miércoles, 27 de junio de 2012

La novela política



Sería muy difícil encontrar en el panorama universitario español a algún docente que superase el ritmo de trabajo y publicaciones del catedrático Francisco Javier Díez de Revenga. Y no me refiero, como es natural, a publicaciones patéticas o ratoneras, del estilo de El diminutivo en las novelas de Emilia Pardo Bazán o Variedades florales en la poesía de Manuel José Quintana, sino a libros de investigación serios, valiosos, germinadores, que aporten algo útil a los lectores, estudiantes y profesores que vendrán después de nosotros. En el amplísimo catálogo de estudios del Dr. Díez de Revenga hay, desde hace pocas semanas, un nuevo título, editado en la colección Ensayos Literarios de la Cátedra Miguel Delibes, que dirige Mª Pilar Celma: La novela política (Novelistas españolas del siglo XXI y compromiso histórico). Está integrado por las lecciones que el profesor murciano impartió como curso de doctorado en el Graduate Center de la City University of New York en el año 2011, y supone un interesante recorrido por las páginas de veintiuna escritoras que han abordado en sus narraciones últimas algún aspecto destacable que se pueda relacionar con la sociedad y/o la política españolas. En este análisis gozan de un merecido espacio desde autoras provectas (Esther Tusquets) hasta jóvenes (Laia Fàbregas), que cubren un abanico temático y estilístico de notable vigor: terrorismo, delincuencia, malos tratos a la mujer, enfermedades mentales, conflictos de identidad, emigración, pobreza, disecciones psicológicas... Y para todos estos enfoques encuentra el profesor Díez de Revenga un comentario lúcido, un resumen inmejorable, que adoba con fragmentos de reseñas periodísticas tributadas a la obra en cuestión, construyendo así un mosaico riquísimo que ilumina de un modo diferente cada novela y extrae de ella lo más significativo y perdurable. De esa forma, nos hablará con respeto de la minuciosa, comprometida y galdosiana El corazón helado, de Almudena Grandes; del riguroso retrato sobre la burguesía pro-franquista catalana que aparece en Habíamos ganado la guerra, de Esther Tusquets; del universo colonial de El tiempo entre costuras, de María Dueñas; del completo y complejo dibujo que Mª Jesús Orbegozo lleva a cabo sobre el mundo vasco en su extensa narración Hijos del árbol milenario, o de la deliciosa reconstrucción que Cristina Cerezales elabora en torno a la figura de su madre, la también escritora Carmen Laforet, cuyos años finales estuvieron golpeados por la consunción y el silencio (Música blanca). En estas aproximaciones, el profesor Díez de Revenga no solamente resume y define, sino que también valora. Y esa decantación es otro de los ingredientes encomiables de este trabajo, porque nos traslada la autorizada opinión de alguien que, lejos de la asepsia estéril, se instala frente a las novelas y adopta una postura frente a ellas. Así, nos manifestará sin ambages que María Dueñas “merece plenamente el éxito editorial que está viviendo” (p.74); que la novela de Mª Jesús Orbegozo “no la consideramos una novela esta al uso” (p.88); que Dime quién soy, de Julia Navarro, “muestra carencias estructurales y argumentales a la hora de crear una novela completa, creíble y valorable” (p.104) y que, de hecho, “no se sostiene a pesar de las muchas páginas” (p.107); que la escena final de Landen (Laia Fàbregas) “es un tanto decepcionante” (p.159); o que Lo que me queda por vivir, de Elvira Lindo, es una novela de la que puede predicarse que es “posiblemente la mejor entre las suyas” (p.171). Estamos, pues, ante unas lecciones que desbrozan, interpretan y fijan un volumen de veinticinco novelas publicadas por mujeres en la primera década del siglo XXI. Obra de calidad llamada a convertirse en referencia.

