martes, 9 de junio de 2026

SER

 


Decide la editorial Tres Hermanas adentrarse en el mundo de la poesía, y lo hace con esta colección Rhēma, que dirige Jesús Feliciano Castro Lago y cuya primera entrega reúne los nombres de Rubén Martín Díaz, Itziar Mínguez Arnáiz, David López Sandoval y Aurora H. Camero. Cuatro voces que, en palabras del director, “no se suman: dialogan”. La fórmula es bonita, pero además atinada, porque siendo autores de escansión y tono tan distintos, es cierto que respiran un aura conjunta. Rubén nos habla de pájaros que se posan en lo imposible y vuelan transparentes; o nos asegura que “es la luna la piedra más porosa” y que la noche es la ecuación con más incógnitas. Itziar nos susurra sobre el destino de Pompeia, fallecida muy joven hace dos mil años y cuyos restos ahora reposan en un museo, despertada “de ese breve descanso eterno / que es la muerte”. David nos regala sentencias profundamente graves y paradójicas (“Dejad que vuestros hijos abracen la tristeza”) y nos recuerda que un hombre (también una mujer) está tejido por “los cuerpos que ha adorado”. Aurora, más juguetona con la formulación visual de sus propuestas, nos adentra en la felicidad de pasar “toda la noche en brazos de tu dulce compañera” y nos interroga sobre a qué ángel hemos decidido decapitar. Como se puede apreciar, son torrentes muy distintos, que portan aguas de diferentes colores, que precisamente por ello conforman al unirse una suerte de bandera poética: merece la pena conocerla y recorrerla con calma. Yo, como suelo hacer con los versos, he optado por leerlos en voz alta, en la soledad de mi despacho. Recomiendo el experimento.

En suma, todo en este volumen revela ebullición y belleza, emanada de cuatro gargantas líricas de enorme poderío que, juntas (tiene razón Castro Lago), dialogan, se hermanan, se potencian y alcanzan una altura notable.

lunes, 8 de junio de 2026

Mientras dure el resplandor

 


¿Cuántas veces nos equivocamos en nuestras vidas? Y, sobre todo, ¿cómo reaccionamos ante esos errores? Ambas preguntas pueden parecer inanes, pero quizá encierran más dolor y más angustia de los que parece. Juzgamos, mentimos, traicionamos, relegamos y no siempre somos conscientes del alcance de nuestros yerros y despropósitos, aunque acabemos recibiendo su factura. Pueden ser errores políticos, errores laborales, errores amorosos, errores amistosos, errores domésticos. ¿Quién no es capaz de recordar, al menos, media docena de los que ha cometido?

Germán Vieitez (nadie está libre de esas torpezas) también lo ha hecho. Comenzó sus estudios universitarios y, enamorado como un crío, lo dejó todo para acudir al rescate de Clara, cuyos padres pretendían encerrarla en un local disciplinario regentado por religiosas. Esa desviación (que él asumió con voluntad heroica) lo condujo al matrimonio y la paternidad (Beatriz), pero pronto comenzaron otras desviaciones, otras encrucijadas, otros dados lanzados al viento. Hubo amantes (por ambos lados), hubo discusiones, hubo colores que se degradaban y, por decirlo con el sustantivo precioso que elige el autor para su título, resplandores que se extinguieron. Sobre ese bastidor, el orensano Bernar Freiría borda las más de cuatrocientas páginas de esta novela, que se desarrolla entre los años finales del franquismo y los primeros del gobierno socialista de 1982. El escenario en que se mueven los protagonistas es conocido y poliédrico: la revolución de los claveles en Portugal, las cargas de los grises, el alborear de la democracia, los pelotazos empresariales (incluidos los urbanísticos), los locales de moda relacionados con la movida, el irrumpir explícito de las drogas, las bandas neonazis por las calles, la corrupción policial y judicial… Pero lo que más anonada en este libro no es la vasta exposición social (si me apuran, ese dibujo puede realizarlo casi cualquiera que lea o recuerde), sino la profunda, valiosa, reveladora indagación psicológica que el autor emprende con singular maestría: los personajes son vistos, pero también explorados y diseccionados, hasta el punto de que laten con verdad, como si fueran de carne y sangre. “Germán tenía una capacidad de penetración psicológica fuera de lo común”, nos dice el autor en la página 154; pero es que otro tanto podría decirse de él. Habilidoso tanto en los diálogos como en los análisis de sus caracteres, Bernar Freiría consigue que sus figuras respiren, además de mostrarnos cómo el idealismo y el pragmatismo suelen protagonizar combates de los que raramente se sale ileso. ¿Ha sido Germán un espíritu libre o un egoísta? ¿El precio que paga por su forma de vivir lo ha pagado solamente él o quienes lo rodean? “Tú querías libertad, arte, poesía. O eso decías. En realidad, lo que querías era no tener ningún compromiso”. Esas son las palabras que su hija Beatriz le escupe en la página 371, y quizá no le falte razón. Pero, ¿cuántos “germanes” hemos conocido en nuestra vida? O, hurgando un poco más, ¿acaso nosotros mismos hemos sido Germán (o hemos sido Clara)? Un volumen intenso y removedor, cuya lectura les recomiendo.

domingo, 7 de junio de 2026

Para servir a Dios y a usted

 


Conozco desde hace años (tengo esa fortuna) los libros de José Cubero, y he ido dejando mis opiniones en este blog, maravillado siempre por su versatilidad y su gracia. Diez años de seguimiento que comenzó en 2016 con las indelebles Memorias de un niño murciano (https://rubencastillo.blogspot.com/2016/09/memorias-de-un-nino-murciano.html) y que llega hoy a su undécimo capítulo con el convincente tomo de relatos Para servir a Dios y a usted (Bookalia, 2026), donde vuelvo a encontrarme con el narrador cercano, cordial, tierno e irónico que tanto me gusta, capaz de combinar memoria y fantasía en adecuadas dosis, perfectamente mezcladas. En sus páginas descubrimos huérfanos que, criados en locales tétricos regidos por la Iglesia y el gobierno franquista, tienen que luchar para sobrevivir (“Para servir a Dios y a usted”); locos inofensivos que, presionados por la idiotez de sus congéneres, terminan explotando con preocupante violencia contenida (“El misántropo”); estraperlistas que bajan la guardia y sufren un revés en su negocio (“El contrabandista”); aparcamientos precarios que terminan generando una situación irreversible para el sufrido dueño del vehículo (“La grúa”); ingratas experiencias sexuales que el protagonista querrá olvidar cuanto antes (“La primera cana al aire”); jóvenes aficionados al toreo de salón que, cuando tienen la oportunidad de concretar frente a un becerro su vocación, comprenden el grave peligro al que se enfrentan (“Una afición frustrada”); o el quiebro final que nos regala un relato aparentemente tranquilo sobre una leve incidencia médica (“El grano”).

José Cubero, que parece andar por la vida con los ojos muy abiertos y con una especial habilidad para encontrar las historias ocultas de las cosas, nos entrega en este volumen diecinueve ocasiones para la sonrisa, el espeluzno o la reflexión. Busquen el libro. Ya verán.

sábado, 6 de junio de 2026

Bajo tolerancia


 

Quedan ustedes invitados a la fiesta. Anímense, cojan un vaso y paseen por este salón que José Agustín Goytisolo habilita para que deambulemos a nuestro libre albedrío. Al principio, escucharán cómo se habla de la profesión más antigua del mundo (quizá también la más desprestigiada), con la cual no se gana demasiado dinero, se sufren burlas y se es señalado. En efecto, se está refiriendo a la poesía. Repuestos de la sorpresa, y quizá con una sonrisa instalada en los labios, leerán el hermoso, sencillo y hondo poema funeral que le dedica al poeta Alfonso Costafreda, que “se bebió más de un litro de café / para empujarse todas las pastillas / de cuatro o cinco frascos de un somnífero” en el año 1974. Después se enterarán de que Luis Cernuda no vive en los grises manuales polvorientos en los cuales sus compañeros de generación (y los críticos posteriores) se empeñaron en instalarlo, sino en los ojos y el corazón de sus lectores actuales, que poco a poco lo van comprendiendo en su pura integridad. O que Gabriel Ferrater, aquel gran “marginado auténtico”, ha sido mitificado tras su muerte por quienes, en vida, no le prestaron atención o no llegaron a entenderlo. O que al ensayista y poeta alemán Hans Magnus Enzensberger le robaron pronto la maleta que eligió junto a José Agustín.

