martes, 31 de marzo de 2026

Alegrías de Guadiana

 


Comencemos por una confesión (no orgullosa ni avergonzada, pero sí explícita): nada sé de flamenco. En general, nada sé de música, si me sacas de los Beatles, Kitaro o REM. Como decía una profesora mía del instituto: no tengo oído, tengo orejas. Así que acudo al manantial de Internet y me entero de que las alegrías son el palo más festero del flamenco, que proceden de Cádiz, que Miguel Poveda las borda y que “tienen una cadencia natural que parece mecerse como una ola. Sus subidas son golpes de mar. Sus bajadas, barcas” (me ha gustado tanto esa definición que la copio con aplauso de https://www.corraldelamoreria.com). Pero he comprado el libro Alegrías, de Marino González Montero, y me gusta aprender cosas. Y lo principal que me ha sido dado aprender en estas páginas es que el autor extremeño, además de un prosista y un dramaturgo magnífico, no es peor poeta (o “cantaor del verso”, como quizá resulte mejor). Sirven para demostrarlo estas composiciones juguetonas, alígeras, que nos hablan de penas (“Mañana parte un vapor / directo a Constantinopla / no encuentro sitio mejor / pa’alejarme de este mundo / y poder llorar a solas”), de admiraciones musicales (“Las cuerdas de la guitarra / quieren que venga la noche / pa soñar entre tus manos / ande lo dulce se esconde”) o de erotismo (“Te vi meterte en el agua / y supe que estaba fría / por tus labios de morao / y porque el cuerpo me ardía”).

Y, por supuesto, no dejen de extasiarse con las fotografías, espectaculares, de Nazaret Nova, que nos muestran brumas al atardecer, barro cuarteado, palomas que aguardan para lanzarse al vuelo, chicas que contemplan el agua, paseantes de otoño o nocturnos con farolas. Una delicia visual que se va alternando con la delicia poética. Intenten no perdérsela.

lunes, 30 de marzo de 2026

Criaturas no domésticas

 


La editorial Liliputienses, que anda de celebración (sus lectores andamos de celebración siempre), acaba de poner ante nuestros ojos el poemario Criaturas no domésticas, de la mexicana Zel Cabrera. Y ha sido curioso cómo, apenas leídas dos o tres páginas del volumen, me haya venido a la memoria una frase que Ramón Gómez de la Serna dejó consignada en su Diario póstumo: “Los repetidos sellos de “archívese” que nos quieren o nos van poniendo a la espalda no deben resistirse; hay que escapar apenas se les sienta”. Quizá de eso trata la rebeldía de Zel Cabrera: de ser poeta no doméstica, iluminadora de grutas. Ella lo dice de un modo más explícito: “Escribir me hace una criatura salvaje, exagera mis rasgos de animal, olfato, tacto, vista, alerta, no civilizada, sin horarios, sin rutinas, sin amor, sin más patria que las palabras, sin más patria que este poema”. Perteneciente a una dinastía (a un mundo, en realidad) de mujeres habilitadas para el ámbito doméstico o resignadas a él (su abuela, su madre), ella se confiesa incapaz de amoldarse a sus registros: odia fregar los platos, no dobla bien la ropa limpia, se aburre eligiendo productos en el supermercado, se le quema el arroz. Por eso busca su universo en la poesía. Pero no en cualquier tipo de poesía, sino en la concebida como alboroto de verdad y desgarro, en la que saca las uñas y deja surcos de sangre, en la que reivindica su decisión de no ser una muñeca bonita para agrado de los demás.

Y de pronto, cuando ese territorio ha quedado establecido y parece marcar los senderos del poemario, la voz comienza a hablarnos (y la saliva del lector se agría) de una relación tóxica que padeció: aquel hombre que desdeñaba sus versos (porque los sospechaba superiores a los suyos), que le pedía depilarse el pubis (para cumplir sus fantasías de pedófilo masturbador), que la pretendía boba y “femenina”. Zel Cabrera no fue feliz (¿cómo podría serlo?) en aquel tiempo de convencionalismos y renuncias, en el que todo, hasta los colores, estaban regulados (“Si tienes vulva te toca el rosa”) y en el que urgía plegarse a la vieja domesticación social de los roles impuestos por los varones (“Rejas que llamaron hogar, los hijos que Dios mande, y vivieron felices para siempre”).

Criaturas no domésticas es una maravilla de texto, de los que abren los ojos y te obligan a reorganizar la mente. Se agradece mucho que, de vez en cuando, nos llegue un soplo de aire fresco de este calibre para reflexionar.

domingo, 29 de marzo de 2026

La sangre de los libros



Acabo hoy la trilogía de obras que el valenciano Santiago Posteguillo dedica a la historia de la literatura a través de anécdotas, episodios poco conocidos e incluso secretos que aún permanecen sin desvelar. Todas ellas me han gustado, porque me han hecho disfrutar y me han permitido aprender. ¿Es concebible no aplaudir en estos casos? La sangre de los libros vuelve a aportarme un buen número de instantes sorprendentes o enigmáticos, relacionados con el mundo de los libros: la manera azarosa y providencial con la que Francesco Petrarca rescató de ser quemado (en 1333) un manuscrito que contenía el original de la defensa de Archia, obra de Cicerón; el modo casi detectivesco con el que los hijos de Dante Alighieri descubrieron los últimos cantos (hasta entonces perdidos) que completaban la Divina comedia; la tristeza desolada e infinita de Charlotte Brontë, viendo cómo todos sus seres queridos morían, le rechazaban su primera novela y el hombre (casado) del que estaba enamorada no le prestaba atención; la terrible agorafobia de Emily Dickinson, dentro de la cual escribió su íntima y genial poesía; el oportunísimo eclipse de sol que se produjo a los pocos minutos de la muerte de Gustavo Adolfo Bécquer; el sangriento modo que eligió para suicidarse el italiano Emilio Salgari, creador de personajes como Sandokán; el asombroso encargo que un presidente francés le realizó a un novelista español; o los orígenes conquenses de Elias Canetti (cuya familia, sefardí, fue expulsada de Cañete y tuvo que cambiar de país y de idioma).

