miércoles, 31 de marzo de 2021

El Club de las Cuatro Emes

 


No sé quién tuvo la feliz idea de crear las pandillas infantiles como protagonistas en la literatura. Tampoco sé, aunque lo intuyo, dónde radica la clave del éxito de estos conglomerados: posiblemente, en la evidencia de que cada lectora o lector empatiza con uno de sus integrantes. Pero lo que sí tengo clarísimo es que yo (y supongo que miles de personas más) me inicié en la aventura de los libros con los relatos de Los Cinco y de Los Siete Secretos, aquellas propuestas fantásticas en las que niños, niñas y perros formaban equipos de investigación y de aventura que me enganchaban a las páginas con eficaz rapidez.

Ahora, el extremeño Juan Ramón Santos, narrador al que he traído varias veces (y siempre con aplauso) a mi blog, acaba de obtener el XXIX premio Edebé con El Club de las Cuatro Emes, una historia sólida y fluida a la vez (paradojas de la cuántica literaria) en la que cuatro protagonistas infantiles deciden organizarse para resolver los problemas de Madán Golosín (la propietaria de un comercio de chucherías), cuyo marido ha dejado que el juego invada y destroce la vida doméstica. En esta novela diáfana y amena, todo resulta acertado: el ritmo que se imprime a la narración, la estructura argumental sobre la que se construye, los dibujos personalizados de sus protagonistas, las gotas de humor que perfuman aquí y allá el texto o el manejo impoluto del registro léxico (que jamás excede las fronteras de lo verosímil).

Y conviene advertir que no resultaba fácil animarse a componer esta narración, porque los dos puntos de partida que laten en su origen no pertenecen sensu stricto al ámbito de lo infantil: la melancolía y la frustración que acongojan a Madán Golosín por no haber cumplido sus sueños (de un lado) y la creciente ludopatía que aqueja a su esposo y que amenaza con erosionar los cimientos de su hogar (del otro). No son temas que encontremos habitualmente en las historias destinadas a niños, aunque se trate de realidades innegables de la vida adulta. Pero ahí es donde interviene la brillantez de Juan Ramón Santos, que consigue adaptar esos impulsos traumáticos para que el público lector más joven acceda a ellos de una forma natural; y logre, incluso, entenderlos.

Una novela altamente recomendable, que gustará a mayores y pequeños, sin la menor duda.

martes, 30 de marzo de 2021

Las guerras de nuestros antepasados

 


Es difícil calcular qué porcentaje de nuestro destino está dibujado (o influido) por las expectativas que nuestros ancestros construyen sobre nosotros. Saberlo con certeza equivaldría a conocer qué parte de nuestra vida ha sido diseñada (es un decir) con anterioridad a que nuestra voluntad interviene en su trazado. En el caso de Pacífico Pérez, las influencias que sobre él orbitaban eran clarísimas: su bisabuelo manejó la bayoneta de forma despiadada en la guerra carlista; su abuelo demostró increíbles dotes con el fusil en la guerra de África; su padre fue un destacado lanzador de bombas de mano durante la guerra civil de 1936. Y los tres, taciturnos y obsesivos, albergaban la misma ilusión dentro de sus corazones: “Tanto el Bisa, como el Abue y el Padre lo que querían era que yo fuese un buen soldado así que llegara mi guerra” (p.27). El problema es que Pacífico manifestó desde la infancia una hipersensibilidad que, lejos de emocionarlos, les produjo rechazo y suspicacia: el niño sentía tiritonas cuando el manzano estaba a punto de florecer (y lloraba cuando lo podaban), notaba en la boca los anzuelos de las truchas y adoraba mirar el humo de las chimeneas, porque era “como la vida” (esa fue la enseñanza de su adorado tío Paco). Pero los destinos se fraguan a veces sobre bases diminutas o inesperadas, y para Pacífico llega la hora cuando, estando desnudo con Candi en medio de un campo, el hermano de la chica los sorprende e insulta gravemente al muchacho. Entonces es cuando, inapelable, brilla una navaja; y la hierba se tiñe de rojo.

Ahora, cuando abrimos la primera página de su historia, nos encontramos en el sanatorio de Navafría, en una pequeña habitación en la que el doctor Francisco de Asís Burgueño ha conectado una grabadora y, durante siete noches de charla (que se desarrollan en la primavera de 1961), ha interrogado a Pacífico Pérez sobre su infancia, sus amigos, sus relaciones familiares, sus opiniones sobre la vida, sus compañeros de prisión y sobre la enfermedad que padece. Con todas sus respuestas (que el maestro Miguel Delibes nos ofrece condensadas en estos diálogos de insuperable realismo), los lectores dispondremos de muchas de las piezas necesarias para componer el puzle de su alma. ¿Tenía razón el abuelo, cuando le dijo que “el matar hombres como el matar jabalíes había que hacerlo a su tiempo. Que uno mata un jabalí en enero y le dan un premio, pero le mata en julio y lo mismo pena por ello, ¿comprende? Pues con los hombres, parejo. Uno los mata en la guerra y una medalla, pero los mata en la paz y una temporada a la sombra” (p.173)? ¿Tiene razón Pacífico cuando se niega a contar toda la verdad a las autoridades, y sólo acepta decírsela al bondadoso doctor Burgueño?

