martes, 20 de abril de 2010

A vueltas con el autor del Lazarillo




Tres misterios fundamentales planean sobre la historia de la literatura española: el primero es determinar quién fue el autor del Cantar de Mío Cid; el segundo, esclarecer qué humanista se aprestó a componer las páginas de Lazarillo de Tormes; y el tercero arrojar luz sobre el nombre de quien compuso la biliosa continuación apócrifa de Don Quijote de la Mancha, que tanto hizo sufrir a don Miguel de Cervantes desde el año 1614 hasta su muerte. Sobre el segundo de esos enigmas (la autoría del Lazarillo) acaba de redactar la profesora Mercedes Agulló y Cobo una interesante aportación, que le ha publicado hermosamente la editorial Calambur, en su colección Biblioteca Litterae. A lo largo de los años y aun de los siglos se han ido amontonando las hipótesis más variopintas y distantes acerca del enigmático escritor que dio vida al primero de los pícaros de nuestra literatura: se ha hablado del jerónimo fray Juan de Ortega, de los hermanos Valdés, de Sebastián de Horozco, de Lope de Rueda, de Torres Naharro e incluso del humanista Juan Luis Vives, por no citar sino los más célebres. Pero la hipótesis que comenzó a fraguarse en 1607, donde se indicaba abiertamente la paternidad de Diego Hurtado de Mendoza, parece convertirse en definitiva tras las sólidas páginas de Mercedes Agulló. En un estudio muy técnico (hay que reconocer que no resulta apto para lectores ajenos a la especialización), la doctora madrileña recorre una serie de documentos bastante esclarecedores, como el testamento de don Diego, el inventario de sus bienes y otros papeles igualmente interesantes. En uno de ellos se indica que en un cajón propiedad de Hurtado de Mendoza se guardaba «un legajo de correcciones hechas para la impresión del Lazarillo» (página 44). ¿Qué sentido puede tener que don Diego corrigiese pruebas de imprenta sobre un libro, si éste no era suyo? La respuesta es cristalina: a él hay que atribuirle la escritura de la obra. Aun así, y con una cautela intelectual que la honra, la profesora Agulló se resiste a mostrarse tajante en sus conclusiones, y anota tan sólo que «estas coincidencias y entreveros apuntan a don Diego como padre de Lázaro» (página 46). No obstante, el hilo lógico que va siguiendo la investigadora es tan implacable que poco lugar a dudas puede quedar sobre la solvencia y la solidez de su criterio. Las fotografías de distintos protocolos, que se aportan como prueba visual, contribuyen también a que la hipótesis tenga visos de ser aceptada unánimemente dentro de muy poco tiempo. Es probable que nuestros hijos y nietos ya no estudien en sus clases de literatura que el Lazarillo de Tormes es una obra anónima, sino que se la adjudique a don Diego Hurtado de Mendoza (1504-1575), embajador de España en Venecia y Roma, amigo de santa Teresa de Jesús y celebrado poeta. Habrá quien argumente que la verdad aún no está en nuestras manos, pero nadie podrá negar que la estamos rozando con la punta de los dedos. Y la doctora Mercedes Agulló ha sido la responsable de este progreso.

3 comentarios:

Leandro dijo...

Pues yo creo que, rastreando un poco en las listas de los más vendidos, podríamos encontrar algún que otro misterio insondable más. Claro que, para insondable e inexplicable, ésto: para echarse a temblar

supersalvajuan dijo...

NUnca me gustó el Lazarillo, y no sé el motivo.

Pilar dijo...

Es difícil renunciar a la coletilla del anonimato del Lazarillo, un libro que, al contrario que Supersalvajuan, a mí me impresionó cuando lo leí casi a la misma edad que tiene el protagonista. ¿Se escriben estas cosas, pensaba, sobre los curas? Ya apuntaba yo maneras.
El libro de Agulló no lo he leído, probablemente lo deje para echarle un ojo este verano, por otra parte estoy segura de que no se necesita mi opinión para acreditarse la teoría. Me encaja que fuese el socarrón de Mendoza. Por otra parte, lo que me ha sorprendido es el modo en que se ha publicitado la noticia, en la línea publicitaria de los bestsellers, poco frecuente en este tipo de novedades literarias.
Rubén, prepárate, tendremos que revalidar tantos exámenes...
Un besazo, rey