Quizá lo más atractivo del volumen (siendo muchas las bondades que exhibe) sea la manera en que Santiago Posteguillo novela sus anécdotas, convirtiéndolas en hermosas minipelículas (y que conste que no utilizo la palabra con ironía, sino con aplauso) que recorremos con la ilusión de desentrañar su enigma. “¿De quién nos está hablando esta vez?”. En ocasiones, resulta fácil deducirlo desde las primeras líneas (porque reconocemos algún nombre o alguna fecha); pero en otras el misterio queda protegido casi hasta el fin, y eso impregna la lectura de un placer adolescente que me ha encantado recuperar. Además, redondea el tomo de una manera magnífica: “Y, por lo que más quieran, no se detengan, no dejen de leer ahora simplemente porque se nos hayan terminado las páginas”. Tiene toda la razón: sigamos leyendo más libros. Muy notable.

sábado, 28 de marzo de 2026

Piensa mal... ¿y acertarás?


 

Dos sensaciones contradictorias me asaltan cuando llego a la última página del drama Piensa mal… ¿y acertarás?, de José Echegaray. Por un lado, reconozco la gracia y el aire agradable de algunos tramos de la obra (que está en verso), los cuales se deslizan con una facilidad no exenta de mérito; por el otro, me disgusta el ampuloso tono melodramático que en otras secuencias flota en sus líneas. En general, creo que es más una obra “de oficio” que una pieza “de talento”, pero sin desdeñar sus bondades. Por lo que no paso (ni muerto ni vivo) es por las acotaciones absurdas que el escritor madrileño introduce de vez en cuando, explicando lo que ocurre en la obra, por si uno es imbécil y no se ha conseguido enterar. Qué poca fe en su capacidad para explicarse. Qué poca fe (y esto es peor) en la inteligencia de sus lectores.

En pocas palabras, todo gira alrededor del matrimonio formado por Olvido y Benigno (el simbolismo de los nombres ni siquiera merece aclaraciones), que tienen acogida en casa a la pequeña Nieves. No es hija de Benigno, sino huérfana a la que tienen “adoptada”. Pero pronto descubrimos que Nieves, en realidad, es hija de una ingrata experiencia que tuvo Olvido con un misterioso personaje… quien terminará apareciendo por la obra, sin saber de su paternidad. Los enredos y los malentendidos, como es fácil calibrar, menudean en el segundo acto y llegan a su culmen en el tercero, donde se llega al clímax de aceptación, de tristeza y de perdón. Si vuelvo a Echegaray, no será con una obra en verso, lo tengo claro. Le pondremos un “bien”, como se dice en el colegio: ni aplausos ni abucheos.

viernes, 27 de marzo de 2026

La espalda del fotógrafo


 

Cuatro libros de José Luis Martínez Valero estaban dormidos en mi biblioteca, esperando el momento de emerger y abrirse ante mis ojos; y esa ceremonia, que se habría iniciado en cualquier momento, ha tenido que acelerarse a causa de su muerte. Compartí charlas con él; lo escuché en el museo Ramón Gaya; le oí recitar dos o tres veces; nos vimos en una decena de presentaciones de libros; y hasta brindamos en una reunión de lectores y escritores que se produjo en Mula, en la casa del pintor Juanjo Ayllón. Pero solamente una de sus obras (qué bochorno) está reseñada en mi blog. Que nadie me pregunte la razón, porque no la hay; o yo, al menos, no acierto a encontrarla. Un puro y maldito azar desatento, que me avergüenza anotar.

Así que, durante una tarde de café, soledad y silencio, leo en voz alta (así me gusta la poesía) La espalda del fotógrafo, que es un volumen lleno de olas, de cielos (la idea de utilizar el color azul en la cubierta es admirable), de recuerdos de la infancia, de pájaros y de homenajes líricos (preciosos los que tributa a María Cegarra, Aurelio Guirao y Luis Cernuda). En cada texto, y son muy breves, vemos el reflejo de un rayo de sol, el aroma de una playa, la suavidad ondulada de una brisa. Leemos definiciones de sí mismo que nos embriagan por su sencillez y su hondura (“Soy sólo un hueco / donde anida la palabra”). Nos invaden imágenes de su Águilas natal que, expresadas en apenas seis vocablos, valen por toda una enciclopedia de nostalgias (“Huele a algas en mi memoria”). Asistimos a momentos de gozosa plenitud, casi guillenianos (“Alzas la mirada y todo es cielo. / En tu mano sostienes la copa / y todo es mar”). O sentimos el brío inenarrable de sus comparaciones (“Es pálida y transparente como la piel de una lágrima”) y sus metáforas (“El gorrión, piedra con alas”).

Todo contribuye al éxtasis de escuchar y de sentir, porque la voz de José Luis era pura, deleitosa, pausada. De tal manera que cuando escribe que sus versos quedarán “tendidos en la playa, como mansos cuerpos sobre la arena” nos damos cuenta de que sí, que así es y así será. De vez en cuando pasearemos por esa playa y creeremos escuchar sus palabras, traídas por el oleaje. El poeta ya es agua y sal, en las orillas agradecidas de Águilas.

miércoles, 25 de marzo de 2026

Monstruo de ojos verdes

 


Nunca una equivocación mía ha sido tan gratificante como la experimentada al sumergirme en las páginas de Monstruo de ojos verdes, de Joyce Carol Oates (que he leído gracias a la traducción de alguien cuyo nombre la editorial, vaya por Dios, no menciona). El motivo de mi equivocación será transparente para los lectores del Cisne de Avon: pensaba que era un libro sobre los celos. Pero no: es un libro sobre la forma en que una familia se erosiona, como consecuencia de los malos tratos. Y la escritora de Lockport, como siempre, lo borda.

La narradora se llama Francesca (Franky) y es la hija adolescente del gran jugador de fútbol americano Reid Pierson, ahora retirado y convertido en un exitoso comentarista televisivo. Está casado con Krista, con la que tiene dos hijas (la ya mencionada Francesca y Samantha), además de ocuparse del hijo habido en su primer matrimonio, Todd. La posición económica de los Pierson es muy notable (Reid gana muchísimo dinero), viven en una mansión de diseño, alternan con lo mejor de la sociedad, salen constantemente en los medios de comunicación… pero el ambiente dentro de la familia ya no es tan esplendoroso, porque el antiguo ídolo deportivo es una persona controladora, intransigente, machista, autoritaria y con cierta tendencia a utilizar la fuerza física como forma de amedrentar a su esposa. Hastiada y con ganas de vivir su propia vida, Krista opta por refugiarse en una cabaña cuya propiedad comparte con su hermana. Y en ese punto se inicia una terrible guerra psicológica, en la que Reid utilizará todos los mecanismos para lograr que sus hijas se pongan de su lado y se conviertan en enemigas de su madre, que “ha traicionado” a la familia y que seguramente tiene un amante.

