miércoles, 30 de diciembre de 2009

La máquina de languidecer




No sé muy bien si los microrrelatos proceden del magisterio de los haikus orientales o de las enseñanzas cazurras y sincréticas del jesuita Baltasar Gracián (“Más obran quintaesencias que fárragos”), pero lo cierto es que el género, en los últimos años, está interesando a un número creciente de lectores. Sin duda, buena parte de esta curiosidad ha sido despertada por autores como Ángel Olgoso, titán de las mini-estructuras e intrépido explorador de sus mil bifurcaciones y recovecos. Su último libro continúa la línea, con elogiable brillantez. Se trata de un tomo que le publica Páginas de Espuma, con una magnífica portada de Santiago Caruso, y que lleva por título La máquina de languidecer. Cien historias densas, proteicas, intrigantes, humorísticas, filosóficas, desasosegantes y llenas de guiños, donde el autor granadino da rienda suelta a sus fantasmas, sus obsesiones y sus temas recurrentes, para conformar un cosmos de inquietante perfección, donde cabe casi todo: las revisiones de los mitos homéricos, contemplados desde una óptica nueva (“Ulises”); los relatos de terror o de aldeanismo supersticioso, que viran en sus últimas palabras hacia el humor (“El lobo viejo de las desgracias”); los textos donde las fronteras entre el fracaso y el éxito, entre la ignominia y la liberación, entre el ayer y el hoy, desdibujan sus límites (“La larga digestión del dragón de Komodo”); sangrientas ceremonias precolombinas que acaban de un modo lánguido, humano, casi suplicante (“Quauhxicalli”); las parábolas donde la vida queda codificada en una serie de elementos comunes (“La derrota”, “Umbrales”, “Subir abajo”); ínfimas disputas fraternas que adquieren una dimensión simbólica, inquietante o tremebunda en apenas siete líneas (“Vidas privadas”); enumeraciones culturales que se rizan, al final, en una carcajada lingüística (“Un mélange mitológico”); o textos espeluznantes, que sobrecogen como latigazos, donde nuestro mundo queda retratado con macabra nitidez (“Conjugación”).
Ángel Olgoso acude a todos los senderos, pulsa todos los resortes, maneja todas las variantes, indaga todas las cuevas. Parece como si no quisiera dejarse ni una sola posibilidad por ensayar, ni siquiera la micro-novela, que está representada por textos tan memorables como “Crimen perfecto” o “Caballería volante”... Por fortuna, sus lectores sabemos que es mentira, y que su prosa y su fantasía son como el ave Fénix: están en constante ejercicio germinativo. Apenas dadas a la imprenta estas producciones, Ángel Olgoso estará componiendo otras historias, cincelando otros mundos. Y seguramente, aunque parezca imposible, nos volverá a sorprender con esas páginas. Por ahora, y a pesar de nuestra avaricia, tendremos que soportar la espera leyendo y releyendo este prodigioso volumen, lo que tampoco está mal.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

Doctores del Infierno




Si la pregunta que se me formulara es por qué estoy leyendo, en los días previos a la Navidad, un libro sobre las atrocidades de los médicos nazis en los campos de exterminio respondería que por la misma razón que me llevó a leer sólo obras escritas por mujeres mientras cumplía el servicio militar: para equilibrar la balanza. En un ambiente dominado por la testosterona hay que leer a Mercedes Salisachs, a Marta Portal o, como mucho, a Kavafis. Y en un ambiente donde prima la mentirosa creencia en la bondad del ser humano, lo que se impone es recordar lo indigno, salvaje, cruel y malévolo que puede ser el bípedo implume. Vivien Spitz, que fue la taquígrafa más joven durante los juicios de Nuremberg, nos explica aquí, con rigurosa exactitud, lo que ante ella explicaron con perfecta naturalidad aquellos médicos, aquellos anestesistas, aquellas enfermeras. Cómo amputaron piernas para observar la velocidad a la que podían cicatrizarse heridas; cómo obligaron a docenas de personas a mantenerse a base de agua salada, para luego diseccionarlos y observar el comportamiento de sus órganos internos; como inocularon la malaria a centenares de personas, para ejecutar con ellas una serie de tratamientos delirantes; cómo produjeron heridas con gas mostaza para medir la profundidad de las quemaduras; cómo probaron mil y un métodos de esterilización (por rayos X, por métodos químicos) de cara a la aceleración de la Solución Final; cómo disparaban balas conteniendo veneno en brazos y muslos de los prisioneros, para medir el tiempo de su muerte; cómo ejecutaron a 112 judíos para descarnar sus esqueletos y componer un siniestro museo anatómico destinado a la universidad de Estrasburgo (sí, Estrasburgo, donde ahora trabaja el Defensor del Pueblo del continente europeo)... Atrocidades sin límite ejecutadas por médicos que habían suscrito sin que les temblara la voz el Juramento de Hipócrates y que, durante los juicios de Nuremberg, seguían defendiendo su inocencia con el quebradizo argumento de que luchaban por el avance de la medicina. La editorial Tempus, gracias a la traducción de Victoria Horrillo, pone en nuestras manos el acta de aquel horror. Y la autora, en la página 329 de este espeluznante trabajo, nos resume la esencia del problema: “En los genocidios hay cuatro categorías de seres humanos: el perpetrador, la víctima, el espectador callado y el salvador”. ¿En cuál de esas cuatro categorías nos tocará inscribirnos a nosotros, la próxima vez?

