lunes, 2 de febrero de 2026

Como meteoritos

 


Cuando abro el libro de un autor al que aún no he tenido la oportunidad de leer, todas las posibilidades están abiertas: puede parecerme admirable o mediocre; puedo terminarlo o dejarlo a las pocas páginas; puedo anotar su nombre o dejarlo ir (con mi gratitud, pero sin mi entusiasmo). En esta ocasión (y son ya muchas las veces que me ocurre con autores y autoras que aparecen en el sello Talentura), mi aplauso es tan espontáneo como intenso. Qué espléndido resulta, en mi opinión, el volumen de relatos Como meteoritos, del logroñés Alejandro Amelivia. Lo he disfrutado enormemente.

Cuando me adentré en la primera propuesta (que se titula “La chica de mis sueños”) y descubrí al inquietante personaje de El Soñador, me dije: Caramba. Pero, sin darme respiro, luego vinieron el mal cuerpo que genera la violencia etílica en “Kentucky Gentleman”; la terquedad cazurra de Hank y la sensualidad cromática de June en “La fatiga de los materiales”; la sofocante admiración por Charles Lynch que parece recorrer las venas de los habitantes de Hawthorne; el sueño premonitorio de Larry, al que su esposa Violet se niega a prestar ninguna atención; la inquietante cicatriz que cruza el rostro del cazador que irrumpe en la casita de “En el borde del claro”; los trucos (casi sonrientes) que despliegan una médium fraudulenta y su ayudante demasiado vivo en “Estrella blanca”; y, sobre todo, las líneas que forman “Ya nadie recuerda nada”, un cuento que tendría que ser leído y estudiado en todos los institutos y universidades de España como ejemplo de construcción narrativa y de eficacia literaria.

Cómo maneja Amelivia el cambio de narrador en sus relatos; cómo escoge las ambientaciones y las frases de sus personajes; cómo redondea y esmalta los finales. Impresionante, de verdad. Me ha parecido un libro admirable y digno de elogio. Están tardando en buscarlo.

domingo, 1 de febrero de 2026

Tercera residencia

 


Releo con entusiasmo renovado las páginas de Tercera residencia, que leí en 1988, con veintidós años. Y vuelven a fascinarme las dos líneas vertebrales que descubrí en estos versos encendidos y galvánicos de Pablo Neruda: en primer lugar, el viento surrealista, que llena de imágenes asombrosas los poemas y que los vuelve tan fascinantes; en segundo lugar, el aliento combativo que respiran las estrofas dedicadas a su militancia ideológica (la guerra civil de 1936, el Ejército Rojo, Simón Bolívar, etc.).

Por lo que respecta al primer apartado, confieso mi incapacidad para entender bastantes de los versos, porque las metáforas surrealistas y las adjetivaciones intrépidas que el chileno despliega continuamente me los vuelven impenetrables; pero, a la vez, constato también mi entusiasmo a la hora de interpretarlos, porque las sugerencias de Neruda dan pie a lecturas que, si no se corresponden con lo que él quería expresar, sí que revelan con claridad mi forma de leerlos.

En cuanto al bloque “político” (que muchos denigrarán por su tendenciosidad, pero que yo respeto por los durísimos momentos de guerra que le tocó vivir), no creo que resulte posible negar la validez lírica de estancias como “España en el corazón”. En un tiempo de urgencia y deflagraciones, de muerte y de traiciones, imagino que tiene que resultar punto menos que imposible mantenerse en una posición racional y equilibrada (aunque personas como Manuel Chaves Nogales sí que parecieron lograrlo). En esa efervescencia de ira y de angustia, Pablo canta a las Brigadas Internacionales, a la batalla del Jarama, a los antitanquistas… Y su voz, aunque el paso del tiempo moderase o corrigiese radicalmente algunas de sus aristas, no puede ser tildada de chata o panfletaria. Neruda consigue muchos poemas de belleza terrible, de retrato purulento, de crónica bombardeada.

Pertenezco al grupo de quienes discrepan con algunas de sus ideas y fervores, pero que aplaude sus versos. Una cosa, en literatura, no quita (no debe quitar) la otra.