No les desvelo nada más, pero sí les advierto de que se preparen para asistir a un drama lleno de acíbares, chantajes emocionales, algunos moratones (camuflados con pañuelos en el cuello y mangas largas), decepciones adolescentes y una grave y profunda tensión de odio entre varios protagonistas, que se resolverá con alguna que otra muerte. Directa y magistral, Joyce Carol Oates vuelve a dar en la diana con su estilo literario, que te obliga a sonreír o acongojarte casi en cada página. Una maestra.

martes, 24 de marzo de 2026

La estrella robada

 


Después de haber paseado mis ojos cien veces por el nombre de Mary Higgins Clark en varias librerías de segunda mano, he decidido adquirir (y leer esa misma tarde, sin pausa) su novela La estrella robada, que traduce Matuca Fernández de Villavicencio. Y estoy seguro de que no será mi última aproximación a la autora norteamericana, porque ha conseguido que el ritmo de su prosa me lleve de la mano con un argumento que, quizá, abusa de las casualidades y el ternurismo, pero que engancha y convence. Bien por ella.

Imaginen que estamos en una iglesia de Manhattan, de la que cuida monseñor Ferris. Es de noche. Y, mientras está cerrándola, no advierte que un delincuente llamado Lenny se ha escondido en el confesionario, para proceder después al robo de un valioso cáliz de plata, que perteneció al obispo Santori. Mientras, en el exterior de la iglesia, una chica llamada Sondra, que acaba de ser madre y no puede asumir el cuidado de la niña que ha traído al mundo, abandona al bebé en un carrito, esperando que monseñor Ferris le consiga una familia de adopción. Por desgracia, lo que ocurre es que Lenny comprende que llevarse ese carrito le puede servir como herramienta de despiste, en caso de que lo persiga la policía. Resulta fácil comprender el drama que se inicia en ese punto. Y la continuación del mismo, siete años después, se enrarece más todavía con un testamento que ha sido falsificado, con una concertista de violín que acude para tocar en el Carnegie Hall, con un policía perspicaz y, sobre todo, con una mujer llamada Alvirah que se obstina en descubrir la solución de todo el enredo.

Elegante y clara a la hora de exponer su historia, Mary Higgins Clark consigue un relato convincente y que sirve para amenizar un par de tardes de lectura sosegada. No es mal negocio.

domingo, 22 de marzo de 2026

El otro barrio


 

Hay vidas que, desde su inicio, están marcadas por el infortunio, por los signos negros de la desesperanza, como si un dios las trazase con furia vengativa. Los que hemos nacido a este lado de la línea generalmente no pensamos en ellas; o consideramos que sus propietarios, al fin y a la postre, pudieron elegir el camino recto, la senda adecuada. Pero no es así. O no es, al menos, tan fácilmente así. Pascual Duarte, que tuvo que transitar por un sendero no demasiado agradable en su juventud, lo dictaminó con palabras certeras: “Hay hombres a quienes se les ordena marchar por el camino de las flores, y hombres a quienes se les manda tirar por el camino de los cardos y de las chumberas”. Ramón Fortuna, un adolescente que vive en Vallecas y que es huérfano de padre, queda atrapado de forma azarosa en un episodio que mezcla lo cómico y lo trágico: mientras abre una lata de berberechos, tira de la tapa con tanta rudeza que rebana el cuello de su mejor amigo. A partir de ese momento, el escándalo de la sangre aumentará por nuevos caprichos del Destino: una muchacha que cae aparatosamente por el balcón y sufre múltiples traumatismos; una vecina que pierde la vida cuando se le parte el cuello; un perro que es arrojado por el hueco de la escalera; otro vecino, que se desnuca contra un escalón… Este horror sonriente, casi tarantínico, llega a su término cuando Ramón, como responsable del estropicio, es recluido en un Centro de Menores. Allí conocerá a Aníbal (un interno que padece una grave enfermedad) y a Vicente (el trabajador que más se implica con los chavales); y allí, también, será entrevistado por Marcelo Román, quien se va a encargar de su defensa.

Permítanme que no les aporte más detalles argumentales (dejo fuera, de manera deliberada, los más jugosos, incluidas las sorpresas del tramo final) y que reclame su atención sobre el modo en que Elvira Lindo describe en las páginas de esta obra la vida del barrio, con sus miserias, sus sueños incumplidos, sus ilusiones abortadas, sus equivocaciones de juventud, sus mentiras; pero también con sus sacrificios amorosos, con sus amistades, con sus pequeños gestos de ternura y de complicidad. Y no olvidemos la impresionante voz de ese fantasma que… Ah, perdón, he dicho antes que no iba a contar nada más del argumento. La dejo en sus manos: que la disfruten tanto como yo.

sábado, 21 de marzo de 2026

La noche en que Frankenstein leyó el Quijote

 


Realicé en 2024 mi primera aproximación a la obra de Santiago Posteguillo, con el libro El séptimo círculo del infierno ( https://rubencastillo.blogspot.com/2024/05/el-septimo-circulo-del-infierno.html). Y, como me dejó una agradable impronta, renuevo mi interés con La noche en que Frankenstein leyó el Quijote, que replica el procedimiento del anterior: anécdotas literarias convertidas en pequeños relatos o diapositivas, muy bien narradas y con su punto de misterio narrativo. A veces, el enigma no es tal, porque identifico desde la primera línea de quién está hablando (por ejemplo, cuando dice que un hombre llamado Max vuelve en junio de 1924 de un funeral); pero en otras ha conseguido convertirme en ese lector infantil o juvenil que está ansioso por descubrir la identidad del personaje protagonista. Posteguillo, qué duda cabe, lo hace muy bien.

Con agrado, con auténtico placer, los lectores vamos descubriendo que fue Zenódoto de Éfeso quien aplicó el método alfabético para ordenar la biblioteca de Alejandría; o asistimos fascinados al relato novelesco de cómo Diego Hurtado de Mendoza entregó el original del Lazarillo de Tormes a un editor inescrupuloso para que lo convirtiera en libro; o leemos sobre la posible intriga de espionaje que convirtió a Shakespeare en una simple marioneta, que puso su nombre para que se fueran publicando las obras de Marlowe; o nos compadecemos del niño cojo y tímido que terminaría convirtiéndose en uno de los autores de novela histórica más famosos del mundo; o sonreímos con la anomalía vengativa (y algo soberbia y rencorosa) que utilizó José Zorrilla para ingresar en la RAE, pronunciando su discurso en verso; o asistimos en silencio al bautismo de una niña cuyo padre (un sacerdote) no pudo reconocerla; o sentimos la congoja de Jane Austen cuando le fue rechazada su novela Orgullo y prejuicio; o, en fin, nos enteramos de que la Gestapo robó en casa de Dora Diamant un buen número de cartas y originales de Franz Kafka, sin que actualmente sepamos si fueron destruidos o se conservan en algún lugar ignorado.

