martes, 16 de febrero de 2010

Anécdotas de profesores




Los libros donde se recogen anécdotas profesionales tienen, aparte de sus virtudes propiamente literarias o de su utilidad como elemento de distracción o de sonrisa, el valor añadido de servir como apoyos para la reflexión. Unas veces, nos sentiremos respaldados con lo que en ellos se diga («Esto mismo me ha pasado a mí», pensaremos); otras, nos sorprenderá descubrir que alguien ha sufrido una experiencia que supera en monstruosidad a la protagonizada por nosotros; y en otras, en fin, tendremos acceso a porciones de la verdad que permanecían ocultas a nuestros ojos hasta ese instante. Carlos G. Costoya, abogado y periodista coruñés, ha tenido la curiosidad de recopilar anécdotas, entrevistas, declaraciones y hasta procesos judiciales donde miembros de la profesión docente han contado los casos en los que se han visto envueltos. Y, tras ceder la palabra a esos profesores, ha reunido los asuntos por temas, para otorgarle al conjunto una ordenación eficaz e ilustrativa. Así, nos encontramos con maestros que nos cuentan cómo llegaron al mundo de la enseñanza impulsados por una irrefrenable vocación; reflexiones de alto nivel sobre el valor del esfuerzo en el mundo de los estudios; preguntas muy interesantes sobre quién debe ejercer realmente la autoridad sobre los adolescentes (familia o profesores); crónicas de agresiones, tan intolerables como frecuentes; asombrosas historias de mobbing en la escuela; análisis escrupulosos sobre las bondades o maldades de un exceso de permisividad en el mundo de la enseñanza; el complejo mundo de la inmigración, que está haciendo que el paisaje escolar cambie aceleradamente; métodos curiosos que utilizan los alumnos para copiar en los exámenes, amparándose en las nuevas tecnologías; y, como colofón, una nueva antología del disparate, que deja en mantillas a las que nos mostró inauguralmente el pionero Luis Díez Jiménez. Esa parte final del trabajo es la que aporta lo que podríamos llamar «las sonrisas del postre», pero no deben distraernos del mensaje terrible y lúcido de este libro: que el panorama de la enseñanza española se halla en un proceso de cambio irreversible, y que conviene que todos reflexionemos sobre los cauces por donde circula, para aportar nuestra experiencia, nuestro saber y la mayor dosis posible de buena fe inteligente. Pero como a nadie le amargan los postres, añadiré como cierre algunas de esas perlas: unas se ciñen a disparates de orden literario, tal vez producidas por intoxicación etílica del alumno que contesta («Las Glosas de Emiliano las escribió San Millán en el monasterio de la Cogorza»); otras obedecen a disparates donde geometría y religión se unen («Fernando de Rojas era miembro de una familia de judíos convexos»); otras nos ofrecen una disparatada mezcla de historia y matemáticas, hermanadas de forma abrupta («La Edad Media es la edad de una persona desde que nace hasta que se muere, dividida por los años que está viva»); en otras se descubre a futuros brockers de la Bolsa, ya latentes desde las aulas («La moneda se desarrolló a su manera y para que no fuese por su cuenta salieron los banqueros») o bien a filólogos en ciernes, más creativos que escrupulosos («En Rusia había dos ejércitos, uno rojo y otro blanco. Cuando se unieron se formó la Revolución Bolchevique (bolche-rojo y vique-rojo, en ruso)»). Pero la parte más chocante corresponde a la guerra civil española de 1936 («No me he estudiado esa guerra porque a mí las guerras me producen gómitos»), la segunda guerra mundial («En 1940 Franco invadió Francia y se la cedió a Hitler por el pacto de La Haya»), la actual monarquía («Juan Carlos I tiene un árbol ginecológico que va desde sus antepasados hasta él») o la victoria electoral de José Luis Rodríguez Zapatero («Con la mayoría del PSOE desde entonces España se volvió socialista porque ya lo decía la Constitución de 1978»). Un libro para sonreír y para preocuparse, pero sobre todo para pensar y para actuar.

4 comentarios:

Leandro dijo...

Impagable. Anda que no tenéis tarea

Clares dijo...

No lo sabes tú bien, Leandro. Todos los días, arremangarse, que todo eso es nuestro. Y cuando deje de ser nuestro, puede que pase a ser vuestro. Ya me entiendes.

supersalvajuan dijo...

Siempre hay que sorpender.

Pilar dijo...

De la generación del 98 son: Pío Maragall, A. Machado y las Azores.
¡Jurao!
Y seguro que recordarás al autor, por su insigne apellido: García Lorca, Ies Medi. Ironías patronímicas.