domingo, 21 de febrero de 2010

La ley del más débil




Desde hace un tiempo vivimos atosigados por la corrección política, ese tenaz gorgojo que se empeña en convencernos de que todo lo que digamos, todo lo que hagamos, e incluso todo lo que pensemos, tiene que estar mediatizado por un aluvión de cortapisas castradoras cuyo principal objetivo es lograr una especie de pensamiento único al estilo del burro Platero, aquel simpático animal que parecía (recuerden a Juan Ramón Jiménez) que no llevaba huesos.
André Lapied, profesor universitario en Marsella, se propuso hace años diseccionar los vectores principales de ese pensamiento políticamente correcto, al figurársele que no podía corresponder sino a un esquema general, más que a un grupo de sandeces aisladas. Y el resultado es La ley del más débil, un tomo que le acaba de publicar la editorial Tres Fronteras, con traducción de Manuel Ballester. Este interesante volumen aborda un análisis exhaustivo de la tontería políticamente correcta, bajo la que subyacen modos de control mental y social más bien evidentes, que a ninguna persona inteligente se le escapan y que el autor del ensayo escruta ayudándose de la terminología nietzscheana. Así, se aproxima a los mundos del deporte, de la sexualidad, de la economía, del arte, de la música, de la ética, de la religión, del periodismo o de la comida, y de todos extrae aspectos en los que habitualmente no nos detenemos a reflexionar. Y concluye sin vacilaciones que «lo políticamente correcto no pretende convencer por una argumentación lógica, quiere obtener la adhesión a los juicios y hacer aplicar los comportamientos con la ayuda de analogías simplistas y de razonamientos mutilados» (p.38). Nos dice también el profesor Lapied que las minorías, cuanto más vocingleras sean y más reclamen sus derechos de forma ostensible, más obtendrán; y que el acobardamiento social ante los que aúllan, patalean y montan escándalo, casi siempre interesadamente y con un trasfondo chantajista, provoca que se impongan incluso ante el sentido común.
En esa órbita de pensamiento, todo lo que huela a reflexión es tachado de reaccionario, porque estorba a los intereses de los intimidadores. Así que vivimos en una sociedad matonil, en una especie de «dictadura del aullador» (la fórmula es mía, pero seguramente la suscribiría el profesor Lapied) en la que quienes deseen acogerse a la moderación reflexiva, al dedo alzado para preguntar y a la duda como mecanismo intelectual están condenados al señalamiento, como si se tratara de facciosos irredentos, de negadores de la tolerancia o de monstruos nauseabundos a los que conviene arrinconar. Para ello, se utilizan palabras-fetiche que tratan de hundir al discrepante (fascista, insolidario, machista, retrógrado), sin que medie el más mínimo argumento, o sin que los políticamente correctos estén dispuestos a aceptar la más insignificante de las enmiendas acerca de sus ideas perfectísimas. Así, André Lapied constata que «la Iglesia ha usado la excomunión, la inquisición y la hoguera. El comunismo ha fusilado, construido gulags y hospitales psiquiátricos para disidentes. Lo políticamente correcto, menos extremista, se contenta con los anatemas y linchamientos mediáticos» (pp.122-123).
La conclusión es aterradora, por parte de Lapied: una vez analizadas todas las aberraciones del nuevo modelo de pensamiento, que se extiende como una mancha de aceite en el mar, auspiciado por la conveniencia de unos y la debilidad de otros, resulta que el corolario pone los pelos de punta. Al estar en manos de los mediocres, que dictaminan lo que por pura lógica tendrían que sentenciar los más preparados, inteligentes o reflexivos, resulta que el guión que nos gobierna es tan absurdo como inamovible: «Todas las culturas y todas las opiniones valen. Las peores estupideces y los lugares comunes más machacados merecen, por tanto, ser oídos. Hay que dar la palabra a los idiotas» (p.101).
Citas como ésta que acabo de anotar, y otras de parecida contundencia, se detectan en este volumen casi en todas las páginas. Pero que ningún lector se llame a engaño: Lapied no es ningún provocador gratuito, ni un crítico descerebrado que se ensañe a la hora de descubrir lacras e inmundicias: es un inteligente cirujano que ha decidido sajar el tumor de la tontería actual y exponerlo a la luz pública sobre el quirófano de su libro, para que todos nos demos cuenta de lo que está pasando.

3 comentarios:

Clares dijo...

Bueno, es un modo de verlo. Y por suepuesto de decirlo. A ver si él será el único de escapar de la tiranía del lenguaje. Ya sabemos desde Kant y Wittgenstein que el lenguaje crea la realidad, o al menos la modela según unos criterios impersonales y colectivos, del mismo modo que la realidad influye en los modos de expresión, en un continuo movimiento de recíproca alimentación. Desde que se descubrió tal cosa, ni unos ni otros han prescindido de la manipulación lingüística. No hay más que escuchar y analizar un poco.
De todos modos, a ningún judío le gustará que digan ante él determinadas expresiones consolidadas en el castellano y que se han apartado de nuestro lenguaje cotidiano por respeto a un pueblo. Es un ejemplo, pero hay más. A ninguna mujer nos gusta que nos traten de "hembras", es otro ejemplo, aunque biológicamente lo seamos, pues por la misma razón no te diré a ti varón u hombre, sino macho y punto. Son pequeños ejemplos de por qué el lenguaje debe ser respetuoso con la sensibilidad de los demás.
Sentiré mucho ser la disidente en estos comentarios, pero es que estas cosas siempre me parecen harto sospechosas.

Leandro dijo...

La discusión sobre lo políticamente correcto da para decir tantas cosas que así, por escrito, me da una pereza terrible. Casi preferiría no decir nada, pero me puede la incontinencia. En líneas generales, estoy bastante de acuerdo con lo que señala Rubén en esta entrada. Pienso que lo que llamamos corrección política tiene bastante de pensamiento único, medias mentiras, medias verdades y falta de libertad. Y además me atrevería a decir que, en los tiempos que corren, la expresión políticamente correcto es auto contradictoria

Pilar dijo...

Entonces están, para que yo me aclare: los políticamente correctos carentes de reflexión. Los políticamente incorrectos que son los buenos, no los indios, sino los otros. Y luego él, que yo creo debe ser perfecto.
Pues no sé dónde meterme, amigo. A ver si escribir de lo políticamente correcto va a ser también lo ídem.
Eso tiene una lectura, cualquier pensamiento la tiene. Me gusta la cita que has entresacado sobre la reflexión. Y estoyd ecuerdo con la idea del vocerío reinante, aunque seguramente estará en el libro definido qué es vocerío. Besazos
A comerrrr