lunes, 31 de agosto de 2026

El cadáver del señor García

 


Hortensia y Abelardo se encuentran reunidos con otras personas para celebrar su fiesta de compromiso. No pueden ser más felices. El problema empezará cuando se escuchen unas detonaciones y, a renglón seguido, todos entren en el salón y descubran el cuerpo de un hombre que, tumbado en el sofá, se ha quitado la vida. ¿Quién es ese intruso? ¿Y por qué ha elegido precisamente su casa para acabar con todo? Al cúmulo de criadas, vecinos y amigos pronto se unirán el juez (al que han despertado en plena noche para que levante el cadáver) y el forense (quien debe inspeccionar ocularmente la escena y se llama, por supuesto, Casimiro). El espectador (o el lector) empieza a fruncir las cejas y a esbozar una sonrisa, que se irá incrementando conforme avance el delirio de los diálogos, llenos de nervios, sílabas trabucadas, juegos de palabras y disparates. No podía ser de otra manera, siendo una pieza escrita por Enrique Jardiel Poncela. En ese instante, el juez, muy indignado por la proliferación de personas que abarrotan la sala y que no lo dejan enterarse de nada, se queja de tener ante sí “nueve personas que han aprovechado el suicidio de un infeliz para pasar entretenidas la noche”. Y el forense, tan aturullado como él, rubrica: “Y si las dejamos presenciar la autopsia, reparten programas” (acto II). La única posibilidad de aclarar el suceso consiste en repetir la escena: todos salen de la habitación, apagan la luz… y vuelve a escucharse un atroz disparo. ¿Acaso el suicida ha vuelto a suicidarse? ¿O alguien más se ha sumado al horror de esta noche inolvidable?

Por supuesto, no les pienso contar nada más de la trama. Bueno estaría. Pero sí les diré que cuando el cadáver del señor García se siente en el sofá y bostece, el juez constatará que el estupor adormece sus facciones. O, dicho con palabras más claras, que “la imbecilidad barniza sus párpados” (acto III). Puro Jardiel. Y a partir de ahí, el disloque. No se lo pierdan, háganme caso.

sábado, 29 de agosto de 2026

La Paz

 


Contemplando el estado calamitoso en que se encuentra el mundo desde que vive inmerso en la guerra (que destruye vidas, familias y cosechas), el viñador Trigeo de Atmoneo ha concebido la sorprendente idea de subir hasta el Olimpo, volando sobre un escarabajo, para hablar con Zeus. Al recibirlo en la puerta, Hermes le explica que los dioses están enfadados por el empeño suicida de los helenos en continuar sus disputas. Y que, por ese motivo, Guerra ha secuestrado a Paz y la tiene encerrada en una cueva, taponada por grandes piedras. Trigeo calibra entonces que, con la unión de todos los ciudadanos, sería posible liberarla (“¡Ea, labradores, comerciantes, carpinteros, obreros, metecos, extranjeros e isleños, venid aquí pueblos todos, venid a toda prisa con palas, palancas y sogas!”). El proceso de liberación, no obstante, resulta complicado, porque todos (aquí, la metáfora es espléndida) tiran en direcciones opuestas, aunque al fin logran su propósito y sacan a Paz a la luz.

Habilidoso a la hora de analizar el estado del mundo, Aristófanes nos explica entonces los mecanismos que conducen a toda contienda (léase con atención, por si nos recuerda algo): primero, una alianza de políticos y comerciantes azuza el descontento de la población (“La ciudad, lívida y asentada en el miedo, iba comiéndose cada vez con más gusto todas las mentiras que se le ofrecían”); más tarde, se desdeñan las opiniones de quienes abogan por estudiar pactos; y, por fin, todo estalla. Es entonces cuando la Paz “le vuelve la espalda al partido del pueblo, irritada porque haya puesto al frente de sus filas a semejante sinvergüenza”. ¿Será necesario insistir en la clarividencia (y en la actualidad) del dramaturgo griego?

Su mensaje, además, se salpimienta con algunas menciones punzantes a otros dramaturgos de su tiempo y, sobre todo, con groseras ordinarieces sobre culos, penes empalmados, tetas, pedos, gargajos enormes y otras chocarrerías, que debieron de hacer las delicias del público de la época, menos exquisito de lo que actualmente podríamos pensar. Una obra todavía luminosa.

viernes, 28 de agosto de 2026

Juntos, nada más


 

Paulette Lestafier es una anciana que vive sola y que comienza a ser acosada por la enfermedad de Alzheimer. Por suerte, dispone de la ayuda de su vecina Yvonne Carminot, que vela por ella. También lo hace, a su modo bronco y esporádico, su nieto Franck, que trabaja como cocinero y que alimenta solamente dos sueños: las motos y la creación de un futuro restaurante. Camille Fauque es una chica que, en el borde de la anorexia, vive en conflicto consigo misma y con su madre, con la que no consigue reconciliarse. Es una magnífica pintora, pero por alguna razón misteriosa no parece dispuesta a exponer o vender sus creaciones. De hecho, vive en una buhardilla infecta (prestada), trabaja como limpiadora nocturna (donde es amiga de una negra apodada Mamadou, que se niega a confesar su nombre auténtico) y, en el colmo del autodesprecio, se ha rapado la cabeza. Philibert, aunque de estirpe noble, sobrevive vendiendo postales en la tienda de un museo, mientras habita una enorme vivienda de la familia. Es tímido hasta la hipérbole y acumula en su hogar miles de libros, sobre todo de historia. Vincent es un chico que, atrapado por el mundo de la droga y habiendo tomado la decisión de desengancharse, es cobijado por Camille, quien pronuncia una frase que quizá resume perfectamente la situación: “Formamos una buena panda de lisiados”. Es verdad. Todos ellos han sido heridos en su niñez, de un modo u otro (padres que abandonan o desprecian, madres que se desentienden); todos han sido también heridos en la juventud (Camille tiene incluso una cicatriz en el hombro, causada por un antiguo novio irascible). Hay quien suele permanecer en silencio (Camille); hay quien tartamudea (Philibert); hay quien escupe palabrotas cada cinco segundos (Franck); hay quien olvida palabras (Paulette); hay quien no sabe qué palabras emplear (Vincent). Pero Anna Gavalda los reúne en esta espléndida novela y todos descubren que, respetando y arropando a los demás, quizá sean capaces de encontrar quien los respete y los arrope a ellos. De nada sirven las corazas cuando el objetivo es quedar sanado. De nada sirven los puñales cuando el deseo es recibir caricias. De nada sirve la soledad cuando la meta es ser feliz.

Una obra con fascinantes diálogos, con bellísimas conexiones humanas y donde no se utiliza la ñoñería para provocar lágrimas fáciles. Se disfruta.

jueves, 27 de agosto de 2026

Últimas soledades del poeta Antonio Machado


 

Leo, con más estupor que provecho y con más decepción que alegrías, el tomo Últimas soledades del poeta Antonio Machado, compuesto por su hermano José. Lo adquirí hace años en una librería de segunda mano, pero, por azares de todo tipo, aún no me había adentrado en sus páginas. Si finalmente lo he hecho ha sido porque mi admirado Antonio Muñoz Molina le dedicó un elogio bastante notable, y eso me ha recordado su existencia. A mí, lamento decirlo, me ha parecido un tomo más bien inane, que incorpora futilidades, hipérboles prescindibles y frases de don Antonio que, de ser literales, me entristecen, quizá porque a los lectores devotos no nos gusta admitir que nuestros dioses fueron humanos, demasiado humanos.

