lunes, 30 de septiembre de 2024

Las vírgenes suicidas

 


Nadie sabe, en realidad, lo que pasa por la mente de una persona que ha decidido suicidarse, qué fogonazos de luz o de oscuridad inundan su corazón cuando se acerca al terrible acantilado último. Hay una secuencia que siempre recuerdo de la película Volver a empezar y que enlazaría con la médula de este libro: cuando Antonio Ferrandis (en su papel del escritor Antonio Miguel Albajara) reflexiona sobre los comportamientos de un compañero de la universidad de Berkeley que, antes de caer fulminado por un infarto, se pone a hablar en español y a recordar una canción y los paisajes de su infancia. “¿Qué ocurrió en su cerebro?”, murmura Albajara con la vista perdida en las llamas de la chimenea.

Ese mismo interrogante corroe a unos chicos que, en la transición de la niñez a la adolescencia, vivieron una experiencia traumática: asistir impotentes al suicidio de las cinco hermanas Lisbon, que decidieron cancelar sus respiraciones, una detrás de otra, en el espacio de año y medio. ¿Por qué se abocaron a esos actos terribles? ¿Qué las fue impulsando? Vivían en un hogar sofocantemente religioso, con una madre que impedía sus relaciones con los chicos, que consideraba los bailes unas burdas reuniones concupiscentes, que las obligaba a asistir a la iglesia todos los domingos, que les hizo quemar sus discos de música rock y que, ante la menor protesta, levantaba la mano para descargarla en forma de bofetada. Ahora bien, ¿eso fue todo o hubo algo más? Con la ayuda de los noventa y siete objetos que lograron recuperar tras la mudanza de sus padres (fotografías, mechones de cabello, notas manuscritas, un diario) y con una serie de entrevistas que van realizando a las personas que se encontraron cerca de las hermanas Lisbon, se nos va reconstruyendo, pincelada a pincelada, la historia de aquellos dieciocho meses terribles, en los que certezas y suposiciones se van mezclando para intentar reconstruir los motivos de tanta desesperación.

Con un virtuosismo impropio de una primera novela, Jeffrey Eugenides erige una obra donde se analizan con rigor las convenciones sociales, las rigideces de la fe, las mentiras del mundo en que vivimos y, sobre todo, los pasillos más oscuros y más desvalidos del alma de los adolescentes.

Imprescindible.

domingo, 29 de septiembre de 2024

Mi funeral

 


Me llamó la atención que, la primera vez que hablé por correo con Eduardo Boix y le dije que acababa de comprar su novela Mi funeral, emitiese sobre ella un dictamen más bien negativo, declarándose insatisfecho de ella. No es una actitud habitual: lo frecuente es que los creadores, si concluyen que uno de sus libros no es demasiado brillante, recurran a la ironía o apelen a la juventud que ostentaban cuando redactaron sus líneas; pero no que decreten su inanidad de forma tajante. Ahora, leídas sus páginas, creo que el autor ilicitano exageraba. Mi funeral no es una mala narración, en modo alguno. Su propósito es contar la propia muerte y detenerse en los pormenores que rodean a la celebración de un velatorio y el posterior reparto de las cenizas del difunto. Lo peculiar es que el fallecido… ¡es la propia persona que está redactando las líneas! Que se llama, vaya por Dios, Eduardo Boix. ¿Quién no ha soñado alguna vez con lo que pasará cuando deje este mundo? ¿Quién no ha imaginado lo que pensarán los demás, cómo se comportarán, quiénes verterán lágrimas, quiénes lo llevarán mejor o peor? El novelista, en este caso, convierte las conjeturas, las sospechas, las culpas, los miedos, las esperanzas y los interrogantes en un texto con inequívoco sabor autobiográfico, que impresiona por su densidad. Quizá porque, como el mismo autor subraya en la página 61, “el tema de la muerte fue el germen de toda tu obra y, tal vez, de tu vida. Desde niño te persiguió”. Estamos, pues, ante una excelente radiografía psicológica de las emociones familiares (y también sociales) que genera la muerte. Dudo que nadie pueda leer estas páginas sin sentir que eso (lo que se cuenta en la novela) también ocurrió cuando falleció una de sus personas queridas. Hagan la prueba.

