martes, 20 de octubre de 2026

Misión al pueblo desierto

 


No hará falta insistir demasiado en mi admiración y en mi constante aplauso al teatro de Antonio Buero Vallejo. Comencé a leerlo en 1985, justo cuando entraba en la universidad, y no he abandonado desde entonces la satisfactoria costumbre de acercarme a sus páginas con regularidad. Dicho eso (y dicho también que lo considero el dramaturgo español más importante de la segunda mitad del siglo XX), la lectura de Misión al pueblo desierto me ha dejado bastante frío (aunque el adjetivo que me apetezca escribir sea “decepcionado”). No es, en mi opinión, una obra a la altura de su nivel. Es habilidosa, evidentemente. Se sustenta sobre un armazón impecable, solo faltaría. Pero carece de la chispa y de la profundidad que encuentro siempre en sus argumentos y en sus desarrollos teatrales. Aquí, la trama es floja, las situaciones son repetitivas o increíbles (la tozudez con la que Damián desconfía una y otra vez, una y otra vez, de Plácido; el enamoramiento súbito que Lola experimenta por el maduro pintor viudo) y el final, queriendo ser simbólico, se queda en desangelado, feble y quebradizo. La idea de un cuadro del Greco que tiene que ser rescatado del palacio de unos marqueses en “zona de nadie” durante la guerra civil de 1936 entiendo que daba para mucho más que para esta nadería, con mucho relleno (sobre las ideas revolucionarias y sobre la mirada estereoscópica en el mundo de la pintura) y mucha situación “estirada” (con diálogos huecos y morosos). Qué pena me da decirlo (aunque lo digo, porque en mi blog no miento). Acudiré pronto a otro título del dramaturgo alcarreño para olvidarme de este bache.

lunes, 19 de octubre de 2026

La mano que tengo

 


No sé si alguna vez han mirado ustedes con atención una mano. No me refiero a una mano ajena (la de su madre en la cama del hospital, cada vez más quieta; la de su padre conduciendo, cada vez más arrugada), sino a una propia. Yo sí lo he hecho, con cierta frecuencia. Miro sus arrugas, sus poros, el movimiento de sus articulaciones, su inagotable versatilidad, su humilde y tenaz servidumbre. Me permiten (nos permiten) escribir, sostener libros o herramientas, aferrar el volante, coger productos en los pasillos del supermercado, acariciar, saludar, señalar, pulsar botones. En este precioso álbum ilustrado, Ignacio Sanz (con sus versos graciosos) y Moisés Yagües (con sus dibujos magníficos) nos invitan a que repitamos la ceremonia de mirarlas, desde el humor, pero también desde la gratitud: nuestra cotidianidad quedaría visiblemente mermada sin su silencioso trabajo. Léanselo a alguien de pocos años. Verán cómo sonríe. Y, posiblemente, estén sembrando en su cabeza la curiosidad y el asombro para que, dentro de algunas décadas, vuelvan a mirárselas con una sonrisa melancólica.

domingo, 18 de octubre de 2026

Las flores del mal



Me adentro por segunda vez (la primera fue a los dieciocho años y me da a mí que no me enteré de nada; o, siendo misericordiosos, de muy poquito) en Las flores del mal, de Charles Baudelaire. Utilizo la traducción de Carlos Pujol. Ninguna novedad supondrá decir que es un poemario que rompió moldes y que levantó ampollas en la sensibilidad lectora de su tiempo: alusión a cadáveres putrefactos, satanismo, hediondez, mujeres venales, flores marchitas, lobos que husmean, tinieblas densas como la pez, cuervos que planean en círculos macabros, tumbas que esperan ávidas, alusiones frecuentes a los gusanos (“Amigos negros, sordos y ciegos”), primaveras fangosas, bestias que se agitan en el frío de la oscuridad, serpientes que danzan, opio por doquier, adoraciones explícitamente satánicas o fuentes de sangre. No le faltaba ingrediente (bien claro resulta) con el que épater le bourgeois. Y es que, bajo su máscara de fragilidad drogadicta, hay en Baudelaire una poderosa musculación, que lo lleva a establecer su territorio con vigor enérgico: lo parcela, lo rotura y luego, tras alzar su bandera sin que le tiemble el pulso, mira con desafío a los observadores externos. Este es mi espacio. Estas son mis obsesiones y mis directrices. Acéptalas o sigue tu camino. No hay términos medios, como puede ocurrir con otros poetas menos viscerales. Con Charles Baudelaire tienes que elegir un lado de la línea: o Pinto o Valdemoro. Nada de indecisiones. Nada de matices. Blanco o negro. Pocas veces se habrá publicado en la historia de la poesía un volumen tan contundente y gravitatorio como este, del que anoto algunos versos que he subrayado en mi ejemplar: “Los pecados son tercos”. “He alcanzado a tocar el otoño del alma”. “El amante jadeando junto a su enamorada / es como un moribundo que acaricia su tumba”. “Es de necios construir sobre algún corazón”. “Siempre el Diablo hace perfectamente bien lo que hace”. “La lujuria y la muerte son dos buenas muchachas”. “El violín, corazón en zozobra”. Con Baudelaire hay que atreverse, pero qué convulsión cuando se avanza por sus versos. Inolvidable.

sábado, 17 de octubre de 2026

Esencia

 


Dedico una tarde de octubre (con luz de ceniza cayendo sobre las páginas del libro) a la obra Esencia, publicada por La Isla de Siltolá, y observo de qué manera, con honda palabra conmovida, Efi Cubero desgrana allí sus emociones ante el Guernica picassiano (“me abisma”, concluye); ante las obras del Greco que brillan en Toledo (“palimpsesto de capas y más capas”); ante las pipas oceánicas de Ai Weiwei, que alfombraban la Tate Modern londinense; ante la majestad fluente del Sena, divisado desde el Pont Neuf, antes de asistir a una instalación de Anish Kapoor; ante las obras inmortales de Diego Vélazquez (“casi táctiles, casi etéreas, casi realistas, casi abstractas”); ante el impacto escultórico que experimenta “en los laberintos de Alicia Larraín, en los árboles torturados de Roxy Paine, en el arpa eólica de Luke Jerram, en las configuraciones modulares de Kenneth Snelson, en las redes de irregulares geometrías de Richard Deacon o en los arcos infinitos de Andreu Alfaro”; ante las alucinaciones perturbadoras de Martín Ramírez.

Parecería fácil etiquetar esta obra como un “libro de arte comentado”, pero juzgo que va mucho más allá. Esencia es un volumen que hace doblarte (“doble arte”, arte sobre el arte), y que ahí radica su máximo esplendor. Efi Cubero no se limita a contemplar los grupos escultóricos (y sobre todo los cuadros) con curiosidad o con embeleso, sino que parece habitarlos. Los mira con pausa, con inteligencia sensible. Y, cuando venimos a darnos cuenta, nos ha dado la mano y nos ha pedido que entremos en el lienzo. Que paseemos entre sus figuras y colores. Que nuestro corazón lata al ritmo de las pinceladas y de la luz interior. Que seamos uno con la materia y el alma de la composición. Mirar de frente una obra de arte nos proporciona mucha belleza, pero la escritora pacense nos invita a que lo hagamos también por detrás, por el lado, por abajo y por encima. Que afilemos la mirada y que sintamos la honda respiración de las tonalidades, la textura de cada trazo, el vuelo ondulado de los dedos que acarician la tela. Un volumen que tiene delicadeza de mármol y contundencia de seda. Memorable.

viernes, 16 de octubre de 2026

La biblioteca secreta


 

Un chico acude a la biblioteca pública porque tiene que devolver dos libros y porque desea sacar alguna obra sobre la recaudación de impuestos en el imperio otomano (se le ha ocurrido, vaya por Dios, que puede ser interesante saber cómo se organizaba el sistema tributario turco). Sin más explicaciones, la funcionaria que lo atiende le indica que debe buscar la sala 107, que se encuentra en el sótano. Allí se encuentra con un anciano de aspecto iracundo que pone en sus manos tres gruesos volúmenes sobre el tema y que le indica que debe leérselos allí (no existe la posibilidad del préstamo domiciliario para esas obras) y que permanecerá en esa celda durante un mes, hasta que consiga memorizarlos. Ya, ya imagino que quien lea esta reseña estará frunciendo el ceño, pero el asunto no ha hecho más que comenzar, porque el chico tendrá que vérselas también con otros dos seres anómalos: un hombre-oveja (mansurrón, obediente, lacayuno), que le lleva la comida y le concede algunas frases de conversación; y una niña irrealmente guapa que se ofrece para ayudarlo a escapar. De fondo, se rememora la historia del enorme perro negro que mordió al chico años atrás. Al final (no teman, no voy a destriparles el colofón), la historia se convierte en un espectáculo pirotécnico que provocaría el aplauso de los surrealistas.

