domingo, 21 de octubre de 2012

Segunda residencia



La mayor parte de los cuentos que podemos leer y valorar se pliegan más o menos escrupulosamente a un modelo que podríamos llamar, para resumir, cortazariano. Es decir, una situación y unos personajes bien perfilados, que se desarrollan con habilidad ante nuestros ojos y que, al llegar a la conclusión del relato, cristalizan y se redondean para provocar la sorpresa, la maravilla o el pasmo del lector. Es un mecanismo feliz, inagotable (si el talento del que lo compone es notorio) y sumamente eficaz. Esa sensación lectora de deslumbramiento, de mazazo final, de KO, de prestidigitador que reserva su truco más vistoso para el instante postrero, es aplaudida de forma casi unánime.
Pero existen, cómo no, otras posibilidades narrativas. Una de ellas es la que podríamos llamar cuento segmentario, y tiene también muchos interesantes cultivadores. Consiste —y la definición será injusta, por limitada— en presentarnos una acción acotada en la que difícilmente apreciaremos un principio, un desarrollo y un final. O sea, que el narrador empieza a contarnos algo (un suceso, una conversación) y debemos sumergirnos en ella para contagiarnos de su clima, para respirar su atmósfera, para sentir su temperatura. Los personajes hablan y hacen, pero no debemos aguardar una sorpresa en el último párrafo, porque no la hay. El fósforo se apaga o el sol declina sin que suene la orquesta o estallen cohetes. ¿Menos espectacular que el modo cortazariano? Sin duda ninguna. ¿Menos seductor o llamativo? Ahí ya no puedo estar —ni estoy— conforme.
Margarita Leoz es una joven escritora de Pamplona que acaba de publicar la colección de relatos Segunda residencia en el sello Tropo Editores. Este libro de cuentos (nos lo explica la solapa) es el primero que publica, tras un volumen de poesía en 2008. Y el resultado, desde luego, es admirable. Con una prosa de gran limpieza, casi cirujana, consigue dibujar paisajes (paisajes externos, pero también paisajes del alma) con media docena de pinceladas; esculpe personajes con una claridad y unos matices que asombran; y nos deja en los ojos una sensación de acuarelas o de miniaturas llenas de niebla, donde los colores tienen muchas más funciones, aparte del adorno puramente estético. Espectadores de excepción, quienes se acercan a leer las propuestas de este libro tendrán la suerte de acompañar a esa ginecóloga que acude a una clínica de estética y descubre allí a una empleada que fue la chica que la maltrataba cuando era niña; y viajará con Paula en un autobús que se mueve entre la ventisca, para conocer a su hermana recién nacida, en un hospital lejanísimo; y observaremos cómo un chico escayolado conversa con la novia de su hermano, que acaba de morir en un accidente; y nos veremos involucrados en una anómala reunión de vecinos, donde aparecen un perro, unos discos antiguos y una lata de callos a la madrileña; y seremos cómplices silenciosos de una chica que, harta de trabajar en un bar con su pareja, consigue un trabajo en sus ratos libres para ir abriéndose a otras posibilidades laborales; y nos iremos a una fiesta con Teresa, fotógrafa ocasional que busca conseguir un poco de dinero extra; y veremos cómo se desenvuelven en sus vacaciones dos personas cuyo hijo murió hace diez años en el mismo entorno en el que ahora descansan ellos; o notaremos, como una lanza clavada en el estómago, el tedio que acomete a una joven profesora de instituto que es destinada a una localidad donde, con el fin de ahorrar, tendrá que alojarse en casa de una anciana; o asistiremos a la extraña vida conyugal de un psiquiatra que se ha casado con una de sus antiguas pacientes y que ahora se ve envuelto en una espiral de cortesías sociales que no ha buscado y que no le agradan.
Hipnotizados por el magnetismo prosístico de Margarita Leoz, todas estas historias (y otras más que el volumen contiene) se nos van metiendo en la cabeza y nos dejan anonadados. Y lo consiguen además con el mecanismo más simple y más antiguo que existe en el mundo de la narrativa: la buena prosa sirviendo como cauce para una peripecia bien contada. ¿Se puede pedir más? El catálogo de Tropo Editores sigue creciendo en brillantez.

1 comentario:

Leandro Llamas dijo...

Modelo cortazariano vs. modelo carveriano, jodida elección