Las respuestas se esconden en esta novela dura, espléndida e imborrable.

domingo, 28 de marzo de 2021

Rimas

 


Gustavo Adolfo Bécquer me ha sorprendido por segunda vez en mi vida como lector. Lo hizo a los quince años (más o menos), cuando me adentré en sus Rimas por consejo de un profesor del instituto; y lo ha vuelto a hacer cuatro décadas más tarde (oh, Dios mío, cuatro décadas; mejor ni lo pienso), al haberme decidido a llegar a cabo una nueva visita. La primera sorpresa fue puro deslumbramiento: el brillo que provocó en mis ojos aquel poemario breve, intenso, volcánico, que me mostraba la voz tan arrebatada como sencilla de un poeta que desnudaba sus penas (y algunas esporádicas alegrías) sobre el papel. La segunda ha implicado una rectificación, porque el transcurso de los años me había ido convenciendo de que aquellos versos eran solamente aptos para lectores juveniles, bisoños, huérfanos de espíritu crítico. Ignoro por qué convertí aquella sospecha (que me hubiera costado muy pocas horas desarticular) en una certidumbre.

En esta segunda aproximación me he vuelto a encontrar con sus arpas silenciosas, sus saetas que vuelan sin destino, sus golondrinas perdidas, sus fantasmagóricas damas envueltas en tules, sus separaciones trágicas, sus tumbas donde habita el olvido, sus muertos que se quedan tan solos… E incluso con una humorada pícara que me pasó inadvertida en mi juventud y que aparece encabalgada en la rima LIX, cuando el poeta sevillano dice: “Yo penetro en los senos misteriosos / de tu alma de mujer”.

Como digo, me ha gustado desmentirme a mí mismo. Sí, Gustavo Adolfo Bécquer fue poeta de una sola cuerda; sí, algunas de sus composiciones parecen suspirillos germánicos; sí, desconoce que las pupilas son siempre negras (comete el error demasiadas veces como para juzgarlo descuido: rimas XII, XIII, XXI)... Pero la fuerza conmovedora de sus versos, sobre todo si se los lee en voz alta, es incuestionable. Bécquer te traduce. Te representa. Te toca. Dice, sintiendo lo que tú has sentido, lo que tú dirías. Es la Voz viajando en el tiempo, imperecedera. Es el Corazón, llorando.

Qué grande.

sábado, 27 de marzo de 2021

Si hubieras hablado, Desdémona

 


Anoto en mi Librario una lectura interesante y distinta: la del volumen que lleva por título Si hubieras hablado, Desdémona, de la alemana Christine Brückner, que leo en la traducción de Marisa Presas (Laia, Barcelona, 1988). Y me decidí a leerlo porque la premisa de la que parte me pareció muy sugerente: qué ocurriría si las principales mujeres de la literatura tomasen la palabra y dieran su opinión sobre el rol que los varones les han obligado a asumir en esa historia literaria. ¿Qué opinaba doña Jimena sobre el deambular bélico de su esposo? ¿Qué ideas, pensamientos y emociones anidaban dentro de María Iribarne, la mujer a la que asesinó Juan Pablo Castel? ¿Cómo contemplaba la sobrina de don Quijote sus crecientes delirios caballerescos, antes de abandonar la casa manchega en la que vivían?

Christine Brückner nos muestra en estas páginas el desconcierto aún fervoroso de la shakespeareana Desdémona, la ira doméstica de Katharina (esposa de Lutero), el disgusto de Laura por el excesivo idealismo con el que la envolvió el poeta Petrarca, etc. En esta enumeración, tan interesante como llena de sorpresas, sobraba en mi opinión (aunque hubiera sido por una mera cuestión de modestia), el capítulo que Christine Brückner dedica a… Christine Brückner.

Tres frases del libro, que no me resisto a copiar aquí: “La sabiduría es la belleza de la vejez”. “Los dioses no serían inmortales si morir fuera hermoso”. “Es difícil descubrir a qué lugar pertenece uno, y más difícil aún es llegar hasta allí y quedarse”.

Un volumen muy interesante, sin duda.

viernes, 26 de marzo de 2021

Cuando llegan las musas

 


Distraigo una tarde de primavera leyendo el ameno volumen Cuando llegan las musas, escrito por Raúl Cremades y Ángel Esteban, que se ha convertido en un paseo delicioso e informativo sobre las trayectorias, manías y peculiaridades creadoras de un escogido grupo de autores, a algunos de los cuales he leído con profusión durante años o décadas. ¿Aportan esas informaciones algún detalle especial a sus figuras, que sirva para entenderlos mejor? Pues posiblemente no; pero qué buenos ratos me ha deparado la lectura.

He sabido que el argentino Jorge Luis Borges acostumbraba a tomar un baño nada más levantarse, para rememorar sus sueños y decidir si alguno de ellos merecía la pena ser escrito; o que el peruano Mario Vargas Llosa siente una enorme ternura por los hipopótamos, que son los animales que más disfrutan (eso se dice) apareándose. Son, como indico arriba, pequeñas fruslerías sin gran importancia literaria, pero que ofrecen nuevos ángulos de aproximación a esas figuras egregias del mundo de las letras.

