miércoles, 29 de mayo de 2013

Historia torcida de España



Hay dos tipos de personas que odian o desprecian los libros: aquellos que no los frecuentan nunca y aquellos que fueron obligados a frecuentarlos de forma no deseada. Durante los veranos de mi infancia, y para que no perdiéramos el hábito, mi padre tenía la costumbre de ponernos a todos los hermanos a leer, de forma sucesiva y en voz alta, una colección de libros (seis tomos) que recuerdo plúmbeos: la Historia de España del marqués de Lozoya. Quizá de esa época provenga mi no excesivo interés por los volúmenes que tratan de asuntos históricos. Por suerte, de vez en cuando me sobrepongo a ese desdén irracional y cojo un libro del género. Y por suerte, también, ese libro es tan dinámico, fresco y sorprendente como Historia torcida de España, de Javier Traité. No es éste, desde luego, un libro de erudición, sino de intelección: explicar lo difícil, lo abstruso, lo embrollado, lo disfrazado o lo secular con palabras sencillas y con giros de hoy. O dicho de una forma más coloquial y más práctica: mientras un historiador al uso pregonaría el uso desmedido de la violencia por parte de Aníbal Barca, el autor nos resume: “Las cosas las arreglaba a hostias” (p.40); o cuando comenta que la rara costumbre de atribuirle espíritu religioso cristiano a la Reconquista se le figura “una chorrada como un piano” (p.80); o esa comparación desacralizadora en la que asemeja a don Pelayo con Braveheart (p.91).... Otras veces, la broma es más seria de lo que parece (“Alfonso X ha sido el gobernante español que más ha invertido en I+D en toda nuestra historia”, p.128), más libidinosa de lo que parece (afirma que el cisma anglicano “se basaba no tanto en las noventa y cinco tesis de Lutero como en las noventa y cinco posiciones en las que Enrique VIII pensaba penetrar a Ana Bolena”, p.202), más exacta de lo que parece (los carlistas “tuvieron el mismo éxito que habría tenido Antonio Molina cantando Soy minero en Woodstock”, p.323), más asombrosas de lo que parece (“Alejandro Lerroux era un poco como Rosa Díez hoy en día, que pega muchas voces y nadie tiene ni puta idea de si es de derechas o de izquierdas”, p.434)... Y cuando tiene que extender su análisis a épocas mucho más recientes, el humor y la acidez siguen ahí: nos comenta, por ejemplo, que las bombas que cayeron en aguas de Almería en pleno franquismo (recuerden a Fraga bañándose allí para despejar dudas sobre las radiaciones) no explotaron “porque la Virgen del Pilar, que tenía los huevos pelaos de inutilizar bombas, extendió su manto sobre la playa de Palomares”, p.474); o certifica que los gobiernos recientes han sido lamentables: “Los de Aznar hacían el ridículo por chulos, pero es que los de Zapatero hacían el ridículo por tontos, que aún era peor” (p.501)... Por tanto, la conclusión es clara: siempre hemos sido una tierra chocante. Nihil novum sub sole. Javier Traité resume su semilla en la página 121: “El reino de Portugal nace cuando un hijo ingrato derrota a su madre en un campo de batalla. La corona de Castilla nace con el hijo de un tío y una sobrina cuyo matrimonio había anulado el Papa. Y la corona de Aragón nace del matrimonio de un macarra catalán de veinte años con el bebé de un monje viejo. ¡Sin duda, la península Ibérica es tierra de maravillas! ¡Con estos antecedentes penales es comprensible todo lo que ocurrió después!” (p.121). Si quieren aprender, reflexionar y sonreír, lean esta obra, háganme caso.