En cada cuadro, Santiago Posteguillo nos descubre un pliegue poco iluminado de la historia literaria o nos invita a reflexionar sobre la sinrazón humana (tras contarnos cómo Raymond Chandler estuvo a punto de morir durante la Primera Guerra Mundial, antes de escribir sus fascinantes novelas negras, nos dice: “Nunca sabremos cuántas otras novelas, obras de arte, avances científicos, vacunas, descubrimientos o maravillas se nos quedan cada día en las interminables trincheras de este mundo, en un bando o en otro”, p.148). Sí, salgo convencido de esta segunda aproximación a la obra del autor valenciano. Habrá una tercera dentro de poco.

viernes, 20 de marzo de 2026

La compañía de las moscas

 


Hace años se produjo en el colegio Anna Frank un sangriento incidente: un trío de estudiantes penetró en sus dependencias, armados con fusiles y pistolas, y animados por el alcohol y por el deseo de venganza perpetraron una auténtica masacre. Por fortuna, el líder de aquellos descerebrados fue abatido de un balazo en la cabeza antes de que aumentara la cifra de víctimas. ¿El responsable de aquel disparo? Un profesor de Lengua y Literatura con fama de huraño que se llamaba Julián Echevarría y que también terminó muriendo en el tiroteo. Ahora, una década después, un periodista que está investigando aquel luctuoso episodio mantiene ciertas reservas con respecto a la versión oficial. ¿Fue realmente el profesor Echevarría el autor de aquel disparo salvífico o lo protagonizó otra persona, al modo en que lo planteaba John Ford en la película “El hombre que mató a Liberty Valance”? Para resolver ese interrogante, César Mallorquí, el gran César Mallorquí, nos invita a conocer la historia desde el principio, presentando ante nuestros ojos a algunos de los protagonistas de aquellas macabras jornadas: el torturado Julián Echevarría (que se esconde en el alcohol para no afrontar el recuerdo de una muerte terrible, de la que se siente culpable); el atribulado Raúl Jordán (cuyo padre es un militar de comportamientos patológicos, que le exige más allá de lo humanamente razonable); o el superdotado Daniel Castro (que se camufla bajo la personalidad de Mr. Cristal, porque es demasiado frágil para enfrentarse de forma abierta con las personas de su entorno).

Dibujando su escenario con diabólica eficacia, César Mallorquí nos invita a reflexionar sobre una serie de temas cruciales: ¿sabemos de verdad qué dolores y qué traumas acongojan el alma de quienes nos rodean? ¿Somos capaces de prever hasta qué punto nuestras ideas y nuestros actos influyen sobre quienes viven a nuestro alrededor? Y, sobre todo, ¿estamos dispuestos a esforzarnos para ayudar a los demás, venciendo sus reticencias o sus desdenes iniciales? Si no lo han pensado nunca, les aseguro que lo pensarán mientras lean las páginas de La compañía de las moscas.

jueves, 19 de marzo de 2026

Paseando con Schopenhauer

 


Supongo que los hombres no estamos capacitados para entender de verdad lo que sienten las mujeres, lo que padecen las mujeres, lo que experimentan las mujeres por el hecho esencial de serlo. Podemos esforzarnos, perseverar, querer (muchos lo hacemos, con la mejor de las intenciones), pero juzgo que siempre nos quedaremos lejos del entendimiento pleno. Y una de las formas de ahondar en esa voluntad honorable es leer libros escritos por mujeres, para acercarnos a su punto de vista, a su centro, a su aleph cordial e intelectual. Hoy he tenido la suerte de encontrarme con las páginas de Paseando con Schopenhauer, de María Pilar Conn, norteamericana de Murcia, californiana de Cabo de Palos, sevillana del verso. Desde el principio, me fascina el modo en que utiliza algunas citas del viejo filósofo para construir sobre ellas, con ladrillos de rabia y lucidez, sus líneas de desafío, sus poemas de rebeldía. En ellos fulgura, como una llama, el arrojo del Yo, que se yergue con valentía frente a los asideros espurios de la religión o de la moral convencionales para establecer sus propios parámetros. Ese Yo emana de las vísceras de una mujer que a veces flaquea, porque somos humanos (“Hoy no me soporto. / El pilar de mi nombre no está”), pero que casi siempre alza su voz recia, firme, que nos habla de graves dolores de infancia (“El sueño americano”), reivindicaciones de género (“Mujeres tristes en la calle Esperanza”) y soledades que erosionan… y fortalecen, porque pertenecen a alguien que no solamente ha buscado su lugar en el mundo, sino que ha peleado por él con tesón y dignidad.

En este libro, diseminados por los poemas, se adivinan dolores personales de muy honda textura (“La vida iba a ser otra cosa”) de los cuales nos compadecemos, aunque tengamos que permanecer fuera de los pormenores biográficos que los generaron (ese territorio es privado). Lo que sí podemos hacer, como lectores, es intuirlos a través del velo de lágrimas que recubre algunos versos, aquí y allá; y, por supuesto, conmovernos con su espíritu.

miércoles, 18 de marzo de 2026

Emily Dickinson. Amor como los árboles

 


Dispongámonos a escuchar, a ver, a sentir el diálogo que se desarrolla entre dos mujeres en medio de las cuales fluye una electricidad poderosa y secreta: la que emana del amor. UNA tiene unos años más que OTRA (comenzó sus estudios en la universidad cinco años antes) y es más decidida y más enérgica: ya hace tiempo que ha optado por la escritura y, sobre todo, por la vigorosa decisión de elegirse libre. OTRA, menos aguerrida, se camufla tras pudores y tras convencionalismos, que la instalan en un territorio confortable y la exoneran de culpas (aunque también la alejan de la felicidad). Ahora, ambas se encuentran de visita en la vieja casa de la poeta Emily Dickinson y curiosean su universo: los muebles, la calidad de la luz, la disposición de los papeles, los viejos zapatos. UNA siente en su alma la volcánica presencia del amor, pero se enfrenta al espíritu refractario o hermético de OTRA, que parece negarse a entenderlo. Le recita poemas, le recuerda canciones, le refresca cartas… y finalmente le confiesa (de un modo paulatino) que todo lo ha compuesto para ella, porque siente “un amor más puro, más alto… y más intenso y más libre”, como el que sintió la propia Emily Dickinson por su cuñada Susan Gilbert.