Vayamos a los ejemplos concretos. Se pregunta José en la página 14 si su hermano Antonio fue feliz alguna vez en su vida y llega a la absurda conclusión de que “los que hemos estado gran parte de su vida a su lado, creemos poder afirmar que en ningún momento de ella lo ha sido”. ¿Nunca? ¿Ni un solo día? La mitificación es tan notoria que provoca mi primer enarcado de cejas. Avanzo hasta la página 45 y descubro que Antonio tenía una costumbre muy extraña, que cumplía “a altas horas de la noche” y que no era otra que poner la cabeza debajo de un chorro de agua fría que manaba del caño de una fuente, para aclararse las ideas. Tras eso, continuaba con sus rimas. Segundo enarcado de cejas. Llego después hasta la página 69 y sufro un escalofrío al leer estas palabras, que José atribuye a Antonio: “Desengáñate, la mujer que logre alcanzar la más clara inteligencia, nunca llegará a la del hombre más carente de ella”. Es triste que así pensase (si la memoria de José es exacta) el autor de Campos de Castilla. Algo más tarde, en la página 116, me entero de que sentía aversión por los animales, y en especial por el perro, al que consideraba “un animal de un servilismo verdaderamente repugnante”. ¿Será necesario que siga espigando este tipo de informaciones banales o directamente insufribles? Mis respetos para don José por este intento de analizar la vida y obra de su hermano Antonio, pero me parece que el resultado es más contraproducente que valioso.

miércoles, 26 de agosto de 2026

Cuerpo perseguido

 


“Quisiera estar por donde anduve”. Con esas cinco palabras (con ese verso dulce, melancólico, impregnado de añoranza) comienza el volumen Cuerpo perseguido, del malagueño Emilio Prados, que se construye con poemas por lo general breves, de vuelo airoso, en los que las asonancias y una cierta frialdad apolínea constituyen, en mi opinión, sus mejores armas. El poeta, con una voz que se nos figura humilde, añade que querría sentirse “igual que un vaso limpio / de agua pura, / como un ángel de vidrio / en un espejo”; y después completa la imagen afirmando que “Hay un niño que cuelga de mis ojos”. Quizá todo esté ahí, en esas tres pinceladas llenas de recato y lirismo, en esas tres aseveraciones de enorme belleza contenida.

Después, nos hablará de vientos y de sangres, de cuerpos amados y de la luz del amanecer, de párpados que se cierran en silencio, de flechas que cruzan por el aire, de crepúsculos y oraciones, de manos que aletean como pájaros, de rostros que flotan en la luz. A ratos, creemos estar leyendo a Jorge Guillén; a ratos, a Pedro Salinas. Es una curiosa mezcla. Pero, sobre todo, ya digo, son ejercicios de contención expresiva, en los cuales las palabras no buscan brillar, sino iluminar. Son conceptos distintos: no quieren ser ellas las protagonistas, sino insinuarnos un sendero por el que llegar al mensaje lírico, a la almendra poética, que Prados camufla con pudor. No gustará a quien busque una poesía pirotécnica, pero sí a todo lector al que le guste respirar la pureza de lo medido, de lo escueto, de lo insinuado. Y, sobre todo, a los lectores que disfrutan y se emocionan cuando encuentran estrofas como esta (sección “Nuevos vínculos”, poema XIII): “Yo sé que soy romántico de huidas; / que sueño porque un sueño es mi figura, / pero si persiguiera yo a mi ausencia / y a descansar saliera de otra hechura / inmóvil me hallaría en pie en mi cuerpo, / como un fantasma mío de mi fuga”.

lunes, 24 de agosto de 2026

La barca sin pescador

 


Ricardo Jordán ha sido un hombre poderoso y millonario, que ha convertido el mundo de la Bolsa en una fuente inagotable de ingresos. A su alrededor, todos le admiran; o, más bien, le odian y temen, porque ha dejado una implacable estela de cadáveres a su espalda. Nada le importan los demás: son meras marionetas carentes de valor, que utiliza para sus fines. Pero en el momento en que se alza el telón de la obra, las tornas han cambiado: su principal rival está logrando que sus acciones se desmoronen, ha provocado la desconfianza de sus socios e incluso se ha reunido en secreto con Enriqueta, la amante de Ricardo. ¿Es el final de su imperio? Así parece, hasta que irrumpe en escena un siniestro personaje vestido de negro, que se identifica como el Demonio y que le propone un pacto para recuperar todo su poder y toda su fortuna: que decida la muerte de una persona anónima que vive a miles de kilómetros, un pobre pescador que se llama Péter Anderson. Despojado de escrúpulos, Ricardo firma el documento y logra, al instante, volver a ser quien era.

Como se puede observar, lo que plantea hasta ese punto el cántabro Alejandro Casona es nítido: una revisión moderna del mito de Fausto. Pero lo que interesa sobre todo de La barca sin pescador es el modo en que, arrepentido de su acto, Ricardo emprende viaje hacia el Norte, donde conoce a las personas que rodearon a Péter y convive con ellas. El remordimiento y la culpa, lentamente, impregnan su alma, hasta convencerlo de una verdad que ahora juzga cristalina: que los seres humanos no son muñecos absurdos y prescindibles, sino criaturas dignas de amor y compasión, de quienes conviene estar cerca, porque su compañía irradia calor, ternura y plenitud. Estela, la viuda de Péter, ha ido sintiendo cómo en su pecho vacío ocupa cada vez más espacio el intruso Ricardo; y, dándose cuenta de la mutación que su alma ha experimentado, le dice: “¿Sabe lo que me parece a veces? Que usted ha nacido aquí, entre nosotros; que luego ha vivido lejos muchos años con la memoria perdida. Y que ahora está empezando otra vez a reconocer a los suyos” (acto III). Así es. Ricardo, rodeado por la sencillez y la bonhomía de los habitantes de aquella aldea de pescadores, descubre las auténticas verdades de la vida: la cooperación, la escucha, el mirar a los ojos de las demás personas. ¿Será necesario añadir que la elección de los nombres por parte de Casona es, como tantas otras veces, simbólica? “Jordán” es el río donde, bautizado Jesús, accedió a una vida nueva; “Estela” es un sinónimo de camino, trazado sobre las aguas… La enumeración podría seguir, añadiendo un toque más a esta obra de sugerente ingenuidad y de atractiva sencillez, que se sigue leyendo con agrado.

domingo, 23 de agosto de 2026

Una mujer

 


Enfrentarse a la muerte de la madre. Escribir para ordenar los sentimientos, los recuerdos, las ideas. Annie Ernaux lo hace en Una mujer, un relato que no es una biografía, ni tampoco una novela (ella misma se encarga de aclararlo en los párrafos finales del volumen), sino un álbum de sellos emocionales, una revista del corazón (en el puro y limpio sentido). Tras dos años de permanencia en el centro asistencial donde tuvo que ingresarla a causa de su demencia, le llega a la escritora la notificación de su muerte. Y se inician diez meses de lágrimas, de silencio, de reconstrucción de la vida de su madre, aquella niña que (nos lo ha explicado la autora francesa en otros libros suyos) se enorgullecía de no haberse quedado en el campo; que montó un local de bebidas y alimentación con su marido; que engordó hasta los 89 kilos; que hacía mucho ruido al limpiar; que una vez, por culpa de la bebida, vomitó junto a la narradora; que cuando era mirada con mucha intensidad por su hija le preguntaba si tenía monos en la cara; que descorchaba las botellas metiéndoselas entre las piernas; que terminó usando gafas bifocales; que ingresó en el Alzheimer tan rápida como dolorosamente.

En estas páginas adivinamos el impulso terapéutico y nos estremecemos con el tono apolíneo con el que Ernaux trata de dibujar a la mujer que la trajo al mundo. Es hermoso, triste y conmovedor. Para leer en silencio.

sábado, 22 de agosto de 2026

Medio siglo con Borges

 


Mario Vargas Llosa era un joven que, entusiasmado con las ideas de Jean-Paul Sartre sobre el compromiso del escritor, abominaba en público de las obras del “esteta” Jorge Luis Borges; pero que, a solas, como quien comete adulterio (son palabras suyas), las leía con fervor y quedaba prendado con su universo estilístico. Esa fascinación íntima, ese deslumbramiento, resulta evidente en el volumen Medio siglo con Borges, un homenaje al escritor que (habla don Mario) “nunca me decepcionó”, aunque no compartiesen ideología o mostrasen lealtades divergentes: a Borges le gustaba la literatura fantástica, que Vargas Llosa reconoce mirar con distancia; al peruano le fascinaban la política y el sexo, que el argentino soslayaba o incluso desdeñaba. Lo crucial es que (cito textualmente las palabras del premio Nobel) “la belleza e inteligencia del mundo que creó me ayudaron a descubrir las limitaciones del mío, y la perfección de su prosa me hizo tomar conciencia de las imperfecciones de la mía”.

Uno de los textos más conocidos de cuantos se incluyen en este volumen es la famosa entrevista que Vargas Llosa le hizo para la radiotelevisión francesa en la que, anotando lo pobre y precario de su vivienda, le dio a Borges la sensación de haber conocido a un agente inmobiliario (“Los muebles son pocos, están raídos y la humedad ha impreso ojeras oscuras en las paredes. Hay una gotera sobre la mesa del comedor […]. Su dormitorio parece una celda: angosto, estrecho, con un catre tan frágil que se diría de niño”). También nos da una fascinante nota sobre el carácter del argentino: “Igual que su modestia, sus buenas maneras son más un recurso literario que una virtud. En el fondo, sabe muy bien que es un genio, aunque, para un escéptico como él, esas cosas no tienen importancia”.

