jueves, 29 de enero de 2026

La sombra de una noche

 


La imaginación de un adolescente puede convertir un suceso más bien nimio y hasta azaroso en un episodio escarchado de misterio; y así ocurre con Jacobo Studer y su amigo Ismael Munch (hijo de un librero y una médium: combinación tan inusual como productiva). Lo que ha ocurrido parece una fruslería: el señor Studer, padre de Jacobo, se ha retrasado una noche a la hora de volver a casa. Y cuando lo hace su rostro está triste y su ánimo decaído. Fin. No hay más. Pero ahí intervienen las mentes de los dos muchachos, quienes llegan a la peregrina conclusión de que lo más seguro es que tras haber bebido de más en alguna taberna haya sido atracado, y le hayan quitado la paga del mes, y eso lo haga sentirse abatido. De ahí a ponerse a investigar (ah, el afán investigador de los niños) hay un paso francamente corto, que los chavales ejecutan con entusiasmo desplazándose hasta un barrio no muy recomendable de las afueras, donde contemplan lo que parece un trapicheo de contrabandistas y donde comienzan a eslabonar “conclusiones” sobre lo que realmente pasó durante la noche de autos.

Con esa base argumental tan reducida, Soledad Puértolas construye una historia breve y muy elegante, que concibió en 1985 (cuando su hijo Diego contaba trece años) y que leo en Ediciones del Bronce, con ilustraciones de Regina Giménez. Su hermoso formato y la fluidez de su prosa deparan unas horas muy agradables de lectura, de la que jóvenes y adultos pueden extraer aprendizajes distintos.

Debo insistir con las obras de esta zaragozana.

martes, 27 de enero de 2026

Malditos tábanos

 


Hace ya varias décadas que la crítica literaria española tiene acuñada la etiqueta “tremendismo” para referirse a las novelas que, durante los años cuarenta del siglo XX, retrataron con crudeza el panorama social del país. El ejemplo que se aduce con más frecuencia (por su enorme calidad y por el impacto que produjo) es La familia de Pascual Duarte, del gallego Camilo José Cela. Pero he aquí que en Murcia tenemos, vivito y coleando, a un escritor llamado José Fernández Belmonte que, indagando una variante curiosa de ese sistema narrativo, acaba de publicar su obra Malditos tábanos, que me atrevería a rotular con el marbete de “tremendismo jocoso”. Es decir, que nos presenta unas situaciones y también unos personajes que anonadan por su textura, pero los envuelve en una saludable pátina de humor, convirtiéndolos en sonrientes motivos de aplauso.

Para empezar, el protagonista (Venancio Mulero Cabrales) se queda huérfano de padre y madre a la edad de catorce años porque el carro donde viajan se precipita por un acantilado. La escena es durísima… pero se origina porque el jumento que tiraba del carro enloquece de dolor “fruto del picotazo de un tábano en su cojón derecho” (p.15). El chico abandona entonces su Teruel natal y recala en la ciudad de Barcelona. Allí es contratado en un prostíbulo, donde de inmediato muere un cliente (nonagenario) como consecuencia de una alteración erótica; y cuando se procede a su entierro, el cura que dirige el oficio es picado en la nariz por un insecto, da un traspié, pisa un rastrillo (que le golpea dolorosamente en la delicada zona que podemos situar, grosso modo, ocho dedos por debajo del ombligo), cae a una fosa y se mata. ¿Será necesario que les siga detallando las barrabasadas que el autor va acumulando para hacernos sonreír?

Si deciden ustedes aventurarse por esta novela (y les recomiendo que lo hagan, porque se van a divertir muchísimo), descubrirán a un pintor catalán de curiosos bigotes y tocado con barretina que acude a un lupanar para excitarse mientras contempla desnudos ajenos; se quedarán boquiabiertos cuando lean cómo la gitana doña Carmen procede con Venancio a un curioso exorcismo genital; asistirán en primera fila a una pelea de soldados en el salón del lupanar; sentirán un escalofrío al imaginarse el sartenazo que aplana el rostro de uno de los personajes; o sofocarán una carcajada cuando se enteren de que la meretriz Luisa es retirada del oficio por un cliente dotado por natura con un mandado hiperbólico.

Pues eso: que lo lean, oigan. Van a pasar unas horas hilarantes mientras escuchan el zumbido de estos tábanos revoltosos.

domingo, 25 de enero de 2026

Bonsáis

 


Desde hace tiempo, parece evidente que las expectativas laborales de nuestros hijos son peores que aquellas que rodearon nuestra propia juventud: sus sueldos son pequeños, la relación entre su preparación académica y su trabajo se ha deteriorado y las posibilidades de bienestar que se asocian a esas condiciones (vivienda incluida) han sufrido una merma importante. Sin ponernos anteojos utópicos ni vendas oculares que la camuflen, esa es la situación real, salvo raras excepciones. Y de tal premisa parte la escritora Chelo Sierra para componer la novela Bonsáis, con la que fue finalista en el XII premio “Encina de Plata”, hace unos años.

