domingo, 5 de septiembre de 2010

El siglo de los genocidios




Dámaso Alonso, con la inconsciencia juguetona de los poetas, escribió una vez que el siglo XX era un «siglo de siglas», pero sin duda es mucho más exacto definirlo con otras fórmulas. Una de ellas, particularmente triste, es la que esmalta Bernard Bruneteau en su trabajo El siglo de los genocidios, que con la traducción de Florencia Peyrou y Hugo García, ha publicado el sello Alianza Editorial. Se nos explica en estas páginas que el término fue creado en 1944 por Raphael Lemkin, un profesor de Derecho Internacional que trataba de acuñar una voz que explicase gráficamente lo que habían hecho los nazis durante su período de horror. Esa palabra, por desgracia, no ha caído en desuso durante las décadas posteriores, porque vivimos «el reino de la violencia exacerbada» (p. 39), en el que ciertas teorías disparatadas o mal entendidas (el evolucionismo selectivo de Darwin, la eugenesia de Galton, la jerarquía racial de Haeckel, la lucha de razas de Gumplowicz, etc) han colaborado para crear una atmósfera de abusos, brutalidad, salvajadas y crímenes, a la que nadie ha conseguido poner freno.
El primer paso de esta escalada suele ser verbal (el adversario se convierte en enemigo; luego en enemigo mortal; posteriormente en bárbaro; más tarde en animal; y por fin en animal dañino. De ahí a la necesidad de exterminarlo hay un paso pequeño, francamente pequeño, que numerosos países, grupos ideológicos o segmentos nacionales han dado). Y luego vienen ya las agresiones, más o menos virulentas, más o menos planificadas, más o menos efectivas. Bernard Brunetau, ajeno a cualquier prejuicio ideológico, va desgranando los matices de los diferentes genocidios que han ensangrentado el difunto siglo XX.
En 1915, Turquía protagonizó el primero, masacrando a los armenios, que constituían un núcleo de población no musulmana. Los afectados apuntan la cifra de millón y medio de asesinatos; las autoridades turcas actuales «sólo» aceptan entre trescientos mil y seiscientos mil. En los años 20 y 30, la URSS completó una truculenta y eficaz campaña contra la burguesía y el campesinado desafecto: provocó hambrunas («Querer comer se convirtió en un crimen contra el Estado», p.156), forzó emigraciones masivas, instauró criminales campos de concentración, etc. En especial se cebaron con Ucrania, pero polacos, estonios o lituanos también sufrieron represiones, cárcel o desplazamientos forzosos en los que morían por el camino.
Durante la Alemania nazi se produjo el proyecto de exterminio total de los judíos, planificado con pausa y que cristalizó en la conferencia de Wansee (20 de enero de 1942). Pero el régimen de Hitler también se aplicó contra otros grupos, como los homosexuales, gitanos, enfermos mentales, etc. El programa Aktion T4 (1940-1941) consiguió matar a más de 70.000 personas con problemas mentales, que se consideraban lacras para la sociedad. El genocidio nazi es quizá el más visible de todos los que salpicaron el siglo XX.
En cambio, los crímenes cometidos en Camboya durante el período entre 1975 y 1979 aún están por documentarse convenientemente. Se trata, en palabras de Bruneteau, de «un crimen que espera su tribunal» (p.247). Sus números fueron en verdad escalofriantes: fueron asesinados 402 de los 450 médicos que existían, y casi 59.000 de los 60.000 monjes budistas. Un exterminio casi absoluto. Igual dureza se aplicó a los ‘sospechosos’, que eran juzgados y condenados a muerte por conocer un idioma extranjero, disponer de un título universitario... o llevar gafas (lo que los volvía intelectuales sospechosos). A la altura de 2010, los centenares de miles de camboyanos asesinados por el régimen de Pol Pot siguen sin tener un tratamiento judicial. Algunos de aquellos genocidas siguen con vida.Posteriormente, Bernard Bruneateau cierra el volumen dando un repaso a la situación de limpieza étnica que puso en marcha el régimen serbio contra los bosnios y a la espantosa explosión de violencia entre hutus (masacradores) y tutsis (masacrados) en Ruanda, en los años noventa. Queda así dibujado un espectáculo de horror que produce aflicción recordar... pero que resulta necesario no dejar caer en el olvido. Dice un áspero refrán español que si los ojos no ven, el corazón no siente. Quizá sea cierto. Pero sin duda desde la sociedad del bienestar conviene que tendamos la vista hacia las periferias. Nos va la dignidad en ello.

4 comentarios:

Leandro dijo...

Yo me resisto a creer que cualquier tiempo pasado fue mejor. El genocidio, con o sin nombre y apellidos, ha acompañado a la humanidad a lo largo de su historia; en el siglo XX hemos llegado a ser capaces de identificar a los genocidas, y a veces, hasta de juzgarlos. Con mejor o peor fortuna, cierto. Habrá que seguir profundizando en esa cuestión

Rubén dijo...

La historia de la humanidad es una historia de horror. Se recuerda muy bien en una escena de la película "Las invasiones bárbaras".

supersalvajuan dijo...

Demasiados imbéciles en el poder de muchos países.

Pilar dijo...

Habrá que no esperar a que los genocidios sean una realidad asumida para juzgar a los responsables cuando ya son ancianos o están muertos.
Habrá que ir pidiendo responsabilidades; el caso francés con los gitanos búlgaros en la actualidad clama al cielo, y nadie responde.