Pero sigan, sigan paseándose libremente por el salón. No seré yo quien distraiga su atención mencionándoles los nombres de Jaime Gil de Biedma, Henry Miller, José Lezama o Salvador Allende: caminen y observen. Beban y charlen. Fumen y escuchen. José Agustín Goytisolo nos ha abierto las puertas para que conozcamos este museo de devociones personales, para que asistamos como invitados a esta fiesta donde prolifera el gin-tonic, para que grabemos en nuestra memoria esta reunión de versos y música. No desaprovechen la ocasión.

viernes, 5 de junio de 2026

Mi profesorado favorito


 

La gratitud es uno de los atributos que con más nitidez y con más vigor nos habla de una persona, porque comporta matices de reconocimiento, de humildad, de alegría y de divulgación. Supone decir “Siento orgullo por haber conocido a esta persona y lo manifiesto públicamente”. Lo cual, en tiempos de egolatría, de vanidad y de altivez como los que vivimos, en los que sentirse “discípulo” se antoja desdoro y en los que pocos se avienen a reconocer sus deudas intelectuales o humanas, es alto y noble sentimiento. Pascual Vera Nicolás, adhiriéndose a esa línea egregia, acaba de publicar el volumen Mi profesorado favorito, donde informa de aquellas personas que, en su vida, han cumplido un papel digno de aplauso y apuntación.

En esa enciclopedia emocional habitan lecturas, cafés, charlas y anécdotas que se extienden por décadas, de tal forma que las doscientas ochenta páginas del tomo se aproximan al espíritu de un diario: mucha emoción, mucha intimidad, mucha sinceridad. Pascual Vera nos habla del venerable Manuel Muñoz Cortés (que vino a Murcia tras haber trabajado con Menéndez Pidal), del bioquímico José Antonio Lozano Teruel (“que comenzó la democratización de la UMU”), del traductor Ángel-Luis Pujante (cuyas versiones de Shakespeare son legendarias), de Javier García del Toro (“El Indiana Jones cartagenero”), de Francisco Javier Díez de Revenga (gloria viva de la universidad española), del filósofo Jorge Novella (quien siente debilidad por María Callas y por el buen vino), de la filóloga Charo Guarino (a la que atribuye el don de la ubicuidad), de la incansable promotora cultural Isabelle García Molina (responsable del Aula de Poesía de la UMU) o de los escritores Aurora Saura, Santiago Delgado o María Dueñas.

Nadie en su sano juicio elevará protestas porque falte esta o aquella persona, pues el autor ya establece desde el posesivo del título su espíritu subjetivo. Tampoco nadie en su sano juicio dejará de acercarse a este tomo si quiere conocer a algunas de las personas más valiosas de la cultura murciana, desde María Moliner hasta la actualidad. Muy recomendable.

jueves, 4 de junio de 2026

Crimen en el paraíso salado

 


Nos encontramos en las dunas del parque regional de Las Salinas, en San Pedro del Pinatar. Es un lugar delicioso y apacible, cuya calma va resultar trizada por una abrupta anomalía: un paseante encuentra el cadáver de un hombre desnudo, que tiene un poema enrollado en la mano y otro inicuamente introducido en el recto. Su documentación lo identifica como Jordi Puigdemont Mas. Son dos apellidos que de inmediato provocan el enarcado en las cejas del lector. ¡No se tratará del “Puigdemont” que…! ¡No se tratará del “Mas” que…! Pues sí, se trata de un pariente de Carles Puigdemont y Artur Mas, vinculado también con Jordi Pujol. La piel de los políticos y cuerpos de seguridad locales (no solamente la de la persona que está leyendo) se eriza: las repercusiones de este asesinato pueden ser terribles. De inmediato se piensa en el inspector Isco Vivas para que asuma el control de las pesquisas, porque el modus operandi recuerda al de Marta, la mujer que intentó matar con veneno a Vivas. Esa cuenta pendiente (que tan escocido lo tiene) puede quedar resuelta si el inspector logra localizar y detener a la asesina.

Así arranca la novela Crimen en el paraíso salado, de Francisco Javier Illán Vivas (Bookalia Ediciones, 2026), que nos va llevando de sorpresa en sorpresa y que el escritor de Molina de Segura adorna con referencias no solamente a lugares que le resultan cercanos y queridos, sino también a escritores de su entorno: Jesús Cánovas (p.17), Pedro Javier Martínez (p.51), Vicente García Hernández (p.65), Pedro González Núñez (p.100) o Guillermina Sánchez Oró (p.217). En esta cacería implacable (se nos advierte que Marta es “más astuta que una zorra, más esquiva que un leopardo de las nieves y más peligrosa que una taipán del interior”, p.68) asistiremos a golpes, espionajes, visillos que cubren miradas siniestras, venenos inmisericordes y hasta la muerte de algún animal, queridísimo por el inspector. Obviamente, no puedo entrar en más detalles, sin estropearles la lectura.

Explica Francisco Javier Illán Vivas que ha tardado ocho años en terminar esta novela y los lectores le pedimos (yo le pido, de corazón) que dedique otros ocho para conseguir una continuación que esté a la misma altura que esta. La estaremos esperando.

miércoles, 3 de junio de 2026

Memorias de un desmemoriado

 


Conviene precisar un elemento importantísimo antes de que ustedes se adentren en este volumen de Benito Pérez Galdós, titulado Memorias de un desmemoriado: no son unas memorias al uso. Es decir, que si alguien cobija la esperanza de conocer mejor al escritor recorriendo las páginas de esta obra se puede ir olvidando del asunto. Saldrá decepcionado (lamento aguarle la fiesta) quien aliente esa ilusión. Lo que aquí se ofrece  a los lectores es, después de unas leves pinceladas de orden autobiográfico (que después detallaré), un repertorio de sus viajes, que lo llevaron hasta Oporto (“Una ciudad agradabilísima”), Colonia (cuya catedral se le antoja “el monumento gótico más grande y perfecto que en el orbe existe”), Berlín (“Población grandona, triste”), Postdam (“El Versalles prusiano”), Nápoles (“Ciudad alegre, bulliciosa, que a sus innumerables encantos añade la holganza y la superstición”) o Azpeitia (“El pueblo me pareció feísimo”). De forma ocasional, también nos desliza alguna opinión sobre personajes históricos (“El Cielo dio a María Estuardo un buen palmito, pero le negó el adorno de una clara inteligencia”), sobre escritores predilectos (define a Dickens como “mi maestro más amado”) o sobre miembros de la realeza (“La amabilidad de Isabel II tenía mucho de doméstica”).

¿Y qué nos cuenta Galdós de sí mismo? Pues realmente poco, para las expectativas que genera el título de la obra. Que fue un estudiante más bien ocioso, aficionado a faltar a clase; que durante su juventud acudía con frecuencia al teatro y que comenzó a escribir algunos dramas; que cuando concibió la idea de escribir una serie de novelas sobre la historia de España su amigo el periodista José Luis Albareda le sugirió el título general de “Episodios nacionales”; que fue estafado por su editor, que le escamoteaba las ganancias de sus libros (de tal forma que dice que “no lleva trazas de figurar entre los accionistas del Banco de España”); que en la toledana iglesia de San Pablo, las monjas le mostraron “el cuchillo con que fue degollado el apóstol titular de aquella casa” y que él, a mitad de camino entre la humorada y la irreverencia, decidió “afilar con el cuchillo de San Pablo el lápiz que usaba yo para mis apuntes”; que conoció a la jovencísima actriz María Guerrero y quedó encandilado con su talento (“La voz, el gesto y la prestancia de la actriz me encantaron”); y que, después de escuchar con atención a la reina Isabel II, estaba convencido de que si hubiera estado bien acompañada y bien aconsejada, España no se habría hundido de la forma en que lo hizo. En suma, un libro que contiene menos informaciones jugosas de las que buscaba, pero que, siendo un baedeker, está redactado por don Benito. Vaya una cosa por la otra.

martes, 2 de junio de 2026

Espléndido naufragio


 

Sostener que la infancia es nuestro paraíso perdido se me antoja un error. Sé que muchas personas repiten o aplauden ese marbete, pero yo no creo en su verdad. Nunca lo he hecho. No se pierde (no se pierde nunca) aquello que se guarda en la memoria. Y la niñez constituye un territorio del que conservamos abundantes imágenes, así que yo apostaría, más bien, por la fórmula “paraíso intacto”, porque creo que refleja con más exactitud la idea central: que todos los amigos, los paisajes, los familiares, las anécdotas de aquel tiempo se encuentran congeladas e indestructibles en nuestra mente. Quizá ahora veamos envejecidos a los compañeros de entonces, pero nos basta cerrar los ojos para recuperarlos como eran, como siempre fueron, como siempre serán. Quizá visitemos las calles de “cuando entonces” (preciosa fórmula de Juan Carlos Onetti, que Francisco Umbral insistía en que era suya) y seamos incapaces de descubrir en ellas la vejez digna que atesoraban, o las pobrezas que exhibían, pero sabemos que un leve abatimiento de párpados nos permite recuperarlas sin cambios. El tiempo pasado está posado.

