jueves, 3 de abril de 2014

El huevo izquierdo del talento



Antonio Machado definió una vez a la ciudad de Madrid con el bello rótulo de “rompeolas de todas las Españas”, y tal vez no resultaría inexacto adaptar levemente esa sentencia  para concluir que determinados lugares (taxis, peluquerías, oficinas del INEM, hostales) se convierten en ocasiones en espacios donde, si se observa con calma y con cierto grado de sensibilidad, se condensan muchas historias interesantes. El bar de Lola es uno de ellos. Y Poe (su auténtico nombre ya no importa, porque casi nadie lo recuerda y, además, el protagonista ya no se siente designado por él) tiene muy claro que su rol consiste en ser allí “el paciente confesor de la catedral de locos en que se ha convertido el bar” (p.13); alguien que bebe cerveza Mahon o Four Roses y que, instalado en su sempiterno taburete y acodado en la barra, contempla a todos los majaras que entran y salen, que hablan o enmudecen, que gesticulan o se aquietan en poses de estatua.
De esa forma –y con la eficaz colaboración de Carlos Salem, que actúa como cronista del cronista– descubrimos varias historias tan singulares como seductoras: esa mujer ya un poco otoñal que, después de haber servido durante su juventud como modelo para una muñeca hinchable, descubre con horror que su marido la usa en la intimidad de su despacho; esa jovencita que, mientras espera durante años el regreso de su novio, se convierte en una prostituta experta en felaciones, que no admite la penetración de ninguno de sus clientes; ese artista plástico dotado de una gozosa imaginación, pero que tiene que sobrevivir trabajando en una fábrica de mierda en la que, después de un accidente, se deja ocho de sus dedos; ese antiguo boxeador torpe y sin estilo, con las manos como sandías, que se reconvierte en esteticién y termina encontrando (otra vez) a la equivocada mujer de su vida; ese delirante paranoico que cree haber descubierto en el Metro una especie de logia subterránea, de aterrador poder; ese viejo que habla con su maleta, desconsolado y hermético… Miembros de una tribu nocturna que navega por el interior del bar y que esparcen su soledad y sus miasmas ante los oídos de quien desee ejecutar la compasión de escucharlos.

Pero que ningún lector caiga en el equívoco de confundir esta obra con un libro de relatos o una sucesión de diapositivas. Carlos Salem se preocupa de construir, por detrás o por encima de estas subtramas, una línea novelística sólida, coherente, firme y creíble, donde un trío de personajes (Poe, Lola y su lúbrica hermana Desirée) se convierten en nodos de una acción que incorpora el deseo sexual, el amor, el odio, los fracasos vitales, varios crímenes atroces, droga, traumas del pasado, cinismo, abulia y traiciones… Y cuando los lectores lleguen a las veinte páginas finales y ya estén convencidos de la brillantez de su autor y de la buena suerte de haber elegido este volumen editado por el sello Escalera, Carlos Salem pondrá ante sus ojos un plus de belleza: ese capítulo 18 en el que descubrimos qué es exactamente el huevo izquierdo del talento y cómo su pérdida trastornó para siempre la vida de Poe. Les aseguro que merece la pena. E igual les diría del siguiente capítulo, con el que se cierra la novela. Pura delicia.

1 comentario:

Alonso Barán dijo...

Pinta genial...
Gracias por la información.