Tres jóvenes la protagonizan: Ismael (matemático extremeño que sobrelleva como puede los desdenes de Hugo, su amor imposible), Karmen (publicista vasca que carga sobre los hombros una pesada losa: ser hija de Elvira Mancebo, la creativa más famosa del país) y Mery (psicóloga alicantina que se aleja del hogar para no asistir a la consunción de su madre, enferma terminal de cáncer). Los tres viven en un piso de alquiler, cochambroso y frío, mientras trabajan en diferentes sectores de una conocida marca de galletas. Allí se les encargan tareas que no se corresponden con su preparación profesional (traer cafés, hacer fotocopias, rellenar galletas con gotitas de chocolate), se les pagan sueldos de miseria y se les prodiga, sobre todo a ellas, un trato vejatorio (desde gritos hasta tocamientos de culo).

Un día, la idea brota en la mente de Karmen y se propaga a los demás: ¿y por qué no sabotear la compañía? ¿Por qué no generar una situación caótica que le cueste dinero a la empresa y que, a ser posible, provoque la ruina de esos jefes machistas e impresentables que las están humillando?

Déjenme que les lea un trocito de la página 102, donde se cifra el sentido del título de la obra: “Ay, los bonsáis […]. Los esculpimos con mimo, los formamos para que sean perfectos, podamos las ramas defectuosas… […] Pero les impedimos crecer. No es culpa vuestra, somos nosotros, la sociedad, las circunstancias, los que no os dejamos crecer. Vosotros no, vosotros sois perfectos, la generación bonsái. Algún día, nos daremos cuenta y os dejaremos crecer y echar raíces”.

Un relato lúcido, amargo y certero, donde el humor y la tristeza se unen para conformar un análisis muy fiel del mundo que nos rodea.

sábado, 24 de enero de 2026

La pistola de mi padre

 


Todas las familias (que no os engañen sus sonrisas superficiales) están cuajadas de zonas oscuras, de viejos secretos, de traumas silenciosos o silenciados. Y eso que llamamos armonía no es, quizá, sino el meticuloso esfuerzo que en su seno se realiza para que las fricciones, los rencores, las viejas afrentas, las traiciones o las deudas queden maquillados (incluso sinceramente). A veces, ese dolor no tiene nada que ver con quienes nos rodean en el seno familiar; a veces, sí. Pero en todos los corazones se guarda una sentina cuya puerta, de bisagras chirriantes y con el picaporte oxidado, conviene no abrir.

El escritor valenciano Rafael Soler nos invita a un terrible espectáculo narrativo (de apariencia inofensiva) en su trabajo La pistola de mi padre, que publica el sello Contrabando. En él nos presenta a la familia Cortázar, donde cada miembro (hasta el guadiánico y tangencial Roberto) esconde en los bolsillos sus rarezas, sus odios, sus heridas: el patriarca Aníbal, que trabajó como viajante de comercio hasta que se reconvirtió en dueño de un bar en Madrid; su esposa Rosario, que es consciente de que la trayectoria de su familia no ha sido precisamente amable y que se reconforta con tientos a la botella de anís; Carlos, el hijo, que camufla en las conquistas amorosas con alumnas su fracaso esencial como escritor, pues no ha logrado el éxito que esperaba; Isabel, la hija, aquejada de un trastorno bipolar que tortura su alma y la existencia de quienes la rodean. Cada uno de ellos se enfrenta a los problemas de forma aislada, sin abrirse a los demás: Aníbal, con el rencor hacia su hermano Roberto y con las caricias furtivas al arma que esconde en una caja; Rosario, grabando cintas de audio donde confiesa sus frustraciones, sus torpezas, sus esperanzas inútiles; Carlos, convirtiendo en metáforas parciales su vida fracasada (esposa que le pide el divorcio, alumnas que lo abandonan al poco de iniciar su relación, hijas con las que se comunica mal); Isabel, redactando un diario sincopado y neurótico, que guarda al fondo del armario.

Este gran tratado sobre la incomunicación y sobre los secretos familiares, que alcanza cotas psicológicas y líricas de elevada altura, exige del lector una mirada que acompañe estrechamente a la narradora de la historia, “tan discreta” (como se define a sí misma en la página 129). Se aprende mucho haciéndolo.

jueves, 22 de enero de 2026

Antonio y Cleopatra

 


Vuelvo hasta las páginas de William Shakespeare, para que recree ante mí los tumultuosos amores entre Marco Antonio y la reina Cleopatra. Y, como siempre hago cuando me enfrento a una obra del Bardo, algunas secuencias las repito en voz alta, tras haberlas leído en silencio. La sonoridad que logra el profesor Ángel-Luis Pujante en su traducción, desde luego, ayuda mucho.

Ocioso resultaría detallar los pormenores históricos del drama, porque resultan sobradamente conocidos. Lo importante es la condición visceral y volcánica de estos amores, que Antonio alimenta en su corazón pese a que su cerebro lo lleve hasta la boda con la hermana de César (“Aunque esta boda me dé paz, mi placer está en Oriente”). Romano y egipcia se atraen, se inflaman, se buscan, se aman, se vuelcan; ambos se dejan llevar por la fogosidad de una pasión que los lleva al arrebato, a los celos, al incendio íntimo, incluso a la cólera (cuando se sospechan engañados por el otro). Y ese torrente de emociones, gracias al Cisne de Stratford, se convierte en unas secuencias dramáticas inolvidables, donde las palabras y la sangre se funden de manera prodigiosa.

Las escenas finales, en las que la soberana egipcia decide administrarse la muerte para no ser exhibida por César como botín de guerra, son de una belleza trágica conmovedora, que conviene leer en un silencio reverencial.

Eric Clapton no lo sé, pero William Shakespeare sí que era Dios.

miércoles, 21 de enero de 2026

Rapsoda

 


Ninguna persona sensata confunde, en literatura (ni en casi nada), la cantidad con la calidad. Jorge Luis Borges, que no me parece sospechoso de idiocia, dejó anotado que un hexámetro bien construido puede ser más valioso y más bello que un grave volumen atiborrado de páginas prescindibles. Y el jesuita Baltasar Gracián, tan poco amigo de oropeles, anotó que más obran quintaesencias que fárragos. Los haikus, quién lo dudará, condensan esas ideas en su reducido vaivén de sílabas.

Acabo de leer, en apenas quince minutos, la obra Rapsoda, que Liliputienses le publica al bonaerense Lucas Soares; y creo que también sirve para ejemplificar cuanto arriba queda dicho. La voz de un viejo rapsoda susurra aquí palabras que van cayendo como pétalos y que, rozándose o colidiendo, se estimulan entre sí y generan imágenes. Pero, sobre todo, generan silencios, porque este libro (que la editorial nos presenta en un agradable formato de bolsillo) parece atravesado por brisas silentes que lo dotan de un aura especial. Es como si la persona que está leyendo contemplase al viejo rapsoda sentado en el suelo, al modo búdico, y estudiase sus gestos, contemplase los movimientos de su cara y, sin abrir los labios, esperara su mensaje.

Prueben a leerlo como he hecho yo: con unos auriculares de insonorización. Ya me dirán qué les parece el experimento.

martes, 20 de enero de 2026

Viaje a Mauritania

 


Soy, siguiendo la fórmula que utilizó Emir Rodríguez Monegal en su libro sobre Pablo Neruda, un viajero inmóvil. De hecho, no creo que existan demasiadas personas que puedan ser definidas como “inmóviles” con más exactitud que yo. Mi ideal de vida consiste en no salir de mi casa más que un par de veces al mes, siempre con el mismo amigo, a tomar cerveza en el (preferiblemente) mismo lugar. Pueden creerme. Soy, como pregonaba de sí mismo el maestro Jorge Luis Borges, “decididamente monótono”. Pero (y aquí viene lo curioso) me encanta conocer las experiencias viajeras de la gente a la que admiro: sea en forma de fotografías (Julio García Luján) o de palabras (Manuel Moyano). En este grupo último (es decir, quienes registran literariamente sus ambulaciones) incluyo a mi entrañable Mariano Sanz Navarro, al que este blog sigue con interés y gratitud.

Su última entrega es este fascinante Viaje por Mauritania, que nos permite seguir conociendo más detalles de ese mundo norteafricano que tan próximo tenemos y que, ay, tan escasamente nos preocupa o imanta. Son siete mil kilómetros de ruta que se inicia en Santomera y que tiene su primera parada en Fez, “capital cultural de Marruecos, reserva de tradiciones y cuna de ortodoxos” (p.23). Desde allí se desplazó hasta Rabat y Bouznika, donde tiene oportunidad de tomarse una coca-cola que tiene un pequeño secreto: “Escocia, 12 años” (p.41). Y así, paso a paso, Mariano nos va describiendo paisajes, costumbres, tipos humanos, curiosidades del lugar (ese aeropuerto clausurado por orden de Hassan II), ciudades con tres nombres (véase la página 62), hoteles de los cuales es “mejor no dejar memoria” (p.102), morabitos reverenciales y, quizá por encima de todo, silencios nocturnos que se graban en el corazón para siempre (“Dormir en el desierto es una experiencia impactante que descubrí hace años en el Tiris, en mi primera excursión a la tumba de  Chej el-Maami. La oscuridad cae rápidamente y de pronto es noche cerrada. Hay que recurrir a las linternas si no se ha encendido fuego. Hacia media noche, como si se descorriera un telón gigantesco que mantenía las estrellas ocultas, aparecen en todo su esplendor. El viajero que reposa, el rostro contra el cielo, es consciente de su pequeñez y se pierde en reflexiones acerca de la belleza y profundidad de ese mundo sobre el que con frecuencia se pasa de forma inconsciente. Momentos así son suficientes para llenar de contenido el viaje”, p.139).

Si sienten curiosidad por esa cercana parte del planeta que se encuentra al sur de España y con la que nos unen no pocos lazos, les recomiendo que visiten las páginas de este Viaje a Mauritania. Les va a gustar.

lunes, 19 de enero de 2026

Un esqueleto con careta

 


Concedamos lo evidente: nos encontramos ante un escritor olvidado. Su nombre es posible que ni siquiera les suene: Francisco Bonmatí de Codecido. A mí, desde luego, no me sonaba hasta que Pedro Jesús y Contxu me regalaron la obra estas Navidades. El pie de imprenta explica que fue publicada en Madrid, en 1948, y el texto va precedido por una imagen algo estrafalaria del escritor, pluma en ristre, rodeado por criaturas singulares (elfos, gnomos, machos cabríos) y ataviado con una capa española. El papel de la edición es viejo y huele enormemente a lignina. Todo el contorno de la cubierta, algo más grande de lo habitual, se pliega en un rizo agrietado que rodea el paralelepípedo del tomo. Todo, como puede verse, caduco y demodé.