Antonio Garrido Hernández aborda en Espléndido naufragio un resumen de su ayer, explicándonos que era zurdo; que pese a nacer y vivir en Tetuán no aprendió árabe; que su padre organizaba batidas para cazar perdices y le administraba “correazos saudíes” cuando, como niño, organizaba alguna barrabasada; que las redes sociales le han permitido recuperar a algunos amigos de infancia; que la niñez tiende a la exageración y construye ambientes hiperbólicos (“Aquella acequia era nuestro Mississippi”); que su maestro don Luis era demasiado propenso al uso de la palmeta; que se encandiló con el Barcelona de Kubala; que sufrió la destemplanza climatológica durante su etapa burgalesa (“Todo el frío que tenía que pasar antes de que se produzca una nueva glaciación lo pase allí”). Y, sobre todo, nos habla de su voluntad de vivir, de vivir más, de vivir intensamente (“He visto a mis queridos hijos Carlos y Valentina empezar a tener canas, pues ahora quiero ver las canas de mis nietos y coger en brazos a un bisnieto. Sí, eso quiero”). Da igual que ustedes o yo no participemos de los paisajes o los nombres que invoca Antonio: sí que participamos (seguro) de su voluntad de refrescar recuerdos, de convertirlos en tinta, de compartirlos con aquellos que vienen a sucedernos. Por eso, este volumen lo ha escrito cada uno de nosotros en su corazón, aunque la mano ejecutora sea la suya.

Y permítanme también que les recomiende esta obra empezando por la conclusión: tiene uno de los mejores párrafos finales de libro que he leído jamás, sin exageraciones. Lamento no copiárselo aquí, por respeto a la editorial y al autor, pero acepten mi consejo y acudan al tomo, para poder disfrutarlo. Merece la pena. O, mejor dicho, merece la alegría. Toda la alegría del mundo.

lunes, 1 de junio de 2026

Lituma en los Andes

 


Mario Vargas Llosa es un maestro de la novela. Y la rabia que me acongoja es haber tardado tanto en acercarme a sus obras: ocupado con Borges, con García Márquez, con Rulfo y con Cortázar (que tantísimas alegrías me dieron), dejé que pasaran los años sin sentir que los libros del peruano me llamaban. Ahora, para remediar esa torpeza, estoy acelerando mi proceso de absorción de todos sus volúmenes. Y eso me ha colocado ante Lituma en los Andes, un relato poderoso y magnético protagonizado por el cabo Lituma y el guardia Tomás Carreño, que trabajan en el puesto de la guardia civil en Naccos (una localidad inventada que se sitúa en la sierra central andina de Junín). Tres son ya las personas que han desaparecido misteriosamente, sin que nadie haya podido aportar detalles que esclarezcan su evaporación. ¿Los habrá secuestrado Sendero Luminoso? ¿O la explicación hay que buscarla en otro sitio? Lituma y Carreño, pese a lo magro de su salario y lo escaso del reconocimiento social que el pueblo les tributa (“Hay que tener poco cacumen para hacerse guardia civil. Ganas miserias, nadie te traga y estás en primera fila para que te vuelen a dinamitazos”, se nos dice en el capítulo III), se empeñan en descubrir qué ha pasado. La atmósfera en la que viven es sofocante: obreros taciturnos que pasan sus horas libres emborrachándose y que los miran con suspicacia; acciones violentas de los senderistas, que matan con brutalidad incluso a extranjeros, como la pareja francesa formada por Albert y Michèle, y que tampoco respetan a los ecologistas que han acudido a Perú por amor a sus paisajes, como la señora D’Harcourt; supersticiones sangrientas, relacionadas con los apus (dioses de las montañas); derrumbamientos geológicos tremebundos, como el que está a punto de costarle la vida a Lituma en las páginas finales… Pero también podemos hallar en estas páginas algunas secuencias de humor (les aconsejo que no se pierdan la hilarante forma en que Timoteo Fajardo, después de matar a un sangriento pishtaco, logró salir de la enrevesada galería de grutas donde moraba el engendro gracias a un recurso inspirado en Teseo, pero mucho más escatológico) y, sobre todo, la intensa, atormentada y preciosa historia de amor que une al guardia Tomás Carreño con la prostituta Mercedes, que nos lleva en volandas durante más de doscientas páginas.

Y un detalle que no quiero dejar de apuntar: me ha encantado la forma en que Vargas Llosa trabaja los diálogos, sobre todo en aquellas secuencias en las que se mezclan, sin marcas textuales convencionales (uso de cursivas, por ejemplo), ámbitos temporales distintos (uno que ocurre en el presente y el otro en el pasado): es endiabladamente atrayente y sitúa la mente del lector en dos épocas distintas, como si sus ojos contemplaran dos escenas simultáneas. Lo dicho: un auténtico maestro.

domingo, 31 de mayo de 2026

La Casa del Pánico


 

Creo que esta dilatada felicidad de leer por las noches a mis hijos pequeños está llegando a su fin, porque el menor está a punto de entrar en el instituto y antes de que pueda darme cuenta renegará de mis lecturas. Por ahora, sigo con mi tenaz difusión de la literatura oral con el libro La Casa del Pánico, de Carlos Guillermo Domínguez, que a despecho de su rótulo editorial no tiene nada de terror, sino más bien de ternura, de sorpresa y de sonrisas.

Siete niños cuya inicial es idéntica (Pilar, Paco, Pepe, Pedro, Pablo, Paloma y Paula) utilizan una vieja casa abandonada para, en compañía de su perro Bunting, reunirse, escuchar música, tomar refrescos, leer cómics y protegerse de la lluvia. En su jardín hay una fuente con una graciosa figura del dios Pan (de ahí proviene el nombre que han dado a la vivienda). Pero ese idílico panorama se vendrá abajo cuando una pareja alemana compre el inmueble y se instale allí, obligando a los chicos a que abandonen el lugar, llevándose todas sus pertenencias. ¿Se van a rendir tan fácilmente? En modo alguno. Han vivido tantos momentos felices entre aquellas paredes que les resulta doloroso renunciar a la casa así porque sí; e inician una campaña para recuperarla. La sorpresa vendrá cuando descubran que los “horrendos” alemanes son, en realidad, dos personas encantadoras, que están ahora en España porque… Y, como decía Mayra Gómez Kemp, “hasta aquí puedo leer”.

Háganse un favor, y háganselo también a sus hijos pequeños, leyendo la historia. Van a pasar unos ratitos encantadores.

sábado, 30 de mayo de 2026

Un hombre en el zoológico

 


Tras haber leído y reseñado, hace seis meses, la curiosa novela De dama a zorro, de David Garnett, en la traducción de Enrique Murillo (https://rubencastillo.blogspot.com/2025/11/de-dama-zorro.html), acudo ahora a Un hombre en el zoológico, del mismo autor y del mismo traductor. Me vuelve a cautivar su forma de escribir y, sobre todo, su asombrosa facilidad para desarrollar ante nuestros ojos historias anonadantes. En este caso, todo parece que se inicia de un modo tranquilo, pero de inmediato deriva hacia el delirio. El joven John Cromartie, tras pedirle infructuosamente matrimonio a Josephine Lackett (que lo considera un egoísta por pretender que se centre sólo en él, desdeñando al resto de seres humanos), escribe a los responsables de los Jardines de la Sociedad Zoológica, ofreciéndose para ser enjaulado y expuesto de cara al público. Su propuesta, sorprendentemente, es aceptada. Una vez dentro, suscita una enorme curiosidad (en las personas que visitan el recinto) y muchos celos (en los demás animales, que perciben con ira el modo en que acapara la atención). Mientras fuma su pipa con perfecta calma británica, lee libros de Frazer y de Goethe. Y se inicia un tira y afloja entre él y Josephine. Ella lo visita y, sintiendo un profundo asco por la situación, decide que no repetirá la experiencia (“Hubiera sido una cobardía dejar de ir, no hubiese estado de acuerdo con mi personalidad. Pero sería una cobardía por mi parte ir otra vez. Sería una debilidad”, p.116). Pero sí que vuelve: fundamentalmente, para decirle que está loco. Eso a él le hace concebir ciertas ilusiones: estima que Josephine no se molestaría en insultarlo si le resultara indiferente. De todos modos, le hace saber a la chica que prefiere que no vuelva a visitarlo, y ella responde con gran dureza: “¡Que tú me prohíbes que venga! ¿No comprendes que estás aquí para que la gente te vea? Tanto yo como cualquier persona que pague un chelín puede venir y quedarse todo el día mirándote” (p.137). Pero luego modera la acrimonia de su discurso: “¿Cómo puedes pensar que quiero hacerte daño cuando si he venido a esta desdichada prisión en la que estás metido es porque te amo, y porque no puedo olvidarte a pesar de todo lo que has hecho con el solo propósito de herirme?” (p.138). Como ven, un juego psicológico y amoroso de curiosa textura.

