus verdaderos talentos naturales y, por tanto, no es consciente de lo que en realidad es capaz de hacer» (p.16). Asustados por la magnitud del mundo que se planta ante nosotros, estamos convencidos de que debemos elegir un camino seguro, con unas ciertas garantías de éxito, y nos esforzamos en amputar de nuestra imaginación (o de la imaginación de nuestros hijos o de nuestros alumnos) cuanto estorbe en ese sendero: les hacemos prescindir de su amor por el dibujo, de su interés por la música, de su afición a la danza... porque no son actividades que puedan traducirse en una rentabilidad económica. Y eso, según el profesor Robinson, es un error monstruoso, porque supone cercenar miles de brillantes posibilidades. Él, por ejemplo, aduce los ejemplos de una niña que se pasaba el día bailando, de un muchacho que no hacía otra cosa que dibujar durante el tiempo de clase y de otro que constantemente estaba pensando en la música, sin atender a nada más en las aulas. La primera es actualmente Gillian Lynne, una de las mejores coreógrafas del mundo; el segundo es Matt Groening, creador de «Los Simpsons»; el tercero es Paul McCartney, integrante de Los Beatles. Y no son desde luego unos ejemplos aislados: Ken Robinson incorpora las biografías de otras personas que, reacias a comportarse como les dijeron que debían hacerlo, se dejaron llevar por su amor a otras cosas, menos productivas en apariencia. Y terminaron triunfando en ellas, porque ponían en ellas su cerebro, su corazón y su energía: la actriz Meg Ryan, la bailarina Debbie Allen (famosa por la serie «Fama»), el cantante Bob Dylan, el escritor Paulo Coelho... Ken Robinson se apresura a explicar (aunque en realidad no hacía falta) que no se trata de una cuestión de fama o de dinero. Que quienes se logran encontrar con su Elemento no tienen por qué hacerse ricos ni famosos: pero sí que son personas mucho más felices, porque encuentran su camino, el modo de ser dichosos realizando las tareas para las que se encuentran más dotados o más predispuestos. Y el mensaje que nos lanza a los profesores es crucial: «Dado los desafíos a los que nos enfrentamos, la educación no necesita que la reformen: necesita que la transformen. La clave para esta transformación no es estandarizar la educación, sino personalizarla: descubrir los talentos individuales de cada niño, colocar a los estudiantes en un entorno en el que quieran aprender y puedan descubrir de forma natural sus verdaderas pasiones» (p.311). Y a continuación lo expone con el ejemplo más iluminador que yo he podido leer nunca al respecto. Se encuentra entre las páginas 325 y 326 del volumen y, resumido, dice así: todos los locales de comida rápida de una determinada multinacional se guían por idénticos protocolos (volumen de alimento, dorado de las patatas, cantidad exacta de bebida que se sirve en cada vaso, etc); los restaurantes más exitosos de la Guía Michelin, en cambio, proceden cada uno de la forma que quiere (decorado, menú, etc). Los primeros generan comida basura; los segundos generan comida de calidad. Y para concluir el ejemplo, marmoliza: «Uno de los problemas esenciales de la educación es que la mayoría de los países someten a sus colegios al modelo de control de calidad de las cadenas de comida rápida cuando, en lugar de eso, deberían adoptar el modelo Michelin» (p.326). Ningún profesional de la enseñanza puede leer este libro sin resultar conmovido. Sencillamente impresionante. Háganme caso y lean esta obra. Es posible que cambie o impulse sus ideas educativas.

3 comentarios:

supersalvajuan dijo...

Ok. Apuntado queda. Aeducarsehadicho.

Clares dijo...

Interesantśimo libro, me parece. Me has convencido y me ha convencido Ken Robinson a través de ti. Me gusta esa frase: "la educación no necesita que la reformen: necesita que la transformen", y estoy de acuerdo plenamente. Lo difícil será saber en qué y cómo se puede transformar. Es difícil, pero posible. Sin embargo, tengo una objeción que hacer. La educación, que no enseñanza, obligatoria, no es que sea un derecho, que lo es, sino una necesidad social, fíjate que digo social, no individual, porque la escolarización hasta una determinada edad, aunque viene contaminada de intereses econnómicos no siempre razonables, también consiste en desasnar al personal, que sean por lo menos normales, que no rebuznen, vamos. Si el objetivo es ese, no se cumple del todo, como sabemos, pero evita males mayores en la medida en que se alcanza. Si el objetivo es, por ejemplo, la felicidad de la gente y su plenitud, sin tener que ser ricos y famosos, ni unos triunfadores, entonces creo que fracasa mucho más el sistema educativo. Es una cuestión para un debate muy amplio. Voy a hacer un hueco para ese libro, que me parece muy interesante.

Leandro dijo...

¿No fue George Bernard Shaw el que dijo que su educación fue estupenda, hasta que el colegio la interrumpio? O algo así