Se me ocurre, en fin, una hipótesis que quizá peque de aventurada, pero no de irreflexiva: quizá esa densa atmósfera de revelaciones familiares puede haber llevado al autor a juzgar que la obra se queda estancada en lo anecdótico e íntimo, pero les aseguro que no es así. Boix pulsa, al pulsarse a sí mismo, resortes muy hondos de la condición humana. Y esa destreza otorga un valor muy interesante a estas páginas, que quedan impregnadas de autenticidad y de universalidad.

viernes, 27 de septiembre de 2024

La decisión del capitán Calero


 

En ocasiones, la vida nos sitúa ante encrucijadas que, por su acrimonia o su contundencia, detienen la saliva en nuestra garganta. Sucede pocas veces, pero cada vez que se nos coloca ante una y se nos impele a elegir sentimos el viento del acantilado en nuestra cara. ¿Qué hacer, qué dirección tomar, qué velocidad elegir? Nadie puede ofrecernos sus consejos, nadie puede brindarnos su mano: estamos solos. En una de esas bifurcaciones se encuentra el capitán Francisco Calero, un militar de procedencia humilde que, a los catorce años, tuvo que abandonar el colegio para ayudar a su familia, que tenía un pequeño olivar en Andalucía, aunque el progenitor compaginaba esos ingresos con los de peón caminero. Ahora, siete años después de haber participado en la sangrienta y estúpida guerra civil de 1936, se encuentra destinado en Madrid, ciudad en la que no se siente cómodo (“Madrid era todavía la capital del hambre, el racionamiento y los continuos cortes de luz y agua, sobre todo en el casco viejo, popular y rancio, donde proliferaban las corralas, guetos que hacinaban a la gente sobreviviendo en la miseria”, p.10). Ha perdido la fe religiosa, tras contemplar las atrocidades bélicas, y sueña con pedir traslado a una zona más tranquila, situada en su tierra natal o en el Levante español. Pero su existencia se verá sacudida cuando llegue desde el Alto Mando una orden agria e inapelable: el preso Eulogio Fernández, antiguo comandante del ejército republicano, recibe la condena de ser fusilado; y tal ejecución deberá estar dirigida por el capitán Calero. Hombre moderado y educadísimo, partidario de la amnistía a los derrotados después de la guerra y de la reconciliación nacional, Calero recibe la noticia como un mazazo, porque su concepto de la justicia y del honor excluye este tipo de salvajadas. Y, tras unos días de estupefacción y bloqueo, comienza a mover los hilos que puedan exonerarlo de tan indigna misión, como el capitán castrense o el coronel (con el que combatió en África); pero nadie se aviene a prestarle su auxilio, amparándose en el resentimiento contra los rojos (el páter) o en la obediencia debida a las órdenes del Alto Mando (el coronel). Erosionado por la amargura, el capitán Calero se planteará otros caminos (negarse a obedecer, abandonar el ejército) y visitará en su celda al preso, para conocerlo y mirarlo a los ojos. Luego decidirá cómo actuar.

Novela dura y reflexiva sobre la honestidad, el perdón, los códigos del alma humana, la entereza y la dignidad, con posibles detalles familiares incluidos, La decisión del capitán Calero obliga a la persona que está leyendo a adoptar una postura moral. ¿Qué haría yo en estas condiciones? ¿Me atrevería a desobedecer, sabiendo que el alimento de mis hijos depende de mi trabajo? ¿Bajaría el sable, para que mis soldados dispararan contra un hombre que lo único que hizo fue luchar (como yo) por sus ideas? ¿Me atrevería a dispararle el tiro de gracia, como mandan los cánones? José Cubero nos invita a que reflexionemos con él.

miércoles, 25 de septiembre de 2024

A propósito de tu hijo

 