¿Interpretación psicoanalítica? Pues yo qué sé. Seguramente, sí. Pero qué pereza, a estas alturas de la película, tener que aventurar lo que quiso decir el autor. Imagino que este tipo de narraciones (en las que la persona que está leyendo tiene que interpretar qué ha querido decir el profundísimo autor) tendrán su público, claro. Casi todo lo tiene en literatura. Yo no formo parte de este.

jueves, 15 de octubre de 2026

Little Jump

 


La historia de la literatura está llena de amores contrariados, trágicos o llorosos; y son tantas las variantes de esa imposibilidad que incluso su mera enumeración se antoja inabarcable. Mónica Rodríguez nos traslada en su novela juvenil Little Jump una formulación de gran actualidad y de gran tristeza, porque sus protagonistas (Jaia y Jota) pertenecen a mundos antagónicos. No al modo célebre de Romeo y Julieta (donde estaban enfrentadas las familias), sino al más radical del enfrentamiento entre judíos y palestinos. Jaia pertenece a los primeros; Jota, a los segundos. Hay muros, alambradas y soldados que los separan, como si un foso terrible se abriera entre sus pies. Pero hay un objeto que los acerca, de un modo tan peculiar como magnético: un monopatín. Jaia lo maneja con soltura; y esa destreza le permite concebir el sueño de viajar hasta Mineápolis para poder participar en un campeonato. El mundo de Jota es más concreto, más duro, más pobre: sus tierras han sido ocupadas y tanto él como sus amigos se refugian en ilusiones que les hagan evadirse: Hudhud quiere ser atleta olímpico; Coluber quisiera llegar a ser marino; Zurdo planea estudiar en la universidad “para luchar por que nadie nos volviera a arrebatar lo que era nuestro” (p.18). Un pintor amigo, llamado Río Dadá, que actúa como factor de cohesión entre ambos mundos y que confía en el poder del arte para unir las almas, es quizá la figura adulta más importante de la novela.

La escritora ovetense consigue en estas páginas que participemos de la escisión espiritual que se opera dentro del atormentado Jota, que ama a Jaia (cuando la ve por las noches) y que odia a los suyos (cuando contempla sus fusiles y tanques por el día), en un equilibrio terrible y lacerante (“Yo estaba partido en dos. Yo era dos personas”, reconoce en la página 61). La muchacha, mucho más serena, lo tiene claro en su análisis de la situación: ellos deben convertirse en protagonistas de la concordia, en los artífices de la paz, porque “nos han engañado. A todos. A tu pueblo y al mío. A ti y a mí. Nuestros dirigentes nos han engañado” (p.87). Alrededor, gases lacrimógenos, disparos, patrullas nocturnas, desprecio y rencor, aunque la novela se ocupe de atemperarlo con algunos momentos de poesía dulce y confortadora, que alivia la aspereza del panorama (señalaré solamente una de esas perlas bellísimas: cuando Jota se refiere en la página 119 a la risa de su hermana Azahara y afirma que es “pan de semillas”). Una hermosa, educativa y triste historia.

miércoles, 14 de octubre de 2026

Descalza

 


Lo ha vuelto a hacer. Javier Mije ha dado un puñetazo en la mesa y ha escrito una novela absolutamente redonda, lírica, desgarrada, contundente y descomunal; una novela donde el escritor protagonista nos va dibujando la crónica de su vida con Verónica, a la que conoció en una aplicación de citas y que lo sometió a un auténtico torbellino sexual y vital. Él sabe, en el fondo, lo que es una pareja (“Dos cuerpos vinculados por su fragilidad. La fusión de dos heridas en una unidad familiar”, p.24); y sabe también que quiere a Verónica, que la ama, que disfruta con sus excesos de dominatrix y con sus cataratas de dulzura (“No me importaba ser cursi, sentimental o que mi comportamiento pareciera ridículo a quienes nos contemplaban, ni me preocupa que el lector encuentre estas confesiones irrisorias o extravagantes. El amor te devuelve a la infancia”, p.59).

Admira y maravilla en esta narración el cuidadoso dibujo que el sevillano elabora sobre cómo fue construyéndose su personaje protagonista: un colegio escolapio en el que no fue feliz; su desasosegante inicio en el mundo del sexo; sus búsquedas insatisfactorias en el mundo de Tinder; sus distracciones recientes con internet; sus pasados pensamientos suicidas; su éxtasis durante los días que compartió con Verónica. El resultado es una figura poliédrica, convincente, llena de meandros luminosos y recodos de sombra. Javier Mije ha realizado una labor espléndida, tanto en el plano arquitectónico como en el psicológico, que lo debe llenar de orgullo. No debió de experimentar una sensación muy distinta Pigmalión mientras creaba a Galatea. Es una historia (hay que decirlo con rotundidad) de inteligente desarrollo y de exquisito rigor compositivo.

Asistimos aquí al chequeo de un alma herida y confusa, que desconfía de encontrar el bálsamo de la felicidad y que, cuando lo obtiene, lo descubre provisional y quebradizo, por la misma condición nebulosa de las relaciones interpersonales, que en el caso de Verónica alcanzan un vértigo de pozo o de firmamento: siente que él no la ama del modo que necesita, y eso le provoca crisis nerviosas, que se manifiestan con reproches y encierros (“Verónica se opaca y la casa se opaca con ella”). Así de turbulento y desaforado, de espídico y agrio, de dulce y cortante, de tormentoso y celestial es su vínculo, continua montaña rusa en la que resulta imposible mantener un equilibrio que se prolongue en el tiempo.

La primera palabra del libro es “poco”; la última, “infierno”. El tobogán de bajada es más que evidente.

Pero es que, además, esta magnífica crónica, esta honda y versátil reflexión sobre el amor y sobre la condición humana, está impregnada de abundantes y agudas observaciones sobre la timidez (“El mundo se ha transformado en algo brutal. La timidez es un lujo, un tumulto de cabezas contempladas desde la última fila, donde quienes no alzan la voz hasta el histrionismo reciben solo las raciones más pequeñas”, p.12), la condición pragmática de nuestro tiempo (“En un mundo que ha capitulado ante las leyes del mercado rara vez ocurre algo que no sea práctico, cuantificable, lucrativo, reglado. Lo humano es feo”, p.37) o sobre la ambivalencia de la posesión amorosa (“¡Qué feliz soy! ¡Qué desgraciado!”, p.143). Léanla. Me agradecerán el consejo.

martes, 13 de octubre de 2026

El tungsteno

 