Instalado con ellas en el reducido espacio escénico, el lector va notando la vibración que esas emociones provocan en las dos mujeres, quienes resucitan la ceremonia del amor siglo y medio después de una forma gradual, cautelosa, esperanzada. Las escuchamos, como digo, declamar poemas y entonar canciones, quizá porque el amor (ese amor que no se atreve a decir su nombre, según lo definió Oscar Wilde) tiene que hablar con vuelo de música y no le es posible desnudarse sino con las llamaradas enigmáticas del verso.

El lector, si es sagaz y permanece en silencio, pronto descubre que esa melodía nació a finales del siglo XIX y que, acunando el corazón de dos mujeres, continúa resonando en el corazón de otras dos, que tal vez son las mismas, porque el secreto, el fuego y el éxtasis siempre son idénticos. Se ama y el amor no se extingue; se desea y el deseo adquiere condición de inmortalidad; se acaricia con los ojos y con las palabras y esa seda no se deteriora con el paso de los años. Todos los fuegos el fuego, como hubiera dicho el argentino Julio Cortázar. Marino González Montero, sensible y poeta, alma y palabras, logra condensar ese arcoíris, ese océano de fragancias, ese cosmos de dulzura, en unas páginas sin duda memorables, que piden a gritos ser escuchadas desde el escenario.

martes, 17 de marzo de 2026

Diario político y sentimental

 


Hace muchos años, Arturo Pérez-Reverte le explicaba a Jesús Quintero que había contestado a Paco Umbral mediante un artículo dándole “un sartenazo” (sic). No recuerdo qué asunto los enzarzó, ni recuerdo (como es lógico) de parte de quién pude estar en aquel rifirrafe. Pero hilvano ambos nombres en el inicio de esta reseña porque, habiéndolos leído mucho (sobre todo a Umbral), hay un detalle del autor de Cartagena que me lo hace más amable y más cercano, a día de hoy: su insistencia en las lealtades. Es decir, la convicción (que comparto) de que debemos mantenernos fieles a una, dos, tres, equis personas, que el curso de los años ha mantenido cercanas, luminosas y necesarias en nuestro corazón. Yo, por más que me esfuerzo, no consigo localizar un solo nombre que para Paco Umbral haya sido inalteradamente respetable, ni siquiera el de Camilo José Cela. Las personas a quienes retrató (da igual que sea Pilar Miró o Pedro Almodóvar, Concha Velasco o Adolfo Suárez, Pío Baroja o Plácido Domingo) pasan, de ser bendecidos o reverenciados, al papel de despojos. A veces, antes; a veces, después. Nadie se libra en un momento u otro de sus atrabiliarios y envenenados dardos verbales. Nadie se encuentra a salvo de sus malignidades y denuestos. Eso me lo hace cada vez más personalmente antipático.

Pero, claro, está su prosa, que es un prodigio de burbujeos y de hallazgos, un océano de luces, un festín inagotable de manjares deliciosos, que parece desatarse con el simple acto de situarse ante las teclas y sentirse rodeado por el silencio de la dacha; y uno tiene que ser honesto y decir que Umbral no le cae bien (no me cae, coño, para qué voy a decir otra cosa), pero que es un jodido genio, capaz de definiciones criminalmente seductoras (define a Manuel Fraga Iribarne como “el último hombre de la Atapuerca galaica”), de reflexiones sutiles y llenas de silencio (“Ha mejorado la calidad de la vida y se ha deteriorado escandalosamente la calidad del vivir, que es otra cosa”), de análisis sobre la actualidad nacional (“España, dictadura de espejos donde se ha confundido la transparencia con el fisgue y la libertad se ha convertido en la bandera paradójica de los carcelarios”), de confesiones personales, en las que el verbo está elegido con dura lucidez (“Soy solo como siempre quise serlo, desde niño, soy malignamente solo”), de máximas que te obligan a pensar (“El infierno no es dejar de creer en Dios, sino dejar de creer en uno mismo”), de provocaciones culturales (“Las óperas no suelen ser otra cosa que una antología de gritos, una bronca”), de exaltaciones encomiásticas que en otros libros rectificaría con similar vehemencia (“Pablo Neruda, sin duda el más grande poeta en castellano, con Quevedo”), de fervores animalistas que no se restringen a sus siempre reverenciados gatos (“Uno de los pocos y buenos amigos que el hombre puede encontrar en sociedad. El galgo es así como el violín en perro”) e incluso de coqueteos con la greguería (“El smoking es vestirse de luto para la alegría”). Siempre admitiré, pese a mis discrepancias con el tipo de persona que fue Paco Umbral, lo muchísimo que disfruto su prosa. Y este volumen me ha servido para recordarlo una vez más.

lunes, 16 de marzo de 2026

Un tajo rápido


 

Existen (soy consciente de estar emitiendo una perogrullada) muchos tipos de narradores. Los hay que construyen historias, y se centran sobre todo en los pormenores del argumento: se me ocurren muchos ejemplos magníficos, que seguro que ustedes también conocen y han disfrutado. Los hay que prefieren dibujar personajes, porque su vena psicológica se les antoja la más interesante. Y los hay que diseñan atmósferas. El libro que acabo de terminar de Alejandro Amelivia (que obtuvo el premio Ciudad de Coria en 2022) creo que lo inscribe en este último bloque. Con una pericia versátil, el escritor logroñés nos instala desde los primeros párrafos de cada cuento en burbujas de enigma y sofoco, dentro de las cuales los lectores flotamos intentando descubrir algún asidero al que poder aferrarnos: a veces, se tratará de un pueblo al que se acude para cambiar el aceite de un coche que ya ha superado el kilometraje aconsejado por los fabricantes (“Tres cuartos de vuelta en sentido horario”); otras veces, nos dejará asistir como horrorizados espectadores al macabro lanzamiento de una moneda para decidir cuál de los ocupantes de una embarcación se somete a una cirugía bárbara (“Cebar los anzuelos”); y otras nos pedirá que nos acerquemos con sigilo a una isla en la cual un hombre armado está dispuesto a disparar para no dejarnos que desembarquemos (“Lobo negro”).