domingo, 26 de mayo de 2013

El libro de los hechos insólitos



Me gustan los libros de anécdotas y curiosidades. Siempre me han llamado la atención. Actúan sobre mí como esas copitas de transición que te sirven entre plato y plato en los grandes banquetes: como un eficaz paréntesis entre sabores distintos. Esto no constituye, desde luego, un juicio burlesco, denigratorio o irónico. Los buenos restaurantes saben de sobra que esas copitas intermedias han de ser elegantes, estar servidas a la temperatura justa y resultar adecuadas para actuar como puente. No vale cualquier licor. No vale cualquier sabor. La obra que hoy traigo hasta aquí cumple deliciosamente con todos los requisitos para resultar impresionante en sí misma: un volumen de Gregorio Doval que publica Alianza y que reúne centenares de hechos insólitos, históricos o legendarios, con los que resulta imposible aburrirse.
Para darle mayor amenidad al volumen, si cabe, el autor agrupa las anécdotas en bloques temáticos con títulos llamativos (Después de morir; Ideas brillantes; Errores, gazapos y patinazos; Sucesos increíbles; etc). Y luego las va redactando con tanta concisión como eficacia, para provocar en los lectores el asombro, la sonrisa e incluso la incredulidad. ¿Cuántas personas saben que la guerra más corta de la Historia acaeció en el año 1896, enfrentó a Gran Bretaña con Zanzíbar y tuvo una duración total de 38 minutos? ¿Y cuántas saben que el cuadro de La Gioconda, tras ser robado en 1911 por un fanático, permaneció durante dos años debajo de una cama, sin el más mínimo cuidado técnico y almacenando polvo? ¿Y cómo se queda el cuerpo cuando se entera uno de que el tenor Plácido Domingo recibió en 1983, después de interpretar a Puccini en la Ópera de Viena, una ovación que duró hora y media? ¿Y cuando nos enteramos de que el genial Thomas Alva Edison dedicó una buena cantidad de horas a inventar una máquina para electrocutar cucarachas?
Hay muchas más anécdotas, de todo tipo, que podemos resumir de un modo simbólico: militares (el almirante Nelson nunca fue almirante), etílicas (el Código de Hammurabi, ley babilónica de 1700 a.C., castigaba la venta de cerveza en mal estado con la pena de muerte), anatómicas (el pene del emperador francés Napoleón Bonaparte medía tan sólo tres centímetros), pictóricas (El célebre Henri de Toulouse-Lautrec era enano, pero su dotación sexual al parecer no. Las prostitutas que lo conocían lo llamaban La tetera, por motivos que no será necesario aclarar), monárquicas (el rey Luis III se mantuvo como soberano de Portugal durante veinte minutos), zoológicas (la serpiente más larga que ha podido medirse ostentaba la asombrosa marca de dieciséis metros), fisiológicas (el ataque de hipo más prolongado que ha podido registrarse lo padeció el norteamericano Charles Osborne. Comenzó en 1922 y concluyó en 1991. Eso no le impidió casarse dos veces y engendrar un total de ocho hijos), etc.

Como ha podido observarse, no hay tregua para el asombro en este volumen de más de quinientas páginas, con un exhaustivo índice temático y onomástico al final del tomo. Quien se adentre en sus páginas tendrá garantizadas mil y una sorpresas que alegrarán su ánimo y le convencerán de que la historia de la humanidad contiene no pocos ingredientes pasmosos. Ah, por cierto, una de las anécdotas que he anotado en esta reseña es absolutamente falsa. Discúlpeme la broma y trate usted de descubrir cuál es.

