miércoles, 30 de mayo de 2012

Narciso despeinado



Cuenta la leyenda que Narciso, el hermoso joven griego que enamoraba a todas las mujeres con su simple presencia imborrable, provocó un dolor inmenso a la ninfa Eco, cuando desdeñó con altanería su amor. Y que la diosa Némesis ejecutó sobre él una venganza terrible: hacer que el mancebo se enamorara de su propia imagen reflejada en el agua y que, deseando unirse a ella, se ahogara. Estamos, pues, ante una historia de tintes morales, donde la soberbia de quien se juzga irresistible sufre el severo correctivo de la muerte.
El joven poeta Alberto Caride (1982) nos ofrece en estas páginas el prontuario lírico de un Narciso que, lejos de la vanidad un poco absurda que aqueja a tantos versificadores iniciales, se nos presenta febril, atrevido y auténtico. Un Narciso dionisiaco e indagador de caminos. O, como él mismo escribe, “despeinado e inseguro” (p.18). A veces, se permite malabarismos verbales de gran vistosidad, como cuando elabora un poema de amor ciñéndose al protocolo alfabético de las preposiciones (p.22); a veces, ejecuta una reflexión de gran tino sobre la necesidad de asimilar y olvidar a los poetas predilectos, para que el flujo de la verdad inunde el texto con su luz (Poeta de los nombres); a veces dibuja estados de ánimo pretéritos, que lo constituyeron como actualmente es (“Buscábamos la diferencia porque la semejanza / no podía completarnos de ninguna forma posible, / y aunque al final no pudiéramos mezclar agua y aceite / el intento era una forma de fracaso muy digna / que nos daba la medida de nosotros mismos”, p.26); a veces ejecuta homenajes tan emocionantes y desgarrados como el que rellena los versos del poema Se nota tu ausencia (pp.31-33); a veces, en fin, marmoliza fórmulas de gran belleza, como cuando señala a todos aquellos que “tratan ingenuamente / de poner puertas al canto” (p.49).
El gran poeta José Daniel Espejo dice en el prólogo de esta obra que “una poética es un conjunto de elecciones” y es una verdad tan simple como incontestable. Alberto Caride Brocal ha elegido un sendero poético y se ha dedicado a pasear por él durante unos años, observando su flora y su fauna, recogiendo muestras de minerales vistosos, extasiándose con el paisaje que lo circundaba, estableciendo su filatelia de amaneceres, caricias, cafés y fuegos. En estas páginas nos ha condensado lo mejor de su contemplación y lo mejor de su depuración. No se trata, pues, de una obra primeriza, titubeante o azarosa, ante la que debamos desplegar el ejercicio de la disculpa, la limosna del elogio inmerecido. El poeta ha conquistado tenazmente un registro, ha cincelado un modo de decir y lo ha hecho suyo. De tal suerte que cuando se releen sus versos (yo he releído tres veces el poemario, para mejor empaparme de sus luces) se comprende que estamos ante alguien con vocación de verdad y de permanencia. Las páginas de este Narciso despeinado depararán muchos instantes de gozo a los enamorados de la auténtica poesía.

domingo, 27 de mayo de 2012

Cárceles imaginarias



Lo he dicho alguna otra vez y no le temo a la repetición, porque el orgullo legítimo es un atributo del alma: antes de que el escritor Luis Leante obtuviese el reconocimiento internacional con Mira si yo te querré yo dejé publicado en uno de mis libros que el narrador caravaqueño terminaría publicando en Alfaguara. Dense cuenta qué poco me equivoqué; e imaginen la felicidad que me produce haber acertado con mi predicción, habida cuenta de la amistad que siento por Luis Leante y de la admiración que sus novelas me provocan.
La última demostración de esa brillantez que atesora es la novela que, inspirándose en un poema del chileno Nicanor Parra, lleva por título Cárceles imaginarias. En ella se nos habla de un atentado anarquista que se produjo en la calle Canvis Nous de Barcelona en 1896, del que jamás se llegó a conocer al autor. Por una serie de azares, que no conviene desvelar para no disminuir el placer que los lectores sentirán descubriéndolos por sí mismos, uno de los protagonistas de la narración, el historiador Matías Farré, recibe unos documentos que le llevan a deducir que el autor de aquel atentado sangriento y misterioso fue Ezequiel Deulofeu, hijo de un acomodado editor de biblias de la Ciudad Condal. A partir de ese instante comienza una prolija investigación sobre el mismo, que Luis Leante completa con secuencias donde nos sitúa en los años finales del siglo XIX (una analepsis ambiciosa y maravillosamente urdida), para que constatemos qué fue lo que ocurrió en realidad con Ezequiel, y si fue o no el responsable de la matanza anarquista que se le atribuye. La ambientación del mundo catalán decimonónico (costumbres sociales, modos de hablar, ideologías, indumentarias, etc) es sin duda magnífica; y contribuye poderosamente a dotar el texto de una atmósfera de verdad que lo vuelve casi fotográfico.
Amor, fatalidad, odio, ternura y política se mezclan en esta narración como los licores en una coctelera. Pero Luis Leante no se permite la equivocación o el nerviosismo de proceder a la agitación de dicha coctelera, porque semejante brusquedad (él lo sabe, como excelente novelista) hubiera adulterado la placidez de la lectura. Leante deja que los ingredientes se acaricien entre sí, se hermanen, se repelan. Deja que el tiempo los macere y confunda. Y permite que sea el lector quien, acompañando embelesado a Matías en su viaje de investigación, reconstruya las texturas y los colores originales de la historia (y de la Historia). El escritor caravaqueño, destrísimo en el oficio de escribir, sabe que algunas de las revelaciones que nos desea suministrar para que entendamos al completo esta historia no pueden estar al alcance de Matías Farré, porque el tiempo es un colador paradójico: sólo deja pasar los elementos grandes. De ahí que, para no quebrantar nunca los cauces de la verosimilitud, nos sitúe en el presente o en el pasado según las necesidades narrativas y psicológicas que cada situación comporte. Ezequiel Deulofeu fue —¿y quién no lo es, verdaderamente?— un enigma, y no está en las manos de Matías desentrañar los matices últimos de su vivir: lo intuirá o descubrirá en las páginas finales.
Con una habilidad asombrosa para construir las dos historias en paralelo, sin que los lectores pierdan interés por ninguna o lleguen a confundir sus líneas de trazado, Luis Leante imprime a éstas una suavísima inclinación, tenue como un perfume, que las va aproximando inexorablemente. Hasta el punto de que cuando los lectores vengan a darse cuenta, descubrirán con ojos maravillados hasta dónde les conduce la sabia mano novelesca del escritor. «No está el mañana —ni el ayer— escrito», sentenció el poeta andaluz Antonio Machado. Y es una certera verdad. Se equivocará quien piense que el pasado es un fósil o una figura inamovible, donde los caracteres y los colores ya no admiten variación y están clarísimos. Luis Leante nos presenta a unos seres, del presente y del pasado, zaheridos por la fatalidad, a los que la Historia (esta vez con mayúscula) sacude y maneja como marionetas. Tal vez la tarea del novelista, y en consecuencia también la del lector, sea en estos casos impartir un poco de justicia en medio de la niebla, el dolor y la zozobra.

sábado, 19 de mayo de 2012

Silogismos de la amargura



Charlaba ayer en la red social Facebook con mi amigo Salvador Juan y salió a colación esta obra de Cioran, de la que compruebo que no tengo aquí anotaciones. Subsano de inmediato el lapsus, pero lo haré de una forma distinta. En lugar de verter mis opiniones sobre este pensador rumano (llamarlo "francés" supondría admitir que Picasso también lo era), dejaré algunas de las frases del libro, para reflexión general. Teniendo en cuenta que él mismo dejó escrito que "todo comentario a una obra es ramplón o inútil, pues todo lo que no es directo es nulo", ¿qué mejor solución que concederle la palabra al protagonista, al nihilista genial, al terrible lúcido, al devastador de tranquilidades, al pirómano de certezas? Casi todas las sentencias de este libro atroz y lleno de luces servirían para hacernos reflexionar, así que lo dejaremos en diez:
1) "Bajo toda Obra completa yace un impostor" (p.21)
2) "La salvación sólo es posible mediante la imitación del silencio. Pero nuestra locuacidad es prenatal. Raza de charlatanes, de espermatozoides verbosos, estamos químicamente ligados a la palabra" (p.22)
3) "Si creemos ingenuamente en las ideas es porque olvidamos que han sido concebidas por mamíferos" (p.30)
4) "El horror de no ser más que un alma dentro de un salivazo" (p.31)
5) "Sabemos demasiado del arte, del amor, de la religión, de la guerra, para creer aún en algo" (p.67)
6) "Nadie puede conservar su soledad si no sabe hacerse odioso" (p.71)
7) "¿Por qué retirarnos, por qué abandonar la partida cuando nos quedan aún tantos seres a quienes decepcionar?" (p.77)
8) "Si alguien debe todo a Bach es sin duda Dios" (p.115)
9) "Pueblo auténticamente elegido, los gitanos no son responsables de ningún acontecimiento, de ninguna institución. Han triunfado sobre el mundo por su voluntad de no fundar nada en él" (p.124)
10) "Cada día es un Rubicón en el que anhelo ahogarme" (p.137)