domingo, 24 de junio de 2012

El corazón de la cruz




Jorge Luis Borges, el Gran Irónico, comentaba displicente que la fórmula viaje espacial (tan cacareada por rusos y americanos durante las décadas de los cincuenta y los sesenta) era una tautología, porque todos los viajes se desarrollan en el espacio. Y aunque no le faltaba razón al escritor argentino convendremos en que ciertos viajes que nos vienen propuestos desde el mundo de la literatura no son simples recorridos topográficos, simples senderos que se recorren a caballo o a pie. Ni el camino que se disponía a emprender el personaje de Antonio Machado, ni las trochas que fatigó el hidalgo Alonso Quijano por La Mancha, ni la larga senda que siguió el Eremita de Miguel Espinosa eran sólo kilómetros y polvo.
En su última novela (titulada El corazón de la cruz y premiada con todos los honores en el certamen “Caravaca, Ciudad Santa”), el escritor Santiago Delgado nos pone ante los ojos otro viaje, no menos simbólico y llamativo: el que rotura el barón alemán Hermann von Schweich cuando decide, en plena Edad Media, que la única forma de que su hijo Dieter sane de sus terribles dolencias es que él realice un sacrificio, abandone sus tierras y parta hacia Tierra Santa, de la que volverá con el corazón purificado. Este viaje se va complicando conforme avanzamos por las páginas del libro, porque Hermann no es el eje de una novela de cruzados, sino que su andadura adquiere pronto dimensiones míticas. En varias ocasiones asistirá a un extraño fenómeno que se le da a conocer como tiempo llano y que consiste en alteraciones de la cronología ordinaria, fisuras espacio-temporales en las que podrá conocer a personajes como Bernardo de Claraval (gran promotor de la orden del Císter y del canto gregoriano), Pedro el Ermitaño (líder espiritual de la Cruzada de los pobres), Giotto (pintor que impulsó el Renacimiento italiano), Beato de Liébana (célebre comentarista del Apocalipsis de san Juan) o Ibn Arabi (el místico sufí nacido en Murcia en el siglo XII). Y no perdamos de vista los tres episodios quizá más llamativos de todos: el recogimiento con el que todos escuchan en Berceo a un poeta llamado fray Gonzalo (páginas 184-190); el simpático episodio que puebla el capítulo XL, donde leemos la composición literaria que el deán de Lugo ha rimado en honor de san Froilán (sin que tardemos en darnos cuenta de que el citado autor, el deán Rubén, no es otro que Rubén Darío); o la divertida secuencia en la que la vieja Etheria charla y charla, con desparpajo casi irreverente, acerca de todo lo humano y lo divino ante Hermann (páginas 253-258)... Como se puede ver, una mezcla de religiones, ideas y tiempos que enriquecerá el alma del antiguo barón germano y que le hará ver la luz. La auténtica luz.
Ese ambiente mágico, de tiempos fracturados y convergentes, continúa en el momento en que el protagonista sufre una bilocación y se dirige, a la vez, hacia Fisterra (donde se le ha anunciado que encontrará la paz interior) y hacia Caravaca de la Cruz (donde debe entregar una reliquia que porta en su pecho), una escisión de índole espiritual que nos conduce directamente hacia el término de la novela: un doble delta alegórico-epifánico que el novelista remata de prodigiosa manera. Si Santiago Delgado ya había conseguido en otras obras unos finales excelentes (estoy pensando sobre todo en El rey mago perdido, tan tierno como insuperable), aquí lo vuelve a lograr.
También fulge en estas páginas la habilidad con la que Santiago Delgado alcanza (y es proeza muy frecuente en él) una prosa aromada de arcaísmo, merced a media docena de recursos que maneja como nadie: la anteposición de adjetivos al sustantivo (líbico golfo, siciliana costa, mahometana cimitarra); la frecuencia hiperbatónica (que consigue doblar la música de la frase e imprimirle tirabuzones); el manejo de pronombres enclíticos con gran profusión (maravillóse, encogiéronse); la frecuentación de vocablos en desuso (cabe, allegarse, ancilar, acullá); etc. En síntesis, una prosa que imita con fidelidad casi fotográfica la que hubiera podido componer un escritor de hace siglos, lo que convierte la lectura en un gozo para la inteligencia. Una espléndida cubierta del pintor blanqueño Pedro Cano redondea este volumen editado por Tres Fronteras, que no deberían perderse.