miércoles, 22 de mayo de 2013

La jaula de los gorilas




Ahora que andamos inmersos en una época especialmente turbulenta en lo concerniente a los asuntos políticos (corrupción, sobres, mentiras, negocios sucios, prevaricaciones), decido leer la novela La jaula de los gorilas, de mi admirado Rodrigo Muñoz Avia, publicada por Alfaguara. En ella nos presenta a Gerardo, un chico de dieciséis años aficionado al cómic y que vive en una familia normal... salvo por una pequeña circunstancia: su padre es Consejero de Medio Ambiente. Acostumbrado a que su progenitor comente en casa todos los asuntos relacionados con el trabajo, y a que incluso acepte de su hijo algunas discrepancias (lo llama en broma “jefe de la oposición”), nuestro protagonista se queda perplejo cuando unos compañeros de clase le comentan que, en la radio, están comenzando a decir que su padre ha sido denunciado por corrupción. Al parecer, ha concedido licencias que benefician a algunos de los empresarios emblemáticos de la ciudad y ha cobrado comisiones por ello. Reacio a admitir que nadie le escupa a la cara ningún comentario (“Yo soy el primero que pongo a parir a mi padre por su forma de hablar en público y por muchas de sus decisiones y porque haya conseguido parecerse cada vez más al resto de los políticos. Pero una cosa es que lo digo yo e incluso que se lo diga a él, y otra cosa muy distinta es que lo digan los demás”, p.10), Gerardo comienza su particular calvario. ¿Debe creer las explicaciones de su padre? ¿Ha de confiar ciegamente en su inocencia? O, por el contrario, ¿es legítimo que dude y lance preguntas?
Zarandeado por la incertidumbre, Gerardo intentará refugiarse en sus amigos (que no le ayudan especialmente), en la relación con algunas chicas (Adriana, sobre todo), en su primo Peki (en cuya casa se hospeda durante unos días); y, sobre todo, en sus propios pensamientos, en medio de los cuales intenta hallar la respuesta que necesita. Dibujar un cómic que lo lleva atareado desde hace meses es otra de sus salidas, porque en sus páginas encuentra una vía de escape para expresar sus zozobras, sus miedos, sus esperanzas...
La jaula de los gorilas no es una gran novela juvenil: es una gran novela que pueden leer los jóvenes. Que no es lo mismo. Nos habla de cómo se puede erosionar o romper una fe; nos habla de los secretos que anidan siempre en el interior de todas las personas que nos rodean; nos habla de las ilusiones que se agrietan, de cómo juzgamos y somos juzgados. Nos habla del vértigo. Nos habla de la angustia de no estar seguros acerca de los demás. Unas páginas sin duda magníficas, que recomiendo intensamente.

domingo, 19 de mayo de 2013

Guerra y emancipación




Abraham Lincoln, uno de los padres fundadores de la nación americana, protagonista de la Guerra de Secesión y uno de los grandes ideólogos y defensores del antiesclavismo. Karl Marx, economista y pensador, pilar básico de la doctrina comunista y de la lucha de clases. ¿Qué tipo de conexiones se pueden establecer entre dos personas de tan diferente textura mental y de biografías tan dispares? Para sorpresa de muchos, más de las que en principio se pudiera suponer. En el volumen Guerra y emancipación, publicado por el sello madrileño Capitán Swing, encontramos un buen número de páginas escritas por uno y otro alrededor de un tema común: el conflicto armado que enfrentó a los yanquis contra los sureños entre 1861 y 1865, y que conformó los cimientos de los actuales Estados Unidos.
Las traducciones han sido posibles gracias a Andrés de Francisco (autor además de la selección), Antonio Lastra y Javier Alcoriza. Robin Blackburn, con un texto algo moroso pero sin duda necesario, explica al comienzo del volumen muchos detalles de una guerra que no se centró tan sólo en el idealismo igualitario de blancos y negros sino en matices menos puros y más complejos, que llevaron a la consolidación de dos «imaginarios nacionales incompatibles» (p.25), que aquí se abordan desde dos ópticas distintas pero convergentes.
Abraham Lincoln, después de una nota levemente petulante del año 1859 (donde nos habla de unas elecciones que hubo veinticinco años atrás y explica: «contendí por un escaño en la legislatura; fui derrotado; fue la única vez que el pueblo me ha derrotado», p.65), y dejando aparte el tedioso uso de las cursivas que maneja en el Discurso de la casa dividida, eslabona de forma bien pautada sus argumentos y construye alocuciones de notable densidad. A veces, no vacila a la hora de incurrir en alguna pincelada religiosa, siempre discutibles («Dios está con nosotros», p.72); pero por lo general gusta más de acudir a reflexiones humanas, en las que exhorta a los lectores a que traten de ponerse siempre bajo la piel de las víctimas, para mejor entender su dolor («Este es un mundo de compensaciones, y el que no quiera ser esclavo, debe consentir en no tener esclavos. Aquellos que niegan a otros la libertad, no la merecen para sí mismos», p.75).
Karl Marx, por su parte, demuestra en sus escritos estar muy bien informado acerca de la realidad económica y política del país transoceánico, y va desmantelando una a una las inexactitudes de la prensa inglesa sobre el conflicto. Su tesis principal es que «la guerra no ha sido provocada por el norte, sino por el sur» (p.135) y que «el norte entró en guerra a regañadientes y semidormido» (p.170)... Incluso, amparándose en la enorme cantidad de datos de los que dispone, llega a estudiar los casos concretos, estado a estado, ofreciendo un minucioso análisis del desarrollo de los combates.
En suma, un libro interesante, anómalo y muy peculiar, adecuado para todos aquellos que quieran conocer más profundamente los primeros años de la andadura de los Estados Unidos de América. Y que viene a demostrar que el político de Kentucky y el filósofo prusiano, a pesar de sus acusadas diferencias intelectuales, compartieron un proyecto común: el apoyo indiscutible a un «proyecto emancipatorio de un mundo armonioso de ciudadanos libres e iguales» (p.12).