Pero permítanme que no les aporte más detalles de esta novela, cuya espiral delirante sigue creciendo hasta la última página, pues no quiero estropearles el disfrute individual que de ella sin duda obtendrán. Permítanme, también, que no emita ninguna opinión sobre las posibles lecturas metafóricas del texto o sobre las “intenciones” que pudo tener Garnett cuando lo escribió. Todo eso, como siempre, deben decidirlo ustedes, en su calidad de lectores soberanos de la obra. A mí me ha cautivado.

viernes, 29 de mayo de 2026

Yo nací con la bossa nova


 

Creo que es la tercera vez que leo esta obra. La primera fue en 2000-2001, para reseñarla en el periódico La Verdad, de Murcia; la segunda, en el verano de 2004, en unos días turbulentos de separación y reconstrucción; y la tercera, ahora, en estas primeras semanas de mi retiro. Sigue pareciéndome, como ya lo hizo en las dos ocasiones anteriores, una obra estupenda, donde se asiste al nacimiento y la evolución vital de una chica que, como bien advierte el título, nació casi a la vez que la bossa nova (me dan ganas de sumarme a la broma, diciendo que yo, que vine al mundo al comenzar 1966, lo hice anunciado por el Rubber Soul de los Beatles, aparecido poco antes). En su familia conoceremos a un padre locutor de radio (que firmó un férreo contrato por el que se negaba a dar noticias negativas) y una madre con tendencias depresivas: ambos contribuyeron con sus ideas ateas y progresistas a forjar una buena parte de su personalidad. Como contrapeso, una abuela tradicional y creyente, que conversa habitualmente con ella y que le dice a la narradora con absoluto convencimiento que su ángel de la guarda se llama Felipe. Al otro lado del océano Atlántico, unos tíos y primos que tuvieron que salir a causa de la guerra de 1936. A este lado, una dictadura que agoniza, pero que se empeña en seguir aferrando con puño de hierro las riendas del país. En medio, la chica que crece rodeada de música (“Yo deseaba tener talento musical como el tío Enrique, pero, a pesar de haber nacido con la bossa nova, no había nacido para la música. En el fondo le estoy agradecida a ese defecto constitucional mío, gracias a él la bossa nova no sale de mí hacia afuera, vaciándome, sino que viene de afuera a llenarme, a repararme, a confortarme, a cerrar como un bálsamo las heridas de la vida, con el dulce apósito de su enorme caudal de belleza”, p.53); que descubre la mezquindad política y cultural que la rodea (su padre se lamenta en la página 46 de que las autoridades no autoricen un homenaje a Machado en Baeza y algo después, en la 64, le produce rabia que no le dejen radiar Yerma); que accede al mundo de la sexualidad (sobre todo con su novio Carlos, aunque no elude un breve encuentro lésbico con su amiga Alicia); que concibe la fantasía de matar a Pinochet, aunque no concreta los detalles para cumplir ese ilusionado proyecto (“Para soñar, los matices sobran”, p.85); y, en fin, que va creciendo, por dentro y por fuera, en unos años complejos y decisivos.

¿Hay que leer a Lola López Mondéjar? Yo creo que sí. ¿Se disfruta con sus libros? Por supuesto. ¿Volveré a estas páginas dentro de unos años? Muy probablemente. No les digo más.

jueves, 28 de mayo de 2026

Algo sucede

 


Sigo explorando la obra poética de José Agustín Goytisolo y me detengo en las páginas de Algo sucede, donde encuentro admirables composiciones, llenas de ironía melancólica (como en “Por mi mala cabeza”, donde sugiere que quizá algún día lleguen a descabezarlo, por su torpeza), de humor triste (véase “Hombre de provecho”, que resulta imposible separar de la versión cantada por Paco Ibáñez y en cuyos versos nos habla de los consejos que le dieron siempre sus mayores para que se situase por encima de los demás y para que se alzase “sobre los pobres y mezquinos / que no han sabido descollar”), de homenajes literarios bellísimos (el que tributa a Rafael Alberti con motivo de su septuagésimo cumpleaños; o esos heptasílabos pareados con rima asonante que redacta tras la muerte de Carles Riba; o ese delicado recuerdo de la sonrisa eterna y generosa del malagueño Vicente Aleixandre) o de críticas al avispado oportunista que pretende vivir del cadáver del maestro, anhelando vindicarlo en exclusiva (“El discípulo”).

Versátil a la hora de componer sus estrofas (José Agustín Goytisolo maneja una asombrosa polimetría, que convierte el libro en un abanico de posibilidades rítmicas), el poeta rememora aquellas viejas habitaciones que habitó, durante la infancia, la juventud y la madurez, y que ahora parecen hablarle con sus espejos y sus muebles nunca olvidados; recuerda sueños que le hacen revivir antiguos traumas que, provocándole risa durante la vigilia, lo asaltan y torturan por las noches; denuncia la publicidad omnipresente, que llena el mundo de ruido, imágenes estúpidas o erotizadas; compone una declaración de amor tan delicada como la que lleva por título “Tú tiemblas”; fija con palabras los recuerdos hermosos de la ciudad de Santander (“Días de luz”); recuerda las luchas ideológicas para que la libertad volviera a España (que muchos quizá consideren baldías, aunque añade: “Y sin embargo os digo que tenemos razón”); nos provoca un estremecimiento con el sobrecogedor poema “Nadie está solo”, donde nos sumerge bajo la piel de una persona torturada; y, sobre todo (permítanme que subraye una flaqueza personal), nos regala una sentencia que, bajo su sencillez, quizá sea insuperable: “Juega a la vida si estás vivo”. Tal vez en esas siete palabras se esconda el mayor consejo que se puede imaginar.

miércoles, 27 de mayo de 2026

Diez minutos antes de la medianoche

 


Déjenme que los sitúe en la escena: nos hallamos en la lujosa terraza de una residencia de verano. Allí, el afamado ladrón Miguel, el Melancólico, ultima con su compinche Rufino los pormenores del robo que están a punto de perpetrar y que les suministrará un cuantioso botín. Todos sus colaboradores piensan que con su parte se podrán retirar, pero Miguel no participa de ese entusiasmo: él sólo se alejaría del mundo delictivo si encontrase a una mujer especial, que fuese hermosa, inocente (“Para que dejase de serlo a mi lado”) y también joven (“Para que me durase más tiempo”). Y una joven de esas características es, precisamente, la que sale a tomar el aire a la terraza: dice llamarse Herminia y, tras escuchar a Miguel con cierto hastío, le explica que su vida ha sido muy turbulenta: ha tenido tratos con delincuentes profesionales, ha estafado en partidas de cartas, contrajo matrimonio con un norteamericano, ha sufrido reveses de la Fortuna… Absorto y embriagado por sus palabras, Miguel piensa que ella podría sumarse a su plan de robo, pero le espera una sorpresa morrocotuda cuando salga también a la terraza doña Germana, la anfitriona de la fiesta.