En esos ámbitos, el aire adquiere una densidad única y tendremos que conseguir que nuestros pulmones se habitúen. Relájense y déjense llevar. Les aseguro que termina mereciendo la pena, porque accedemos a universos sorprendentes: un hombre que rescata en la carretera a un animal salvaje; el marido huraño que adquiere un catamarán para intentar reparar la deteriorada relación con su esposa; el chico adolescente que se adentra en el territorio de los shawnees para conectar con el espíritu de su madre fallecida; el alcohólico que acepta un trabajo para rehacer su vida (aunque su nuevo patrón no sea el más afable del mundo).

Alejandro Amelivia me ha vuelto a convencer, como me ocurrió con mi primera aproximación a su narrativa (https://rubencastillo.blogspot.com/2026/02/como-meteoritos.html). Inténtenlo ustedes: es un consejo de amigo.

sábado, 14 de marzo de 2026

Pabellón de reposo

 


Resulta inevitable conmoverse con este libro, tanto por la temática en que se sustenta (las vidas erosionadas o directamente rotas de unos enfermos que tratan de sanar de su tuberculosis en un sanatorio) como por el formato literario que el autor, Camilo José Cela, elige para contarnos la historia (fragmentos de cartas y diarios, ensoñaciones, invocaciones religiosas). Asépticamente, los protagonistas quedan convertidos en simples números (“La señorita del 37”, “El 52”, “El pobre muchacho del 14”); y esos números, bordados en todas sus pertenencias (sábanas, pañuelos, fundas de almohadas, batas), esconden quizá el pudor melancólico o la tristeza soterrada del novelista gallego, que vivió la experiencia de padecer esa misma enfermedad. A veces con ilusión, por su esperada mejoría; a veces melancólicos o resignados con la atroz repetición de sus hemoptisis; a veces desesperados: así están los aterrados ocupantes del pabellón. Las emociones que afloran de sus almas nunca son tibias ni estables, porque saben perfectamente que la vida se les escapa en cada vómito, y que los consuelos del amor (esa pareja que quizá les esté esperando en el futuro) no siempre resultan eficaces cuando las lágrimas deciden brotar.

Con un tejido narrativo más complejo de lo que podría pensarse (las cartas se mezclan con conversaciones, con dictámenes médicos e incluso con algunas intervenciones del autor, que reflexiona sobre la conveniencia de detener o de proseguir con su historia, que quizá dañe a los lectores aquejados por el bacilo de Koch), el relato se convierte en una telaraña pegajosa, donde lirismo y angustia caminan de la mano porque, como todos saben de sobra, “la muerte es dulce, pero su antesala, cruel” (así lo reconoce, con acrimonia, uno de los personajes). Eso lo convierte en un libro incómodo, porque nos obliga a reflexionar sobre la condición quebradiza de nuestro ser y nos enfrenta a las grandes preguntas sobre la vida y la muerte. Camilo José Cela comenzaba a interesarse en este libro por los experimentos literarios, más allá del aire apolíneo que respiraba su Pascual Duarte. El resultado es notable.

jueves, 12 de marzo de 2026

Torquemada en la hoguera

 


Parece claro que el personaje de Ebenezer Scrooge (creado por Charles Dickens en 1843) tuvo que influir en este tipejo, Francisco Torquemada, que Pérez Galdós concibió en 1889 y que convirtió en protagonista de la novela Torquemada en la hoguera. Se trata de un usurero al que temen y odian todos los que, sin pertenecer a su familia, lo rodean. Su fiereza a la hora de cobrar alquileres y su condición inmisericorde lo han convertido en un ser despiadado, cuyo único dios es el dinero. Jamás perdona un céntimo, jamás amplía un plazo de pago, jamás entrega limosnas, jamás muestra un mínimo de humanidad ante las penurias ajenas. Pero quiere el azar (¿o tal vez un misterioso castigo divino?) que su idolatrado hijo Valentín, que apenas es un adolescente, pero al que todos auguran un brillante futuro, dadas su inteligencia y su bondad, sea alcanzado por una atroz meningitis. La fiebre, los delirios y las convulsiones lo postran en una cama y amenazan con arrebatarle el aliento en pocos días, para desesperación de su padre.

Con la única compañía amistosa de un excura estrambótico, al que don Benito crucifica con una descripción irónica de final envenenado (“Formulaba unas teorías biológicas que eran lo que había que oír. De astronomía y música también se le alcanzaba algo; no era lego en botánica, ni en veterinaria, ni en el arte de escoger melones”, cap.3), el sibilino Torquemada da en la estupidez de mostrarse dadivoso con los necesitados, para impresionar a Dios y “obligarlo” a que su hijo recobre la salud: reparte monedas por la calle (indignándose cuando no logra encontrar con rapidez los suficientes mendigos), entrega a un menesteroso su capa (no la nueva, sino la vieja), admite que algunos de sus inquilinos no le paguen hasta que estén más desahogados… Se trata, como es evidente, de una actitud tan falsa como inútil, porque la enfermedad de Valentín no admite ningún tipo de componendas; pero no conviene que critiquemos con demasiada saña los histrionismos del personaje, motivados por la desesperación (“Todo lo aceptaba Torquemada menos resignarse”, cap.5). La tía Roma, no dejándose engañar por los aspavientos teatrales del usurero, lo tiene claro: “A buenas horas y con sol. Usted quiere ahora poner un puño en el cielo. ¡Ay, señor, a cada paje su ropaje! A usted le sienta eso como a las burras las arracadas. Y todo ello es porque está afligido; pero si se pone bueno el niño, volverá usted a ser más malo que Holofernes. Mire que ya va para viejo; mire que el mejor día se le pone delante la de la cara pelada, y a esta sí que no le da usted el timo” (cap.8). Parece evidente que, patético y bastante sobreactuado, don Francisco tendrá que rendirse a la cruda realidad.

