domingo, 1 de noviembre de 2009

Poe




Celebramos durante 2009 el segundo centenario del nacimiento de Edgar Allan Poe, el atormentado genio de Boston Y, aparte de leer sus obras (que es siempre el homenaje más completo que se le puede tributar a un autor), otra de las posibles actividades que podemos realizar es conocer más a fondo su biografía, ese cúmulo de desgracias, tormentos y tensiones que zarandearon al escritor desde la infancia hasta su prematuro fallecimiento, malherido por el alcohol y las visiones aterradoras que su cerebro le deparaba, cuando apenas acababa de cumplir 40 años. La editorial Libros del Zorro Rojo acaba de poner ante el público un volumen delicioso, del que es autor Jordi Sierra i Fabra, y que bajo el título rotundo e inapelable de Poe, constituye una biografía estupenda del norteamericano. Nos enteramos en sus páginas de que en 1811, cuando apenas tenía 2 años, Edgar fue adoptado por la señora Frances Allan (con el apoyo no muy entusiasta de su marido John). Hijo de unos actores pobres y fracasados, Edgar se tuvo que amoldar al nuevo hogar de los Allan, y con ellos emprendió viaje hacia la Inglaterra decimonónica, donde padeció colegios infames, profesores que utilizaban más la vara que la ternura, y castigos tan peculiares como copiar los epitafios de las tumbas locales a la edad de 8 años. De vuelta a los Estados Unidos, su maestro Joseph Clarke desaconseja al padrastro de Edgar que aplauda sus composiciones literarias, porque eso sólo serviría, a su juicio, para ensoberbecer al niño. Y muy pronto, apenas ingresado en la adolescencia, el rosario de amores imposibles: el primero lleva el nombre de Jane Stanard; el siguiente, Elmira Royster (de la que tiene que separarse cuando ingresa en la universidad de Virginia, momento que los padres de la muchacha aprovechan para casarla con otro joven, más rico y más prometedor que el inestable Edgar). Luego vienen el abandono de los estudios, el comienzo de su irregular carrera militar (llegó a pertenecer a la disciplina de West Point), la muerte de su madrastra, la boda con su prima Sissy (que siempre sintió por él una irrefrenable admiración), los mil proyectos de revistas que jamás llegan a concretarse, las colaboraciones mal pagadas en la prensa, los pequeños éxitos literarios, las conferencias, las borracheras, los delirios, la tuberculosis de su mujer, las damas letraheridas que merodean a su alrededor y lo agasajan con su fervor... Y, por fin, su muerte extrañísima durante una jornada electoral en Baltimore. Nunca se ha aclarado la causa de su fallecimiento: se ha hablado de una borrachera extrema, de una paliza propinada por camorristas, de drogas, de fallo cardíaco, de rabia, de tuberculosis y hasta de suicidio. Como legado (y ése es el punto en el que Jordi Sierra i Fabra insiste con loable lucidez) nos han quedado sus cuentos, sus poemas, sus novelas y sus ensayos, todos ellos impregnados por el hálito de la genialidad. Este volumen, editado con auténtica exquisitez, incorpora unas bellas ilustraciones de Alberto Vázquez.

4 comentarios:

supersalvajuan dijo...

Menudo final que tuvo el tipo: cada vez que votaba, le pagaban una copichuela, y reventó el sufragio. Y su hígado. Y todo lo demás.

Leandro dijo...

Un genio. Un cuentista genial. Me gustan casi todos, pero me quedo con dos: un clásico, William Wilson, y una rareza, El demonio de la perversidad. Mi hermano me regalo una lujosa y monumental edición de sus cuentos completos, ilustrados por Pere Viladecans y traducidos por Julio Cortázar; no creo que exista otra versión mejor en castellano. Incluye, además, una pequeña joya: una breve biografía de Poe escrita por el propio Cortázar. ¿Ésta la de Sierra i Fabra a la altura de aquélla? Mira que lo bueno, si breve...

Clares dijo...

Muy interesante. Este Jordi ¿es el mismo de las novelas para jóvenes? No hace falta que contestes, ya sé que es el mismo. Tengo a Poe en un altarcillo de la adolescencia. Lo leía en un tomo de relatos completos de la biblioteca de mi padre, a veces bajo las sábanas con una linterna y le debo las mejores noches de miedo de mi vida. Cuando lo volví a leer de mayor no pasé tanto miedo, pero volvió a fascinarme, de otro modo.

Rubén dijo...

Leandro, Jordi le da un aire mucho más desenfadado, más ameno. Yo diría que es un buen complemento de la cortazariana. Y yo le añado a tus dos cuentos un tercero, que me fascina: "La caja oblonga". No es de los famosos, pero me parece una obra formidable.