lunes, 14 de mayo de 2012

Apocalipsis 17,1




Suele decirse que lo prometido es deuda (aunque a veces, y sobre todo en España, lo prometido es duda), así que aquí tenemos la última novela del escritor madrileño Antonio Parra Sanz. Lo anuncié hace unas semanas, cuando reseñaba en este mismo espacio su colección de relatos Polos opuestos. Y cumplo. Y cumplo, además, con enorme orgullo, porque Apocalipsis 17,1 es una maravilla desde el punto de vista narrativo: una obra tensa, con personajes muy bien concebidos y dibujados, y con situaciones no sólo creíbles sino angustiosamente creíbles, que el autor cincela con su plumín para nuestro espeluzno.
Imaginemos a una locutora llamada Elisa Montes. Su vida personal no está resultando en los últimos tiempos precisamente fácil: su marido y ella han roto relaciones; su madre se encuentra en un centro asistencial, con una enfermedad degenerativa; tuvo la abandonar la emisora donde trabajaba antes, por un incidente más bien desagradable que los lectores (sobre todo los murcianos) identificarán con rapidez; etc. Ahora dirige y presenta un programa nocturno de radio llamado La sonrisa de la luna, donde los múltiples habitantes de la noche (los insomnes, los solitarios, los tristes) exponen casi en susurros sus lamentos y sus amarguras... Imaginemos ahora a un muchacho llamado Marcos Galván, que tampoco ha tenido un pasado sencillo: unos padres que nunca han respondido a sus expectativas; una conflictiva cosmología sexual; una lectura constante, turbia y más bien sesgada de la Biblia, que le hace imaginarse que alguien (obviamente, él) tendrá que convertirse en el redentor moral del mundo... Imaginemos por último a un inspector de policía llamado Alonso Marquina, igualmente perforado por mil zozobras: una esposa que canceló su vida con la ayuda de la farmacopea; una hija que lo culpó de aquel horror y que desde entonces ha procurado amargarle al máximo para que jamás olvide sus tribulaciones; un compañero que, tras salvarlo en una situación comprometida, abusa de él como cobro por el favor...
Estos tres personajes se verán unidos gracias a un teléfono: el que utiliza Marcos Galván para llamar al programa de Elisa Montes y anunciarle, con un lenguaje apocalíptico, sereno, impasible, irónico e inquietante, que él es el heraldo de la moral. Y que los inmundos han de ser flagelados, los pecadores destruidos y la mala simiente extraída de la faz de la Tierra. O dicho de un modo más sencillo: que comienza su cruzada contra el mal, de la que irá dándole anticipos en forma de llamadas telefónicas. Uno a uno aniquilará a los que quebranten la ley de Dios, de las formas más diversas: utilizando el fuego, el metal del cuchillo, el cojín que corta la respiración... Ningún obstáculo lo detendrá en este torbellino higiénico, que muy pronto se hará popular en los medios de comunicación de todo el país. Pero ante semejante exhibicionismo ni la clase política ni las fuerzas del orden pueden, como es natural, permanecer impasibles. Y es entonces cuando surge la figura de Alonso Marquina.
No contaré nada del argumento, ni de su desarrollo, ni del final de la obra. No explicaré de qué truculentos medios se vale Marcos Galván para ejecutar sus atroces crímenes. No detallaré sus anonadantes y turbadoras experiencias sexuales. No desvelaré qué vínculos de recelo, amor y odio unen durante la obra a todos los protagonistas. Permítanme ustedes la discreción. Apocalipsis 17,1 es una de las novelas que con más contundencia y elegancia expresiva me han llevado de la mano en mucho tiempo. Y ojo porque he empleado a conciencia ambas locuciones. Con más contundencia, porque ante todo nos hallamos ante un escritor que emplea todas sus armas (que son muchas) para embriagar, seducir e imantar a los lectores. Sin medias tintas. Sin olvidar que lo más importante en este tipo de obras es provocar inquietud, pánico y angustia en quienes recorren sus páginas. Y elegancia expresiva porque el escritor Antonio Parra Sanz, por mucho que se empeñase, no podría componer una sola página sin aquilatarla y pulirla con la misma perfección con la que Baruch Spinoza se inclinaba sobre sus cristales. Si ustedes la piden en su librería habitual les aseguro que tendrán en sus manos uno de esos libros que leerán y conservarán con infinito placer. Garantizado.