domingo, 17 de junio de 2012

Extrañas mujeres de azul




En 2009, dentro de la colección La biblioteca del tranvía, que fue auspiciada por la editorial Tres Fronteras y que tenía un singular formato (libros de pequeño tamaño y de precio reducido), apareció una joyita que llevaba por título Las guapas deberían morir. Eran siete relatos ingeniosos, escritos con elegancia, buen humor y destreza, que me permitieron descubrir las virtudes prosísticas de Julia R. Robles, una pontevedresa que, tras recalar en Cartagena, se ha establecido en Santo Ángel, donde desarrolla su labor profesional como diseñadora gráfica y donde, también, escribe sus historias, llenas siempre de imaginación, sorpresas y exquisitez.
Como el mundo de los relatos cortos no tiene el mimo editorial que quizá se merecería (salvo contadas excepciones, protagonizadas por aventuras gozosas como Páginas de Espuma, Menoscuarto y sellos de ese estilo), suele ser frecuente que las personas que escriben este tipo de narraciones breves acudan a concursos literarios, que les permitan ver reconocidos (y publicar) sus textos. De ahí que Julia R. Robles decidiese concurrir al certamen de relatos ilustrados que convoca cada año la Diputación Provincial de Badajoz. Y obtuvo con esta obra, titulada Extrañas mujeres de azul, un meritorio segundo premio, lo cual no hace sino corroborar que Julia es una escritora en progresión ascendente, con un prometedor futuro ante sus ojos, tal y como han indicado ya los primeros críticos que se han ocupado de sus obras... Media docena de relatos componen esta colección y, si lo pensamos con una cierta distancia, se construyen con voluntades e incluso con técnicas distintas. La pistola de Laura nos lleva, aparentemente, al mundo de los traumas infantiles (esa niña protagonista que mantiene su mano derecha siempre en forma de pistola, para “defenderse de los malos”); pero lo que en realidad ocurre es que Julia R. Robles nos está escondiendo la carta más importante de su tirada, que no aparecerá hasta el final mismo del relato. Ritual en el Hotel Holganza nos cuenta una historia de voyeurismo y enamoramiento, igualmente articulada sobre la morosidad narrativa y un evidente cortazarismo, que los lectores agradecerán. Mon enfant se desarrolla en el interior de un autobús y tiene a dos únicos protagonistas: una mujer que ya ha cruzado el ecuador de su calendario vital y un chico joven e impetuoso que viaja en el asiento inmediatamente delantero. Una leve excusa bastará para que entablen una conversación. Concavitos supone un cambio radical de escenario y también de protagonistas: aquí los personajes centrales son seres que habitan los suburbios de la mendicidad, y ese brusco giro le permite a Julia R. Robles ejercitarse en otro registro narrativo y ambiental, menos frecuente en ella pero del que sale airosa. La ciudad invertida incurre más bien en el mundo de la fábula o la metáfora, porque transcurre en una población donde viven una niña diminuta y un chico gigantesco, que verán sus vidas alteradas profundamente por un extraño suceso. Y por fin Gilda siempre viaja en preferente, relato basado en un ama de casa que, por fin, se libera del yugo de la domesticidad para dedicarse a su gran amor, infinitamente postergado: el mundo de la canción. Pero antes deberá ajustar cuentas con su pasado... Las ilustraciones para estas propuestas las pone Pablo Manuel Moral.
Según dictaminó hace un par de años la escritora Marta Zafrilla, la caída de un meteorito en Molina de Segura (Nochebuena de 1858) provocó un efecto del que ahora disfrutamos las consecuencias: una especie de radiación demorada que ha provocado la aparición del más importante grupo de escritores que jamás se haya dado en esa tierra. Habría que preguntarse si en Pontevedra cayó también un meteorito de similar factura, que explicase la brillantez de esta escritora que nos enriquece con su presencia.
Con un dominio sutil de los resortes psicológicos y narrativos, Julia R. Robles, nuestra protagonista de hoy, construye en Extrañas mujeres de azul seis fabulaciones sólidas, de buen formato, donde queda patente su habilidad para el mundo de los relatos breves. ¿Cuál será su techo? ¿Hasta dónde será capaz de llegar en ese género? A esas preguntas sólo puede contestar el futuro, pero les aseguro que las señales y las expectativas son más que halagüeñas. Me parece un valor firme.