Pero las posibles sonrisas escépticas se acaban cuando se aborda la lectura del libro, porque la novela es realmente buena. Que sí, que tiene excesos (supernumeraria de adjetivos, florida de más en el lirismo de las descripciones, efectista o reiterativa en algunos tramos); pero que se lee todavía con auténtico gusto, porque incorpora no solo las trazas de un narrador muy solvente, sino también las especias de un literato llamativo, que sazona sus páginas con imágenes de gran plasticidad. Les pondré algunos ejemplos: nos acerca hasta el sonido de unas campanas al amanecer y nos dice que su tañer es “rocío de cobre” (p.24); nos acompaña por una carretera que “iba ensartando pueblos en su blanca espada polvorienta” (p.34); nos comenta que un implacable sol veraniego tiene “rabietas de gritos de oro” (p.39); nos aconseja que penetremos en un jardín donde “dormían los colores” (p.42); define los focos nocturnos de un coche como “injuria de luz” (p.261); o nos explica que los pies de un caminante cansadísimo están “insultados de sendas” (p.271). Ese tipo de destellos, qué quieren que les diga, creo que tienen su mérito; y esta obra los incorpora por docenas.

¿La historia, dicen ustedes? Permítanme que hoy no me anime a facilitarles demasiados datos al respecto, porque su condición misteriosa, casi policial, se vería dañada por mi resumen, tal vez indiscreto. Quédense tan solo con la idea de que incorpora amores, muertes, celos, infidelidades monstruosas, tormentas, incendios y bastantes sorpresas argumentales. ¿Un cóctel romántico, dicen? Pues quizá sí, pero yo he disfrutado mucho leyéndola en pleno 2026. Por algo será. Les sugiero que prueben.

sábado, 17 de enero de 2026

Cuentos mitológicos y otros relatos


 

A finales de 2022, de forma azarosa, llegó a mis manos el hermoso libro de Elena Prado-Mas que se titula Nueve cuentos republicanos (https://rubencastillo.blogspot.com/2022/11/nueve-cuentos-republicanos.html), que me resultó tan agradable y tan convincente que, un tiempo después, repetí con El testamento de Cervantes (https://rubencastillo.blogspot.com/2024/06/el-testamento-de-cervantes.html). Así que cuando se aproximaba la fecha en que Papá Noel visita mi casa le incluí en la lista de peticiones el volumen Cuentos mitológicos y otros relatos, que apareció generosamente bajo mi árbol navideño la mañana del 25 de diciembre. Vuelve a ser (gracias sean dadas al Cielo) una maravilla narrativa.

En la primera parte del tomo, la escritora madrileña explora nueve historias de inspiración clásica, pero ambientadas en el mundo actual: un pianista que ejecuta cierta partitura de Chopin para que su amada Eurídice regrese del mundo de las tinieblas hospitalarias; un polémico e inescrupuloso presentador televisivo que se llama Acteón y que se ve envuelto en una telaraña tan repugnante como las que él mismo ha utilizado para aumentar las audiencias de su programa; un joven universitario llamado Apolo que pierde a la persona amada y que la recupera de un modo imprevisto; la amarga experiencia por la que tiene que pasar la ingenua veterinaria Leda en una fiesta organizada por su empresa; los ardides de Ariadna para que su hermano deforme participe junto a ella en un show televisivo y, luego, la ayude a conquistar el amor de otro de los concursantes; o las relaciones imposibles entre una profesora universitaria y un joven exalumno.

Este primer bloque de historias es majestuoso y brillante, pero no menos conmovedores resultan los relatos del segundo, donde nos encontraremos con poetas purísimos que no se dejan inquietar por las mieles de la gloria, con unas clases de preparación para el parto que oscilan entre el humor y la estafa, con juegos infantiles que se convierten en emblemas del amor eterno o con curiosas piruetas cervantinas, como la que cierra el tomo.

¿Me permiten un consejo? Les sugiero que lean este libro en 2026. Es una obra espléndida, por su lenguaje, por su técnica compositiva y por sus argumentos. La voz narrativa de la autora alcanza un esplendor sereno, que encandila y convence siempre. Ya saben que en este blog comprometo mi palabra (puedo equivocarme, pero nunca mentirles) sugiriéndoles solamente las obras que entiendo mejores. Los Cuentos mitológicos y otros relatos de Elena Prado-Mas pertenecen a ese grupo.

viernes, 16 de enero de 2026

Encuentros con Anteo

 


Hay que ser muy estúpido para considerar que el ser humano tiene algún tipo de poder sobre la piel de la tierra. Puede encauzar ríos y construir pantanos, sí; puede roturar cultivos y allanar montañas, claro; puede erigir puentes y alzar estatuas, evidentemente. Pero cuando ruge el huracán, se yergue el tsunami, gira el tornado, eructa el volcán o agita sus maracas el terremoto, toda la soberbia de la especie humana se viene abajo con la facilidad temblorosa de un castillo de naipes. Solamente los más lúcidos comprenden que la armonía, la conexión y el respeto con la tierra (con la Tierra) se imponen como los caminos más sensatos, menos delirantes, más productivos. Y en ese ámbito conviene recordar la figura mitológica de Anteo, hijo de Poseidón y de Gea que obtenía su poder del contacto con el suelo que pisaba y que fue elegido simbólicamente por el poeta Francisco Sánchez Bautista para convertirse en protagonista de su poemario Encuentros con Anteo.