Y anoto una humorada que no sé si todo el mundo sentirá igual de graciosa que yo: dicen los autores que “Miami es tan latino como Barcelona, con la diferencia de que allí hay más hispanohablantes que en la Ciudad Condal”.

martes, 23 de marzo de 2021

Cuentos del Lejano Oeste

 


Me introduzco en los Cuentos del Lejano Oeste, con los que Luciano G. Egido logró ser finalista en el premio Setenil del año 2004. Es una obra que, tras unos comienzos más bien titubeantes (los relatos de tres, cuatro, cinco, diez palabras que abren el libro no son, ciertamente, para tirar cohetes), va adquiriendo densidad y brillantez con textos de creciente belleza, donde podemos ilustrarnos con homenajes explícitos al agrimensor ideado por Franz Kafka (“Ineptitud”); reflexiones amargas sobre la guerra civil de 1936 (“Patria”); tributos a Miguel de Unamuno (“Fe, esperanza y caridad”); experiencias fantasmales u oníricas, llenas de una pureza embriagadora (“Amor nocturno”); una singular conversación entre un sacerdote y una feligresa (“Confesión”); relatos pícaros en los que la extraña omnipotencia de un novio genera felicidad en un ingeniero agrónomo (“Tragedia de una muchacha en la flor de la edad”); humoradas domésticas no exentas de algunos escalofríos (“Rebelión”); o, en fin, las insanas costumbres higiénicas de la antigua maestra doña Escolástica (“Zoo”).

La gran virtud constructiva de este volumen es que guarda un gran parecido visual con las ondas concéntricas que genera una piedra al perforar el agua de un estanque: cada una es más ambiciosa, amplia y airosa que la anterior. Y en ellas brillan imágenes llenas de esplendor lírico (“El ladrido urgente de un perro agobiado por el sentido de la fidelidad”), además de una prosa admirablemente elegante y firme. Bañarse en estas aguas equivale a salir barnizado de sorpresas, adjetivos regios y frases que suenan como campanas.

Luciano G. Egido, salmantino de trayectoria majestuosa en el mundo de las letras (ha ganado premios como el Miguel Delibes o el Nacional de la Crítica), cincela en este volumen una obra sin duda memorable.

lunes, 22 de marzo de 2021

Límites y progresiones

 


Quinto Horacio Flaco escribió, allá por el siglo I a.C., acerca de la importancia de dejar por escrito las palabras, para que éstas permaneciesen. Y el poeta José María Cumbreño acaba de hacer suya otra vez la inteligente advertencia (Scripta manent) y ha entregado a los lectores el volumen de notas que fue tomando durante los años 2007 y 2008 bajo el título de Límites y progresiones, cuya justificación íntima se encuentra consignada en la página 296: “No se trata de hacer una relación de objetos perdidos, sino de hacerla antes de que se pierdan”. Exacto. Ahí está el asunto.

Advertimos en este generoso tomo un gran despliegue de confidencias, guiños, relatos domésticos, anecdotario de sus hijos, su peculiar boda con Chose, las mezquindades de ciertos bancos que acosan a su mujer para que afronte las deudas de su exmarido, la triste paciencia de Manu mientras espera a su padre (que no siempre viene a recogerlo), las enfermedades de los niños (fiebre, mocos y Dalsy), los curiosos destinos que sacuden sus obras (que pasan de no ser premiadas en un certamen en el que tenía puestas sus ilusiones a ser pretendidas por varias editoriales a la vez), sus experiencias iniciales como editor fervoroso y casi artesanal, sus reflexiones sobre el triste aislamiento cultural en que vive Extremadura…

Es decir, vida anotada, palpitación de instantes que la tinta salvaguarda de la erosión del olvido, álbum de hojas verdes (no secas) y pétalos en los que aún brillan la frescura y el aroma. Todo eso es lo que nos ofrece este agradable, intenso y variado libro. Búsquenlo y háganse con él.

domingo, 21 de marzo de 2021

Cantos de la mañana

 


Nunca he sido, como lector, un gran apasionado de la literatura modernista, sobre todo cuando aborda el plano amoroso. He tendido a observarla en líneas generales como algo ñoño, impostado y declamado en falsete, con lágrimas falsas, borborigmos risibles y pucheros vergonzantes. No trataré, como es lógico, de convertir mi apreciación en ley, que los demás deban acatar o suscribir; pero sí de defenderla como un bastión personal, legítimo y respetable.

De todas formas, he querido acercarme a los Cantos de la mañana, de Delmira Agustini, dispuesto a reconocer sus posibles méritos literarios. Ni suelo admitir etiquetas férreas que me vengan de exterior, ni soy partidario de fabricarlas. Pero, por desgracia, la experiencia ha sido negativa. La obra me ha aburrido de un modo soberano y me ha parecido, en síntesis, una castaña ampulosa, donde me ha horripilado desde el principio la actitud desdeñosa y altanera de la escritora (“La plebe es ciega, inconsciente; / tu verso caerá en su frente / como un astro en un testuz”), la utilización estruendosa de toda la pirotecnia del Modernismo (con su oleaje de flores, palomas, noches sagradas, auroras multicolores, estrellas de brillo mágico y demás quincallería) y, sobre todo, el empeño atosigante de ejercer una “mirada reflexiva” (es decir, aquella que se despliega únicamente para mirarse a sí mismo, una especie de mirada boomerang). En este breve poemario resuena en cada página un ruido de timbales, en medio del cual observamos a la poeta subida a un pedestal, mientras declama sus versos ataviada con vestiduras sacerdotales.