martes, 12 de junio de 2012

Años fugitivos




Quinientas páginas hablando de Moratalla y de la infancia del autor. Ése es, reducido a caricatura o amenaza, el asunto de Años fugitivos, la nueva obra de Pascual García, editada por Gollarín. Dicho así, con la brutalidad de la sinopsis, muchos lectores se podrían inhibir a la hora de escogerla como lectura; pero errará quien la juzgue un libro intrascendente, destinado a un público reducido, familiar o moratallero. La condición intrínseca de la literatura auténtica es hablar siempre del ser humano, de lo hondo del ser humano, de la médula de sus miedos, esperanzas, nostalgias y alegrías; y ahí radica la grandeza descomunal de este volumen. En el silencio de su despacho, componiendo semana a semana las 127 piezas que integran este mosaico emocional y telúrico, Pascual García acomete la generosa tarea de hablarnos de un tiempo, de un lugar y de unos tipos humanos, que él exonera del olvido gracias a la memoria. No lo hace, desde luego, porque añore el ayer («Nunca es mejor el tiempo pasado, porque ni fuimos más felices ni tuvimos más. La nostalgia es una trampa», p.19) o porque sueñe con su imposible retorno («Aquel tiempo lejano que ya no volverá nunca, por fortuna», p.225), sino porque el recuerdo es una facultad recuperadora y a la vez creativa, donde el niño y el hombre se reconcilian y hermanan. El premio de buscarse es siempre entenderse.
Para ello, Pascual García nos deja conocer, y es un regalo maravilloso para los lectores, buena parte de su numismática vital: las largas campañas de trabajo en la vendimia, con el frío invadiendo su cuerpo de niño; la ayuda al padre o al abuelo, en las tareas del campo; el cine como refugio para la fantasía; la reivindicación de la mujer, que se ha deslomado siempre sin exigir nada a cambio y sin enarbolar bandera alguna («Deberíamos convenir en que el feminismo es un asunto burgués, propio de señoras acomodadas, instruidas y alejadas casi siempre de los ambientes rurales», p.39); los lutos ancestrales de aquella infancia moteada de muertes; el frío de Moratalla, como decorado y alma de sus primeros años de vida; su incapacidad para el baile, que no le impide valorarlo en otros; el sabroso aroma del potaje de acelgas que elabora su mujer, el cual obró un prodigio: su hija Elisa Fe, «inapetente desde la cuna, comenzó a comer, tras docenas de intentonas fallidas, con un milagroso apetito el día en que su madre le dio a probar una cucharada de aquel potaje» (p.104); la asunción de ciertos principios elementales de urbanidad, que los tiempos modernos se empeñan en desdibujarnos («Si mis hijos no se portan bien en clase o en la calle, la culpa es mía y de su madre, y somos nosotros los que debemos dar debida cuenta de sus incorrecciones» (p.133); aquel maestro represaliado del que el autor del libro tomó lecciones y que le dejó una honda huella humana y moral; el convencimiento casi filosófico de que la esencia de la literatura acaso sea, paradójicamente, «escribir para no perder el tiempo» (p.244); ese reloj de bolsillo fabricado por uno de sus abuelos y vendido al otro, y que ahora se encuentra en el despacho del escritor (p.314); etc.
Fiel a su estilo de siempre, enamorado de la pulcritud semántica y de la música íntima de la frase, Pascual García nos entrega con este libro elegante, duro, tierno, contundente y sobrio, un hermoso prontuario de imágenes donde el tiempo queda fijado merced al formol de la escritura. Sumergiéndose en los recovecos de su memoria y desbrozándolos convenientemente para que los lectores seamos capaces de acompañarlo en ese viaje a la semilla (como hubiera dicho el cubano Alejo Carpentier), el escritor nos descubre una nueva vertiente de su personalidad creadora que quizá debería inquietar, por lo que tiene de competencia, a su esposa, la artista plástica Francisca Fe Montoya: su enorme valor como acuarelista. Y es que, en efecto, cada una de las rememoraciones, viñetas o estampas que componen este libro, tienen mucho de acuarela: carácter evocador, gran poder de sugerencia, suavidad enérgica... Me enorgullece haber leído todos los libros de Pascual García. Soy mucho más rico desde entonces.