jueves, 16 de mayo de 2013

Antes del fin




Releo este mes de mayo un libro que, en su día, me conmocionó. Siempre he sido un lector fervoroso de Ernesto Sábato así que desde que anunció que se hallaba enfrascado en un volumen último de su escritura me propuse estar muy pendiente de su publicación. Y fue Seix Barral el sello que finalmente le dio una forma rectangular y lo puso en mis manos. Corrían las primeras semanas de 1999 cuando cayó en mis manos y rápidamente lo reseñé en La Verdad, donde entonces escribía. Me emocionó (y lo dije por escrito) la insistencia que ponía don Ernesto en hablar de una “especie de testamento” (p.11), redactado “cuando el final se aproxima” (p.94) y que tiene “la gravedad de las palabras finales de la vida” (p.187). Era verdad que el argentino ya tenía almacenados 87 inviernos en sus espaldas, y que en cualquier momento (luego aguantó casi hasta cumplir un siglo, falleciendo en la primavera de 2011) las páginas culturales de los diarios se ocuparían de él con motivo de su muerte; pero la obra entregaba mucho más, sin duda. Era un nuevo milagro de literatura y un escalofrío de lucidez analítica, ingredientes ambos que no sorprendían a quienes ya habíamos leído novelas como El túnel o ensayos como Uno y el universo.
Ernesto Sábato, con tristeza infinita, con desazón amarguísima, con el acíbar inundándole la lengua y el bolígrafo, levantaba acta de un mundo que se pudría y se descomponía, un mundo frustrante y sórdido, un mundo en el que ya no hay (como siempre ha habido) gentes ricas y gentes pobres, sino sultanes de Brunei y niños que mueren de hambre con interminable lentitud. Por eso quizá este libro resultaba tan conmovedor, y tan desasosegante, y tan brutal. Blas de Otero lo descubrió y dijo hace ya muchos años: “Esto es ser hombre: horror a manos llenas”. Y el venerable autor argentino lo ratificaba en estas memorias melancólicas y desgarradas, diciendo que “vivimos un tiempo de inmoralidad” (p.108). De ahí que su repaso por los temas que nutrían la prensa y la televisión (drogas, ecologismo, energía nuclear, falta de solidaridad entre los pueblos...) fuese tan desolador, aunque él se empeñase en decir que había luz al final de ese túnel largo y monstruoso en el que se ha convertido nuestra vida moderna. (Lean con especial atención el capítulo “Pacto entre derrotados”, que cierra el tomo, para entender los motivos que nutren la esperanza del autor).
Pero hay otros elementos en este volumen que no deben ser preteridos por su apariencia anecdótica, como cuando Sábato confiesa que “El túnel fue rechazado por todas las editoriales del país” (p.87); o cuando aclara cómo trabó contacto con un muchacho al que se mitificaría después con el nombre de Che Guevara. En fin. Docenas de informaciones (unas sabidas, otras no) que nos ayudan a conocer más profundamente al que, tras las muertes de Jorge Luis Borges y Julio Cortázar, era el último patriarca de las letras argentinas.