Rendido a su brillantez, Vargas Llosa enuncia que “no es arriesgado afirmar que Borges ha sido lo más importante que le ocurrió a la literatura en lengua española moderna”. Pero que conviene tener mucho cuidado con su estilo, porque intentar imitarlo es tan evidente como inútil (“La revolución de Borges es unipersonal; lo representa a él solo”). Su literatura, despojada de las retóricas ampulosas del español tradicional (“El estilo borgiano [escribió Vargas Llosa en 1999] es uno de los milagros estéticos del siglo que termina, un estilo que desinfló la lengua española de la elefantiasis retórica, del énfasis y la reiteración que la asfixiaban, que la depuró hasta casi la anorexia y obligó a ser luminosamente inteligente”), se lee “con interés hipnótico”, porque sin duda es “prosa hechicera”. Y está llena, como todo el mundo sabe, de erudiciones culturales, aunque no conviene perder de vista un elemento crucial: “Lo que da grandeza y originalidad a esos cuentos no son los materiales que él usó sino aquello en que los transformó”. Vargas Llosa, con su prosa también hechicera, nos regala un libro magnífico para los amantes del universo borgiano.

viernes, 21 de agosto de 2026

Ni tiro, ni veneno, ni navaja


 

Dedico un par de horas (el tomo es breve) a leer Ni tiro, ni veneno, ni navaja, con el que Gloria Fuertes obtuvo en 1965 el premio Guipúzcoa de poesía. Y vuelvo a sentir la grata voz (honda en su fondo, sonriente en la forma) de una poeta capaz de enfrentarse con sencillez a los temas más arduos y espinosos (el desamor, la muerte, la tristeza, la soledad) y resolverlos con saltarina eficacia. Nos indica desde sus primeros versos que aspira a una obra “que consiga emocionar”, sin preocuparse de mediciones (“¡Nunca sílabas contar!”) y anhelando ser lo más clara posible. Con esas directrices, la escritora madrileña aplaude el arrojo de quienes se lanzan a conseguir lo que anhelan (“Date”); escupe su desprecio contra la muerte, “amiga de lo ajeno”, que suele hacer más daño a los que se quedan que a la propia víctima; escribe una carta a la Sociedad de Amigos y Protectores para que se lleven de su casa un fantasma impertinente que no la deja en paz; o aprieta los dientes para redondear la dura “Nana del niño muerto”, definiendo a su protagonista como pequeño criminal, porque con su muerte ha matado el corazón de su madre.

Versos cortos, alígeros, juguetones, llenos de estupendos juegos verbales (“Me arma de paz y ciencia”; “¿Qué pasa en este mundo donde me hundo?”) que adornan con sonrisas y música unos dolores que se presienten intensos y paralizantes, pero que quedan aliviados con el árnica de la poesía. Me ha gustado.

jueves, 20 de agosto de 2026

Cuánto vale una heladera

 


Después de dos aproximaciones muy gratificantes a la novelística de Claudia Piñeiro me acerco hasta las páginas de Cuánto vale una heladera y otros textos de teatro, que reúne seis producciones breves, pero muy valiosas, donde se combinan humor y tragedia, cotidianidad y magia, claustrofobia y recuerdos. Me ha parecido muy notable. Con las tres primeras entregas del tomo he disfrutado por motivos distintos: en Cuánto vale una heladera, por el modo en que combina un disparate burocrático con su solución humorística; en Verona, por la telaraña familiar que condensa, llena de hilos pegajosos llenos de reproches, cuentas pendientes, mezquindades y egoísmos; y en Morite, Gordo, por el juego de avances y retrocesos temporales, que nos van completando una historia de amor y muerte. Pero donde realmente la escritora argentina alcanza su cénit dramático es en las tres propuestas que completan el tomo: Un mismo árbol verde (donde Silvia y Dora, que viven en la Argentina, pero tienen un duro pasado armenio, nos invitan a reflexionar sobre exilios y genocidios, que parecen buscarse y tejer una malla atemporal), Tres viejas plumas (en cuyas páginas asistimos a la reconstrucción de un viejo trauma familiar, que separó a Marcelo de su padre durante ocho años, hasta que el azar vuelve a reunirlos de manera agria) y Con las manos atadas (en la que la escribana Elena y su empleado Gutiérrez son inmovilizados por un ladrón y tienen que pasar unas horas aislados en la oficina, hasta que a la mañana siguiente alguien venga a rescatarlos).

Con una admirable habilidad, Claudia Piñeiro rellena su coctelera con la letra Ñ, los crímenes de los turcos, algunas frases inmortales de William Shakespeare, un orgasmo inesperado, un chico incapaz de guardar rencor a su hermano, un tipo del que nadie parece recordar el nombre o una madre que no murió por culpa de la tos, sino por la lujuria insensata de su esposo. Y una vez agitada esa mezcla nos sirve un cóctel que contiene amor, deseo, irritación, soledad, melancolía, derrota y decepciones. No desaprovechen la oportunidad de adentrarse en este libro: les gustará, estoy seguro, tanto como a mí.

miércoles, 19 de agosto de 2026

Lorca y el mundo gay

 


Federico García Lorca vivió en el inicio de la adolescencia lo que Ian Gibson ha llamado con tristeza “el calvario del instituto”, no solamente porque un grupo de compañeros lo motejaba de Federica, sino porque incluso uno de sus profesores, “muy poseído de macho” (p.54), lo relegó al último banco de la clase, como humillación complementaria. Ese calvario se repitió en su último día de vida, cuando un salvaje llamado Juan Luis Trescastro Medina le disparó en el culo “por maricón” y luego fue presumiendo de esa inmundicia por los bares de Granada. De ahí que libros como Lorca y el mundo gay no constituyan un proceso de búsqueda morboso, anecdótico o innecesario, sino un trabajo tan admirable como imprescindible. Federico fue homosexual. Y la tortura perenne de tener que vivir su condición de forma camuflada (comenzaba a liberarse cuando la brutalidad de la guerra civil abortó el proceso, con la vileza de su asesinato), escondiendo las alusiones, ideando metáforas ambiguas o utilizando símbolos o palabras que no fueran delatoras, condicionó su obra. ¿Cómo no va a ser fundamental conocer los detalles de su sexualidad para mejor entender su poesía y su teatro?

Explorando epistolarios, manteniendo entrevistas personales, concertando citas telefónicas, desempolvando periódicos y revistas con décadas de olvido encima, leyendo memorias y dietarios y, a veces, accediendo a interesantes hallazgos gracias a la generosidad espontánea de algunos herederos, Ian Gibson construye una obra monumental, en la que conocemos, por ejemplo, a María Luisa Natera, el adolescente amor perdido de Federico (la cual murió en Madrid en 1983). ¿Fue ella la niña rubia de ojos azules que aparece en los poemas juveniles del autor granadino? Es muy probable. “Pude haberla conocido, haber escuchado de sus propios labios cómo fue. Pero entonces no sabía nada de ella. Qué rabia me da” (anota Gibson en la página 68); también se nos recuerdan sus relaciones (en los primeros años amistosas, pero después enrarecidas) con el homófobo Luis Buñuel, al que conoció en la Residencia de Estudiantes; o su complicado vínculo admirativo y erótico con Salvador Dalí (no se pierdan la historia de Margarita Manso, tal vez ocurrida en la primavera de 1926); o su encandilada fascinación por Emilio Aladrén, Eduardo Blanco-Amor, Luis Cernuda y Rafael Rodríguez Rapún, de quienes se nos reúnen aquí interesantes anécdotas.