El resto, puede imaginarlo el lector: espolvoreo oceánico de mayúsculas, signos de exclamación, puntos suspensivos, interrogantes sonoros, invocaciones de soprano de coloratura… Si le hubiera añadido algo de autenticidad, la mezcla no habría resultado tan indigesta.

sábado, 20 de marzo de 2021

Dios a media voz

 


Cultivo desde mi juventud una costumbre lectora que me suele dar muy buenos resultados: no me leo el prólogo del libro (si lo lleva) hasta que he acabado la obra. Es mi manera de no formarme una idea anticipada de lo que voy a encontrarme en sus páginas, de no sentirme influido por una visión que condicione mi lectura. Pero al acabar el poemario Dios a media voz, con el que el malagueño Daniel Cotta obtuvo el premio de poesía mística San Juan de la Cruz en 2018, me he llevado la sorpresa de descubrir que su prologuista (el poeta y profesor Luis Bagué) había anotado prácticamente los mismos versos, se había detenido en las mismas imágenes y había subrayado las mismas ideas que yo tenía en mi libreta de apuntes. Jamás me había ocurrido descubrir una similitud tan perfecta entre lo observado por mí y lo que el estudioso de la obra indicaba en su pórtico. Así que estoy por proponer a mis lectores que, para ahorrarse mi prosa, acudan de forma directa a las palabras de Luis Bagué, porque anticipan mi propia opinión.

Dios a media voz es un poemario inteligente, lleno de peticiones razonables (“Mis ojos necesitan / un Dios a media luz”), de asunciones humildes (el autor se define como “malcriado” y como “bocazas sabihondo”), de apóstrofes emocionantes y de invocaciones que persiguen recabar la atención de un Dios que, estando siempre presente para el poeta, a veces juega a no estar, a ocultarse pudorosamente. Y Cotta consigue, con un lenguaje sencillo y con imágenes de fresca modernidad, hacer la poesía que haría Miguel de Unamuno en nuestros días. Así lo creo.

jueves, 18 de marzo de 2021

Enterrar a los muertos

 


Proceder al entierro de una persona implica sumarse a una ceremonia respetuosa, grave y trascendente, en virtud de la cual le tributamos al ser fallecido un último gesto de cariño y de compañía. Da igual que los adornos que rodean la ceremonia se tiñan de religiosidad o no: todos forman parte de una escenografía amorosa. Quizá por eso resulta tan fácil de entender que los descendientes de quienes yacen en las cunetas o en las bochornosas fosas comunes que nos infligen las guerras se obstinen en rescatar sus restos y volver a inhumarlos, con el protocolo cordial que merecieron.

Ignacio Martínez de Pisón nos ofrece, en su espléndido volumen Enterrar a los muertos, una historia real que podemos incluir en este grupo: la del profesor y escritor gallego José Robles Pazos, que impartió clases en la universidad Johns Hopkins (Estados Unidos), fue pionero en las traducciones españolas de John Dos Passos y fue asesinado durante la guerra civil en el año 1937. El matiz que diferencia su caso de otros (y que lo iguala a otros muchos) es que quienes procedieron a su ejecución no fueron sus adversarios políticos y bélicos, sino las personas de su entorno ideológico. Tras conocerse su desaparición, Dos Passos comenzó a mover los hilos necesarios para aclarar su paradero y, si fuera posible, liberarlo. Fue en 1937 cuando supo por fin que Robles “había sido asesinado por agentes de la policía secreta soviética, es decir, por unos comunistas extranjeros que trabajaban en estrecha colaboración con los comunistas del gobierno republicano y que, al menos en teoría, estaban sometidos a la autoridad de éstos” (p.166). Ese asesinato no fue, desde luego, un episodio aislado, sino una muestra de la “política de aplastamiento de la disidencia” que caracterizó al régimen soviético (p.216). El intenso maniqueísmo promovido desde el Kremlin divulgaba la idea incontestable de que si se criticaban las decisiones de la URSS (es decir, de Stalin) se estaba a favor del fascismo. Fue una tenebrosa y hábil jugada que se saldó con miles de asesinatos en España.

Escritores como Rafael Alberti o Ernest Hemingway vieron con malos ojos que John Dos Passos se esforzase en aclarar ese crimen, porque entendían que le estaba dando “armas” a los adversarios; y que convenía rodear de silencio esa ignominia. Así de nauseabundas pueden llegar a ser las anteojeras ideológicas, que luego siempre resulta fácil justificar o maquillar, con gesto beatífico.

Para esta reconstrucción de los hechos, Martínez de Pisón acude a libros de todo tipo, archivos desclasificados, entrevistas a protagonistas de la época y fotografías antiguas, logrando un documento literario e investigador de primera magnitud. Los crímenes del fascismo, por supuesto, tienen que ser expuestos a la luz; los del comunismo, también. Por eso este libro es tan digno de aplauso.

miércoles, 17 de marzo de 2021

El libro de las preguntas

 


Releo un libro ameno, simpático y con altas dosis de inteligencia, que lleva por título El libro de las preguntas y del que es autor el sociólogo Amando de Miguel (Martínez Roca, 1999). Lo leí en octubre de 2004 y ahora me apetecía volver a sus páginas, donde subrayé muchas líneas y llené los márgenes de asteriscos y signos de interrogación: señal clara de que el volumen me interesó e hizo pensar.

Bastantes de las cuestiones que esta obra plantea me han parecido chocantes, por lo intempestivo o más bien misterioso de su formulación, pero al final he tenido que reconocer que en el fondo de todas ellas latía el deseo unívoco de “destapar” los más ocultos espacios de sombra de la condición humana, para hacernos ver lo ridículo, sublime, quebradizo y angélico de nuestra vida. Es una clara muestra de cómo el método socrático puede actualizarse en la voz y la pluma de un escritor astuto, sagaz y con buen nivel literario. De hecho, la pregunta que se coloca en el frontal del libro, como reclamo comercial, resulta altamente seductora.