En sus páginas (construidas con heptasílabos y con alejandrinos gloriosos) se nos habla de un mundo arterial de acequias benefactoras (“Nelva, Aljada, Benetucer, Raal Viejo, / Aljufía y Alquibla, / donde el árabe tuvo arte y parte”). Allí brilla con su limo benéfico el río de su infancia, junto al cual un padre sonriente comparte “mesa redonda con los pobres”. Pero luego el esplendor de los versos no decae: las décimas (con fiebre) que le dedica al pensador don Miguel de Unamuno; los versos llenos de serenidad que tributa a Antonio Machado, León Felipe o Miguel Hernández; o ese hermoso y altísimo monumento poético que se titula “Encuentro con los humildes”, donde ruega que se les respete, porque son sus manos labriegas las que hacen posibles las cosechas que a todos nos alimentan. Don Francisco, al que tuve el honor (repito: el honor) de conocer, fue un poeta egregio, atemporal y exquisito. Por eso lo releo con frecuencia y con indesmayable admiración.

Permítanme que le ceda la palabra al poeta de Llano de Brujas, para que sus versos cierren esta nota:

“Si Marte ya se acerca con su trompa de guerra,

sus legiones autómatas de robots dirigidos

para que fríamente se aniquile la vida,

sigue sembrando, padre; sigue sembrando, hermano;

unámonos, sembremos; que del amor depende

que la tierra no sea campo de experimentos,

páramo inhabitable, muerta esfera rodante

en el vacío inmenso por el odio del hombre”.

jueves, 15 de enero de 2026

El regreso de la ira

 


Me adentro por un espacio narrativo titulado El regreso de la ira y que está firmado por Antonio Garrido Hernández. Es, permítanme que me adelante, espléndido. Y lo es, sobre todo, por la textura interna de sus páginas, donde el hilo argumental (una pareja de chicos homosexuales que son asesinados en la calle por energúmenos homófobos) quizá sea lo de menos, siendo importante. Y es que no nos encontramos frente a una historia típica (donde se nos cuenta lo que hacen unos personajes que se mueven por la ciudad) sino frente a una ebullición, una efervescencia de tinta, un volcán filosófico e intelectual cuyas páginas están atravesadas por graves reflexiones sobre el sentido de la vida, las variantes de la sexualidad moderna, la agresión de Putin sobre Ucrania, la monarquía española, el Mar Menor, la comprensión recta y actual de Friedrich Nietzsche, las ONGs, la subjetividad de la justicia, el lenguaje políticamente correcto, la eutanasia o los disparates que se gestan en Davos. En ese sentido, El regreso de la ira es una obra que resulta profundamente excitante, porque te obliga a pensar, te aporta ideas, te desbarata prejuicios, te suministra opciones. No hay tantos libros así, inteligentes y sensuales al mismo tiempo. Casi me siento tentado de definirlo como un aleph borgiano.

Para quienes se pregunten por los anclajes de la obra, digamos que transcurre en la ciudad levantina de Mirtea, cuyo periódico principal se llama Veritas y donde el partido político La Voz están subiendo como la espuma. No creo que se necesiten más detalles para ubicar el territorio novelesco, que nos coloca frente a un mundo que se va polarizando y radicalizando, por la derecha y por la izquierda. Y que asusta (sobre todo que asusta) por la proliferación de ira que fomenta, en ambos extremos: en un lado, para tensar a la sociedad y lograr objetivos de cambio “higiénico”; en el otro, para oponerse de forma virulenta a esos desafíos. Lejos de maniqueísmos, Antonio Garrido constata y lamenta “la ira reactiva de los siervos de babor como respuesta a la ira activa de los señores de estribor” (p.214). Ambos sectores creen haber hallado en la agresividad el camino idóneo para vencer a sus adversarios, sin recordar las palabras prudentes que Thomas More dejó anotadas en su libro Utopía: “Es una cosa inadecuada y estúpida y una señal de arrogante presunción obligar a todos los demás con la violencia y las amenazas a estar de acuerdo con aquello que uno cree que es verdadero”.