Enrique Jardiel Poncela subtituló estas páginas “Novela para muchachas y para hombres tímidos”, pese a ser una obra teatral. ¿Por qué? Pues, esencialmente, porque le dio la gana. ¿Desde cuándo el genio se ha sujetado a las etiquetas de la tradición o de los críticos? Ustedes léanla y les aseguro que van a experimentar la fascinación más absoluta por el escritor madrileño. A mí me pasa con todas sus obras.

martes, 26 de mayo de 2026

La huerta del Edén

 


Hay muchos tipos de sueños literarios: hay quien fantasea con la posibilidad de alcanzar la gloria con sus libros; hay quien vendería su alma (a veces lo hacen) por un premio de resonancia; hay quien envidia la biblioteca de Andrés Trapiello o la de Umberto Eco. Mi sueño es más concreto y más sencillo: un mundo en el que no se agotasen los libros de Antonio Muñoz Molina porque, una vez leído uno, apareciesen otros dos. Una fantasía de libro de arena de Borges, que cada vez se me antoja más difícil de sostener, porque voy leyendo las obras del autor granadino a mayor velocidad de la que él utiliza, como es lógico, para escribir y publicar.

Ahora he terminado La huerta del Edén, un volumen de artículos centrados en la temática andaluza pero que, en realidad, nos hablan de muchas más cosas: de la concepción misma de la cultura, del ser humano y del mundo en que vivimos. En eso, la mirada de Antonio Muñoz Molina es proverbialmente admirable, porque su lucidez, su serenidad y su sentido común son capaces de embriagar a cualquiera que se acerque a sus páginas. Aquí, generoso y brillante, el ubetense nos sugiere la idea de que el auténtico paraíso es una huerta bien cuidada, que remite al solaz honorable y primigenio del ser humano. Y después, texto a texto, nos comunica la indignación (mesurada e irónica) a causa del absurdo de que un centro educativo andaluz no lleve el nombre de Miguel de Cervantes por no haber nacido en aquella zona de España; proclama la necesidad de preservar nuestros árboles y nuestra cultura (“Hay que practicar una beligerancia sin cuartel contra el arboricidio y contra el analfabetismo. Salvar el bosque de la Alhambra, igual que preservar una biblioteca, es entregar al porvenir la memoria práctica de lo mejor que somos”); reivindica la importancia modesta, casi litúrgica, de las cosas olvidadas (“Malbaratar el agua es como tirar y desperdiciar la vida, y el simple acto cotidiano de cortar a tiempo un grifo es un gesto valioso de rebeldía contra la sinrazón del despilfarro, una manera de no rendirse a la conspiración del desierto”); pregona la necesidad de la cultura, para que no nos manipulen de forma torticera (“La ignorancia es peligrosa sobre todo por las ocasiones de éxito que ofrece a la demagogia”); dispara su desdén contra las supersticiones, que ahora incluso se ven avaladas por periódicos, televisiones y hasta políticos oportunistas y avispados; exige austeridad a los gobernantes, por pura decencia institucional (se trata de dinero público); aconseja disciplinarse en el sentido común, la racionalidad y la cultura (“Hacerse una persona bien educada e instruida, atenta a disfrutar de la vida y de los saberes que nos permiten conocerla y juzgarla mejor, es un ejercicio de paciencia que dura todos los años que a cada uno le sean concedidos”); defiende a ultranza lo público y los viejos ideales de la izquierda (“Hay un motivo por el cual los liberales españoles, tan proclives a la melancolía, somos inmunes a la nostalgia: cómo vamos a añorar el pasado, si no llegamos a salir nunca de él”); o, entre muchos otros asuntos, se queja del andalucismo profesional, folclórico-religioso, fomentado por las autoridades, que ocultan así los seculares atrasos económicos y sociales de una tierra herida por la precariedad.

La diferencia con otros volúmenes de Antonio Muñoz Molina es que aquí se muestra como una voz, en mi opinión, más irónica y, en ocasiones, más cáustica, sobre todo a la hora de elegir ciertos vocablos, más agresivos de lo habitual en él (“En los cines andaluces se estrenan las mismas películas subnormales de Stallone, de Bruce Willis o de Disney que pueden verse en Estambul o en Iowa”). Y un detalle final, que traslado por si alguien quiere convertirlo en un número: no he contado el número de veces que Muñoz Molina repite el adjetivo “civil” en este libro, pero entiendo que se trata de uno de esos vocablos hondos y reveladores, que nos permiten conocer la entraña de su pensamiento. Admirable.

lunes, 25 de mayo de 2026

¡Increíble Kamo!

 


Daniel Pennac, el autor de textos tan hermosos como Mal de escuela (https://rubencastillo.blogspot.com/2023/06/mal-de-escuela.html) o el famoso decálogo sobre los derechos del lector (aunque, si nos atenemos a las estadísticas, habría que decir más bien “de la lectora”), nos cuenta aquí dos fascinantes aventuras del adolescente Kamo, que me ha gustado conocer. En la primera, la madre del muchacho consigue que este se interese por la lengua inglesa haciendo que se cartee con Catherine Earnshaw, una chica con la que conecta gracias a la agencia Babel. Ella, solitaria y romántica, le escribe en papel antiguo, usando un lenguaje arcaico y enviando sus líneas en sobres cerrados con lacre, detalles que estimulan la curiosidad y provocan la fascinación de Kamo. Solamente al final, cuando el narrador de la historia (el mejor amigo del protagonista) decida investigar sobre la misteriosa agencia y sobre la identidad de Catherine se descubrirá lo que ambos enigmas esconden. En la segunda aventura, todo es más terrible y más inquietante: víctima de un accidente automovilístico, Kamo se encuentra en coma en el hospital, y dos amigos (entre ellos nuevamente el narrador) lucharán para seguir manteniendo el hilo de la esperanza, mientras escuchan sus delirios y se preocupan de pensar en él continuamente, ilusionados e impotentes a partes iguales.

El escritor francés (nacido en Casablanca, Marruecos, en 1944) demuestra una enorme habilidad para captar la psicología adolescente y, también, a la hora de plasmar las emociones de sus personajes mediante unos diálogos convincentes y líricos, que enamoran desde las primeras páginas. Pongan este libro en manos del adolescente que tengan más cerca. Acertarán.

domingo, 24 de mayo de 2026

El Club Fungoide

 


Ignoro si conocen ustedes el relato Enoch Soames, escrito por Max Beerbohm, del que hablaban maravillas Roberto Bolaño y, antes, Jorge Luis Borges. Si es así, la lectura de El Club Fungoide les va a provocar unas enormes ganas de volver a él, porque en estas páginas del gaditano Salva Menéndez todo gira alrededor de la fascinación y del embrujo generados por el cuento del londinense. Resumamos en pocas líneas, sin incurrir en la grosería del destripe: el protagonista descubre, en una librería de segunda mano, un ejemplar del texto de Beerbohm y, después de leerlo, implica a sus amigos en el proyecto de escribir un volumen de unas cien páginas donde se reúnan sus poemas de admiración y aplauso, para abrillantar la gloria, algo olvidada, de Soames. Pero el asunto cobrará otras dimensiones, entre el humor y el pavor, cuando reciban una oferta del Diablo para volver al siglo XIX y poder conocer personalmente al escritor y caricaturista británico. No les digo más. No puedo decirles más, sin estropear las peripecias, fantasías, sonrisas y estremecimientos de este volumen editado por el sello Aliar. Pero eso sí, estoy en condiciones de asegurar que pocas veces (acaso ninguna) he leído tan amplias y detalladas reflexiones sobre la incomunicación de los seres humanos, sobre el secreto de la auténtica felicidad, sobre el éxito y el fracaso literarios o sobre la ambición humana, sobre el poder de la familia y la amistad, como en este libro.

Salva Menéndez sabe bien (sabe muy bien) lo que está haciendo, y lo condensa en palabras tan poéticas como exactas, así que elegir El Club Fungoide implica optar por la sensibilidad, la inteligencia y la sensatez narrativa. Uno de los personajes que adquieren más volumen en la zona final de la novela (María), nos dice esto en la página 118: “Leer lo que todos leen es popular. No me gusta esa idea de limitar la lectura a lo conocido, aunque tenga garantía de buena. Me gusta el riesgo de lo raro. La exploración de quienes no tienen notoriedad. Se encuentran algunas joyas”. ¿Por qué no prueban con este libro? Quizá sea para ustedes una de esas joyas.

sábado, 23 de mayo de 2026

La máquina del tiempo

 


Mi recuerdo de La máquina del tiempo, de H. G. Wells, no es literario, sino que se relaciona con el mundo del cine. En concreto, con la versión del libro que se estrenó en 1960, protagonizada por el apolíneo y eficaz Rod Taylor y por la bella y candorosa Yvette Mimieux. Me consta que hay otra de 2002, pero no he querido verla: los recuerdos de infancia tienen que ser protegidos. Ahora, medio siglo después de haberla visto en imágenes, la recorro en las letras originales de Wells, y descubro que existen muchos elementos de la obra que, en su transformación hacia el mundo de la imagen, cambiaron, se edulcoraron.

