viernes, 28 de mayo de 2010

El silencio perturbado




Tengo una costumbre arraigada desde que cumplí los veinte años: anotar en mi ordenador la fecha en que leo cada libro y lo que opino realmente de él, fuera de compromisos críticos, posturas de profesor, amistades o enemistades. Es mi auténtico «Librario íntimo», que nadie lee más que yo. Al caer en mis manos este volumen de Isabel María Abellán recordé nebulosamente su nombre y la sensación de haber leído algo suyo, pero no sabía dónde; así que revisé, con la ayuda de la informática, mis fichas de lectura. Y allí estaba. En una anotación correspondiente al 4 de junio del año 2000 cuando, después de leerme la antología El corazón delator, anoté que sólo cuatro personas de las allí publicadas se me antojaban buenas revelaciones. Una de ellas, por su texto «La infancia perdida», era precisamente ella. Ahora, el sello Ediciones Irreverentes le ha publicado este tomo, que confirma mis intuiciones. Y no sólo porque la obra obtuviera en su momento el premio internacional Vivendia de relato, sino por el carácter compacto, acabado y armonioso que presenta. Lo cual, teniendo en cuenta que el volumen está formado por veintiocho historias, no resultaba de ninguna forma una una tarea sencilla. Se puede constatar, conforme avanzamos por sus páginas, que la escritora sabe manejar las situaciones, los tintes ambientales y la figura de los personajes, y que obtiene con todas esas destrezas un ramillete de relatos francamente hermoso. Así, en «1568» presenta para los lectores una historia estremecedora de turcos que atacan una aldea, aunque no llegan a matar a sus habitantes gracias a un astuto animal; en «El payés» acerca su mirada de escritora a la pobreza de una familia que ha de buscar en la emigración la salida a su angustioso estado; en «Los dos amigos» toca con delicadeza el tema de la amistad entre personas a quienes la guerra civil de 1936 colocó absurdamente en bandos opuestos; en «Francisco Ferrer Guardia» esculpe la alabanza de aquel pedagogo y educador que fue ejecutado en 1909 como consecuencia de los sucesos de la Semana Trágica (sus ideas, de un reformismo laico, sirvieron de inspiración para los más modernos centros educativos estadounidenses); en «El sueño de Eric» tenemos como protagonista a un niño polaco, zarandeado por pesadillas que agujerean sus noches; y en «Nuestro secreto» veremos qué relación tan especial se establece entre un niño y su abuelo, que ni siquiera la muerte podrá destruir. Y todo ello, como indicaba antes, con un estilo seductor, sencillo y capaz de hacer que nos enamoremos de las historias que Isabel María Abellán recopila en este tomo. Dentro del difícil terreno de los relatos breves (en el que tan fácil resulta siempre ser anodino, repetitivo o innecesario, y donde la originalidad es tan extraña de conseguir, sin abocarse a extravagancias o pedanterías), no estaría mal que nos apuntáramos el nombre de esta narradora. En mi caso lo tengo clarísimo: diez años después de escribir que me gustaba me sigue gustando.

3 comentarios:

Leandro dijo...

Como lector empedernido de relatos breves, debo decir que no me gusta tropezar con pedanterías, repeticiones ni anodineces. Las extravagancias puedo tolerarlas, y a veces hasta disfruto con ellas. Pero, ¿es malo que un relato sea innecesario? Muchos de los grandes relatos que he leído eran, por así decirlo, innecesarios. Antes de leerlos claro, después es más discutible. Pero estoy por afirmar que nadie padecerá muerte, enfermedad, persecución o pobreza por no haber leído algunos relatos que yo calificaría de extraordinarios. En cualquier caso, como lector empedernido de relatos breves, me apunto el nombre: Isabel María Abellán.

supersalvajuan dijo...

Me lo apunto

José Jiménez Ortín dijo...

De la autora, tengo en mi biblioteca éste título y El último invierno y otros relatos, pero hasta ahora no he leído ni uno ni otro. Me acabas de animar con tu recomendación, así que me pongo inmediatamente a ello. Gracias y saludos.