(Aviso para lectores: no conviene confundir este trabajo con el libro homónimo de Pablo Neruda. El de Amando de Miguel sí que está bien escrito)

Dejo aquí dos frases, como muestra: “La persona que no se atreve a arrepentirse de nada se encierra en el cuarto interior de la cobardía”. “Hay que convencerse de que las verdaderas manías son las que nosotros no tenemos”.

domingo, 14 de marzo de 2021

En tierra de hombres

 


Adrienne Miller no solamente fue nombrada, a la temprana edad de veinticinco años, “la primera mujer editora literaria y de ficción de la revista Esquire”, sino que también se convirtió por esa misma época en pareja sentimental de uno de los escritores más atormentados, turbulentos, prometedores e inestables de la literatura norteamericana de finales del siglo XX: el malogrado David Foster Wallace. Los sabrosos pormenores de ambas experiencias aparecen consignados en este volumen autobiográfico que, con el título de En tierra de hombres, acaba de publicar el sello Península gracias a la traducción de Juanjo Estrella.

Descubrimos ahí a la niña de “inteligencia silenciosa” (p.24) que fue capaz de ver ocho veces seguidas la película Amadeus (p.68) y que, nada más incorporarse al feroz y competitivo mundo del trabajo editorial, comprendió que “si eres mujer, siempre estarás infravalorada” (p.93). Allí se dio cuenta también de la necesidad bulímica de fama que tienen la mayor parte de los escritores; y el retrato que nos ofrece de algunos de ellos nos muestra sus perfiles menos conocidos y, por qué no decirlo, menos gratos: la petulancia de John Updike, la animadversión que le provocaba el autor de Los ejércitos de la noche (“Yo detestaba a Mailer. […] ¿Cómo podía considerarse “grande” un escritor cuya obra era tan beligerantemente machista?”, pp.172-173)… Pero también es capaz de emitir alabanzas hiperbólicas, que nos revelan la temperatura de sus filias, como ocurre en el caso de Kubrick (“Me quito el sombrero contigo, Stanley, a perpetuidad, por todo”, p.200). En esas zonas del libro accedemos a su visión de un mundo laboral que estaba (y posiblemente continúa) dominado por los hombres, quienes imponen sus clichés, sus normas, su secular dictadura.

Pero quizá el otro núcleo temático del libro (David Foster Wallace) resulta aún más impactante, porque Adrienne Miller nos ofrece una radiografía inteligente, cercana, desprejuiciada y minuciosa del escritor de Ithaca, famoso por sus poses desafiantes, su lengua mordaz, su inestabilidad psíquica, sus bandanas y su suicidio por ahorcamiento. Nos muestra en estas páginas, con abundante acopio de anécdotas, conversaciones telefónicas y paseos por la ciudad, la imagen de un hombre engreído (“Tenía la arrogancia de quien no puede permitirse ser modesto", p.275), absorbente (“Yo lo quería, sí, pero era agotador. Me aterraba que me necesitara tanto”, p.295) y que la acongojaba con “los pequeños actos de crueldad gratuita a los que David podía ser tan horriblemente aficionado” (p.308). Hoy hablaríamos, quizá, de una relación tóxica; pero Adrienne Miller, en lugar de adherirle esa etiqueta simplificadora, procura adentrarse en la selva de los detalles para, a golpes de machete, intentar que la luz llegue a todos los rincones de aquel vínculo emocional que marcó una parte importante de su vida.

Un libro lleno de fascinaciones, meandros y curiosidades, que realmente merece la pena leer.

sábado, 13 de marzo de 2021

Peregrinatio

 


Galcerán de Born, viendo que su hijo Jonás parece haberse convertido en la corte de Barcelona en “un necio zoquete pisaverde” (p.12), que malbarata su tiempo en lances de dados, le escribe desde Portugal para ordenarle que lo deje todo y, en compañía de frey Estevão Rodrigues, emprenda el Camino de Santiago. Será, aparte de una buena ocasión para reflexionar (“Jamás se pierde el tiempo cuando se pasa en compañía de uno mismo”, p.17), la forma de cumplir un viaje iniciático que hará de él una persona nueva, más prudente, más sabia, más aplomada.

Este pequeño resumen constituye todo el hilo argumental que la alicantina Matilde Asensi nos propone en Peregrinatio, un singular y hermoso libro que edita Planeta con bellísimas imágenes extraídas de manuscritos, miniaturas, crónicas y biblias de la Edad Media. En el fondo (y en la superficie, porque no media engaño en su formulación), este volumen es un paseo entusiasta, muy bien documentado y muy ameno, por todos los pormenores del Camino: su orografía, su historia, su anecdotario, sus engaños, su enigma, sus relaciones con el mundo de los templarios, su valor espiritual… Para darle un carácter más seductor a esos detalles, la escritora recupera a algunos personajes que ya estaban en su novela Iacobus, como el propio Galcerán o su acompañante judía Sara, a quienes se cita en esta larga misiva dirigida a Jonás. Pero no se trata, en modo alguno, de una continuación de aquella obra. Es, como digo, una glosa (no una novela) sobre paisajes, figuras históricas e informaciones curiosas sobre la ruta jacobípeta.

Fascinante y peculiar libro.

viernes, 12 de marzo de 2021

Las edades de Lulú

 


La primera vez que leí Las edades de Lulú, de Almudena Grandes, me centré más de la cuenta (supongo que le pasó a la mayoría de los lectores) en las impactantes escenas sexuales que la novela cobijaba: masturbaciones, felaciones, sexo anal, tríos, orgías… Todo era tan intenso, tan explosivo, tan perturbador, que de forma inevitable los ojos se engolosinaban en dichas páginas. Pero ese poderoso imán no me distrajo ni un milímetro de una evidencia que se me antojaba incontestable: aquella joven escribía muy bien, extraordinariamente bien. Y eso era (y sigue siendo) lo que me enamora de los libros: la elegancia de su textura literaria, su capacidad para convencerme, la altura verbal que alcanzan.