Están ahí, a nuestro lado. Viven en nuestro edificio, estudian en nuestro colegio, pasean por nuestra calle, compran con sus familias en nuestro supermercado. Y, sin embargo, realizamos en ocasiones un deliberado esfuerzo para no verlos, y atenuar así la sensación de incomodidad que frente a ellos nos aflige. Son los discapacitados intelectuales, cuyas etiquetas identificativas (Asperger, autismo, inteligencia límite, etc) nos hacen tragar saliva y nos ponen, por qué mentir, en tensión. En algunos casos (espero que en muy pocos, y que cada vez sean menos), porque se les desprecia o se les juzga prescindibles; en la mayor parte de las ocasiones, porque su rareza (y quiero que el sustantivo suene tan respetuoso como suena en mi cerebro) nos inquieta, nos perturba, nos descoloca: sus ojos huidizos o penetrantes, sus silencios o sus gestos, su forma de actuar, sus palabras se salen de lo canónico y nos obligan a medir cuanto hacemos o decimos, porque no queremos alterarlos con nuestra ignorancia.

José Antonio Jiménez-Barbero, en las páginas de A propósito de tu hijo, que es una novela respaldada por el Ilustre Colegio Oficial de Enfermería de la Región de Murcia, se atreve a poner ante nosotros un relato muy directo, muy firme y muy respetuoso sobre esas personas distintas, sobre las emociones que laten en su interior, sobre sus necesidades y derechos, sobre el modo en que los demás debemos relacionarnos con su diferencia. Y el resultado, créanme, es tan bello como educativo. De un lado, tenemos a Santiago, un adolescente que “no es autista. Tiene autismo”, como explica su padre en la página 27. Del otro, tenemos a Alicia, con un leve retraso cognitivo. Ambos cursan estudios en el colegio público Campo Verde y, refugiándose entre sí, hacen frente a la incomprensión o la agresividad de sus compañeros, que los ven como una “pareja de atontaos” (p.34), un “par de gilipollas” (p.84) o unos “puñeteros retrasados” (p.197). Y esa amistad, que se establece sobre todo gracias a la ternura candorosa de Alicia, se convertirá en la gran energía que sirva para que los demás, poco a poco, lleguen a comprender su singularidad y los acepten como son.

Navegando con sabiduría por el mundo de las emociones, José Antonio Jiménez-Barbero construye una novela noble y bien organizada, que esquiva todo tipo de clichés almibarados y que nos invita a pensar cómo reaccionaríamos nosotros si tuviéramos al lado un Santiago o una Alicia. Sin duda, una obra necesaria.

martes, 24 de septiembre de 2024

A sangre y fuego

 


En épocas de horror (por ejemplo, en períodos de guerra), es natural que los seres humanos se escindan en dos bloques antagónicos, en dos bandos irreconciliables y extremos: de un lado, vociferan y matan quienes creen que la idea A es la única válida; del otro, se yerguen quienes acuden a idénticas vociferaciones y crímenes, pero para sustentar la idea B. Desde la lejanía (espacial o temporal), cuando ya no se escucha el griterío de las trincheras, ni vuelan los trozos de metralla, ni nos taladra los oídos la sirena que avisa del inminente bombardeo, todos podemos dictaminar, con razones más o menos templadas, qué bloque llevaba razón y qué bloque incurrió en la vileza y la inhumanidad. E incluso, si somos personas de más ecuanimidad, alcanzaremos a distinguir qué porciones del bando A y del bando B (insisto: porciones) ejecutaron indignidades o protagonizaron invisibles grandezas. Ahora bien, qué espíritu tan vigoroso y tan noble (si se me permite el adjetivo, diré que también tan inverosímil) muestran quienes, desde la cercanía (espacial y temporal), son capaces de adoptar la misma posición difícil, incómoda y desagradecida, mostrándose ecuánimes y señalando todo el horror de unos y otros, de tirios y troyanos, de fascistas y comunistas, de señoritos y proletarios, de nobles y de plebeyos. Es lo que hizo en este libro asombroso y atemporal el periodista Manuel Chaves Nogales, quien fue capaz de observar y registrar en estos relatos la condición cenagosa de un tiempo abyecto, que explotó en 1936. Lo sencillo hubiera sido alinearse con uno de los bandos en pugna y disfrutar del aplauso posterior y sectario; lo difícil, colocarse las gafas de la honestidad e ir anotando todo, incluido en ese todo las bondades de “los otros” y las bellaquerías de “los tuyos”. Hay que tener un espíritu muy recio para acometer esa tarea, y un corazón dispuesto a soportar los desdenes que, seguro, te lloverán desde ambos bandos, por “tibio”, por “traidor”, por Pepito Grillo.

