jueves, 22 de febrero de 2024

Estío

 


Existen bastantes autores a lo largo de la Historia de quienes podría pregonarse con justicia que son poetas (que cada cual elija los suyos), pero muy pocos de los que cabría afirmar que son poesía. Pura poesía. Tensión y resolución lírica constantes. Seres cuya mirada y cuyos dedos se alían en un perpetuo ejercicio de poetización del mundo. Se trata de un rarísimo privilegio que los dioses conceden a ciertos mortales. Ocurre, creo, con Juan Ramón Jiménez, del que emana la poesía como el agua cristalina lo hace de un manantial: la palmera, la ola, el sol, la sombra, la aurora, el jardín, la rosa, una mano devienen objetos únicos, focos de belleza insospechada que, de súbito, quedan revelados y hechos eternidad.

Acabo de comprobarlo nuevamente en su volumen Estío, publicado en 1916 y en el que se puede apreciar, creo yo, una clara dirección depurativa, para intentar que la idea y las palabras (“el idilio raro de un león y un lirio”, como se indica en la página 14) acuerden un pacto apolíneo: reducir palabras, condensar de forma estricta las emociones. Así, Juan Ramón nos trasladará sus pesimismos (“La felicidad, / anticipado sangrar”); sus melancolías, rematadas con una gotita de humor amargo (“Me pareces como aquella / pálida novia primera, / que hace tiempo se casó / con aquel juez de instrucción”) —versos que recuerdan a aquella queja de Gabriel Celaya acerca de las adolescentes que se terminan casando con notarios—; su visión maravillosa sobre el amor (“Como no me ves, no soy visto / de nadie”); o la condición sobrante de ciertos adjetivos (“¡Sufrimiento! ¡Sólo así! / ¿Para qué añadirte nada? / —Quien inventó el adjetivo / no era digno de su alma”). O, dicho de un modo más condensado: “Quememos las hojas secas / y solamente dejemos / el diamante puro, para / incorporarlo al recuerdo”. Poda de imágenes, poda de palabras. Y, al fin, el árbol delicioso y perdurable.

Juan Ramón era muy grande, vive Dios.

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