El protagonista, después de explicar a sus amigos con una metáfora sencilla el concepto de la cuarta dimensión (“He aquí el retrato de un hombre a los ocho años, otro a los quince, otro a los diecisiete, otro a los veintitrés, y así sucesivamente. Todas estas son sin duda secciones, por decirlo así, representaciones tridimensionales de su ser de cuatro dimensiones”), les explica que ha construido un prototipo que le permitirá explorar el pasado o el futuro, a su antojo; pero sus amigos se muestran renuentes a creerle (“Era uno de esos hombres demasiado inteligentes para ser creídos”). Este punto de partida será suficiente para imaginar o recordar lo que viene después: el inventor inglés se desplaza hasta el año 802.701, donde descubre que la especie humana se ha dividido en dos bloques: en la superficie terrestre viven los Eloi, seres delgados, sonrosados, que visten con túnicas de color púrpura y que siempre sonríen, más bien indolentes, alimentándose con frutas y durmiendo en casas colectivas (el narrador piensa que puede tratarse de comunismo… o de decadencia, porque una civilización que haya dominado enfermedades y contratiempos tendería a la relajación o la consunción); pero también están los Morlocks, que viven en la zona del subsuelo y que parecen corresponder a una degeneración negativa de la especie: su lenguaje se antoja inarticulado, se mueven con torpeza, carecen de todo tipo de arte y se alimentan exclusivamente de carne.

Detalle curioso, que conecta película y libro: cuando el protagonista descubre la biblioteca de los Eloi y constata que los volúmenes se desmenuzan en polvo, fruto de la ignorancia y el desdén, en la cinta de 1960 estalla indignado, proclamando el valor universal de la cultura; en la novela, en cambio, se pregunta qué destino habrán sufrido “mis propios diecisiete trabajos sobre física óptica”. Un baño de realismo narcisista muy atinado por parte de Herbert George Wells.

Y no, no teman: no voy a contarles nada más, salvo que deberían adentrarse en la novela si ya han visto alguna versión cinematográfica, porque, lejos del simplismo de las imágenes, van a sorprenderse con su densidad filosófica, con sus análisis políticos y psicológicos sobre el ser humano e, incluso, con sus predicciones sobre el futuro de la humanidad, que solamente conseguirá salvarse gracias a los habitantes de… Huy, perdón, he dicho que no iba a desvelarles nada más. No me tiren de la lengua.

viernes, 22 de mayo de 2026

Mileuristas

 


Todos sabemos quiénes son, porque la etiqueta de mileuristas alcanzó pronto una gran difusión en España: esa franja generacional de gente joven que, con preparación universitaria, hablando idiomas y manejando ordenadores, apenas consiguen sobrevivir a base de trabajos temporales, con un sueldo reducido y pocas ilusiones de mejora. Ese dinero (que en ocasiones no llega ni siquiera a los mil euros) los obliga en muchos casos a permanecer en el hogar de sus padres. Si quieren adquirir una vivienda, necesitan el sueldo íntegro de más de una década para lograr su propósito. Es la generación que, inaudita y dolorosamente, vive peor que sus progenitores. A ellos dedica Espido Freire este largo y documentado libro, que explora todos los ingredientes y características del tiempo en que surgió esta generación: la convergencia con Europa, la implantación del euro, las olimpiadas, las sucesivas reformas de la educación, el inglés y la informática como nuevos “abridores de puertas”, las titulaciones inútiles, la aparición de lucrativas universidades privadas, el desencanto de verse sin futuro, la inmigración, el recurso de intentar acceder al funcionariado, los contratos basura, la deriva preocupante (¿tal vez la quiebra?) del sistema capitalista, la perpetua conectividad a través del móvil y las redes sociales, los centros comerciales y sus asfixiantes propuestas de consumo, la fabricación de mentiras flagrantes en los medios de comunicación, los festivales de música (“Se organizan como botellones a lo grande, a lo largo de varios días, con la aprobación y el presupuesto de los ayuntamientos y con zonas vips delimitadas”), la búsqueda de caminos religiosos que no resulten exigentes (espiritualismo new age)... ¿Hace falta que siga enumerando?

Espido Freire dibuja en estas páginas el panorama de las sucesivas generaciones españolas desde una fecha muy concreta (“El mileurista de 2006 se encuentra con sueldos estancados, un espectacular aumento de precios en los bienes de consumo, especialmente de la vivienda, y con informaciones contradictorias sobre el futuro”) y, utilizando una gran profusión de datos y una encomiable sensibilidad, nos habla de los orígenes del problema, su desarrollo e, incluso, las posibilidades de rectificar el rumbo en los años siguientes. Un espléndido resumen del mundo que yo he conocido durante el último medio siglo y que me ha permitido reflexionar sobre algunas cuestiones (y sobre algunos ángulos de esas cuestiones) que descubro bajo una nueva luz.

jueves, 21 de mayo de 2026

La bicicleta de Sumji

 


Solamente había leído hasta ahora un libro de Amos Oz: los ensayos sobre el mundo de literatura que quedaron reunidos en el tomo La historia comienza (https://rubencastillo.blogspot.com/2017/10/la-historia-comienza.html), así que me adentro en esta novela de temática juvenil que lleva por título La bicicleta de Sumji para comprobar si su talento narrativo me interesa.

La obra está ambientada en Israel y su protagonista es un chico tímido, enamorado de Esti y que pertenece a una familia con recursos no muy boyantes. Con motivo de su cumpleaños, el tío Zémaj le regala una bicicleta de segunda mano. Y, pese a su precariedad (no tiene barra y sus amigos piensan que es un vehículo de chica), él se siente feliz con su nueva posesión. Eso no impide que, ante la visión del maravilloso tren de hojalata que tiene su amigo Aldo, acepte el cambio por ella; y, algo después, se verá obligado a cambiar ese tren por un perro (el canje resulta una imposición chantajista del bruto Goel). Esa cadena de trueques lo dejará, de noche, en medio de la calle, sin ánimo de volver a casa. Tiene la sensación de haber acumulado decisiones erróneas, y tendrá que aceptar la hospitalidad de la familia de Esti, mientras medita sobre su situación y sobre los enredos que acechan su vida.

Novela corta, de lectura rápida, que contiene algunas reflexiones interesantes sobre la etapa de tránsito entre la niñez y la adolescencia. Amable.

miércoles, 20 de mayo de 2026

Los carros vacíos


 

No estamos en el Londres victoriano, ni tampoco en las verdes campiñas de Gran Bretaña, ni siquiera a finales del siglo XIX. No tenemos delante a Sherlock Holmes y su ayudante el doctor Watson. Estamos en La Mancha, en un pueblo de Ciudad Real llamado Tomelloso, en pleno siglo XX. Allí trabaja como jefe de la guardia municipal Manuel González, al que todos conocen con el sobrenombre de Plinio, quien se encuentra realmente en apuros porque, tras el asesinato de dos meloneros en el otoño pasado, aparece en pleno agosto otra víctima. En todos los casos, el modus operandi es idéntico: un navajazo firme y rotundo, dado por la espalda, cerca del corazón. No hay sospechosos. El criminal no deja pistas que permitan conducir a su detención. Las fuerzas vivas de la localidad (el alcalde, el sargento de la guardia civil) presionan a Plinio para que resuelva cuanto antes esa oleada de asesinatos; y él se devana los sesos con la ayuda de su particular doctor Watson: el veterinario don Lotario. Para más inri, aparece un cuarto cadáver, que presenta más navajazos de los habituales. ¿Está el escurridizo asesino variando su método o quizá se trata de un imitador? Mientras reflexiona y pasea por el pueblo, agobiado por la falta de pistas, Plinio recibe la noticia de que el juez ha pedido ayuda a Ciudad Real, para que envíen a la policía secreta. ¿Podrá resolver el caso, antes de que su profesionalidad y su buen nombre sufran ese oprobio?