Chaves Nogales nos habla aquí de señoritos hijos de puta y de obreros vengativos, a la vez que nos resume anécdotas de señoritos íntegros y de obreros cabales. En ese amplio abanico, imaginen a la mujer cuyo marido ha sido ejecutado, a la niña que no sabe si alzar la mano o el puño (porque ignora qué ademán la salvará o le regalará un balazo), al padre que se destroza las uñas intentando rescatar el cuerpo de su hijo tras un bombardeo, al soldado que intenta proteger obras artísticas antes de que pasen los enemigos y las destrocen, al herrero grandullón que intenta proteger a su familia o a la monja que trata de mantener su fe mientras todo a su alrededor se confabula para mostrarle la faceta más amarga y más despreciable de los seres humanos. Y, sobre todo, imaginen a ese español anónimo (pongan ustedes el nombre que quieran y la ideología que deseen) que, harto de la monstruosidad de la guerra, se descubre una mañana “sintiendo el asco y la vergüenza de vivir y de ser hombre”.

Entré en las páginas de A sangre y fuego animado por los elogios que había leído sobre la figura digna, honorable y pura del periodista sevillano, pero la lectura de la obra me ha estremecido mucho más hondamente de lo que preveía. Lo he leído sentado, pero lo aplaudo de pie.

domingo, 22 de septiembre de 2024

Las olvidadas

 


Intento, de forma continua, que todas mis convicciones sobre la igualdad entre hombres y mujeres no se conviertan en simples frases, en etiquetas, en palabras repetidas, en tópicos (Francisco Umbral escribió una vez que los tópicos son verdades mineralizadas por los imbéciles): leo novelas de mujeres, leo versos de mujeres, leo obras dramáticas de mujeres, leo aforismos de mujeres; y leo, con una profunda atención y con muchas ganas de aprender, libros donde se reivindica a aquellas mujeres que han sido desdeñadas o que han recibido, a lo largo del tiempo, la lapidación del silencio. Hoy he terminado uno de estos últimos, titulado Las olvidadas y su autora es la excelente Ángeles Caso, que ya me cautivó con un libro dedicado a las hermanas Brontë (https://rubencastillo.blogspot.com/2023/08/todo-ese-fuego.html).