Lectura altamente recomendable.

martes, 13 de enero de 2026

39 escritores y medio


 

Disfruto enormemente el libro 39 escritores y medio, de Jesús Marchamalo, que contiene semblanzas de una serie de autores magníficos, a muchos de los cuales he tenido la felicidad de leer. Hay, desde luego, centenares de obras que insisten en este procedimiento (incluso con la sonrisa que se desprende del título: recordemos Los 38 asesinatos y medio del castillo de Hull, del brillante Enrique Jardiel Poncela), así que tendré que aclarar de inmediato por qué me ha fascinado tanto la apuesta marchamálica: creo que la clave, el núcleo, está en su capacidad para elegir (y elegir muy bien, además) un detalle y hacer que todo el retrato anímico gire alrededor de ese diamante. Así, nos habla de las gorras marineras de Alberti, de la penumbra en la que solía estar Baroja por no encender la luz, del escrúpulo de Cernuda con su segundo apellido, de aquella pirámide de cristal de la que se encaprichó Cortázar, del sumamente friolero Macedonio, de la exquisitez indumentaria de Gil-Albert, de la hiperacusia hiperbólica de Juan Ramón Jiménez, de la maleta perdida de Antonio Machado, de la orgullosa panza abacial de Neruda, del peculiar nombre de un escritor (“Claro que es una excentricidad llamarse Aub y ser valenciano, algo que ni siquiera se arregla con el segundo apellido, Mohrenwitch, que suena más a duque austrohúngaro, a coronel de dragones o húsares”), de los libros perdidos por Onetti (“Se casó y se separó cuatro veces, y por lo tanto perdió cuatro bibliotecas gananciales”), de la fervorosa bibliofilia de Alfonso Reyes (“Se construyó una casa con biblioteca que acabó siendo una biblioteca con casa”), de las aficiones cocotológicas de Unamuno o de la gatofilia de María Zambrano.

Y cómo no aludir a los magníficos dibujos de Damián Flores, que captan con una admirable eficacia los rasgos faciales de los protagonistas. Memorables.

Un libro hermoso y lleno de anécdotas curiosas, de perfiles llamativos, de vida, que les recomiendo que busquen.

lunes, 12 de enero de 2026

Navegaciones y regresos


 

Continúo mi camino de relecturas (aquellos libros de juventud, que ahora retomo con las manos arrugadas) y elijo hoy Navegaciones y regresos, del chileno Pablo Neruda, tótem de mi adolescencia y agua fresca en mi madurez. No entraré en sus posiciones políticas, no entraré en sus vaivenes eróticos, no entraré en ciénagas como la de su hija Malva Marina: todo eso pertenece al ámbito de lo criticable, sin duda, pero se sale del espacio literario, que es el que me interesa. Me quedaré con sus palabras, con sus versos de luz y de arrollador poderío. Me quedaré con su oda al ancla (que inevitablemente me lleva a recordar la foto del ancla que tenía en Isla Negra); me quedaré con su oda al caballo (pero no al airoso y elegante, sino al triste animal derrotado por tantos años de servicio a su amo); me quedaré con sus odas a los objetos pequeños (el plato, la taza, la cuchara, los utensilios de modestia silenciosa); me quedaré con sus adjetivaciones sugerentes e increíbles (“El desorden huraño de la roca”); me quedaré con sus asombrosas definiciones líricas (cuando llama al elefante “Cuero de talabartería planetaria”, cuando dice que los ojos de un perro son “dos preguntas húmedas”, cuando etiqueta a Ramón Gómez de la Serna como “oso de azúcar”).

Soy consciente de que no todos los libros de Neruda son igual de valiosos, pero creo que su voz siempre lo es: esa capacidad torrencial que tenía para esmaltar imágenes, metáforas, comparaciones. Por eso, sin duda, seguiré releyendo sus libros.

sábado, 10 de enero de 2026

Antiguo y mate

 


Me acerco hasta los relatos que Dionisia García reunió bajo el título de Antiguo y mate y que fueron publicados en 1985 por parte de la Editora Regional de Murcia. Como siempre ocurre con esta autora, la belleza embriaga desde las primeras líneas, pero sobre todo me sorprende de forma especial en cada uno de los cuentos el “efecto aislante” que la mirada de Dionisia despliega sobre las vidas de sus protagonistas. Es como si lograra sorprenderlos (y dibujarlos) en el minuto preciso en que todo se aquilata y cobra significado, en el aleph de sus existencias diminutas o derrotadas o atormentadas: vemos a la mujer de Juan recapitulando el declive lánguido de su esposo (“Ahora es el silencio”); al detenido que mantiene la dignidad de su postura sedente mientras lo torturan (“Ángulo recto”); a la chica que pierde unos valiosos dibujos de la galería de arte donde trabaja (“Máscaras de papel”); al pintor que se obsesiona con la imagen de una mujer que parece implorar su auxilio en el metro parisino (“Montparnasse, andén uno”); al triste anticuario David Goldssenberg, que tras el horror del nazismo ha cambiado de identidad (“Mr. Thomas”). A todos ellos los observa Dionisia con piedad, cautela y delicadeza, para comunicarnos su intimidad atribulada. Y cuánto se agradece que nos lo cuente.

Por eso, en estas propuestas narrativas el andamiaje argumental (tan tenue, tan revelador) se construye sobre imágenes, sobre luces, sobre silencios… Hay que estar muy pendientes, porque incluso el aire significa, incluso los silencios dicen, como en los mejores relatos de Onetti.