Con esta primera novela dedicada al personaje de Plinio (publicada en 1965), el escritor Francisco García Pavón iniciaba una serie de relatos que alcanzaría grandes éxitos de público y también de crítica (el premio de la Crítica o el Nadal recayeron en sendas aventuras del personaje), convirtiéndose en un icono de nuestras letras. Muy agradable primer paso, al que seguirán otros en este blog, no me cabe duda.

martes, 19 de mayo de 2026

El lugar

 


Si tu padre ha sido un héroe de guerra, un torturador nazi, el descubridor de una vacuna, un futbolista de élite, un presidente de gobierno o el primer hombre en pisar la Luna, escribir sobre su vida resulta una tarea extremadamente simple: sus propias acciones lo han convertido en “material novelesco” de primer orden y tan solo hay que colocarlas por orden para que los lectores accedan a ellas. Pero si ha sido una persona gris, sin más brillo aparente que el derivado de la normalidad, el asunto se complica. ¿A quién puede interesarle que hizo la mili en Bétera, que le gustaban las alubias estofadas o que jamás perdonó una siesta? De tan banales como resultan sus ingredientes, el guiso deviene rancho de cuartel.

Pero Annie Ernaux se arriesga y nos cuenta que su progenitor abandonó los estudios primarios sin acabarlos, porque tenía que trabajar; que su adolescencia fue dura; que trabajó con poco entusiasmo, pero con aplicación, en una cordelería; que luego reparó tejados (hasta que una caída lo alejó de ese horizonte laboral) y que, finalmente, montó con su esposa un café-colmado en el que logró estabilizar su vida económica. Nos habla también de sus complejos lingüísticos (tenía pánico a quedar en evidencia hablando de forma inadecuada); de que jamás visitó un museo; de que se sentía orgulloso por los estudios de su hija, pero le preocupaba que se concentrara demasiado en ellos; y de que a los sesenta años su salud comenzó a deteriorarse: le descubrieron problemas en el estómago.

Quizá se estén ustedes preguntando a dónde nos lleva todo esto, y la respuesta es tan sencilla como universal: no nos lleva a ningún sitio. Pero no por defecto de la autora, sino porque la normalidad de la vida es así: una hilera de pasos sobre la duna de un desierto que, de pronto, se cancela. Un día, Annie volvió a casa y el padre recayó de su grave enfermedad estomacal. Ella, que se quedó a su lado durante unos días, se encontraba leyendo la novela Los mandarines, de Simone de Beauvoir, pero no conseguía concentrarse. Y nos deja una confesión tan sencilla como conmovedora: sabe que “al llegar a alguna página de ese libro mi padre ya no viviría”. Eso es todo y así ocurrió. Como siempre. Como nos ha pasado o nos pasará a nosotros. La vida.

lunes, 18 de mayo de 2026

Voces de piedra


 

Se ha dicho muchas veces, pero no importa repetir las verdades, con la ilusión de que más personas las escuchen: pasamos por delante de muchos sitios (e incluso, ay, de muchas personas), pero no solemos tener la curiosidad de mirarlos; es decir, de preguntarnos por su íntima entraña, por sus detalles, por su origen, por su sentido. Devienen bultos, y nuestra indiferencia los cosifica todavía más, convirtiéndolos en magma gris. Hasta que llegan unas pupilas afectuosas y nos piden que atendamos, porque van a insuflar vida en ese paisaje aparentemente anodino. Lo hizo Ramón Gómez de la Serna con infinitos cachivaches menores; lo hizo Azorín, paseándose por diminutos lugares de Castilla; lo hace Andrés Trapiello, informándonos sobre el Rastro madrileño; y, más recientemente, lo ha hecho Santiago Delgado con el trabajo Voces de piedra, donde se concentra en la catedral de Murcia y en sus tallas (retratadas bellamente por Ana Bernal), a las que dota de vida mediante monólogos que dibujan lo más notable o llamativo de cada vida. Así, Tomás de Aquino, el Doctor Angélico, recuerda que escribió al monarca Alfonso “para que fundase universidad en esa tierra”; Teresa de Ávila manifiesta su preferencia por ser recordada “como una mujer en oficio de las cosas cotidianas”; san José lamenta que los calendarios acostumbren a designarlo como “padre putativo” de Jesús (“que no es afortunada añadidura; sí lo fue en cambio su lectura abreviada, que yo celebro: Pepe”); san Leandro subraya sus aportaciones al III Concilio de Toledo (que se celebró en el año 589); santa Ana exhibe orgullosa el rótulo con el cual se la designa en esta ciudad del sureste español (“La agüelica, que dicen en Murcia”); san Basileo añora la paloma que, posada sobre su mano derecha, ahora ya no existe; san Petronio, fundador de la universidad de Bolonia, porta desde hace siglos la cruz de su fe; y san Pablo (por no agotar los cincuenta y cinco monólogos) pone de manifiesto su importancia en la cristalización de la religión cristiana (“Acaso el resto completo de mis compañeros, discípulos de Jesús, sintieron mejor su carisma, y primaron a las razones de su corazón para asumir la doctrina del Maestro. Yo apuntalé las palabras y los hechos”).

Una obra hermosa y culta, editada con primor por la Real Academia Alfonso X el Sabio en el año 2025.

domingo, 17 de mayo de 2026

La niña lectora


 

Puede parecer una historia infantil, pero su cargamento de lágrimas, de tesón y de denuncia social la convierten en algo más. En mucho más. Estamos en los meses posteriores a la Semana Trágica de 1909 y nos encontramos en la costa cantábrica, concretamente en los alrededores de una fábrica de tabaco de A Coruña. Allí trabaja, en condiciones insalubres, la cerillera Leonor, casada con el trapero Helenio y madre, entre otros, de Liberto y Nonó. Él es un muchacho que tiene ingenio, iniciativa y ganas de aprender. De hecho, acostumbra a leer en voz alta para su familia (“Las palabras estaban contentas en su boca”). También es reivindicativo: protesta públicamente contra la guerra de Marruecos, lo que ocasiona un intento de detención por parte de las autoridades. Ella es una niña despierta, que ha aprendido a leer y que, cortándose el pelo como un chico, logra asistir a la escuela. Muerta la madre por culpa de la tisis, Nonó decide superar el dolor acudiendo a la fábrica de tabaco. Y allí encuentra su destino.

Delicado en las descripciones, firme en la denuncia de las miserables condiciones de trabajo de las cigarreras, Manuel Rivas nos entrega una historia lírica, robusta y conmovedora (bellamente ilustrada por Susana Suniaga), que puede (y debe) ser leída en voz alta. A ser posible, mientras tus hijos escuchan.

sábado, 16 de mayo de 2026

El aprendiz

 


De las manos delicadas de Ana María Matute brotó, en 1972, la obra El aprendiz, que leo ahora en la edición de 2013. En ella nos pide que imaginemos un pequeño pueblecito cuyos habitantes viven dominados por la avaricia implacable del viejo Ezequiel, un usurero cuyos préstamos abusivos lo han convertido en el personaje más temido de la localidad. Todos sus congéneres (el panadero, el carnicero, el lechero, el carbonero, el huevero) lo miran con auténtico terror, hasta el día en que aparece en la aldea un niño, que logra convencer al prestamista para que lo contrate como sirviente: apenas le pide un lugar para dormir y poco más. Astuto y taimado, este accede, sin saber que la presencia del muchacho (y sobre todo de su escoba) van a poner patas arriba su mundo y el de quienes lo rodean.

Con un aroma dickensiano y con pinceladas fabulísticas, la escritora barcelonesa nos entrega una historia conmovedora y educativa sobre el valor de la bondad y sobre la redención del espíritu humano, que cautivará a los más pequeños y que tocará también el corazón a los mayores. Hermosa.

viernes, 15 de mayo de 2026

La cueva del cíclope

 


Si a usted no le interesa lo que Arturo Pérez-Reverte opina sobre las cosas y las personas (escritores, libros, política, etc) se puede ahorrar este tomo. Si le interesa, adelante. Es legítimo no abrirlo, pero no es legítimo (porque revela sandez) abrirlo para denigrarlo. A mí no se me ocurriría consultar un volumen con los tuiteos de José Luis Martín Vigil, Fernando Vizcaíno Casas o Corín Tellado, pero tampoco se me ocurriría hacerlo para despotricar contra sus personas o sus opiniones. Temo que hayamos perdido buena parte de las hermosas virtudes que rodean y adornan el respeto. En este volumen se habla de autores que adoro, de autores que considero banales y de autores que ignoro (lógicamente); de libros que me fascinan y de libros que me provocan aburrición (lógicamente)… Pero si he aceptado gustoso el ejercicio de adentrarme en estas páginas es porque muchas del autor cartagenero me han acompañado en los últimos años y siento admiración por él. A despecho de quienes se apuntan a etiquetas o aceptan criterios ajenos, yo prefiero leer al escritor X (sea quien sea) para saber lo que opino sobre el escritor X.