Después de haber leído hace pocos días su Paco Yunque, que me dejó muy buen sabor de boca (https://rubencastillo.blogspot.com/2026/09/paco-yunque.html), me acerco hoy hasta las páginas de la novela El tungsteno, de César Vallejo, que me sitúan en un escenario triste y enervador. Estamos en Quivilca, en el departamento del Cuzco (Perú), donde la Mining Society está explotando las minas de tungsteno de la zona, para utilizarlo como soporte de la producción armamentística norteamericana. Aunque las órdenes vienen de fuera (Mr. Taik y Mr. Weiss), son las autoridades locales las que se encargan de velar, servilmente, por su estricto cumplimiento, convirtiéndose en lacayos que besan la mano que los alimenta, aunque eso suponga tener que explotar, golpear, esclavizar e incluso matar a los indios de la zona, mera carne de cañón fácilmente reemplazable por medio de levas obligatorias. Así, el comisario Baldazari, el cajero Machuca, el ingeniero Rubio, el profesor Zavala, los comerciantes José y Mateo Marino, el doctor Riaño e incluso el cura Velarde (que no duda a la hora de coger un arma y disparar contra los indígenas que no acatan su destino) se convierten en los garantes de un sistema abusivo y perverso, en el que caben todas las ignominias: una india (Graciela) que es emborrachada y que sufre una infame agresión sexual en una reunión de gerifaltes, donde se procede por respetuoso orden jerárquico (“Todos los contertulios […] conocieron entonces, uno por uno, el cuerpo de Graciela”, p.49); una protesta de indios exhaustos, que es sofocada a tiros y que causa más de una docena de víctimas mortales, amén de un buen número de detenidos; un continuo ejercicio de poder despótico, que machaca y extermina a los indios soras mientras los vendepatrias exhalan gritos estupefacientes (“¡Vivan los Estados Unidos! ¡Viva la Mining Society! ¡Vivan los norteamericanos! ¡Viva Wilson! ¡Viva míster Taik! ¡Viva míster Weiss! ¡Viva Quivilca! ¡Viva, señores, el subprefecto de la provincia! ¡Viva el alcalde! ¡Viva el juez de primera instancia! ¡Viva el señor Iglesias! ¡Viva Marino Hermanos! ¡Abajo los indios! ¡Abajo!”, p.114).

Con una prosa que incendia el corazón y con un argumento que congela el pulso, César Vallejo nos muestra en esta historia la despiadada manera en que su Perú sufrió todas las lacras del colonialismo más salvaje. Sobrecoge.

lunes, 12 de octubre de 2026

Odisea


 

Sería difícil, después de haberla leído un par de veces, de haber visto una docena de películas que giraban alrededor de esta historia, de haberla explicado (creo que con mucho fervor) durante mis años como profesor de Literatura Universal y de haber contemplado infinidad de cuadros que reflejaban escenas suyas, anotar algo medianamente original sobre la Odisea del misterioso (y tal vez inexistente) Homero. Ni siquiera lo intentaré. Tampoco recurriré a la opción de señalar mis aventuras favoritas: cómo elegir entre los horrores de la cueva de Polifemo y las delicias brujas de Circe, cómo decantarse entre las sirenas y Euriclea, cómo desdeñar a Alcínoo en favor de Eumeo. Resulta imposible, al menos para mí. Todos componen el mecanismo eterno de esta protonovela magistral, asombrosa y clarividente, para elevarla hasta el cielo de la inmortalidad literaria. Ni una sola ruedecilla o tornillo sobra en un reloj bien hecho; tampoco aquí.

Acudiré entonces a los detalles, que cito por la traducción de José Luis Calvo: la irritación por la servidumbre que imponen ciertas funciones corporales (“No hay cosa más inoportuna que el maldito estómago, que nos incita por fuerza a acordarnos de él”, VII); un cierto desdén por el segmento juvenil de la sociedad (“Con frecuencia los jóvenes son sandios”, VII); el elogio de la amistad auténtica (“No es inferior a un hermano el amigo que tiene pensamientos discretos”, VIII); el horror ante la posibilidad de morir por falta de alimentos (“Todas las clases de muerte son odiosas para los desgraciados mortales, pero lo más lamentable es morir de hambre”, XII); la convicción de que los seres humanos no somos, de ninguna forma, la especie superior que juzgamos ser (“Nada cría la tierra más endeble que el hombre de cuantos seres respiran y caminan por ella”, XVIII).

Una obra para disfrutar y para aprender. Para asombrarnos con la perfección de una literatura tan antigua. Para seguirnos preguntando quién fue (o quiénes fueron) Homero. Egregia.

domingo, 11 de octubre de 2026

La brigada de los misterios ocultos

 


Pocos lugares más inquietantes para un niño de doce años que el sótano oscuro, maloliente y húmedo de un viejo caserón; y si permanece en él contra su voluntad, sujeto a mala alimentación, soledad absoluta, silencio y abusos sexuales de un adulto depravado, la situación se acerca peligrosamente a las fronteras de la locura. Así tiene que vivir durante meses Damien Combes, prisionero de alguien llamado el Vicario. Desde hace años, Hyacinthe Verne se ha obsesionado con la captura de semejante engendro, pero antes de que pueda lograrlo un accidente le arrebata la vida. Ahora, su hijo Victor, inspector de la policía (quien continúa alimentando el deseo de localizar al Vicario y ponerlo en manos de la Justicia), recibe el encargo de resolver una misteriosa muerte: Lucien Dauvergne, hijo de un prestigioso empresario y diputado, se ha lanzado por una ventana durante la cena en la que iba a anunciarse su compromiso matrimonial con la joven Juliette. Y lo ha hecho después de mirarse en un espejo. ¿Existirá alguna conexión con la muerte de Tirancourt, quien justo antes de suicidarse ha proclamado “Los espejos me obligan a hacerlo”? Pronto, Victor Verne verá cómo sus investigaciones lo conducen por un cenagoso laberinto de intereses políticos, personajes altamente poderosos de la sociedad francesa, médicos carentes de escrúpulos y pasadizos subterráneos que bordean el Sena.

La brigada de los misterios ocultos, de Éric Fouassier (que leo en la traducción de Andrés Daniel Levý para Principal de los Libros), es una novela que gondolea entre lo histórico y lo policial, inteligentemente conducida y con inesperadas gotitas psicológicas, que proporciona unas horas muy vigorosas de distracción. Garantiza un fin de semana de misterio y sorpresas.

sábado, 10 de octubre de 2026

La chica que amaba a Tom Gordon

 


El nombre de Stephen King, para la mayor parte de los lectores, es sinónimo de terror: ya saben, monstruos horribles, escalofríos bajando por la espalda, desequilibrios psíquicos, fenómenos inexplicables y lugares tenebrosos, que parecen cobrar vida y buscar la aniquilación o la locura de quienes penetran en ellos. Pero existen otros terrores que, por su condición natural, no deben ser desdeñados. Por ejemplo, la circunstancia (tan simple, tan habitual, tan de cuento de hadas) de perderse durante una excursión. En España, ese extravío puede incurrir en el ámbito de la banalidad porque, como indica el humorista Goyo Jiménez en uno de sus números cómicos, lo más grave que puede pasarte es que te ataque un topo o una ardilla. Pero imaginen que nos encontramos en el estado norteamericano de Maine: más de noventa mil kilómetros cuadrados, de los que casi el 90% están deshabitados. Puro territorio de bosques y ciénagas en el que viven zorros, osos negros, coyotes y una cantidad abrumadora de insectos. Y una vez que hayan imaginado ese territorio hostil coloquen allí a Trisha, una niña de nueve años que, mientras iba con su madre y con su hermano Pete, se ha desviado del camino y luego ha sido incapaz de volver al sendero. Durante los primeros minutos camina con rapidez para alcanzarlos, pero lo hace en el sentido erróneo; y se interna en un espacio en el que mosquitos y serpientes, en número sofocante, la cercan. En su mochila lleva agua, unas galletas, algo de bollería, una botella de zumo y un pequeño aparato de radio (con el que le gusta escuchar los partidos de su equipo favorito, los Red Sox, del que admira a su jugador Tom Gordon). Y comienza una odisea que se prolonga durante días: hunde los pies en un barro nauseabundo que le hace pensar en arenas movedizas; escucha durante la noche unos ruidos de ramas y de respiración; se unta la cara y los brazos con barro para aliviar el dolor de los picotazos y prevenir otros; come helechos que la hacen vomitar; bebe agua de un arroyo (ha decidido seguir la corriente para que la saque del bosque, e incluso aprende a atrapar pequeños peces con la capucha de su impermeable); avanza por ciénagas y laderas hasta salir de Maine y cruzar la línea de New Hampshire.