Ahora, un cuarto de siglo después, vuelvo a la novela y confirmo aquella intuición inicial, que otros libros de la autora madrileña me han ido reforzando en los años sucesivos: es una de las mejores narradoras de España. Pero es que, además, mi segunda visita me ha permitido obtener otra visión de la obra y de su protagonista principal, cuyo nombre completo anota ella misma con tono irónico en la página 223 (María Luisa Aurora Eugenia Ruiz-Poveda y García de la Casa). Lulú es una niña que se enamora. Es solamente eso. Y lo hace del mejor amigo de su hermano, a quien fascinan las lolitas. Por tanto, el esfuerzo amoroso que realiza desde su infancia hasta su madurez (ya ha cumplido los treinta y un años) se concentra en el mantenimiento del “espíritu infantil”. O dicho de otro modo: Lulú se intenta eternizar en su rol de niña. Y, como niña, siempre está dispuesta a realizar investigaciones en el ámbito sexual, es curiosa, no tiene rubor en probar cosas. Ser maleable y permeable es su forma inconsciente de “retener” la atención de Pablo. No quiere reflexionar. No quiere madurar. No quiere salir de ese papel, con el que obtuvo la única felicidad que conoce, al lado del único hombre del que ha estado enamorada.

Pero, al mismo tiempo, sabe que esa actitud revela una inmadurez inquietante, tal vez más peligrosa de lo que ella misma está dispuesta a admitir... Copio un fragmento muy significativo, que reposa entre las páginas 245 y 246 de la obra: “La raya me tentaba, su proximidad ejercía una atracción casi irresistible sobre mí, la llamada del abismo, precipitarme en el vacío y caer, caer a lo largo de decenas, centenares, millares de metros, caer hasta estrellarme contra el fondo, y no tener que volver a pensar en toda la eternidad”.

Si os quedasteis en la parte erótica de esta novela (excelente, todo hay que decirlo) os invito a que la releáis con la mirada puesta en el corazón lleno de lágrimas de Lulú, esa niña desconcertada. Quizá os llevéis más de una sorpresa.

jueves, 11 de marzo de 2021

La sonrisa etrusca

 


Ocurre en ocasiones que, al borde del abismo, descubrimos una carencia esencial en nuestra vida. Le ocurre así a Salvatore Roncone, viejo luchador antifascista del sur de Italia, quien, enfermo de un cáncer terrible que le roe las entrañas (le ha puesto el nombre de Rusca), se hospeda en casa de su hijo Renato en Milán, para estar mejor atendido y visitar a especialistas médicos que traten su dolencia. Es un hombre recio, brusco, refractario a la ternura, que ha aceptado morirse, pero que pide a la Virgen hacerlo después que su enemigo Cantanotte, que ha quedado en el pueblo.

Durante toda su vida ha vivido jugando con unos dados donde sólo figuraban el coraje, la aspereza, el trabajo, los paisajes rurales, sus rebaños, el pisar fuerte y mantener relaciones sexuales bravas y fogosas con mujeres. Pero ha bastado que llegase a Milán para descubrir con sorpresa dos contactos humanos con los que no contaba, y que perturbarán radicalmente su forma de ver el mundo: de un lado, su pequeño nieto Brunettino, ante el que experimenta la necesidad de proteger a un ser desvalido, al que pretenden educar con ideas modernas que a él no le convencen; del otro, Hortensia, una viuda dulce, paciente y comprensiva que provocará que de su viejo corazón comiencen a brotar gotas de ternura. Con Brunettino sentirá que su sangre no se cancela en él, sino que la línea sigue; con Hortensia llega al deslumbrador convencimiento de que las mujeres son algo más que objetos a los que meter en una cama y con los que gozar.

Inolvidable la escena en que Salvatore se despide en el pueblo de su mejor amigo, al irse hacia Milán (“En un súbito impulso se abrazaron, se abrazaron, se abrazaron. Metiendo cada uno de su pecho el del otro hasta besarse con los corazones. Se sintieron latir, se soltaron y, sin más palabras, el viejo subió al coche”). Inolvidable la escena en que Salvatore piensa en sí mismo y en su nieto, y “recuerda, para explicarse su emoción, el olmo ya seco de la ermita: debe su único verdor a la hiedra que le abraza, pero ella a su vez sólo gracias al viejo tronco logra crecer hacia el sol”. Inolvidable la escena en que Salvatore, siendo estudiado en la universidad como fuente de tradiciones orales, va convirtiendo su propia historia en una leyenda rural sureña, que los sesudos catedráticos emparentan con raíces mitológicas ancestrales. Inolvidable la escena en que Salvatore se mete en la cama de Hortensia, castamente, sólo para descansar, y siente una oleada de calor tierno por la mujer. Inolvidable cada escena en que Salvatore vela el sueño intranquilo de su nieto y reflexiona sobre el modo en que la criatura lo ha hecho cambiar.

Inolvidable, en fin, toda la novela de José Luis Sampedro, habilísimo a la hora de combinar todas las redomas de su laboratorio narrativo, con las que consigue un texto tan conmovedor como perdurable.

martes, 9 de marzo de 2021

El sistema métrico del alma

 


Empiezo a visitar los libros finalistas y ganadores del premio Setenil que aún no había tenido la oportunidad de leer. Y no he podido empezar con mejor fortuna, porque El sistema métrico del alma, de Fernando Villamía, es sin duda un volumen excelente.

