“Estoy
aquí, sigo aquí, pero no puedo decir qué me trajo exactamente. Un cambio de
aires, como tú decías”. Son las palabras que un catalán del Empordà escribe a
su amiga Juana, que le ha prestado su hacienda La Magnolia, en la Argentina,
para que permanezca en ella por un tiempo. No sabemos si huye, no sabemos si
busca, no sabemos si encuentra: el alma y sus silencios resultan a veces muy
intrincados como para poder reducirlos a fórmulas sencillas. Con pequeños
capítulos que son fogonazos de luz (y también fogonazos de oscuridad, al modo
de aquella luz negra de la que hablaba Salman Rushdie en su obra Harún y el
mar de las historias), Marc Colell nos va dejando que observemos su cajón
de recuerdos, donde todo es diminuto y significativo: esos sapos que se cuelan
al atardecer en la casa, tercamente exactos; el viejo caballo Potricox, que
come sus manzanas y le da serenidad al protagonista; el abrumador festejo de
carne al que es invitado por el potentado Alfonso Urrutia; la extraña pareja
formada por don Emilio y su hija Rosita; los niños que juegan a galopar
agarrándose a las crines de los corceles; las carreteras interminablemente
largas y anodinas; los cuises que se pasean por el césped, con calma de
sultanes.
Y
el lector descubre pronto que está siendo convocado a una ceremonia sacra, en
la que deberá revisar, ordenar y ensamblar todas las piezas para adentrarse en
una explicación que dé orden al conjunto. El protagonista de esta novela viaja
a la Argentina con una llave en el bolsillo, pero seremos nosotros quienes
habremos de dilucidar cuál es la cerradura en la que encaja. Disponemos de
muchas escenas simbólicas (tormentas que incrementan la angustia, lonas que
protegen del horror un cuerpo, la orfandad del protagonista, el whisky como
narcótico o como salvoconducto, ladridos pavorosos en medio de la noche, una
cueva donde cierta muchacha permanece en cuclillas y emite sonidos
inescrutables), y será necesario que nos mantengamos alertas para hilvanar
todas las cuentas y formar el collar.
Marc Colell es una voz, como diría Gabriel Celaya, cargada de futuro. Pero esa voz ya nos ha entregado tres libros asombrosos, egregios, de puro y brillante presente, así que no esperen demasiado para conocerlo.


