Con el paso de los días, Trisha comienza a tener alucinaciones, en las que cree estar acompañada por Tom Gordon (su figura, cercana a la de Joe DiMaggio en El viejo y el mar, de Hemingway, le sirve de compañía), pero en las que también cree ver a tres figuras encapuchadas, que le hablan de forma alternativa, y a un extraño ser de elevada estatura e intenciones nauseabundas, que esparce restos sanguinolentos de animales por donde ella pasa, para intimidarla y preparar su propia muerte. Esta pesadilla, matizada por la lluvia, el llanto, la desesperación y la soledad, terminará cuando, en las páginas finales, suenen unos disparos.

Una novela no especialmente célebre de Stephen King, pero que se lee con mucho interés.

viernes, 9 de octubre de 2026

Los figurantes


 

Me aproximo nuevamente a un libro de la francesa Delphine de Vigan, que se titula Los figurantes y que traduce Pablo Martín Sánchez para el sello Anagrama. En ella descubrimos a unos actores que van a participar como figurantes en una producción de cine y que se encuentran charlando y realizando pruebas de vestuario. No saben de qué va la película. No saben su título. Ignoran todos los detalles del guion. Y, para más desconcierto, a cada uno le han adjudicado unas prendas que no concuerdan con las que reciben los demás: a Bruno lo han vestido con gran elegancia; a Orso, con un pijama vintage; a Joyce, con vestido elegante y tacones… Corre, además, el rumor de que uno recibirá “un papelito”, es decir, “por lo menos cinco frases”, lo cual puede suponer una oportunidad para salir de su estatus de figurantes e ingresar en otro nivel. Esperan, hablan, esperan… De hecho, mientras esperan dicen que pueden leer a Beckett (guiño de índole cultural muy oportuno, por su Esperando a Godot).

Poco a poco, vamos descubriendo también las intimidades, anhelos y tristezas de estas personas: a Cécile la ha dejado su marido por una chica más joven (“A veces tengo la impresión de que todo es pasado, como si las cosas interesantes, emocionantes de la vida hubiesen sucedido ya. Y que o bien me las perdí, o bien no les presté suficiente atención. Un poco como si hubiese perdido el tiempo buscando algo sin demasiada importancia que me parecía muy importante”); Orso reflexiona sobre la vida, entre la languidez y la desesperanza (“Todos somos figurantes. Figuramos ser lo que no somos”); Bruno también lo hace, con un tono quizá más amargo (“No pido estar en primera línea, hace tiempo que entendí que no estoy hecho para eso. Pero de vez en cuando me gustaría que alguien me mirara y me dijera: Bruno, yo sí te veo. Veo que sirves para algo y quiero darte las gracias por ello”); Joyce se siente especial y adora estar en el foco, aunque sabe que sus posibilidades de éxito son bastante escasas (“Tengo 1.852 seguidores en Instagram. No es nada. Una miseria”); Nora entiende que son masa, meros comparsas que sirven de decorado humano para la gente con brillo (“No somos más que sombras movedizas, aisladas, borrosas, al servicio de los caprichos de las grandes estrellas”). Creo que no será necesario continuar aduciendo ejemplos. La intención metafórica de Delphine de Vigan es cristalina: todos somos figurantes, porque fingimos ser lo que no somos, porque nos ponemos máscaras y usamos disfraces para atravesar la vida, pero también porque carecemos de importancia social o histórica. Somos simples hormiguitas cósmicas, auténticos microbios siderales. Polvo, ceniza, sombra, nada, como diría el clásico. ¿Hay que rebelarse o asumirlo? Lean ustedes la obra, mírense en el espejo y decidan.

jueves, 8 de octubre de 2026

Paso de contarlo


 

Dedico una tarde de octubre a leer Paso de contarlo, una delgada selección de cuentos del salmantino César Martín Ortiz en la que encontramos una obra de teatro representada anualmente en un pueblecito, tan bienintencionada como desastrosa (“El Hamlet”); un apunte sobre el andaluz Paco Carmona, que ejerce de meridional en el Madrid moderno (“Flamenco”); el metacuento negativo que tiene como protagonistas a dos hermanas a las que el narrador ve pasear durante veinte años, aunque se resiste a fabular su historia (“Paso de contarlo”); aquel regente que decidió acuñar dos tipos de monedas diferentes en su país, en función del uso que se les pensaba dar (“Dinero virtuoso”); o la reparación imposible de una casa de pueblo, porque las diferentes obligaciones familiares del narrador le impiden dedicar tiempo a ella.

Cincuenta páginas para un libro discreto, agradable pero no memorable, que se lee en un suspiro.

miércoles, 7 de octubre de 2026

Los ciegos

 


Varias personas ciegas (hombres y mujeres, de diferentes edades) se encuentran sentadas en piedras, muy cerca del mar. Reinan entre ellas el miedo y la confusión, porque no saben exactamente dónde se encuentran. Saben que un anciano sacerdote del hospicio los ha sacado para que disfruten de los últimos rayos del sol, antes de que llegue la estación fría, pero ahora no saben por qué las ha dejado solas. Si es una burla, es cruel; si es un castigo, no aciertan a descubrir la causa. Zarandeados por el desasosiego, les parece escuchar pasos, tratan de orientarse por la dirección de la brisa o reflexionan sobre la tristeza que supone no haberse contemplado jamás las caras (“Nunca nos hemos visto los unos a los otros. Nos interrogamos y nos respondemos; vivimos juntos, siempre estamos juntos, ¡pero no sabemos lo que somos!”). Cualquier asidero es válido, para no sucumbir al horror. ¿Es que nadie va a rescatarlos? ¿No va a venir el sacerdote? ¿Tampoco se acercarán las monjas del hospicio, preocupadas por la tardanza? No saben qué hacer. Permanecer sentados les parece un suicidio; caminar, una temeridad; gritar, un gesto inútil. En ese momento, escuchan unos pasos sobre las hojas secas del suelo. ¿Quién podrá ser?

Precursor del teatro desgarrador de Samuel Beckett, Maurice Maeterlinck nos deja en esta pieza todo el miedo de los que no pueden valerse por sí mismos, y se saben obligados a buscar el auxilio de los demás. Terrible drama.

martes, 6 de octubre de 2026

Una niña está perdida en el siglo XX

 


Marius está huyendo. No sabemos de qué o de quién. Simplemente, está huyendo. Atraviesa la ciudad con tensión y prisa. Y de pronto se encuentra con Hanna, una niña de 14 años que porta una caja y que está buscando a su padre, a quien se supone en Berlín. Lo que la caja contiene son las fichas pedagógicas que pueden ayudarla en su educación, porque Hanna tiene trisomía 21 (síndrome de Down). Incomprensiblemente, Marius se arroga la misión de ayudarla, y en su búsqueda comienzan a encontrarse con todo tipo de personajes estrafalarios o simbólicos: Josef Berman (un fotógrafo que ha logrado reunir desasosegantes y asombrosas colecciones de imágenes, tanto de animales como de personas con discapacidad); Fried Stamm (quien, junto a sus hermanos, repartidos por toda Europa, llenan las ciudades de carteles para lograr la “desactivación de los hábitos mentales”); Moebius y Raffaela (dueños de un hotel cuyas habitaciones no tienen número sino nombres de campos de concentración nazis); Terezin (un anciano judío que escucha de manera obsesiva la música que lo acompañó mientras estuvo preso); Vitrius (un anticuario que vive en la cuarta planta de un edificio en ruinas, a la que se accede por una escalera que pende sobre el vacío y que completa un listado de números que inició un antepasado suyo); Agam (un miniaturista inquietante, capaz de reducir a un espacio infinitesimal un mensaje o el plano de una ciudad)…

Y a estos personajes cargados de simbolismo se les unen algunas escenas no menos perturbadoras, que el lector recorre con la piel erizada. El primer ejemplo podría ser el instante en que Marius y Hanna tienen que llegar, a oscuras, a su habitación, avanzando a tientas por los pasillos de un hotel. El segundo (hay un buen surtido de ellos, que no querría desbaratar con mi reseña), la secuencia final de la novela, en la que ambos son absorbidos por una multitud que grita de forma caótica y virulenta.