Entiendo que muchas de las páginas les puedan parecer, porque lo son, repetitivas (consultas sobre la literatura relacionada con la guerra civil, gustos literarios del autor, preguntas sobre sus obras), pero les animo a que se adentren y sean perseverantes en la lectura; porque, cuando empiecen a pensar que sería conveniente saltarse alguna página (o varias, porque el libro supera las mil cuatrocientas), de pronto aparece la sorpresa de una fórmula curiosa (“A Góngora la fuerza se le iba en perífrasis. Estilo sonajero”), o se descubre un trallazo tan legítimo como contundente (“Amélie Nothomb me parece la quintaesencia de lo inane en versión cursi”), o sonreirán con un tirabuzón simpático (“Henry Miller a mí me gustó. Pero tampoco le pondría un piso”), o saltará ante sus pupilas un desafecto literario (cuando habla de Los detectives salvajes, del argentino Roberto Bolaño, utiliza este endecasílabo demoledor: “Me aburrí como una cigala hervida”), o verán que emite una opinión política con filo de bisturí (“Bruselas es una casta de golfos autosatisfechos”).

Verán muchísima educación en las respuestas de Arturo Pérez-Reverte (quienes lo consideran desdeñoso, soberbio o brusco se van a llevar una sorpresa), leerán excelentes recomendaciones literarias (que les sugiero que apunten) y conocerán algunos detalles preciosos sobre el escritor (su afición por Tintín, la biblioteca familiar, su infancia o su hija). Preguntado por la vigencia y modernidad de los clásicos, el escritor responde: “Los grandes siempre son. Nunca fueron. Eso los diferencia de nosotros, los juntaletras provisionales. Servimos para ir tirando”. Para quitarse el sombrero, no me lo negarán. Anímense a quitárselo, como yo, durante el millar y medio de páginas del tomo. No se van a arrepentir.

jueves, 14 de mayo de 2026

Lunes


 

Un libro es plenamente eficaz cuando consigue el objetivo que el autor o autora se había marcado. Este reciente volumen de Care Santos (titulado Lunes y que sirve como arranque de la saga “Laberinto”) lo es, porque durante su lectura sientes que las palabras de la escritora barcelonesa, el desarrollo de la historia y las reacciones de los personajes que en ella actúan te provocan incomodidad. Es tan llano como contundente: te dejan muy mal cuerpo. Y puesto que el objetivo consiste precisamente en eso, el éxito es absoluto.

Nos encontramos en el hogar (a punto de ser vendido) donde viven Nayara y su hermano Ferran, junto a su madre y el perro Gorro. El padre está en la cárcel, por estafa. Desde el viernes (han pasado tres días), Nayara está más silenciosa de lo habitual, más hosca de lo habitual, más reconcentrada y triste de lo habitual. Al principio, parece el típico bache adolescente, ocasionado por cualquier minucia, y que el tremendismo de la edad magnifica hasta dimensiones catastróficas. Pero cuando empieza a insistir en la idea de considerarse un estorbo, de sentir ganas de vomitar y de anhelar la muerte, se eriza la piel. ¿Qué ocurrió realmente antes del fin de semana? ¿Por qué está tan amargada, tan hundida? Todo comenzará a aclararse (en realidad, a enturbiarse) cuando en el instituto empiece a circular un vídeo asqueroso en el que cinco mastuerzos (capitaneados por Enzo, el “novio” de Nayara) abusan de ella de un modo nauseabundo. Ahí comenzamos a entender todo lo que burbujea en el corazón y en el cerebro de la chica. Y también sentimos ganas de vomitar. Y también nos quedamos hundidos, hasta el punto de no saber qué sentir con exactitud cuando se produce una muerte a mitad de la obra.

Libro, como digo, incómodo, enervante, que Care Santos maneja con buen pulso y del que pronto conoceremos más entregas de estructura analéptica: sus títulos (Domingo, Sábado y Viernes) así invitan a imaginarlo. Les contaré entonces, pero me temo lo mejor. Y lo peor.

miércoles, 13 de mayo de 2026

Como yo los he visto


 

Supe de la existencia de este libro póstumo de Josefina Carabias hace bastante tiempo, pero es ahora cuando el azar lo pone entre mis manos. Y reconozco que recorrer sus páginas me ha resultado muy agradable, tanto por la forma sencilla y eficaz con que está escrito como por el caudal de anécdotas y opiniones que vierte sobre los protagonistas que lo pueblan. Buen oído y buena muñeca: dos excelentes adornos para una periodista.

Comienza el volumen hablándonos de Pío Baroja (“El hombre a quien considero el primer novelista español contemporáneo”). Nos explica que lo conoció la noche del 14 de abril de 1931. Y que, “contra lo que se cree en general, don Pío era muy risueño, sobre todo en la intimidad, y se le podía provocar la risa con cualquier bobada”. Quién lo diría, si nos atenemos a las imágenes fotográficas que de él se pueden localizar en libros o Internet. Como nota especialmente simpática, yo destacaría la gratitud que siempre manifestó el escritor vasco por un detalle que tuvo Josefina Carabias con él: gracias a un contacto de la periodista, Baroja gozó en su casa, durante épocas de escasez, de un buen suministro de carbón (era muy friolero).

Del inigualable gallego Valle-Inclán afirma igualmente que “era simpatiquísimo y además decía frases con las que siempre se podía hacer un buen reportaje”; y también que “caerle en gracia a don Ramón era una de las cosas más fáciles que podía haber en el mundo”. En septiembre de 1930, el escritor la acompañó a un mitin donde se empezaba a gestar el gobierno de la república, que ganaría las elecciones al año siguiente, y a punto estuvo de provocar un escándalo con sus disensiones, expresadas con vehemencia en medio de un público hostil. Y otro detalle digno de ser subrayado: Valle opina sobre el levantino Gabriel Miró y lo define con ternura y cierta maldad rebajada: “Como persona creo que había pocas mejores, pero como escritor resultaba lo más parecido a una monja haciendo dulces”.

Gregorio Marañón era un trabajador infatigable, que apenas dormía cinco horas diarias y que fue el médico de cabecera de Benito Pérez Galdós. “La bondad es su rasgo más saliente”, nos dice Carabias; de ahí que no sea extraña “la unanimidad con que suscita las alabanzas”. Ramiro de Maeztu era partidario de la monarquía y enemigo de la república. Cuando estalló la guerra civil no huyó, sino que esperó la detención de los milicianos: “Tengo más de sesenta años, he hecho ya cuanto tenía que hacer en la vida y estoy a bien con Dios. ¡Podéis matarme cuando queráis!”, fueron las palabras que les dijo, según testimonio de su hijo. A Pastora Imperio la entrevistó cuando volvió a los escenarios, y también acudió a ella varias veces “para formar parte de una de esas sandeces que solemos hacer en los periódicos y a las que damos el nombre de encuestas”. Llamaba la atención por sus ojos verdes con puntitos dorados. Su nombre real era Pastora Rojas, pero el empresario lo cambió por un comentario de Jacinto Benavente, quien dijo que la niña valía un imperio. Su generosidad era tal que, en opinión de Carabias, las tres cuartas partes de todo lo que ganó en su carrera profesional lo destinó a remediar desgracias ajenas. Del torero Juan Belmonte le impresionó la forma en que asumió su destino (“Se había hecho torero por la fuerza de su triste situación y por influjo del ambiente, igual que los chiquillos de Sigüenza se hacen curas, los de Bilbao marineros y los de Barcelona viajantes de comercio”) y su reconocido miedo a los toros (afirmaba que se acercaba tanto a ellos para no ver de lejos su envergadura). De Miguel de Unamuno no lo cautivaron su condición misógina y polemista (aseguraba que “concebir, gestar, parir y amamantar” eran, en su opinión, las tareas propias de la mujer), pero sí la belleza cruda de su poesía, tan huérfana de música (“Yo soy un poeta, pero lo que no soy es un tamborilero”). Lástima que, poseyendo una mente tan culta y extraordinaria, se dilapidase tantas veces en asuntos menores (“Don Miguel era un águila y por eso perdió el tiempo cuando se puso a cazar moscas”).

Un libro para disfrutar, para aprender y, sobre todo, para tributar un aplauso en pie a Josefina Carabias: nadando a contracorriente, conquistó para la mujer un puesto merecido y justo dentro del periodismo español.