domingo, 12 de mayo de 2013

Las mentiras de la ciencia




Frente a otras parcelas del conocimiento o la actividad del ser humano, la ciencia suele estar nimbada de un halo de respetabilidad, altruismo y firmeza que ha arraigado con solidez en el espíritu colectivo. De hecho, la imagen que tenemos de sus máximos representantes es la de personas abnegadas, pacientes, laboriosas, serias y entregadas al progreso de la Humanidad. Pero Federico Di Trocchio, en este volumen que el sello Alianza acaba de reeditar, nos aporta una reflexión complementaria: el científico también puede ser innoble, fraudulento o mezquino; puede manipular sus resultados por envidia o despecho; puede mentir por causas económicas; puede engañar por medro o burla. En suma (y parafraseando a Fernando Pessoa), si el poeta es un fingidor, el científico puede no serlo menos.
Para documentar su tesis nos va desgranando en las más de quinientas páginas de este tomo un buen caudal de historias que, a buen seguro, sorprenderán a los lectores: la forma en que Ptolomeo plagió los datos recopilados por Hiparco de Nicea; el modo en que Newton manipulaba sus ecuaciones para que le diesen los resultados apetecidos; la poca honradez de Waksman, que se hizo rico (y obtuvo el premio Nobel) por el descubrimiento de la estreptomicina... pero se olvidó de incluir en el negocio a su alumno Albert Schatz, auténtico descubridor de la misma; la delirante e inverosímil estafa que Robert Gallo organizó alrededor del virus del sida, que identificó erróneamente y que le ha permitido obtener una fortuna en detrimento del Instituto Pasteur, al que le correspondía el mérito; los inauditos experimentos rejuvenecedores de Serge Voronoff, injertando en seres humanos fragmentos de testículos de mono; o la anonadante falsificación paleontológica del llamado Hombre de Piltdown, el supuesto eslabón perdido en la cadena evolutiva del ser humano, cuyos primeros restos aparecen en 1912 y cuyo carácter fraudulento no se certificó hasta 1953 (un engaño en el que aparecen implicados los nombres de Teilhard de Chardin y del novelista Arthur Conan Doyle, creador del personaje de Sherlock Holmes).
Con todo, es probable que la sección más interesante del volumen se halle en el capítulo 9, titulado El científico como impostor, donde Di Trocchio ofrece una respuesta paradójica que unifica todas estas situaciones: nos explica que, en puridad, todas las personas que se dedican a la especulación y a la investigación mienten de alguna manera, porque elaboran teorías, esbozan hipótesis y construyen sistemas que el paso del tiempo acaba refutando en todo o en parte («La ciencia no es sino un continuo pasaje de una falsedad a otra», p.484). Es imposible mostrar desacuerdo con tan juiciosas palabras. Sí que discrepo, en cambio, con el título que el ensayista elige para su obra: no se me antoja adecuado ofrecer como marbete de este valioso análisis la fórmula Las mentiras de la ciencia. Hablamos de fraudes, tergiversaciones malévolas, perversiones con trasfondo económico y ambiciones humanas. O sea que, en todo caso, se debería haber elegido como frontispicio el sintagma Las mentiras de los científicos, mucho más justo y exacto. Por lo demás, todo han de ser parabienes: una prosa amena, un abanico temático bien vertebrado, una bibliografía rigurosa pero accesible, un índice onomástico completísimo... y una portada graciosa, debida a Manuel Estrada. Pocas veces la divulgación habrá sido tan nítida, tan rica y tan útil para los lectores.