Después de su ciclópeo esfuerzo de investigación, al irlandés le siguen causando dolor e impotencia los centenares de cartas que, relacionadas con el mundo de Federico García Lorca, se han perdido o permanecen ocultas, por asco, pudor o vergüenza de los herederos (“¿Dónde están ahora, si es que están? No lo sé. Esperemos que no hayan sido destruidas, por demasiado personales, y que algún día afloren y se publiquen. Uno se cansa de tanta desaparición, tanto silencio, tanta tergiversación, tanto no querer decirnos cómo fue”, p.321). Y lamenta que otras (como las que tuvo en su poder Rafael Martínez Nadal) solamente fueran reveladas en una pequeña parte (Luis Antonio de Villena aseguraba haber visto una en la que Federico reconocía con gozo su participación en una orgía con negros). Repitámoslo: Federico García Lorca fue homosexual. No se trata de ninguna mancha vergonzosa que deba ser ocultada, sino de un hecho personal que dejó huellas en su literatura, que tanto amamos. Para quienes lo asesinaron, su condición sí que constituía estigma (“Tal vez si se encuentran los restos sabremos qué hicieron con su víctima, antes de acabar con él, aquellos miserables energúmenos fascistas. Algunos dicen que no importa. No puedo estar de acuerdo. Creo que tenemos derecho a conocer todo lo que se pueda sobre aquel acto criminal”, p.379); pero no debería constituirlo para quienes seguimos leyendo y admirando al granadino. Ian Gibson se erige, otra vez (tantas veces), en héroe, luz y referencia. Gracias eternas.

martes, 18 de agosto de 2026

Otoños y otras luces

 


Ha pasado algo muy curioso mientras leía el poemario Otoños y otras luces, de Ángel González: he sentido cómo reinaba el silencio a mi alrededor. No creo que haya sido, aunque lo parezca, una sensación subjetiva. Estoy en condiciones de jurar que se ha hecho el silencio mientras leía. Antes de adentrarme en sus hojas era consciente de que se trata del último volumen publicado por Ángel González (“después de nueve años de silencio”, reza la solapa, como si la ausencia de publicación comportara para el poeta silencio), así que admito que una cierta dosis de sugestión sí que puede haber mediado. Pero, de verdad, ha sido como si todo se detuviera a mi alrededor, como si mi despacho, la casa, la calle entera, guardasen una respetuosa quietud mientras sonaban las palabras del ovetense.

Habla de otoños que declinan, dejándonos el oro de sus luces; de amadas que renuncian a seguir queriendo al poeta (“No recuerdo un invierno tan frío como este”); de rayos de sol inesperados que destellan en la nieve; de lánguidas constataciones (“Sé que llegará el día en que ya nunca / volveré a contemplar / tu mirada curiosa y asombrada”); de glosas entusiastas a C.R. (Claudio Rodríguez); de alboradas que anuncian el misterio de un nuevo día (“Canta un gallo, mil gallos. Amanece”); del decepcionante “envoltorio de bisutería / que ocupa hoy el lugar / del amor verdadero”; o de ideas tan amargas como escalofriantes (“Hay mañanas en las que no me atrevo a abrir el cajón de la mesilla de noche por temor a encontrar la pistola con la que debería pegarme un tiro”).

La triste belleza sin continuación de unos poemas finales. Léanlos.

lunes, 17 de agosto de 2026

Los días prometidos


 

Al poco de salir el libro de poemas Los días prometidos, de Pedro Marín, allá por el año 2002, mi hermano Jose Cantabella me dijo que lo leyera, que seguro que iba a gustarme. Y lo hice. Y lo hizo. Ahora, casi un cuarto de siglo después (cómo pasa el tiempo, silencioso e implacable), vuelvo a sus páginas. Y encuentro de nuevo aquel ritmo bien pautado de endecasílabos, aquella música excelente y aquellas elegantes asonancias, que envuelven sus reflexiones sobre el paso del tiempo, sobre el afán de huir de la rutina cotidiana, en la que el tedio del trabajo impulsa a salir por las noches a deambular por la ciudad (“Canción de un lunes de octubre”) o genera un insomnio aterrador (en el poema “Otra noche” se leen estos dos versos tristes, de amanecer agobiante: “Comienza la jornada, y estás muerto / de cansancio. Y estás vivo”).

Desde entonces, salvo que mis búsquedas a través del ciberespacio hayan sido torpes, ningún otro libro ha publicado el autor (que la solapa de Los días prometidos identifica como nacido en Alcantarilla). Me parece una pena, vista la brillantez de esta obra. Aunque quizá quien nos ha regalado una rosa no precise regalarnos después un ramo de ellas, porque el aroma ya nos ha sido comunicado.

domingo, 16 de agosto de 2026

Cuaderno San Martín

 


Me sorprendió (no habré de ocultarlo) uno de los primeros versos de este libro, que Jorge Luis Borges tituló Cuaderno San Martín y que está fechado en 1929. El poema que lo abre se titula “Fundación mítica de Buenos Aires” (después de que el argentino rectificase el adjetivo mitológica, con el que prefirió rotularlo en la primera edición); y en él me asaltó una pella de barro: “Pensando bien la cosa”. ¿Pensando bien la cosa? Qué raro coloquialismo, en el escrupuloso y exquisito poeta. Pero intuyo que fue un desliz, porque a partir de ahí, como no podía ser de otro modo, los versos vuelan con alas de mármol y nos hablan de atardeceres en los baldíos, de muchachas “comentadas por un vals de organito”, de patios con arriates, de almacenes por donde merodean malevos, del jardín de su infancia, de rostros antiguos “que se estarán desvaneciendo en daguerrotipos” y de orilleros que tañen guitarras. Es decir, ese universo inicial que el poeta rememora para convertirlo en tinta, con sus fórmulas inconfundibles, llenas de encanto, ritmo y majestad (“La gravitación del amor, que nos justifica”, “El redoble, endiosador de pechos, de los tambores / en los entierros militares”).

¿Estamos ya ante Borges? Yo diría que casi, aunque aún no. Pienso en un niño silencioso que, mientras pasea a solas por la playa, encuentra un vidrio verde, redondeado por el mar. Lo coge con unción. Sabe que es hermoso y lo acaricia con las yemas de los dedos. Nota un escalofrío bajando por su espalda. Lo coloca en la palma de la mano y deja que el sol lo acaricie. Lo mira desde distintos ángulos. Hay belleza en él, mucha belleza, pero todavía no es esmeralda. Su inteligencia se lo insinúa y su vanidad no lo aturde. Decide darle el nombre de Cuaderno San Martín y lo guarda en el bolsillo, antes de seguir caminando.

sábado, 15 de agosto de 2026

Presencia

 


Recuerdo aquella antigua y maravillosa entrevista que Joaquín Soler Serrano le hizo a Julio Cortázar (y que he escuchado ocho o diez veces en mi vida, gracias al auxilio de Youtube) en la que el escritor argentino explicaba que su libro de poemas Presencia había salido en 1938 en una edición de 250 ejemplares, “destinados a los amigos”. Y añadía que lo escamoteaba de su bibliografía porque no estaba convencido de que reflejase el nivel literario que él pretendía alcanzar. Verdaderamente, quien lo lea (yo acabo de hacerlo) sentirá la extrañeza de que “eso” sea Julio. Y me apresuro a indicar que “eso” no implica desdén o burla, sino desajuste. Habituado a reconocer cierto estilo, cierta forma, cierta música en las líneas de Cortázar, aquí no lo percibo; pero tal evidencia no me ha impedido disfrutar con el desafío de estos sonetos contundentes, cincelados con exquisita meticulosidad, en los que aparecen referencias a Mallarmé, Baudelaire, Cocteau o Góngora; en los que se cita los apellidos de Ravel o de Bach (esa música clásica que, junto al jazz, tanto moduló la sensibilidad cortazariana); en los que brillan algunas paronomasias deliciosas (“El lago ya no es lago, sino halago”); y en los que he detectado y subrayado algunas rimas irónicas (sonidos/alaridos), culturales (refranes/Manes), pensativas (torbellino/Destino), arriesgadas (simbioica/heroica) o incluso sentenciosas (perdura/sepultura). El resultado son unos sonetos impecables, impregnados por esa fría belleza que tienen las mejores “casas de catorce tablas” (Neruda dixit).