Una niña está perdida en el siglo XX nos propone un mundo de enigmas y de claves que es necesario interpretar y que se convierten en un código sofocante, poliédrico, revelador. Franz Kafka, Heinrich Böll y Bertolt Brecht se dan la mano en sus páginas.

lunes, 5 de octubre de 2026

Pero ¿qué será de este muchacho?

 


Durante las primeras páginas de este libro de Heinrich Böll (que traduce Joan Fontcuberta) confieso que la forma embarullada de su prosa estuvo a punto de derrotarme: frases truncas, con nombres y fechas que se mezclaban y creaban una niebla para mí ininteligible; alusiones crípticas; ritmo descoyuntado de la sintaxis; alusión a partidos políticos diminutos de la época, con sus porcentajes de voto… Llegué a plantearme abandonar el tomo (he perdido casi toda paciencia con los libros, habida cuenta de los millones que me quedan por leer). Por suerte, perseveré y me sumergí en un fresco que comprende cuatro años de la juventud bölliana, en los que mezcla algunos recuerdos de la escuela, la precaria situación familiar (agobiada por las deudas), el mefítico ambiente de los primeros rugidos del nazismo y la incertidumbre por el futuro.

Miembro de una congregación religiosa durante su etapa escolar (reconoce que faltaba a muchas clases), Heinrich admite que no tuvo problemas ideológicos en esta etapa (“Algunos desaprobaban mis ocasionales frívolas opiniones sobre Hitler y otros peces gordos del nazismo, pero a ninguno de ellos, ni siquiera al que era miembro de la SS, le pasó por la cabeza la idea de denunciarme”, p.26). De los doscientos alumnos del colegio, solamente tres (uno de ellos, Böll) no ingresaron en las Juventudes Hitlerianas. Uno de los que sí ingresaron murió, es curioso, en la guerra civil española de 1936 (“probablemente volando sobre Guernica”, p.40). Heinrich pronto aprendió a evadirse pedaleando en su bicicleta por los alrededores de la ciudad. No podía evitar ser “alérgico a los nazis” (p.54), a alguno de los cuales (Baldur von Schirach) llega a tildar de “botijo”.

En realidad, la escuela se convierte en una especie de hilo conductor que une otros detalles más significativos, sobre los cuales se detiene con más fruición. El novelista encabeza de hecho algunos capítulos de la obra con un procedimiento anafórico de gran ironía (“Sí, ya lo sé, la escuela, vuelvo a ello”, cap.4; “¡Oh sí, la escuela, claro, pero primero…”, cap.5; “¿La escuela? Sí, también”, cap.6; “Sí, la escuela”, cap.7; etc.) para, de inmediato, ponerse a hablar de cuanto ocurría fuera de las aulas. Quizá porque ha descubierto (lo dice en el capítulo 3) que “tal vez no es en la escuela, sino en el camino a la escuela donde aprendemos la vida”.

Unas memorias valiosas, en las cuales solamente encuentro dos elementos menos dignos de aplauso. El primero, como he indicado, la forma balbuciente en que el tomo arranca; el segundo, la sorpresa y el desagrado que me produce encontrarme con múltiples tildes (tercas y erróneas) en los pronombres neutros: “éso” (47), “ésto” (49), “aquéllo” (63). No sé a quién atribuir la torpeza, que chirría incluso para una persona de mediana formación gramatical.

domingo, 4 de octubre de 2026

Plenilunio


 

Es muy difícil, a estas alturas de mi devoción por el autor, intentar una reseña que resulte medianamente objetiva, o que cifre lo esencial del argumento, o que aporte alguna luz distinta sobre los perfiles de sus personajes. Además, he leído tantas reseñas y disecciones de la novela (Plenilunio) que, fatigado de inicio por la tentación absurda o desproporcionada de ser original, claudico gustoso. Un inspector que ha sido trasladado desde “el Norte” (País Vasco) y que ha vivido durante años amenazado por la banda terrorista ETA vive ahora muy lejos, en la zona meridional de España, donde se reencuentra con el padre Orduña (que fue su profesor durante la infancia) y donde tendrá que enfrentarse a un caso tan nauseabundo como perturbador: un asesino de niñas que ha acabado con la vida de Fátima de la manera más terrible (heridas, intento de violación, asfixia por introducción de sus bragas en la garganta) y que ha intentado lo mismo con Paula (quien logra sobrevivir). Su antiguo maestro le sugiere que busque la mirada del delincuente, porque es imposible que en sus pupilas no quede huella de los crímenes cometidos. Y con ese acicate el inspector hablará con todo tipo de personajes (vecinos de Fátima, su maestra, sus compañeros de clase, sus padres), cada vez más enfebrecido con la obsesión de capturar al maníaco. A la vez, en un doble equilibrio emocional, tiene que sobreponerse a sus demonios familiares (su pasado alcoholismo, su esposa internada en un sanatorio mental de forma transitoria, el miedo a sufrir en cualquier momento un atentado por parte de quienes no se van a detener hasta clausurar su respiración).

Quinientas páginas perfectas, marmóreas, agudísimas, en las que veremos al protagonista recuperando la fiebre del amor (que mantendrá una agria lucha contra sus “obligaciones” maritales), reflexionando sobre la maldad del ser humano y llegando a conclusiones atroces sobre el mundo que nos rodea. Todos los personajes de la novela parecen heridos o zarandeados por el estupor agrio de la incomprensión. Por qué los demás actúan como actúan. Por qué matan. Por qué violan. Por qué hacen daño a quienes tienen alrededor. Por qué traicionan. Al padre Orduña le produce horror que Dios tolere esas maldades. A Susana Grey le hiere que su hijo, después de haberle dedicado todo su esfuerzo de crianza en solitario, ahora prefiera irse con su padre. Al forense Ferreras, su izquierdismo utópico se le tambalea cuando advierte la zona oscura del ser humano. "Desde hace años no sabemos del todo quiénes están dentro de la ley y quiénes fuera, quiénes mienten y quiénes dicen la verdad" (se lee en el capítulo 26, quizá como resumen de todas sus perplejidades). Pero cuando todo eso, que destila acrimonia y que vuelve amarga la saliva, se sirve con la prosa inmaculada de Antonio Muñoz Molina resulta imposible no salir del libro con una rotunda sensación de ebriedad estilística.

sábado, 3 de octubre de 2026

Novelas ejemplares

 



Mi amigo Manuel Molino me dijo, hace un par de veranos, que está disfrutando en la jubilación de un placer especial: releer despacito a Cervantes, disfrutando de su prosa, de su ritmo narrativo. No me pareció mala experiencia, así que estoy cumpliendo idéntico propósito con El Quijote (un capítulo cada día, casi con los primeros rayos del sol) y, ahora, con sus deliciosas Novelas ejemplares, cuyos argumentos conozco de sobra (los he explicado en una veintena de cursos durante mi etapa como profesor de literatura) y cuyos pormenores estilísticos me hacen gozar sobremanera. “La española inglesa” es un prodigio irreal de casualidades (“Felice fuera el rey batallador que tuviera en su ejército diez mil soldados amantes, que esperan que el premio de sus victorias había de ser gozar de sus amadas”); “El amante liberal” es un ejercicio, quizá algo menor, de literatura del cautiverio; “Las dos doncellas” es una nueva demostración de equilibrio, donde se mezclan las casualidades y el travestismo (“El apasionado que cuenta sus desdichas a quien no las siente, bien es que causen en quien las escucha más sueño que lástima”); “La fuerza de la sangre” (que encantaba a mis alumnas, sobre todo) supone una restitución de la honra, abochornada por la infamia; “Rinconete y Cortadillo” es la célebre y monumental novela iniciática de dos pilletes que deambulan por la Sevilla suburbial, mafiosa y negra, que quizá se ve enturbiada por un final algo brusco (no dejaré de mencionar aquella ingeniosa hipérbole de Cervantes en la que asegura que los naipes usados por los dos pícaros están ya ovalados por el uso); “El celoso extremeño” es la historia de un viejo que posee una bella perla joven y que sufre por su posesión… ¡Tantas historias, tantos laberintos narrativos! Recuerdo perfectamente la tarde en que, estudiante de primer año en la universidad de Murcia, permanecí durante horas tumbado en el sofá leyéndolas. Cuarenta años después, recupero aquella embriaguez dichosa.

