domingo, 14 de febrero de 2010

Epistolario




Eusebio Jerónimo de Estridón (san Jerónimo, para los cristianos) fue un personaje ciertamente peculiar. Su fecha de nacimiento no es segura (entre 340 y 345) y tampoco lo es la de su muerte (419 ó 420), pero de lo que ocurrió en medio sí que tenemos numerosas informaciones. Sobre todo porque Jerónimo dejó una abundante correspondencia, de la que ahora ofrece un extracto la editorial Cátedra en su colección Clásicos Linceo, con traducción y notas de María Teresa Muñoz García de Iturrospe. Buen conocedor del latín, el griego y el hebreo, Jerónimo fue el autor de la Vulgata, Biblia oficial de la iglesia católica durante quince siglos y primer libro que salió de la imprenta de Gutenberg. Y, en todo momento, fue un autor soberbio y consciente de su valor intelectual, que adornaba sus escritos con citas de todo tipo de autores, que se preocupaba por el vuelo musical de la frase, que cuidaba la escansión de sus períodos y que respetaba la más pura ortodoxia en sus páginas.
En ocasiones, el tono de sus misivas es puramente seductor. Así tenemos, por ejemplo, la epístola 53, dirigida a Paulino, rico heredero de Burdeos casado con Teresa. Las palabras que Jerónimo le envía no tienen más objeto que el de convencerlo para que abandone todas sus riquezas, abrace el camino del ascetismo y se una a él en su lectura y comentario constantes de las Sagradas Escrituras. Y no cabe duda de que el mensaje caló hondo en su alma, porque terminó entregando su fortuna a los más necesitados, viviendo con su mujer sin ningún tipo de contacto sexual (en calidad de hermanos) y siendo nombrado obispo de Nola. En otras ocasiones, el núcleo central de la carta tiene otra misión, como ocurre en la epístola 70, que supone una argumentación, minuciosa y extensa, en la cual Jerónimo explica a todo el que quiera escucharlo que usa citas culturales paganas (Sócrates, Cicerón, Aristóteles, Quintiliano o Flavio Josefo) porque le sirven para su defensa de las auténticas verdades de la fe cristiana. Pero que las despoja antes de todo adorno ajeno a la ortodoxia de su fe.
Pero quizá la carta más interesante de cuantas aparecen en este tomo, de bello formato y útil manejo, es la 107. Esta epístola se abre con una excelente imagen del curso de los tiempos, y de la justicia que se va haciendo en ellos («El dorado Capitolio se cubre de hiedra, todos los templos de Roma están cubiertos de polvo y de telas de araña, la Ciudad se conmueve en sus cimientos y el pueblo, que pasa el aluvión delante de los ídolos semideshechos, corre a donde los sepulcros de los mártires», pp.123-125). Y luego comienza a hablar sobre cómo debe ser la educación de las niñas consagradas al amor de Cristo. Dice Jerónimo que su firme y esmerada instrucción ha de ser iniciada casi desde la cuna. Así, decreta que no deben jugar bajo ningún concepto a cosas pueriles, ni deben distraer sus horas en charlas banales, ni es admisible que lleven las orejas perforadas, ni que escuchen música, ni que tomen alimentos fuera de los básicos, ni que salgan sin compañía a la calle. Además, estipula que deben bañarse con la menor frecuencia posible... y que su ritmo ideal de vida ha de ser «que a la oración le siga la lectura, a la lectura la oración» (pp.151-153). De ahí que lo más prudente sea enviarlas a lugares en los que puedan ser tuteladas por personas expertas, sin que sus madres y padres estén de continuo sopesando los peligros que les acechan.
Un volumen, como bien puede observarse, donde el mensaje doctrinal que se intenta introducir en el ánimo de los lectores es seco como el esparto y áspero como un mazapán de gravilla, pero que queda aliviado por la airosa soltura de la prosa jeronimiana, que no es ni mucho menos desdeñable. Si los visitantes de este libro son capaces de soslayar la anacrónica carga ideológica que en las páginas de este volumen sigue latiendo, y centrarse en sus aspectos más puramente literarios, sin duda disfrutarán de un estilo que recibió los elogios del mismísimo Erasmo de Rotterdam, que no es poco.

4 comentarios:

supersalvajuan dijo...

¿Y sale con calavera o sin ella?

Leandro dijo...

Los que no somos capaces de soslayar la anacrónica carga ideológica que sigue latiendo en las páginas de ese volumen, lo vamos a pasar por alto. Al menos, de momento. Es que, no sé... por citar a un ilustre crítico, parece áspero como un mazapán de gravilla. Qué bárbaro. He tenido que ir a beber agua después de leer esa frase

Rubén dijo...

Jajajaja, pues haces bien, Leandro. Los únicos libros que hay que leerse son los que a uno, realmente, le apetece. Lo demás es música de gaita.

Clares dijo...

A mí particularmente esa época de la historia y de la historia de la Iglesia en concreto me parece fascinante, porque ahí se forja en una lucha muy dura el derrotero patriarcal y estricto de la Iglesia frente a una iglesia del amor y de la comprensión, más hippy, vamos. Lo de las niñas va en esa línea, que al final es la que en cierto modo triunfó, al menos en el mundo. En el cielo, no sé. Oye, a San Jerónimo se le representa dándose golpes de pecho con una piedra, a propósito de lo cual hay una coplilla popular muy buene:

San Jerónimo era santo
por romperse el pecho con un canto.
Más santo fuera
si con un tomate se lo rompiera.

Porque evidentemente, sería mucho más milagroso.