Dice Julio Cortázar en uno de estos sonetos que “en el aire hay un mundo de caminos”. Sin duda, él estaba empezando a descubrir algunos de ellos, para gloria de quienes lo seguimos leyendo con indeclinable admiración.

viernes, 14 de agosto de 2026

El laboratorio del doctor Nogueira

 


Rosa Novoa, la ayudante del doctor Roberto Nogueira (“El mayor cerebro que jamás hubo en la Tierra, el nuevo mesías destinado a hacer feliz a la humanidad”), está apuntando en su cuaderno todas las ideas y actuaciones de este, para que no caigan en el olvido (“Supe con certeza que cualquier palabra que saliese de su boca era sagrada, y como tal debía ser recogida para la posteridad, antes de que sus ecos se perdiesen en el aire y acabasen muriendo”). Él la contrató hace dos años, para ser su secretaria en la gran mansión que habita; y le terminó revelando la misión secreta que alentaba desde hacía tiempo: erradicar la infelicidad del planeta. Hijo de campesinos gallegos y heredero casual de la gran fortuna de un tío de Brasil, ultimó sus estudios licenciándose “en Química Esotérica en la Universidad de Melanesia, en Física Viviente en la de Tombuctú y en Procesos de la Materia Orgánica en la no menos prestigiosa Universidad de Antananarivo”, evitando los grandes centros oficiales y creándose una identidad secreta (Alfredo da Silva). A partir de entonces, comenzó una dilatada y oculta carrera de experimentos para mejorar la vida de sus coetáneos.

Un lector adulto, como es lógico, apenas puede evitar la sonrisa ante la petulancia del personaje, que se considera desdeñado y perseguido por la cultura oficial (palabras como “conjura”, “confabulación”, “boicot” o “conspiración” vertebran su vocabulario) y que aspira a ser el redentor de la humanidad (así de humilde es la criatura) gracias a ocurrencias tan disparatadas como las pastillas contra la calvicie, un líquido que enriquezca el lenguaje de sus semejantes, otro que solucione el racismo haciendo que todas las personas tengan la piel blanca o unas agujas que eliminan los malos recuerdos de las personas tristes. Pero un lector de pocos años, que no alcanzará a descubrir la parodia risible de esta novela (tan evidente y tan simpática), disfrutará mucho con esas egocéntricas exhibiciones de vanidad. Y también lo hará cuando Rosa, buscando a un voluntario para probar el último invento del doctor, encuentre en la calle a un hombre con gafas, bigote y poco pelo, del que descubre que se llama Agustín Fernández Paz. Pero lo que hablan durante ese encuentro, perdónenme, pertenece al secreto del sumario: descúbranlo ustedes, si gustan.

jueves, 13 de agosto de 2026

Mensajes de un mundo olvidado

 


Leo el volumen Mensajes de un mundo olvidado, donde se recopilan algunos de los artículos y conferencias de Stefan Zweig, traducidos por Esther Cruz y que ven la luz en el sello Catedral. Y he quedado tan deslumbrado y he subrayado tantos fragmentos en el volumen que voy a limitarme a cederle la palabra.

En “El mundo en vela” (1914), el austríaco nos traslada sus reflexiones sobre el sueño intranquilo que en aquel año sofocaba a los habitantes del mundo, perplejos ante “la terrible realidad de la humanidad: la guerra de todos contra todos”, ante la cual no cabe sino sentirse desolado (“De qué manera tan terrible parece extenderse la aniquilación absoluta sobre este mundo perturbado”). En “La torre de Babel” (1916), Stefan Zweig indica que, viendo la tenacidad con la que los hombres se aprestaron a construir la famosa torre de Babel, “por primera vez Dios tuvo miedo de los seres humanos, pues eran fuertes cuando se asemejaban a él, cuando eran una única entidad”. Y descubrió que “solo sería más fuerte que ellos si los seres humanos dejaban de ser pacíficos y sembraba la discordia”. Con el paso del tiempo, los humanos fueron olvidándose de ese individualismo insensato e infértil y volvieron a compartir sus saberes, sus vidas y su comercio. Dios, nuevamente preocupado por esa reunificación, volvió a mostrarse cruel y permitió la actual guerra (“Este es el terrible momento actual. La nueva torre de Babel, el gran monumento de la unidad espiritual de Europa, ha caído, y quienes la construyeron se han disuelto”). En “La historia como poeta” (1931) acepta que la historia no siempre es brillante: más bien es anodina y tediosa, pero tiene momentos especiales en los que actúa como poeta, generando episodios mágicos e inolvidables (“La historia pasa años fluyendo con normalidad a un ritmo casi monótono, pero en algunos instantes extraordinarios, de pronto, las orillas se juntan, brotan los rápidos, surge una corriente frenética, una tensión excitante, y de golpe la escena histórica se llena y rebosa con una horda de figuras”. De los pueblos que han sido grandes narradores (como Grecia o Roma) conservamos, nos dice, muchísima más información que de los demás. No se trata de que fueran los únicos, sino que “se contaron” mejor (“De esto eran también conscientes todos los príncipes y califas de la antigüedad y de la Edad Media: no basta con el acto, debe haber algo que lo reseñe, algo que lo conserve vivo, y por eso mantenían a sus trovadores, músicos y cronistas”). En “La idea europea en su evolución histórica” (1932) se muestra como un fervoroso creyente en el concepto de Europa (y en su necesario liderazgo mundial) y alude a “esa generación nuestra que creía en la unidad de Europa como en un evangelio”. Aquel factor de cohesión que fue el latín, y que más tarde asumió la música, ahora lo protagoniza la tecnología. Él cree que prevalecerá la unión frente a las disputas, “pero no me atrevo a prometer tal cosa. Pido disculpas por ser un pusilánime”. Por desgracia, vemos “cómo las decisiones más importantes se retrasan siempre, cómo las resoluciones más cruciales no se preparan en el último momento, sino en el siguiente”. En “La unificación de Europa. Un discurso” (1934) afirma que    la idea de Europa no es algo instintivo y natural, sino “el fruto lentamente madurado de un pensamiento superior”. En “1914 y hoy” (1936) vaticina la inminente preparación de otra guerra, y declara con dolor: “Quienes hoy desean la guerra operan con un riesgo cien veces menor que sus predecesores de 1914, porque pueden desarrollar sus actividades abiertamente y sin impedimentos, porque ya no han de buscar medias tintas morales que disfracen sus planes y, sobre todo, porque están seguros de la absoluta indefensión y la obediencia incondicional de sus conciudadanos”. En “El sentido de la creación artística” (1938) vemos un importante intento de explicar cómo se gesta y se desarrolla una obra de creación: desde los ejemplos de artistas que crean casi sin correcciones (Mozart o Van Gogh) hasta los que requieren mil ensayos y mil enmiendas (Beethoven). Lo usual suele ser una mezcla de inspiración y de trabajo (soplo divino y esfuerzo humano). En “La historiografía de mañana” (1939) asevera que  el odio no es un impulso que brote de un modo espontáneo, sino que se cultiva, se mima, se riega con la propaganda adecuada. De ahí que resulte tan fácil manipular a las masas con la apelación a los instintos más virulentos. ¿El remedio? Una pedagogía del respeto y la unión (“Para que la nueva generación sea mejor, más humana y sobre todo más feliz que la nuestra, que ha estado guiada por la guerra en mitad de su existencia y ha quedado por tanto con el corazón machacado, habrá que educarla mejor y de manera más humana”). Todas las engañifas que nos han inculcado sobre lo especial, único y maravilloso que era nuestro país tenían un solo objetivo: “Convertirnos en ciudadanos patrióticos, en futuros soldados, en súbditos sin voluntad”. Por eso, los libros escolares nos hablan, en un 90% de los casos, de héroes y de fechas de batallas: para afianzar en nuestra mente la idea de que la guerra es aquello que hace avanzar al mundo (“Se cuenta la historia como exclusivamente bélica”). Habría que realizar un esfuerzo para contar la historia sin convertirla en un glorificado rosario de charcos de sangre. Hay que “liberar el mundo de dicha hipnosis”, antes de que sea demasiado tarde. Y por eso conviene insistir en que “los tres mil años de nuestra humanidad consciente no han sido solo un juego sangriento de gladiadores que un dios ebrio mandaba representar absurdamente, sino que en esta grandiosa obra de teatro somos nosotros mismos los héroes, los narradores, los poetas, los creadores”. En “La Viena de ayer” (1940) eleva un encendido canto elogioso a su ciudad natal, donde “uno siempre tenía la sensación de respirar aire internacional y no estar confinado a una lengua, una raza, una nación, una idea”. Y en el escrito “En esta hora oscura” (1941), que cierra el volumen, Zweig reflexiona sobre la hora siniestra que está viviendo el mundo por culpa del nazismo (“Quizá la más oscura de toda la historia”).