viernes, 2 de octubre de 2026

Trilogía de Madrid

 


Vuelvo por tercera vez a las páginas de Trilogía de Madrid, de Francisco Umbral, un libro que me sigue pareciendo extremadamente duro y exhaustivo, exquisito, reverencial, enciclopédico y biográfico, en el que su autor va recordando e hilvanando todos los retazos de su juventud de escritor novel. Huelga hablar (nos encontramos ante un estilista portentoso) de la calidad de su escritura, que produce asombro y admiración. Este tomo es una sabia mezcla de libros de viajes, de picaresca y de fresco anecdotario, lleno de boutades: elogia a D’Ors y Gabriel Miró; declara ilegible a Pío Baroja; reputa de mareante la prosa de Bergamín: eleva a los altares a Mihura, Azaña y Camilo José Cela; define las sesiones de oficina como “horas/culo”; y dictamina que Alberto Sánchez es el mejor escultor del siglo, sin comparación posible. Intentar resumir este libro sería como intentar resumir Madrid: tarea absurda. Pero el lector tiene, inauditamente, la sensación de haber recibido en los ojos, en el corazón y en el cerebro, ese resumen. Es otro de los prodigios de esta obra.

Anoto una muestra de las frases que he subrayado en el tomo: “El cosmopolitismo es la rama turística de la literatura y no conduce a ninguna parte". “El estilismo es el gran onanismo literario y no creo que se haya inventado nada más eficaz para pasar el rato, para pasar la vida”. “En arte no hay más que intérpretes. En arte no hay creadores. Los colores estaban ahí, el idioma o la música son creaciones colectivas y anónimas. El creador más radicalmente creador no es sino un intérprete afortunado, un virtuoso del instrumento que le esperaba: paleta, música o idioma”. “Romántico es el que tiene un instrumento, y clásico el que solo tiene una preceptiva”. “El novel sabe que es escritor, pero no sabe qué escritor es”. “La muerte burocrática, el homicidio legal nunca ha sido un crimen, o casi nunca, para los poderes de derecha/izquierda, mientras que el delito no burocratizado, aunque menor, es el gran delito que hay que castigar”. “España es una gran desperdiciadora de hombres”. “Ese intercambio de miserias que es el amor”. “El intelectual español, pues, el escritor, el creador, ha de encontrar un delicado equilibrio entre el cuervo localista que le come del costado y el perfil clásico, universal y perdurable de Prometeo”. “Hay gente que no apetece ni matarla”. “La huella digital del tiempo es una foto”.

jueves, 1 de octubre de 2026

Sentires y pensares

 


Santiago Delgado, con su mirada callada de poeta sensible, se detiene en su último libro (Sentires y pensares) en la forma en que las rosas y sus sombras permutan por juego sus colores; en el frescor matinal de las mañanas de otoño en Murcia; en la hermosura de las naranjas en el árbol (“¡Qué buen mirar que tienen!”); en la inefabilidad de ciertas bellezas que emanan de las flores (“Yo sí sé de esa sombra / hecha de piel de pétalo, / pero no sé decirlo”); en el ansia alborozada e imposible de conocer el nombre de todas ellas; en el amor que siente por la descripción del paisaje (“Lo creo mío, y me identifico / mucho con sus pormenores / y aun con sus pormayores”); en los poemas dedicados a los libros nunca leídos (pero jamás despreciados) de su biblioteca; y en los homenajes que rinde en la parte final del volumen a figuras culturales de su predilección (Ovidio, Cernuda, los hermanos Machado, Baremboim, el infamemente quemado Cristo de Tauste, las muertes tristes de Jorge Luis Borges y Miguel Hernández, o el arrebato irreversible de Margarita Gil Roësset, aquella escultora hipersensible que se suicidó, enamorada de Juan Ramón Jiménez, a los 24 años).

Maestro elegante de las seguidillas y de la asonancia (véanse poemas como “Olivo viejo de La Murta”, “Hojas muertas y maletas vacías” o “Acequias”), Santiago Delgado exhibe en esta obra, de forma serena, dos condiciones que siempre he descubierto en su literatura: la de poeta y la de filósofo. Tal vez la versatilidad de sus cuentos, novelas y ensayos haya podido camuflar para muchas personas esas dos vertientes de su pensamiento, pero para mí son cruciales a la hora de disfrutarlo y entenderlo en plenitud. Santiago pasea por las calles, contempla los árboles o las flores, queda en silencio durante la lluvia, reflexiona sobre algunos personajes históricos o deambula por un cementerio; y lo hace, siempre, con las pupilas de un poeta: atentas, receptivas, afiladas. La última demostración son estas 74 composiciones que, con el título de Sentires y pensares, edita con acierto La Fea Burguesía. Búsquenlas.

miércoles, 30 de septiembre de 2026

Galaxia latinoamericana

 


Después de haberlo consultado para la confección de varios temas universitarios (en el siglo pasado), vuelvo ahora a las páginas de Galaxia latinoamericana, de Jean-Michel Fossey, un enjundioso tomo de entrevistas a autores del otro lado del Atlántico, que lleva un prólogo de Rafael Conte. Disfruto con la inteligencia y la elevada sensibilidad de casi todos los autores aquí incluidos; y subrayo muchas de sus frases. Como resumen y ejemplo, copiaré las del premio Nobel guatemalteco Miguel Ángel Asturias (“Soy un enamorado de la palabra: es una cosa esencial, vital, necesaria. Creo que en la palabra está todo y que fuera de ella no hay nada”), las del cubano José Lezama Lima (“Yo creo que ningún verdadero creador debe imponerse una autocensura. Si toda censura de fuera es molesta, una censura del creador me parece todavía más desdeñable e inadmisible”), las de Héctor Bianciotti (“Un mal libro quedará siempre reducido a su tema”), las de Luis Campodónico (“Los escritores que creen demasiado en las palabras olvidan que la finalidad de la palabra poética es conducir al silencio, al silencio esencial”), las de Alfredo Bryce Echenique (“Un cuento bueno nunca puede tener altos y bajos; tiene que ser bueno de principio a fin. Es como una especie de ajedrez, que tiene que terminar siempre con un jaque mate”) o las del habanero Roberto Fernández Retamar (“La crítica literaria no es en absoluto un género literario. La crítica, en todo caso, es literatura sobre literatura, metaliteratura”).

Da gusto escuchar a los mejores: se aprende de sus palabras.

martes, 29 de septiembre de 2026

La intrusa

 


Varios familiares están reunidos en el salón, bastante claustrofóbico, de una casa. Se encuentran preocupados y nerviosos, porque una enferma está descansando en el dormitorio contiguo e ignoran cuál pueda ser su evolución en las próximas horas. “Cuando la enfermedad entra en una casa, siempre parece que hay un extraño en la familia”, susurra el tío. El padre de la muchacha (un abuelo casi ciego, que roza los ochenta años y que, en virtud de esa edad, se juzga que “tiene derecho a ser un poco raro”) sospecha que los demás, para protegerlo, le están ocultando información sobre su hija. Todos los ruidos le parecen sospechosos, todos los silencios le parecen conspiraciones: ¿por qué nadie le quiere decir la verdad? ¿Acaso es que su hija está muriendo y prefieren apartarlo de ese dolor? Suspicaz, hipocondríaco, casi emparentado con el Tiresias de Sófocles (“Ya veo que algo pasa”, dice, y el tío le replica: “En ese caso, ve usted mejor que nosotros”), el abuelo se revuelve contra unos y otros, pregunta, suplica, se alarma cuando le parece oír golpes en la puerta o en la escalera. Finalmente, cuando llega por fin la intrusa, todos entran en el dormitorio y lo dejan, desorientado y solo, en el salón.

