domingo, 12 de diciembre de 2010

Horas venecianas




Venecia es desde hace siglos (¿quién podría dudarlo?) una de las ciudades más emblemáticas del mundo. Ha servido de inspiración a cantantes (desde el gran Charles Aznavour hasta los pequeños Hombres G), poetas (Pound, Gimferrer), novelistas (Thomas Mann, Juan Manuel de Prada) o cineastas (Visconti). Y ha sido objeto de contemplación para numerosos intelectuales que se han acercado hasta ella y luego nos han contado sus experiencias y opiniones acerca de la ciudad de los canales. Uno de los más reputados ha sido el neoyorkino Henry James, que firmó varios textos sobre la urbe que vio nacer a Casanova. La editorial Abada, con buen criterio y una excelente edición de Miguel Ángel Martínez-Cabeza, ha puesto en las librerías un tomo de hermoso formato, con ilustraciones de Joseph Pennell, donde se alinean cinco trabajos de James, a cuál más intenso y encantador.
Comienza Henry James explicándonos que visitar la ciudad de Venecia, paladear sus colores y sentir su belleza estática y eterna es, a su entender, «la máxima felicidad que se puede alcanzar conservando la razón» (p.31). Y dentro de esa órbita de deslumbramiento, el novelista emite algunos juicios de gran interés sobre los artistas plásticos de la localidad, que podrían parecer incluso paradójicos, por su refinada formulación, y que obligan a reflexiones por parte de quien lee («Tiziano fue sin duda un gran poeta, pero Tintoretto fue casi un profeta», p.39). De ahí que su paseo por los lienzos, esculturas, canales y arcos de la ciudad llegue a momentos de intensa emoción. Porque James no sólo nos habla de San Marcos o el puente de Rialto, sino también del Palazzo Montecuculi o el Loredan, la Riva degli Schiavoni o los mil y un rincones asombrosos que atesora aquel rincón del mundo. El apasionado Henry James, consciente del fulgor inmarcesible de Venecia, llegará a decir en uno de los trabajos que contiene este volumen que «hacen falta muchas cosas para producir un norteamericano satisfecho, pero hacer a un veneciano feliz sólo requiere un puñado de sensibilidad despierta», p.55). No obstante, en medio de ese continuo éxtasis visual, James no desdeña tampoco la reflexión sobre algunas consideraciones prácticas, que traslada a sus lectores de un modo directo: «¿Cuál es la fuente de financiación de toda esta magnificencia cívica (mostrada de cien otras formas) y cómo se las arreglan las ciudades italianas para realizar gastos que resultarían formidables para comunidades más ricas y sin duda menos artísticas? ¿Quién paga las facturas sólo de las costosas estatuas?» (p.141).
De todas formas, y por debajo de estas consideraciones, hay a juicio de Henry James un peligro que amenaza de forma inmediata a esta población de la península italiana: el turismo. James, como otros muchos viajeros del siglo XIX que recorrieron buena parte del mundo empujados por la curiosidad estética o antropológica, cobijaba un desprecio más que notable por aquellos que viajaban de una manera distinta. El turismo de masas (del que apenas llegaron a conocer los albores) imponía una visión mucho más celérica, menos aristocrática; y eso les producía un repelús casi orgánico. Y ni siquiera la mejora del nivel de vida de los lugareños se les antojaba motivo de felicidad; al revés, incluso pareciera que les molestase. Henry James no escapa a esa tendencia y cuando, entre las páginas 98 y 99 del volumen, nos habla de Lido nos explica que el lugar «se ha estropeado» (sic) porque sus calles ahora tienen asfalto, presentan farolas de gas, disponen de tiendas, han ampliado los baños, se ha mejorado su restaurante y se ha construido un teatro. «Mejoras infames» a juicio a de James, que le han cercenado al lugar su carácter «silvestre». Ignoramos lo que pensarían sus sufridos habitantes, que quizá preferían mejorar un poco su nivel de vida antes que agradar a los turistas snobs.
Olvidándonos de esta anécdota, que no es sino un elemento espurio de este libro, qué maravilla volver a leer a Henry James. Toda la elegancia del prosista que construyó Otra vuelta de tuerca, Retrato de una dama o la voluminosa novela Las alas de la paloma está en estas páginas deliciosamente manuales con las que Abada Editores enriquece la bibliografía castellana de uno de los mejores prosistas de su tiempo.

1 comentario:

Leandro dijo...

Lo cierto es que ya casi no hay viajeros, sólo turistas. Y luego estamos los que ni siquiera eso