Hay que leer a Stefan Zweig, porque con él se disfruta y se aprende. Hay que leerlo siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

miércoles, 12 de agosto de 2026

Donde nadaban los dragones

 


Me imagino al autor de Donde nadaban los dragones redactando estas palabras (“Los personajes, ficticios, y las tramas, claramente novelescas, son fruto de la imaginación del autor”) y decidiendo si colocarlas al final de la obra o al principio. E imagino su sonrisa de gato de Cheshire optando por la primera opción, cuando los lectores ya han decidido (mecachis) qué caras y qué identidades se esconden detrás de infames, corruptos y venales protagonistas de la obra. Muy astuto. Pero es que cuando se afronta una novela ambientada en el Mar Menor, con su anoxia y sus aguas colmatadas de nitratos y fosfatos tóxicos; con sus vertidos ilegales y sus agropotentados de mierda; con sus vandalismos y sus sobornos para que nadie investigue más de la cuenta; resulta imposible inhibirse en una posición neutral, blanca o equidistante.

“Los hipocampos [se lee en la página 177] son, junto a otras especies sensibles, un indicador biológico de la salud ambiental de la laguna. Los dragones de mar, tan antiguos y venerados que los fenicios […] representaban a sus dioses cabalgándolos. Miles de años con nosotros, formando parte de nuestra historia, y apenas queda ninguno”. Son solamente un ejemplo, pero que ilustra el drama de un espacio natural bellísimo y destrozado por la avaricia irresponsable de quienes nunca tienen bastante cuando tienen muchísimo; y convierten su codicia en un arma de destrucción, importándoles un bledo todo lo que no sean sus cuentas bancarias. Por eso, Donde nadaban los dragones no es solamente una espléndida novela criminal (donde asistiremos a atropellos, decapitaciones, allanamientos de morada y otras trepidantes aventuras), sino, sobre todo, un libro incómodo y valiente, lleno de referencias literarias, cinematográficas y televisivas, donde nos resulta fácil identificar a las figuras empresariales que infectan el sureste español y a las figuras políticas que lo mangonean a su antojo, tanto en la zona del Cabo de Palos (se nos habla de que “un honrado político que gobernó en la región decidió, porque así le salió de las gónadas, regalar el emblemático faro a un amigote para convertirlo en un exclusivo hotel de lujo”. Y que, cuando se destapó el asunto, “en reconocimiento a su pesetera maniobra, al político apañado lo premiaron, según dicta una rancia tradición, con una patada hacia arriba. Ahora calentaba, pagado de sí mismo, un importante sillón en la sede de su partido en Madrid”, p.70) como en la propia capital murciana (con un presidente que vive como un pachá junto a un “yacimiento arqueológico (único en Europa) que se desmoronaba, olvidado, a los mismos pies de la sede gubernamental”, p.237). En efecto, cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.

Así que prepárense para acompañar al inspector de policía Lucas Daireh, a la agente medioambiental Aitana Ferrer y a la anciana y lenguaraz doctora Escarbajal en sus pesquisas por los campos cartageneros, donde tendrán que lidiar con miradas suspicaces, pintadas amenazadoras, desplantes burocráticos y hasta con una DANA. El brillante Antonio J. Ruiz Munuera no les va a dar respiro, créanme. Y les aseguro que van a aprender mucho sobre las mafias (ficticias, claro) y sobre las corrupciones políticas (también ficticias, claro) que se abaten sobre el dolorido, paciente y ya muy quebrantado Mar Menor. Memorable.

martes, 11 de agosto de 2026

La piedra oscura

 


Conocía los datos objetivos del asunto. Se llamaba Rafael Rodríguez Rapún (“El hombre de las Tres Erres”), secretario de la compañía teatral La Barraca y último amante intenso de Federico García Lorca. Asesinado el poeta, Rafael se incorporó al ejército de la República, tras superar un curso de habilitación en artillería (curiosamente desarrollado en la localidad murciana de Lorca) y murió en 1937, justo un año después de Federico. Pero el dramaturgo Alberto Conejero, en su obra La piedra oscura, nos facilita otro ángulo sobre el personaje. Lo vemos aquí, herido en una celda y vigilado por un jovencísimo soldado llamado Sebastián, a la espera de que se ejecute al amanecer su sentencia de muerte. Al principio, su relación es tensa y cargada de silencios, porque el carcelero ha sido adiestrado en la desconfianza; pero pronto se va relajando ese clima y Rafael abre poco a poco las puertas de su corazón: le explica su relación con Federico, el dolor que lo asoló cuando le informaron de su asesinato y, sobre todo, le pide que busque a Modesto Higueras y que puedan ser recuperados unos discos de gramófono, unos inéditos y unas cartas del poeta.

Queda establecida así la pauta dramática: dos personas de ideas opuestas, que se mueven en un espacio reducido. En ese circuito claustrofóbico, Rafael se va sincerando (sabe que son sus horas últimas) y Sebastián va comprendiendo que participa de un horror represor y vengativo. Ese juego de equilibrios convence y emociona, porque elude etiquetas maniqueas y se centra sobre todo en el plano humano: dos seres desvalidos, arañados por el horror. Rafael, explicando cómo la sonrisa de Federico lo atraía como un imán, aunque se empeñaba en frecuentar también muchachas, para tener hijos y formar una familia clásica. Sebastián, mostrando su angustia y sus vacilaciones, consciente de la crueldad de quienes lo rodean. Me ha emocionado.

lunes, 10 de agosto de 2026

Un carmen en Granada

 


Hace muchos años que siento una admiración profunda por los trabajos del hispanista Ian Gibson, sobre todo los relacionados con Federico García Lorca y Antonio Machado. Como filólogo, me parecen referencias inexcusables para mi formación; como enamorado de la lectura, monumentos. Así que cuando llegó hasta mis ojos el volumen Un carmen en Granada (XXXV Premio Comillas de Historia, Biografía y Memorias en el año 2023), tuve claro que terminaría por leerlo sin demasiada tardanza. En este agosto de 2026 cumplo la ceremonia y subrayo bastantes líneas del mismo.

Nacido en una familia protestante de la rama metodista (muy rígidos en su forma de interpretar la religión), en el Dublín de 1939, Gibson reconoce que creció rodeado por múltiples traumas, relacionados con la sexualidad (la lactancia, los órganos genitales o la menstruación no podían ni siquiera ser mencionados); que durante décadas estuvo obsesionado con su tendencia a ruborizarse; que su padre mantenía una actitud inflexible frente al alcohol y las apuestas; que uno de los docentes que lo martirizó durante su infancia fue el deleznable profesor de matemáticas William Boggs (“Me complace poder señalar que el apellido Boggs significa, en jerigonza inglesa, ‘sentina’. Boggs me parecía una mierda de ser humano y su nombre lo decía todo”); que la relación con su madre nunca fue especialmente amable (“Es terrible tener que decirlo, pero casi la odiaba y era ya plenamente consciente de que mi única posibilidad de ser algo en la vida consistía en escaparme cuanto antes de casa”), aunque en la vejez ha aprendido a juzgarla con más distancia (“No tuvo la culpa de ser como era: resentida, amargada, frustrada, sin horizontes, siempre soñando con el hombre alto y apuesto con quien creía que habría sido feliz. No me dio la ternura que tanto necesitaba cuando era niño”); que fue desde pequeño, y lo sigue siendo en la vejez, un apasionado ornitólogo; que su primera experiencia sexual, incompleta, la tuvo a los quince años con una chica llamada Jean; o que no le duele reconocer que siempre sintió una profunda envidia por el exitoso jugador de rugby Tony O’Reilly, dos años mayor que Ian (“Sospecho, y sería el colmo, que me sobrevivirá”).

Y por supuesto, una fecha para enmarcar y subrayar en rojo: el 11 de marzo de 1957 (pronto se cumplirán cincuenta años), en la librería Eason’s, descubrió sus primeros poemas de Antonio Machado y Federico García Lorca, que después se convertirían en objeto de amplias y fecundas investigaciones. A esa etapa dedica unas páginas preciosas, hablándonos de quienes lo ayudaron a esclarecer la verdad sobre el asesinato de Federico García Lorca y de quienes lo insultaron y trataron de silenciarlo. El resultado es un libro espléndido, que he leído mientras tragaba saliva (Ian Gibson llega a unos extremos de sinceridad que asombran) y que merece todos los aplausos.

domingo, 9 de agosto de 2026

El cuaderno rojo

 


Todas las que aparecen en este delgado volumen son, nos dice el autor, “historias verdaderas”. Es decir, sucesos que acaecieron y que el norteamericano Paul Auster convirtió después en palabras, que luego tradujo y prologó Justo Navarro. Por tanto, no pertenecen al mundo de la fantasía, ni son estrictamente cuentos: es más bien un repertorio de anécdotas, de trocitos de realidad, de rememoraciones. Redactados con sencillez y de forma breve, estos apuntes mantienen la frescura de relatos orales, de imágenes que brotan del mundo del recuerdo y el autor nos traslada, como si nos estuviera enseñando algunas fotografías curiosas del álbum familiar.

