sábado, 30 de marzo de 2013

Los mensajes ocultos de Leonardo da Vinci




Muchos lectores y críticos andamos, de un tiempo a esta parte, con los sentidos alerta contra los libros que huelan a danbrownismo, ese esperpento literario más bien aparatoso, mendaz y fullero que se construye sobre medias verdades, trampantojos, supuestas confabulaciones seculares y terribles secretos que amenazan con desvelar misterios ocultos a lo largo de la Historia. De ahí que si el lector convencional se encuentra con un libro cuyo título es Los mensajes ocultos de Leonardo da Vinci, lo normal es que de inmediato se ponga a la defensiva o tuerza el morro, pensando en que tiene ante sí otra bazofia de la misma saga. Pero les aseguro que, en este caso, no es así. El catalán José Luis Espejo, trabajando con rigor, cotejando documentos, analizando con lupa y con erudiciones los cuadernos del genio renacentista italiano y dejándose los ojos sobre sus dibujos y lienzos, elabora una obra de investigación (y también de especulación, por qué no decirlo) de notable envergadura. Y eso que el objetivo que se planteaba no era ni mucho menos fácil: ¿existen en la obra de Leonardo pruebas (pruebas reales, constatables, que no se cimenten sobre la fantasía) de su vinculación con el catarismo, con las sociedades secretas o con Cataluña (un territorio que oficialmente jamás pisó)? Como bien señala Silvano Vinceti en el prólogo, “El autor de La Gioconda escapa a toda clasificación. Está más allá de cualquier tentativa de interpretación exhaustiva y absoluta, navega por cielos y mares del espíritu que tienen el perfume y el sabor de lo indeterminable, de lo inaprensible” (p.8). José Luis Espejo, pues, ha optado por una aproximación parcial (rica y curiosísima) al italiano, en la cual ha conjugado la investigación con la inducción, el análisis con la hipótesis, sin incurrir jamás en absurdos flagrantes. Pero como muchas de las ideas que Espejo lanza al lector son inauditas y sorprendentes, no tiene reparos en lanzarle un aviso: “Abróchate el cinturón” (p.15). Para comenzar, aporta pruebas más bien elocuentes de que los paisajes que sirven de fondo a ciertos cuadros de Da Vinci (entre ellos, La Gioconda) se corresponden con las montañas de Monserrat. La aparente elucubración adquiere visos de nítida certidumbre cuando se observan fotos y cuadro, unidos. De ahí que Espejo avance una hipótesis: que los Da Vinci italianos en realidad eran catalanes que huyeron allí por causas religiosas relacionadas con el catarismo (p.52). Después, insinúa que dada la relación con Américo Vespucio, es probable que Leonardo da Vinci conociera al almirante Cristóbal Colón... y que su mapamundi (incluyendo América) fuera el primero de la Historia. Pero ahí no se detienen las sorpresas: José Luis Espejo, tras un análisis exhaustivo de escritos, montajes visuales, estudios del paisaje que sirve como fondo del cuadro más famoso de Leonardo, etc, concluye: “La Gioconda sería una representación de la Virgen de Monserrat, la Virgen Negra. Su misma sonrisa (tan parecida en ambos casos) lo delataría” (p.203). No es desde luego una afirmación intrascendente. Más adelante, incluso vinculará este lienzo con el culto a María Magdalena en la zona catalano-occitana (Isis, vírgenes negras, etc). Y explica razonadamente su idea de que con toda probabilidad las dos Giocondas más famosas (la del Louvre y la del Prado) sean en verdad de la misma mano: Leonardo da Vinci. En cambio traza sus distancias con otra hipótesis normalmente vinculada al genio italiano: José Luis Espejo es escéptico con respecto a la hipótesis de que fuera Leonardo quien realizó la figura de la Sábana Santa de Turín (“Leonardo era bueno con los pinceles, no con los milagros”, p.263)... Pero insisto en el núcleo de este comentario: no estamos en presencia de un libro absurdo, fantasioso o literario (entiéndase la cursiva), sino ante una anonadante investigación. Recomiendo, pues, leer con calma muchas de las páginas de este libro, porque la densidad de informaciones culturales (alquimia, mitología, arquitectura, simbología, historia de las religiones) es tan notable que el lector corre el serio peligro de perderse o sentirse desbordado en algunos tramos. Cuando esa sensación le invada, concédase una pausa y no abandone, porque el hilo que José Luis Espejo insinúa aquí es tan seductor como gratificante: abre las puertas de la mente a experiencias y reflexiones asombrosas.

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