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Diccionario de dudas



Antonio Gala dictaminó, en su pieza Séneca o El beneficio de la duda, que lo propio del hombre es dudar sin descanso; el poeta sueco Artur Lundkvist versificó en La imagen desnuda que la duda es la fe más resistente; y Fernando Savater, en su monografía Jorge Luis Borges, afirmó que los científicos trabajan para salir de dudas, mientras que los filósofos proceden al revés: piensan y se esfuerzan para entrar en ellas.
El profesor José María Cumbreño, que es poeta de prestigio reconocido y creciente, ha sacado en la importante editorial Calambur un volumen donde, bajo el título de Diccionario de dudas, inscribe algunas de sus incertidumbres con el auxilio de la palabra. Este vademécum de desorientaciones y brújulas descabaladas sirve al poeta (y también al lector) como un mecanismo tranquilizador («Las listas, los inventarios / y las clasificaciones / en el fondo se usan / para no tener tanto miedo»), como un modo de instalarse en la realidad y de tratar de comprenderla. O, al menos, para mirarla con otros ojos, menos perjudicados por el dolor, el desgarro o la angustia. El primer paso quizá consista en aceptar que puede no haber razones para todo, como intuyó Cervantes en su obra maestra («Demasiadas explicaciones juntas / se parecen mucho a una mentira»); luego, vendrían ciertas certidumbres cronológicas («La felicidad y la consciencia de la felicidad suceden siempre en tiempos distintos»), la poesía («Es transparente el peso del agua»), las definiciones que sirven para el transcurso de la vida cotidiana («Lo que vuelve peligroso al francotirador no es su rifle: es su paciencia»), ciertas paradojas filosóficas («Si se cierra un ojo se ve la mitad del mundo. Si se cierran los dos, se ve el mundo entero») e incluso acertadas dosis de humor (José María Cumbreño define el encabalgamiento como «enfermedad endémica de los poetas, que les lleva a pensar que lo que tienen que decir es tan importante como para tener que seguir diciéndolo en el verso siguiente»). Este volumen, donde pensamiento y música se dan la mano para caminar al unísono, rebosa de aciertos y supone una bocanada de aire fresco en el panorama lírico actual, una demostración palpable y seria de que la poesía sigue abierta a nuevas experimentaciones de contenido y de forma, y que por eso es un organismo vivo, caleidoscópico, fértil y revelador. La editorial Calambur, con el tino de siempre, vuelve a sorprendernos con esta entrega poética, donde muchos tendrán ocasión de descubrir a un escritor valioso, que nos regala páginas de gran inteligencia y de gran belleza. Textos como «Sesión continua», «Antídotos», «Manuel», «Presentimiento» y muchos otros que dejaré que descubra por sí mismo cada usuario del tomo nos proporcionarán motivos suficientes para la reflexión y la admiración. Es lo que ocurre (demás está decirlo) con los buenos poetas. Y José María Cumbreño pertenece a esa nómina.