Así, vemos a Paul Auster trabajando en una granja del sur de Francia en el año 1973, pasando apuros económicos y consiguiendo alivios gastronómicos gracias a un fotógrafo apellidado Sugar; a un tío del escritor que, a punto de perder una pierna durante la Segunda Guerra Mundial, la terminó conservando y encontró trabajo como vendedor de seguros en Chicago; al amigo pintor (brillante, pero con poco éxito artístico) que, al cabo de muchos años, recuperó a su amor de juventud universitaria y alcanzó la estabilidad económica (ella era rica); al tipo curioso que lo acompañaba en las cuatro ocasiones en que Paul Auster sufrió pinchazos en alguna rueda de su vehículo; o en cómo salvó de morir aplastada bajo un Chevrolet a una amiga de su hermana, quien no se enteró nunca de esta operación de salvamento. Elegante, sinóptico y reflexivo, el famoso escritor norteamericano nos deja asomarnos a algunos episodios de su ayer, en un simpático libro, más curioso que imprescindible.

sábado, 8 de agosto de 2026

Historias mínimas

 


En el primer texto de este libro (todos breves, todos disparatados, todos llenos de sorpresas) nos encontramos con un filósofo que, tras tocarse la sien con un dedo, asevera: “Aquí dentro reúno toda la fuerza del absurdo”. Inequívocamente, Javier Tomeo nos está facilitando la clave para enfrentarnos a esta obra: aceptar que la gobiernan el delirio, el humor, la retranca, el surrealismo. Que nadie se esfuerce (y, si lo hace, está perdiendo el tiempo) en buscar significados lógicos o deducir mensajes metafóricos del oscense. Lo que hay es juego. Lo que hay es fantasía chisporroteante. Lo que hay es desenfado. Nos irán saliendo en el camino unos guerreros muertos en cierta batalla, que continúan charlando tranquilamente de sus cosas; una artista de circo que resulta ser un varón travestido; un hombre que le pide a un campesino que lo plante en su bancal, para ver si fructifica (conviene recordar que la película “Amanece que no es poco”, donde se recurre a una escena parecida, se rodó un año después del libro); un rústico que, a base de soplidos, es capaz de apagar estrellas en el firmamento; un barbero inhábil que, después de provocarle sangre dos veces a la persona que está afeitando, decide terminar con la carnicería matándolo de un tajo firme; dos viajeros de tren que se pelean estúpidamente por la corbata que lleva uno de ellos; un par de esqueletos del cementerio que tratan de animarse entre sí, augurando que vendrán sin duda tiempos mejores; o esa broma cervantina del padre que, constatando que su hijo no cree que el molino que está viendo sea un gigante, afirma con gesto grave: “Me preocupas”.

Algunas de las historias te dejan frío, otras te provocan una sonrisa, otras incluso te invitan a meditar. Es un poliedro simpático e intrascendente, que se lee en tres horas y que se olvida en tres minutos.

viernes, 7 de agosto de 2026

Dar la vida y el alma

 


Para las personas que hayan leído Tríbada, de Miguel Espinosa, imagino que será sorprendente que la compare con Dar la vida y el alma, de Marina Mayoral. No lo hago tanto por la intensidad literaria de sus páginas (que juzgo superior en el caravaqueño) como por el espíritu que impregna ambas obras: la voluntad de analizar y entender todos los meandros íntimos de sus personajes. El asunto o argumento queda convertido en ambas obras en pura anécdota, porque la mirada de quien escribe se concentra en los móviles de sus personajes, en sus impulsos, en sus esperanzas, en sus temores. Consciente de esa condición, Espinosa prefería con buen criterio la etiqueta de ‘libro’ a la de ‘novela’, pero entiendo que la autora gallega ensaya otro mecanismo: el manejo de dos líneas alternas, que se trenzan a lo largo de la obra como sinusoides independientes. En la primera (la más puramente novelesca), nos habla de Amelia, una chica jovencísima (18 años) que, tras su noche de bodas en París, es abandonada por su marido, Carlos, que la deja sin nada: ropa, dinero o calzado. Eso no la impulsa a la venganza o la amargura, sino hacia la conformidad: sigue considerándose casada con él y rehúye toda posible denuncia, para consternación o enfado de la familia (que no entiende su actitud) y para asombro de la ciudad (que mira con estupor y con respeto su gesto de conformidad cristiana). Enrique, un chico que la amaba desde antes de su boda y que la sigue queriendo platónicamente, se casará con Carmen, consciente de que ella nunca accederá a la anulación del matrimonio. De hecho, cuando las garras de la enfermedad arañen a Carlos en su vejez, Amelia acudirá para estar a su lado, contra todo pronóstico. En la segunda línea, Mayoral, auxiliándose con referencias a otros escritores (Eduardo Mendoza, Benito Pérez Galdós, Mercè Rodoreda, Emilia Pardo Bazán, Mario Vargas Llosa, Gabriel Miró, el arcipreste de Hita, Espronceda, Larra, Bécquer o Stendhal, entre otros), se adentra por un interesante sendero de análisis, donde psicología y sociología se dan la mano para hacernos reflexionar sobre la historia: ¿qué sintieron sus protagonistas? ¿Qué fue lo que motivó sus actos? ¿Qué porcentaje de amor, de religión, de conveniencia social o de terquedad impregnó las actuaciones de Amelia, de su padre, de Carlos, de Enrique, de Lola, de Carmen? Y, además, ¿cuánto nos revelan los recovecos de esta historia de la propia narradora, que ha sido abandonada por su pareja y que no puede evitar reflejar sus ideas en el libro (“A mí me sorprende cómo algunas mujeres luchan por retener al hombre que se ha enamorado de otra, o incluso al que se ha cansado de ellas y se enreda una y otra vez en aventuras buscando nuevas ilusiones. Yo me siento incapaz de hacer otra cosa que no sea facilitarle el camino para que se vaya”)?

A la postre, poco importa que hablemos de personajes reales o imaginarios; y poco importa que la voz narradora corresponda a Marina Mayoral o no (solamente un lector muy cotilla puede estar interesado en esos pormenores). Liberados del poder coyuntural del tiempo y del registro civil, los análisis y elucubraciones de Dar la vida y el alma, que me parecen muy valiosos, adquieren corporeidad por sí mismos y fijan su propio territorio. Notable.

jueves, 6 de agosto de 2026

Dolmen

 


Nunca he desdeñado los libros de pura evasión. Creo que son necesarios, útiles y refrescantes. Y no lo digo con condescendencia, sino con respeto: estimo que esas obras cumplen una hermosa misión de entretenimiento, magia y emociones que a mí me parece digna de aplauso. Son los Indiana Jones de la literatura, con todo lo que eso implica: yo no me hice lector con Proust o con Joyce, sino con Agatha Christie y Enid Blyton. Supongo que se me entiende. Estos últimos días he tenido la oportunidad de refrescar ese entusiasmo con la novela Dolmen, de Manuel Pimentel, que empieza de una forma espectacular: a punto de iniciarse las labores de prospección arqueológica del Dolmen de la Pastora, en Valencina de la Concepción, uno de los participantes es brutalmente asesinado en su propia casa: le han extraído los ojos, le han cortado la lengua, lo han emasculado y, cuando aún se encontraba con vida (eso concluyen los forenses), le han abierto el pecho, le han extraído el corazón y, después de morderlo, lo han depositado en un vaso ceremonial. Imagino que, a estas alturas, la persona que esté leyendo la reseña habrá experimentado un espeluzno, pero le adelanto que se trata solamente de un pequeño preámbulo, porque pronto empiezan a encadenarse otras muertes igual de atroces que parecen organizadas alrededor de una mujer: la arqueóloga Artafi, quien no acierta a explicarse por qué muchos de quienes se acercan a ella acaban tan salvajemente descuartizados.