Su formulación literaria es desde luego magnífica; pero, además, los temas que plantea a los lectores son de una poliédrica diversidad, que nos conduce por los mundos del amor, la intriga, el misterio o la magia, por citar los más notables. La persona que abre sus páginas es invitada a conocer la historia sentimental que unió al científico Alfred Nobel y su secretaria Bertha von Suttner (la cual terminaría recibiendo el premio Nobel de la Paz); o las conexiones que vinculan al contrahecho Jakob Talhammer con los límites de la música; o el raro desasosiego producido por una cámara de fotos que ocasiona la muerte del ser vivo retratado con ella; o la iniciación sexual que protagoniza, con una joven prostituta de Monrovia, un chico enrolado en un barco mercante; o esa fascinante fantasía borgiana que lleva por título “El idioma de Dios”.

El vitoriano Fernando Villamía reúne, en este volumen que publica el sello Trea, un total de quince relatos que fueron aplaudidos en certámenes de toda España, en los cuales imaginación, elegancia, musicalidad y buen pulso narrador se dan la mano y deparan una experiencia absorbente. Sería extraño que alguien entrase en el tomo sin sentir una auténtica conmoción literaria.

lunes, 8 de marzo de 2021

Las lágrimas de Shiva

 


No debo realizar ningún esfuerzo de memoria para concluir que Las lágrimas de Shiva, de César Mallorquí, es una de las novelas que más veces he releído en mi vida. Y lo sé porque las seis o siete veces que la he puesto como lectura para mis alumnos del instituto la he releído en voz alta con ellos, incansablemente, gozosamente. Ellos disfrutaban por primera vez y yo lo hacía por segunda, por tercera, por cuarta, por quinta, por sexta. Me sonreía con sus toques humorísticos, me emocionaba con sus párrafos más delicados, me enamoraba con las decimonónicas líneas de amor del capitán Cienfuegos y sentía que mi corazón se aceleraba cuando el fantasma de Beatriz conducía a los protagonistas hacia el misterioso y oculto tesoro cuyo emplazamiento ya conocía, pero cuya magia se repetía idéntica en cada nueva visita.

No constituye ningún secreto (la he declarado en este Librario más de una vez) mi admiración por César Mallorquí. Y se inició precisamente con esta obra, que me bebí un domingo de hace ya muchos años y que de inmediato se convirtió en una de mis novelas juveniles predilectas.

Podría resumir su argumento, pero es fácil encontrarlo en muchas páginas de Internet, así que lo omitiré. Prefiero quedarme con la magia del libro, con su infinito poder seductor, con la fascinante habilidad que Mallorquí desarrolla para mantener a sus jóvenes (o no tan jóvenes) lectores con el ánimo suspenso y los ojos como platos, mientras sus protagonistas resuelven un enigma secular relacionado con la historia de su familia.

Estoy deseando que llegue el siguiente curso para releerlo otra vez.

domingo, 7 de marzo de 2021

Las anécdotas de Grecia

 


Me ha salido el tiro por la culata. Cogí de la estantería de mi biblioteca el tomo Las anécdotas de Grecia, de Ramón Irigoyen, pensando que iba a provocarme un buen número de sonrisas… y me encuentro con un libro soporífero, escrito sin brillantez, fatuo durante un buen número de páginas (hay autobombos que deberían ruborizar incluso al ególatra menos pudoroso), donde se califica al matemático Pitágoras de “genio gilipollas” (p.121), donde se utiliza la palabra follar con sospechosa y zafia fruición (Freud debería pronunciarse sobre este caso clínico), donde se menosprecia a Sócrates y Unamuno con el elevadísimo argumento intelectual de que ambos “tenían muy mala leche” (p.140) y donde, en fin, el señor Irigoyen nos informa de que, en su opinión, un ratón es un “hijoputa” (p.176).

Para qué malgastar más tiempo describiendo esta obra: muchos bostezos y un par de leves sonrisas. Corto bagaje.

viernes, 5 de marzo de 2021

Chistera de duende

 


Ignoro cómo sería la primera edición de esta novela, a la que su autor (Felipe Benítez Reyes) dice en el epílogo del volumen que he leído (Tusquets, 2004) que “le sobraba escritura y le faltaba corrección”; pero el resultado actual de esta gran Chistera de duende me parece de una absorbente sencillez, digna de aplauso.

El escritor gaditano consigue conformar una trama irónica y lúdica; y unos personajes dibujados con pinceladas finísimas: ese literato joven y lleno de alucinaciones desocupadas; ese cronista con ínfulas nobiliarias insatisfechas y rencorosas; ese dramaturgo lastrado o aplastado por unas ideas revolucionarias bastante simplistas, que termina logrando un puesto de conserje; ese conde que vive del candor y de la ambición tontucia de sus semejantes… Súmesele a ese suculento panorama un conjunto realmente amplio de preciosismos estéticos (habla de unos “ojos estigmatizados por la cosmética”, p.44; de “una neblina que parecía la sábana derretida de un fantasma”, p.142; y muchas más que hará bien en descubrir y subrayar cada lector en su ejemplar del libro).