Busquen el libro y compruébenlo.

viernes, 9 de enero de 2026

El profesor de música


 

Es curioso cómo funciona el azar: ahora que estoy en las últimas semanas de mi carrera como profesor (no de música, pero sí de literatura), tropiezo con esta novela de la parisina Yaël Hassan, que leo gracias a la traducción de Ana María Navarrete, y me encuentro con la historia de un docente que se encuentra, él también, en su último curso. Durante años, ha sentido que su trabajo no era valorado por sus alumnos (demasiado ruidosos, demasiado maleducados) y que lo mejor era retirarse cuanto antes, para sentarse en su sillón y agotar sus últimos años escuchando a sus compositores favoritos con la ayuda de unos auriculares. Pero ahora, cuando la puerta de salida está abriéndose frente a sus ojos, descubre a Malik, un alumno árabe que siente devoción por el violín y que quisiera ser capaz de aprender a tocarlo. Amable, el viejo profesor judío (su nombre es Simón Klein) insiste en que debe decantarse por el piano, sin que sirva de nada la educada insistencia del chiquillo. ¿Por qué se resiste el anciano a introducirlo en el aprendizaje del violín? Para saberlo, tendremos que avanzar por la historia y descubrir un doloroso trauma que se desarrolló entre los muros inhóspitos del campo de concentración de Auschwitz, donde Simón y toda su familia sufrieron las agresiones y torturas de los nazis. Su esposa, Bella, trata de convencerlo para que se sobreponga a la amargura (“¡No rompas su sueño solo porque rompieron el tuyo! ¡No sería justo!”, p.50), pero el esfuerzo para sobreponerse no es tan fácil de acometer. Salir del pozo (de todos los pozos) lleva su tiempo.

Una novela breve, emotiva y muy dulce, que puede ser leída tanto por jóvenes como por adultos: cada lector(a) encontrará en ella unas lecciones tan diferentes como igual de valiosas.

jueves, 8 de enero de 2026

Discordancias

 


“La soledad me pesa”, se lamentaba el protagonista de Rinoceronte, de Eugène Ionesco. Y Hermann Hesse, quizá contestándole desde las páginas de su novela Demian, indicaba que “cada cual tiene que probar la dureza de la soledad”. Eso es lo que hacen, cada uno a su modo, los personajes que pueblan los relatos de Discordancias, de Elena Casero: enfrentarse a su soledad, rebelarse contra ella, tratar de asimilarla o vulnerarla, vencer o morir en el intento. Con habilidad, la autora valenciana nos propone casi una veintena de historias cuyos protagonistas sufren un engaño (“Tu melena negra”), se embarcan en suicidios sucesivos cuyo final no deja de adoptar tintes humorísticos (“Inconvenientes del matrimonio”), se ven atrapados por el insomnio (“Una noche en el páramo”), planean charlas telefónicas tan conmovedoras como imposibles (“Una llamada a deshora”), sufren la desidia de un hijo estupidizado por la lectura (“El jinete”), contratan a una prostituta en Nochebuena (“Isolina”) o afrontan su mendicidad con la alegría de saber que su récord olímpico aún no ha sido superado (“Su mejor salto”).

Resulta imposible sustraerse al influjo emocional de estas criaturas maltrechas, zaheridas por la grisura o la decepción, que siguen respirando por inercia y que se aferran a recuerdos o ilusiones (la mentira del ayer, la mentira del mañana) para no pensar en la realidad del hoy, tan amarga como injusta. Da igual que sean hombres o mujeres, da igual su raza o su edad, da igual su nivel económico: todos pertenecen a la estirpe de los derrotados. Si es que esa estirpe (ay) no incluye a la especie humana en su conjunto.

martes, 6 de enero de 2026

El agua del buitre

 


Desde que leí y reseñé en este mismo blog su libro Tipos duros (https://rubencastillo.blogspot.com/2024/12/tipos-duros.html) me dije que tenía que abismarme en otra obra del autor; y hoy, día de Reyes de 2026, cumplo mi palabra con El agua del buitre, un volumen de relatos que salió a la luz en 2020 (año aciago) en Baile del Sol.

El abanico de sorpresas que el volumen brinda es muy notable y cubre grandes zonas del espíritu humano: los miedos que nos atenazan, las amarguras y hasta las perplejidades de la infidelidad, el soplo erosivo de los calendarios, la densa textura de nuestros sueños… Para conseguir que todas esas emociones alcancen el ánimo del lector, Andrés abre su caja de sorpresas y nos habla de piedras que, al ser golpeadas con el pie, recitan versos de Antonio Machado (“Golpe a golpe”); de ancianos que han muerto y que esperan con paciencia que alguien descubra su cadáver y lo coloque en el lugar deseado (“Clemente”); de familias en las que el alcohol, la violencia y las lágrimas enrarecen el transcurrir de los días (“La fosa séptica”); de situaciones matrimoniales que provocan un escalofrío en la columna (“El bar de abajo”); de escritores que urden asombrosas artimañas para lograr de su editor una moratoria a la hora de entregar su novela (“Los autos locos”); de la adquisición de un mueble baratísimo, que se convierte en símbolo y en delta de amarguras enquistadas (“Román paladino”) o de personas que suben y bajan escaleras de forma mecánica y ritual, sin que los impulse ningún motivo aparente (“La costumbre”).