martes, 8 de mayo de 2012

Política criminal




En el mundo de la novela negra hay tal cantidad de tendencias, líneas de actuación, posibilidades narrativas y mezcla de ingredientes que parece difícil que alguien pueda encontrar un camino personal, distinto, reconocible. Se ha mezclado al asesinato la gastronomía, el esoterismo, la política, la psicología y la psiquiatría, por citar algunos territorios paradigmáticos. Seguro que los ejemplos están en la mente de muchos lectores y que no será preciso insistir demasiado (las exquisiteces culinarias de Manuel Vázquez Montalbán y de su imborrable Pepe Carvalho; las aventuras internacionalmente conocidas de Wallander, orquestadas por el siempre eficaz Henning Mankell; las sugerentes propuestas de la norteamericana Donna Leon; las brillantísimas aproximaciones al género que ha protagonizado Lorenzo Silva; etc).
Joaquín Lloréns (escritor nacido en Bilbao en 1962) ha encontrado un sendero muy personal, que ha vertebrado alrededor de Beatriz, una “investigadora licenciosa” que llena de erotismo sus páginas. Un erotismo denso, plástico, colorista y descarnado, capaz de trastornar a cualquiera que tome el libro entre sus manos. Así, los lectores irán comprobando cómo su sensual protagonista besa con lengua a la prostituta Mireia (p.22), hace el amor con su padre adoptivo (p.59), se acuesta con el hijo del mayordomo (p.93), le hace una felación a Julio (p.232) o actúa de bisagra en un trío explosivo con un camarero y un policía (p.235). Pero que nadie se llame a engaño imaginándose que los atractivos de esta larga novela se circunscriben a esas pinceladas de sexo explícito. Ni mucho menos. Joaquín Lloréns, con habilidad de buen narrador, nos presenta desde el principio de la trama un enigma magnético y desconcertante: una misteriosa organización que se hace llamar a sí misma “Hermandad para la regeneración democrática” envía una serie de cartas donde lo que brilla no es tanto el idealismo como el chantaje: indica con claridad a los receptores (uno de ellos, el padre adoptivo de Beatriz) que deben sumarse a su campaña de purificación... matando a una persona corrupta del mundo político. Si no lo hacen así serán considerados desafectos a la causa, y ellos o alguna persona de su entorno sufrirán el castigo correspondiente. La pregunta que nos queda entonces a los lectores de la obra es clarísima: ¿cómo actuaríamos nosotros ante una tesitura de tal envergadura? En resumen, ¿qué hacer ante una amenaza de ese orden? ¿Obedecer, denunciar, rebelarse? Usando todas las armas a su alcance (su cuerpo, pero también su habilidad, su intrepidez y su inteligencia), Beatriz viajará por varias ciudades para conocer a los principales sospechosos, que se conectan entre sí por dos vinculaciones chocantes: pertenecen al mundo de las inmobiliarias y han mostrado en algún momento simpatía por el partido UPyD, fundado en el año 2007. ¿Es posible que esa organización política se encuentre detrás de la oscura y amenazante hermandad? Todos hemos sospechado alguna vez que bajo el paraguas idealizado de los partidos políticos se camuflaban altas dosis de hipocresía, fraude, venalidad, amiguismo, amortización de favores, corruptelas, abusos de poder, jactancias, humillaciones, puñaladas por la espalda, zancadillas sonrientes y hasta degüellos simbólicos. Pero lo que se llega a barajar en algunas páginas de esta novela es que uno de esos partidos (el fundado por la disidente socialista Rosa Díez) se ha podido ver envuelto en sucesos mucho más claramente tipificados en el código penal.
Cuando empiezan a aparecer las primeras víctimas (un antiguo concejal del PSOE, la esposa de uno de los amenazados, un exministro), los políticos, la prensa, la policía y la opinión pública se alertan escandalosamente: hay que poner coto a esta locura y descubrir a los culpables. Se inician de ese modo unas torpes investigaciones que, en realidad, no llegan a ningún sitio... La habilidosa Beatriz, moviéndose al margen de esa investigación oficial, consigue una pista fiable, de cuyos hilos tira, a pesar del peligro en el que llega a verse inmersa. Lo que descubre es tan sorprendente que ningún lector se sentirá defraudado por haber invertido su tiempo en las casi cuatrocientas páginas de esta fabulación. No hay duda de que Joaquín Lloréns ha elaborado una obra primorosa, que nos hace esperar ansiosos su siguiente entrega, titulada Venganza criminal y que aún no ha visto la luz. Ojalá no se demore demasiado su bautizo.