domingo, 10 de abril de 2011

Baudelaire. Juego sin triunfos




Son dos (sin duda más, pero al menos dos) las aberraciones en que se puede incurrir a la hora de confeccionar una biografía: la primera tiene que ver con la acumulación oceánica de datos (que asfixia al lector y lo distrae del cauce principal de la historia) y la segunda adviene cuando el biógrafo se disfraza con los ropajes del hagiógrafo (eliminando los elementos negativos del protagonista o al menos aplicándoles un maquillaje que los disimule). Exceso de agua y exceso de agua bendita, por comprimirlo en una fórmula simpática.
Pero he aquí que, de vez en cuando, se entrega a los lectores una obra verdaderamente singular y majestuosa. Es el caso de la biografía que Mario Campaña ha elaborado sobre el autor de Las flores del mal y que, con el título de Baudelaire. Juego sin triunfos, podemos leer gracias a la editorial Debate. Y resulta asombroso que esa desconcertante laguna investigadora (no existen en España grandes aproximaciones al poeta francés) haya sido cubierta con tanto acierto y con tanta elegancia formal. Aprovisionado de erudiciones pero sin olvidarse en ninguna página de la amenidad narrativa, Mario Campaña nos ofrece un recorrido impecable, sugerente y sólido por el gran poeta maldito de finales del XIX. Explica que fue un chaval sobre el que no se generaron demasiadas expectativas académicas («A título de niño idiota le fue otorgado el bachillerato», página 19); que desplegó durante su juventud la anomalía excéntrica de su aspecto (se dejó crecer una melena que, en ocasiones, teñía de color verde) y su afición al billar; que vivió sin tapujos una escandalosa relación de amores, pasiones y desafíos públicos con la mulata Jeanne Duval, desde 1842 hasta 1861; que desde los 18 años se embarcó en una carrera agónica de deudas y estrecheces económicas que lo atosigaron hasta el final de sus días; que fumaba hachís y se aficionó al opio... para aliviarse los dolores de estómago que le provocaba el abuso de alcohol; que escribió con angustia y con desgarro una poesía marginal, provocadora e insobornable... pero que al mismo tiempo solicitaba constantes subvenciones del ministerio de Instrucción Pública francés (de ahí que su biógrafo, con afán clarificador, escriba: «Baudelaire fue intransigente con el mercado, que nunca consiguió subordinar su obra. Del Estado, cuando fue necesario, exigió un rol protector», página 257); y que, en los meses últimos de su existencia, durante una noche de confidencias frente a su amigo Catulle Mendès (otro gran poeta, por cierto), elaboró un triste recuento de todo lo que había ganado durante su vida con el ejercicio de la literatura: 15892’62 francos (menos de lo que ganaba cualquier folletinista de éxito con una sola de sus entregas). Una hemiplejia derivada de la sífilis mantuvo a Charles Baudelaire, afásico e inútil, postrado en una cama, durante los diecisiete últimos meses de su estancia en el mundo.
Pero —y aquí viene el contrapeso valioso de esta biografía— Mario Campaña no se olvida de anotar las mezquindades de Baudelaire, ni la ruindad con la que juzgó a los belgas en un opúsculo más bien lamentable, ni el modo desatento que desplegó en su trato con algunos editores, ni el desdén que dedicó a su madre por casarse con el pronapoleónico Aupick tras haber enviudado (una madre que, por cierto, no cesaba de suministrarle fondos, cobijo, coartadas e incluso cuidados médicos en sus semanas finales)... ¿Que la figura de Charles Baudelaire se enturbia con estos datos? No es, desde luego, culpa de Mario Campaña, fiel anotador de realidades y prudente exégeta de las mismas. Ni Baudelaire, ni Verlaine, ni Rimbaud fueron precisamente ángeles de pureza inmarcesible: el alcohol, el sexo, las drogas, la violencia y la rebeldía aletearon en sus estómagos y en sus plumas, de tal modo que sus pormenores biográficos son tan anonadantes como ciertos. Un buen cronista (y Mario Campaña ha demostrado serlo) no sólo ha de recoger la luz de su protagonista, sino también sus pliegues de niebla, los recodos de fango, las esquinas insidiosas. Los seres humanos, a diferencia de las esferas, sí que tenemos vértices; y quien nos retrata ha de dejar constancia fehaciente de esa realidad. Negar la cara oculta de la luna es negar la luna.

1 comentario: