viernes, 9 de abril de 2010

El mensajero de la verdad




El genial e inquietante Jorge Luis Borges nos explicó en algunos de sus cuentos que cualquier objeto, por nimio o cotidiano que resulte, puede quedar impregnado de cualidades mágicas: una moneda, un puñal, una fotografía. De esa forma se convierte en algo especial, que rehúye la grisura y abdica de su condición insípida. Pero la pregunta que parece formularse Robert Cornuke en esta narración es mucho más removedora y mucho más novelesca: ¿y qué sucede si el objeto con poderes anómalos es una Biblia, una vieja Biblia rodeada por extraños sucesos y tal vez provocadora de inauditos milagros? Fruto de esa interrogación es El mensajero de la verdad, obra escrita en colaboración con Alton Gansky y publicada por la editorial barcelonesa ViaMagna, con la traducción de Consuelo Gallego.
Todo comienza con Tanya, una niña rusa que cobija en su corazón el poder de la pravda, es decir, la facultad de distinguir cuándo la persona que le está hablando dice la verdad o miente. Una especie de vibración imperceptible para los demás avisa a su oído de que está escuchando un embuste... En apariencia, se trata de un atributo que, recibido por herencia familiar, resulta asombroso pero inocuo. No obstante, alguien parece no estar de acuerdo con esa apreciación, porque varios componentes del KGB han recibido la orden de apresar a la niña a toda costa. Para ello no se detendrán ante ningún obstáculo: asesinarán a quienes la protejan, capturarán a su padre y lo internarán en un campo de prisioneros en Siberia, y hasta moverán hilos internacionales para conseguir que caiga en sus manos. Quizá parte del interés que sienten por Tanya provenga del hecho de que ha contemplado la tumba donde yace desde el siglo XIX el cadáver del monje Feodor Kuzmich y ha recibido un objeto que estaba en su interior. Los lectores curiosos pueden, en ese momento de la novela, acudir a Internet. Allí descubrirán una historia muy curiosa: una vez que el zar Alejandro I murió en 1825 fueron muchas las personas que aseguraron haberlo reconocido bajo la identidad del monje Feodor Kuzmich, de cuyo origen nadie sabía nada. Pero las sospechas aumentaron cuando, abierta la tumba de Alejandro I en San Petersburgo... resultó estar vacía.
A partir de ese momento, la obra nos presenta un abanico de acciones que se van aproximando y completando entre sí, y en las cuales intervienen muchos personajes curiosos: el multimillonario inglés Sir Richard C. Cooper (empeñado en adquirir esa Biblia, a la que se atribuyen milagros, ahora que se encuentra en sus últimos días de vida), el inteligente anticuario Murk (al que le brillan los ojos con la posibilidad de adquirir el mismo objeto, del que espera obtener grandes beneficios económicos), la joven abogada Shannon Reed (parte fundamental de esta historia), el profesor Stock (un especialista en Historia cuyo comportamiento irá variando a lo largo de la narración), Yuri (el padre de Tanya), Victor Ivanovich (que persigue a la chica desde hace siete años, habiéndola convertido en una auténtica obsesión) y algunos más, que transforman estas páginas en un hervidero de emociones y de aventuras.
Destaca en esta novela la excelente ambientación del mundo siberiano y de sus campos de concentración (el temible gulag, del que tuvimos noticia gracias al escritor Alexandr Solzhenitsin), que consigue erizar la piel de los lectores gracias a sus detalladas descripciones sobre el frío y los trabajos forzados de los presos políticos que allí se encuentran. Pero tampoco habría que dejar de lado ciertas páginas más psicológicas, donde nos adentramos en el alma del millonario Cooper (asustado con la inminencia de la muerte y deseoso de aferrarse a cualquier tipo de esperanza para afrontar ese instante) o del profesor Stock (auténtico miserable, al que le aguarda al final de la obra un destino adecuado a su maldad). Los escenarios en los cuales se coloca la acción son variados (Rusia, Estados Unidos, Inglaterra, Cuba) y mantienen al lector en una constante movilidad ambiental, que enriquece la novela con su dinamismo. En suma, una propuesta muy interesante, donde las creencias religiosas, los intereses políticos, las estrategias comerciales y las emociones humanas (positivas y negativas) se combinan para edificar una narración donde los bostezos quedan excluidos.

6 comentarios:

supersalvajuan dijo...

Me ha gustado eso de la "grisura". Buena definición. Y a los bostezos, que les den!!!

´´Saray´´ dijo...

Suena súper interesante el argumento; ni había escuchado el nombre del escritor. Me lo apunto a ver si lo encuentro en la biblioteca.
Un saludo.

Rubén dijo...

Creo que puede resultar interesante, sí. Seguro que está en la biblioteca. Un saludo.

Leandro dijo...

No sé, no tengo muy claro que la facultad de distinguir cuándo la persona que te habla dice la verdad o miente, pueda considerarse un don inocuo. Yo, al menos, creo que no me resultaría fácil vivir con él a cuestas.

Eme dijo...

Madre mía seguro que le cambiaste el nombre hace un siglo y por eso yo ya no lo reconocía. Sorry!

Rubén dijo...

Jajajaja. El mismo perro literario con distinto collar titulesco