Con pulso más que firme, Manuel Pimentel nos presenta aquí una cartografía sorprendente (y fidedigna) de espacios megalíticos por el sur de España, con sus dólmenes, sus menhires y con crómlechs, que sugieren un pasado de extrañas liturgias (todavía desconocidas para los investigadores, quienes se limitan a sugerir conjeturas) y que sirven al escritor sevillano para construir una trama novelesca llena de rituales sangrientos, giros sorprendentes y personajes ambiguos, donde las culpabilidades y las inocencias fluctúan tan rápida como inquietantemente (“En el juego de espejos deformantes en el que me veía envuelta, donde nada era lo que parecía, se pasa de héroe a villano sin solución de continuidad”) y donde lo detectivesco y lo macabro se funden de una manera tan perfecta que consigue absorber al lector desde las primeras páginas. Una novela que explora, además, un miedo perturbador: ¿qué ocurre si, en medio de un aquelarre de crímenes y mutilaciones, todos (incluidos tu padre y tu madre, tu mejor amiga, tus mentores, tus compañeros, hasta los policías) son sospechosos? ¿De quién te puedes fiar? ¿En qué brazos puedes abandonarte? ¿Tras qué sonrisa se esconde un asesino implacable? Pura adrenalina. Puro horror.

Recuerdo que, tras la lectura de El librero de la Atlántida (https://rubencastillo.blogspot.com/2018/04/el-librero-de-la-atlantida.html), manifesté mis suspicacias por el desaliño formal de la obra y por la inconsistencia de sus diálogos. Ocho años después, he decidido dar una segunda oportunidad a este escritor y me alegra haber acertado: Dolmen me ha parecido absolutamente fascinante. Habrá un tercer acercamiento.

miércoles, 5 de agosto de 2026

Entre Úbeda y Mágina

 


Mi hermano Luis, que conoce mi admiración sin límites por Antonio Muñoz Molina y que sabe moverse más rápido que una centella, compra y me presta el libro Entre Úbeda y Mágina, que devoro en menos tiempo del que tarda en persignarse un cura loco.

Descubro que su fecha de nacimiento es el 10 de enero de 1956, aunque su padre lo inscribiese por error en otra; que el parto (que se produjo en casa, en el cuarto de la viga) fue difícil, hasta el punto de que llegaron a temer por su vida; que su abuela Leonor, tan dulce y cariñosa con su nieto, era sumamente perspicaz a la hora de analizar sus primeros amores (“A mi nieto se le da muy bien enamorarse de las niñas guapas, pero ellas no lo quieren”, p.31); que las primeras letras las aprendió en la escuela de María de la Hoz, amiga de su abuela; que le entristece la forma en que se están perdiendo ciertas canciones infantiles (“Todo eso desapareció. Las canciones se perdieron igual que los cantos de especies extinguidas de pájaros. Y no lentamente, sino de la noche a la mañana, en unos pocos años, juegos y canciones que se habían transmitido de generación en generación durante no se sabe cuántos siglos”, p.43); que su padre tuvo siempre una noble vocación agrícola, aunque nunca consiguió contagiársela (“Ponía mucha paciencia y esmero en enseñarme cosas de la huerta que yo no tenía ningún interés en aprender”, p.64); que le produce una melancólica consternación la forma en que se extingue cierto vocabulario campesino (“Ir de una mata a otra recogiendo tomates, los pimientos, berenjenas, se dice ‘andar’, y es transitivo: “Andar los tomates”. Todos esos usos verbales desaparecerán cuando termine de extinguirse la generación de mis tíos”, p.75); o que consiguió seguir estudios después de los once años porque, frente a la oposición paterna, su maestro don Luis Molina se empeñó en ello. Además, como lector fervoroso del escritor de Úbeda, descubro detalles que me hacen sonreír sobre el general Orduña o sobre el comercio El Sistema Métrico, que aparecen en varias de sus novelas.

Afirma el volumen, en una de sus frases promocionales, que esta obra no versa sobre la vida de Antonio Muñoz Molina, sino que sobre todo plantea un dibujo de época, un cuadro para entender cierta España de hace unas décadas. Bien. No discutiré esa afirmación, pero me apresuro a matizar que yo no la necesito, ni lo entiendo como una virtud primordial: para mí es un gozo que el autor hable de sí mismo, de su familia y de sus primeros años en Úbeda. Y lo es porque, sin haber conocido en persona a Antonio Muñoz Molina y sin haber hablado nunca con él, lo admiro con una intensidad absoluta. Así que todos mis aplausos para el libro donde uno de mis dioses me habla de su infancia, de sus primeros maestros y de sus rubores amorosos adolescentes. Ya lo explica él mismo con palabras deliciosas, que no me resisto a reproducir, pese a su longitud: “La generación que ahora se extingue fue la última en España que vivió plenamente el mundo antes de la explosión del desarrollo, la última que ejerció los oficios inmemoriales de la agricultura y la artesanía, saberes populares muy sofisticados en los que se cimentaba su sustento y la dignidad de sus vidas. A mí ahora me remuerde la conciencia por no haber escuchado y preguntado todo lo que hubiera debido. Ahora nosotros, hijos y nietos de entonces, estamos a punto de ser otra última generación, la de los que escucharon, los que pasaron la niñez en aquel mundo perdido. Contar con veracidad lo que uno ha vivido me parece una obligación cívica. El pasado se inunda muy fácilmente de desconocimiento y de mentiras. Una comunidad civilizada se basa en gran medida en una conversación entre los vivos y los muertos. Nuestra tarea es atestiguar lo que hemos visto con nuestros propios ojos, incluso cuando parezca que nadie está interesado, y también contar lo que nuestros mayores nos contaron, lo que de otro modo no habría dejado huella en el relato de la Historia”. Imposible decirlo mejor.

lunes, 3 de agosto de 2026

Luna de enfrente


 

Muchas son las luces que emanan de esta Luna de enfrente que Jorge Luis Borges redactó en 1925: la contemplación feliz de ciertas calles de su ciudad natal, el raro esplendor callado de la Pampa, las despedidas de un amor que se fue apagando, el homenaje a ciertos patriarcas de su familia… Pero el conjunto, en mi opinión, queda disperso, diluido, feble. Parece como si el poeta aún no supiera por dónde adentrarse, como si aún no hubiera descubierto cuál es el camino real y auténtico que deben roturar sus versos. Se nota que tiene una voz (textos como “El general Quiroga va en coche al muere” o “Jactancia de quietud” se me antojan hermosos) y se nota también que aún no sabe qué hacer con ella. Mientras avanzaba por sus páginas he recordado con una sonrisa aquel juicio de Francisco Umbral, en el que aseguraba que el joven escritor sabe que es escritor, pero ignora qué escritor es. Así lo siento en Luna de enfrente. De todas formas, aquí y allá te sorprenden las fórmulas verbales de Borges y, aunque solamente fuera por eso, te preocupas de aguzar los sentidos y caminar despacio, para que no se te escapen. Por ejemplo, cuando le habla a la ciudad de Montevideo y le dice: “Resbalo por tu tarde como el cansancio por la piedad de un declive”. Qué exactitud y qué belleza. Jugamos con ventaja, evidentemente, porque conocimos al adulto y eso nos autoriza a mostrarnos sentenciosos, pero este joven ya coleccionaba brillos.

domingo, 2 de agosto de 2026

El tesoro

 


En la localidad de Gamones se acaba de producir un descubrimiento bastante espectacular: una tinaja, con muchas joyas antiguas de oro y plata en su interior, ha sido descubierta mientras un personaje llamado don Lino estaba desbrozando un cortafuegos con su tractor. Esa es, al menos, la versión oficial, aunque los responsables de la investigación arqueológica sospechan que quizá el pueblerino estaba utilizando un detector de metales en las inmediaciones del castro en busca de riquezas. Obviamente, no lo pueden probar, así que tienen que dar por buena la versión de don Lino y personarse allí, para continuar la excavación y, en su caso, delimitar el monto económico de la recompensa que como descubridor le ha de ser adjudicada.

Jero es la persona a la que recurre el subdirector general del ramo para que dirija la excavación, pero va a tardar muy poco en descubrir que los lugareños (medio centenar de bastuzos unicejos que se niegan a ser “invadidos” por Madrid y que amenazan incluso con colgar de un nogal a quienes les “roben” la mina) están dispuestos a recurrir a las amenazas y la violencia para impedir su trabajo. Y a fe que lo harán.

Volvemos a encontrar en esta novela al Miguel Delibes que conoce bien (y que cuenta como nadie) las fricciones que se producen cuando el mundo urbano y el mundo rural coliden, con su cargamento de agravios históricos, suspicacias y testarudeces por ambos lados. Siempre una maravilla volver al genial autor de Valladolid.