sábado, 9 de junio de 2012

Diarios



Hace muchos años (quizá dos décadas) que leo periódicamente a Eugène Ionesco. Ignoro la razón de que me guste tanto. Quizá se trate de alguna extraña afinidad que no acierto a explicarme. He leído su teatro, textos de teoría dramática, traducciones y hasta una novela. Ahora me empapo de sus Diarios, que ha traducido Marcelo Arroita-Jauregui para la editorial Páginas de Espuma. De ellos me gustaría entresacar las frases que, con rotulador rojo, he ido subrayando durante la lectura. Es probable que uniendo con una línea de puntos imaginaria esas citas se obtenga una cierta imagen de Ionesco. Probemos a ver:
1) "He intentado siempre vivir, pero he pasado al lado de la vida. Creo que esto es lo que sienten la mayor parte de los hombres" (p.25)
2) "Existir es la única manera de existir que conozco" (p.26)
3) "He corrido de tal forma tras la vida que la he perdido" (p.29)
4) "Un universo finito es inimaginable, inconcebible. Un universo infinito es inimaginable, inconcebible. Sin duda el universo no es ni finito ni infinito" (p.33)
5) "Para algunos es muy fácil vivir: no tienen más que dejarse llevar. Resbalan. Yo siempre tengo que escalar montañas" (p.38)
6) "Yo es una encrucijada" (p.44)
7) "No ser mediocre es un crimen. Es el crimen" (p.162)
8) "Nunca se sabe, entre un hombre y una mujer, quién es el juguete del otro" (p.213)
9) "Todas las revoluciones destruyen las bibliotecas de Alejandría" (p.245)
10) "La historia del mundo está hecha por personas que se plantean cuestiones fundamentales, pero responden mal" (p.298)
11) "Con o sin penas, con o sin éxito, todas las vidas están frustradas" (p.308)
12) "Solamente un loco puede esperar todavía" (p.341)

