viernes, 28 de agosto de 2009

Asklepios o La añorada infancia de Miguel Espinosa





Da igual que contemplemos mil amaneceres. Daría igual que fuesen un millón. Cada amanecer es, siempre, el amanecer. Su novedad pura y constante no incluye el tedio como ingrediente. De la misma manera, tampoco la obra literaria de los más grandes (y estimo que Francisco Sánchez Bautista es uno de los más grandes) incorpora nunca la fatiga de la repetición, o los colores apagados, o la sorpresa fotocopiada. Cada libro de un gran escritor es un hallazgo, la apertura de una ruta nueva para subir a la cima del Everest, una donación de luz que el poeta tiene la gentileza sublime de otorgarnos.
Francisco Sánchez Bautista publica Asklepios o La añorada infancia de Miguel Espinosa en la Real Academia Alfonso X el Sabio; y el volumen, que tiene mucho de “catálogo de fidelidades” (Miguel Espinosa, José Ballester, los clásicos grecolatinos, la huerta murciana, Párraga), nos sirve para enriquecer aún más la imagen literaria que de este autor imprescindible tenemos fraguada (aunque constantemente corregida y aquilatada) sus lectores.
En el primer tramo del libro se centra en Miguel Espinosa (“el más lúcido y genial escritor que ha dado Murcia durante todo el siglo XX”, como se pregona en la página 91), de cuya obra "Asklepios" realiza una lata y minuciosa paráfrasis, que completa con gran cantidad de citas, algunas bastante extensas. Luego, aborda dos textos bien diferentes entre sí, pero complementarios: en el primero (“Sobre la tierra calcinada”) nos traza su particular ruta del secano, donde va intercalando los versos que ha ido dedicando durante años a estos parajes de Fortuna, Abanilla o Archena; en el segundo (“Visión poética personal del mundo huertano”) eleva su atronador, emocionado, juicioso y entendido réquiem por los últimos coletazos de un mundo que se pierde (él lo sabe) sin remisión, bajo la crueldad del cemento. El poeta lo condensa en un párrafo magistral: “A toda persona responsable, habitante de las tierras y riberas de nuestro río, le duele saber que lo que soñó el romano, hizo el moro, cultivó el mudéjar y se repartió el cristiano, muere por falta de asistencia”, página 116.
Posteriormente, Francisco Sánchez Bautista realiza un repaso inteligente y mordaz a las mezquindades, paradojas y bochornos de nuestro tiempo, y lo hace acudiendo a los textos imperecederos de sus clásicos favoritos (Sócrates, Juvenal, Marcial, Horacio, Cicerón, Plutarco, Tácito…), que lo auxilian con el alto ejemplo de sus enseñanzas.
Y, como cierre del volumen, un fenomenal catálogo de homenajes que el autor tributa, y que incluye a personajes de la talla de Antonio de Hoyos, María Pilar López, Gabriel Miró o los pintores José María Párraga y Manuel Avellaneda. Pero quizá los dos textos más hermosos de esta coda sean los titulados “La brujería de Paco Sánchez Bautista”, de Salvador García Jiménez (tan genial como todo lo que escribe este ceheginero de diamante) y “Elogio del libro” (donde el poeta de Llano de Brujas nos refiere algunos de los pormenores de su escolarización precaria durante los años de la República).
Un libro maravilloso y memorable de Francisco Sánchez Bautista.
Otro amanecer.

viernes, 14 de agosto de 2009

La vida arrebatada de Friedrich Nietzsche





Franz Overbeck (1837-1905), que fue amigo íntimo de Friedrich Nietzsche y docente en una universidad suiza, tuvo la inestimable idea de anotar algunas de sus reflexiones, remembranzas y anécdotas sobre el filósofo alemán. Y ahora el sello Errata Naturae, con la valiosa colaboración traductora del profesor Iván de los Ríos, nos ofrece a los lectores españoles un buen número de esas páginas (incluidas algunas que el pudoroso Carl Albrecht Bernoulli, discípulo de Overbeck, consideró prescindibles cuando editó el volumen en 1906). Con buen juicio dice el profesor De los Ríos que “Franz Overbeck escribe al margen de todo interés encomiástico, sin ínfulas filosóficas, y escribe para demostrarse a sí mismo que nunca comprendió plenamente a un hombre al que amó y veneró por encima de todas las cosas; escribe para comprender y para expiar la culpa de no haber comprendido; escribe para quedarse a solas con su amigo Friedrich Nietzsche, cuyas carencias nadie supo advertir con igual cautela” (p.14). De ahí que la obra alcance cotas de gran intensidad intelectual y emocional. Tras declarar su sumisión ante lo ciclópeo de la figura de Friedrich (“Nietzsche fue un portento ante el que me incliné una y otra vez, y aun hoy no me arrepiento de haberlo hecho”, p.25), el analista Overbeck se aproxima con lucidez y elegancia crítica a “un Nietzsche cuyo pensamiento no se ramifica, creciente, superando obstáculos, sino que avanza como una [...] corriente de lava” (p.39). Lentamente, respetuosamente, Franz Overbeck comenta diferentes aspectos sobre el antisemitismo de Nietzsche, sobre sus posturas ante la religión cristiana, sobre su aparente soledad (“Nunca fue un auténtico solitario”, p.43), sobre el controvertido tema de la muerte de Dios (“Partiendo de mi relación habitual con Nietzsche sólo puedo decir lo siguiente: nunca tuve la impresión de que contara con una respuesta sobre la existencia o la inexistencia de Dios, pero ignoro si alguna vez pretendió decir algo al respecto”, p.54) y sobre varios temas de indudable interés erudito, como las relaciones que la obra de Friedrich Nietzsche guarda con Proudhon, Rousseau, Pascal, Herder, Stirner o Erwin Rohde. Y llega a proporcionar datos muy minuciosos, como la anécdota de que fue el historiador y pensador Jakob Burkhardt (autor de la monumental Historia de la cultura griega) el primero en tener noticia clara de la locura de Nietzsche, a través de una carta de enero de 1889, donde el filósofo evidenciaba su desvarío... Este hombre, que fue un fiel amigo del filósofo de Basilea “hasta que todos perdimos a Nietzsche por culpa de la locura” (p.90), explica con viril emoción que no ha querido mercadear con su amistad, ni someterla a manipulaciones de ningún tipo, cuando tan fácil le hubiera resultado hacerlo (“Su amistad ha sido demasiado importante para mí como para sentir el deseo de contaminarla con exaltaciones póstumas”, p.102). En suma, Errata Naturae nos acaba de regalar un delicioso tomo con el que, sin la menor duda, mejoramos nuestro conocimiento del padre de Zaratustra. Y eso siempre hay que agradecerlo.

