domingo, 6 de octubre de 2013

Treinta maneras de mirar la lluvia



No me canso de leer a algunos escritores. No me canso de leer a Antonio Muñoz Molina. No me canso de leer a Jorge Luis Borges o Julio Cortázar. No me canso de leer a Pablo Neruda. No me canso de leer, tampoco, a Miguel Sánchez Robles. Lo admiro, degusto sus páginas, atesoro sus libros como diamantes en mi biblioteca y, además, tengo el maravilloso privilegio de gozar de su amistad. Ahora he tenido el placer de acercarme hasta sus Treinta maneras de mirar la lluvia, con el que obtuvo el premio internacional de poesía Gabriel Celaya y que le han editado en San Sebastián, en un volumen tan sobrio como bello.
En sus palabras encontramos, como siempre ocurre en Miguel, un poder inaudito de lenguaje, unas definiciones nebulosas pero exactísimas, de esas que el poeta esmalta como nadie, muñidor de vocablos y emociones («La lluvia, ese sentimiento que se parece tanto a la melancolía de existir, al desamparo dulce, a la ansiedad cumplida y a la felicidad de estar triste o algo así»). Y con ese fastuoso poder de las palabras, con esa insuperada capacidad lírica pero también visual, logra crear unas diapositivas emocionales que perturban, porque están dibujadas con la belleza de lo cotidiano («Me gusta la luz después de haber llovido. / Esta luz de las tardes / veinte minutos antes del crepúsculo / sentado en las terrazas de los bares / o en las plazas tranquilas con estatua»). Otras veces, la tristeza se convierte en sus manos en una luz reveladora, una luz negra encharcada de descubrimiento, que le permite esmaltar fórmulas demoledoras, atroces, innegables («Esta guerra perdida es nuestra vida»); o en versos inauditos, donde la sencillez está llena, explosivamente llena, de significados («Hace sol muy despacio. / Estoy solo en el mundo»). Y, como también es frecuente en las páginas de Miguel Sánchez Robles, hay constantes juegos verbales de contrapunto: es decir, uniones de dos versos que por separado parecen hermosos pero que juntos provocan una eclosión demoledora, como de ojos abiertos hasta el límite («Vivir es sobredosis. / ¿Por qué todo es mediocre?»).
Y, por encima de todo, Miguel Sánchez Robles utiliza esa manera peculiar, única, inconfundible, de decir las cosas, donde flotan la desesperanza, el ansia, la voluntad de luz, el zarpazo ontológico y el grito callado de quien querría que la vida fuese azúcar y música, exaltación y luz, pero que constata que es más bien acíbar, ocasiones heridas por el gris y escalones manchados de fango.

Se ha dicho muchas veces que un poeta (en el sentido amplio de artista, de creador de mundos) es, ante todo, una mirada. Que las cosas del entorno simplemente están ahí, esperando ser contempladas con los ojos adecuados de alguien que las sepa entender con la brillantez y la profundidad requeridas y que sepa llevarlas al terreno estético con palabras, notas musicales o colores. En ese orden de cosas, Miguel Sánchez Robles es siempre un poeta porque dispone de una mirada, tanto cuando escribe versos como cuando se ocupa de redactar cuentos, componer novelas o ultimar ensayos. Y concretamente en este libro es más aún: es treinta miradas, treinta observaciones, treinta modos de colocarse ante el mundo y decirlo. Adéntrense ahora en el alma de este poeta colosal de la única forma posible: leyéndolo.