En esta novela corta (apenas un centenar de páginas), el escritor canario dibujó un personaje que luego aprovecharía en otras tres novelas, que quizá vayan poco a poco viniendo al blog. Por cierto, otra curiosidad de la obra: comentando las futuras proezas que su hijo podría llevar a cabo, dice Torquemada que cabe la posibilidad de que invente “barcos para andar por debajito del agua”. Si tenemos en cuenta que la obra se publicó (arriba lo indiqué) en 1889, convendremos en que la noticia de Isaac Peral y su submarino, de 1888, algo pudo influir en esta nota.

martes, 10 de marzo de 2026

Las sustituciones

 


En todas las historias de este espléndido volumen de Santiago Casero (que fue galardonado con el XXX Premio Tiflos de la ONCE) aletea la sospecha de que no somos sino entes provisionales que ocupamos espacios provisionales; y que una leve brisa (o un huracán) puede desinstalarnos de la zona que creemos nuestra, de la felicidad o la calma que creemos nuestras. Una editora que se desplaza en avión entre España y Portugal para absorber un pequeño sello lisboeta; un traductor que se encandila con su homóloga en una reunión política de altísimo nivel entre Reagan y Gorbachov; una mujer que, mientras adquiere un regalo para su amante, descubre a su marido haciendo lo mismo para la suya; un hombre que, víctima de un desajuste aeroportuario, se ve zarandeado por la amargura y por la decepción en las calles de Nápoles; una pareja que, ajena a la paternidad, se refugia en una adopción canina para maquillar provisionalmente su vacío… Todos ellos caminan por la existencia sin querer admitir que, como se indica en la página 96 del tomo, “las sustituciones tienen una vigencia corta, una fecha de caducidad variable, pero que acaba venciendo siempre”. Quizá porque hacerlo implica aceptar que el gris es el color que nos acecha en cada esquina y que la luz, aunque pueda parecernos el gran porvenir que nos espera, no es más que un simulacro.

Con una prosa excelente y con un sentido de la construcción cuentística fuera de toda duda, Santiago Casero nos entrega un tomo magnífico, donde se nos invita a conocer mejor al ser humano, explorando su alma y diseccionando su corazón. Háganse el gran favor de leerlo. Les va a encantar. Y, seguramente, descubrirán que sus textos también están hablando de ustedes.

lunes, 9 de marzo de 2026

Antídoto contra la locura

 


Sabía de la afición y del amor de Carmen Granero por la poesía, pero aún no había tenido la oportunidad de adentrarme en un libro suyo. Y ahora, gracias a la feliz intermediación de su sobrino Antonio, he podido hacerlo. La obra, publicada por el sello Tirano Banderas, se titula Antídoto contra la locura y nos muestra la plenitud sensorial y emocional de un corazón que mira, piensa y escribe; de un corazón que, sabio y reflexivo, contempla el mundo y absorbe sus perfiles; de un corazón que, pese a ser consciente de que somos “pequeños átomos”, también lo es de nuestra condición de seres “únicos e imprescindibles” (p.13).

Entregada al análisis de su entorno, Carmen (quien se reconoce “huérfana, aun teniendo padres”, porque todos atesoramos soledades que humillan nuestros hombros) construye poemas con delicadas asonancias (léase, por ejemplo, el titulado “Niebla”); nos habla de refugios interiores, en los que resguardarse de las asechanzas de la tristeza (“Ya no tengo lugar donde esconderme. El mundo está llorando. Solloza amargamente. Miro dentro de mí. Voy buscando un rincón”); se auxilia con versos entrañables de sus poetas favoritos (“Con ellos encontré el horizonte”); consigue líneas que toda madre querría haber escrito, pensando en sus hijos (“Los pasos que no vuelven”); se extasía con los acordes emanados de la guitarra de Carlos Piñana (“Solo del viento”); nos pasea por diversos puntos de Europa (Florencia, la Toscana, Burgos); nos regala preciosos textos primaverales (bellísimo resulta el titulado “Renacimiento”); o alcanza metáforas tan poderosas como la que puede encontrarse en la “Oda a la alegría”, donde nos habla del sol y nos dice que es “un caballo henchido de luciérnagas”.

Ha sido una auténtica felicidad descubrir que la gran persona que es Carmen no se diferencia ni un ápice de la gran poeta que se descubre en estos versos. Les toca a ustedes descubrirlo.

sábado, 7 de marzo de 2026

Los hermanos Bravo

 


Pues qué quieren ustedes que les diga: que cada libro suyo que leo me lo deja más claro. Tengo que leer todo lo que haya publicado Ignacio Martínez de Pisón. Me gusta y me convence. En esta ocasión me he acercado hasta las páginas de su obra juvenil Los hermanos Bravo, narrada por Eduardo, uno de los protagonistas. La acción se sitúa en un pequeño hostal de carretera al que la construcción de una moderna autovía ha dejado aislado y sin apenas clientes. Por fortuna, un hombre que viaja en un despampanante Alfa Romeo ha decidido instalarse allí durante unos días y altera la existencia de Juan, Rafa y Eduardo, los tres hermanos. De un modo tangencial, también altera la de Socorro, hija del encargado de la gasolinera cercana, que está convencida de que la presencia del hombre (y sus raras visitas a la abandonada Casa del Muerto) obedecen a la búsqueda de un tesoro. Huelga indicar que las conexiones con la novela de Robert Louis Stevenson son tan evidentes como deliberadas por parte de Martínez de Pisón, quien combina de un modo admirable el humor, la ternura, el despertar de la adolescencia, el misterio y la creación literaria para entregarnos un relato que conquista al lector.

Cruzándose con esa línea vertebral aparecen otras ramas no menos importantes en el desarrollo de la familia: las aficiones musicales de Rafa (que imita de forma habilidosa a Julio Iglesias y que participa en un concurso de televisión), el amor al ciclismo de Juan (quien se ha empeñado en proclamarse vencedor de una carrera local, cuyo premio es una preciosa bicicleta profesional), las mentiras postales de Socorro (que elude el fracaso de su padre creándole un presente más luminoso) o la entereza de los padres (que ven cómo su negocio les es arrebatado por unos indeseables, sin que tal infamia les haga derrumbarse). Un libro muy hermoso, que pueden leer los más jóvenes y que también suscita el aplauso de quienes lo fuimos. Búsquenlo.

jueves, 5 de marzo de 2026

Noches sin dormir


 