Simbólica y poderosa, esta pieza del belga Maurice Maeterlinck (que leo en la traducción de María Jesús Pacheco) te mantiene en una constante tensión nerviosa hasta que, al final, revela sus cartas. Interesante.

lunes, 28 de septiembre de 2026

Mitos griegos

 


Tras un simpático prólogo rimado de Pepe Yagües, la escritora Isabel Soler pasa a contarnos en su último libro (Mitos griegos, editado por Tirano Banderas) una cuidadosa selección de historias ambientadas en el mundo heleno: el mito guadiánico de Perséfone, condenada a alternar su presencia entre el mundo y el inframundo, como consecuencia de un rapto infame y una ingenua veleidad gastronómica; el regalo ardoroso que Prometeo compartió con los seres humanos; la ilusionada labor genesíaca de Pigmalión, quien esculpió a Galatea porque ninguna mujer real conseguía satisfacer sus expectativas; la soberbia tejedora de Aracne, debidamente castigada por la diosa Atenea; la clarividencia maldita de Casandra, condenada a conocer las verdades que los demás no quieren creer; la urdimbre astuta del caballo de Troya; o las peripecias, quizá menos conocidas, de Dríope o Clitia. Historias que se encuentran en la base de la cultura occidental y que, bajo diferentes disfraces e interpretaciones, nunca dejan de sorprendernos y enseñarnos. Ahora, Isabel Soler elige volver a esa alfaguara (ha sido una oportuna idea) con estos versos que, bellamente ilustrados por María Torres Signes, conforman un volumen que no debería estar ausente en ninguna biblioteca escolar.

También me gustaría llamar la atención sobre las sonrientes licencias que la autora va sembrando en las diferentes leyendas del libro y que dan buena muestra de su sentido del humor: Dionisio, a causa del insomnio, “tenía malas notas con demasiada frecuencia”; cuando Dafne rechaza el amor de Apolo, este “no entendía la indirecta”; Atalanta, presionada por su padre, debe elegir entre varios hombres “el que le gustara, como un souvenir”; Pasifae, hija de Helios, “hablaba por los codos”; Ariadna se ha “jugado el tipo” al darle el ovillo salvador a Teseo; y, en fin, esa referencia a que, en el mundo griego, “luchar hasta el final era la tónica”. Lectura y audición quedan, con esos mecanismos coloquiales, enlazadas, para disfrute de quienes acudan al libro. Una gozada.

domingo, 27 de septiembre de 2026

Ligero de equipaje

 


Leo, con absorbente fascinación, el deslumbrante tomo Ligero de equipaje (el contraste entre el título y las más de ochocientas páginas de la obra es llamativo), con el que Ian Gibson (Dublín, 1939) nos entrega su biografía de Antonio Machado. En ella consigue (como consiguió con las varias obras que ha dedicado a Federico García Lorca) que yo sienta al poeta andaluz, que lo perciba como un niño con múltiples raíces (hijo de, nieto de), como un chico que anhela encontrar el amor, como un afanoso joven que busca trabajo, como un adulto que se siente prematuramente otoñal, como un anciano derrotado por los acontecimientos. En este volumen he leído con mucha ternura las páginas dedicadas a Leonor Izquierdo, su única y jovencísima esposa, con la que apenas pudo convivir unos meses, hasta que la enfermedad se la arrebató; y de la que (el irlandés nos lo comunica con pesadumbre) sabemos relativamente poco. También he leído con especial pausa las páginas dedicadas a Pilar de Valderrama, aquel “amor” que Antonio descubrió en los años finales de su vida. Y entrecomillo el sustantivo porque el biógrafo me suministra datos suficientes para ratificar mi impresión de siempre: que Machado quiso saberse enamorado, pero que la mediocre poeta madrileña jamás lo dejó traspasar la frontera de lo “espiritual”, en un injusto desequilibrio que sin duda torturó al sevillano. Valderrama padecía una situación doméstica insatisfactoria (su marido tenía amantes) y con ese débil argumento impuso una relación monacal con el enfebrecido y atribulado poeta, al que posiblemente utilizó para su promoción literaria (“la siempre ambiciosa Pilar de Valderrama”, anota Gibson). “Pilar, tú no sabes bien lo que es tener tan cerca a la mujer que se ha esperado toda una vida, al sueño hecho carne, a la diosa”, le escribe. Pero ella, rígida, se aparta y deja de hablarle cuando Antonio intenta alguna aproximación, aunque sea labial; y le ofrece a cambio una etérea serie de “visiones oníricas”: a determinada hora, ambos pensarán en el otro, para sentirse cercanos (“el tercer mundo”, llamaban, por iniciativa de Pilar, a esa reunión fría e incompleta). La humildad casi rastrera que Machado muestra en sus cartas (llamándola “diosa” a pesar de su gelidez distante o mostrándose comprensivo con todos sus melindres) llega a producir cierto bochorno. Bien es cierto que, como dijo Pessoa, todas las cartas de amor son ridículas; pero las de Antonio Machado a Pilar de Valderrama (las pocas que se conservan, porque ella quemó o mutiló la mayoría) producen sonrojo.

También este libro me ha ayudado a entender ciertas líneas del pensamiento filosófico de Antonio Machado que, por mi deficiente preparación en ese ámbito, siempre me habían resultado más impenetrables. Y qué decir de la crónica (tan detallada como conmovedora) de sus años finales, zarandeado por el infortunio sangriento de la guerra civil: la angustia de Madrid, el apoyo incondicional a la legalidad republicana, el traslado a Valencia, el desplazamiento a Barcelona, la lluviosa salida (en su último tramo, a pie) hacia Francia… No sé cuántas veces habré leído esa crónica (en obras de Gibson o de José Luis Cano), pero siempre me produce la misma y dolorosa sacudida emocional, donde veo el estupor del poeta, su callado estoicismo, su desgarro, su silencio horizontal en el cementerio de Collioure. Aplaudo con lágrimas.

viernes, 25 de septiembre de 2026

Aquel jardín


 

Hoy, cuando se cumplen seis meses (¡seis meses ya!) del fallecimiento del poeta José Luis Martínez Valero, me levanto muy temprano, antes del amanecer, y abro las páginas de su libro Aquel jardín, que le publicó La Fea Burguesía a finales de 2025. Durante dos horas, leo en susurros sus versos y me encuentro con sus recuerdos infantiles (esa madre que teje mientras lo ve jugar); con Águilas y la Isla Grosa; con el hombre silencioso que se queda en la playa anunciando el final del verano, en la última línea del tomo; con aquel Jardín en el que quizá no estuvimos nunca, pero del que fuimos expulsados; con Anna Ajmátova, que lee en voz baja sus versos y luego los quema con una cerilla; con la capacidad que tienen los vocablos para convertirse en objetos inmortales, que dan fe de nuestro interior, de nuestras ideas, de nuestros sentimientos (“Las palabras no cumplen años, / son siempre jóvenes adolescentes”); con el niño que juega en la orilla del mar, saltando sobre las algas secas; con la presencia del hermano, en la cama de al lado. Y, sobre todo, con la tristeza que empapa todas las composiciones que se tributan a quienes viven al otro lado, abajo, en la desolación soleada de África, soñando con una vida mejor un poco más al norte (“En racimos todos sonríen, / saben que al otro lado está la abundancia. / Se colocan sobre la borda del barco, / se marean, se hunden, sobrevuelan / la profundidad de los mares, / mientras caen como palomas cansadas”).