Ahora, mezclando sus facetas como narradora y como experta en arte, la autora conforma un tomo espléndido, en el que despliega ante nuestros ojos un amplio arco iris de creadoras que, en los ámbitos de la pintura, la escultura, la música o las letras, han brillado contra viento y marea, enfrentándose al paternalismo, la furia o la venganza de los varones, que intentaron minimizar o incluso ocultar su existencia: desde las que trabajaron en los scriptoria medievales copiando libros (que las hubo) hasta las que soñaron con ciudades dirigidas por mujeres (como Cristina de Pisan), pasando por las místicas, las dramaturgas o las autoras de novelas eróticas avanzadas para su tiempo. En esta valiosa enciclopedia de recuperaciones encontramos, en la Edad Media, a la poderosa Hildegarda de Bingen, independiente y receptora de unas famosas visiones que le dieron fama de santidad en toda Europa. Cuando avanzamos hasta el Renacimiento y se vuelve a la vieja idea ateniense del hombre como centro y medida de todas las cosas, Ángeles Caso apostilla: “Pero cabe preguntarse si en ese concepto estaba incluida la humanidad al completo o si se refería tan sólo al género masculino. Porque lo cierto es que, en medio del extraordinario proceso intelectual y civilizador que fue el humanismo, la mujer siguió ocupando mayoritariamente su tradicional situación de sombra” (p.98). Las mujeres doctas eran vistas con desdén por los hombres y con distancia por las mujeres: pagaron el precio de la soledad y el aislamiento. La italiana Isotta Nogarola lo resumió muy bien: “Las burras me desgarran con sus dientes y los bueyes me clavan sus cuernos” (p.104). Y a partir de ahí, para asombro del lector, la investigadora asturiana empieza a colocar ante él los nombres y logros de un abultado elenco de heroínas culturales: como Sofonisba Anguissola, a la que el propio rey Felipe II instaló en su corte y se convirtió en dama de honor (y maestra de dibujo) de la reina Isabel de Valois; o Teresa de Jesús, cuyo renombre literario no ha languidecido desde su muerte hasta nuestros días; o sor María de Jesús de Ágreda, poeta y pensadora que intercambió seiscientas cartas con el rey Felipe IV, facilitándole reflexiones y consejos sobre política y economía; o sor Marcela de San Félix, hija del genial Lope de Vega y, como él, poeta y dramaturga; o María de Zayas y Sotomayor, escritora polémica y bastante poco atendida, de la que se conservan pocos datos biográficos; o Luisa Roldán, escultora habilidosa y tenaz defensora de su independencia personal y profesional; o, en fin, Artemisia Gentileschi, “la pintora más prodigiosa de la historia del arte (al menos hasta el siglo XX)” (p.265), que fue violada por Agostino Tassi, un turbio colaborador de su padre, y que desde entonces se concentró en sus increíbles habilidades pictóricas, llenando sus lienzos de mujeres de fuerte carácter y comportamiento aguerrido.

Me detengo aquí, porque resultaría ocioso resumirles lo que, entiendo, deberían leer ustedes: lo pide el sentido común y lo pide la justicia.

No lo dejen pasar.

viernes, 20 de septiembre de 2024

La sombra

 


Una de las más atosigantes zozobras que pueden impregnar el alma y el corazón de una persona consiste en desconfiar de la fidelidad del ser amado, porque todo se transforma entonces en sospecha, en indicio, en señal, en prueba: los gestos que realiza, las palabras que emite, las personas que frecuenta, las puertas que se cierran a su espalda, las miradas perdidas, las sonrisas a destiempo, los horarios que no encajan. Un jovencísimo Benito Pérez Galdós (tenía 23 años) abordó ese tema en su novela corta La sombra, que se publicó como libro en 1871 y que ahora volvemos a disfrutar en la edición que Juan Antonio Molina Foix prepara para el sello Cátedra. En sus páginas nos encontramos con la delirante existencia de don Anselmo, un viudo huraño y entregado a mil experimentos químicos, que por fin se decide a contarle al narrador de esta historia los pormenores de su tristeza, originada por los celos hiperbólicos que comenzó a desarrollar nada más casarse con la joven Elena, y que lo llevaron por un camino de alucinaciones, extremismos y violencias que culminaron con la muerte de su esposa.

La columna vertebral de la historia, en sí misma, no tiene desde luego nada de excepcional: desde el cervantino Felipo de Carrizales o el shakespeareano Otelo hasta las páginas recientes de Murakami o Millet, los celos se han convertido en uno de los motores temáticos más fértiles de la literatura, porque convierten en tinta una pasión tan arrasadora como universal. Lo que sí constituye un elemento sorprendente es que Galdós conecte las presuntas veleidades de su mujer con la atractiva figura de Paris, el príncipe troyano, que brilla en un cuadro de su casa. De hecho, conversa con el personaje mitológico y lo acusa de estar perturbando con su bella figura la calma de su vínculo matrimonial, responsabilidad que Paris declina, respondiéndole que la culpa de esas zozobras proviene siempre de la mente del marido obsesionado (“Tú me has llamado. Tú me has dado la vida: yo soy tu obra”). Y es que, en verdad, cuando alguien sospecha o teme, todo se le convierte en asechanza, en peligro, en enemigo.

¿Existe verdaderamente el amante en forma de sombra al que se menciona en las páginas de esta novela con los nombres de Paris y Alejandro… o se trata de una obsesión del inseguro esposo? Queda en manos de cada lector decidir sobre ese asunto.