martes, 8 de diciembre de 2009

Poeficcionario




Quizá lo más sorprendente de los genios de la literatura es la capacidad que tienen para seguir provocando, tras su desaparición, un huracán de influencias sobre otros escritores. Algunos, desarrollan ese influjo en vida y generan imitadores de cierto mérito (García Márquez); otros, se extienden en epígonos mentecatos, que no servirían ni para descalzar al maestro (Borges); y otros, en fin, encuentran a sus prolongadores naturales mucho después de su muerte. Es lo que ocurre con Edgar Allan Poe, del que ahora recordamos el segundo centenario de su venida al mundo.
El sello Ediciones Irreverentes lo ha querido celebrar con un volumen de cuentos titulado Poeficcionario, en el que una serie de admiradores del escritor de Boston han querido revisar algunos de sus más célebres relatos, vertiéndolos a un lenguaje y unas situaciones actuales. Las trece propuestas aparecen ilustradas de manera brillante por Aubrey Beardsley y están prologadas por Luis Alberto de Cuenca. Ofrecer un comentario o resumen de todas superaría notablemente los límites de una reseña en esta página, pero sí que se antoja necesario reseñar cuatro o cinco. Así, por ejemplo, José Manuel Fernández Argüelles nos entrega, en «La Montilla» la historia de una prostituta, antigua estudiante de Derecho, que ha decidido vengarse de la persona que la empujó hacia su posición actual: el juez don Ramón Cruceta, al que terminará conduciendo hacia el sótano de un antiguo local de alterne. Para los lectores de «El barril de amontillado» no será preciso añadir nada más. O esa otra versión, firmada por Raúl Hernández Garrido, donde «La caída de la casa Usher» es leída en clave moderna, con edificios vanguardistas, especuladores inmobiliarios y abogados que se ven inmersos en tramas que los superan. O la sugerencia que nos desliza Miguel Ángel de Rus para que leamos «El corazón delator» con parámetros de la más rabiosa actualidad (a la actualidad se la suele adjetivar frecuentemente de rabiosa, como si se hallara aquejada por un rhabdovirus). Su ficción, titulada «El corazón delator, en directo», nos propone una atrevida reflexión sobre los límites del mal, los matices inextricables de la locura... y la influencia omnímoda de la televisión en el presente. O, en fin, esa colección de pequeñas historias traspasadas de humor que Manuel Villa-Mabela recopila en «El entierro prematuro», donde nos cuenta los episodios acaecidos a un marido excesivamente frecuentador de prostitutas («Sufría dependencia vaginal de estraperlo», p. 166) al que su mujer envenena y golpea para enterrarlo antes de hora. O el caso, tan terrible como jocoso, de Pierre Delafrance, un inspector de Hacienda sodomizado tumultuosamente por «una jauría de gays en estado salvaje de celo» (p.167). En suma, un libro donde lo gótico, el humor, lo macabro, los odios y las venganzas se funden en trece narraciones que resultarán interesantes para la inmensa mayoría de los lectores. Ocasión inigualable para reencontrarnos con Poe, y de paso adentrarnos en una serie de narradores actuales que tienen mucho que decir.

jueves, 3 de diciembre de 2009

El golfo de los Poetas




Todos atesoramos, muy adentro del alma, una fosa Challenger, un hueco profundísimo donde anidan el dolor, la melancolía, el desgarro o la tristeza. Leo Carver, escritor de antiguo éxito y actual presente arrasado, no es una excepción. Su mujer, Rocío, soporta como puede su dependencia de la bebida, que lo está minando de forma rapidísima; su hija, Selma, finge no advertir la huida vertiginosa de su padre hacia la autodestrucción. Y él, atravesado por recuerdos que le laceran el alma, ha optado por buscar sus propias respuestas volviendo a la ciudad italiana donde vivió un intenso romance de juventud con Val, a la que perdió en el vértigo de los años. “Alojo una cicatriz profunda como las que tengo en los brazos y piernas, un mordisco sin cerrar que corta de lado a lado mis recuerdos”, nos dice en la página 189. Y es cierto. El problema es que Leo Carver pretende, treinta años después, abrir la tumba donde duerme Tutankamon, e ignora si las miasmas que broten de ese sepulcro aliviarán sus pulmones o los calcinarán. Es un riesgo que, en todo caso, está dispuesto a asumir. Él sabe perfectamente que hay “mujeres para amar en el momento y mujeres para amar en el recuerdo” (p.156), pero también sabe que las mujeres del ayer están nimbadas por un halo que las mantiene exentas de imperfecciones. Val dejó de estar junto a él un 16 de noviembre, pero su imagen no se le ha borrado. De ahí que Leo Carver descuelgue el teléfono y pulse el número de Walter Serres, un compañero de juventud, que sabe todo lo que ocurrió con Val y que podrá aclararle los pormenores de aquellos días. Al final de la obra nos tocará descubrir que los dolores y los traumas no son nunca sencillos, y que en los muñequitos del vudú caben muchas agujas. Quizá demasiadas.
Fernando Clemot (Barcelona, 1970), reciente ganador del premio Setenil por su impresionante libro Estancos del Chiado (Paralelo Sur Ediciones), vuelve a elevarse con esta novela a unas cotas de pasmosa intensidad literaria, donde el lenguaje, la sintaxis y la arquitectura misma de la historia han sido mimados hasta límites que ingresan en el terreno de la orfebrería. No es extraño que con estas páginas lograse ser finalista de los premios Ateneo de Sevilla y Ciudad de Logroño, en apenas un año. El golfo de los Poetas (Barataria, 2009) impresionará a todos los buenos degustadores del género.