A mí esta obra me parece estupenda, y me alegra infinitamente haberme bañado en sus aguas literarias. Es un autor cuyos libros siempre me complacen.

miércoles, 3 de marzo de 2021

Primeras hojas

 


No tenía una edad avanzada el narrador Alonso Zamora Vicente cuando se enfrascó en la composición de las páginas que nutren Primeras hojas. Había nacido en 1916 y, a la hora de la escritura, era 1955 el número que figuraba en los calendarios. Así que el espíritu que preside este volumen no deriva de la melancolía de la senectud sino más bien, quizá, del deseo de recuperar y fijar los recuerdos de la infancia, para emprender la segunda parte de su vida. Nel mezzo del cammin conviene guardar en la mochila aquellas imágenes, personas y sucesos que deseamos transportar –equipaje dulce– hasta que nos abandone el aliento o se deterioren nuestros zapatos. Y para rellenar esa alforja se queda uno en silencio, rememora y, al cabo, descubre que el gran secreto consiste en que nuestra memoria no es sintáctica, sino cuántica: nos resurgen instantes, fogonazos, lugares, que han de ser consignados con esa misma narración de niebla con la que burbujean en nuestra mente.

Alonso Zamora (que fue lingüista, narrador, ensayista, profesor universitario y académico) descubre así la coma. No el punto, que ordena, separa y organiza; sino la humilde coma, pestaña entre parpadeos, leve transición entre luces. Y sus párrafos adquieren de esa manera un aire enternecedor de feria emocional, de álbum fotográfico, de –y lo digo afectuosamente y con admiración– tótum revolútum. El pasado se cifra así de una manera palpitante, enmarañada y límpida a la vez: tranvías que aportan sus sonidos inconfundibles a la ciudad; el olor de las castañas asadas en las calles de noviembre; los galopines que juegan en las plazas; los tiovivos pobretones; los adoquines sucios; los festejos taurinos con mulillas; los barquillos pringosos; las iglesias antiguas con su náusea de cera; los mayores con cuello almidonado, ante los que se guarda silencio.

En ese magma fervoroso, el lector se encontrará aquí y allá con joyas literarias que le iluminarán el rostro con su brillo: comparaciones hermosas, metáforas inesperadas y, sobre todo, unos espléndidos adjetivos (nos habla de “un olor bueno a montaña”; del tío Camuñas y su “fiero prestigio”; del “silencio táctil” que deja el paso de un autobús; o del “ruido negro” que estalla tras la caída vertiginosa de un suicida).

Alonso Zamora Vicente escribe para preservar los recuerdos, porque sabe que la escritura es la sola eternidad que nos está autorizada por los dioses; y con su filatélica dedicación consigue que las Primeras hojas de la vida se conviertan en las hojas perennes de la literatura. No es mal descubrimiento para él, ni un mal regalo para sus lectores.

martes, 2 de marzo de 2021

El pórtico

 


Me habían llegado referencias elogiosas de la novela El pórtico, de Philippe Delerm, y decidí comprobar qué impresión me provocaba acudiendo al volumen de Tusquets donde Javier Albiñana la traducía.

Durante sus primeras páginas todo fue bien, porque el planteamiento me estaba logrando interesar: un profesor de instituto que, cercano a una edad difícil y próximo al advenimiento de la depresión, convierte su jardín en su aleph espiritual, en su refugio y en su nirvana. Pero (ay, los “peros”) inmediatamente después, viendo la forma anodina en que el autor iba resolviendo los diferentes tramos de la obra, me he ido decepcionando. Creo que Delerm ha intentado pulsar al mismo tiempo muchos resortes emocionales (los hijos que se independizan del hogar; el trabajo del protagonista, que ya no le provoca el entusiasmo que le causaba en los años anteriores; etc), pero que no ha logrado elaborar una indagación psicológica de conjunto lo suficientemente sólida y densa como para hacerla creíble.

La he terminado por pura inercia y con desgana, para qué voy a decir otra cosa.

lunes, 1 de marzo de 2021

La Bestia

 


Me gustan los premios de novela que, en alguna de sus convocatorias, dejan el galardón sin conceder. Eso significa que los miembros de la editorial o del jurado, tras examinar con calma los originales que han llegado al certamen, deciden que la calidad de los mismos no cubre las expectativas mínimas y que, por tanto, se impone declararlo desierto. Es una actitud loable, que quizá hubiera sido bueno aplicar en el premio Jordi Sierra i Fabra del año 2020, que optó por aplaudir La Bestia, de Sofía Nayeli Bazán.

En sus páginas se nos habla de la aventura que decide emprender Andrea, una niña guatemalteca que, afligida por la pobreza de su familia, toma la decisión de subirse al tren que conduce hacia los Estados Unidos en busca de un trabajo que le permita aliviar la economía doméstica. “Subirse” es aquí literal: auparse hasta el techo de un vagón y cruzar clandestinamente los tres mil kilómetros que la separan del sueño americano. Habrá de enfrentarse al hambre, la sed, el calor, los ladrones, los violadores y otras alimañas oportunistas; habrá de desconfiar de todo y de todos; habrá de ser fuerte hasta límites inhumanos. Pero el objetivo es tan hermoso que Andrea asume el pago de todos esos sacrificios.

No se trata (exageraría si afirmase tal cosa) de un libro malo, pero sí de una historia previsible, repetitiva, lenta y sensiblera, con un final bastante abrupto y convencional, donde casi se escuchan los violines. Y es que, obligado resulta admitirlo, una cosa es la belleza o la bondad del tema y otra muy distinta su resolución literaria; y se supone que en un certamen de esta magnitud se premia (como se premió hace una década, pongo por caso, Las redes del infierno, maravillosa novela de Lorena Moreno) la calidad. Punto. La calidad.

Nos encontramos ante un tropezón evidente (no de Sofía Nayeli, que es joven y se está formando, sino del jurado o la editorial), que debería ser enmendado en ediciones posteriores.