sábado, 8 de agosto de 2009

Afán de certidumbre





Hay muchos tipos de poesía, y todos tienen su segmento de público lector: la culturalista, la oscura, la ñoña, la ingeniosa, la melancólica, la comprometida, la experimental... A mí, desde hace años, sólo me dejan impresión duradera en el alma aquellos versos que, sea cual sea el ropaje que los cubre, brillan con la luz de la emoción. Eso le pido a la poesía: belleza emocionada. O emoción embellecida. Un pulso de sangre que, saliendo rojo del corazón, se vuelve negro de tinta en la mano de quien escribe. Y lo acabo de encontrar en otro libro: en el volumen lírico Afán de certidumbre, de José Cantabella. Hasta ahora, su producción se centraba en el mundo del relato breve, en el que había compuesto maravillas como Amores que matan (2003), Historias de Chacón (2005) y Llegarás a Recuerdo (2007). Y cuando sus lectores esperábamos una nueva entrega de cuentos, pensando que la secuencia de años impares así permitía deducirlo, nos sorprende con este poemario de breve estructura pero deliciosa técnica, en la que el autor murciano tiende su mirada y explora el mundo, en la más amplia extensión de la palabra: celebra el gozo de vivir, descubriendo en cada amanecer los matices de la felicidad posible (“El nuevo día”); ingresa en la metafísica con la lectura matutina de un periódico (“Noticia esperada”) o con el verbo final de un poema (“Dos hombres mirándose”); intenta establecer una difícil solución de consenso para conjugar los avariciosos territorios del amor y de la literatura, que tantas veces coliden entre sí (“Pacto”); compone sinfonías urbanas donde una tormenta acompaña a los seres humanos, en su paseo de cotidianidad y amor (“Lluvia”); retrata los clichés de una familia ‘típica’, de la cual busca distanciarse, por juzgar banales sus ritmos y sus rituales (“Familias”); nos entrega episodios de apariencia autobiográfica, como cuando se detiene a contarnos el reencuentro con un viejo docente, que lo martirizó de niño con su intransigencia nada pedagógica (“El maestro”); o, en fin, esculpe líneas en las que le comunica al mundo su eviterna pasión por Carolina, con quien comparte el sendero de vivir (“Celebración del amor eterno”).
Y todo esto con un lenguaje de limpia sencillez, donde los adjetivos, los sustantivos y los verbos están tan bien elegidos, tan escrupulosamente calculados, que no tienen necesidad de mancharse de retórica barata. José Cantabella hubiera hecho las delicias de aquel Juan Ramón Jiménez que le pedía a sus poemas “el nombre exacto de las cosas” o de aquel Antonio Machado que pretendía contar “lo que pasa en la calle”. Algunos reticentes podrían pensar que esa desnudez es falta de pericia o de capacidad; pero se equivocará quien así razone. Existen lenguajes líricos que precisan de una escritura y una lectura inocentes, y que sólo desde la inocencia entregan su tesoro. Aduciré un ejemplo cinematográfico: en la película Profesor Holland hay un instante en que Richard Dreyfuss le está contando a su esposa que, de joven, escuchó un disco de John Coltrane y no le gustó. Pero que, cuando lo escuchó por segunda, por tercera, por cuarta vez, fue descubriendo los pliegues de belleza que cobijaba. Y así se convenció de que John Coltrane era un genio, y que su música le llegaba al corazón.
La poesía (y éste es el gran descubrimiento de la modernidad, a la que José Cantabella pertenece) no necesita de la pirotecnia. Su misma pureza, si es real, sirve para construir el edificio del poema. Hay una música secreta dentro de los buenos versos, y el autor murciano la ha descubierto, para delicia de quienes lo leemos desde hace tiempo.
Y si a tales maravillas verbales le unimos el exquisito tratamiento visual que la pintora Francisca Fe Montoya le ha dado al poemario, adornándolo con imágenes de tan gran sencillez como poder evocador, el resultado global no puede ser tildado sino de excelente.