miércoles, 8 de mayo de 2013

Rama desnuda




Tras la publicación del volumen poético Las tradiciones y del aplaudido Acaso una verdad (Premio Nacional de la Crítica en 1993), el leonés Andrés Trapiello volvió al mundo de la lírica con Rama desnuda, editado exquisitamente por Tusquets en su colección Nuevos Textos Sagrados.
Trapiello, de la mano de una serie de escritores predilectos que dibujan la anchura de su alma (Leopoldo Panero, Claudio Rodríguez, fray Luis de León, Fernando Pessoa, Giacomo Leopardi), nos traslada en este libro su sentir ante “la inevitable infelicidad de la vida”, y nos hace viajar en el tiempo hacia los arrabales amargos de la consunción y de la grisura (“Dejaste de ser niño, / eres ya gente”). Y de ahí que recurra, en primer lugar, a las alfaguaras siempre ricas del autobiografismo: que recuerde “días irrepetibles en Pedrún,/ en Matueca, en Nocedo y en El Páramo”; que reflexione ante unas viejas fotografías familiares (Flores, galas); que recupere con la memoria terribles escenas infantiles (El albañil) o que nos cuente una bucólica escena escolar, deudora manifiesta de Antonio Machado (Imagino...).
Este volumen nos habla, sí, de la trepidación del tiempo, de su huracán de horas y años que todo lo perturba y anega, de la melancolía y de la nostalgia que nos deja en las manos y en el corazón el fluir de los días. Por eso, no es raro que se hable en tantos versos de este volumen de la juventud perdida (Mi alma hace recuento) y de la inmensidad sentimental que comporta volver los ojos y deletrear el balance del espíritu (“Qué grande es el país que llamamos recuerdo”). Sin imposturas, sin grandilocuencias, sin falsos tonos melodramáticos. Con la sincera y la lánguida música del corazón.
Hay quienes reprochan a Trapiello el ritmo intensísimo de sus publicaciones y la variedad desconcertante de su escribir (diarios, novelas, poemas, ensayos), pero mientras la belleza final obtenida en sus libros se asemeje a la de este Rama desnuda, los lectores estamos, sin dudarlo, de enhorabuena.

sábado, 4 de mayo de 2013

Calamidad y desperfectos




Toda edad (incluso las poéticas) debe tener su voz, su intensidad, su tono, su volumen, y está bien que así sea... Lo digo porque acabo de terminar un espléndido poemario de la joven Noelia Illán Conesa y no puedo estar más entusiasmado con los versos que me han asaltado desde sus páginas. Me gusta su constante burbujeo de erudiciones diversas; el modo natural, sorprendente, en que Shostakovich rima en sus líneas con Enrique Bunbury o Nirvana; la fluidez con la que Goethe, Propercio, Robert Musil, Bukovski o Flaubert se dan codazos y se acomodan en el mismo sofá de versos, bajo la mirada ciega de Borges o las citas sarcásticas de Woody Allen.
Me ha dado la impresión de que Noelia sabe lo que se hace y lo hace muy bien. Tiene una cultura tentacular (es profesora de Clásicas) y la desparrama a su antojo, con gran sabiduría, burlándose de normas y almidones, de progres y de rancios. Porque su poesía es su territorio, y en su territorio sólo ella fija las normas, eleva torres, construye túneles, taladra evidencias, se rodea de amigos, viaja a Marruecos, duerme sola o acompañada o escribe poemas boca abajo. Es su privilegio. Es su decisión. Y quienes la leemos salimos borrachos de propuestas, acribillados de metáforas, llenos de luz y cigarrillos de madrugada. Tan pronto nos brinda un delicioso “Vocabulario mínimo” (p.36) como nos actualiza historias antiguas desde una mirada nueva (“Proserpina Palinodia”), nos habla de naufragios del alma (los únicos naufragios, los auténticos naufragios, los peores naufragios), de chicas solitarias que comen nachos por una calle de Murcia o de infancias que reposan en cajas de cartón... Y lo anega todo con adjetivos dulces, con verbos como zarpazos y con juegos de palabras donde se decanta por el lirismo insólito (“Desolada, como la luna”), deportivo (“Campeón del mundo de los besos pesados”) o filosófico (“Tempus non fugit”).
Noelia Illán arde en la explosión de la palabra, le saca chispas a la vida y al idioma golpeando contra el pedernal. Y el resultado lo tenemos aquí: cuerpos, libros, almas, labios, música y alcohol, combinados con la fuerza de un talento incuestionable. O dicho de otro modo más simple: densa, vívida, poderosa poesía. En mí tiene desde ahora a un lector entusiasta.