domingo, 1 de marzo de 2009

La Luna Roja





Hace unos años, ironizaba Joaquín Sabina en una de sus canciones sobre esos críticos que lo acusaban de jugar demasiado a la ruleta rusa; y añadía que, en caso de no haberlo hecho así, seguro que lo hubieran señalado con acrimonia por estancarse en “Calle Melancolía”. Luis Leante, ganador del premio Alfaguara del año 2007, ha decidido no aprovecharse del éxito multitudinario de su novela Mira si yo te querré para construir una obra idéntica, ni tampoco para reducirse a los cauces de una pieza comercial, fácil, de venta asegurada. Él, como buen degustador de literatura, conoce a la perfección los mecanismos que componen una novela “vendible”, de consumo rápido y aceptación masiva. Pero ha decidido circular por otro camino: el de calidad, el de la autoexigencia, el de la honestidad.
El resultado es La Luna Roja, una pieza mayor, un tapiz donde muchos hilos, de muchos colores y texturas, se unen para componer la base de una narración rica, poliédrica y sorprendente. Acostumbrados a que el autor murciano nos pasee por ámbitos geográficos muy diversos (El vuelo de las termitas nos hizo viajar por toda España; Paisaje con río y Baracoa de fondo nos condujo hasta la hermosa y lejana Cuba; Mira si yo te querré o La puerta trasera del paraíso nos invitaron a conocer los desiertos septentrionales de África), lo acompañamos ahora hasta Turquía. Estambul, sus cafés, sus calles, sus viejas imprentas, su contaminación, el carácter de sus pobladores, sus puentes y sus conflictos, se convertirán en la semilla de una historia muy extensa en el tiempo que, por azares que conviene leer en la propia novela, culmina en Alicante. Varios son sus protagonistas: René Kuhnheim, un traductor que no encuentra su rumbo en el universo de las letras (le gustaría dedicarse a la creación literaria, pero no ha pasado de publicar en su juventud un volumen de cuentos que fue recibido sin pena ni gloria por lectores y críticos); un escritor turco llamado Emin Kemal (cuyo nombre sonó hace años para el premio Nobel de Literatura, pero que actualmente vive en un silencio inhóspito, en una pequeña vivienda alicantina); Derya, la hermosa e intrigante esposa de Kemal (que llega a su vida en 1970, cuando era una mantenida de lujo y él un escritor que redactaba sus obras en un café estambulí); Aurelia (mujer misteriosa que se manifiesta sobre todo a través del teléfono y cuyo auténtico papel en la narración no descubrimos hasta que faltan cincuenta páginas para acabar la obra); y un buen caudal de personajes que sería inadecuado calificar de secundarios, y que traban las acciones de la novela con la maestría que sólo un excelente fabulador sabe imprimir a sus líneas.
Todos los tipos de lectores encontrarán acomodo y placer en La Luna Roja. Quienes buscan amenidad y argumento los encontrarán de sobra en sus capítulos: el cadáver de un hombre, que es encontrado en su casa con un libro abierto sobre el pecho; los restos carbonizados de un anciano, al que no puede identificarse; un enigmático personaje, cuyos años transcurren en la languidez atroz de un sanatorio mental; una mendiga de oscuro pasado y atormentado presente; un amor de juventud, estorbado por la obcecación, que es recuperado cuando parecía que ya no quedaba tiempo para gozarlo; cruces de identidades, que terminan deparando más de una sorpresa (algunas, anonadantes); etc. Quienes, por el contrario, le prestan más atención a la técnica, disfrutarán sobradamente con los alardes del autor: su manejo prodigioso del flashback; su pericia a la hora de construir personajes, a los que dota de una profundidad biográfica y psicológica muy notable; la endiablada marea necesaria de datos históricos, ambientales y cronológicos que va deslizando con naturalidad exigente… Y quienes se interesen por las curiosidades que los autores introducen en sus obras de creación también descubrirán en La Luna Roja elementos bastantes para saciarse: así, observarán que uno de los personajes, que aparece en el capítulo 1, es el inspector Chacón (segundo apellido del novelista de Caravaca); o que otro de los actores de la obra es Leandro Davó (cuyo parecido fonético con “Leante Chacón” no parece casual); o que René Kuhnheim, el crítico literario alrededor del cual gira buena parte de la trama, escribió en su juventud un libro de relatos que llevaba por título El criador de canarios (idéntico marbete al que Luis Leante le puso al volumen que publicó en el año 1996 en la editorial Ópera prima).

La Luna Roja es, pues, una novela donde los ingredientes son muchos y la ambición es alta. Decía al principio que Luis Leante no ha querido rendirse a la facilidad, y podrá comprobarlo cualquier lector que se aproxime a estas páginas. El gesto le honra. Lo cómodo hubiera sido lo contrario: instalarse en la sencillez de la línea recta. Pero el autor murciano no pertenece a esa estirpe de fabuladores. Luis Leante cree en el riesgo, cree en la solidez de las buenas historias; y, lo más importante de todo, cree en los lectores. Sabe que no puede ofrecerles ganga con la etiqueta de mena. De ahí que les brinde una trama donde los obliga al esfuerzo de seguir con la mente las acciones que se desarrollan en tiempos y escenarios muy distintos (tres décadas, una veintena de personajes, dos países). Pero es que, por fuerza, tenía que ser así: todas las vidas son siempre nudos y encrucijadas, por las que pululan, entran y salen innumerables personas, enturbiándolas o aclarándolas. No somos planos, sino poliedros. Nuestras existencias están horadadas por miles de otras existencias, que nos arrojan su luz o sus sombras. Luis Leante, consciente de tal hecho, se propone contar ese mundo, sin reducirse a una línea argumental esquelética, que hubiera resultado tan sencilla como mentirosa. El resultado es un lienzo del que salimos embriagados y felices. La etapa de sedimentación de Luis Leante no podría haber comenzado con mejor pie.

2 comentarios:

Antonio Parra Sanz dijo...

Hermosísima reseña para una novela genial, por si algún meapilas todavía andaba pensando que lo del Alfaguara fue una casualidad. Ahí está Luis Leante para demostrar lo que siempre ha sido, un escritor con mayúsculas. Un abrazo, hermano.

Rubén Castillo dijo...

Querido hermano, ya sabemos que los meapilas suelen ser feos y bajitos (como decía Cela), y que se mueren por conseguir lo que los envidiados consiguen. Su ataúd suele ir chorreando un reguero de bilis camino del cementerio.