“Comencé este diario el 16 de enero y lo terminé el 16 de mayo de 2015. Sólo unos días de primavera nos fueron concedidos, por tanto; son los recuerdos de nuestro último invierno en Nueva York”. Así lo resume, al terminar la obra, la gaditana Elvira Lindo. Once años de permanencia en Estados Unidos llegaban a su fin. Durante los primeros (2004-2006) su marido, el escritor Antonio Muñoz Molina, desempeñó el cargo de director del Instituto Cervantes; los restantes, impartió clases en la universidad. Y una vez que la decisión de regresar a España (o tal vez de instalarse en Lisboa) quedó planteada, ella comenzó este diario, donde quedan registradas todo tipo de actividades y emociones: paseos por las calles sepultadas por la nieve, en el invierno más frío que se recuerda en la ciudad; visitas a exposiciones de pintura; asistencia a conciertos en el Carnegie Hall, donde tienen la oportunidad de escuchar un magnífico programa con piezas de Shostakovich, Beethoven y Stravinsky; charlas con su asistenta Rubiela, vegana y con un arsenal de anécdotas de sus trabajos anteriores; sus frecuentes insomnios, que llegan a preocuparla; la contemplación de personajes peculiares, que oscilan entre la insania y el pintoresquismo; conversaciones con su esposo (no se pierdan aquella en la cual Antonio se confesaba deprimido porque una taquillera del cine le había preguntado si era senior); recuerdos familiares sobre su padre, su madre o detalles de su infancia; poemas que compone a vuela pluma y que ahora transcribe con total naturalidad (simpatiquísimo el que incluye este exabrupto jocoso: “Le pueden ir dando mucho por culo a la juventud. / A mí que me devuelvan sólo las tetas”); asistencia a algún desfile de moda (que se le antoja un auténtico “culto a lo alienígena”, donde las modelos empiezan a ser “muchachas de complexión de libélula”); y un sinfín de retratos sobre amigos y conocidos del mundillo neoyorquino.

Consciente (y no arrepentida) de que se ha dispersado en mil frentes durante su vida profesional (radio, TV, prensa, libros, fotografía, teatro) y que ha destinado un poco de sí misma a cada tarea, Elvira Lindo se define inteligente y graciosamente como “escritora homeopática”. Puede ser. Pero yo no considero que se trate de una mala decisión: considero que sus libros y sus fotografías son estupendos; y le agradezco mucho las horas maravillosas que me ha regalado con obras como esta. Seguiré leyéndola con admiración y con respeto.

martes, 3 de marzo de 2026

La moneda de Carver

 


Me encantan las prosas que respiran limpieza, que dibujan su línea de un modo elegante y definido. Y la de Javier Morales, según tuve la oportunidad de descubrir en su libro Lisboa, que reseñé en el año 2018 (https://rubencastillo.blogspot.com/2018/04/lisboa.html), y en el no menos hermoso La despedida, del que di cuenta en este blog en 2020 (https://rubencastillo.blogspot.com/2020/04/la-despedida.html), pertenece sin duda a ese grupo exquisito. Ahora, he enriquecido dos tardes de mi vida leyendo su obra La moneda de Carver, publicada en Reino de Cordelia, que contiene ocho excelentes relatos donde se nos habla de unos personajes que saltan de un cuento a otro, trazando pasarelas bellísimas entre ellos. Así, el Samuel que, siendo niño, nos cuenta la historia que protagoniza con su padre y con el díscolo Dominico en la plantación donde trabaja su progenitor (“El tiempo del tabaco”), visita siendo joven la ciudad de Lisboa (¡otra vez la capital portuguesa!) y conoce allí a Tammy, con la que terminará contrayendo matrimonio (“Viaje a la Ciudad Blanca”). Algo más tarde, lo veremos documentándose para escribir una biografía de Gabriel y Galán (“Gayga”). Pero los juegos y los guiños textuales no se acaban ahí: la traductora que actúa como protagonista en el relato “El perrito de la dama” asiste a un intenso taller de escritura cuyo coordinador se llama Javier (el propio Javier Morales dirige talleres de ese estilo).

Como es natural, este tipo de recursos no se sustentarían por sí mismos, salvo en un plano anecdótico; pero es que el escritor cacereño los inserta en una prosa, como arriba indico, absolutamente espléndida, donde la mirada del narrador, los arabescos del lenguaje y la elección del punto de vista siempre resultan atinados. De esa manera, “Cementerio alemán” o “La moneda de Carver” (por citar solo dos de las propuestas) alcanzan una altura admirable y se convierten en textos de los que la memoria no querrá prescindir. Todos mis aplausos.

lunes, 2 de marzo de 2026

El perro loco

 


Afirma el yeclano José Luis Castillo-Puche, en un prólogo que compuso para acompañar esta historia: “Yo no soy, por supuesto, un autor para niños, ni siquiera para jóvenes. Comprendo que mi literatura es fuerte, es bronca y más bien áspera”. Puede que tenga razón, pero tal vez las historias fuertes, broncas y ásperas puedan también calar en el espíritu de personas jóvenes. Desde luego, entiendo que El perro loco reúne todas las condiciones para que así sea.

Nos encontramos aquí con Pepico, un niño del Altiplano. Su familia, hondamente religiosa, tiene que huir de su pueblo natal cuando estalla la guerra civil de 1936, y refugiarse en la cercana Murcia. Se llevan con ellos, después de varias tentativas de abandonarla, a la perrita Lilí, un animal cariñoso, inteligente y fiel, que parece comprender las cosas mejor que los humanos y que los salva en algunas ocasiones más bien comprometidas ante milicianos que realizan registros. Es una época difícil, en la que nadie parece encontrarse a salvo, porque los enfrentamientos bélicos siempre sacan lo peor de las personas que se ven envueltas en su locura (“Lo tremendo es que haya insensatos que quieran hacernos creer que las guerras son necesarias, o que las guerras son episodios heroicos que la humanidad necesita, o que las guerras pueden traer algo bueno. Todo mentira. Las guerras son el oprobio y la vergüenza de la humanidad, las guerras son la barbarie que nos asemeja a las fieras”, asegura en el capítulo 25). Los odios, las venganzas, los ajustes de cuentas, las mezquindades, las delaciones, los temblores impregnan el corazón de todos los protagonistas. Y, cuando la situación se vuelve punto menos que insostenible, Pepico tiene que vestirse con el uniforme del ejército leal a la República y subirse a un tren que lo llevará al frente.

Novela antibelicista, profundamente tierna en su visión de los animales, El perro loco consigue trasladarnos un relato sencillo, conmovedor e inolvidable sobre el despertar a la vida adulta, el poder devastador de las guerras y la estupidez homicida en la que puede incurrir el ser humano cuando lo convencen de que “el de la acera de enfrente” es un enemigo del que conviene protegerse o al que conviene exterminar. Digno de aplauso, como siempre, José Luis Castillo-Puche.