Todas las propuestas, una vez leídas, te dejan pensativo y resultan admirables. Lo podrán comprobar ustedes mismos, si tienen el buen gusto de adentrarse en este tomo. Pero les confieso una debilidad personal, que no tiene por qué ser la suya: “Sábado noche”. Lo he leído tres veces, en bucle, paladeándolo. Y me parece una maravilla.

domingo, 4 de enero de 2026

El oro de los sueños


 

José María Merino publicó en 1986 su primera novela juvenil, que se titula El oro de los sueños y que yo leo en este arranque de 2026, cuatro décadas más tarde. Me agrada decir que he disfrutado como un chiquillo con las aventuras que en sus páginas quedan consignadas. Su protagonista y narrador es Miguel Villacé Yólotl, un quinceañero mestizo que se quedó huérfano de padre cuando este se encontraba en una expedición de conquista en América y que ahora, invitado por su tío y autorizado por su madre, se convierte a su vez en miembro de una nueva expedición, que tiene como objetivo localizar el misterioso reino de Yupaha, rico en oro. En esa expedición se relacionará con Juan Gutiérrez, un pilluelo que tiene su misma edad; con el Adelantado don Pedro de Rueda y su bella prometida doña Ana de Varela (que lo encandila con sus rubísimos cabellos); o con fray Bavón, tan valiente como rudo. Durante meses, tendrá que soportar duras jornadas de hambre, lluvias de flechas de los indígenas, millones de mosquitos, maquinaciones indignas y desdenes; pero también conocerá las mieles de la amistad, el impacto de una milagrosa anagnórisis o el descubrimiento de algunos tesoros inesperados.

El resultado es una novela muy agradable, donde se reflexiona sobre la avaricia, sobre los curiosos meandros que pueden zarandear nuestra existencia y sobre el coraje que siempre es necesario para sobrevivir y tirar hacia adelante.

sábado, 3 de enero de 2026

Así que pasen treinta años

 


He empezado este libro de Javier Marías con la misma felicidad y con la misma melancolía con las que lo he terminado, porque sé que nunca habrá más artículos suyos en la librería, esperándome. Así que he leído cada texto en medio de un silencio sagrado. Porque eso constituyen para mí, desde hace muchos años, las opiniones del madrileño: la serenidad, la lucidez, el razonamiento, la buena prosa y la agudeza. A veces, lógicamente, no estoy de acuerdo con las conclusiones a las que llega (igual me pasa con Muñoz Molina, con Almudena Grandes e incluso con mi mujer); pero jamás lo he visto desbarrar con estupideces, con extremismos o con discursos sandios. Mi respeto lo tiene. Mi admiración, también.

En las páginas deliciosas, inteligentes y sensatísimas de Así que pasen treinta años he vuelto a tener noticia de su indiferencia por los premios (literarios o cinematográficos), que desde hace tiempo premian sobre todo las “periferias” (temática, condición sexual del autor, etc.) sin centrarse en lo puramente artístico de la obra; de la vileza de tantos políticos, que medran gracias a sus falacias, tergiversaciones y volubilidades interesadas; de las limitadas dimensiones (cada vez más cortas) de la fama, que terminará de abandonarnos a todos en el magma del olvido; de la imparable degradación estética y humana de ciudades como Madrid o Barcelona, en manos de especuladores inmobiliarios o fanáticos políticos; de su repulsa por el concepto de “tolerancia”, que implica una actitud elitista de quien “disculpa” a otros o los “soporta” con buen gesto exterior; de sus vacilaciones a la hora de elegir el tema semanal; o de su amor por el fútbol “a la antigua”, sin inyecciones millonarias de oligarcas rusos o jeques saudíes.

“Nuestras sociedades están perdiendo su capacidad de escandalizarse. Esa fue siempre la estrategia y el objetivo de los dictadores más dañinos. Incurren en un desafuero tras otro, graduándolos; logran que la gente se acostumbre y ya no vea ni como anomalías lo que son aberraciones”, nos advierte. Más nos valdría hacer caso a uno de los escritores más inteligentes y cultos que han pisado España en las últimas décadas.

viernes, 2 de enero de 2026

Tsugumi

 


Leo mi tercer libro de la japonesa Banana Yoshimoto, que se titula Tsugumi y que traducen Albert Nolla y Bibiana Morante. Y, como en mis dos aproximaciones anteriores, vuelvo a sentir la fascinación de una atmósfera: la que crea la autora con sus personajes, con sus diálogos, con sus paisajes. Desde el principio puede escucharse la voz (tan cristalina, tan delicada) de Maria Shirakawa, quien conoce desde niña a Tsugumi, hija de los dueños del hostal Yamamoto. Sabe muy bien que su amiga es “mala, deslenguada, egoísta, consentida y retorcida” (p.11), pero también es consciente de que “fuera de casa, era otra persona” (p.14). Quizá la razón de ese temperamento agresivo, burlón, descarado y hasta insolente haya que buscarla en la quebradiza salud de la muchacha, que siempre parece estar al borde de la muerte, con fiebres, temblores y achaques. Es como si, sabiéndose tan débil en lo físico, Tsugumi buscara acorazarse, protegerse, impedir que nadie se le acerque demasiado.

Pero cuando, un tiempo después, Maria vuelve a pasar el verano junto a su amiga (la familia va a desprenderse de su hostal en unas semanas), un tercer personaje irrumpirá con fuerza entre ellos: el joven, educado y simpático Ryoichi, del que Tsugumi cree enamorarse.

Elegante en el trazado de sus escenas, Yoshimoto consigue una historia hermosa (y, por instantes, terrible), que me sirve para inaugurar el año literario 2026.