Solamente una cosa echo de menos en este libro, solamente una: la voz de José Luis. La forma en que leía con pausa y con hondura sus versos, alejado de toda solemnidad hueca, alejado de todo barroquismo tonal. El modo en que dejaba que las palabras saliesen de su boca con calma casi budista, sabiendo que la llovizna es más beneficiosa que el chaparrón, que la brisa es más hermosa que el vendaval, que la ola se recuerda con más cariño que el tsunami. Siempre presente.

jueves, 24 de septiembre de 2026

El fantasma del museo

 


Me dejó tan buen sabor de boca la lectura de su novela juvenil Detective privado que he decidido acercarme a las páginas de la segunda entrega de la serie que lleva el nombre de Justino Lumbreras: El fantasma del museo. Y constato, no solamente el buen manejo narrativo de Luis Leante, capaz de seducir a jóvenes y mayores con su prosa, sino también la gracia de este personaje, que llegó al mundo de la investigación privada de forma casual (las desavenencias con su jefa en la compañía de seguros Aurora lo animaron a seguir un curso de detective por correspondencia) y que, tantas veces, logra ir resolviendo los casos gracias a la casualidad, a las intervenciones de su hija Cande y al buen hacer de su ayudante Narciso Santín.

En esta ocasión, todo gira alrededor de un pequeño cuadro que ha desaparecido en el museo de la Fundación Ricardo Riveiro. Parece que lo han robado, pero la ausencia de pistas, la limpieza desconcertante de la sustracción, lleva a todo el mundo a relacionar el caso con la vieja leyenda del fantasma de Adelina, una pequeña que murió de tuberculosis y cuya presencia estremecedora en el museo (sonidos, movimientos, llantos) ha sido advertida por muchas personas a lo largo del tiempo. A partir de ese punto se inicia una trama en la que varios vigilantes y limpiadoras son interrogados, sin fruto aparente. Nadie parece saber nada. Nadie parece implicado en el robo. Y, por si faltara algo para que la cabeza de Justino explote de impotencia, una llamada telefónica de la vieja profesora jubilada doña Resu (que fue quien le enseñó sus primeras letras) le pide que la ayude en un caso doméstico, pero angustioso, que la tiene amargada. El lector, desde el principio, va acumulando interrogantes: ¿Cómo es posible que se estén produciendo desapariciones en el hogar de doña Resu? ¿Cómo es posible que Justino Lumbreras se haya quedado encerrado bajo llave en un panteón del cementerio? ¿Cómo es posible que, leyendo un libro de Edgar Allan Poe, la inquieta y perspicaz Cande ponga en las manos de su padre la solución al enigma? Van a tener ustedes que leer el libro para averiguarlo.

miércoles, 23 de septiembre de 2026

El bonito crimen del carabinero


 

Se puede entrar en un libro con la convicción de que no es una obra memorable y, sin embargo, disfrutar del paseo. Lógicamente, no es lo mismo pasear por una avenida lujosa de Barcelona o Buenos Aires que hacerlo por las callejuelas de un pueblo asturiano. Pero, ¿quién nos dice que debamos considerar menor lo que es más pobre o más pequeño? La vieja, estrecha, empinada y pobre calle donde me crie en Blanca no la cambio por ninguna otra del mundo. Así que cuando abro las páginas de El bonito crimen del carabinero, de Camilo José Cela, sé que no entro en los Campos Elíseos, ni en Hollywood Boulevard, ni en Abbey Road. En el viejo ejemplar que conservo en mi biblioteca anoté en febrero de 1986 estas palabras bajo el título: “Fruslería. Pa qué”. Ahora, cuatro décadas más tarde, tendría que volver a preguntarme lo mismo, aunque prefiero no hacerlo, pues he comprendido que para sentir ternura o cariño por un gato no hace falta que sea un Ashera.

Cela nos ofrece historias que dan la sensación de estar inconclusas o carecer de sustancia (“Se alquilan galas nupciales”), y eso te hace fruncir el ceño, porque sientes que se está burlando de ti; pero a la vez es capaz de dibujar piezas tan hermosas como “Baile en la plaza” o evocaciones tan tiernas como esa “Elegía de los autobuses pequeños, saltarines, desvencijados”. Al cerrar el tomo, acaricio su cubierta y sé que, cuando lo vuelva a poner en el plúteo, seguramente no lo volveré a sacar nunca. La caricia es una despedida lánguida. También lo acepto.

martes, 22 de septiembre de 2026

Paisajes (ciezanos) y lecturas

 


Mientras recorro las primeras páginas del volumen Paisajes y lecturas (ciezanos) no puedo evitar acordarme en primer lugar de uno de los prologuistas del tomo, Bartolomé Marcos Carrillo, inteligente profesor de instituto al que mi promoción (ay) me temo que martirizó con sus tontunas infantiloides allá por 1980. Después, tras un suspiro melancólico y una petición silenciosa de perdón por aquellas adolescentes barrabasadas, me encuentro con el sabroso contenido del tomo, que disfruto en silencioso respeto. En primer lugar, los textos que Pedro Diego Gil López dedica a su entorno, convertidos con tinta en espléndidas hojas, que me traen a la memoria algunos paisajes que conocí en mi adolescencia (viví en Cieza dos años): la finca del Menjú (“Un lugar idílico, de ilusiones perdidas, de transformaciones imposibles, de propiedad sin cordura”, p.13); la cantera de mármol de los Losares (que lleva más de tres décadas abandonada); el Almorchón (“Una peonza montañosa que quedó boca arriba cuando un niño la perdió después de jugar con ella a los cataclismos”, p.42); o la sierra de la Palera (la cual “se yergue en una cúspide absoluta, entre los pinares que se incendian cíclicamente con los mismos rayos de las tormentas secas”, p.77). Son las miradas y las emociones que una persona sabia es capaz de desplegar cuando contempla sus paisajes: es decir, los ojos del niño y las palabras del adulto.

Después llego hasta las interesantes reflexiones que Jesús A. Salmerón Giménez va desgranando sobre un elevado número de autores y obras, sobre los cuales emite atinados juicios: Rafael Chirbes (“Una prosa vigorosa, ágil, precisa, hermosísima”, p.121), la nota funeraria que le dedica a Henning Mankell (pp.137-138), su elogio exaltado de José Emilio Pacheco (“Uno de los más grandes poetas que he leído, de los que más me han llegado al corazón”, p.176) o el emocionado tributo que ofrenda a Gabriel Celaya cuando se cumplieron 25 años de su muerte (pp.200-203). Pero además de esas notas críticas también se incluyen poemas de creación propia o microrrelatos como el que aparece en la página 156. Y, como cierre delicioso del libro, un excelente reportaje fotográfico que ilustra paisajes y actos culturales en los que ambos escritores encontraron fuente de inspiración.

Un trabajo espléndido de la editorial Almadenes que conviene aplaudir con entusiasmo.

lunes, 21 de septiembre de 2026

Poesía


 

Después de haber leído no menos de cincuenta veces (no exagero) sus famosas Coplas (era uno de los temas que con más gusto explicaba en mis clases), dedico unas horas a recorrer la Poesía completa del autor, en la vieja, manoseada y adorable edición del profesor Giovanni Caravaggi. Entiendo que para un lector actual, acostumbrado a ciertos modos de pensamiento, a ciertos usos sociales y a cierto estado de lengua, el paseo por estos versos puede resultar dificultoso, pero si uno se sobrepone a esas trabas descubrirá interesantes juicios sobre la fragilidad de los mentirosos (“Que quien tantas vezes miente, / aunque ya diga verdad, / no es de creer”) o sobre la cálida presencialidad que exige el auténtico amor, en unos versos en los que Manrique introduce una inquietante coda de amenaza (“Quien quisiere ser amado / trabaje por ser presente, / que quan presto fuere ausente, / tan presto será olvidado”). Por supuesto, leo otra vez (y lo hago en voz alta, en la soledad de mi despacho), las Coplas a la muerte de su padre, que me vuelven a parecer un prodigio de intensidad, de sencillez y de sabiduría. Supongo que ahora, a mis sesenta años, percibo con más intensidad los matices crepusculares del poema, que quizá solamente eran un “tema” durante mis lecturas de juventud. Bien está. Quien no aprende algo nuevo cada día es porque tiende al despiste o porque está muerto.