domingo, 3 de junio de 2012

Maleficium



La historia, durísima pero real, es bien conocida. En los primeros años del siglo XVII (en concreto en 1610) se celebró en Logroño un extraordinario Auto de Fe en el que fueron juzgadas una serie de personas, sobre todo mujeres, a las que se acusaba abiertamente de brujería. Después de un bochornoso y multitudinario recuento de delaciones, intrigas, señalamientos y amenazas, varios lugareños de Zugarramurdi (Navarra) tuvieron que comparecer ante un tribunal de la Inquisición, constituido ad hoc. Los acusados eran tan sólo unos pobres infelices cuyo delito más grave era haber participado en rituales paganos bajo el influjo de hierbas alucinógenas. Y muchos sufrieron la atroz ‘purificación’ de las llamas por orden de la Iglesia Católica.
Los antropólogos y los ensayistas ya se habían ocupado con cierta intensidad del asunto (pensemos en Leandro Fernández de Moratín, Marcelino Menéndez y Pelayo o Julio Caro Baroja), pero la llegada de este espeluznante episodio hasta el gran público ha venido de la mano del novelista Patrick Ericson, quien acaba de editar Maleficium en el sello Algaida. Allí le cede la voz narrativa, entre otros, al jurista don Alonso de Salazar y Frías, que no sólo participa como miembro del tribunal que juzga a los presuntos herejes sino que, ante todo, llega al íntimo convencimiento de que se está procediendo injustamente con ellos. ¿No habrá, detrás de esta purga salvaje y desmesurada, alguna razón política? ¿No se tratará de una compleja maniobra orquestada por ciertos señores feudales (como don Tristán de Alzate) que, en connivencia con la Iglesia, persiguen intereses territoriales y económicos? Desde luego, los habitantes de Zugarramurdi suponían un problema para la férrea jerarquía eclesiástica, de la que descreen abiertamente («¿Crees que es ciencia infusa todo lo que dicen unos hombres que, beneficiándose de las prebendas que les otorgan sus hábitos, viven diez veces mejor que tú?», espeta María Presona con acidez en la página 104), así que arremeter contra su osadía incorporaba un serio aviso para las poblaciones circundantes.
Manejando con deliciosa precisión los mecanismos de la analepsis y de la prolepsis (es decir, los saltos hacia atrás y hacia delante en el tiempo), Patrick Ericson va moldeando un relato ágil, que desbarata intencionadamente la linealidad para crear un ritmo más variado, sugerente y hasta cinematográfico. Una distribución cronológica (es decir, el relato de los hechos en forma de flash-back, merced a la pluma del atribulado jurista don Alonso de Salazar) habría perjudicado la cadencia psicológica y hasta visual del texto; de ahí que la decisión constructiva del autor se antoje la más adecuada y eficaz. Haciendo que los hechos y la memoria de los hechos (debida al narrador) se alternen, la novela queda pespunteada de momentos climáticos y anticlimáticos de gran brillantez.
Capítulo aparte habría que dedicarle precisamente a Alonso de Salazar, porque Patrick Ericson pone en él un mimo extraordinario. Frente a la imagen plana que en otras obras se ha mostrado siempre sobre la figura del inquisidor (marioneta, monstruo o sátiro), este personaje de Maleficium es tridimensional; tiene aristas, curvas, volumen, recovecos; duda de su entorno y duda de sí mismo, en un esfuerzo cartesiano que los lectores agradecen porque les permite conocer a una persona. Su conformación y trazado son, sin duda, elementos principalísimos en el atractivo global de esta novela. Igualmente convendría reposar los ojos en tres capítulos nucleares de la obra: uno es el número XI, donde se nos ofrece una descripción completa de un aquelarre, con sus hierbas alucinógenas, sus invocaciones a deidades telúricas ancestrales, sus bailes frenéticos y la explosión de sexo orgiástico con la que solía rematarse la reunión. Al acabarlo, el lector tiene que realizar un serio esfuerzo para ‘salir’ de la ambientación prodigiosa que Patrick Ericson ha dispuesto para él. Los otros dos capítulos destacados forman un bloque, están numerados como XXV y XXVI, y reproducen con gráficos pormenores y con un ritmo desasosegante el desarrollo del infame Auto de Fe celebrado en Logroño, que culminó con la quema de los acusados.
Patrick Ericson, magistral en sus anteriores composiciones, se sigue manteniendo en una línea asombrosa: se documenta con rigor, construye con sabiduría y redacta con implacable contundencia. No creo que se le pueda pedir más a ningún novelista.